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La Canción de los Ángeles

By Amalockh1 All Rights Reserved ©

Fantasy / Drama

Capítulo 1: Una juguetería Maravillosa

               


No era el nuestro el pueblo más grande, ni mucho menos el más famoso.

En muchos aspectos, podía considerar que, en muchos aspectos, nuestro pueblo estaba más atrasado que el resto del mundo en aquella época.

Aún así, estoy convencido de que cada uno de sus habitantes, muy en el fondo de sí, amaba este lugar, tal vez sintiendo que aquello mismo que podía considerarse “atrasado” por algún visitante proveniente de alguna otra ciudad de la región, era precisamente aquello mismo que le añadía un aura de calidez y humanidad, dos rasgos que parecen haber desaparecido en parte durante los últimos años.

Como todos los años, se han iniciado los preparativos Navideños correspondientes. Nuestra pequeña ciudad se embellece, hasta la más humilde morada parece teñirse de un inexplicable, y a la vez maravilloso sentimiento que inunda el ambiente, incluso en aquellos lugares ahogados por la rutina y la monotonía del trabajo.

Sí, aquel maravilloso y fugaz sentimiento también me llena a mí, mientras recorro estas mismas calles, sin dejar de sentir fascinación por ellas, casi del mismo modo que un niño que sale por primera vez de su casa para conocer al mundo.

La gente me ve, me reconoce y me saluda. Yo también les saludó con la mano, sonriendo al ver como algunas señoras que llevan de la mano a sus hijos pequeños hasta el colegio se esfuerzan para que no ser arrastradas hasta las jugueterías, repletas de niños que observan fascinados los juguetes exhibidos en las estanterías, como si se tratasen de los tesoros más valiosos del mundo.

Viendo sus rostros llenos de felicidad y admiración, yo también me acerco con curiosidad hacia la calle de las tiendas; cerca del final de la avenida, estaba la pequeña juguetería del señor Simmons.

La tienda del señor Simmons es la más bonita de todas: Toda la decoración transmitía una sensación de ensueño o imaginación infantil, como si también fuese un enorme juguete que cautiva a niños y adultos por igual.

La verdad es que no recuerdo como habrá sido el lugar antes de la llegada del señor Simmons. Nadie en el pueblo había visto jamás un edificio tan hermoso, y dudo que exista en algún lugar del mundo algún lugar así.

Algunos niños dicen que es un mago, los más pequeñines dicen que es Santa Claus, con todo y barba blanca.

Yo por poco me lo creo.

Mientras observaba la tienda, él salió, saludó a todos los niños, quienes le contemplan absortos, y él se limita a sonreírles a los niños y a sus padres, y estos les devuelven el saludo afectuosamente.

También él se vuelve hacia mí, y se quita el sombrero, mostrando su cabeza blanca, que parece coronada con copos de nieve.

-¿Qué tal Max? ¿Cómo están los niños?

- Maravillosamente-me rió- La pobre Claudia ya no sabe qué hacer con tanto crío travieso en casa; cada vez que regreso del trabajo coloca sus brazos alrededor de mi cuello, y se deja caer, exhausta, exclamando: “¡Maximilian, no hay quien pueda con estos diablos!”

-Parte angelitos, parte diablos, así son los niños.

Y el señor Simmons se limita a observar desde su tienda a la gente que pasa. Agita levemente el bastón sobre el que se apoya, mientras se rasca la barba con cierta pesadez. Se le ve bastante cansado.

-¿Se siente bien, señor Simon?

-¡Oh, no es nada, Maximilian! ¡Usted sabe cómo somos nosotros los viejos, no hacemos sino enfermarnos y quejarnos de nuestras dolencias! (Imita al quejumbroso señor Brown) ¡Oh, mi pierna, oh mi espalda! ¿Qué será de mí, un pobre viejo abandonado por todos? ¡Ah, que miseria, que miseria tan grande la mía!

Él se ríe. Yo me rió con él. El señor Simmons actúa como un niño a veces.

Aunque últimamente se nota algo de tristeza en su risa.

Yo me despido de él, y camino de regreso al trabajo. A mi regreso, me detengo unos instantes en la iglesia.

