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1# ML

Summary

Jalas ja Ake. Hola cómo estás ha a

Genre:
Drama / Thriller
Author:
Madeline
Status:
Excerpt
Chapters:
32
Rating:
n/a
Age Rating:
18+

MALOS NECESARIOS 1DESQUICIADO

Sinopiii

Jungkook Mulvaney lleva una doble vida. De día, es el hijo menor mimado de un excéntrico multimillonario. De noche, es un asesino sin arrepentimiento, uno de los siete psicópatas criados para corregir los errores de un sistema de justicia que sigue fallando.


Jimin Holt ha pasado años soñando con vengarse de la muerte de su padre, pero cuando se enfrenta a su asesino, descubre una verdad desalentadora de la que no puede escapar. Su padre era un monstruo.


Incapaz de ignorar sus propios recuerdos, Jimin se embarca en la búsqueda de la verdad sobre su infancia con la ayuda de un improbable aliado: la misma persona que asesinó a su padre. Desde su encuentro, Jungkook está obsesionado con Jimin, y quiere ayudarlo a descubrir las respuestas que busca, por muy oscuras que sean.


Los dos comparten una atracción mutua, pero en el fondo, Jimin sabe que Jungkook no es como los demás chicos. Jungkook no sabe amar. No ha nacido así. Pero se niega a dejar ir a Jimin, y Jimin no está seguro de quererlo.


¿Podrá Jungkook demostrar a Jimin que la pasión, el poder y la protección son tan buenos como el amor?


Advertencia: Este libro contiene violencia gráfica, humor muy negro y menciones de abusos sexuales a menores en el pasado.



Prólogo


Dr. Thomas Mulvaney


Sujeto: Jungkook


Esta era la parte más difícil: localizar a los chicos. Pero este muchacho… él sería el último. Entonces, el grupo estaría completo. El Dr. Thomas Mulvaney tenía una pequeña red de científicos que entendían que lo que él intentaba lograr valdría todo riesgo. La mujer tras él, la Dra. Arbor, era nueva en el proceso. Era una residente en su segundo año que trabajaba directamente bajo las órdenes de David, un buen amigo de Thomas.


—¿Edad? —preguntó Thomas.


La joven muchacha sacudió la cabeza titubeante. —Por lo que podemos decir, alrededor de los seis.


Él estaba acostumbrado a esa clase de inquietud, porque lo que estaban haciendo era ilegal. Algunos dirían que hasta inconcebible. Thomas lo veía como un mal necesario. —Te prometo que esto es lo mejor para el chico —La tranquilizó —. Tiene que estar con personas como él, individuos que entiendan cómo satisfacer sus necesidades particulares.


Ambos miraron a través del vidrio hacia el muchacho sentado en la mesa. Estaba calmado en una forma en que ningún niño debería estarlo. Había cierta clase de calma en su postura que Thomas solo había visto en francotiradores de la milicia y en animales depredadores.


—¿Está medicado?


Una vez más, ella negó con la cabeza. —No. Cuando está solo, es como si

simplemente se… apagara. Se retrae al interior de su cabeza. Es algo común en los niños que han aguantado la misma clase de trauma que él.


Thomas lo había visto con anterioridad. Con demasiada frecuencia. El expediente del muchacho decía que lo encontraron cuando la policía respondió a una llamada por asesinato-suicidio. Había estado atado al radiador por tanto tiempo que las


marcas de la cuerda alrededor de su tobillo se habían convertido en un permanente anillo cicatrizado.


No era el único niño encontrado en esa casa, cada uno había estaba sucio, necesitado y desamparado. Pero los otros dos eran tan jóvenes que tendrían la oportunidad de tener una vida normal. En cuanto a este chico, ¿A la edad que tenía? Ya un trastorno afectivo se habría apoderado de él. Y sabía por experiencia que era algo imposible de revertir.


Thomas estudió la piel pálida y antinatural del chico, los ojos azules de la tonalidad de un lobo siberiano, y el cabello color negro tinta. Si lo pusieran en adopción, tenía una gran posibilidad de que lo escogieran casi de inmediato. Tenía seis años, pero podía pasar por alguien mucho más joven. Las familias siempre querían a los niños blancos cuando estaban pequeños, especialmente si eran niños.


Soltó un suspiro. —¿Diagnóstico?


La Dra. Arbor cruzó los brazos sobre el pecho. —¿El oficial? Trastorno negativista desafiante1, trastorno de la conducta2, trastorno reactivo del apego3 y trastorno de estrés postraumático4.


—¿Y el no oficial?


—Muestra signos en aumento de psicopatía. Miente sin problemas, es encantador cuando quiere algo, es divertido y calculador. La forma inapropiada en que toca a los adultos indica un abuso prolongado. No ha intentado activamente causarse daño o lastimar a alguien más, pero no muestra compasión con el sufrimiento ajeno. No es algo sorpresivo dada sus condiciones de vida.


—¿Moja la cama? ¿Provoca incendios o muestra crueldad hacia los animales?





1 Trastorno que se presenta en los niños y se caracteriza por un comportamiento desafiante y desobediente ante las figuras de autoridad.

2 Es una serie de problemas conductuales y emocionales que se presentan en niños y adolescentes. Los problemas pueden involucrar comportamiento desafiante o impulsivo, consumo de drogas o actividad delictiva.

3 Los niños que tienen el trastorno reactivo del apego, también conocido como RAD, por sus siglas en inglés, fracasan al formar el vínculo esencial que se desarrolla entre un niño y sus cuidadores primarios.

4 es un trastorno mental clasificado dentro del grupo de los trastornos relacionados con traumas y factores de estrés (DSM V). Se caracteriza por la aparición de síntomas específicos tras la exposición a un acontecimiento estresante, extremadamente ente traumático, que involucra un daño físico o es de naturaleza extraordinariamente amenazadora o catastrófica para el individuo.


—Quizás sea muy pronto para decirlo, pero hasta ahora no. De hecho, está bastante cautivado con los niños más pequeños. Los trata casi como si fueran… mascotas. Sospechamos que con frecuencia le daban la tarea de mantener a los niños más jóvenes con vida. No era algo fácil, considerando el rango de movimiento limitado que tenían.


Era perfecto. —Interesante. ¿Tiene un nombre?


—Si lo tiene, no nos lo dice. Nosotros simplemente lo llamamos Jungkook . — dijo, sonando cansada hasta los huesos.


