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Tomb Raider: El Sello Áureo

By Meldelen

Adventure / Action

Sangre en la arena


La despertaron los gritos y los disparos. Saltó del lecho y sacó la omnipresente escopeta debajo del hatillo de ropa que le servía de almohada. Luego decidió que no podía salir en ropa interior y se vistió a la carrera, guardó el Orbe en la mochila y salió de la tienda.

- ¿Qué ocurre?- gritó.

Y entonces lo vio. Varios jeeps que paraban allí mismo. Ciertos de hombres armados que asaltaban el campamento, armados con subfusiles. Y al mando de todos ellos...

- ¡Gunderson!

Lara maldijo una y mil veces no haber matado a ese hombre cuando había tenido la oportunidad.

En el campamento estalló el caos. Los excavadores, aterrados, huyeron hacia el único lugar que les pareció seguro: el baluarte. Los beduinos, que llevaban la guerra en la sangre, empuñaron las armas y con gritos salvajes se lanzaron al encuentro de los invasores. El resultado fue que unos tropezaron con otros y ser formó un tapón de gente aterrorizada y furiosa que chillaba y hacía aspavientos.

- Oh, vaya.- musitó Lara, fastidiada.

Los hombres de Gunderson corrían entre las tiendas. Acorralaban a la gente con sus armas. Los beduinos les plantaban cara, pero el pánico iba en aumento.

Lara se ocultó tras una lona. Esperó y cuando uno de los mercenarios pasó por su lado, saltó sobre él y lo tiró al suelo. Ella y su contrincante rodaron por la arena. Después de un breve forcejeo, Lara lo finiquitó con un certero codazo en la sien.

Se levantó a trompicones y miró a su alrededor. Los mercenarios habían prendido fuego a las tiendas y había varios cadáveres en la arena. De repente, alguien la empujó con fuerza y la arrojó al suelo. El empujón la dejó sin aliento. La metralla llovió a su alrededor.

- ¿Te has vuelto loca? – la voz de Kurtis sonó en su oído - ¿Quieres que te conviertan en el colador más bonito del Sáhara?

Los gritos de guerra de los beduinos resonaban por todas partes. Lara y Kurtis se arrastraron por la arena y se parapetaron tras una duna. Él sacó la Boran X y ajustó la mirilla encima del cañón.

Un mercenario apuntó hacia ellos, pero no le dio tiempo a disparar. Kurtis lo abatió de un tiro. Y a otro. Y a otro.

Lara se incorporó.

- ¿A dónde vas?

- ¡Cúbreme la retaguardia, Kurtis! ¡Tengo que encontrar a Putai!

Saltó hacia delante y echó a correr entre las tiendas. Kurtis soltó una maldición.

Los mercenarios, al verla, se lanzaron hacia ella. Tenían órdenes de capturarla. Pero no legaron a tocarle ni un pelo. Kurtis, rápido y letal, los liquidó uno por uno desde su parapeto.

Así Lara puedo llegar hasta donde Putai, arrodillada tras un jeep, con los labios apretados y aferrando con fuerza su bastón, contemplaba la batalla.

- ¡Lara! – gritó ella - ¿Quiénes son estos hombres? ¿Qué quieren?

- Me buscan a mí.- jadeó Lara – Putai, por favor, debes irte. Tú y tu gente. De inmediato.

La chamán beduina frunció el ceño.

- Mi pueblo jamás ha retrocedido ante el enemigo. Lucharemos.

- ¡No podéis luchar contra ellos! – Lara dio una patada en el suelo – Sus armas son mucho más sofisticadas. ¡Os diezmarán!

Entonces cesaron los tiros. Gunderson había dado una seca orden desde su posición elevada (estaba sobre una duna) y al instante los mercenarios cesaron el fuego. Los beduinos hicieron otro tanto, esperando el diálogo.

El vozarrón de Gunderson se oyó por todo el campamento.

