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Obedéceme, Jules [+21]

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Summary

Jules no es de las que se quedan calladas, siempre tuvo una boca muy suelta y tal vez eso fue lo que la llevó a ser la nueva perra de los hermanos Volkov. Ella; una prostituta comprada por dos rusos con fetiches turbios y moralidad dudosa. Ellos; metidos hasta el fondo del mundo de la mafia. Dos hombres obsesionados con una mujer de lengua afiliada. Una dama del sexo con garras para aferrarse a los lujos del mundo criminal.

Genre:
Erotica / Drama
Author:
Thais Darina
Status:
Ongoing
Chapters:
28
Rating:
4.9 93 reviews
Age Rating:
18+

• Nuevos dueños •

Jules
—Mierda, más lento...—suplico por milésima vez, pero él me sigue ignorando. Su miembro sigue adentrándose sin cuidado, entrando y saliendo, una y otra y otra vez.

Perdí la cuenta de las veces que se corrió, al igual que las veces que me hizo correr a mí. Estoy exhausta, cubierta del líquido de Maxim por todo mi cuerpo, al igual que la sudoración que estas sacudidas me hace soltar.

Me siento mareada, acalorada, debo de parecer drogada; pero estas son algunas de las muchas sensaciones que este imbécil logra crear en mí cuando me folla con violencia.

—¿Más rápido, nena?—pregunta, pero no espera respuesta—. Por supuesta que más rápido—se autocontesta, a la vez que me da dos nalgadas tan fuertes que las lágrimas salen al instante.

Gimo entre gritos por la excitación que este dolor me produce, puedo sentir como mi parte íntima se humedece más, como se abre para Maxim.

—Ah, sí… más… Sí, estoy exhausta, pero no me privo de sentir la sacudida de excitación que su miembro genera en mi interior. No siento mis piernas y Maxim debe de abrirme más para que no sea un obstáculo a la hora de hundirse en mí.

Las coloca en sus hombros, sonriendo con satisfacción al adentrarse hasta el último rincón de mí. Quisiera poder tocar ese pecho marcado, repleto de cicatrices y tatuajes, pero este idiota ató mis manos a la cama, dejándome inmovilizada, a merced suya. Y mierda que me encanta.

—Sí, mierda, un poco más…—gruñe al clavarme con más brusquedad, dejando un dolor agudo en mi interior. Dos estocadas más da antes de correrse dentro, pese a las claras advertencias de no hacerlo.

—¡¿Por qué adentro?!—grito exhausta, viendo como su semen se escurre lentamente de mi parte íntima.

—¿Lo querías en la cara?—pregunta pasando su muñeca por su frente, quitando el sudor y deja ver la serpiente tatuada en su —. Espera cinco minutos y cumplo tus sueños, nena.

Gruño enojada, pero no digo más, pues no deseo que otra vez se corra en mi cara. Luego quedo con un olor que tarda días en salir de mi cabello.

—Jódete—es lo único que pronuncio, pero bajo para que no logre escuchar—. ¿No me desatarás?—le pregunto ansiosa, viendo como me da la espalda y camina lejos de mí.

—No, te quedarás un tiempo así. Casi pareces ser dócil en ese estado...

—¡¿Qué carajos dices?!—grito y de inmediato me arrepiento, pues sus ojos color zafiro me miran sobre su hombro, dejándome helada—. Desátame ahora mismo. Sé que debo obedecer, pero este jueguito me está hartando.

—No me mires así—murmura entre cerrando sus ojos. Me es inevitable sonreír un poco, pese a temerle.

—¿Cómo te miro?

—Como si fuese un maldito idiota.

—Pues es lo que eres—se me escapa y Maxim da dos pasos para llegar de vuelta a la cama, tomando mi cabello en su puño para hacerme levantar un poco.

—Repite eso—me reta, apretando sus dientes. La sonrisa ya se borró, dando un paso a una mueca por el dolor al sentir mi cuero cabelludo arder, pero estas cosas jamás me hicieron cerrar mi boca, lo cual puede ser el culpable de mi eterno sufrimiento en este maldito lugar.

—¡Eres un puto idiota!—le grito en la cara, pero antes de que pueda darme una abofeteada, alguien toca la puerta con impaciencia.

—¡¿Qué?!—grita, soltando mi cabello.

—¡Es Víktor, señor!—nombra un sujeto detrás de la puerta. Maxim no responde, solo toma sus prendas y se viste con rapidez, dejando en el olvido su repentino enojo.

Lo miro hacerlo, viendo el arte que tiene tatuado en su piel. Desde la serpiente que va desde el costado izquierdo de sus costillas, hasta la rosa en su pelvis y luego en el enorme león rugiendo en su espalda amplía.

—Vístete—ordena al acabar.