Thomas lo entendía. Trabajar como un psiquiatra pediátrico le mostraba a una persona lo inhumanos que podían resultar los seres humanos, el nivel de dolor y trauma que podían infringir en su población más vulnerable. Le demostraba que la mayoría de los desórdenes mentales en los niños eran el resultado directo de las personas que se suponía debían amarlos. El conocimiento te comía el alma a medida que el tiempo pasaba, y se volvía demasiado difícil de aguantar para algunas personas.


Y allí es donde Thomas entraba. No había forma de reparar a estos niños, de curarles la psique. En mejor medida, ellos se convertirían en un peso para cualquier persona que aceptara tenerlos. Y en el peor de los casos, se volverían una plaga para el hogar e incluso para el mismo vecindario. Las mascotas comenzarían a desaparecer, los padres comenzarían a colocar múltiples seguros en las puertas, la familia entera dormiría en una sola habitación hasta que no pudieran soportarlo más e irían a rogarle a la corte que interviniera. Y ellos no lo harían.


Pero Thomas sí lo haría. Los tomaría antes de que se tornaran en una plaga para la sociedad. —¿No hay acta de nacimiento? —preguntó.


La doctora desvió la mirada hacia él una vez más. —No. Los padres no parecían ser del tipo que hace papelería. Ninguno de los niños en esa casa tenían actas de nacimiento. Las pruebas de ADN probaron que todos estaban relacionados biológicamente a la madre, así que no era una situación de secuestro. El hombre que la mató solo era padre del menor de ellos, y no tenemos forma de determinar quién es el padre biológico de este niño. No hay ninguna coincidencia en la base de datos de ADN. Ni siquiera familiar. Para lo que el gobierno respecta, él no existe.


—¿Y su expediente?


—Sería muy fácil hacerlo desaparecer.


Estos niños siempre caían a través de las grietas. Eran los olvidados, unos don nadies. Fantasmas dentro de un sistema que todavía no los había matado. Las familias de acogidas los tomaban y luego los devolvía, los trabajadores sociales prometían vigilarlos, pero finalmente se veían abrumados por la infinidad de casos. No era la culpa de una persona en particular. El sistema era como una rueda rota, ineficiente por defecto.


Y eso siempre trabajaba a favor de Thomas. —Excelente. Quiero conocerlo ahora mismo, por favor.


Ella tragó ruidosamente antes de alcanzar la botella de agua y tomar algunos sorbos. —¿Qué es lo que hace con ellos? —Finalmente preguntó.


Era justo que ella sintiera curiosidad. En esencia, un doctor de mediana edad robando niños en la mitad de la noche parecía cosa de pesadillas. Un villano de cuento de hadas. Dado el tipo de personas a los que estos doctores se veían forzados a aguantar, estaba bien enfundada su sospecha sobre él. Deberían tener sus dudas. Pero él no era el problema, era la solución. —Los moldeo.


Sus cejas se juntaron, y su mirada se tornó tajante detrás de los enormes lentes. —

¿En qué?


En asesinos. Thomas sonrió. —En justo lo que Dios pretendía.


Ella dio un paso hacia atrás, sus manos cayeron a ambos lados. —No me puedo imaginar a Dios teniendo algo que ver con lo que le pasó a Jungkook .


Thomas negó con la cabeza. —¿Alguna vez has oído el dicho “los psicópatas nacen, pero los sociópatas se hacen”? Las investigaciones demuestran que es verdad, pero,

¿Y si no es un defecto de fábrica? ¿Qué pasa si ellos están aquí para hacer lo que otros no pueden?


—¿Y eso qué significa?


—Todo lo que necesitas saber es que llevo una casa para chicos iguales a Jungkook . Cuidarán de él, lo cual es mucho más que cualquier cosa que alguien de aquí pueda ofrecerle. Tendrá acceso a los mejores cuidados médicos, la educación más fina, y yo le mostraré exactamente lo que es capaz de hacer.


—¿Y eso sería? —preguntó la Dra. Arbor, mirándolo como si él fuera un sociópata.


Thomas hizo un gesto amplio con la mano. —A usar sus dones para el bien en lugar del mal.


La Dra. Arbor soltó un resoplido. —¿Un don? Difícilmente llamaría un “regalo” a este nivel de enfermedad.


Él ya estaba sacudiendo la cabeza. —Pero allí es donde está equivocada, Dra. Arbor. No puede reparar a un psicópata. No puede arreglar a un sociópata. Pero puede guiarlos, perfeccionar su enfoque. Enseñarles a dirigir la rabia contra aquellos que realmente lo merezcan.


—¿Lo merezcan? —Ella repitió —. ¿Les está enseñando a ser unos monstruos?


—Claro que no. Ellos ya son unos monstruos. Les estoy enseñando a matar a aquellos que los convirtieron en lo que son.


Ella se mantuvo en silencio por un rato antes de finalmente preguntar. —¿Y funciona?


—Eso es lo que intento averiguar. Estos chicos son mis primeros sujetos de prueba. A través del transcurso de sus vidas voy a documentar sus progresos, enseñarles a identificar y examinar a sus objetivos. Les enseñaré a ser invencibles.


Una vez más, la mirada de ella se dirigió hacia Jungkook quién todavía parpadeaba ausente hacia la pared. —¿Cuántos niños tiene?


—¿Incluyendo a Jungkook ? Siete.


Realmente era una muestra muy pequeña, pero con más de siete él no sería capaz de darles su atención y tiempo de manera individual. Era importante que ellos aprendieran a depender de él y entre ellos. Aunque no tuvieran la capacidad de amar, no significaba que no pudieran llegar a confiar el uno en el otro. Ellos iban a necesitar esa confianza. Tendrían que aprender a mezclarse en la sociedad en cierta medida.


—¿Cómo mantiene un hogar lleno de psicópatas, Dr. Mulvaney? —preguntó ella, mirando a través del vidrio hacia la pequeña figura.


—Con mucho cuidado, Dra. Arbor. Con mucho cuidado.


Después de unos momentos, ella caminó hacia la puerta y la abrió, haciéndole un gesto a Thomas para que entrara primero. Una vez dentro, los ojos cristalinos de


Jungkook observaron sus movimientos, aunque el resto de su cuerpo se mantuvo perfectamente quieto. Estaba claro que ponía nerviosa a la Dra. Arbor, pero Thomas creía que él era perfecto. Un espécimen perfecto. Su último niño.