- ¡Nómadas! ¡Trabajadores! No queremos vuestra muerte. Venimos buscando a una mujer llamada Lara Croft. Entregádnosla y no habrá más muertes que lamentar.

- Lo sabía.- masculló Lara en voz baja.

Putai se levantó. Negra como el ébano, era una mujer hermosa, y resplandecía con el orgullo y la dignidad de su raza.

- Acompáñame, Lara.- dijo a su amiga, y se encaminó hacia el jefe de los mercenarios.

Lara la miró y se preguntó si se había vuelto loca. Siguió a regañadientes a la beduina, pero con la escopeta levantada y el dedo en el gatillo.

Putai se detuvo a pocos pasos de Gunderson.

- ¿Quién eres? – le espetó con la cabeza bien alta.

- Marten Gunderson, para servirla, señora.- dijo él burlonamente. Luego miró a Lara- Ya veo que tenéis a esa zorra con vosotros.

Lara disparó. El tiro cayó justo a los pies de Gunderson y lo hizo saltar hacia atrás. Los beduinos soltaron una carcajada y aplaudieron entusiasmados.

Gunderson enrojeció de rabia.

- Es la última vez que me ridiculizas, mujer. Ahora tienes la oportunidad de demostrar tu nobleza, si es que la tienes. Depón el arma y entrégate, y te juro por mi honor de mercenario que nadie más saldrá herido. Mandaré que mis hombres se retiren y dejaré en paz a tu patética compañía de excavadores y a esta panda de mugrientos desharrapados.- señaló con desprecio a Putai – Ahora bien, sigue oponiéndote a mí y no dejaré a nadie con vida en todo este maldito lugar.

- ¿Qué está diciendo? – preguntó Putai. Gunderson se estaba expresando en inglés y ni ella ni ningún beduino lo entendían.

Lara tradujo rápidamente sus palabras. Putai se giró indignada hacia Gunderson y escupió en su dirección.

- ¡Que venga si quiere! ¡Les plantaremos cara!

Lara sacudió la cabeza, agotada. Miró a su alrededor. Los beduinos, expectantes, permanecían inmóviles. Los operarios se habían escondido entre los restos de las tiendas, aterrados. Kurtis estaba cerca, y junto a él, un horrorizado y tembloroso Jean.

Intercambió una mirada desesperada con Kurtis. Él negó lentamente con la cabeza.

Ni se te ocurra entregarte.

Pero eso significaba la masacre. Los viejos revólveres y las desvencijadas metralletas de los nómadas no podían hacer frente a las sofisticadas armas de los mercenarios. Sería un baño de sangre. Ella podía evitarlo. Ella...

- No sé de dónde has salido ni por qué la buscas.- Putai habló entonces en francés para que Gunderson la entendiera. - Pero vas a tener que pasar por encima de nuestros cadáveres.

Y levantando el cayado en alto, poderosa y exultante, Putai lanzó el grito de guerra de los beduinos, un silbido estridente y prolongado que se lograba golpeando la lengua en ambos lados de la boca: el zagharit.

Era la señal. Los beduinos, todos a una, atacaron.


Kurtis giró la cadera y estampó una patada lateral en el estómago de un mercenario. Abatió de un puñetazo de otro. Cazó el Churigai al vuelo (que venía de cortar unas cuantas gargantas) y desenfundó la Boran.

- Son como cucarachas.- gruñó – Cuantos más te cargas, más aparecen de la nada.

Sabía lo competentes e incansables que podían llegar a ser: había sido uno de ellos. Los nuevos mercenarios de Gunderson iban expresamente equipados para el desierto, y como tenían expresas órdenes de no dañarlo, éste se permitió el lujo de ir haciendo escabechina.

La matanza se extendía por toda la zona. Los beduinos peleaban y se defendían con ahínco. Al fin y al cabo, estaba en su terreno. Pero poco podían hacer contra aquellos soldados entrenados y bien armados.