—Sácame las malditas esposas primero, ¿no, idior?

Rueda los ojos, buscando unas pequeñas llaves en su bolsillo.

—Debes de dejar de ser tan molesta.

—Viene con el servicio—me encojo de hombros, masajeando mis magulladas muñecas. Busco mi vestido negro al cuerpo y lo deslizo por mi desnudes sin ponerme las bragas una vez hallado entre la oscuridad.

Primero porque no las encuentro en esta habitación oscura, segundo porque el semen aún cae por la entre pierna.

—¿Acabaste con la zorra?—pregunta Kiril al abrir la puerta, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, el cual se arruga más al hacer un escáner de mi persona de pies a cabeza.

—Tu madre es la zorra—digo enojada, mostrándole el dedo del medio. Kiril enfurece y camina hacia mí, pero un silbido tranquilo lo detiene. Gira el cuello mirando hacia Maxim y este se acerca lentamente a mí para rodearme con sus brazos mi cintura.

—Algún día, no muy lejano, esa boquita tendrá muchos problemas.

—Solo los tengo cuando te la chupo, idiota—le devuelvo la sonrisa y él ríe, mientras Kiril gruñe.

Maxim saca un fajo de billetes de su bolsillo, uno muy grande, justo lo que me gusta. Mi sonrisa se ensancha más cuando Maxim mira a Kiril y dice:

—Es de ella, ¿entiendes?—pronuncia con advertencia, pero también con burla—. Lo tuyo, luego te lo pagaré.

Kiril suelta un suspiro por la nariz, ensanchando sus fosas nasales. Mi rubio deja la paga en el escote de mi vestido negro, pasando por última vez sus dedos largos por mis pechos apretados.

—Nos vemos pronto, Jules—saludo con un beso, luego se va.

—Mío—dijo una vez a solas, señalando la paga.

—Tienes suerte de ser la puta favorita de él, si no te arrancaría los dientes—gruñe acercándose a mí, tomándome de la muñeca con mucho fuerza.

Y pese a tener casi la misma estatura que yo con estos tacones altos, al estar casi pegado a mi cuerpo hace ilusión a ser más alto y tenebroso.

—Te dije que no dejes que se corra dentro, Jules.

—No es mi culpa, yo se lo dije, pero Maxim no siempre me hace caso—me excuso, intentando zafar de su agarre, aunque solo hago que aumente la fuerza—. Tampoco quiere usar condón, deberías decirle que lo hago, si tanto te molesta.

—Eres su puta favorita, es contigo con el único que no utiliza condón, no está en mí decirle al león lo que tiene que hacer y que no. «León».

Sigo sin saber por qué le dicen así. Eso aumenta lo excitante de servirle algunas veces por semana en el burdel, también aumenta mi salario inexistente.

—¿Quién es Víktor?—divago, dando un paso atrás de Kiril. Cualquier persona que trabaje para él sabe lo escasa que es su paciencia, por lo que olvido el tema pasado para calmar su humor—. ¿Un cliente nuevo?

Las cejas negras vuelven a su lugar natural, también deja de fruncir sus carnosos labios rosados. Solo suelta el aire por la nariz, moviendo mi flequillo. Lame sus labios y sonríe un poco.

—Creo que será tu próximo cliente. No me gusta esa sonrisa, no es de las buenas.

—¿Me darás la puta pastilla de emergencia o qué?—cambio de tema, ahora enojada. Kiril quita sus rizos de la frente, tirándolos hacia atrás. Me mira mal, con asco, como siempre lo hizo desde que me compró en Rumania.

—Vamos—me arrastra del brazo, directo a su despacho en el tercer piso. Paso las demás habitaciones vip, al igual que el elegante salón privado que es ocupada por múltiples hombres con trajes, todos ellos cargando armas grandes y pequeñas. Frunzo el ceño al notarlo.

—¿Por qué el espectáculo?—digo mientras subo las escaleras, dejando atrás el montón de sujetos rodeando el lugar—. ¿Es por el tal Víktor?

—Sí.

—¿Y?

—¿Y qué?

—Cuenta el chisme.

—No.

Bufo molesta y él me mira con advertencia. Entramos al despacho, casi tan grande como una de las habitaciones vip, incluso hay una cama enorme al final de esta. Aunque bueno, esto debe de ser porque Kiril pasa gran parte de su tiempo aquí, por lo que prácticamente duerme y come en su despacho.

—Vete a duchar—demanda mientras rebusca en su cajón.

—¿Y mi ropa?—pregunto incrédula, pero solo recibo otra mirada de Kiril. Resignada, me ducho rápido en su baño, quitándome sola el semen de Maxim. Teniendo un momento de gozo al introducir mis propios dedos en mi abertura.

