I. Encantado de conocerte
Luces. Sonidos. Veloces.
Me pregunto si realmente es necesario todo esto, o sólo debería relajarme y dejarlo pasar. Luces otra vez, acompañadas de fuertes sirenas que van veloces por la avenida. Me remuevo inquieto en la cama. Necesito descansar. Otra luz más con la fuerte sirena del carro de bomberos. Otra ambulancia más que intenta alcanzar a toda esa caravana de luces y sirenas. Suspiro. Suspiro fuerte. Necesito descansar. Insisto. Necesito dormir. Llevo días sin poder hacerlo, noches en las que no soy capaz de conciliar el sueño, porque debo levantarme por… esto, y hoy, al parecer, no será diferente. Una vez más.
Bastante resignado rasco mi cabeza, aprieto los ojos. «¡Ojalá todo esto fuese mentira!», pienso. Rápidamente me enfundo en los pantalones. Los zapatos para correr los até con agilidad. El polerón me envuelve casi como si supiera lo que ya viene, mi gorro de lana/máscara secreta y la capucha se apropian de mi cabeza con total naturalidad. Estiro los brazos, las piernas y mi cuello. Me preparo para lo que viene, para el gran salto. Muevo los hombros haciendo círculos, respiro. Exhalo. «Lo siento, vecinos, pero es necesario», informo como si me escucharan mientras preparo ese control de una tecnología bastante precaria y autogestionada. Al presionar el botón, se abren las pequeñas ventanas de una pared que hace parecer una fortaleza a la deteriorada casa en la que vivo, avanzo los dos metros que hay desde la ventana hasta la puerta. Las luces se apagan, todas las luces del sector. El control creo que sigue funcionando hasta el momento. Me da unos pocos minutos de oscura ventaja para que nadie me pueda ver. Tomo hacia atrás los tres pasos de siempre y me lanzo a la calle. Intento dar la vuelta en el aire. Nunca se debe dejar de intentar, lo sé perfectamente, pero esto ya no está funcionando. No logro hacer lo que tenía en mente, lo que siempre ensayo, y caigo. Lo bueno es que alcancé a cubrir mi cara con los brazos. Nuevamente en pie, vuelvo a preparar mi cuerpo y estoy listo. Comienzo a dar los pasos grandes y largos de siempre. Corro en dirección a la avenida para intentar alcanzar la caravana de emergencia. Espero que sea necesaria mi ayuda, no como las otras veces que he ido y realmente no sirvo para nada.
A veces, muy pocas veces, lo único que pido, y siento necesitar, es un descanso. Últimamente he pasado por tanto que urge desaparecer, aunque sea por unos días, porque podría irme y dejar estas «responsabilidades» de lado, pero siempre hay algo que me hace quedar en el mismo lugar. El cansancio es real. Podría estar allá, aquí o allí, pero nunca será así. Por más que quiera. Podría estar tranquilamente sentado mirando una ventana o en la cama recostado un rato, descansando. ¿Hace cuánto que no lo hago? Podría estar preparándome para mi primera semana de clases o conversando y conociendo a mis compañeros por el chat. Bueno, eso sería posible si me atreviera a hablar con más personas de las que conozco. Podría, incluso, estar preparando algo más «profesional» para estas andanzas. Siempre alguna vergüenza tengo que pasar por culpa de cómo me visto o de las cosas que me faltan.
Aunque tampoco debería preocuparme mucho de eso, sólo llevo unas pocas semanas en esto de la «vigilancia nocturna» y no pienso que sea duradero, sólo hasta que aparezca ese vigilante que solía hacer esto y que no se ha vuelto a ver. Quiero ayudar, siempre, pero a mi manera y esta… ésta no la es mucho. La violencia jamás ha sido un camino que elija.
Me gustaría decir que soy bueno para pelear, que me defiendo super bien cuando me atacan físicamente, pero la verdad es que siempre lo estoy evitando. Aunque parezca que poseo mucha fuerza, no me gusta utilizarla. Siempre intento no usar mis puños cuando se pueden usar las palabras. Pero tampoco es que sepa decirlas, no sé cómo expresarme. Doble problema, porque al momento de tener que dialogar, no sé qué decir y me golpean al estar pensándolo. Jamás he sido una persona violenta, recuerdo siempre intentar hablar. No soy de los que creen que, para detener a otra persona, para que entienda o cualquier otro motivo, se deba llegar a la violencia.
Pero los demás no son así, sólo queda seguir intentándolo.