Ha terminado la misa de la tarde, y tan sólo unas señoras están presentes, rezando fervorosamente.

Me uno a los rezos. Rezo por Claudia, por los niños, por el señor Simmons.

Digo para mis adentros: “No los alejes mucho de mí, cuando llegue el momento....”

¡Qué egoístas son mis rezos! Tan torpe y egoísta que soy a veces.

“No los alejes de mí...” ¿Tengo derecho yo de cortarles sus libertades, sus sueños? ¿No debería sino rezar para su realización y su felicidad?

Pero tú, Señor que me conoces, sabes cuales son mis sentimientos.

Sabes que mi amor, aún tan débil y egoísta como lo es el amor de los hombres, hacia mi familia es lo único que me llena verdaderamente, y si no deseo nada en este momento, es porque al lado de ellos soy perfectamente feliz.

Volví a pasar por la juguetería a mi regreso, ya estaba cerrada, pero las luces seguían encendidas, alumbrando el camino.

Vi al viejo señor Simmons, fumando su pipa tranquilamente, a través de la ventana, rodeado por los juguetes. Al reconocerme me saludó en la misma forma que lo hizo en la mañana: Tal vez fuera una idea mía, pero me pareció que también sus juguetes me saludaban y me sonreían, como alegrándose de que que esta noche hubiese una visita.

                                       


-¿El señor Simmons? No, claro que no está bien. No está bien.

Afuera de la iglesia unos niños armaban muñecos de nieve, a esos enormes monigotes blancos les habían colocado botones y pasas secas para crear en sus rostros la ilusión de una sonrisa.

-¿Está seguro, Hertz?

El doctor Hertz. Ha venido a la capilla para ayudar con los preparativos para la Nochebuena.

-Segurísimo. Yo jamás digo mentiras. Y ese señor jamás se cuida, sino que trabaja todo el bendito día...A sus años, y con el dinero que posee, ya debería dedicarse al descanso, en lugar de exigirse tanto a sí mismo...¡Qué más quisiera yo!

-No lo hace por codicia.

-Lo sé, Maximilian. -Y miró a mi hijo mayor, Joseph, quien contribuía a la formación de un nuevo muñeco de nieve junto a los otros niños.

-Es por ellos-dijo, en un tono casi nostálgico.- Pero bueno, basta de tanta charla, que tanto que hacer, y la fiesta en dos días...

Yo asentí. Seguí limpiando el viejo órgano de la iglesia, cuando en eso la voz de Joseph me llamaba desde el patio de la iglesia, cubierto de nieve.

-¡Mira, papá, mira!

Y señaló a los dos muñecos que había hecho con sus amigos, decorados con botones y algunas ropas viejas y descosidas.

-Se van a casar-dijo Amanda, mi hija menor. -La he vestido de novia y le tejí un velo.

Y sacó de su pequeño bolso una vieja cortina apolillada.

- ¿Te gusta, papá?

- Niños, niños- dijo el doctor Hertz- su padre y yo estamos ocupados preparando las cosas para la fiesta, les agradecería que en vez de perder tiempo con esos juegos, viniesen y nos ayudasen con el trabajito...

- Vamos, Hertz, para mí no es una molestia.

-¡Yo voy y te ayudo, papá! -dijo Amanda, corriendo hasta la iglesia. Por un instante parecía que iba a tropezarse con la nieve, pero ella recuperó el equilibrio rápidamente. Desde la ventana, yo le sonreí, y ella me devolvió la sonrisa.

Joseph le sacó la lengua.

-¡Sólo lo haces para que te digan “que buena eres” y para que te den golosinas!

-¡Cállate feo!-le gruñó ella, volviéndose.

-Niños, por favor, no peleen.

-¡Qué barbaridad!-dijo la señora Parnell, saliendo de la iglesia, seguida por sus cuatro hijas en fila india. La señora Parnell es una de las contribuyentes más fervorosas de nuestra iglesia. Aquella noche que regresé tarde del trabajo, ella era una de las mujeres que estaban en el lugar orando- Que falta de respeto hacia el Señor, pelearse en esta época del año, y en su casa, y...

Entonces se quedó observando extrañada los dos muñecos de nieve que esbozaban una ancha sonrisa a base de pasas secas.

