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CHUCK©

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Sinopsis

¿Recuerdas esa película de stop motion con el niño que veía fantasmas por todos lados? Bueno, ahora puedes hacerte una idea de cómo ha sido mi vida desde que tengo ocho años. Cuando cumplí veinticuatro, eso se había vuelto viejo. Podía ver fantasmas, a veces me contaban cosas con sus miradas distantes, como si estuvieran en trance. Aprendí a vivir con ello, a tomarlo solo como otra parte de mi. Hasta que me topé con él. Con Chuck. Todo parecía normal, hasta que ese hombre de las zapatillas rojo cereza y el traje elegante alzó la cabeza en mi dirección y sonrió. Él era un fantasma. Y parecía muy...vivo. Aunque, bueno, mejor déjame contarte cómo mi vida se convirtió en una historia paranormal. NO copias NO Adaptaciones TODOS los derechos reservados

Genero:
Romance / Mystery
Autor/a:
addiction_jeager
Estado:
En proceso
Capítulos:
16
Rating:
4.9 52 reseñas
Clasificación por edades:
18+

1. La piscina radiactiva fue parte del problema

Bienvenidos a esta nueva historia. Espero la disfruten y si es así, no se olviden de comentar, reaccionar y dejar una reseña 😘😊.



Supongo que debería contarte un poco sobre mi, para que entiendas de dónde viene toda la cosa de ver fantasmas. Hora de ponernos en contexto.

Crecí en el sistema de adopciones, aunque en realidad nunca llegaron a adoptar como tal. La mayor parte del tiempo alternaba entre casas hogar y familias de acogida, ambas opciones fueron un dolor de cabeza, debo decir. En una casa hogar era solo un número, un niño más entre cientos y cientos que están al cuidado de un sistema que a veces es demasiado negligente. Puedo decirte que quizá tuve suerte, porque pudo haber sido peor. Para muchos niños lo fue.

Las familias de acogida no eran mejores, muchas de esas personas solo toman niños por la promesa de un cheque del estado, así que era, y probablemente es, frecuente encontrarte con familias que tienen más niños de los que pueden manejar. Tampoco puedes esperar tener la familia de manual, con amor, abrazos y todas las tonterías cursis; porque seguías siendo un número, solo un bien adquirido de manera temporal del que tus padres temporales esperan sacar un beneficio.

Con el paso del tiempo las posibilidades de ser adoptado y de tener un hogar de acogida se van reduciendo, en especial si eres un dolor en el trasero. Mira, no fui algún tipo de rebelde sin causa, pero con el tiempo aprendí a defenderme, aprendí que si un lugar no era bueno, lo mejor era salir de ahí cuanto antes.

Te digo, tuve suerte. Por supuesto, caí en algunos hogares en los que mis padres de acogida eran un asco, padres ebrios, madres amargadas, hermanos que no dudarían saltar sobre ti a la menor oportunidad como una manada de leones hambrientos. La ley de la vida, la sobrevivencia del más fuerte. Y es que cuando no tienes nada que perder y poco que ganar, no sueles tener demasiados escrúpulos.

Y sin embargo, sobreviví, eh.

Bueno, ahí viene la parte divertida.

Sucedió cuando tenía ocho años. Por aquel entonces vivía con una familia de acogida en el sur de Chicago. Personas de clase media baja que tenían un ejército de niños por los cuales cobraban un mísero cheque cada mes. Yo era el segundo más pequeño de todos ellos, solo por encima de Louise que tenía tres años.

Era justo en mitad del verano, con un calor tan intenso que sentías que te sudaban hasta los pensamientos. Imagina estar a 28 grados en una habitación con otras tres personas, durmiendo en una litera estrecha, en la cama de abajo mientras tu hermano de once, propenso a los gases, ronca como un camión toda la bendita noche. Tampoco ayudaba que la ventana no pudiera abrirse,. El aroma nocturno era suficiente para querer salir corriendo o contar con un tanque de oxígeno.

Sin embargo, no fue en esa habitación en dónde me topé con la muerte aquel verano. Sucedió en la piscina comunitaria, esa en dónde el agua siempre estaba tibia por el sol y tenía un color verdoso, un indicio de que no solían limpiarla demasiado a menudo. Pero oye, tampoco es que pudiera ponerme exigente, no si eras incapaz de pagar una membresía en uno de esos clubs más exclusivos con una piscina techada y limpia, ¿verdad?

Además, el calor era suficiente para hacerte creer que esa maltrecha piscina era un jodido oasis en medio del desierto. Susan y Jon, como se llamaban mis padres de acogida, nos dejaban ir, felices de deshacerse de nosotros un par de horas. Siempre enviaban a Hen, la segunda mayor de todos nosotros, tenía trece y se suponía que debía cuidarnos. Pero sorpresa, ella no lo hacía. Se dedicaba a charlar con sus amigas y coquetear con los chicos problemáticos que solían rondar la piscina en busca de niñas ingenuas como Hen.

