Meldelen would love your feedback! Got a few minutes to write a review?
Write a Review

Tomb Raider: El Sello Áureo

By Meldelen

Adventure / Action

El sacrificio de Loanna


Las imágenes fluctuaron ante sus ojos y la escena cambió. Esta vez se trataba de una estancia pequeña y oscura. Loanna y el Gran Maestre conversaban. Ella iluminaba la oscuridad con una antorcha.

- La guarnición que hemos enviado a Capadocia ha triunfado.- decía el anciano, que esta vez iba con armadura.- Los Nephilim han sido destruidos.

- Pero, ¿cómo es posible?

- Estaban sumidos en una especie de letargo. Ha sido fácil aniquilarles.

- Entonces tan sólo queda Drakul.- dijo ella, santiguándose para protegerse de la malignidad que le evocaba la sola pronunciación de aquel nombre. El Gran Maestre frunció el ceño.

- Ojalá fuera tan sencillo, hija. Se nos ha escapado uno. Encontramos su nicho vacío. De todas formas, no es ése el asunto que ahora me preocupa.

Se dirigió hacia un cofre que había en un rincón y extrajo un saquillo de terciopelo que contenía un objeto esférico. Era una hermosa esfera de cristal azulado, cubierto de extraños símbolos grabados.

- Lo llamamos El Orbe.- explicó – En realidad, no sabemos muy bien de dónde procede. Nuestra Orden siempre lo ha tenido. Pero hemos descubierto que este cristal es capaz de aniquilar a un Nephilim si lo empuña un miembro de nuestra Orden. Empuñado por otra persona, no tiene efecto alguno sobre estos seres.

Loanna tomó el Orbe con manos temblorosas.

- No temas, hija, no puede romperse.

Y dio un brusco manotazo a la esfera, que resbaló de sus manos y cayó al suelo. Loanna gritó al verla hacerse añicos, pero casi al instante los pedazos se cerraron sobre sí mismos y el Orbe quedó intacto.

- Cógelo, hija.

Ella sacudió la cabeza, aterrada.

- ¡Eso es magia demoníaca!

- No, hija mía. Es el poder de los ángeles. Este cristal ya existía cuando nuestra Orden nació, y seguirá existiendo cuando el último de nuestros hermanos muera. Un material celestial que puede matar a un ser inmortal.

Visto que Loanna seguía reacia a tocar el Orbe, el Gran Maestre lo recogió y lo guardó de nuevo dentro del saquito de terciopelo.

- Le arrebataron al Orbe tres cristales y tallaron con ellos tres puñales, que hemos bautizado como Fragmentos del Orbe. Con ellos, nuestros guerreros han podido dar muerte a los ángeles caídos. Ahora, nuestra lucha se dirige hacia otros caminos. Tenemos que destruir a Drakul, encontrar al Nephilim que logró escapar y... y dar muerte a tu hijo.

- No es mi hijo. – dijo Loanna con frialdad – Es una creación de su padre. Yo no tuve nada que ver.

Él asintió.

- El Orbe es nuestra posesión más preciada. Jamás debe caer en manos del enemigo. Recientemente hemos sabido que ha surgido una secta que da apoyo a los Nephilim. Se hace llamar La Cábala.

Loanna frunció el ceño.

- ¿Judíos?

- No, hija. Algunos son sacerdotes. Otro son médicos. Los guía un individuo llamado Pieter Van Eckhardt, que se hace llamar como apodo El Alquimista Oscuro.

Ella suspiró.

- El Mal prolifera y se abre camino.

De repente, llegó corriendo un caballero. Sudaba a mares.

- ¡Gran Maestre! – jadeó - ¡Vlad Drakul está aquí, en Egipto! ¡Ha usado sus alianzas con los turcos para llegar hasta la Amazona!

La noticia le dio a Loanna una flojera de piernas que la hizo trastabillar. El guerrero la sostuvo antes de que cayera al suelo.

- Bien.- dijo el Gran Maestre.- Pues le plantaremos cara. Ese Nephilim va a saber quiénes somos los Lux Veritatis.

Desenvainó la espada y besó la empuñadura.

- ¡Por ésta que lo va a saber! Reúne a todos nuestros hermanos. Es hora de luchar.


Una vez más, se sintió transportado a un momento y a un lugar diferente. Era esta vez una cámara rectangular, vacía a excepción de un altar de piedra. Loanna entró corriendo. Llevaba los vestidos desgarrados y convertidos en un montón de harapos, y la cabellera suelta. Cerró la puerta y la atrancó. Estaba visiblemente aterrorizada.

- Muertos... –jadeaba- Todos muertos... ¡por mi culpa!

