Capítulo 1: Los Ravnok
Kaira
La noche ha caído, trayendo consigo todos nuestros temores. Los Ravnok vienen por mi hija y eso es un hecho que no va a cambiar. Pero esta vez estamos listos. He entrenado mis habilidades y mi fuerza durante estos meses, no será como aquella vez. Además, Dorian está haciendo guardia junto a su manada, vigilando cada movimiento con atención.
Estamos preparados para cualquier cosa que puedan intentar.
Ellos no pasarán.
Dos golpes en la puerta me hacen girar con mi pequeña en brazos, y mi corazón late con fuerza. El aroma de Lucían inundó la habitación, llenando el aire con una mezcla perfecta de uvas silvestres y fresas, que se combinaba maravillosamente con el de nuestra hija. Al verme, sus ojos se iluminaron con un brillo tenue y una pequeña sonrisa se apoderó de sus labios.
—¿Cómo están? -preguntó mientras caminaba hacia nosotras, aún con ese brillo en los ojos. Lentamente, pasó su mano acariciando mi cuello, acercándome a él y dejando un cálido beso en mi frente. Mi cuerpo se relajó al instante en que sus labios tocaron mi piel.
—Estamos bien -respondí, devolviéndole la sonrisa. Nuestra pequeña, que estaba dormida en mis brazos, se removió levemente, como si también sintiera la presencia de su padre.
Lucían acercó un dedo a su manito y ella lo sujetó con fuerza negándose a soltarlo. Sonreí al ver cómo sus ojos y su rostro se iluminaron, ella es nuestro pequeño milagro, nacida bajo las estrellas.
Desearía que este momento durara para siempre, que esto fuera una pesadilla y que cuando abriera los ojos todos estuviéramos sentados en una mesa, comiendo y riendo, pero la realidad supera al deseo de formas retorcidas y crueles.
No pude evitar preguntar cómo estaban las cosas fuera de la casa. Fue entonces mi error, el momento se había arruinado y cada músculo del cuerpo de Lucían se volvió como el acero, sus ojos perdieron el brillo que había visto hace unos minutos atrás y ahora se debatían en una lucha por encenderse en ese toque sobrenatural de furia. Aun así, no dejó de acariciar la manito de nuestra hija con dulzura.
—Es difícil decirlo —habló sincero, con voz grave-, el cielo se ha cerrado con nubes de tormenta y la temperatura ha comenzado a descender.
—Ellos ya vienen —dije, completando la frase que él no se permitió terminar, sintiendo un escalofrío recorrer mi espalda.
Una vez que la temperatura comienza a descender, es cuando empieza la cuenta regresiva. El aire se vuelve más frío y las primeras señales de hielo aparecen en las ventanas. Ellos vienen con la tormenta, y traen consigo el infierno congelado.
Ravnok.
Guardianes del equilibrio, o al menos así es como se hacen llamar. Su misión es llevar el balance entre las especies y criaturas del mundo, por lo que mi mera existencia resulta ir en contra de todo lo que ellos creen y protegen. Ser hija de un brujo y una loba no es lo que ellos llamarían mantener el equilibrio natural del universo.
Hace casi dos años, ellos vinieron por mí. Fue una noche oscura y fría, y aunque dieron lo mejor de sí, fallaron en su intento. Logré escapar de sus garras y ahora no solo están detrás de mí, sino que vienen por mi hija. Y esta vez no cometerán los mismos errores que en ese entonces.
Un trueno retumba en la habitación; la tormenta había comenzado y a cada segundo que pasaba estaba empeorando, lo que me mantiene en un completo estado de inquietud.
Las luces poco a poco perdieron su brillo hasta que nos envolvió la oscuridad absoluta. Un corte general, eso es lo que había pasado.
La presencia de los Ravnok se siente cerca.
No sabemos lo que nos deparará esta noche, pero por el bien de Davina espero que salgamos victoriosos.
La presencia de Lucían junto a nosotras me brinda algo de seguridad, su mano firme en mi cintura evita que me desmorone, evita que la desesperación y el pánico se apoderen de mi mente y me paralicen. El viento sopló fuerte atravesando las hendiduras de las ventanas, creando un ruido ensordecedor, mientras Dorian seguía recorriendo los alrededores de la casa montando guardia incansablemente.
—No se la llevarán —declaró Lucían, presionando su mano en mi cintura de forma protectora.
Con su mano libre, le dio una suave caricia a la carita de nuestra pequeña Davina, que estaba tan tranquila y dormida entre mis brazos, mientras nuestra vista se fijaba en el gran ventanal frente a nosotros. Estábamos allí, inmóviles, esperando, viendo cómo la tormenta y el viento rugían desde el otro lado del cristal, como si el mundo exterior quisiera irrumpir dentro y nos fuera a engullir en cualquier momento.
—No dejaremos que nada la lastime —dije con determinación, apretando a Davina un poco más cerca de mi pecho.
La luz de los relámpagos iluminaba nuestros rostros.
Una caricia suave llegó a través del lazo que comparto con Dorian, una sensación que era suave y reconfortante, llenándome de una paz momentánea. Eso me tranquilizó, pero solo fue un instante; lo próximo que pude sentir a través de esa conexión que se había abierto entre ambos fue un ardor agudo que me atravesó el brazo como un rayo y se caló por mis huesos, extendiéndose hasta la columna vertebral. Incapaz de soportar el dolor, caí apoyándome en la rodilla. Lucían, notando mi estado, me sostuvo diciendo mi nombre. El dolor intenso causó que mi brazo se debilitara, haciéndome casi imposible mantener mi agarre hacia mi hija, pero me negué a soltarla. ¿Qué está pasando afuera? Me aferré a mi pequeña con todo lo que tenía.