Se acuclilló junto al chico y le extendió la mano. —Hola, Jungkook , mi nombre es Thomas Mulvaney y estoy aquí para llevarte a tu nueva casa.


La máscara de indiferencia se rompió, siendo reemplazada por una sonrisa lenta y casi siniestra. El chico tomó la mano de Thomas y la sacudió. Podía entender por qué ponía nerviosa a la otra médica. Jungkook no tenía una línea de partida para la normalidad, lo único que podía hacer era observar e imitar las cosas que veía. No era un niño de seis años. Él era un robot de seis años que en estos momentos se encontraba descargando el software que contenía los comportamientos de un niño de esa edad.


Jungkook era un regalo y Thomas ya podía verlo. —¿Nos vamos?


Uno

Jungkook

Jungkook hundió la cabeza más profundamente dentro de la capucha de su sudadera roja, su mano estaba enroscada alrededor de la empuñadura del cuchillo enterrado en su bolsillo. Era mucho más sencillo mezclarse a mitad de la noche, dando vueltas entre sombra y sombra y evitando las luces de un anémico color amarillo en las calles oscuras y lúgubres. Pero no por eso, significaba que este vecindario fuera seguro. De ninguna forma.


Esta era la parte olvidada de la ciudad. Cada edificio tenía las ventanas con rejas, las vías estaban llenas de baches que se convertían en pozos rellenos de aceite cada vez que llovía. La presencia de tiendas de armas, prestamistas y abogados contrastaba con el rico vecindario de Jungkook que quedaba al otro lado de la ciudad. No es como si estuviera intentando burlarse de los pobres. Ésta era la gente de Jungkook . Él había pasado los primeros seis años de su vida en un tráiler arruinado detrás de un mercado pequeño.


Los autos de policía merodeaban las calles, y en algunas oportunidades encendían las linternas detrás de las ventanas para ahuyentar y diluir a los grupos de personas. Pero ellos nunca notaban a Jungkook . Para ser sinceros, nadie se fijaba en él. Por eso es que era libre para vagar, cazar y matar. Sin embargo, esta noche en particular su única tarea pendiente era acostarse temprano.


Era una cosa extraña lo fácil que alguien podía mezclarse entre los grupos de personas solo con fingir que pertenecía entre ellos. Incluso siendo el caso de alguien que había pasado mucho tiempo bajo el ojo público. Alguien que era famoso en determinados círculos sociales. Supuso que era más fácil pasar desapercibido cuando la otra opción era un poco absurda. Y que el hijo menor del multimillonario Thomas Mulvaney estuviera caminando a solas en la peor parte de la ciudad, a altas horas de la madrugada, parecía un hecho bastante absurdo.


Pero ese tampoco era Jungkook . La verdad es que Jungkook no era nadie. Solo una mentira cuidadosamente elaborada y planteada con la misión en específico de corregir los errores de los demás. Una mentira a la que había ejecutado tan bien


que algunas veces incluso él mismo se la creía. Pero no era algo real. Nada de eso. Y era eso mismo, quizás, lo que hacía que sus paseos fueran la mejor parte de la noche. A nadie le importaba una mierda en este lado de la ciudad. No reconocían el nombre de Mulvaney o quién imaginaban que era. No les importaba.


Giró por un callejón oscuro hasta la entrada de la cubierta exterior hundida del edificio en donde guardaba sus… suministros. No necesitaba luz para orientarse. Había estado usando este mismo refugio en particular desde que tenía quince años. Solo necesitaba dejar el cuchillo con el resto de su equipo y después se iría. Incluso, puede que llegara a casa para la medianoche.


Jungkook no escuchó el ruido de las zapatillas de deporte pisando el concreto hasta que fue demasiado tarde. El sonido del gatillo de un arma de fuego lo siguió rápidamente, haciendo eco en el lugar vacío. A pesar de todo, él no aminoró el paso hasta que una voz temblorosa gritó: —Detente.


Jungkook se sintió tentado a ignorar dicha solicitud. El dueño de la voz sonaba joven, inseguro… aterrorizado, si era sincero. No era algo extraño que los chicos sin hogar intentaran encontrar refugio cuando hacía frío afuera. Quizás se trataba de un drogadicto. Un adicto en busca de dinero en efectivo fácil o drogas. Pero la posibilidad de recibir un disparo no era de 0, e incluso, los adictos nerviosos a veces tiraban a la suerte y le atinaban a una arteria. De ser así, su padre lo resucitaría solo para matarlo de nuevo por haberse dejado atrapar en esta parte de la ciudad.


Jungkook redujo lentamente la velocidad hasta detenerse con un suspiro, y finalmente se giró hacia su agresor. Definitivamente se trataba de un aficionado. Él se había detenido en el único halo de luz del espacio oscurecido, iluminando así sus rasgos con suficiente detalle como para que Jungkook fuera capaz de dibujarlo a raíz de su memoria.


Era la antítesis de Jungkook : pálido y pecoso donde Jungkook era bronceado, cabello castaño claro y desordenado mientras que el de Jungkook era de un color negro azabache, de huesos pequeños y delicados en oposición directa a la musculatura de nadador que Jungkook poseía. Lo más probable es que no fuera mucho más joven que Jungkook . Parecía tener unos veinte pasados.


El muchacho, quienquiera que fuera, nunca antes había empuñado un arma, eso estaba claro por su postura y la forma en que su mano temblaba. Pero la forma en que su dedo flotaba por sobre el gatillo significaba que Jungkook tenía que darle el mismo trato cuidadoso que le daría a cualquier otro depredador.


—Muy bien, me tienes. ¿Y ahora qué? —preguntó Jungkook .




—Bájate la capucha —exigió el chiquillo, moviendo el arma en la mano, mientras que hablaba.


Jungkook arrugó el ceño por la petición tan extraña. —¿Por qué?


El muchacho pareció dudar, como si no hubiese esperado que Jungkook le discutiera. Él pensaba que el arma le daba ventaja sobre Jungkook . Probablemente pasaría así con la mayoría de las personas, pero no con Jungkook .


Él sacudió el arma. —No hagas preguntas, solo hazlo.


Jungkook dio un solo paso hacia adelante, observando con interés como el chico retrocedía. —No.


Sus ojos se abrieron de par en par, se veía al borde de las lágrimas. —¿No? Te voy a disparar en la cara.


