Mundo de Ilusión
9 de la mañana, es un día dorado con un cielo completamente azul y el aire fresco que contrastaba con la incesante luz del sol anunciando la llegada del verano. Los edificios brillantes por los ventanales enormes reflejan el brillo que cae del cielo, el verde de las plantas adueñadas de todas las estructuras que refrescan la vista de los locales y visitantes de esta bella ciudad.
Lampros, la capital de CELH, la ciudad más grande y tecnológicamente más avanzada del mundo, puentes colgantes conectados a edificios y autobuses cruzando en un camino especial que surca los cielos por toda la urbe y en medio de todo se encuentra el edificio más impresionante, compuesto por tres estructuras levitantes que se alzan hacia el cielo como un cometa y en la punta un enorme estadio con anillos hechos de jardines, el estadio Lumina.
Ya era tarde, debí estar en el museo a las ocho de la mañana, pero bueno, las cosas pasan por algo dice mi mamá. El recorrido del levitabús es bastante largo y pausado por las paradas de distintas personas. Mientras más andamos pasamos por anuncios holográficos que al menos me ofrecen entretenimiento, pero se repiten tanto los de comida que ya me empezó a dar hambre.
En todos los comerciales aparecen los grigoris, nuestros héroes, la primera línea de defensa de CELH, 100 personas dotadas de poderes elementales gracias al poder de los anillos del alba, armas entregadas a los humanos en el inicio de la guerra por la supremacía hace más de mil años. Entre todos los grigoris, es el más poderoso y el que más destaca es el número 1, Orión, el héroe de chicos y grandes, además de mi héroe de la infancia. Mi mamá me compraba toda su mercancía, espadas, chamarras, tenis y hasta ropa interior.
Con el poder de su anillo eléctrico, rescata a las personas y lucha contra los villanos a gran velocidad, es tan rápido como la luz y uno de los mejores blandiendo la espada. Es el número 1 de todos, el líder de la Sociedad del Anillo (SOA), siempre tan lleno de confianza.
Pasaron unos minutos y me moría de hambre, por las prisas no pude comprar nada en la calle, en el museo ya me estaban esperando mis amigos. Debí desayunar algo de lo que había hecho mi mamá, ni siquiera pude despedirme de ella. Para mi mala suerte, el levitabus que tomé me dejaba a cinco cuadras del museo, así que tuve que correr, por lo menos me gustaba ver la belleza de las calles tan cuidadas, edificios cargados de plantas, desde los más altos hasta los de apenas una planta, una belleza de la tecnología y los algunos edificios incluso tienen incrustados sauces y encinos.
Estaba a una cuadra del museo, vi a mis amigos parados esperándome. Pero de pronto, un gran estruendo sonó a mis espaldas, era el de una explosión, tan fuerte que caí al suelo, apenas cuando pude alzar la mirada, solo podía ver cómo la gente empezaba a desaparecer de mi alrededor y después, una vez más un estruendo, pero lo suficientemente cerca para hacerme volar, recuerdo que salí volando por los aires, sin duda hubiera muerto, pero aparecí en el suelo en tan solo un parpadeo. Cuando me percaté, frente a mi estaba Orión, envainando rápidamente su espada plateada.
-Eso estuvo cerca. -Dijo con seriedad mientras su cabello blanco se teñía de rojo. -Pero aún estás demasiado cerca.
Sus ojos brillaban de un color amarillo intenso y su cabello blanco se alzaba hacia el cielo. El héroe más grande del mundo me había salvado. También vi a su oponente, algo realmente horrible, con extremidades alargadas, un rostro deforme adornado con dos puntos de lo que parecen ojos y una fila de dientes simulando una boca, encorvado y aterradoramente alto, desapareció frente a mis ojos y aparecía frente a Orión quien entabló un combate con su espada chocando contra las extremidades endurecidas y afiladas de su oponente. La fuerza era intensa, el sonido ensordecedor e incluso la tierra y las rocas eran lanzadas por el choque. Orión lo alejó con una patada cargada con electricidad.
Apenas logré ponerme en pie, con el instinto gritándome que corriera, cuando un tercer enemigo se estrelló contra el suelo desde el cielo. La onda expansiva me arrojó varios metros. Este nuevo ser tenía el rostro de un esqueleto ennegrecido, un torso tallado en lo que parecía diamante negro y empuñaba un arma colosal de seis hojas. Un dolor agudo y ardiente explotó en mi pierna. Había caído sobre ella. Rota. El grito de desesperación se ahogó en mi garganta cuando cientos de lanzas de luz cayeron del cielo, directas hacia mí. El fin, otra vez.
Pero no. Orión era un vendaval. Un relámpago. Repelió cada rayo con su espada, bloqueó los golpes del titán de seis brazos, esquivó las cuchillas del demonio de diamante y mantuvo a raya a la primera abominación. ¡Estaba luchando contra los cuatro a la vez, y parecía que la victoria era suya! De pronto, liberó una onda eléctrica masiva que hizo retroceder a todos sus enemigos y, en menos de un parpadeo, yo ya no estaba allí. Aparecí de nuevo, esta vez a salvo, agazapado cerca de la entrada del museo.