Se giró hacia el altar. Llevaba consigo dos objetos: el Orbe y una daga manchada de sangre. Avanzó a trompicones hacia el ara, ya que el grueso vientre apenas le permitía avanzar, tropezó con los jirones de su falda y cayó de rodillas. Apretó convulsivamente la esfera contra su pecho.

- No dejar que encuentre el Orbe....- murmuró - ¡No dejar que encuentre el Orbe!

Empuñó la daga y encajó la hoja en el borde de una baldosa del suelo. Haciendo palanca, la hizo saltar. Cavó en la tierra y arrojó la esfera dentro del hoyo. Luego lo cubrió y ajustó nuevo la baldosa en su sitio. En ese momento, la puerta vibró con un estruendo atronador. Una voz potente rugió:

- ¡Abre, Loanna! ¡Se acabó este juego!

Era la voz de Vlad Tepes. Loanna se levantó, temblando y sujetando vacilante la daga. A pesar de su estado, se sentía capaz de luchar, pero ¿qué podía hacer una ridícula espada contra un Nephilim? Inspiró profundamente... y de pronto recobró la calma. Dejó de temblar y se encaminó con determinación hacia el altar de piedra. Se colocó de espaldas a él y, sin dejar de mirar hacia la puerta, se clavó la daga en el vientre. Hundió la hoja hasta la empuñadura. Un reguero de sangre saltó hacia delante y salpicó el suelo al tiempo que empapaba sus vestiduras. Ahogó un grito.
Kurtis conocía aquel dolor punzante y abrasador. Lo había sentido en su propio cuerpo, y el recuerdo lo hizo estremecerse. A partir de ese momento, los acontecimientos se precipitaron. Loanna cayó sobre los escalones que conducían al altar. La puerta estalló en pedazos y dos hombres entraron en la sala en el momento en que la mujer, con sus últimas fuerzas, se extraía la espada y la dejaba caer a un lado. Uno de los hombres era Vlad Tepes, que contempló con horror la escena. El otro era el mismísimo Karel, vestido de armadura, con los cabellos sorprendentemente largos, que corrió hacia la desfalleciente Loanna y le levantó la barbilla.

- ¿Qué has hecho, estúpida mortal?

Loanna lo miró con ojos vidriosos y balbuceó:

- Habéis perdido... no tendréis vuestra descendencia... ni tampoco a mí.

Fueron sus últimas palabras. Tras un par de estertores, vomitó un chorro de sangre y se quedó inmóvil, con los ojos fijos en el vacío.

- Muerta.- anunció Karel.- Tanto ella como la criatura.

Y dio una patada al cadáver, haciéndolo rodar por los escalones. Lo último que pudo oír Kurtis antes de perder el contacto fue el alarido desgarrador de Vlad el Empalador, lleno de rabia y frustración.


Lara entró en la sala y lo primero que vio fue a Kurtis sentado a los pies de un sarcófago de marfil.
- Vaya, vaya.- dijo – yo aquí deslomándome y el señor Trent de campo y playa...
Pero se calló al verlo más de cerca. Kurtis jadeaba, como si le faltara el aire, tenía una mano sobre el corazón y con la otra se agarraba a los relieves de la escultura. Daba la impresión de haber corrido centenares de kilómetros y no poder dar ni un paso más.
- ¿Estás bien? – dijo arrodillándose a su lado.
Él la miró y por un instante pareció no reconocerla. Tenía los ojos enrojecidos y la frente perlada de sudor. Luego se pasó la mano por el rostro y murmuró:
- No es nada.
- ¿Seguro?- dijo ella, tendiéndole una mano. Él la cogió y se levantó con su ayuda. Le vino entonces una flojera en las piernas que lo hizo trastabillar, pero logró mantenerse en pie, medio apoyado en el sarcófago, medio en Lara.
- Demasiado tiempo fuera... – seguía murmurando – Debería haber regresado antes...
Lara lo miró, confundida. Tenía una idea de a qué se refería, pero le seguía pareciendo definitivamente extraño.
- ¿Has descubierto algo? – preguntaron los dos a la vez.
- Bueno...-dijo Lara, sonriendo – Nada interesante a aparte de unas endiabladas trampas y un par de esqueletos muy pesados.
Miró hacia el sarcófago.
- Vaya, vaya.- se acercó a examinar el rostro de la yacente.- Es magnífica. Los mejores museos del mundo pagarían cantidades astronómicas por tener esta maravilla. Lástima que no quepa en la mochila.- concluyó con una carcajada.
Kurtis ya se sentía mejor. Dio una vuelta alrededor del sepulcro.
- ¿Alguna otra estancia destacable?
- Bah, sólo una sala vacía con un altar de piedra. – afirmó ella encogiéndose de hombros.
- Llévame allí enseguida.