Mentiroso. —Hazlo, entonces.


Jungkook observó el dedo del chico temblar en torno al gatillo. Oh, él quería hacerlo. Quería ver muerto a Jungkook . Interesante. Quizás, todo esto fuera un malentendido. No había escasez de criminales en el área. Muchas personas a las que guardarles rencor.


—Yo sé quién eres. —dijo el chico, la confianza estableciéndose en su voz.


Jungkook no pudo evitar soltar una risa. —¿Ah sí? ¿Y quién crees que soy?


El muchacho entrecerró los ojos con una sonrisa de dolor formándose en su rostro. Estaba sudando a pesar del frío, pero Jungkook ahora estaba seguro que no se trataba de un adicto a las drogas. Se encontraba aterrorizado, pero sus ojos estaban enfocados y su piel impecable. No, el chico no era un drogadicto.


—Jungkook . Mulvaney. —pronunció cada sílaba como si la mención del nombre en voz alta pudiera invocar alguna clase de ira supernatural.


El sonido de su nombre en los labios del chico limpió cualquier rastro de sonrisa en el rostro de Jungkook . Si no tenía que esconder su identidad, entonces también debería mostrarle el rostro. Eso quizás le daría al muchacho una impresión de control sobre la situación. Se sacó la capucha de la cabeza. —¿Y tú quién eres?


No hubo duda en su voz. —d.




Jungkook articuló con la boca el nombre del chico. No esperaba una respuesta. Las personas que tenían la intención de dejar vivas a sus víctimas por lo general no daban sus nombres. Eso no presagiaba nada bueno para el pobre Jimin, quién parecía que la vida ya lo había arrollado en más de una ocasión.


—Okey. ¿Y qué es lo que quieres, Jimin? ¿Dinero en efectivo? ¿Drogas? Solo llevo cien dólares encima, pero si tomas mi tarjeta de débito puedes tener mucho más. Incluso puedo darte la clave.


El rostro del chico se contrajo por una furia que parecería casi cómica en esa inocente carita repleta de pecas. Casi. —Es así de fácil para ti, ¿no? Arrojar dinero para cubrirlo. ¿Cómo lo haces?


—¿Hacer qué? Solo intento asegurarme de que todos regresemos a casa esta noche. Tengo dinero y tu pareces necesitar ayuda. Nadie te está culpando por hacer lo que necesites para sobrevivir.


Eso solo hizo enojar aún más, si es que era posible. —Las personas no ven lo quieres realmente, ¿no? Mientes con tanta facilidad.


No estaba equivocado. Y eso, probablemente, fue lo que más inquietó a Jungkook . Quienquiera que fuera Jimin, había investigado. Él estaba firmando su maldita sentencia de muerte. A Jungkook no le agradó para nada el dolor agudo y punzante que lo invadió al pensar que todo esto iba a terminar mal para este muchacho.


Aun así, era mejor fingir como si no tuviera idea de lo que Jimin estaba hablando.

—No estoy mentando acerca de tener dinero. Te puedo mostrar el saldo de mis cuentas bancarias.


—¡No quiero tu maldito dinero! —gritó Jimin, sudor y saliva volaron mientras que lágrimas de rabia se le deslizaban fuera de los ojos.


Jungkook dio dos pasos más, lentamente en dirección de Jimin. —Entonces, ¿qué es lo que quieres, Jimin?


Él resopló, sollozó y se pasó el dorso de la mano por encima de la nariz. —Quiero ver cómo te desangras en la acera.


Las cejas de Jungkook se alzaron ante el veneno en la voz del muchacho. —Ni siquiera sé quién eres, Jimin. ¿Qué pude haberte hecho para que quieras matarme?


Los ojos de Jimin se abrieron de par en par y su boca se deformó. —Realmente no te acuerdas de mí, ¿no?


Nope. —¿Debería?


—¿Has matado a tantas personas que no puedes recordar a tus víctimas?


Sí. Muchísimas. Aunque no planeaba compartir ese pensamiento con Jimin. Además, si Jimin hubiese sido una de las víctimas de Jungkook , no estaría respirando en estos momentos. —¿A quién crees que maté?


—A mi padre, Wayne Holt.


Jungkook cerró los ojos, dejando que su cerebro repasara entre sus numerosas víctimas pasadas, tanteando los detalles mientras que encontraba ese nombre. Wayne Holt, cincuenta y un años, predador en serie responsable del abuso y asesinato de al menos quince niños menores de diez años. De alguna manera, el hombre se las había arreglado para evitar ser detectado en el transcurso de tres décadas. La policía jamás encontró las pruebas suficientes para encerrarlo. Por fortuna, la gente de Jungkook contaba con los mejores recursos… y una forma de justicia mucho más rápida.


Una descarga de reconocimiento lo golpeó en cuanto se dio cuenta que conocía al chico, aunque habían pasado años. Wayne Holt había sido uno de los primeros asesinatos de Jungkook , ¿el número tres, quizás? AproximJungkook ente un par de semanas después del cumpleaños número dieciséis de Jungkook . Este muchacho tendría unos diez años para ese momento, según los cálculos rápidos de Jungkook . Sí, encajaba. Definitivamente podría tratarse del chico que había surgido desde las sombras durante esa noche, llamando tímidamente a su padre y poniendo fin a la diversión de Jungkook incluso antes de que comenzara.


Thomas había estado furioso con él porque no había buscado testigos dentro de la casa, pero él había estado tan emocionado y dispuesto a recordarle a Wayne Holt cada una de sus víctimas y el dolor que había dejado a su paso. Si Jimin realmente era ese chico, había una alta probabilidad que también hubiera sido una de esas víctimas.


—Tu padre era un monstruo, Jimin. Creo que en el fondo tú lo sabes.


Por segunda vez, el arma se agitó salvajemente. —Jódete. No sabes nada acerca de mi padre.


—Pero sí lo hago. Te lo puedo probar, si eso es lo que necesitas. Pero no creo que quieras ver lo que yo he visto. Algunas cosas son imposibles de borrar.


—¡Cállate! Estás tan lleno de mierda. Eres un… asesino serial. Actúas como alguna clase de fuckboy aburrido, pero en realidad, tú eres el monstruo.