Ufff. Tengo tanto por intentar. A diario intento intentar cosas que siempre he querido intentar, pero siempre algo no sale como lo esperado. Mi cabecita, mi mente, me juega en contra siempre que intento algo, ¡incluso cuando no estoy intentando intentar nada! Ya no sé qué hacer. Qué torpe yo, que sigo pensando en todo, incluso en estos momentos en que me encuentro persiguiendo esta furiosa caravana de emergencia, pero estoy cansado. De todo. Cansado estoy de llegar con mi ropa parchada y presentarme a ayudar a personas, incluso cuando otros podrían también. Pero claro, esas personas tampoco quieren hacerlo, y está bien. No pidieron esto, lo que pueden hacer, y no lo harán. Nadie los controla, así que tienen pase libre para tener lo que quieran o hacer lo que deseen. Lamentablemente nadie sabe ni entiende mucho nada de lo que ha estado ocurriendo durante estos años, pero bueno, eso es una ventaja para todas esas personas. A veces, realmente, me gustaría tener una vida normal y saber qué hubiera pasado conmigo.
Mejor no pensar más en cosas de las que ya pienso demasiado.
Todos los días después de una salida nocturna, termino exhausto, sin ganas de nada y sólo quiero dormir. Pero tengo responsabilidades que cumplir, tengo una carrera que seguir —o iniciar— y un trabajo que hacer, aunque... sin mentir, igual me gustaría estar un rato más en la cama, dormir todo lo que no pude anoche, incluso cuando el sol no me lo permita por tener la cabeza en la parte soleada de la ventana. Pero bueno, ¡responsabilidades! Lo primero es la ducha, luego preparar mi ropa y la mochila.
Desde que desapareció ese vigilante, el que más participaciones mediáticas en televisión ha tenido y al que más la gente creía reconocer, y desde que decidí ayudar un poco en esto, meses atrás, que casi como regla que debo cumplir es llevar siempre una polera de mangas largas. Mejor si son de las deportivas, ya que cuento con más movilidad. Uno nunca sabe qué pueda pasar. Mi gorrito de lana al que le hice unos agujeros para poder ver no lo cambio por nada, ya que la capucha en el día no sirve de mucho, en cambio con él tengo más confianza a la hora de que nadie me reconozca. Bueno, tampoco es que me conozcan. No pierdas el foco: zapatos cómodos por si debo correr, aunque prefiero las botas por si debo saltar para llegar a más altura. Decido no comer, ya voy bastante atrasado y el metro a esta hora se llena muchísimo.
Mis manos sudan, pero no es por el calor de la gran ciudad, es por lo que estoy a punto de hacer. Si ya normalmente no puedo controlar mi cuerpo, esta vez no es diferente, pero no queda de otra que hacerlo. Me miro una última vez en un reflejo y sigo caminando las últimas dos cuadras que quedan para llegar a la universidad. El reflejo no miente, por más que presione con fuerza el pulgar en la palma de la mano, no me calmo. Sólo queda respirar, porque ya no sé cómo calmarme.
Varias personas llegan conversando y acompañadas. ¿Cómo lo hacen si es el primer día y nadie conoce a nadie? Ni idea, pero que eso no me ponga más nervioso de lo que ya me encuentro. Cruzo el gran umbral de la universidad y personas me saludan. Hago el intento de sonreír y continúo mi camino, no sólo soy yo quien lo hace. Un chico con el que crucé miradas también. Me sonríe. ¿Qué? Miro el mapa que pusieron a disposición para ubicarnos y saber dónde se encuentra la facultad, pero no entiendo nada, ni siquiera este mapa que muestra al supuesto edificio.
—Hola, ¿necesitas ayuda? Te noto un poco confundido.
—Hola. —Hago un intento de sonrisa, pero sólo quedó en eso. —No sé cómo llegar al edificio de la facultad.
—Tranquilo, yo te ayudo.
Dice y me comienza a hablar. Yo no escucho nada, o si lo hago finjo muy bien. Sólo puedo pensar en lo bastante confiado que es para hablar, para dirigirse a desconocidos que están perdidos como yo. Desconocidos que tuvieron que salir dos horas antes para no perderse en las estaciones del Metro. Sigue hablando, pero otro chico lo interrumpe y saluda. Yo sigo ahí, escondido tras su hombro.
Los chicos se dan la mano, un sonoro golpe en la espalda y ambos siguen sus diferentes caminos. Ahora quien me ayuda no me habla, ni siquiera sigue caminando a mi lado. Su delgada silueta se pierde entre las personas que están frente a nosotros y me cuesta pasar entre ellas para llegar a él. Se pone a hablar con más personas y al voltearse me mira. Se olvidó por completo de ayudarme. Su cara, la reacción de su cuerpo, lo dice todo. Me da las indicaciones para que llegue por mi cuenta.
Si entendí bien, al devolverme por donde caminamos y nos perdimos entre tanta gente, debo encontrar una salida y afuera una escalera, pero encuentro más de una. Al salir de ahí, debo doblar a la derecha y seguir un camino recto. Al final de ese encontraré una bajada de escalas, donde también debo encontrar otra puerta y subir hasta el segundo piso. ¡Jamás me habían mencionado tantas escaleras en mi vida!