Sí, aquel lugar era, sin duda. Los mismos escalones, el mismo altar. Viejas manchas de sangre...
Kurtis examinó las baldosas del suelo y se acuclilló ante una. La levantó y empezó a escarbar en la tierra.
Lara le observó en silencio. Él la había puesto ya al corriente de todo... y la verdad, no era una historia muy alentadora. Pero al menos estaban sobre la pista. Al menos ya sabían qué venían a buscar.
- Aquí está – anunció Kurtis, sacando del agujero un viejo saco raído de terciopelo.
Extrajo la hermosa esfera de cristal grabado y se la dio a Lara mientras se limpiaba las manos en los pantalones.
- El Orbe.- dijo ella – La esfera de donde se sacaron los tres Fragmentos...
Y sin previo aviso, la estampó contra la pared. Kurtis dio un respingo.
Apenas los pedazos cayeron al suelo, se acercaron unos a otros y se unieron, dejando de nuevo el Orbe intacto.
- Increíble- murmuró Lara, con los ojos desorbitados – Es cierto... no puede romperse.
- En realidad, lo que no puede es permanecer roto.- dijo él, recogiéndola. Luego, divertido ante la expresión admirada de Lara, añadió – Supongo que los mejores museos del mundo no podrían pagar esta maravilla, ¿verdad, señorita Croft?
Lara negó lentamente con la cabeza.
- No. Desde luego que no.