Jungkook suspiró, ¿Qué diablos se suponía que debía hacer al respecto? ¿Con él? No podía matarlo. Bueno, sí podría. Pero no lo haría, lo sabía en el fondo. No pudo hacerlo aquella primera noche en que él lo vio y a ciencia cierta no podía hacerlo ahora mismo mientras lloraba a su padre. Claramente, esto era algo en lo que Jimin había estado pensando por mucho tiempo. Pero, tampoco es como si quisiera morir esta noche.


—Tienes tres opciones, Jimin: Puedes largarte y hacer como que esto nunca sucedió. Puedo hacer una llamada telefónica y mostrarte quién era tu padre en verdad y arruinar cada recuerdo feliz que hayas tenido con él —Jungkook acortó la distancia entre ellos, agarró el cañón del arma y lo presionó contra su propia frente—. O puedes apretar el gatillo y matarme. Ninguna de esas cosas cambiará la verdad: tu padre era un pedófilo y un asesino de niños.


Así de cerca, Jungkook era capaz de ver los profundos ojos marrones de Jimin que estaban enrojecidos y mojados por las lágrimas, las pecas que le salpicaban la piel y la suciedad que le manchaba las mejillas y la barbilla. Debajo de toda la rabia y el hambre, Jimin tenía una apariencia bastante única, muy diferente al desfile de debutantes mimados a los que se veía obligado a soportar todos los días para mantener su tapadera.


—¿Qué vas a escoger, Jimin? —preguntó con suavidad —. Realmente espero que sea la opción uno.


Los ojos del chico recorrieron frenéticamente el almacén vacío. Vibraba con tanta energía que Jungkook podía sentirlo en el metal que le presionaba la piel.


—Haz la llamada —dijo Jimin finalmente, sonando miserable —. Deja el teléfono en altavoz —agregó —. Para que pueda escucharte.


Jungkook suspiró. —Jimin…


—Hazlo. —espetó, cortando así la súplica de Jungkook .


Cuando Jimin bajó el arma, Jungkook sacó la mano del bolsillo de la sudadera, dejando el cuchillo en su lugar, para poder deslizarla lentamente en el bolsillo trasero de su


pantalón. Extrajo el teléfono y marcó el primer nombre dentro de su lista de contactos frecuentes.


—¿Qué pasa, queridito?


La voz femenina del otro lado de la línea sonaba sorprendentemente alegre para ser las once de la noche.


—Estamos en altavoz. —advirtió.


Calliope no era el tipo de chica a la que pudieras poner en altavoz. El sonido de sus uñas tecleando furiosamente sobre el computador, se detuvo de forma abrupta. — Oh, está bien. ¿Qué pasa? ¿Estás en problemas? Si estás otra vez en problemas,

Jungkook …


—Alta. Voz. —le recordó, cortándole el regaño —. Necesito que me hagas un favor. ¿Puedes acceder a algo de información?


—¿El hombre de hojalata5 tiene el pene de metal?


Jungkook arrugó el ceño. —No entiendo qué significa eso.


—Algunas veces odio este trabajo. —murmuró —. ¿Qué necesitas?


—Necesito que me envíes el archivo de evidencias de Wayne Holt.


Hubo una larga pausa del otro lado de la línea. —¿Por qué? Ese caso es de hace diez años.


—Sólo hazlo. Pásamelo todo.


—Incluso el…


—Sí, eso también —espetó Jungkook , antes de tomar una profunda respiración y soltarla —. Lo siento, Cali. Ha sido una noche larga. ¿Podrías por favor enviármelo?


—Sí. Claro que sí, cara de muñeco. Dame cinco.


Con eso último colgó, dejando a Jungkook y al otro chico un poco más cerca ahora que no había un cañón de pistola entre ellos. —Deberías irte —le dijo Jungkook con voz suplicante —. No quieres ver las cosas que hemos visto. Te lo prometo, teníamos más que suficiente evidencia para condenar a tu padre.


5 El hombre de Hojalata, de “El Mago de Oz”.



El rostro de Jimin se contrajo, casi como si las palabras de Jungkook fueran un golpe físico. —Entonces, ¿por qué no fueron a la policía?


—Tu padre era demasiado bueno cubriendo sus huellas y la policía tiene que preocuparse por las órdenes de arresto y cadena de custodia. Mi gente no; sólo necesitamos encontrar la verdad para actuar.


—¿Tu gente? ¿Quién eres tú? No eres mucho mayor que yo. Apenas tenías la edad para conducir cuando mataste a mi padre. Investigué, ¿qué clase de idiota contrataría a un niño para matar a un hombre adulto?


—Nadie me contrató. Esto no es un trabajo. No obtengo beneficios ni una pensión contributiva. Por favor, Jimin, solo vete.


El teléfono de Jungkook sonó. Ingresó en su correo electrónico y un archivo cifrado parpadeó en la parte de abajo. —Es tu última oportunidad.


Jimin le arrebató el teléfono de las manos y apuñaló con un dedo el botón de reproducción. Jungkook se dio la vuelta, no podía volver a ver ese video o la reacción del muchacho. Por fortuna, no tenía sonido. Escuchar a Jimin ya era bastante malo. La forma en que tomó una bocanada de aire, el grito ahogado que se parecía al de un animal herido, y finalmente, el vómito que salpicó el suelo cuando Jimin devolvió el contenido de su estómago.


Jungkook luchó contra el impulso de consolarlo, ¿qué diablos podría decirle? Hallmark no hacía tarjetas que dijeran “Lamento que tu padre fuera un pedazo de mierda”.

Sin embargo, dada la prevalencia de tantos padres de mierda allí afuera, quizás se estaban perdiendo algo de clientela. Se dio la vuelta y gentilmente tomó su teléfono de regreso. Se deslizó con facilidad de los dedos del chico. —Él no se merece tus lágrimas o tu venganza. Incluso aunque nunca te haya tocado. Tenía que irse.

Lamento que terminaras lastimado en el proceso.


Jimin lo fulminó con la mirada. —Claro, estoy seguro que eso te quitará el sueño en las noches.


Jungkook se quedó mirándolo mientras que el muchacho se giraba y se alejaba con los hombros caídos y la cabeza agachada. Le recordaba a Jungkook a un perro apaleado.


El rostro de Jimin fue un compañero constante mientras que Jungkook caminaba a casa, e incluso lo fue en las horas más tarde cuando yacía en su cama. ¿Qué le habría pasado después de la muerte de su padre? ¿Lo habían alimentado? ¿Tuvo un


techo sobre su cabeza? ¿Estaba solo en algún lugar y a solo dos segundos de tragarse una bala?