Al hacerlo, al seguir por ese camino recto que me mencionaba, escucho personas que preguntan por el edificio de la facultad. ¡Muy bien! Les sigo sin parecer un extraño, aunque lo sea, subimos y nos encontramos con un gran grupo esperando frente a unas letras que ubican a la facultad. Una bajita señora de gran carácter se acerca a nosotros, se presenta como la secretaria académica y nos dirige a una cercana sala de clases.
¡Qué momento más incómodo! No sabía que debíamos presentarnos tantas veces. Si me hubiera preparado para esto… Tampoco hubiera sido mejor. No mentiré. Nos hicieron separarnos en grupos de seis personas y presentarnos para conocernos mejor. No sé quién estaba más incómodo, si la chica que se escondía tras su castaña melena o yo, que, por intentar hacerme el seguro conmigo mismo, digo todo de golpe hablando súper rápido y al que nadie entendió. Al mirarnos nos acompañamos en nuestra propia vergüenza. Gracias, compañera. Saliendo de la calurosa sala —¿o era yo el que por la vergüenza sentía que todo estaba en llamas?—, ella me sonríe y otro chico con un grupo de mujeres que parecían sus fans, se nos acercan para hablar. Tenían planeado juntarse a la salida de estas actividades para conversar y conocernos mucho mejor que en todo esto que nos obligaron. Me miran por si me quiero unir, sólo levanté los hombros en señal de no saber y me uno a ellos. Qué fácil es ser parte de un grupo cuando no tienes que hablar nada, sólo escuchar.
Salimos a un pequeño patio que parecía parque con tanto verde y tantas mesas dispuestas. De donde vengo, no habría espacio para esto, ni dinero. Se nota que la capital es diferente. Nos sentamos en unas de las mesas y no todos cabíamos en ella, así que algunos buscaron sillas de otros lados. Mi compañera de la melena castaña en la que se cubría me dejó un pequeño espacio a su lado, sin decir nada, me acerco y me siento. Todos hablaban, todos se preguntaban cosas y comentaban las noticias que por estos días es el tema de conversación: «¿Qué serán esos seres que llevan apareciendo hace un tiempo y qué querrán?». Otro fue más cercano y dijo: «¿Qué habrá pasado con ese que ayudaba?». Todos comentaban cosas encima, pero nadie se escuchaba. Cuando era mi turno de hablar, un chico que no dejaba de interrumpir también lo hizo conmigo.
La compañera del velo castaño lo miró con desaprobación.
Al menos acá todo es normal. Nadie me mira, todos están concentrados en sus cosas, en sus grupos y conversaciones. Nadie ni siquiera sabe que me encuentro ahí. Mejor, así si llego a tener alguna «emergencia» no notarían mi ausencia. Llego a la sala, pero no está la profesora ni nadie. Reconozco a una compañera y me acerco. Wow, ¿yo hablándole a alguien por iniciativa propia? Nuevo. Me devuelve el saludo, pero no me reconoce. Le explico que soy su compañero y dice recordarme, pero no, no es cierto. No sabría explicarlo, pero siento esas cosas y ni sabe quién soy. Me explica que la clase se canceló, que lo avisaron por correo. ¡Mi teléfono! Ya es el segundo que pierdo en el mes. Se queda mirándome, esperando… ¿que la deje sola? Me alejo lentamente y no sé si decirle algo o no. Todo es incómodo.
Me acerco a uno de los edificios donde es mi otra clase. Veo a más rostros conocidos que son de la carrera. Nadie saluda, todos miran, al menos ellos sí que reconocen que voy a la misma sala. Como tengo una clase cancelada, podría aprovecharla leyendo las noticias, pero me doy cuenta de que todo es lo mismo de siempre: omisiones políticas, palabras no dichas y las mismas injusticias de la semana pasada. Abro Twitter para leer lo que esté ocurriendo en otras partes de la ciudad. Si pudiera en todo el país, lo haría, pero no llegaría ni volando. Uhhh, eso sí que me gustaría y… Siento un frío extraño cerca de mi cuerpo. Mi corazón se agita de repente, igual que en esa bienvenida del parque… ¡¿Qué?! Todo queda en silencio y sólo soy capaz de escuchar cómo se cierra la puerta de la biblioteca. ¡Ay, no! Está acá. Cual suricata levantando su mirada, lo hago por sobre la pantalla del computador para saber dónde está. Veo que tranquilamente deja su mochila en la silla y al darse vuelta, aprovecho de levantarme y alejarme. Mejor así. Intento preguntar la hora a alguien, pero nadie me responde. Veo la hora en la pantalla de informaciones y no me di cuenta de que la clase ya está por comenzar. Corro a las escaleras y subo hasta el séptimo piso, entro a la sala algo acelerado, pero no hay nadie. Me siento en la silla que se encuentra al final, lo más atrás posible.