-¿Qué significa esto?- dijo, en tono severo, a los niños.

Sólo Amanda tuvo el valor de responder.

-Se van a casar.

-¡Cielo santo! ¡Niños, este no es su patio de juegos! ¡Es la casa del Señor y deben respetarla!

Ante sus reproches, algunos niños, los más atrevidos, salieron corriendo y de lejos, le hacían gestos burlones a la señora Parnell, quien fruncía el seño, indignada. Se volvió a nosotros.

-Señores: Les agradecería controlar a sus niños.

-¡Pero si ninguno de esos niños es mi hijo!- protestó Hertz.

Cierto: La hija de Hertz, una hermosa muchacha, acaba de casarse este año en la ciudad, donde ha vivido desde entonces. Por Navidad hará una breve visita a su padre, acompañada por su esposo y sus suegros.

-¡Nada de excusas Hertz! ¡Y esto vale también para usted, joven Maximilian! Siendo ustedes los adultos, es su deber enseñar a los niños a comportarse en este lugar. Miren a mis niños. ¿Acaso ellos están haciendo travesuras, o perdiendo el tiempo? ¿No son unos angelitos?

La señora Parnell había sido maestra antes de casarse y tener hijos. Quizá por eso, nadie le cuestionaba su derecho a sermonear a niños y adultos por igual.

Amanda y Joseph se disculparon, y luego nos ayudaron con la decoración de la Iglesia para la Nochebuena.

-¿Vendrá el señor Simmons, también? - Me preguntó Amanda.

-Claro que vendrá, Amanda. ¿Por qué lo preguntas?

Ella se cubrió la boca con las manos, como queriendo esconder una risa pícara. Su pequeño rostro estaba teñido de rubor.

- Es que yo le hice un regalo. Yo solita.

- ¿Y qué es?

- ES un secreto. No te puedo decir, o él se entera, y ya no hay sorpresa.

- Bueno, estoy seguro que le va a encantar cualquier cosa que tú le regales.

En este pueblo, no hay quien quiera más al señor Simmons que los niños. Pero era la primera vez que oía de alguno que quisiese hacerle un regalo.

Cuando llegó el atardecer, salí de la Iglesia, acompañado por Joseph y Amanda. Antes de salir, Hertz me dijo, en voz baja:

-Respecto al señor Simon... Aconséjale bien, que descanse y que se cuide, si es que de verdad quieres ayudarle...

- Creo que tú deberías decírselo, Hertz...

-No, no... Ese hombre será un santo, pero ninguno de mis consejos ha surtido algún efecto en él. Mejor díselo tú a él. Tú eres su único amigo.

Yo lo miré extrañado.

- Estoy seguro de que todos en este pueblo harían lo posible por ayudarle...

-Tal vez sí, pero sólo a ti te hace caso. Aquella única vez que pasó por mi consultorio...

-¿Sí?

-Él me dijo que fue por consejo tuyo. Ya ves.

Me rasqué el cabeza desconcertado. Sí, más de una vez, de regreso del trabajo, había pasado por la juguetería del señor Simmons, y habríamos conversado de cosas en apariencia triviales. Pero tal parece que para el señor Simmons no era tan algo tan simple.

“Su único amigo”. ¿Cómo pasó? La verdad es que yo jamás sentí que hacía algo especial al conversar con él. No sé porque tendría que confiar más en mí que en el resto de las personas.

-Papá, papá-Me llaman mis hijos en la entrada.

-¡Papá, se hace tarde!

-Sí, ya voy.

Más de una vez uno piensa que conoce a la gente, y se da con estas sorpresas. Luego de pensarlo bien, me di cuenta de que, a fuerza de verle todos los días, todos los pobladores se habían acostumbrado a la presencia del señor Simmons, sin percatarse que no se sabía absolutamente nada de él, como si tenía familia, o amigos.

Siempre le habíamos visto como una suerte de figura bienhechora, una figura angélica que brindaba felicidad a grandes y a niños. Y jamás nos habíamos preocupado por saber algo de él, en nuestro egoísmo.

¡Cuántas cosas habremos pasado por alto, durante tanto tiempo! Mientras volvíamos a casa, y tras volver a pasar por la juguetería (Que estaba vez estaba cerrada y con las luces apagadas) me prometí, que al menos intentaría que compensar esta indiferencia de aquí en adelante.

