Casi como un perro.

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Summary

Hola, hola, alma perdida... ¿Te interesa ver como un alma inocente se convierte en un ente sin alma...? ¿No...? Pues no me importa, ya llegaste aquí y no te irás tan fácil. Zack era un niño pequeño, inocente, demasiado puro, sin idea de lo que pasaba en su mente... Acompáñame a ver como un niño tan limpio como Zack se obsesiona con arreglar a los humanos "Rotos" y convertirlos en criatura leales y obligatoriamente cariñosos de una manera muy gráfica, horrenda y asquerosa. ADVERTENCIA ANTES DE LEER. ⚠️ Esta historia contiene violencia intrafamiliar tanto como por personas fuera del círculo genético. ⚠️ Esta historia contiene un alto contenido gore y explícito así que se recomienda discreción. ⚠️ Se muestra como un niño pequeño formula, poco a poco, ideas macabras en su cabeza. ⚠️ Se tocan temas sensibles como el alcoholismo, las autolesiones, la adicción a distintas sustancias tóxicas, la obsesión, la dependencia por completo de una persona en específico y el suicidio. ⚠️ A lo largo de la historia usted verá en descripción absoluta ↓ . Ataques de ansiedad y pánico totalmente explícitos que acaban en lesiones. . Se describirá como el protagonista-antagonista, Zack, sufre, se obsesiona y comete atrocidades (Todo esto siendo mayor) . Advertencia: El lector puede sentirse incómodo con ciertas escenas, así que es su responsabilidad si decide leer ésto.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

"El ente se crea, nace, evoluciona y espera salir"

Antes de que Berlín se volviera una ciudad de sombras y sufrimiento para Zack, su vida era la de un niño de seis años promedio; jugaba con sus juguetes en el patio trasero de una casa que siempre estaba llena de risas, amor y un olor empalagoso de galletas de chocolate recién horneadas, los cálidos abrazos de su abuela, los besos de su madre que dejaban una fuerte marca de pintalabios en la mejilla de Zack y las horas que pasaba jugando a las escondidas con su padre.

—Zack —6 años.—

Desde pequeño, Zack mostró una gran inclinación por la anatomía. Cuando uno de sus juguetes se rompía, él no lloraba, lo reconstruía. Cuando su perro, Toby, al que quería como a un hermano, se lastimaba en una pelea con otro perro, Zack era el que, con una torpeza gigante, se imponía ante su familia diciendo que iba a curar a Toby. Le ponía un algodón hinchado en desinfectante que le robaba a su madre y le curaba las heridas a su perro... al menos lo intentaba.

En la guardería, los demás niños no eran tan amistosos con él; le tenían miedo. Zack siempre se la pasaba hablando con la cuidadora sobre nombres graciosos que tenían partes del cuerpo humano como los omóplatos, el fémur, la tráquea, entre otras cosas que hacían a la señora llamar constantemente a la casa para hablar con los padres del niño sobre lo que, a su corta edad, era capaz de hablar; y más de una vez ella misma habló en persona con el padre de Zack para llevarlo a un especialista.

De regreso a casa, su padre le decía que debía actuar como los niños de su edad para no buscarle problemas a la familia, porque su cuidadora estaba comenzando a asustarse y ellos también, pero Zack solamente seguía y seguía, hasta que sus padres desistieron. “Mientras solamente hable de eso, no hay problema.”

—Zack —8 años.

Cuando la abuelita de Zack falleció, su casa se apagó para siempre. No más galletas, no más cuentos antes de dormir, no más navidades felices, solamente Zack y Toby contra el ogro en que se había convertido su padre desde que su hermano, el tío de Zack, se había robado su parte de la herencia. La familia se dividió; su padre no salía de la oficina que tenía en su casa; la madre de Zack dejó de plantar besos rojos en sus mejillas y comenzó a llorar más seguido. El pobre niño se encerraba en su cuartito, se cubría los oídos, se tapaba hasta la cabeza y cerraba los ojos.

Más de diez denuncias cayeron sobre aquella familia alemana por parte de los maestros de Zack. El niño a veces llegaba a la escuela con un moretón oscuro en el brazo, con los ojos rojos y húmedos de tanto llorar, e incluso lo veían llegar solo. El pequeño que siempre llegaba con su madre a la escuela, y luego lloraba a mares cuando ella se iba a trabajar y lo dejaba con los maestros, ahora llegaba solo y se iba solo. Una mañana en particular, cuando la nieve parecía azúcar cayendo del cielo y el frío cortaba, vieron llegar a Zack con un abrigo más grande que él y los lacios mechones negros de su pelo despeinados y ásperos, agarrando la mochila en una mano y en la otra un sándwich que se le cayó en el gran portón negro y oxidado de la escuela. Pero el pobrecito ni siquiera hizo el esfuerzo de recogerlo; simplemente entró a la escuela y todos los maestros compartieron una mirada preocupada. Algo no iba bien, y conociendo al pequeño, con su naturaleza reservada, no diría nada.