- Van a matarlos a todos.- comentó en voz baja. – No tienen ninguna posibilidad.

Jean, que estaba a su lado, se estremeció. Llevaba un pequeño revólver en la mano, pero antes se hubiera desmayado que atreverse a pegar un solo tiro.

- ¿Dónde está Lara? – dijo Kurtis.

- Hace poco la he visto pog aquí.- contestó el francés.- Está tgatando de pgotegeg a la señogita Putai.

Kurtis disparó en dirección a Jean. La bala le pasó al lado de la cabeza y atravesó la frente de un mercenario que se disponía a apuñalar al egiptólogo por la espalda.

- Estáte atento.- exhortó al aterrado Jean – No puedo estar pendiente de ti.

Dio media vuelta y echó a correr en busca de Lara.

El arqueólogo francés se quedó solo en medio de aquel caos, sujetando la pistola con mano temblorosa.

- ¡Mon Dieu! – se lamentó - ¡Nunca debí dejag El Caigo!


Media hora después, todo había acabado.

En el campamento reinaba el silencio. Un silencio mortal. La arena estaba empapada de sangre y sembrada de cadáveres.

Beduinos. Egipcios. Mercenarios. Muchos cuerpos de diferentes etnias... mezclados en el mismo abrazo final.

En medio de aquel panorama desolador, un hombre se dedicaba a la penosa tarea de examinar los cadáveres. Estaba prácticamente ileso, y también el hombrecillo bajo y gordo que lo seguía.

- Se la han llevado... – repetía una y otra vez Kurtis, con los dientes apretados de rabia - ¡Se la deben de haber llevado!

No había encontrado a Lara por ningún lado. Su angustia y preocupación iban en aumento, y por una vez no se molestó en ocultarlas.

- ¡Miga! ¡Allí! – señaló Jean.

Corrieron hasta el lugar que él había indicado. Putai yacía boca abajo sobre la arena. Kurtis le dio la vuelta suavemente, y vio enseguida que no podía hacer nada por ella. El cuerpo de la chamán estaba ametrallado y ensangrentado.

Ella abrió los ojos. Al toser, un reguero de sangre se le deslizó por la comisura de los labios. Kurtis la sostuvo en sus brazos y la incorporó un poco para que pudiera respirar.

- Cazador de Demonios... – musitó Putai.

- ¿Dónde está Lara? – dijo él.

La beduina entornó los ojos, nublados y vidriosos, y tosió de nuevo.

- Ella trató de defenderme. – balbuceó – Se quedó sin balas y peleó hasta que no pudo más. Yo traté de ayudarla, pero no soy una guerrera. Ese hombre calvo se le acercó por detrás y la golpeó en la cabeza. Se la llevaron. Traté de impedirlo...

Una convulsión la sacudió. El dolor que la torturaba era atroz. Tosió y expulsó un nuevo borbotón de sangre por la boca.

Kurtis, sin dejar de sostenerla, dirigió la mano hacia la Boran. Un tiro, rápido y certero, cortaría de golpe su sufrimiento y le daría una muerte mejor. Lo había hecho a menudo con algún compañero legionario en el frente.

Putai vio su ademán y al parecer entendió lo que se disponía a hacer. Levantó una mano temblorosa y ensangrentada y la puso sobre su hombro.

- No será necesario.- gorgoteó – Voy a reunirme con mis antepasados. Encuentra a Lara... júrame que lo harás... y que destruirás a los que nos han hecho esto.

- Lo haré.- ratificó él- Eso te lo aseguro.

Putai se relajó. Dejó caer la mano al suelo y aferró débilmente un puñado de la arena rojiza de Egipto. Se la llevó a los labios, haciendo un último tributo a la tierra que la había visto nacer, y exhaló su último suspiro. Sus ojos verdes, humedecidos, se quedaron mirando al vacío.

Kurtis la reclinó suavemente en el suelo y le cerró los ojos. Tomando el extremo de su oscuro manto, la cubrió completamente y se levantó.

