{Prólogo}
El aire se escapaba de sus pulmones. La escarcha se adhería a su piel conforme caía hacia la nada. Una neblina le rodeaba y le impedía ver más allá.
—Acércate. Aquí nada puede hacerte daño.
Aquella voz retumbó en el vacío y se convirtió en el salvavidas del muchacho. El frío que entumecía sus huesos no desapareció, pero esas palabras sí hicieron mella en la escarcha que recubría su piel. ¿Dónde estaba? ¿Cómo había llegado a aquel lugar? La neblina que le rodeaba entorpecía sus movimientos y le impedía luchar contra la fuerza de la gravedad. Era como estar bajo el agua. ¿Acaso estaba muerto y por eso no podía hacer más que caer a la nada? Esos eran sus pensamientos, su destino, hasta que sintió una mano acariciar su mejilla, obligándole a abrir de nuevo los ojos.
Era una diminuta luz morada. Había atravesado la neblina y ahora danzaba a su alrededor en un amago de ayudarle. Le ayudó a descender con suavidad y le dejó caer sobre lo que parecía ser el fondo. El muchacho intentó incorporarse y, tras varios intentos, lo consiguió. El frío seguía entumeciendo sus huesos y cuando se llevó las manos al pecho para refugiarlas de la escarcha, se dio cuenta de algo: no podía sentir el latido de su propio corazón.
—No estás muerto —la misma voz le volvió a hablar—. No es tu momento aún.
La luz morada estaba flotando delante de él, suspendida en el aire. Bajo ella, lo que se podía denominar como suelo creó una especie de onda ante su presencia. El muchacho se la quedó mirando y se frotó los ojos para asegurarse de que aquello no era un sueño. Pero lo que más le sorprendió, a la par que le extrañó, fue ver cómo esa luz morada tomó la forma de una mujer, de largos cabellos lilas y ojos azul cielo. Ella le sonreía, pero no se movió. Quería mantenerle calmado ante todo, por lo que no se arriesgó a realizar movimientos bruscos.
—No has de temer, humano —le dijo y su voz resonó en la nada—. Lo que ves a tu alrededor es tan real como la existencia misma y, al mismo tiempo, tan inexistente como el Vacío.
—¿Quién...?
Su voz sonó seca, rasposa. Con cada palabra que daba, un poco de vaho salía de su boca, acto que inmediatamente hizo que se frotara los brazos. La mujer le miró y se arrodilló a su lado, sin importarle que su túnica blanquecina se manchara o congelarla. Tomó las manos del chico y dejó que una chispa morada fluyera hacia él.
—Sé lo que eres y todo lo que conlleva ese poder que tienes. Y, aunque los humanos ya no deberían tener contacto con la magia, tú eres el claro ejemplo de que ambos mundos pueden convivir una vez más. Eres la solución a la destrucción que amenaza todo.
—¿Qué...?
Él no entendía nada. ¿De qué hablaba aquella mujer? Cerró los ojos cuando un temblor sacudió su frágil cuerpo y ella soltó sus manos, para acariciar su mejilla. Era raro, el tacto sobre su piel era frío, pero cálido a la vez, y fue lo único que le hizo anclarse a la realidad.
—Debe ser confuso para ti, pero deja que te muestre algo. Este lugar en el que estamos es el que siempre ves a través de los espejos, el plano de los muertos. Tú puedes verlos, al igual que yo podía hacerlo cuando aún vivía. Eres un médium.
—Tú... ¿También podías verlos? —preguntó el muchacho.
—Así es, aunque ya es un vago recuerdo en mi memoria, porque como en todo ciclo vital, mi turno llegó. Ahora que un nuevo médium ha nacido, creo que es hora de que te entregue esto.
De debajo de su túnica, sacó un dije blanco que él pudo reconocer: era el símbolo del yang. El muchacho se quedó en silencio mientras la mujer le entregaba dicho colgante, como si, por ese simple gesto, pudiera entender que había algo importante, algo que ahora le pertenecía y de lo que debía encargarse.
—¿Qué he de hacer con esto? —preguntó ya con un poco más de confianza y tranquilidad—. Intuyo que no es un simple regalo.
—Sigue tu instinto, Dante Winther. Este te llevará hacia tu destino.
Entonces fue cuando sintió algo. Una sacudida eléctrica que le robó el aliento y le obligó a llevar las manos al cuello. Sentía una opresión en el pecho tan fuerte que le aturdía y mareaba, como si unas manos desconocidas intentaran abrirle en canal. La mujer le miró, pero no hizo nada por impedirlo. Se levantó y sacudió su túnica, destrozando los pequeños carámbanos que se habían incrustado en su falda.
—Ya nos veremos cuando llegue la hora, señor Winther.
Lo siguiente que le hizo olvidar las palabras de la mujer fue una luz tan brillante que le cegó y le obligó a taparse los ojos con la mano. ¿Desde cuándo hacía tanto frío? Ese pensamiento le ayudó a ver que ya no estaba en aquel extraño lugar y que el cegador resplandor provenía de una lámpara de un ¿hospital? Dante intentó hablar, pero inmediatamente su voz fue ahogada con el tubo que tenía en su garganta.
Algo había pasado.
Algo que él no recordaba y que le había llevado no solo al hospital, sino al mundo de los muertos.
Algo... que estaba dispuesto a descubrir a toda costa.