Jungkook sabía mejor que nadie que los traumas de la infancia solían volver a atormentarte en los momentos menos oportunos y de las formas más incongruentes. Y una vez que alguien giraba la llave a la puerta del cerebro donde vivían esos recuerdos, era casi imposible reprimirlos de nuevo.


Para cuando salió el sol, Jungkook no había pegado el ojo en toda la noche. Apretó las palmas de las manos contra los ojos hasta que luces titilaron debajo de sus párpados. Se suponía que tenía que encontrarse con su padre y Atticus para un desayuno en el club. Sabía que tenía que hablarles acerca de Jimin. Ellos necesitaban saber que alguien tenía conocimiento de quién era Jungkook realmente. Pero no quería decirles. No quería decirle a nadie. Una extraña parte de él quería mantener a Jimin solo para sí mismo.


Dando trompicones se dirigió hacia la ducha. Dejó que el agua caliente le recorriera la espalda y los hombros, mientras que pensaba en esos enormes ojos marrones y pecas que salpicaban una pálida piel. Se sentía extrañamente responsable del

muchacho. Y no sabía porque seguía pensando en él como “chico” o “muchacho”. No podían tener mayor diferencia de edad que seis años, pero Jungkook se sentía como si hubiese nacido como un hombre viejo el cual había vivido cien vidas a sus veintiocho años. La vida de Jimin claramente no había sido fácil, pero había en él una vulnerabilidad, una silenciosa desesperación que tiraba de algo enterrado profundamente dentro de Jungkook . Algo que él no sabía que existía en su interior: Su conciencia.


¿Jimin tendría algún consuelo si supiera, que, de hecho, mantuvo a Jungkook despierto por toda la noche?


Doi

Jimin

Lo estaba observando de nuevo. Era una ocurrencia que pasaba casi todas las noches. Al principio, Jimin pensó que se estaba volviendo loco, imaginando fantasmas entre las sombras. Pero no, era él: Jungkook Mulvaney. El hombre que mató a su padre. Su padre... el depredador de niños. A Jimin se le revolvió el estómago al pensar en ello, las imágenes de aquel vídeo intentaban sembrar camino de vuelta a su cerebro. Pero no las dejó entrar y había encontrado un millón de maneras creativas de mantenerlas afuera.


Jimin podía sentir sus ojos sobre él incluso ahora. A pesar del palpitante bajo de la música dance, el vertiginoso despliegue de rayos de neón que se disparaban a través de las paredes oscuras y el mar de cuerpos que se movían en una ola sincronizada, Jimin podía sentir los ojos de Jungkook sobre él. No tenía ni idea de lo que Jungkook quería.


Al principio, pensó que tal vez venía por su venganza o tal vez a eliminar un testigo, pero Jimin le había dado un millón de oportunidades para acabar con su miseria, y el cabrón nunca las aprovechó. En cambio, se limitó a observarlo. Tal vez sentía algún tipo de emoción enfermiza al ver sufrir a Jimin. Pero le había salido el tiro por la culata porque Jimin estaba demasiado drogado como para sentirse de alguna otra manera además de bien.


Salió por la puerta lateral del club al aire fresco de la noche. No se abrigó. La felicidad sintética que le recorría le hacía sentir calor por todas partes. El callejón olía a basura pudriéndose y orina, pero Jimin dio vueltas por el callejón como un bailarín de ballet, tropezando cuando oyó que la puerta del callejón se abría y se cerraba de golpe tras él. No miró, no le dio reconocimiento al acosador de ninguna manera. Simplemente salió del callejón a tropezones y entró al estacionamiento.


Era lo suficientemente temprano como para que otras personas aún se quedaran en las esquinas, en los aparcamientos, fuera de la bodega. Pero Jimin nunca se había sentido tan solo. Él siempre estaba solo, incluso cuando la gente se amontonaba a su alrededor. Sin importar lo que intentara, nada llenaba el vacío que había en su


interior. Ni las drogas, ni el alcohol, ni las relaciones sin sentido. Su labio se curvó ante esto último.


Había dejado a su amiga Bailey y a su novia en el bar para seguir a un extraño al azar dentro de los baños, pero el tipo estaba demasiado borracho como para poder levantarla. Jimin lo había dejado desmayado dentro del cubículo.


No pudo evitar la carcajada que se le escapó, el sonido un poco alarmante en la quietud de la noche. Él estaba destinado a estar solo. Deseó que Jungkook simplemente lo hiciera de una vez. Que le disparara en la cabeza, que lo degollara, que lo empujara delante de un carro en movimiento. Lo que sea que fuera, no podía ser peor que vivir con lo que había visto.


Quizás necesitaba que lo ayudara. Tal vez Jungkook no quería eliminarlo con una multitud alrededor. La idea de la muerte era un bálsamo que calmaba la psique deshilachada de Jimin. No lo entristecía ni lo asustaba; simplemente le daba una sensación de paz, una paz que nunca antes había experimentado. Se echó a reír una vez más, parpadeando para evitar las lágrimas. Volvió a repasar sus pasos, saltando sobre charcos y grietas en la acera. A dos manzanas. Tres bloques más abajo. El chirrido del metal protestó cuando empujó la pesada puerta.


¿Lo habría seguido? ¿Tendría curiosidad? Jimin había venido muchas veces al edificio después de su primer encuentro, pero nunca encontró nada. Lo que fuera que Jungkook había escondido allí y que lo hacía volver una y otra vez, habría sido reubicado después de aquella noche. No es como si Jimin lo pudiera culpar. El hecho de que no hubiera matado a Jungkook no significaba que no fuera a entregarlo a la policía. Pero no lo había hecho. Después del vídeo, después de haber visto lo que su padre había hecho, todo había regresado a su mente de una manera instantánea. Todo. Un escalofrío lo recorrió mientras intentaba alejar los pensamientos. ¿Qué iba a hacer cuando las drogas dejaran de funcionar?


Una vez dentro del edificio abandonado, se sentó en los escalones de metal que conducían al segundo piso, esperando. Ahora que estaba quieto, las drogas por fin hacían efecto, haciendo su trabajo. La transpiración se acumuló en su línea del cabello y las gotas de sudor se deslizaban por su espalda. El tiempo transcurría, rápido y luego lento, luego rápido de nuevo, como si estuviera en una nave espacial, atravesando el espacio y tiempo.