Jean había contemplado la escena en silencio. El arqueólogo sollozaba quedamente y las lágrimas le corrían por las mejillas.

Por un momento, Kurtis deseó poder hacer lo mismo. Desahogarse. Llorar y aullar de rabia por aquella carnicería inútil. Pero las lágrimas no acudieron a sus ojos. Hacía ya muchos años que se le habían secado... muchos años que convivía con aquella sombra de muerte y destrucción... y había aprendido a soportarla.

Se miró los brazos. Estaban cubiertos de sangre ajena. Echó una última mirada al cadáver de la beduina y se alejó a zancadas mientras decía:

- Vamos. No hay tiempo que perder.

- Pego los cuegpos... – titubeó Jean – están insepultos, y las fiegas del desiegto...

- Son los vivos los que necesitan ayuda.- respondió Kurtis secamente.

Jean siguió a Kurtis a través del desolado páramo, tratando de no pisar ningún cuerpo.

- ¿Qué se supone que vamos a haceg? El Gobiegno...

- Del Gobierno te encargarás tú.- replicó Kurtis – Coge un jeep, vuelve a El Cairo y avisa a las autoridades de lo que ha ocurrido aquí.

El egiptólogo puso cara de espanto.

- ¿Y qué les digo?

Kurtis estaba recogiendo a toda velocidad sus cosas y guardándolas en el equipaje adosado de su moto (que seguía inexplicablemente intacta a pesar de todo lo sucedido).

- Diles que el responsable de todo esto es Marten Gunderson, que se fugó hace poco de una prisión en Rumanía. Diles que él y una secta conocida como la Cábala son también responsables de los crímenes cometidos en París y Praga.

Se montó en la moto y miró a Jean.

- Con la pinta que tienes, no creo que duden de tu palabra.

En efecto, el francés tenía las ropas hechas trizas, el cuerpo rebozado en arena y lleno de rasguños y moratones.

- Ponte en contacto con la policía europea. Diles que El Monstrum no es Lara Croft, sino Joachim Karel. Recuerda este nombre.

Jean asintió, mareado.

- Laga me habló de dos pegsonas... Selma Al-Jaziga y Vladimig Ivanoff. Dijo que ellos sabían la vegdad.

- La saben.- corroboró él- Intenta contactar con ellos. Si cuentas con su testimonio todo te resultará más fácil.

- Buena suegte, Kugtis.

Él hizo un gesto de asentimiento y arrancó en dirección a la carretera. Jean se apropió de uno de los jeeps y, sin mirar atrás, se dirigió hacia El Cairo.


Al llegar a la orilla del Nilo, Kurtis frenó y oteó el paisaje a su alrededor. Sus habilidades de rastreador de poco le habían servido en el desierto, donde la marca de los neumáticos de los jeeps de Gunderson había sido rápidamente borrada por el viento. Se encontraba en un punto muerto.

No muy lejos de la orilla del gran río había una pequeña aldea con una gasolinera al lado. Un pegote occidental en aquella típica estampa egipcia.

Junto a la orilla había un grupo de niños jugando. Se arrojaban el fango del río unos a otros y corrían en medio de una algarabía general de gritos y chillidos.

Uno de ellos se separó del grupo y fue hacia Kurtis.

- ¡Anda! – exclamó - ¡Qué moto más chula!

El hombre estudió al diablillo. No tendría más de diez años, estaba en los huesos e iba vestido con andrajos. Era uno de esos niños de la calle que vivían de robar a los turistas y sabían inglés a base de regatear con ellos.

- ¿Quieres subir?- le dijo.

La criatura abrió unos ojos como platos y asintió excitada. Kurtis bajó de la moto, levantó el cuerpecillo y lo dejó sobre el asiento del vehículo.

No es que le chiflaran los críos, pero la experiencia le había demostrado que si uno sabía cómo tratarlos, podían convertirse en una fuente de información muy valiosa.