Nuevamente solo. ¿Qué pasa que nadie llega? Si tuviera un teléfono podría revisar mi mail, pero bueno. Igual y quizá tenga uno en la mochila. Siempre tengo uno que sirve, aunque sea para ver la hora. No pierdo nada buscando. No tengo muchas cosas como para dejar todo desordenado. Sólo veo que tengo unas guías sueltas, mi cuaderno y más guías. Casi se caen mis «objetos personales», pero como mi pierna descansa cómodamente sobre la silla que tengo delante, nadie podría haber visto nada. Escucho la puerta y unos suaves pasos. Quizás es la profesora.
—Hola.
Subo mi mirada. Con una mano sujeta la correa de su mochila y con la otra me hace señas. Abro la boca. Doy un salto asustado y veo cómo una sonrisa se dibuja en sus labios.
—Hola. —Respondo mientras sonríe, me mira y se sienta. Quedo congelado, pero con las mejillas en llamas. ¿Tanto calor hace de repente?
¡Olvidé que está en esta clase! Mierda, esto pasa por andar desprevenido. Guardo todas las cosas, no encontré nada y al parecer no se canceló la clase, o estaría solo. Me fijo en la pobre silla víctima de mi nerviosismo que por asustarme la rompí. La dejo al rincón, a mi lado para que nadie la use.
«Relájate, que nada va a pasar», me repito mientras intento calmar mi respiración. La profesora al llegar pide perdón por la tardanza. Poco escucho, la verdad, sólo estoy pendiente de dónde se sentó. Siento la piel rara. Me siento raro. Me doy aire con un cuaderno. ¿Desde cuándo tanto calor? Debo intentar calmarme, estoy en clases. Mi corazón está agitado. Me doy risa. Ella sigue comentando su travesía para poder llegar, ya que la supuesta balacera en el metro paralizó casi todo el tráfico. ¡¿Qué?! Escucho atento. Preparo mi gorro en el bolsillo, guardo mis cosas y me levanto rápidamente. Ella me queda mirando y veo que quiere explicaciones. «Lo siento, debo irme». Sí, eso ya lo sabe, torpe. No pude decirle nada más. Avanzo a la puerta y mi mirada se va rápidamente hacia donde estaba sentado, para intentar encontrarme con su mirada.
No entiendo nada, porque nunca me había pasado esto. Nunca. Nunca. ¡NUNCA! Nunca me había sentido tan en alerta cuando siento que alguien está cerca. De hecho, nunca había comenzado a sentir cuando alguien viene cerca. Pero sé diferenciarlo. ¿Cómo? Ni idea, pero siento cada vez que está cerca. Siento cuando sé que puede cruzar en el semáforo a tres calles más allá. ¿Me estaré enloqueciendo? No sé, pero tengo miedo de que esto me vaya a descontrolar. ¿Cuándo partió todo esto? Trato de recordar siempre, pero no sé si antes me pasaba esto. Si años atrás también otra persona me hizo sentir todo esto. Pero esa tarde de la bienvenida es que todo cambió.
A pesar de que estaba por cambiar la estación, estuvo particularmente fresco. A todos los veo felices y tranquilos, riendo por todo. ¿Será por esas latas que sacan discretamente para no ser vistos por los oficiales de Paz Ciudadana? Todos se movían como si conocieran todo, se hablaban relajados como si se conocieran de toda la vida. ¡Qué fácil lo hacen parecer! Yo muy tranquilo los miro a todos, no quiero asustarme por nada, ni pensar qué decir o hacer. Se acercan a ofrecerme cosas, comida, para beber, todos muy simpáticos. Se presentan, preguntan por mi nombre, yo algo bastaaante nervioso les respondo, con una forzada sonrisa que intento no sea tan notoria y ruego por que sigan su camino, para poder quedarme ahí tranquilo. En el mismo lugar de siempre, solitario…
Corre el viento, lo siento envolverme en una cálida brisa y los autos ya no aceleran enojados, los niños que corren a nuestro alrededor ya no gritan, el bullicio de la gente ya no nos hace gritar para escucharnos. Ya no queda nadie en el parque. Sólo él y yo. Toda inseguridad, miedo o vergüenza se desvanece cuando veo su cara. Veo como se acerca hacia mí. Veo cómo ese rojizo color de sus pantalones se desvanece hasta teñir el cielo en unos tonos casi lilas. Sus ojos se intensifican.
Your eyes whispered «have we met?»