Tardo más de lo que debo, pero en mi defensa me doy placer mejor que muchos hombres con los que estuve.

—Te dije que te bañes, no que te folles con tus dedos—apenas dice al verme salir de su baño, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.

—Si sigues frunciendo el ceño, tendrás arrugas antes de llegar a los treinta—informo sonriendo, tocando su frente para masajear esa zona. Kiril me deja hacerlo, mirándome a los ojos, ya tranquilo—. ¿Quién es Víktor?—vuelvo a preguntar con voz baja, acercando mi cuerpo desnudo al suyo y él toma mis labios con su pulgar.

—Un nuevo comprador—murmura y me toma de la cintura, apretándome a él y su duro miembro—. Está buscando a una chica. Es mi turno de arrugar las cejas, esta vez por la confusión.

—¿A quién busca?—suelto con preocupación, oyendo a mi corazón latir con fuerza. Los ojos de Kiril vuelven a clavarse en los míos y nunca sentí un temor como este.

No, miento. Ya lo había experimentado dos veces. La primera fue cuando mi padre y mi exnovio me violaron. La segunda fue cuando ambos me vendieron a la trata de personas cuando tenía dieciséis años. Esta es la tercera.

—Yo no estoy a la venta, ¿de acuerdo?—intento ocultar el miedo en mi voz, pero esta se oye ahogada. Lo miro con los ojos bien abiertos, aún con una maldita sonrisa en mis labios.

—No estás a la venta—repite luego de un rato, luego acerca su boca a la mía y dejo que me bese.

No estoy de humor para que me follen, pero sé que estas palabras tienen un precio, al igual que todo lo tiene, por ende debo de pagarle a Kiril su obediencia. Han pasado casi cinco años desde la última vez que pisé una ciudad, el temor es grande al pensar que saldré del burdel siendo la esclava de alguien más.

Y no quiero, pese a entender que este no es un buen sitio, mi situación no es como las otras prostitutas del lugar. Soy Jules, la favorita de muchos hombres con renombres. Gano más dinero de lo que ellas pueden contar, tengo mi habitación propia y Kiril a veces me lleva de compras cuando hay poca gente en el pueblo porque sabe que lo último que pensaré es en escapar.

Esto es todo lo que tengo y me gusta. Me visto bien, tengo dinero, aunque son dados por hacer un sucio trabajo, me encanta. Me gusta follar con hombres y Kiril me deja elegirlos. Eso me deja en el poder debajo de él, pues nadie de aquí tiene tantos privilegios como yo.

No quiero que esto desaparezca. Mi esfuerzo se iría a la borda si alguien me comprase. La maldita obediencia no está en mi sistema y Kiril lo sabe, me matarían por no hacer caso, me violaron las veces que quisieran y yo no podría escapar.

No pienso pasar por esa situación otra vez.

—Amor…—gimo entre besos al sentir como acaba en mi vientre—. No me venderás, ¿verdad?

Kiril titubeo, lo puedo ver en sus marrones ojos. Asiente lentamente, mientras me besa, cerrando sus párpados para disfrutar del momento. Al contrario de mí, lo único que puedo hacer es ver a la nada en el beso, rogando que esto solo sea un mal dolor de cabeza pasajero. 

Bajo las escaleras con lentitud, arreglando mi nuevo vestido blanco con escote en «V». Las luces multicolores me ciegan por la falta de costumbre, debido a las horas que pasé en la habitación de Kiril.

La música es fuerte, tanto que siento el suelo temblar cuando lo piso con mis tacones altos. El sudor se huele, al igual que la marihuana y otras sustancias aceptadas aquí.

—¿Dónde estabas?—pregunta un señor de unos cincuenta años, enorme y con barba blanca—. Pedí tus servicios hace hora y media.

—En la verga de otro cliente, lo siento—lo miro con asco, nunca estuve con él y pretendo que eso siga igual—. Esta noche no estoy de servicio, señor.

El hombre arruga su uni ceja, parece que empezaba a enojarse. Maldigo en mi mente por la forma en la que estoy hablando, pero una vez que me enojo, avece el control de mis palabras o acciones se desaparece.

Sonrío forzosamente, tomando su antebrazo y apretándolo en mi cuerpo.

—Es que estoy muy malita, disculpe—le hablo con voz melosa y este relaja su cuerpo—. Pero tengo a una amiga que le servirá hasta que me logre recuperar…—mientras miento, busco a la perra de Karla, la cual la diviso bailando en los tubos para un sujeto que le lanzaba dinero con cada vuelta que ella daba—. La chica que baila, la bajita pelirroja. Esa es tan cotizada como yo, aunque menos atractiva, le podrá servir esta linda noche.

