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Tomb Raider: El Sello Áureo

By Meldelen

Adventure / Action

La defensa de Lara


En la autopista de salida de Munich, un camión verde anaranjado cubierto con una lona circulaba a toda velocidad, en medio de un tráfico fluido y abundante.

A poca distancia y con igual rapidez, circulaba una flamante motocicleta, conducida por un hombre de rostro austero. Detrás de él y sujeta a su cintura había una mujer que llamaba la atención como una mancha de sangre en medio de la nieve: tenía inequívocos signos de haber recibido maltratos y vestía un pijama de hospital.

Por desgracia, no había tiempo para reparar en detalles como ésos.

- Acércate cuanto puedas al camión.- gritó ella al oído de Kurtis, para hacerse oír por encima del ruido del tráfico – Acabo de ver una cincha suelta en la lona que hace de techo. Subiré por ella.

- ¿Estás segura de que puedes hacerlo?

- Podré.- Lara apretó los dientes – Tengo que poder.

Afortunadamente, se sentía bastante mejor. El entumecimiento corporal había desaparecido por completo y el martilleante dolor de cabeza por lo menos había remitido un poco. Lo que se disponía a hacer era difícil y arriesgado, y hubiera precisado disponer de plenas facultades, pero tendría que conformarse con lo que había.

Kurtis se colocó al lado del camión, acercándose peligrosamente a las enormes ruedas. Por suerte, el copiloto estaba distraído y no pareció fijarse.

Colgando sobre al lateral del camión había una correa que se había soltado de la la lona que tapaba la parte superior del camión. Lara extendió el brazo y la agarró. Tras comprobar que estaba bien fijada y era segura, se agarró con el otro, saltó de la moto y plantó los pies sobre la superficie del lateral del camión.

Una ráfaga violenta casi la arrancó de allí, pero se aferró con fuerza a la correa. Otro golpe de viento le deshizo por completo la trenza. La larga cabellera cobriza flotó alrededor de su rostro como una nube, lo cual podía parecer muy hermoso pero le suponía una auténtica incomodidad. Acabó de trepar por la correa y se pegó al techo del camión. Al mirar a su alrededor, vio que varios conductores la miraban boquiabiertos. Debían pensar que aquello era una broma.

Arrastrándose con prudente lentitud, buscó el lugar donde la lona se había levantado al soltarse la correa y se introdujo dentro del camión.

Le sorprendió no encontrar a nadie. Había estado mentalizándose de que tendría que pelear, pero sólo había unas cuantas cajas dispersas en la penumbra del compartimento. Las revisó todas a una velocidad de vértigo.

- ¡Eureka! – murmuró, al destapar una. Allí estaba el Orbe, y junto a él un pequeño estuche de cuero con los Fragmentos refinadamente dispuestos.

Como no tenía nada mejor, uso un trapo viejo para envolver la cristalina esfera y los tres puñales. Hizo un hatillo que se anudó a la espalda. Salió de nuevo al exterior e hizo una seña a Kurtis, que se acercó de nuevo al lateral del camión. Ella se deslizó y empezó a descolgarse usando la correa suelta.

Y entonces el copiloto la vio. A través de la masa de cabellos que le revoloteaban frente al rostro, Lara vio cómo sacaba un revólver y apuntaba hacia ella. Se impulsó hacia atrás para esquivar el tiro. Con todo, la bala pasó silbando junto a su hombro.

Kurtis dio un bandazo a la moto y se acercó a la cabina. Antes de que el copiloto pudiera disparar de nuevo, desenfundó la Boran y le apuntó directamente a la cabeza.

El conductor del camión casi perdió el control del vehículo cuando su compañero se desplomó sobre él con un balazo en la frente. Le faltó tiempo para aferrar el walkie-talkie y gritar:

- ¡Señor Gunderson! ¡Nos roban el Orbe!

En aquel momento Lara se dejaba caer de nuevo sobre la moto. Estuvo a punto de perder el equilibrio y caer al duro asfalto, pero logró aferrarse a Kurtis.

- Buen trabajo, Lara.- la felicitó.

- Gra…cias – jadeó ella , secándose el sudor de la frente – No ha sido… nada.

- Oh-oh. Tenemos compañía. Adivina quién.

A través del espejo retrovisor, Lara vio otro coche acercándose a ellos de forma intimidatoria.

- Mi-er-da. – silabeó Lara con patente fastidio – El pelmazo de Gunderson.

Kurtis aceleró y ojeó el retrovisor.

- ¿Es mi imaginación o está sacando un lanzacohetes?

Lara giró la cabeza. A pesar de que su abundante cabellera seguía obstruyéndole la vista, tendría que haber sido ciega para no ver al enorme matón sacando medio cuerpo por la ventanilla del techo del vehículo y cargándose al hombro un pesado cilindro de metal.

- ¡Confirmado! – exclamó - ¡Pero no puede estar tan loco como para disparar un cohete en pleno tráfico a la salida de una capital!

- Créeme, está lo bastante loco.- dijo Kurtis, pisando el acelerador- Agárrate fuerte, señorita Croft. Es hora de hacer el gamberro.

