Zaira
«Damas y caballeros, les damos una cálida bienvenida a Alicante. Esperamos que hayan tenido un vuelo placentero y les deseamos una estancia maravillosa aquí. Por favor, permanezcan sentados con los cinturones de seguridad abrochados hasta que hayamos llegado a nuestra posición de estacionamiento».
Vuelo placentero.
Abrí los ojos despacio, con mucho cuidado, como si tuviera la esperanza de haber oído mal y que en cualquier momento alguien saliera por los altavoces para corregirse, diciendo que aquello había sido en realidad un experimento fallido. Me quedé mirando al frente un momento, tratando de clasificar esa afirmación en alguna categoría sensata. Placentero. Claro. Absolutamente placentero. Si uno llamaba placentero al hecho de que un avión se sintiera a veces como una montaña rusa de mal genio que decidía, sin previo aviso, acercar a sus pasajeros un poco más a la muerte, entonces sí, aquello había sido unas vacaciones de ensueño.
Dejé escapar un suspiro audible, esta vez claro y cargado de un alivio dramático. Apoyé la cabeza en el respaldo y mis hombros finalmente se relajaron. Si eso había sido placentero, realmente no quería saber qué consideraban ellos un mal vuelo. Probablemente una caída libre. Sin cinturón de seguridad. Y con aplausos.
Odiaba volar. De verdad. Y este viaje de Cancún hasta aquí me había confirmado de nuevo, de forma muy convincente y casi agresiva, que nada de eso iba a cambiar en el futuro. Esas turbulencias no se sintieron como un pequeño movimiento, sino como si alguien ahí arriba hubiera decidido agarrar el avión y sacudirlo con ganas, solo para ver quién perdía los nervios primero y quién empezaba a replantearse sus decisiones vitales.
Y ahí arriba, en la cabina, estaba alguien que había descrito todo aquello como placentero. No sabía si sentirme impresionada o preocupada.
Parpadeé un par de veces, me pasé la mano por la cara como si pudiera borrar las últimas horas y cerré los ojos un segundo solo para asegurarme de que seguíamos vivos y de que no nos habíamos estrellado, como si aquello fuera una transición al más allá particularmente de mal gusto.
Placentero.
Claro que sí.
A mi lado sonó algo entre un gemido de molestia, una desesperación silenciosa y el ruido de alguien que acababa de decidir internamente no volver a subir a un avión por voluntad propia. Ni siquiera tuve que mirar para saber quién era.
—¿Ya llegamos? ¡Te juro, Zaira, que este ha sido mi último vuelo! —gruñó mi primo con voz ronca, adormilada y con ese tono de ofendido, como si yo le hubiera obligado personalmente a sentarse allí a temer por su vida.
Me mordí el labio de inmediato porque sabía perfectamente que si me relajaba un poco, empezaría a reírme y probablemente no pararía. Giré la cabeza hacia él muy despacio, como dándome una última oportunidad para controlarme.
Y entonces lo vi.
Y ahí se acabó todo.
Tenía la cara marcada por el sueño, el pelo alborotado en todas direcciones, como si hubiera iniciado su propia rebelión durante las turbulencias. Y por si fuera poco, seguía puesto mi antifaz negro para dormir, que le quedaba enorme y estaba torcido, como si hubiera decidido formar parte de su cara.
Se me escapó un sonido traicionero, a pesar de que me había prometido aguantarme. Era demasiado. Simplemente demasiado.
Su mano seguía sobre el antifaz, como si se hubiera olvidado de que lo llevaba. Solo después de unos segundos pareció darse cuenta de que algo iba mal. Con mucho cuidado, casi con desconfianza, como si el antifaz pudiera atacarle, se lo subió hasta que quedó atrapado en el pelo, donde claramente no pintaba nada.
Parpadeó varias veces, lento y pesado, como si tuviera que readaptar la vista a la realidad. Pude ver cómo su cerebro trataba, a paso de tortuga, de procesar todo lo ocurrido. Por un momento pareció estar suspendido entre el sueño y la vigilia, como si su cuerpo supiera que habíamos aterrizado pero su mente no. Solo después de unos segundos, su mirada se encontró con la mía. Con expresión adormilada, confundida y a medio camino entre la seriedad y el despiste total, me miró como si estuviera intentando descifrar dónde estábamos, por qué seguíamos vivos y por qué yo estaba a punto de echarme a reír en su cara.