                                     


Es el último día de trabajo antes de la Nochebuena. Todos, en la imprenta donde trabajo rebosan de expectativa y ansiedad. Creo que en medio de tanta alegría, yo, con mi gesto preocupado, soy el único que está fuera de lugar.

Esta mañana ha pasado algo extraño: El señor Simmons no ha abierto su juguetería a la hora habitual. Así pues, habiéndome prometido anoche a mí mismo averiguar más sobre él, me encuentro con esta inesperada sorpresa. Tal parece que el destino juega en mi contra.

-Sí, ayer estaba aquí, trabajando como siempre- Me dijo uno de los trabajadores de las tiendas contiguas. - Ayer la tienda estaba rebosante, tal parece que todos los padres en el pueblo querían hacer las compras por adelantado... Yo fui el último en irme, y...

-¿Y?- Inquirí, intrigado.

-Bueno, no quiero parecer un chismoso, pero...Cerca de las diez, yo le vi cerrar la juguetería, y tomar un coche. Adónde habrá ido, eso no lo sé bien...

Y volviendo a su trabajo se dio media vuelta.

-¿Quién puede saberlo? Aunque...

-¿Aunque...?- Volví a inquirir.

- No es la primera vez que se el señor Simmons se ausenta por navidades...Cuando yo recién empecé a trabajar en esta tienda, el antiguo dueño, en paz descanse, me comentó que una noche había visto al señor Simmons irse a la misma hora en un extraño carruaje. Desde entonces, mi viejo patrón se esforzó por sacarle una respuesta al señor Simmons, y ya ve usted: No consiguió averiguar nada. Sin embargo, a la mañana siguiente había abierto a la hora habitual, como si nada hubiese pasado.

- ¿Ya ves, papá?-Me dijo Amanda, quien me había acompañado esa mañana antes de que me fuera al trabajo.- El señor Simmons es Santa Claus, se ha ido a repartir los regalos a todos los niños del mundo.

Y yo, medio en broma, medio incrédulo, le dije:

-Si fuera Santa Claus... ¿Por qué saldría un día antes de la Nochebuena?

- Es que hay un día de diferencia...En la escuela, me enseñaron que mientras aquí es de día, en el otro lado del mundo es de noche y...En el otro lado del mundo es Nochebuena.

-Pero hoy es veintitrés de diciembre, hija.

Y la pobre Amanda se rascó la cabeza, como tratando de descifrar el más complejo acertijo.

-Estoy segura de que hay una buena razón.

Yo me despedí de ella, quien se enrumbó hasta la escuela, en donde se encontraría con sus amigas, mientras yo fui hasta la imprenta.

-¿Por qué esa cara?-Me preguntó Müller, mi vecino y amigo. -¿Ha ocurrido algo en casa?

-Nada... En realidad, estaba preocupado por un amigo.

Y Múller, quien es cualquier cosa menos serio, se rió de buena gana.

-¿Qué más amigos, Lów? ¡Todos, todos tus amigos estamos aquí!

Y extendiendo los brazos como si fueran alas, se daba media vuelta hacia los otros trabajadores, quienes celebraban sus payasadas y ocurrencias con un aplauso.

- A ver, a ver, ¿Qué es esa bulla?- pregunto Enio Mazzino, un inmigrante italiano, dueño del taller de imprenta.- ¡Está bien que mañana sea Nochebuena, pero respetos guardan respetos, que estamos trabajando!

Por un instante, todos nos quedamos serios. Pero el propio señor Mazzino no puede contener la risa, y estalla en una carcajada jovial.

Trabajar con el señor Mazzino, era una bendición para nosotros. A diferencia de lo que uno podría pensar en un principio, era un señor alegre, y de buen corazón. Es también padre de tres robustos adolescentes, que desde muy temprana edad han ayudado a su progenitor con el trabajo de la imprenta, y son su más grande orgullo.

Bajo su mandato, se trabajaba duro, pero sin ninguna clase de abusos, siendo su entusiasmo y empeño contagiosos, y así era fácil disfrutar del trabajo en la imprenta.