Sus amigas sonríen a su lado, ¿de qué reirán? Se acercan a quienes olvidé estaban con nosotros. Saludan felices porque al parecer esperaron bastante tiempo por este momento. Parece que el tiempo cambia. La dinámica cambia. Todo es más calmo. Todos sentados en círculo para conocernos mejor. Todo se desacelera y no puedo dejar de mirarlo. Algo dentro de mí exige por salir. ¡Ay, no! ¿Qué es esto?
—Yo soy Diego, me gusta el rock y mi banda favorita es Ambrosia, y una de las películas que siempre veo es Atrapado en el tiempo… —¿Una banda? ¿Una película? Ay, al parecer tendremos que hablar. —La idea es que nos presentemos diciendo una canción favorita o película y el porqué. —Por estar pensando lo interrumpí y no escuché por qué son sus favoritas. —A ver… Empieza tú.
Señala a quien está a su lado. No sé si es un compañero de él o de mi generación, pero comienza a pensar y decir bromas que no entiendo y todos al parecer sí, porque se ríen. ¿O sólo le apoyan? Ay, no sé qué diré. ¿Qué películas veo? ¿Qué música escucho sin parar? No sé qué decir, no quiero parecer poco interesante ni quedar mal. No ahora. Menos ahora. Por los finos vellos de mis brazos siento que baila una suave corriente fría. Intento calmarme. Inmediatamente lo miro. Parece sereno, ¿o está igual que yo? Todo está calmo, tranquilo.
All I can say is I was enchanted to meet you…
Sus ojos… sus ojos me miraban y yo me veía en ellos. Nadie se movía, todos estaban quietos. El momento se congeló, pero incluso así sabía que me podía ver y no tenía miedo. The Dark Side of the Moon y los gastados colores de su arcoíris en esa polera, los podía ver en todos lados. Brillantes, radiantes. Sus ojos brillaban. Azules. Mírame, quiero que lo hagas. ¿Por qué? No sé, pero me gusta la sensación. Nunca había sentido nada así antes. Nunca había sentido nada. Creo que, por lo que recuerdo, desde esa lluvia, desde esa noche, jamás había sentido algo. Hasta ahora. Oh, esa banda. ¿Digo que la escucho, aunque no lo he hecho últimamente en varios meses? ¿La escuchará? Si usa esa polera es por algo.
Recuerdo una vez leer que, si uno inicia ese disco de Pink Floyd desde cierto tiempo de la película El Mago de Oz, ambas parecieran ser la banda sonora y el video de la otra. ¿Él sabrá eso? ¿Lo habrá hecho, ver la película escuchando el disco? Podría invitarlo. Bueno, una vez lo intenté y me quedé dormido. Pero en mi defensa estaba cansadísimo, estuve corriendo todo el día. Él sonríe. ¿Estará leyendo mi mente? ¿Podrá ver que me estoy imaginando toda esta conversación con él?
—Una vez intenté ver El Mago de Oz escuchando The Dark Side of the Moon, pero no fui capaz. No fui lo demasiado fuerte para llegar al final —él sonríe, abraza sus piernas y se acomoda mirándome. Algo de mi historia le hace gracia, seguiríamos, pero el compañero que conduce todas estas presentaciones le golpea suavemente su hombro y lo distrae.
—Hola, a todas y todos —dice mirando rápidamente, yo fui el último donde se quedó. —Mi nombre es Bruno y… —Realmente no sé qué más habrá dicho, porque yo sólo escuchaba su voz diciendo su nombre, pero lo veía algo nervioso hablando y sonriendo con sus ojitos de invierno.
My thoughts will echo your name
Until I see you again…
—Yo creo que mi canción favorita es «Bohemian Rhapsody», porque algo remueve en mí que me hace sentir… ¿inquieto? No sé, como algo medio infantil, como si fuese la primera vez que la escucho —nervioso acomodo mis piernas también.
Se vuelve a acomodar, y rápidamente mira a ese compañero que se presentó con su banda Ambrosia. Me vuelve a mirar a mí y caigo en cuenta que es mi turno. ¡Ay!
—Me llamo Borja y… —Estoy nervioso. De reojo lo veo y me doy cuenta de que deja de mirarme, ahora sus ojos están hacia el suelo, en el pasto aplastado por el mantel del picnic. Se ve concentrado. —Eso.
Lento me escondo y siento que él vuelve a mirarme. Quedaron confundidos. Tenía que decir más cosas, pero la verdad es que no sabía qué responder ni qué decir. Así que esa fue mi corta presentación. La tarde siguió, todos hablaban con todos y yo ahí, sentado mirando el mantel con la variedad de comida que había, escuchando lo que cada uno hablaba. Pero en realidad sólo intentaba no mirarlo, tenía mucha vergüenza de que al mirarlo se diera cuenta y me encontrara ahí, con mis ojos pegados en él. Veo que se levanta, se sacude las hojitas de su ropa y comienza a despedirse de sus amigas y amigos. Quiero mirarlo una última vez, así que me volteo lentamente y lo hago. Él justo también se voltea, casi coordinados al cien, y nos miramos.