—Tómala —dije, reprimiendo con esfuerzo una nueva oleada de dolor que amenazaba con doblegarme, pero justo en ese momento nos vimos interrumpidos por un ruido ensordecedor que provenía del exterior.
La puerta se abrió de golpe junto a una fuerte ráfaga de viento que congeló toda la habitación en un segundo, pequeños copos de nieve quedaron suspendidos en el aire, como si el tiempo mismo se hubiera detenido. Los Ravnok entraron con sus ojos brillantes y capas negras, moviéndose con una elegancia aterradora. El dolor aún me atravesaba, una punzada constante que me cortaba la respiración. Sentía cómo Dorian intentaba llegar a mí y, al mismo tiempo, trataba de cortar la conexión para que el sufrimiento que él estaba experimentando en ese momento no me impidiera moverme. El lobo en mi interior rugía encolerizado por el daño que le estaban causando a Dorian. Él es suyo, pero también reconoce a Davina como algo suyo, por lo que no pelea por tomar el control. Al contrario, me brinda una fuerza renovada para enfrentar a los seres frente a nosotros y me ayuda a levantar esa barrera mental que separa la mente de Dorian de la mía, protegiéndonos a ambos.
—¡Vete! —le grité a Lucían en un nuevo intento desesperado de que tomara a nuestra hija y la pusiera a salvo, alejándola.
Si él no se la lleva, no podré pelear concentrada; estaré preocupada en todo momento por ella. Mi mente no podrá enfocarse en la batalla. Pero, a pesar de mis súplicas, sus pies no se movieron. Sus ojos viajaron rápidos desde nuestra hija, los Ravnok y yo. La duda se apodera de su mente, era evidente; no necesito de nuestro lazo para ver eso. Puedo percibir la duda claramente, pero no es el momento de dudar, no ahora, no frente a ellos.
—¡Que te vayas! —le grité, ahora con una oleada de pánico.
—No voy a dejarte, ellos también te quieren a ti —respondió, su voz cargada de una mezcla de determinación y miedo. No podía permitir que se quedara, sé que él puede defenderse, es totalmente capaz, pero si ambos nos concentramos en pelear, ¿quién la protegerá a ella?
Sentía el peso de su decisión, y el tiempo se agotaba. Necesitaba que entendiera, debía llevársela, por el bien de todos nosotros.
—¡Que te vayas, maldición! —Irritada por su terquedad, intento incorporarme a pesar del intenso dolor que se extendió al resto de mi cuerpo. El puente entre Dorian y yo no se cortó a tiempo para aislar el dolor, por lo que no me queda más remedio que aceptarlo como mío.
Si ella muere... Borré ese pensamiento de mi mente con un esfuerzo tremendo. No puedo permitirme pensar en lo peor, debo mantener la esperanza.
El líder de la organización da un paso hacia adelante, el silencio atravesó la habitación como una daga.
—Dariel, no tienes que hacer esto —Intentó llegar a su lado razonable, a esa parte de él que aún es humana y capaz de compasión, pero un trueno resonó en toda la casa cuando su voz se hizo presente y mis labios se sellaron. Sentí una mezcla de miedo y desesperación al ver la furia en sus ojos.
—¡Tú! ¡Y tu familia siguen insistiendo en romper las reglas de nuestro mundo! -gritó con una intensidad que hizo temblar las paredes. El eco de su voz reverberó en la habitación. Sabía que sus palabras no eran solo una advertencia, sino una sentencia.
Luego de eso todo pasó muy rápido. Las luces comenzaron a parpadear a una velocidad que me cegaba, creando un ambiente de confusión y caos. Los seguidores de Dariel, que parecían multiplicarse en la penumbra, comenzaron con un cántico a lo lejos, un sonido gutural y monótono que parecía resonar en cada rincón de la sala. Mis oídos comenzaron a zumbar; al principio era solo una leve molestia, pero pronto se convirtió en un estruendo ensordecedor, aumentando hasta el punto en que sentí como si me fuera a explotar el cerebro.
Tuve que dejar a Davina en el suelo, ya que mis fuerzas me abandonaban. Observé cómo Lucían se abalanzaba contra Dariel con una espada tan negra como la noche, un arma que parecía absorber la luz alrededor. En ese instante, la oleada de dolor se intensificó aún más, intenté levantarme y unirme a Lucían, pero mi cuerpo salió disparado contra la pared con una fuerza brutal, como si una mano invisible me hubiera arrojado. El impacto me dejó aturdida, pero eso no evitó que pudiera ver cómo Lucían era arrojado junto a mí, y lo último que pude ver fue el brillo de la daga en las manos de Dariel, las cuales bajaron tan rápido que no me dio tiempo a reaccionar, a moverme. Solo pude ver cómo impactó en el pequeño bulto sobre el suelo.
Algo se agrietó en mi pecho.
Uno, algo golpea.
La daga se elevó cubierta de ese líquido vital que, ante la oscuridad y el frío de la habitación, se veía negro, espeso y brillante.
Dos, la grieta se hace más grande.
Un pequeño charco comienza a cubrir ese pequeño bulto de mantas en el suelo; no hubo ningún sonido, ningún llanto, nada.
Tres.
Eso que estaba golpeando salió como una gran ola que rompió contra las rocas de la costa, y mi garganta quemó, quemó como nunca antes lo había hecho, y mi poder retumbó en todo el lugar, pero ya no había nada y mi rostro se cubrió de lágrimas.
Ellos se habían marchado sin dejar rastro alguno, como si nunca hubieran estado aquí.
La habitación, ahora sumida en el silencio, parecía más fría y oscura que antes. Cada rincón de mi ser sentía dolor, vacío. No había señales de lucha dentro de la habitación, solo la desolación que dejaron a su paso.