Inclinó la cabeza hacia atrás hasta mirar las vigas de metal. Había un agujero en el techo que enmarcaba el cielo nocturno, un singular rayo de luz lunar que atravesaba la oscuridad. ¿Cómo no se había dado cuenta antes Jimin? Sonrió mientras las estrellas y la luna se desdibujaban y se agudizaban, y luego bailaban, persiguiéndose unas a otras dentro y fuera de la abertura del techo para serpentear


alrededor de los soportes. Levantó la mano y las estrellas se derramaron entre sus dedos como chispas, las ascuas estallando contra su piel como diminutas gomas elásticas.


—¿Jimin?


Inhaló bruscamente al oír su nombre en los labios de Jungkook . Se incorporó de golpe y se sentó, agarrándose a la barandilla de metal oxidado para no caer hacia delante. Jungkook brillaba. Su piel brillaba como si fuera un vampiro en una película mala de adolescentes, como si su piel estuviera hecha de luz. Su aura palpitaba de un rojo intenso que hacía que Jimin quisiera tocarlo. Deseó que Jungkook no hubiera sido tan hermoso. Habría sido mejor de esa manera.


Pero lo era. Jungkook era tan bonito. Su pelo era tan negro que parecía azul a la luz de la luna, y sus ojos eran del azul más pálido. Quizás era un vampiro. Ningún humano debería verse tan bien. Estrechó la mirada mientras sus ojos se posaban en el profundo pliegue de su camiseta. La parte superior de las alas de una polilla o mariposa se asomaban en el centro de su pecho, y su cuello estaba adornado con el gran tatuaje de una serpiente envuelta y un collar con una bala colgando.


—¿Eres real? —Se escuchó a sí mismo preguntar, y luego resopló ante el asombro de su propia voz. ¿Qué demonios le había dado Bailey? Estaba claro que era mierda de la buena.


—¿Estás drogado?


Jimin bajó la voz a un susurro escénico. —¿Eres un policía? —Su corazón se detuvo cuando Jungkook sonrió, revelando dientes perfectos—. Probablemente carillas. — murmuró.


—¿Qué?


Jimin podría haber dicho nada, pero, en cambio dijo: —Tus dientes. Probablemente ni siquiera sean los tuyos.


Jimin sabía que lo que decía no tenía ningún sentido, pero no podía evitar decir lo que se le venía a la mente. Quería tocarlo, acariciarlo, pasar los dedos por su pelo y saborear su piel que aún brillaba como el azúcar. ¿Sabría dulce?


—Son míos —le aseguró Jungkook —. Pero si te hace sentir mejor, mi padre pagó mucho dinero por ellos. Estaban en muy mal estado cuando era pequeño. Mi madre biológica no era muy aficionada a los dentistas. O la higiene. O los niños, en realidad.




Jimin guardó ese pedacito de información. Jungkook tenía una madre biológica. ¿Lo había sabido Jimin? Tal vez. Sabía que Jungkook había sido adoptado. Todos los hijos de Mulvaney lo habían sido. Él era el papá Warbucks de la generación X.


Jimin se dejó caer de nuevo sobre sus antebrazos. —¿Estás aquí para matarme? Jungkook se acercó, con la cabeza ladeada como un pastor alemán. —No.

La decepción se asentó en el interior de Jimin. —¿Me estás siguiendo? Otro paso. —Sí.

—¿Por qué?


Eso pareció detenerle en sus pasos. —Yo... no lo sé. Jimin suspiró. —Deberías matarme. Sé demasiado.

—Probablemente no deberías decirle eso a alguien que sospechas que es un asesino.


—Si le fuera a decir a alguien ya lo habría hecho a este punto—admitió Jimin—. Si eso es lo que te preocupa.


—No lo es. Yo... no.


—Eso es bueno. —logró Jimin antes de que sus ojos se desenfocaran y su cabeza se inclinara sobre sus hombros.


Las palmas de Jungkook de repente rodearon su rostro. —Oye, ¿qué fue lo que te metiste?


Jimin se encogió de hombros, con los párpados a media asta. —No lo sé.


—¿No lo sabes? —repitió Jungkook , sus pulgares tirando de la piel justo debajo de los ojos de Jimin, como si se hubiera tatuado las respuestas bajo la piel de allí.


—Le dije a Bailey que me sorprendiera. Tengo que admitir que estoy sorprendido. —confesó Jimin, alargando su mano para tocar el rostro de Jungkook de la misma manera que él agarraba la suya—. ¿Qué estamos haciendo?


Jungkook resopló. —Estoy tratando de asegurarme de que no mueras de una sobredosis de drogas. ¿Qué estás haciendo tú?


Jimin extendió sus dedos sobre los pómulos afilados de Jungkook . —Eres muy bonito.

¿Te lo han dicho alguna vez? —preguntó Jimin, examinándolo en busca de un solo defecto, pero sin encontrar ninguno.


Jungkook resopló. —Sí.


—Oh. —dijo Jimin, dejando caer sus manos. Odiaba lo derrotado que sonaba.


Sin embargo, Jungkook no bajó los brazos, sino que continuó sosteniendo la cara de Jimin en sus grandes manos.


—Eres realmente... grande. —dijo Jimin, dejando que su mirada recorriera desde los pies embotados de Jungkook hasta la parte superior de su cabeza. Bueno, lo más que pudo mientras Jungkook mantenía su cara de rehén.


Jungkook inclinó la cabeza una vez más. —No, soy de tamaño promedio. Sólamente que tú eres un poco pequeño.


Jimin resopló. —No donde cuenta.


Eso tampoco era realmente la verdad. Era bastante proporcionado en todos los sentidos. No supo por qué lo dijo, pero Jungkook sonrió y el corazón de Jimin tropezó en su pecho. ¿Qué le pasaba?


Jimin no pudo evitar fijarse en los puntiagudos incisivos de Jungkook . Apretó un dedo contra la afilada punta. —¿Eres secretamente un Cullen? Tienes dientes de vampiro. ¿Es por eso que eres tan bonito?


La sonrisa se escapó de los labios de Jungkook , y cerró la boca, atrapando el dedo de Jimin entre su mandíbula brevemente, solamente lo suficiente para que Jimin sintiera la punta puntiaguda presionando contra él. No lo suficientemente fuerte como para romper la piel, pero sí para dejar una hendidura. Aun así, la polla de Jimin prestó atención.