Una niña, igualmente sucia y harapienta, se acercó con ademán temeroso.

- ¡Amir! – gritó con voz temblorosa - ¡Ven aquí!

Era evidente que Kurtis le daba miedo. Pero el niño no estaba dispuesto a bajarse tan pronto de la moto.

- ¡Oh, cállate Fadila! – le respondió. Luego le comentó a Kurtis – Es mi hermana mayor y se cree con derecho a mandarme. Es una desconfiada. Antes ha hecho lo mismo con los otros extranjeros que han venido.

- ¿Quiénes? – dijo él, aparentando no darle importancia al asunto.

Fadila lo miró, desconfiada.

- Pasan cientos de extranjeros cada día por aquí.- murmuró - ¿Por qué íbamos a diferenciarlos?

Bravo, pensó Kurtis. Chica lista.

De nuevo fue Amir quien intervino.

- No te hagas la tonta, Fadila. No todos los extranjeros llevan mujeres muertas consigo.

- ¡Amir! – chilló la niña, espantada.

Esto va aclarándose, pensó Kurtis, y añadió:

- ¿Una mujer muerta?

Amir, harto ya de no ser el centro de atención, largó de una tirada:

- Eran cientos de hombres, con varios jeeps. Pararon a repostar en la gasolinera. Yo me metí en uno de los jeeps aprovechando que nadie me veía y encontré a la mujer muerta.

- ¿Conque de te dedicas a robar?

- Sí.- admitió el niño, orgulloso – Soy el mejor de la comarca. Nadie me ha pillado aún.

- Eres un estúpido.- dijo Fadila – Eran hombres malos. Si el calvo ese te llega a pillar...

- ¡Medía como tres metros de altura! – continuó Amir, entusiasmado.

Kurtis intervino de nuevo.

- ¿Y cómo era la mujer?

- Era muy guapa. Tenía el pelo trenzado e iba vestida muy rara, como los exploradores occidentales. Esos hombres malos la tenían atada y amordazada.

- Pues entonces no estaba muerta. - apuntó Fadila, circunspecta – Nadie amordaza a los cadáveres.

- ¿Y tú que sabes? – espetó Amir, molesto - ¡La mujer estaba muerta! Le di una patada en la espinilla y ni parpadeó. ¡Más muerta que una piedra!

- ¿Sabéis hacia dónde han ido? – preguntó Kurtis, abandonando toda discreción.

- Tomó la carretera del Norte.- dijo Fadila.

El hombre asintió con un seco ademán. Se giró, levantó al niño de la moto y luego lo dejó en el suelo.

- Tengo que irme, chicos. Hasta siempre y buena suerte.

Subió de un salto al vehículo, arrancó y se perdió en el camino, dejando una estela de polvo. Amir se quedó un rato callado, recordado el tacto metálico de la moto. Luego se giró hacia su hermana y dijo en tono acusador:

- ¡Eres insoportable! ¡Primero te haces la desconfiada y luego logras que se vaya!

- Ah, cállate.- replicó Fadila - ¿No ves que era su novio?

Amir parpadeó, confuso.

- ¿El de la mujer muerta? ¿Y tú eso de dónde te lo sacas?

La niña entrecerró los ojos.

- Las mujeres entendemos de estas cosas.

- ¡Bah! – gritó el niño, y le arrojó un puñado de barro a los ojos - ¡Las mujeres no sabéis nada!

Se enfrascaron en una nueva batalla de fango.


Lara recobró la conciencia lenta y trabajosamente. Le dolían todos los huesos del cuerpo, y al intentar moverse una punzada le taladró las sienes. La cabeza el daba vueltas sin parar. Trató de aspirar aire, pero se encontró con la boca amordazada con una flexible venda que se le hundía entre los labios sin piedad.