Sin ella cuidándonos realmente, las cosas tendían a torcerse, sobre todo por Kamal y Bellsy, que eran los otros dos chicos que componían mi feliz familia. Ambos tenían once y habían decidido que hacer mi vida miserable era como su mandato divino. No había un solo día en que no me hicieran algo jodido, desde escupir en mi cereal hasta empujarme por las escaleras de nuestra maltrecha casa esperando que me rompiera la cabeza en la caída. Lo más que lograron fue dislocarme el hombro unas semanas antes. De hecho recién me habían quitado el cabestrillo.

Oh, pero aquel día me demostrarían que podían ir incluso más lejos con sus acciones malvadas.

Yo había ayudado a la vecina a recoger basura de su patio trasero el día anterior y me dio tres dólares y medio por eso, así que mi ida a la piscina parecía un tanto menos deprimente, porque pude comprarme una paleta de hielo con sabor a fresas echadas a perder. Pero oye, estaba fría y eso era todo lo que me importaba mientras me sentaba en la orilla de la piscina, con los pies metidos en el agua tibia, ajeno a qué los dos engendros se acercaban de manera sigilosa. Lo supe hasta que me levantaron entre los dos logrando que la mitad de mi paleta cayera al agua y se hundiera.

—¿Qué te parece, Bellsy?— preguntó Kamal con una risa malvada. Era alto para su edad, sospechaba que alguno de sus padres era de color porque su piel era de un tono café con leche y su cabello era un lío de rizos apretados.

Bellsy era más blanco que las rodillas de una monja. Y con un cabello tan rojo que parecía falso. Formaban un par inusual esos dos. Bueno, la maldad llama a la maldad ¿cierto? O tal vez era simplemente que los idiotas de atraen. Otra ley universal si me lo preguntas.

—Bájame, Kamal— no grité, había aprendido que eso solo los incitaba más. Disfrutaban del dolor y la desesperación ajena.

—Aw, pobre bebé. Lamento decirte que no lo haré, porque, qué crees. Es hora de un rico baño.

—¡Sí! Dicen que los de tu clase son amarillos, pues nada como un puto patito amarillo.

Hagamos un paréntesis. Sí, soy asiático. Bueno mitad asiático. Me dejaron en un terreno baldío a los dos años, sin más que una manta y una caja en la que estaba metido. Me encontraron solo porque el auto de un chico se arruinó justo a un lado del camino y me escuchó llorar. El punto es que no sé exactamente de dónde es la parte asiática de mi, pero está ahí, mis son rasgados en las esquinas y mi estatura es menuda, aunque mi cabello es ondulado y de un castaño oscuro en lugar de negro. De cualquier manera Bellsy insistía en decir que era amarillo, por ese estúpido estereotipo discriminatorio de que la tez de los asiáticos es amarilla. Puedes rodar los ojos, yo lo he hecho, un millón de veces.

Volviendo al asunto, ese par de tontos decidió dejar de jugar y me lanzaron al agua con fuerza. Fue doloroso, incluso si el agua estaba más tibia que nada, romper la superficie de golpe me dejó sin aliento, me hizo tomar una bocanada de aire y tragar tanto líquido que me dejó aturdido. Es curioso, estaba un tanto conmocionado, hundiéndome con facilidad y lo único en lo que mi mente podía concentrarse era en lo asquerosa que estaba el agua, en la cantidad de personas que habían meado dentro, o en que cuando me sacaran, tendrían que montar una carpa de peligro biológico mientras me desinfectan.

Eso por supuesto, fue una perdida de tiempo, para cuando quise empezar a luchar para salir de ahí, era demasiado tarde, mis extremidades pesaban. La oscuridad se apoderó de los bordes de mi visión hasta que todo se quedó oscuro. Imagínate, tantas personas metidas en esa condenada piscina y nadie pudo sacarme antes de que muriera.

Me gustaría decirte que recuerdo lo que vi por mi viaje exprés al más allá o si ahí sucedió algo que explicara por qué mi vida cambiaría tan drásticamente luego de ese suceso, pero no lo recuerdo. No hay nada más que oscuridad. Para mí entre el momento en que perdí la consciencia y el momento en que los paramédicos lograron hacerme respirar de nuevo, solo transcurrió un instante, un parpadeó. En realidad fueron seis minutos y cuarenta segundos. Morí. Mi corazón dejó de latir y solo el desfibrilador y las insistentes maniobras de resucitación me trajeron de vuelta.

De hecho la paramédico que proporcionaba las compresiones en el pecho dijo que estaban a nada de declararme oficialmente muerto. Yo estaba demasiado aturdido como para que me importara.

