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Tomb Raider: El Cetro de Lilith

By Meldelen

Action / Adventure

Prólogo


Escúchame pequeña, porque voy a contarte una historia. Al principio de los tiempos, los dioses bajaron a la Tierra y se unieron a las hijas de los mortales. De su unión nacieron los primeros Nephilim, la Alta Raza, a la cual tú perteneces. Durante siglos caminaron sobre la Tierra, expulsados del Paraíso por su nacimiento bastardo, y habitaron entre los mortales, transmitiéndoles su sabiduría. Pero los mortales eran caprichosos y volubles y los Benditos se cansaron de ellos y fundaron una ciudad bajo la tierra de Capadocia para vivir, ciudad a la que llamaron Edén.

Durante siglos lucharon por sobrevivir, pues los mortales los tildaron de demonios, y aunque su poder era inmenso, finalmente fueron derrotados por una infame Orden de mortales llamados Lux Veritatis. Estos malditos los persiguieron sin cesar hasta casi acabar con ellos. El último Nephilim, quien llevaba el nombre mortal de Joachim Karel, fue quizás el más preclaro de todos. Ése fue tu padre, niña mía. Con su simiente fecundé mi útero para engendrarte, para que tuviera un sucesor que le vengara y continuara su gran obra. Porque él, que era inmortal de inmortales, fue brutalmente asesinado por el último de los Lux Veritatis, un hombre cruel y repugnante que le asesinó a traición valiéndose de la única arma que podía herirle: el cristal del Orbe. Ese hombre se llamaba Kurtis Trent.

Kurtis Trent. Recuerda bien ese nombre. He pasado noches en vela repitiéndolo en silencio hasta atormentarme y deseando con todas mis fuerzas que los hados le conservaran la vida. Rogando que viviera hasta poder reencontrarme con él... y matarle. Matarle dándole la muerte más lenta y atroz que pueda imaginar, porque me arrebató mi único sentido de vivir, la razón de mi existencia, el único ser que he amado de verdad en este mundo. Pero ya no seré yo quien ejecute la sentencia. Serás tú, angelical criatura, hija del Cielo.

Serás tú, mi pequeña, la que haga caer de rodillas a ese desgraciado, la que le aplaste y humille, la que le haga pagar con su sangre la sangre del Bendito derramada. Y yo contemplaré de lejos mi venganza. Y entonces nadie será más fuerte que nosotras, y nadie podrá hundirnos jamás.

Que ese Kurtis Trent tenga cien mil muertes seguidas, una detrás de otra.

Que yo esté presente en cada una de ellas.

Y sólo entonces se aplacará mi ira, y se habrá hecho justicia.

Pero a Joachim, mi bienamado Joachim... nadie podrá devolvérmelo jamás.


Prólogo

- Eres la más linda de las criaturas.- susurró Giselle Boaz al oído de su hija mientras la peinaba dulcemente.

La niña miró al espejo y éste le devolvió el reflejo del rostro de su madre, lleno de orgullo y emoción. Entonces se miró a sí misma y no vio más que un rostro blanco y pequeño, de intensos ojos y oscuro cabello que le enmarcaba el óvalo de la cara y caía en ondas sobre los hombros diminutos.

Aparentaba ser una niña de siete años, pero apenas hacía dos meses que había venido al mundo. Si hubiera podido convivir con otros niños, se habría percatado de cuán anormal e imposible era su brutal y precipitado crecimiento. Pero su madre la mantenía oculta del mundo como quien oculta un tesoro y en el escaso tiempo de vida que llevaba no conocía otra persona que no fuera ella, Giselle, la de rostro de ángel.

Su desarrollo mental era todavía más acelerado que el corporal y aunque intuía que había más mundo que aquella solitaria finca en la campiña de Argentina y su diáfana madre, también había renunciado a hacer preguntas, ya que éstas no solían recibir respuesta.

- Madre, ¿por qué estamos siempre solas?

- Nos tenemos la una a la otra. No necesitamos a nadie más.

- Pero, ¿y padre?

- Tú no tienes padre mortal. Eres pura como un ángel y te concebí sin mancha.

Apenas entendía lo que aquello significaba. Fingía contentarse con las respuestas que le daba, pero no eran suficientes.

- Qué bella eres, mi niña.- repitió Giselle, sin dejar de acariciarle el cabello.

En sus ojos verdes – verdes como los de su hija, verdes como los de su difunta hermana – había un destello de complacencia. La niña volvió a mirarse, pero no vio nada especial en su diminuto rostro.


Al cabo de tres días, una serie de personas llegaron a la finca. La niña estaba excitada: ¡por fin iba a conocer a alguien!