Cuando Jungkook soltó su dedo, Jimin pasó su pulgar por la marca. Jungkook lo había marcado. Como un animal. Adán era un animal. Un depredador. Un asesino. Un asesino que seguía sujetando su cara. —¿Qué estás haciendo? —preguntó nuevamente.


—Tienes estrellas en las mejillas. —musitó Jungkook , una mirada extraña en sus ojos, una que hizo que la polla semidura de Jimin se engrosara detrás de su cremallera.


—La novia de Bailey convirtió mis pecas en estrellas. —dijo, levantando la mano una vez más contra su voluntad, esta vez para arrastrar un pulgar a lo largo del labio inferior de Jungkook , jadeando cuando sintió la lengua de Jungkook contra la almohadilla de su dedo—. Tus labios son tan rojos—dijo, con la voz llena de asombro—. ¿Te has pintado los labios?


Jungkook negó con la cabeza. —No.


—¿Por qué me estás siguiendo? —volvió a preguntar Jimin.


—Porque no puedo dejar de pensar en ti. —dijo Jungkook , sonando confuso, como si no hubiera querido decirlo.


Los ojos de Jimin se abrieron de par en par ante esas palabras. —¿Estoy... eres una alucinación?


Jungkook negó con la cabeza, inclinándose hacia el espacio de Jimin. —Soy real.


La cabeza de Jimin se inclinó más hacia él, hasta que pudo ver los ojos azul pálidos de Jungkook a la escasa luz de la luna. —Nada de esto se siente real.


Los dedos de Jungkook trazaron las estrellas en los pómulos de Jimin. —¿Se siente eso real?


La lengua de Jimin salió para lamerse el labio inferior. —Sí. Tus manos son tan cálidas.


—Soy de sangre caliente. Siempre lo he sido. —dijo Jungkook , arrodillándose en el escalón justo debajo del que se sentaba Jimin, forzando sus piernas a abrirse.


—¿Vas a lastimarme? —preguntó Jimin, con voz casi esperanzada.


Jungkook escudriñó su rostro durante un largo momento. —Probablemente, sí. Pero puede que te guste.


Jimin se abalanzó hacia delante, chocando sus bocas entre sí. Por un segundo, los labios de Jungkook fueron inquebrantables, pero luego se ablandaron, y la mano en la mejilla de Jimin se deslizó hasta su barbilla, tirando de ella hacia abajo para poder deslizar su lengua dentro.




Jimin no sabía en qué había estado pensando, pero no se arrepentía. Nada de esto parecía real, ni los peldaños metálicos que se clavaban en su espalda, ni los muslos de Jungkook separando los suyos, ni el calor de su cuerpo que atrapaba a Jimin contra la escalera.


Jungkook controlaba el beso, inclinando la cabeza de Jimin como quisiera, explorando lentamente su boca como si tuviera todo el tiempo del mundo, como si tuviera derecho a tomar lo que quisiera. Tal vez eso debería haber enfadado a Jimin, pero lo excitaba. Finalmente se permitió enterrar sus manos en las sedosas hebras de Jungkook , gimiendo cuando éste se movió y sus caderas se encontraron. Jungkook estaba tan duro como Jimin, tal vez más. Definitivamente más grande.


Jimin no creía que nadie lo hubiera besado así antes. Los besos -cuando los había- siempre eran un precursor del evento principal, nunca eran el objetivo. Cuanto más se besaban, más pensaba Jimin que se trataba de un vívido sueño febril. Era imposible que estuviera besando en un almacén sucio y abandonado al hombre que había matado a su padre. Probablemente estaba inconsciente en el asqueroso baño del club nocturno.


—Hueles bien. —gruñó Jungkook contra sus labios.


—Eso no puede ser cierto. Huelo a sudor.


—Sí, pero debajo de eso... hueles diferente. Algo que es simplemente tú.


—No sé qué significa eso. —susurró Jimin antes de volver a besarlo.


Jimin se sobresaltó cuando su cuerpo vibró. En su aturdimiento, creyó que lo habían electrocutado con un taser. Luego se dio cuenta de que era el teléfono de Jungkook el que estaba zumbando en su bolsillo. Jungkook lo ignoró, sus manos se enroscaron en el cabello de Jimin, sujetándolo para poder morderle los labios, la barbilla, el lóbulo de la oreja.


Una vez más, el teléfono comenzó a vibrar. Jungkook dejó caer su frente contra la de Jimin, respirando con dificultad, antes de sentarse y extraer su teléfono. —¿Sí? — Jimin no pudo oír lo que decía la voz al otro lado, pero parecía estar tan irritada como la voz de Jungkook —. Ocupado. Sí, ocupado. ¿Nada que te incumba? —Jungkook resopló—. Estaré allí. Ya dije que estaré allí, Atticus. Carajo.


Atticus Mulvaney. El hermano de Jungkook . Un doctor. Tanto MD como PhD. Dejó la práctica de la medicina para investigar enfermedades raras. Otro niño de oro.


Cuando Jungkook colgó, examinó la cara de Jimin. —Dame tu teléfono móvil. Jimin frunció el ceño. —¿Qué?

—Tu teléfono móvil. Dámelo.


Jimin rebuscó en su bolsillo hasta que sacó el feo teléfono de tapita. Jungkook lo miró con el ceño fruncido como si nunca hubiera visto uno. —¿Qué? Es todo lo que me puedo permitir.


Jungkook no dijo nada después de eso, sólo pulsó algo en el teclado. Cuando el teléfono de Jungkook sonó, desconectó la llamada y lo guardó, luego le devolvió el teléfono. — Tengo que irme. Voy a pedirte un Uber. Envíame un mensaje cuando llegues a casa.


—¿Qué...?


—No discutas conmigo. Sólo hazlo. —Jimin abrió la boca para decirle que se fuera a la mierda, pero luego la cerró de golpe. Jungkook se empujó desde el escalón inferior y dio tres pasos antes de dar la vuelta y venir a Jimin con el suficiente impulso como para desencadenarle el instinto de correr. Antes de que pudiera hacer que su cerebro adormecido obedeciera, los labios de Jungkook estaban sobre los suyos nuevamente, besándolo de una manera que hizo que los dedos de sus pies se curvaran dentro de sus zapatillas.


Luego se fue y Jimin se quedó solo, preguntándose si realmente había alucinado todo aquello. ¿Qué carajo estaba pasando?



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