El hombre se va complacido, yendo hasta la maldita de Karla, la cual deja de bailar al ver al señor mayor exigiendo su servicio. Saca dos fajos de billetes y se los entrega al otro hombre, pidiendo que le ceda el jugar, cosa que él hace.

Sonrío cuando veo lo espantada de Karla y sus ojos no tardan en llegar. Esos ojos pequeños cerrados me miran con odio, pero lo único que yo hago es darle un besito antes de darme la vuelta e irme. Pero esta acción solo se queda por la mitad, porque en el momento que me doy vuelta, un sujeto, tres cabezas más grande que yo, me intercede por detrás; tomándome del hombre.

—¡¿Qué mierda haces?!—grito enloquecida, intento sacar su gigantesca mano de mi pequeño brazo—. ¡Ya dije que no estoy de servicio esta noche, no me jodas!—aunque sigo gritando, el hombre me obliga a caminar a su par, casi haciéndome caer por los largos pasos que da.

El miedo me carcome las tripas, escala hasta mi cerebro y me nubla la vista. Respiro con irregularidad, me mareo y casi caigo al suelo, pero el hombre me sujeta de la cintura y me arrastra hasta el segundo piso, dónde el salón vip se abre paso con sus parejas negras y mesas de cristal.

Veo como el montón de gente armada sigue aquí, rodeando el lugar, o mejor dicho el sillón, uno en forma de «L», largo y de cuero negro. Mientras más me acerco, diviso mejor los rostros de los sujetos sentados allí; aunque solo dos son conocidos por mí.

—¡Kiril!—demando por él y este se gira a mí, quedando tan pálido como un papel—. ¿Dónde mierda estabas? Mira como están tratando.

—Jules, cierra la boca—dice, apenas me acerco a él, ya liberada del agarre del sujeto.

—¡Pero no quiero!—vuelvo a gritar, esta vez en su cara y Kiril se pone rojo.

—¡Jules!

—Vez, te dije que esta zorra tiene una gran bocota—la voz de Maxim nos interrumpe, haciéndome girar un poco para verlo.

Está vestido de la misma forma en la que se fue hoy por la tarde, con su camisa blanca arremangada hasta los codos, dejando notar sus tatuajes, además de los pantalones negros de vestir. Su cabello largo está atado en una pequeña coleta detrás de su nuca y me sonríe abiertamente. Lo miro mal

—¿A quién mierda llamas zorra?—se me escapa y él borra su sonrisa.

—Jules, en serio, cierra la boca.

—¿No controlas a tus putas?—pregunta una tercera voz, más grave que las anteriores. Es el sujeto que está al lado de Maxim, casi idéntico a él, a excepción de sus ojos. Ambos son azules, solo que el izquierdo tiene una cicatriz visible que va desde su ceja hasta abajo del ojo.

—Lo hago—miente, apretando su agarre. No porque me esté advirtiendo que me calle, si no por el miedo.

Y esto lo sé porque él está temblando. Lo siento cuando me toma la muñeca.

El sujeto pasa sus ojos sobre mí, veo su quijada marcada, los labios finos y esos cabellos tan rubios como el sol, contrastando con los dos cubos de hielo que tiene en los ojos. Sus hombros son anchos, más que Maxim, al igual que tiene un poco más de su masa muscular.

—¿Por qué me trajeron aquí?—pregunto bajo la mirada de advertencia de Kiril—. No estoy en venta.

—Eso no lo decides tú, nena—pronuncia Maxim, levantándose del sillón para acercarse.

—¿Qué mierda quieres, Maxim?—le pregunto enojada, aunque con lágrimas en los ojos que intento no liberar. Esto hace que él deje de sonreír y tome mis acaloradas mejillas.

—Vas a venir con nosotros—admite con seriedad.

—¿Por qué?—pregunto ya asustada, temblando de pies a cabeza—. Que me folles aquí es lo mismo que lo hagas en otro lugar. No lo hagas, ¿sí? Por mí, no lo hagas.

Estoy desesperada, lo admito. Toco sus mejillas, como él hace con las mías, las acaricio y le sonrío. Frunce su ceño, pensando en algo, pero no responde ante mí.

—Sí, pero…

—Pero nada—demando ya cansada, haciendo que salga de sus pensamientos.

—La puta sabe cómo manipular a los hombres—advierte el otro sujeto, levantándose del sofá—. Ahora entiendo tu obsesión con ella, hermano.

—Te lo dije, Jules no es como las otras. No sé romperá tan fácil, solo tendrás que tenerle paciencia—Maxim parece recuperado, más alegre mientras mira a su hermano mayor.

El otro hombre queda parado frente a mí y Maxim a mis espaldas, sujetándome la cintura.

—Bueno, Jules—toma mi mentón, haciéndome mirarlo desde abajo—. Ahora le pertenece a los hermanos Volkov.






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