Please, don’t be in love with someone else.
Nos miramos a los ojos. Una vez más. Lentamente podría volver a mirarlo, pero ¿para qué? No quiero que me vean haciendo esto o que de alguna forma me descontrole y… todo esto que puedo hacer dañe a alguien.
Please, don’t have somebody waiting on you…
Se voltea para comenzar su camino y lo miro una última vez. Me parece extraña la sensación que despierta este, hasta ahora, desconocido. La tarde pasaba y pocos quedábamos, que preferí irme. Total, no estaba hablando con nadie, sólo escuchaba y hacía acto de presencia. Ya no había mucho que escuchar ni a quien mirar. Caminé. Caminé mucho hasta la habitación que arriendo y me sirvió para despejarme, para relajarme.
¡No, no, no! Nada de esto hubiera pasado si estuviese atento. Nada hubiera pasado si no hubiese perdido el teléfono. ¿Lo habré dejado en mi cama? Espero, porque no tengo más plata para comprarle otro a ese… estafador. Corro por el pasillo, me fijo que no haya nadie por ahí ni que me pueda captar la cámara. Abro la ventana y hago el intento para salir. Subo rápido y piso con precaución, ni idea de qué será este techo. Dejo amarrada mi mochila en un tubo que sobresale y me pongo de pie en el borde. En estos momentos es cuando necesito mucha concentración, poner mi mente en blanco y no ser capaz de escuchar nada ni a nadie. Ni a esa abeja que vuela cerca, ni a mi corazón que se vuelve loco con su mirada. ¡No pienses en nadie! Dale, por favor. Trenes, trenes… Escucho gritos, llantos. Inhalo. Inténtalo una vez más.
Exhala…
…Línea cinco. ¡Bingo! «Algunos testigos muestran a través de sus redes sociales lo que está ocurriendo en la combinación de…». ¡Gracias, señor que escucha la radio mientras trabaja! Corro de regreso hacia donde subí, ¿serán unos 15 metros? Una vez más, tú puedes. Acomodo el pasamontaña y comienzo a correr por lo que perfectamente podría ser el pasillo de un octavo piso. Viene la parte que más me encanta de todo esto: ¡saltar! ¡Ah, qué feliz sería si tan sólo pudiera volar! Y qué fácil sería ayudar también. Sin dudarlo lo intento, sin miedo. En el aire me hago bolita, extiendo mis brazos y dejo salir una pierna como si fuese a dar una patada. Abro los ojos y me doy cuenta de que sigo de pie. ¡Weeenaaa!
Sigo corriendo por el techo de una iglesia, creo. Uh, perdóname, Señor, te ruego. Me produce una risita tonta. ¡AHHH! Aprovecho el aire para gritar, saltar y darme todas las vueltas que quiera, porque todo lo puedo. Veo que personas me ven saltar de un edificio a otro, me saludan y les respondo mientras estoy en el aire. Algunos me graban y aprovecho de lucirme en cámara. Como nunca lo he hecho antes. Sigo mi camino. Necesito llegar lo más rápido posible, pero los edificios comienzan a ser más altos, sólo me tomará más tiempo seguir por sus azoteas. Aunque no lo parezca, es difícil saltar todos estos techos y alcanzarlos. La calle es demasiado ancha, así que debo caer encima del paradero que está cercano al metro, pero quedo bastante lejos de la entrada a la estación.
Veo a muchas personas a las salidas y entradas, ni siendo famoso me dejarían pasar. ¿Qué hago, qué hago? La gente y su bullicio me ponen nervioso, además que me miran raro. Bueno, parezco un ladrón con este pseudopasamontaña. Pero deberán dejarme pasar sí o sí.
—Permiso. Señora, permis… —Me queda mirando rara y rápidamente resguarda su cartera por si se la robo. No me interesa, oiga. —¡Permiso, por favor! —Mientras más me acerco, más gritos y personas hablando por todos lados. —¡Por favor!
Me detengo, silbo fuerte y se crea un silencio de golpe. Todos se cubren sus oídos. Silencio al fin. Todos me miran extrañados y se alejan.
En lo que camino y avanzo entre ellos, se alejan manteniendo distancia social como si tuviera algo contagioso de lo cual necesitan salvarse. «Tranqui, que no le haré daño a nadie», podría decir, pero mejor no. Ya en el sector de la boletería veo que no pasa nada. Todos siguen su vida normal, pero sé que algo hay. Lo escucho, lo siento. De repente veo que todos vienen caminando muy acelerados desde la combinación. Salto y llego directamente a la vía del tren. Me quedo quieto, primera vez que caminaré por aquí y no sé si esto realmente tiene mucha electricidad, pero mejor prevenir. Nunca me he enfrentado a nada eléctrico, no sé cómo mi organismo, mis… ¿habilidades?, lo enfrentarían. Corro lo más veloz que puedo y nada. Me devuelvo para echar un vistazo hacia la otra dirección y nada. Me detengo en el mismo lugar dónde llegué y miro a todos. No entiendo nada. ¿Y la balacera?