El vehículo de Gunderson se lanzó en persecución. El matón se agarró a los laterales de la ventanilla y empuñó con decisión el lanzacohetes, apretando los dientes al sentir las dolorosas punzadas de los muñones de su mano mutilada.

Era difícil circular por la abarrotada autopista, aún así, Kurtis empezó a sortear los vehículos, adelantando y circulando en zig-zag a una velocidad de vértigo, lo que provocó un aluvión de pitidos, gritos, insultos, juramentos, maldiciones y puños en alto por parte del resto de conductores.

Lara, que aún tenía fuerzas para poner en práctica sus sarcásticos encantos, empezó a enviar besos y saludos a los indignados ciudadanos, dedicándoles su más cautivadora sonrisa.

- Sí, sí. Sonríe, fulana.- gruñó Gunderson – Ahora veremos qué tal bailas.

Y disparó.

- ¡Kurtis! – chilló Lara - ¡Cohete a las seis!

Él dio un bandazo hacia la derecha. El proyectil pasó zumbando junto a ellos e impactó en un autobús, que estalló generando una enorme bola de fuego.

En la autopista se produjo el caos. Frenazos, derrapamientos, colisiones, vuelcos... una reacción en cadena que bloqueó aquel tramo de la autopista y formó un tapón de vehículos desgajados y apretados.

La moto se lanzó hacia el autobús ardiendo. Lara soltó un grito de desesperación y hundió la cara en la espalda de Kurtis. No tenían salida: morir abrasados o morir aplastados entre montones de chatarra. ¿Qué vendría primero?

En aquel momento evocó el rostro del joven Werner, muchos años atrás. Evocó el momento en que estuvo a punto de caer en una trampa de pinchos y él la salvó de eso y de una piedra enorme que estuvo a punto de aplastarla. Recordó su voz sarcástica, un tono que ella había aprendido muy bien.

¿Adónde vas, niña? Un poco de orden. Una forma de morir después de otra, sin amontonarse.

Sólo que aquella vez, como ahora, no murió de ninguna de las dos formas.

De repente, tuvo la sensación de que se elevaban en el aire. Notó un insoportable calor alrededor del cuerpo y, segundos después, un chorro de aire frío.

Abrió los ojos. La moto proseguía su carrera entre el tráfico, pero el accidente había quedado atrás.

- ¿Qué has hecho? – dijo, mirando hacia atrás - ¿Cómo has podido hacer que pasara por encima del fuego?

Kurtis le guiñó un ojo a través del espejo retrovisor.

- De algo me tenía que servir ser Lux Veritatis, ¿no crees?


- ¿Inspector Köhler? Encantado de conocerle. Soy el agente Dupuis, del Departamento de Homicidios de París. Vengo en calidad de representante de la policía francesa.

Köhler se levantó y estrechó la mano al agente. Luego se fijó en su acompañante.

- Éste es el inspector Radetz. Representa a la policía checa.

- Gracias, Dupuis.- dijo el otro – Vengo a oír lo que tenga que decir respecto a este horripilante asunto. Como sabrán, hace apenas un mes que descubrimos auténticos horrores en un lugar clandestino de Praga conocido como el Strahov. Todo parece estar relacionado con los terribles sucesos que ocurrieron en París: los asesinatos de diversas víctimas, entre ellas el renombrado arqueólogo Werner Von Croy. Espero que que haya descubierto algo que merezca la pena constatar.

Sin dignarse a responder, el inspector alemán los guió a través de toda la base cabalística. Sus acompañantes quedaron boquiabiertos y horrorizados al visitar el Laboratorio.

- Esto es horrendo.- afirmó Radetz. – Había algo idéntico en Praga, los que lo construyeron le dieron el nombre de Sanatorio. Creo que estamos tras la pista de una secta antigua conocida como La Cábala.

- Déjemonos de tonterías.- intervino Dupuis – Hemos constatado la presencia de Lara Croft tanto en la base de Praga como en el Louvre. Y no está sola. Parece que la acompaña un varón que aún no hemos identificado. Debemos detener a esa brutal asesina antes de que cometa otra atrocidad.

Köhler carraspeó y dijo:

- Antes de que prosigan con sus conjeturas, permitan que les presente a tres personas que dicen haber visto y hablado con la fugitiva hace pocos días.

Radetz y Dupuis se miraron, sorprendidos, y siguieron apresuradamente al alemán través de los pasillos. Llegaron a una habitación acondicionada como recibidor. Las tres personas estaban allí, y se levantaron a modo de saludo cuando entraron los tres policías.

Iban escoltados por otros agentes, pero ninguno de ellos parecía peligroso. Uno de ellos era un hombrecillo con gafas y aires de superioridad. El otro era un tipo más bien orondo y con la piel tostada por el sol, y el tercero era una muchacha de rasgos islámicos y ojos tristes.

- Así que vosotros habéis colaborado con la sospechosa… - empezó a decir Radetz, pero de inmediato el hombre con gafas lo interrumpió y dijo con descaro:

- Déjese de falsas acusaciones, agente. Soy el profesor Vladimir Ivanoff. Éste es el renombrado egiptólogo Jean Yves y ella es la señorita Selma Al-Jazira, una de las mejores arqueólogas del momento. Hemos venido a hablar en defensa de Lara Croft.

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