En las películas hacen parecer que casi morir ahogado es algo que se supera fácil; toces, escupes agua, quizá lloras y luego la vida sigue. Pero la realidad es diferente. Entre el agua que va a tus pulmones y el tiempo que tardas en volver a respirar pueden quedar secuelas a largo plazo. Para mí fue un riesgo aún mayor por el tiempo que tarde en reaccionar y volver a la vida. Los doctores hablaban de la posibilidad de sufrir daños cerebrales serios. Eso me consiguió una estadía de una semana entera en el hospital.

Y hubo secuelas por supuesto. Una de ellas es que incluso después de años de ese suceso, aún a veces despierto por la noche, temblando, con el recuerdo difuso de él agua obstruyendo mis vías respiratorias. Quizá es estrés postraumático a cierto grado.

Lo único bueno de esa horrible experiencia, fue que me consiguieron otra casa de acogida en dónde no había ningún Kamal o un Bellsy que trataran de asesinarme cada semana. Y por lo que sé, ellos junto a los demás niños fueron reubicados, mientras que a la pareja que "cuidaba" de nosotros fue sacada del sistema por ya no calificar como cuidadores aptos. ¡Adiós cheques del estado!

Regresando a las consecuencias de morir ahogado por seis minutos y cuarenta segundos, bueno, eso vino dos semanas después de haber dejado el hospital. Un día me fui a dormir y al despertar por la mañana, podía ver fantasmas.

Ya sé, suena estúpido. Como una cosa de serie adolescente ¿no? Pero es la verdad. Me di cuenta del cambio cuando me senté en mi diminuta cama frotándome los ojos. Ahí había una mujer parada en medio de la habitación, junto a la litera en dónde dormían mis nuevos hermanos de acogida.

La mujer se veía mayor, ente los sesenta y ochenta año; encorvada, con un camisón gris deshilachado en el dobladillo inferior. Su piel era de un gris enfermizo y su mirada vidriosa lucía perdida, vacía. No la conocía de nada, me acababa de despertar y bueno…la figura de la mujer era bastante translúcida como para ver la puerta de la habitación a través de ella. Hice lo único que un niño de ocho años podía hacer:

Grité con todas mis fuerzas.

De sobra está decir que cuando Jolene, mi madre en esa ocasión, entró y no vio nada, sentí que un sudor frío me recorrió el cuerpo entero. La mujer seguía ahí, ni siquiera me miró, no dijo nada y mucho menos se movió, pero era real y solo yo podía verla. Ahí empezó otro tipo de circo para mí, porque después de esa señora, vi a un hombre, a un par de casas más abajo en la calle, sentado en el centro de la carretera, con la pierna derecha en un ángulo extraño. Aún parecía sangrar; supe después que su nombre era Ottis y que había muerto atropellado por un camión de la basura. La mujer de mi habitación era Kiki, la tía abuela de Jolene, quién murió en esa habitación por un paro cardíaco a los setenta y seis años.

Después de ellos dos, los fantasmas empezaron a ser más frecuentes. Estuve aterrado los primeros dos meses porque aparecían de improviso y no sabía qué rayos hacer con eso. En general no hacían más que estar ahí parados, sentados, acostados o lo que fuera, con esa mirada perdida, inmóviles. Pero incluso si al parecer eran inofensivos, el hecho de que yo pudiera verlos, no lo era; porque nadie me creía. Con el tiempo el rumor se esparció y ninguna familia de acogida quería hacerse cargo de mi; creo que fue porque alguien sugirió que yo podía estar presentando síntomas de esquizofrenia o que mi casi ahogamiento causó daño cerebral que había tardado en presentarse.

Bueno, yo también lo creí por un tiempo. Tal vez yo estaba enfermo o dañado. Quizá había una explicación médica para lo que me estaba pasando. Y de cierto modo hubiera preferido eso. Pero luego de exámenes, de charlas con un psiquiatra infantil que de interesó por mi caso, se determino que no había explicación médica. Entonces solo quedaban dos opciones. La primera; yo era un mentiroso que solo quería llamar la atención. Y al segunda; era un inminente fenómeno. El niño rarito que creía ver cosas.

Demonios, yo mismo me sentía como un mentiroso. Porque si afirmas algo con todas tus fuerzas, pero nadie lo cree…¿Cómo sabes que es verdad?

Seguí creyéndolo hasta que dos años después, cuando tenía diez, un fantasma me habló por primera vez, y eso volvió a cambiar todas las piezas en mi vida. Seguía siendo un fenómeno, pero al menos comprobé que no estaba loco.

Eso era mejor que nada, ¿verdad? Bueno, para mi escuálido yo de diez años, lo fue.



Próximo capítulo: Martes 31 de octubre. 😁🎃


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