—¿Y qué está pasando acá?
Todos hablan a la vez y gritan. Tres sonidos se escuchan a lo lejos que deja un silencio aterrador. Todos apuntan a un lugar y veo que en la otra línea hay un grupo de tipos armados, con un joven retenido. Uno de ellos bien agarrado, afirmando al joven por su cuello, lo amenaza. Algo le dice al oído, luego le grita. Varios pasos fuertes comienzan a acercarse y me doy cuenta de que es la policía.
—¡Sale vo’ de acá, conchatumadre! —Grita y apunta con una pistola, que luego acerca a la sien del chico.
Se aleja del grupo, que ahora se forman en línea para apuntar a los oficiales y amenazan con disparos. El atacante con su joven rehén se acerca a lo alto de una pantalla luminosa, ahora la amenaza es lanzarlo.
—¡Ayuda! —Le pega manotazos, con sus piernas intenta darle patadas, pero al tocar la pared se da impulso y él lo suelta.
Corro lo más rápido que puedo. Sólo logro escuchar gritos y todo queda en silencio. Lo veo a unos escasos metros cerca de mí, volteo a ver a todos a mi alrededor. Mujeres apuntando, algunas personas gritando, otros grabando con sus teléfonos. Esto es nuevo para mí. Creo que nunca había hecho algo con tanto público ni gente que grabara. Creo que nunca había visto todo tan lento. Pero es mi oportunidad y, al parecer, también lo soy para él. Inhalo, me agacho hacia mi izquierda y con toda la fuerza me levanto a la derecha, girando piso el borde del andén y me doy impulso para acercarme al joven que cae lentamente. Su cuerpo ya se giraba para caer de cabeza, pero alcanzo a tomarlo en brazos y caímos en la vía del tren. El sonido es extraño. El cambio de lento a normal da miedo. Los gritos de las personas cesan y no entienden mucho qué pasó, pero ahí estamos de pie. Algunos alegres aplaudían. No sé qué hacer. Lo miro y está asustado.
—¿Estás bien? —Le pregunto mirándolo y me asiente asustado, aguantando el llanto. Lo acerco nuevamente a mí para saltar y subir al andén. Los Carabineros se acercan y le ayudan. Me alejo y veo cómo quien intentó lanzarlo cae a la línea con un agujero en su cabeza.
Todos gritan y veo como el grupo rompe su formación y corren en diferentes direcciones. Salto inmediatamente a ellos, pero no sé adónde ir. No conozco las líneas del metro, no sé adónde van ni qué caminos tomar, porque la única vez que tomé esta línea me perdí y me pasé unas 3 estaciones. ¡No sé cómo alcanzarlos a cada uno de ellos! Al parecer todos tenían armas, porque escucho disparos al aire en cada punto por los que escaparon. Reconozco al que disparó, salto para llegar a la boletería y lo escucho gritar mientras todas las personas lo intentaban detener, pero ese hombre está loco. Lanza combos, patadas y golpes hacia todos lados.
—¡Déjenme! —Disparo. ¡¿QUÉ?! —¡Me los voy a pitear a todos!
Escucho tres disparos más que da al aire y se gira para mirarme, me apunta y me alcanzo a agachar cuando intenta darme. Todos gritan ahora por miedo. Corre rápido. Y sigue dando tiros al aire. Antes de salir me percato si se encuentran bien, si le dieron a alguien. Todos me miran en silencio y niegan con un estricto movimiento de cabeza. Subo las escaleras y escucho los disparos. Verifico si se encuentran bien, si no hirió a nadie, pero tampoco. Miro para todos lados, no sé dónde se fue. Mierda. Tengo que poder activar, usar o no sé cómo se diga todo esto de lo que puedo hacer más rápido. Me apuntan a una dirección. Escucho un disparo más y corro. Le agradezco a la señora mientras corro y veo cómo ese tipo empujó a un niñito y lo dejó llorando en el suelo.
Una moto se detiene y este hombre se sube. El conductor le pasa un casco y se lo pone. Hacen una peligrosa maniobra y se meten al tráfico en contra. Los disparos siguen, pero no a lo loco, sólo son para mí. Así que lo mejor sería perseguirlos, pero a escondidas como llegué hasta acá. Debo darme el impulso necesario para llegar al edificio de frente al paradero. Corro, doy unos pasos grandes y salto. ¡Bien! Lo que sigue es un hotel, pero ni en broma logro alcanzar la altura de la torre central. Sigo, aunque ya me siento agotado. Intento saltar una gran distancia, pero apenas me lancé de la azotea anterior me di cuenta de que no llegaría. Al caer hago un movimiento que me permite volver a saltar, pero no, no funcionó. Sólo pude llegar a mitad de camino, caí en la estructura donde se encuentran las letras del edificio. Intento aferrarme a la «G» y volví a caer al suelo. Esta vez de espalda.