Me recliné en el asiento, encogí un poco las piernas y dejé caer la cabeza a un lado mientras lo estudiaba. Mi sonrisa se ensanchaba sin que hiciera el menor esfuerzo por ocultarla. El vuelo nos había sobrevivido a ambos, pero a él lo había dejado un poco tocado, al menos por dentro, y tuve que esforzarme mucho para no estallar de risa.
—El piloto acaba de darnos la bienvenida a Alicante y ha dicho que espera que hayamos tenido un vuelo placentero —dije por fin con voz tranquila, pero con ese tono que delataba que no me creía nada. Lo miré con atención, casi expectante, porque sabía que su reacción sería lo mejor de todo esto.
Y así fue.
Como si alguien hubiera accionado un interruptor invisible.
Sus ojos verdes, que segundos antes estaban medio cerrados, se volvieron más despiertos y, al mismo tiempo, horrorizados. Como si le hubiera dicho algo que rompía todos sus esquemas. Frunció el ceño, entreabrió los labios y me miró como si estuviera tratando de adivinar si le estaba tomando el pelo o si de verdad había dicho eso.
Me miró fijamente. De verdad. Tanto, que por un segundo pensé que iba a empezar a reconstruir sus últimos minutos de vida.
—¿Iba puesto? —preguntó al final, con la voz aún ronca pero más despierto, mientras se incorporaba y me miraba con sospecha, como si le acabara de informar de que el piloto tenía instintos suicidas.
Levanté una ceja, crucé los brazos y negué con la cabeza, aunque por dentro admití que su pregunta no era tan absurda.
—Siempre pensé que los pilotos mexicanos viven como si tuvieran siete vidas cuando van drogados —siguió refunfuñando, pasándose una mano por el pelo, que seguía rebelde—, pero joder... al menos son sinceros.
Se me escapó un bufido y miré a otro lado para recomponerme, pero la sonrisa ya no se podía ocultar. Era la convicción con la que hablaba, sumada al absurdo de sus palabras, lo que hacía que todo fuera increíblemente divertido.
Y en el fondo, sabía que desgraciadamente tenía razón.
Jamás olvidaré el día que hicimos un vuelo corto y el piloto habló por megafonía con un tono tan relajado, como si fuera lo más normal del mundo, comentando casualmente, sin la menor duda, que acababa de tomarse las mejores drogas de su vida.
Un ruido me sacó de mis pensamientos. Sobre nosotros, uno de los compartimentos superiores se abrió de golpe, luego otro, y en segundos la cabina se llenó de esa mezcla caótica de voces, movimiento y gente que había decidido a la vez que era el momento de levantarse y sacar sus cosas.
—Menos mal que no tenemos maletas y lo enviamos todo de México a España —masculló mi primo a mi lado, haciendo un gesto hacia el pasillo, donde ya se formaba una cola de gente convencida de que saldría antes si se levantaba pronto.
Seguí su mirada, viendo a la gente empujarse, sacar maletas y darse golpes mientras parecían creer que la vida les iba en ello. No pude evitar un gemido interno.
—¿Puedes despertarme cuando acabe esto? Odio a la gente. Odio los sitios llenos de gente y odio a la gente —dijo mi primo con una seriedad pasmosa. Acto seguido, se volvió a bajar el antifaz y se hundió en el asiento de forma demostrativa.
Parpadeé una vez. Y otra.
—¿Te das cuenta de que tardaremos como mucho quince minutos en poder salir del avión? —pregunté al fin, inclinándome hacia él e intentando que mi mirada lo detuviera antes de que se quedara dormido otra vez.
Negué con la cabeza, soltando una risa suave.
Desvié la mirada hacia la ventanilla. Me quedé un momento en silencio mirando fuera, dejando que mis ojos se perdieran en el azul despejado del cielo que se extendía ante mí. Sin nubes. Solo ese sol brillante y casi cegador bañándolo todo con una luz tranquila, como si las últimas horas no hubieran existido.
Alicante.
El nombre se asentó en mi mente, desconocido y a la vez no del todo extraño, como si necesitara acostumbrarse a mí poco a poco. Lo dejé estar sin darle más vueltas y me centré en lo que veía. En la luz, el calor y esa sensación de apertura que se extendía ante mí y apartaba todo lo demás a un segundo plano.
No es un lugar nuevo.
Pero quizá sí un nuevo comienzo.
Solté un suspiro, sentí los hombros más ligeros y apoyé la cabeza contra la ventanilla mientras cerraba los ojos. Quizá era exactamente lo que necesitaba. Sin mirar atrás, sin analizar. Solo un paso adelante.
Y eso es exactamente lo que haría.