- Ya, ya...Me van a hacer que me muera de risa, mascalzoni. Pero apúrense, que hoy cerramos más temprano.-Apoyo la mano sobre el hombro de Lucio, su hijo mayor- Estos días quiero pasarlos junto a mi familia. Y cambia esa cara Löw, que esta es una época de celebración.

- Sí, sí señor Mazzino, como usted diga.

Cerca de las seis, todos en la imprenta se van retirando. Algunos se van, acompañados por sus amigos, canturreando alegremente, otros son recibidos por sus familias quienes habían ido hasta la imprenta para acompañarles durante el camino hasta sus hogares.

-¿Vas solo, Maximilian?- me pregunta Müller, sonriente, tomado del brazo de una bella joven pelirroja.

-Sí, no te preocupes- le digo, despidiéndome con la mano.- ¿Vendrás a la fiesta?

-¡Por supuesto!- Exclama él. La joven me sonríe. Yo no puedo evitar sentirme avergonzado al contemplar aquel encantador rostro. Así que me alejó, muy aprisa, pudiendo oír a la distancia como mi amigo y la joven se ríen de mí.

Aún con el frío, siento que las orejas me arden como si fusen bolsas llenas de agua caliente; no quiero ni pensar en lo ridículo que me debo haber visto.

Pero al cabo de un rato, también yo me rió. Después de todo no tiene tanta importancia.

Por fin, llegué hasta la juguetería del señor Simmons. Sin embargo, todavía no hay señas de su presencia, y en ese instante es cuando empiezo a sentir una grave preocupación, como presagiando alguna desgracia.

Como intentando ir a tono con mis emociones, la nieve empezó a caer alrededor mío, en forma lenta y abundante, como una lluvia de pequeños pétalos blancos.

Fue entonces cuando lo vi: La silueta temblorosa de un hombre, caminando en medio de los copos de nieve, como si se tratase de una aparición.

Cubierto con un enorme abrigo, y sosteniéndose débilmente con un bastón, el señor Simmons se acercaba hacia su juguetería.

Alzo la vista hacia mí, parecía sorprendido.

No había nadie más en la calle: Ya todos se habían ido a sus casas a esas horas.

-Maximilian...-Dijo, con voz débil, mientras los pétalos blancos bailoteaban alrededor de la nubecilla formada por su aliento.

Extendió la mano hacia donde yo estaba. Pero perdió el equilibrio, para simplemente dejarse caer sobre la nieve.

-¡Señor Simmons!

Corrí hasta él. Temblaba de frío, pero sus ojos permanecían abiertos, mirando hacia el vacío. Sin embargo, no parecía reaccionar a nada de lo que yo le decía.

-¡Señor Simmons! ¿Se encuentra usted bien? Por favor, señor Simmons, responda...

Respiraba agitadamente. Por fin, cerró los ojos, dejando caer una lágrima.

Yo me esforcé en incorporarlo, al tiempo que llamaba a cualquier persona que estuviese cerca, para que me ayudase. Sin embargo, el señor Simmons me pidió con la mano guardar silencio.

-¿Está bien, señor Simmons?

Era extraño verlo de esa forma: Nunca antes me había parecido tan frágil y tan humano como en aquel momento.

-¿Está bien?

No me respondió de inmediato, sino que se incorporó lentamente sobre su bastón. Se apoyó en las paredes de su juguetería, pero seguía temblando.

-Matilde...-dijo, casi en susurro.

Empezó a desmoronarse nuevamente. Yo le sostuve, al tiempo que intentaba evitar que se desmayase:

-Por favor, señor Simmons...

Mire a todos lados buscando ayuda. Era inútil. Estábamos solos. Entonces, el señor Simmons sacó un objeto brillante de los bolsillos de su abrigo, depositándolo en mi mano.

-¿Qué es esto?

-La llave...Es llave de la juguetería...

Rápidamente abrí la puerta de la juguetería, al tiempo que buscaba un sitio que hiciese de cama para que el señor Simmons pudiese echarse.

Por fin, entramos a la parte posterior de la tienda, que era el lugar en donde el señor Simmons tenía su dormitorio y su cocina. Él simplemente se dejo caer, mientras yo le colocaba unas mantas encima.

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