Por desgracia, todo cuanto sintió fue decepción al encontrarse con un trío de oscuros personajes. Uno era un hombre alto y severo, de mandíbula cuadrada y espeso bigote. El otro individuo era bajito y calvo, y la tercera era una anciana desdentada y horrible, que se cubría el gris cabello con un velo oscuro, tan negro como su vestido.

- ¿Quiénes son? – balbuceó. Giselle la ignoró y dijo:

- Sed bienvenidos. Ésta es mi hija.

Los recién llegados contemplaron con admiración a la diminuta personita, y ésta se dio cuenta que desde que habían entrado ni se habían dignado a dirigir una sola mirada a Giselle.

- Por todo lo sagrado, Boaz – murmuró el hombre calvo -. Ésta vez sí que te has superado.

- Le tiene un aire a tu hermana.- graznó la horrible vieja – Aunque ésta es mucho más bella. Realmente perfecta. ¿Cómo lo has logrado?

- ¡Cállate, Gertrude! – espetó entonces el hombre severo, y girándose hacia Giselle, dijo – Estás loca. Era un experimento demasiado arriesgado. ¿Cómo se te pasa por la cabeza usarte a ti misma para...?

- ¿Y qué queríais que hiciera, Schäffer? Huisteis de Moscú a toda carrera, hatajo de cobardes. Estaba sola y si me hubiera quedado en Europa me habrían encontrado.

¿De qué estaban hablando? La pequeña los miraba atónita. Al captar su mirada, la vieja llamada Gertudre cortó la discusión y dijo:

- Ya basta. Hemos venido a cumplir el ritual. La daga está afilada y el altar dispuesto.

Aquellas palabras no le agradaron en absoluto.


Lo que nunca hubiera sospechado es que su madre pudiera tomar parte en aquello.

Giselle parecía tensa de repente, pero permitió que el hombre al que había llamado Schäffer agarrara a su hija y la llevara a una habitación donde Gertrude estaba acabando de arreglar un altar, cubriéndolo con un terciopelo rojo. Se preguntaba de dónde lo habrían sacado.

Llena de estupor, se dejó llevar hasta el altar. El fornido hombre la levantó y la sentó sobre el altar. Luego la forzó a tumbarse. Estaba demasiado aturdida como para resistirse.

- ¡Madre! – gritó asustada, girándose hacia Giselle, pero ésta no se movió. Estaba lívida y sin fuerzas, y el hombre calvo la sujetaba por un brazo.

Gertrude empezó a recitar una extraña letanía en una lengua que la niña desconocía, pero que inexplicablemente le resultaba familiar. Llevándose la mano al vestido, la anciana abrió la tela y desenvainó una larga y afilada hoja, con una empuñadura trabajada en oro. La niña vio su rostro aterrorizado reflejado en la hoja.

Por fin encontró fuerzas para rebelarse. Dando un grito de horror se debatió, pero Schäffer la sujetaba con fuerza.

- ¡Madre! ¡No dejes que me maten! ¡Van a matarme!

Gertrude se inclinó sobre su cuerpecito mientras su canto se hacía más alto y más fuerte, y pese a los retortijones de la niña, en cuanto finalizó la oración le hundió la hoja en el pecho con un movimiento casi imperceptible.

Un alarido desgarró el aire. Pero no había sido la pequeña quien había gritado, sino Giselle. Todo quedó en suspenso. Schäffer y Gertrude se apartaron del altar en silencio.

La niña apenas había sentido un breve fogonazo de dolor. Se incorporó y sentó sobre el altar, y se arrancó el arma del pecho, arrojándola al suelo. Al hacerlo, un chorro de un líquido blanquecino manó de la herida, pero poco a poco se fue redujendo y ante la mirada embelesada de los demás, la herida se cerró y quedó intacta.

Entretanto Giselle habia recuperado el color. Todos la miraban admirados, pero la pequeña sólo quería gritarles. Quería decirles que eran perversos y reprochar a su madre que no hubiera hecho nada por defenderla.

Pero no pudo porque al instante cayeron de rodillas, emocionados, y musitaron:

- ¡Es cierto! ¡Lo eres! Te reverenciamos, Señora.

- ¿Qué soy? – dijo ella, y dirigió una furiosa mirada a Giselle, que lloraba de emoción - ¡Madre! ¡Odio a esta gente! ¡Diles que se vayan!

Pero Giselle se arrastró de rodillas hasta donde estaba ella, le tomó las manos y, besándoselas con devoción, murmuró:

- ¡Mi pequeña! ¡Eres inmortal! ¿Lo oyes? ¡Inmortal!

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