En el colegio donde estudiaba Zack, siempre lo reconocieron por su talento dibujando cosas que los demás alumnos veían imposibles. Aunque ni se acercaran a obras de arte, para ser hechas por alguien de ocho años eran impresionantes. El día donde la vida del pobrecito daría un giro de 360° llegó.

Un niño con talento artístico.

Un concurso de dibujo.

Una dura revelación.

Las risitas chillonas que llenaban el salón se desvanecieron cuando un hombre bajito, con ojos carmelitas y afilados que juzgaban a todos y todo, una nariz aplastada y pequeña, la barbilla en alto y vistiendo un traje color crema que parecía de... ¿satín? ¿Quién vestía un traje de satín?... En fin. Una corbata negra y unos zapatos negros, pulidos, que le añadían al hombre un poquito más de altura, entró a la sala, sosteniendo unas hojas en la mano derecha y en la izquierda un maletín. Se giró hacia las maestras y, con una voz chillona, se podía decir que nasal, preguntó si valía su tiempo hacer el concurso aquí. Ellas señalaron al niño en la última mesa: delgado, con unos lentes redondos y jugando con un mechón de su pelo. No parecía ni de cerca el tipo de talento artístico que el hombre estaba buscando, pero con un suspiro se acercó a Zack, le puso un bulto de hojas en la mesa con un golpe sordo, le dio unas cuantas órdenes en tono severo y salió del aula.

“Dibuja lo que te haga temblar de horror, que no duermas con el miedo de que salga de debajo de tu cama o entre en tu habitación.”

En tiempo récord, Zack levantó su manito esquelética y susurró un “Miss” casi inaudible. Una de las maestras, una joven de unos veintitantos años llamada Hanna, con cabello rojo y rizado que rozaba poco más de su mandíbula, ojos verdes, nariz redonda y pequeña, labios gruesos y pintados de un rojo que a Zack le recordaron a su madre, se acercó con una fingida sonrisa tierna. Agarró el papel con rudeza apenas disimulada y se quedó helada cuando vio el dibujo.

“No es el monstruo ficticio el que asusta, sino el que el ojo humano ya ha visto y sabe de lo que es capaz.”

Ella abrió sus ojos verdes hasta que no pudo más y, con un chillido agudo, se acercó a las demás maestras. La primera en reaccionar fue una señora de cuarenta y cinco años, de mirada dulce y cabello recogido en un moño, piel morena, nariz puntiaguda, labios finos y apenas pintados. Miró a Zack, miró el dibujo, miró a Zack, miró el dibujo, una y otra vez hasta que su cuello comenzó a traquear por el esfuerzo. Luego, las demás comenzaron a hablar entre ellas hasta que, de nuevo, el hombre al que Zack llamaba “Señor cara de rata” se acercó a las demás, y su corazón se detuvo. Él no conocía al hombre que Zack había dibujado, pero las señoras se lo dijeron y quedó igual de perplejo que las mujeres que sostenían el dibujo.

“A veces el monstruo no tiene garras y ojos rojos; a veces tiene cabello canoso, mandíbula fuerte, ojos vacíos y un amor parental perdido.”

El “Señor cara de rata” se acercó a Zack y lo sacó a tirones por la muñeca del salón; lo llevó junto con las jóvenes maestras hasta un pasillo vacío. Los dibujos alegres de niños tomados de la mano en un mural de la escuela, que alguna vez Zack admiró, ya no le sacaban una sonrisa. Las paredes pintadas de un anaranjado chillón, para él ya no significaban nada; todo se había desvanecido en un borrón de recuerdos nostálgicos. El hombre lo miró a los ojos y, a diferencia de la mirada estricta que Zack vio antes, esta era más suavizada, preocupada, incluso horrorizada. Le hizo preguntas en voz alta y alterada y el pobre niño solo pudo responder unas pocas sin tener que parar para respirar. ¿Quién es este hombre? ¿Qué te hace? ¿Cómo se llama? ¿Es tu padre?...

“No llames héroe a alguien que ha dado señales de ser un villano.”