—¡Noah! ¿Estás bien?
La voz resonó a través del pitido ensordecedor en mis oídos. Me congelé. ¿Cómo sabía mi nombre?
—Qué pregunta tan estúpida —murmuró Orión para sí mismo.
Instintivamente, bajé la mirada. Una de esas lanzas de luz me había alcanzado. Un agujero humeante me atravesaba el abdomen. La vista se me nubló, el mundo se convirtió en un torbellino oscuro, pero sus siguientes palabras se grabaron a fuego en mi mente.
—Escúchame. Te pondré mi anillo. Debes sobrevivir. —Hizo una pausa, y por primera vez vi una sombra de pesar en su rostro—. Perdóname por no haber podido hacer más.
Cuando el anillo se deslizó en mi dedo, una corriente de poder puro, una marea de energía vital, recorrió cada fibra de mi ser. La sensación de la muerte retrocedió, reemplazada por un calor electrizante. Vi el alivio en el rostro de Orión; el brillo de sus ojos se atenuó, su cabello volvió a caer con normalidad.
Eché un vistazo hacia la calle. Los monstruos habían vuelto al ataque, pero no estaban solos. Un nuevo enemigo se había unido a la refriega, un hombre viejo con barba y dos espadas. Orión se puso de pie, su confianza no sólo intacta, sino magnificada, ardiendo como un sol. Salió caminando hacia la batalla, deteniéndose en medio de la destrucción. Levantó la cabeza hacia el cielo, abrió los brazos como si quisiera abrazar la tormenta y soltó una carcajada que retumbó más que cualquier explosión.
—¡Así que ese necio por fin decidió mover sus piezas! —gritó, su voz cargada de un júbilo salvaje—Diganle que está cometiendo un terrible error
De sus manos brotan destellos de luz, ecos lastimeros de su antiguo poder que apenas chamuscaron la piel de sus oponentes. Se abalanzó con su espada, y aunque su velocidad, ahora meramente humana, seguía siendo asombrosa, era una danza suicida contra la furia sobrenatural de sus enemigos. Su último ataque fue un grito de desafío sin voz, un gesto final, inútil y carente de esperanza, pero ejecutado con la convicción de un hombre que sacrifica todo por proteger su hogar. Y entonces, en un silencio que ahogó el estruendo de la batalla, el más fuerte de todos, el número 1, cayó.
El mundo se detuvo. Mi mundo se hizo añicos. Vi el cuerpo inmóvil del ídolo de mi infancia y un terror helado me atenazó las entrañas. Sentí el anillo en mi dedo, ahora pesado como una lápida. Mi corazón martilleaba contra mis costillas, un tambor frenético en el silencio de mi pánico. Un hormigueo helado trepó por mis manos. Quería gritar, pero mi garganta era una prisión de nudos. Las lágrimas empañaron mi visión, distorsionando la figura caída de mi héroe. Ni siquiera pude despedirme... El pensamiento fue una puñalada. Mi única familia, mi madre... el pavor de que se quedara sola era un abismo más profundo y oscuro que mi propia muerte.
Fue entonces cuando el ambiente cambió. Una niebla antinatural, densa y oscura como la tinta, se derramó por las calles, absorbiendo la luz y el sonido. Los monstruos, los nephil, reaccionaron con un pánico instintivo. Un velo cegador de energía los cubrió por un instante y, al disiparse, ya no estaban. Se habían esfumado como si nunca hubieran existido.
De las alturas descendieron los refuerzos. Otros grigoris. A la cabeza, como un ángel de la venganza tallado en la noche misma, cayó Azrael. El número 2 aterrizó sin sonido, envuelto en una energía oscura que parecía beberse el aire a su alrededor. Pero llegó tarde. Los agresores habían huido, dejando tras de sí solo la devastación. Su misión, fuera la que fuese, estaba cumplida.
Cuando el polvo se asentó, la cruda realidad nos golpeó. Las sirenas comenzaron a ulular, un lamento fúnebre para una ciudad herida. Veinticinco vidas extinguidas. Cuarenta y siete desaparecidos, borrados de la existencia. Quince millones de grecos en pérdidas, una cicatriz en el corazón económico de la nación más poderosa del mundo. El planeta entero observó en shock cómo su capital había sido vulnerada, cómo ni el ejército ni SOA. pudieron hacer nada para evitarlo.
Y el dolor, como siempre, buscó un culpable. La culpa se esparció más rápido que las llamas. Humanos, los gigantescos Quinametzin y los alados Aeria, todos giraron sus cabezas en una misma dirección. Ese día, cientos de nephil fueron arrestados bajo sospecha. Las calles se llenaron de militares y los noticieros, con sus titulares incendiarios, avivaron el fuego del odio. Miedo. Ira. Desconfianza. Asco. Las emociones se propagaron como un virus, infectando el alma de la sociedad. Humanos, Aeria y Quinametzin, antes aliados dispares, ahora estaban unidos por un nuevo y terrible propósito: habían encontrado a su enemigo. La guerra contra los monstruos había terminado por hoy. La guerra entre nosotros apenas comenzaba.