Habían vuelto a la tumba de Loanna.
- Entonces ella se suicidó para evitar que se la llevaran de nuevo, y con ella murió el nonato. – comentaba Lara – Suena novelesco...
- Karel fue el Nephilim que escapó a la matanza de Capadocia. Se unió a Drakul, pero por algún motivo luego decidiría hacerse pasar por miembro de la Cábala y así poder manipular a Eckhardt a su antojo, sin que éste lo supiera. – apuntó Kurtis – Pero entonces... ¿por qué sobrevivió El Durmiente?
Lara examinaba los símbolos del Orbe.
- No sé... quizá a los de tu Orden se les pasó por alto.
- Eso no. Imposible. Un Lux Veritatis jamás comete errores de ese tipo.
- Oooh.- dijo ella, haciendo una mueca – Hablando del Orbe... si éste no se rompe, entonces los Tres Fragmentos siguen intactos. Lástima, tuve que dejarlos clavados en el cadáver de Eckhardt.
- Debe de tenerlos Karel. – dijo él – En cualquier caso, es ahora el Orbe lo que importa.
Lara seguía examinándolo detenidamente.
- Creo que tengo una idea de lo que puede ser... pero debo estudiarlo más a fondo.
Entonces, una voz temida y odiada resonó en la sala.
- No te tomes tal molestia, preciosa.- dijo Karel – Ya lo haré yo.
Lara y Kurtis se giraron bruscamente. Ella apretó la esfera contra su pecho en un acto instintivo.
Allí, entre dos arcadas, recostado en una columna, estaba Joachim Karel. Los miraba con expresión serena y una sonrisa calmada.
- Dame el Orbe.- dijo.
Lara frunció el ceño.
- No es tuyo. No te pertenece.
Karel ensanchó su sonrisa.
- Curioso que lo diga una ladrona como tú. Una mujerzuela que se ha pasado la vida robando y saqueando por todas partes.
Se separó de la columna y empezó a avanzar lentamente hacia ellos.
- Precisamente es a ti a quien no pertenece el Orbe... ni nada de lo que te has apropiado durante todos estos años. ¿Crees que puedes llegar a donde sea y decir: esto es mío? ¿Crees que puedes llevarte lo que te dé la gana sólo porque tú lo has encontrado? – soltó una carcajada- No, Lara Croft. Puede que lo hayas hecho hasta ahora... pero esta vez se acabó. Esta vez seré yo quien te someta a ti... mi Amazona.
Las últimas palabras sonaron como un latigazo. Lara se estremeció involuntariamente y dio un paso atrás, pero no dejó de mirarlo desafiante.
Kurtis, en cambio, no se movió un ápice. Había estado estudiando silenciosamente a su rival. Giró el rostro hacia Lara e intercambió una rápida mirada con ella.
Ella lo entendió de inmediato. Apretó los labios y dio un salto hacia atrás, volteó por encima del sepulcro y aterrizó al otro lado en sólo una fracción de segundo. Lo mismo tardó en dar media vuelta y salir disparada hacia la puerta.
Pero no llegó demasiado lejos. De repente, la salida se esfumó y se encontró frente a un muro desnudo e impenetrable. Frustrada, se giró y vio que lo mismo había sucedido con las otras salidas. La sala estaba sellada.
- Un buen truco.- comentó Karel – De los primeros que aprende un niño Nephilim.
Luego repitió, implacable.
- Dame el Orbe.
Lara respondió desafiante:
- Tendrás que matarme.
- Desde luego que sí.- corroboró Karel – Pero no hasta que hayas servido a mi propósito.
Dio un paso hacia ella, rodenado el sepulcro, pero Kurtis se interpuso sin pronunciar una sola palabra. La expresión de su rostro era totalmente impenetrable.
- De ti ya me ocuparé... igual que me ocupé de tu padre.- dijo Karel, entrecerrando los ojos – Apártate.
- Pues va a ser que no.- respondió Kurtis con una mueca sardónica. Se llevó la mano al cinturón y acarició el Chirugai.
Karel tensó las mandíbulas, furioso. La maldición que lo compenetraba con su contrincante le impedía fulminarlo, porque así se estaba sentenciando a sí mismo... pero, ¿quién había dicho que era necesario matarlo?
- Muy bien. Tú lo has querido.
Se transformó lentamente, adoptando la auténtica apariencia de un Nephilim. La piel grisácea, surcada de estrías oscuras, los cabellos blancos, los ojos negros con aquella luminosa pupila blanca en el centro. Su cuerpo quedó envuelto por un tenue fulgor verde y se elevó ligeramente por encima del suelo.
Entonces lanzó su ataque.
Kurtis saltó hacia un lado para esquivar el rayo. La energía golpeó el sarcófago y lo hizo vibrar.
Le arrojó de inmediato el Chirugai, pero Karel lo evitó a su vez con un ágil giro en el aire.
Lara empezó a tantear la pared. Había guardado el Orbe en su mochila y ahora buscaba la puerta. Por las palabras de Karel había deducido que la desaparición de la salida era una mera ilusión óptica, y que en realidad la puerta seguía allí... sólo que no podía verla.
Un nuevo rayo de energía cayó cerca de ella. Kurtis la había evitado con suma rapidez y, tras cazar el Chirugai al vuelo, extendió un mano. La fuerza invisible que lo amparaba arrojó a Karel contra una columna y lo hizo resbalar hasta el suelo.
- Maldita sea... – murmuró Lara, toqueteando el muro - ¡Aparece de una vez!
Karel se elevó de nuevo y contraatacó. Esta vez alcanzó a Kurtis y lo derribó en el suelo.
- ¡Eureka! – gritó Lara, y aferró una argolla invisible. Tironeó de ella y empezó a abrir la pared.
De repente, una descarga eléctrica la sacudió de la cabeza a los pies y la estampó contra el piso. El golpe la dejó sin aliento. La voz de Karel siseó en su oído:
- Se acabó el juego, preciosa.
Lara trató de levantarse, pero una nueva descarga la paralizó. Karel le tironeó de la trenza y la obligó a mirarlo. Lara vio reflejado su rostro en las órbitas insondables de aquel ser eterno e inmortal.
De repente, se oyó un silbido. Karel lanzó un aullido de dolor y soltó a Lara, retrocediendo a trompicones. Lara lo miró horrorizada, y vio que de su costado izquierdo sobresalía el Chirugai, clavado a pulso en su carne.
Karel se lo arrancó de un tirón y lo arrojó al suelo. Un borbotón de fluido blanquecino – sangre de Nephilim – manó de la gruesa herida.
Levantó la mirada y vio a Kurtis de rodillas, mirándolo con total espresión de odio. Karel, cegado por la ira y el dolor, le envió un último ataque que lo estrelló contra el sarcófago.
El Nephilim se levantó jadeante. Trastabilló un par de pasos y se agarró el costado sangrante.
- ¡Estás loco, Lux Veritatis! – gorgoteó - ¡Loco!
Y se esfumó en el aire.
Lara corrió hacia Kurtis, que yacía medio desmadejado junto al sepulcro de Loanna. Trató de incorporarlo, pero él rechazó su ayuda y se sentó solo, reclinando la espalda contra el sarcófago.
El impacto contra el marfil le había abierto una profunda brecha en la cabeza y tenía medio rostro empapado de brillante sangre roja.
- Kurtis... – murmuró Lara, tendiendo una mano para apartarle los mechones de cabello.
Él apartó su mano suavemente y reclinó la cabeza sobre el marfil, que se tiñó de rojo con la sangre.
- Déjame disfrutar de este momento de gloria. – suspiró, cerrando los ojos.
Lara lo miró, boquiabierta. Sin duda, el golpe le había afectado al cerebro.
No podía entender que Kurtis acababa de ver cumplido el sueño de todo Lux Veritatis: ver el miedo en los ojos de un Nephilim.

Continue Reading Next Chapter
{{ contest.story_page_sticky_bar_text }} Be the first to recommend this story.

About Us:

Inkitt is the world’s first reader-powered book publisher, offering an online community for talented authors and book lovers. Write captivating stories, read enchanting novels, and we’ll publish the books you love the most based on crowd wisdom.