Luego de dos largas horas, Zack respondió todo, con lágrimas corriendo por sus pálidas mejillas y sorbiendo su nariz cada pocos segundos. Regresó al salón; los niños lo miraron con ojos abiertos y curiosos, pero no hicieron nada por preguntar qué le pasaba. La mirada de Zack recorrió el lugar, mirando los ventanales de cristal que rodeaban la parte superior de las paredes, el gran pizarrón en el frente del aula, con palabras que no entendió por lo borrosa que tenía la vista y lo empañados que tenía los lentes. El olor a marcador de uva llenaba el ambiente, y lo que más le causó envidia y confusión fue ver a los demás alumnos hablando y riendo... ¿Por qué él no podía hacer eso? ¿Era un superpoder que él no tenía? Su mirada se dirigió al reloj; marcaba la hora de salida. El timbre sonó, un chillido pesado y agudo. Los niños salieron corriendo, dándose empujones, riendo y abrazando a sus padres, preguntando qué había para la cena, y el pobrecito Zack no sabía si hoy iba a cenar.

“El alrededor no cambia, la vida te hace verlo diferente.”

Zack salió de la escuela, que hoy había sido un interrogatorio, y el frío aire de la tarde lo golpeó como un puñetazo en el estómago. Se abrazó a sí mismo y, con la mochila al hombro, caminó a casa. Por el camino vio los edificios grises que antes ni siquiera se paraba a ver, pero ahora parecían una excusa para demorarse más en llegar a casa... “Me quedé viendo edificios.” Tropezando con sus propias piernas y las piedras mismas, se aventuró en un callejón con las paredes cubiertas de lino verde y los ladrillos rojo oscuros rompiéndose pedazo a pedazo. Más adelante se encontró a un hombre vestido con un abrigo gris, unos pantalones sueltos azul oscuros y un gorro que impedía ver su rostro, paseando un pitbull. Zack se acercó corriendo, y el hombre, con una sonrisa gentil, le dejó acariciar al perro. El pelaje se sentía suave bajo su tacto, el pelo era de un gris brillante y bien cuidado, las patas delanteras fuertes y dobladas de una manera que a Zack le hizo reír y preguntarse cómo podía caminar así. El perro acurrucó su gran cabeza en la pequeña mano de Zack con un suspiro, y el niño soltó una risita.

“¿Cómo se llama?”

“Riff.”

Zack ladeó la cabeza, confundido. Riff era un nombre raro para un perro, ni siquiera sabía cómo escribirlo. Entonces vio un collar en el fuerte cuello del perro, “Riff”, un collar rojo intenso, con unos pinchos alrededor del cuero. En ese momento, Zack se preguntó por qué los humanos no podían ser tan leales como los perros, obedientes, perfectos. Entonces, salió de su nube y, con un asentimiento, corrió hacia su casa.

Unos minutos más tarde, Zack se paró frente a la puerta descascarada de su casa; la tocó tres veces y su madre abrió la puerta, una mujer de pelo rubio y ojos azules como el cielo, cara alargada y afilada, vistiendo un vestido blanco de flores rojas y amarillas. Se hizo a un lado para que Zack pasara, y ahí vio al monstruo... su padre. Sentado en la sala, con su pelo castaño y canoso peinado hacia atrás, ni siquiera miró a su hijo; simplemente se bajó lo suficiente las gafas para revelar sus ojos castaño oscuros con poco interés al ver al pequeño correr hacia su cuarto. Zack se sentó en su cama y silbó dos veces para que Toby, un Cocker Spaniel de pelaje dorado-anaranjado como un atardecer, se acercara a su lado con sus ojos carmelitas abiertos de alegría. Lamió la cara del niño y Zack, por primera vez en meses, rió, rió de verdad. Acarició al perro y se acostó en su camita. De pronto, los gritos, los gritos que tan bien conocía: su padre discutiendo irritado con su madre sobre la renta, la casa, sobre su hijo… Zack comenzó a llorar en silencio; las lágrimas inundaron su rostro, hasta que la imponente figura de su padre entró a su cuarto. Se arrodilló a su lado y acarició su pelo, le murmuró disculpas por todo y Zack sintió que su padre, por primera vez, lo quería.

“El alcohol no convierte al monstruo en un osito de peluche, pero sí lo duerme un rato.”

Dos firmes golpes en la puerta hicieron al padre de Zack levantar la cabeza. Un dejo de duda pasó por su rostro; ellos nunca tenían visitas, menos a estas horas. El sonido de la puerta abriéndose y de la cálida voz de la madre de Zack llenó la casa, hasta que una frase hizo a padre e hijo temblar.

“¿Yohan? La policía te busca aquí abajo, querido.”