Al caer sólo escucho suspiros ahogados de las personas que iban pasando por al lado o las del frente, en el GAM. Me levanto rápido sin quejarme de nada. ¡Qué vergüenza! Prefiero correr por las anchas calles de la Alameda, ahí podría agilizar la tarea de llegar a tiempo, ya que hay espacio para los vehículos, micros y para este humilde servidor que sólo quiere atrapar a esos dos. Tomo aire para alejar al dolor. Los tipos siguen en la moto, ahora cambiaron de pista a la correspondiente. Intenta dar otro tiro más, pero hizo la cuenta que se quedó sin balas. Al parecer tampoco contaba con el tráfico de esta hora, no le queda de otra que bajarse de la motocicleta y sigue corriendo. Corro rápido también, agarro al conductor y salto con él en brazos, lo escucho gritar y aterrizamos bien. «Fue sólo un saltito», le digo y él se sube el casco y vomita. Llegan unos guardias del metro y lo retienen. Veo como el otro sigue corriendo, intenta bajar al metro, pero se arrepintió. Me lanza la pistola y se da cuenta de que vengo detrás de él, y es mi momento para agarrarlo. Pero no sólo lo detendré y se lo entregaré a la policía, no. Podría darle un sustito antes de eso. Lo agarro entre mis brazos, giro y me doy impulso para saltar. Parece que la rabia me ayuda e incrementa mi estado, porque llegamos a lo más alto de la Biblioteca Nacional y para detenerme me afirmo de una de las figuras que hay en su techo. ¡Wow! Nunca me había dado cuenta de todo esto. Recorro el borde un poco para ver la vista. Creo que debería salir algún día a explorar la ciudad y a distraerme de todo. Veo que está a punto de caer y lo tomo rápidamente.
—¡No, por favor! Perdón. —Dice agarrándome el brazo, intentando llegar a mi cuello, pero lo extiendo para alejarlo.
—¿Perdón? ¿Por qué? —Lo miro. Siento que mi brazo tiembla, mientras se intenta afirmar de mi muñeca.
—¡No me mates! Perdóname, te lo juro que nunca más.
—¿Por qué lo mataste? —Intento poner cara de enojado, de serio, intento darle miedo.
—Fue un accidente, te lo juro que no quería…
—¿Un accidente? Pero si todos te vieron dispararle.
—¡Por favor no me sueltes! —Mientras grita, me doy cuenta de todas las personas que se juntaron abajo. Varias patrullas de Carabineros miraban hacia nosotros y otros corriendo hablando por radio, comienzan a alejar a las personas y a despejar el lugar.
—Dime por qué lo hicieron. —No me puedo concentrar. Mi brazo sigue temblando y no entiendo qué pasa, creo que nunca había tenido problema con la fuerza. Bueno, con tomar a una persona. Recién no me pasó eso cuando tomé en brazos al otro chico. Él mira asustado, mira mi hombro y respira agitado. Mientras lo afirmo desde su polera, chaqueta y toda su ropa por el cuello, veo hacia donde tanto mira. Mi polera está rota, rasgada por una bala y veo como sangro. Abro la boca y ahora entiendo el temblor.
—¡Perdóname, fue sin querer!
—¡Pero si te vi apuntándome!
Con mi otra mano toco la herida y arde. Pierdo el equilibrio y él justo se mueve. Me vuelvo a agarrar y grita.
—¡Ayuda! —Le pido que se calle. Lo suelto de unos dedos para que le dé miedo, pero más grita. —¡Me quiere matar! ¡Auxilio!
—¡Mentira, no lo voy a matar! —Grito por si alguien me escucha y dejarlo claro. —¡¿Por qué querías tirarlo al metro?! ¡¿Por qué mataste a tu compañero? Dime antes que pierda la paciencia. —O la fuerza…
Más asustado me mira, mi brazo más tiembla y creo que no tengo fuerza. La herida arde, pero mucho y no sé por qué. Al verla, me doy cuenta de que algunas venas se marcan demasiado, como si brillaran. El tejido roto comienza a unirse y la piel alrededor también parece iluminarse. Mi muñeca no resiste más. Lo solté sin querer. Quizás me distraje por lo de mi herida, pero es que molesta mucho. Además, nunca había visto esto. Sólo lo escucho gritar, gritar mucho, y a todas las personas que lo esperan abajo dar un suspiro ahogado en conjunto.