Al intentar abrir los ojos, se encontró con una visión borrosa de imágenes y lucecitas danzantes, por lo que los cerró de nuevo. No oía nada excepto un molesto zumbido en los oídos y algo parecido a las hélices de una avioneta.

Recordó vagamente lo que había sucedido. Estaba tratando de escudar a Putai cunado un grupo de mercenarios los había atacado. Genial momento para quedarse sin un mísero cartucho de escopeta. Tanto ella como Putai habían peleado como leonas (el cayado de la chamán había abierto más de un cráneo), pero al final las habían reducido. Lara podría haber huido con facilidad, pero algo en su interior se rebeló contra la idea de abandonar a la beduina a su suerte. Y entonces aquel codazo brutal en la sien. Y la negrura que vino después.

- ¿Qué tal, señorita Croft?

Aquella voz burlona la hizo abrir los ojos, y a través de la bruma que los empañaba creyó distinguir el rostro de Gunderson. Trató de moverse, pero la habían atado a conciencia, y cada intento de moverse hacía que aquellas ataduras se le clavaran en la carne como cuchillas.

- Vamos a despegar.- le anunció el matón – En pocas horas estaremos en Munich. El Maestro te transmite sus saludos y espera ansiosamente tu llegada. – soltó una carcajada.

Lara cerró los ojos. Le dolían demasiado.

No es que temiera por sí misma. Al menos, no empezaría a temer nada serio hasta que tuviera de nuevo ante sí a aquel monstruo de Karel. Por el momento, de nada servía preocuparse por ello. La habían raptado, golpeado, maniatado y amordazado miles de veces. Aquello no la asustaba.

Sin embargo, debía encontrar algún modo... quizá si fingiera que...

Gunderson se alarmó cuando empezó a toser. Al cabo de unos segundos, parecía que le estaba dando un ataque. Tenía la cara roja y los ojos se le salían de las órbitas.

- ¡Se está asfixiando! – dijo el mercenario que la vigilaba.

- Tonterías.- replicó Gunderson – Puede respirar perfectamente.

Pero Lara seguía tosiendo y emitiendo murmullos ahogados, y el mercenario dijo:

- Se habrá atragantado con los algodones.

Gunderson soltó un gruñido de impaciencia. Su mayor deseo era que aquella maldita mujer se ahogara allí mismo, pero no le convenía en absoluto. Se acercó a ella, le retiró la mordaza de un tirón y le sacó los algodones de la boca.

Todo ocurrió a una velocidad de vértigo. Lara atrapó los dedos índice y corazón de Gunderson con la boca y los aplastó con los molares. Oyó a Gunderson chillar, pero no soltó a su presa y mordió con todas sus fuerzas, cerrando los ojos. Notó cómo los huesos crujían entre sus dientes y casi al instante un brutal impacto en el pómulo casi la dejó inconsciente. Aturdida, soltó la mano de Gunderson y cayó hacia atrás. Por encima del ensordecedor zumbido de sus oídos oyó al matón berrear:

- ¡Grandísima hija de puta!

Abrió los ojos y vio a Gunderson agarrarse la mano ensangrentada con una expresión de furia y dolor. Tenía los dedos torcidos en un ángulo imposible.

Fuera de sí, el matón le atestó una patada en el estómago. Lara se dobló en dos, sin aliento.

Marten Gunderson hubiera destrozado a Lara allí mismo de no ser porque varios mercenarios se abalanzaron sobre él y lo apartaron de ella. El sicario seguía vociferando como un animal:

- ¡Fuera! ¡Quitádmela de en medio! ¡Sacadla de mi vista o la mato! ¡Juro que la matooooooooooooo!

Miles de manos se arrojaron sobre ella, que empezó a morder, a escupir y a patear sin control. Sólo entonces se dio cuenta de lo mucho que le dolían las articulaciones. De lo agotada que estaba. Aquella pugna era inútil. Iba a perder. Iba a...

Un culatazo en la nuca cortó de golpe el hilo de sus alborotados pensamientos.

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