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Tomb Raider: El Sello Áureo

By Meldelen

Adventure / Action

El dreamcatcher


En algún lugar de la frontera entre Suiza y Alemania, una pareja de desventurados fugitivos buscaban (sin encontrarlo) el modo de salir de allí sin llamar la atención de las autoridades, más aún cuando Lara continuaba siendo la persona más buscada de toda Europa.

Ningún lugar del continente le valdría para ocultarse de la policía. Y ningún lugar del mundo le valdría para ocultarse de Karel. Era la ocasión ideal para que la Tierra se abriera bajo sus pies y se la tragara. Cosa que no sucedió, por supuesto.

Aquella tarde Kurtis le contó todo lo que había ocurrido desde que Gunderson se la llevara de Egipto. Había intentado eludir el tema, pero finalmente tuvo que revelarle la masacre acaecida. Al conocer la muerte de Putai, Lara se sumió en un doloroso y prolongado mutismo.

El silencio se prolongó durante las siguientes horas de carretera. Al cabo de un rato, exhausta, reclinó la cabeza en la espalda de Kurtis y cerró los ojos.

Sentía una rabia sorda que la devoraba por dentro. Putai, más cara para ella que una hermana, a pesar de las barreras raciales y culturales que las separaban; Putai, que la había salvado de morir lentamente bajo la pirámide… ametrallada bajo el ardiente sol de Egipto. La chamán le había devuelto la vida, y ella le había compensado trayéndole la muerte a ella y a su pueblo. El pueblo que la había acogido cuando no había sabido a dónde ir.

- Lara- jadeó Kurtis – si sigues apretándome así me vas a triturar las costillas.

- Lo siento.- se excusó ella, y aflojó los brazos. Estaba tan absorta en su miseria que no se había percatado de que estaba espachurrándolo.

Kurtis no había intentado darle ninguna palabra de consuelo desde que se enterara de la pérdida. Sabía que las más de las veces uno quería la soledad en aquellos casos. Pero en aquel momento se decidió a intervenir:

- Créeme, Lara, sé lo que es sentirse responsable de la muerte de un ser querido. Pero alguien me enseñó que los muertos no quieren lágrimas ni lamentos, sino que cumplas tus deudas con ellos. Yo le prometí a Putai dos cosas. La primera ya la he cumplido. La segunda será sólo cuestión de tiempo.

Lara asintió. Ya conocía lo que Putai había pedido en los últimos instantes de su vida. Pero no podía evitar sentirse furiosa.

- Putai y su gente han muerto para nada.- dijo con amargura – Al final ese puerco de Gunderson se hizo conmigo. Si me hubiera entregado cuando tuve la oportunidad…

- Gunderson los hubiera matado igual. Lara, una vez fue mi amigo, y trabajé para él durante mucho tiempo. Es un redomado embustero. Luego te habría humillado hasta que lamentaras tu estupidez. Es mejor así. Deja de atormentarte por tu amiga. Ella está en paz, mientras que tú y yo a saber si salimos bien parados de todo este embrollo.

Y añadió enseguida:

- ¿Te había dicho que el Sello Áureo ha cambiado?

Lara despegó la cabeza de la espalda de Kurtis y dijo con tono irritado:

- ¡Pues no! ¿A qué debo el inusitado honor de esta revelación?

- Cambió apenas llegué a Munich.- dijo él, ignorando el sarcasmo de su compañera – Como te veo cansada, te ahorraré el trabajo: el mapa nos señala el valle de Meteora, en Tesalia, provincia de Grecia.

Ella ya estaba haciendo cálculos.

- Meteora… ¡ya lo tengo! Los monasterios de Meteora. Se encuentran a cientos de metros de altura sobre peñascos aislados. Con toda probabilidad, ése es nuestro siguiente destino.

- Pero antes…

Kurtis giró hacia la izquierda y se adentró en lo que parecía ser…

- ¿Un motel de carretera? – dijo Lara, muy poco entusiasmada.

- Lo siento, milady, pero ahora mismo no dispongo de la dirección del Ritz. – dijo él con sorna - Otra vez será.

Ésa fue la primera vez que él la llamó milady. Nunca lo olvidaría.

Lo cierto es que Lara estaba tan fulminada que podría haber dormido sobre una piedra.

- En realidad, cuanto menos tiempo estemos aquí, mejor. Y no vendría mal que te adecentaras un poco.

Lara hizo una mueca y se pasó la mano por la enredada cabellera.

- ¿Tan horrible estoy?

- Bueno... si quieres mi humilde opinión, tú nunca estás horrible. Lo hago más bien para que nadie vaya a pensar mal de mí.

Y ajustó el espejo retrovisor para que se mirara.

Lara casi se asustó de ver su propia cara. Parecía un muerto, y el pómulo inflamado estaba peor que nunca. Si a eso se sumaban sus ropas destrozadas y el pelo enmarañado, Lara tenía el típico aspecto de mujer maltratada.

Las suposiciones de Kurtis fueron acertadas. Lara tuvo que apresurarse a meterse en la ducha, porque los que encontraron en el motel se escandalizaron al verla y empezaron a lanzar miradas envenenadas a Kurtis, convencidos de que era un sinvergüenza que zurraba a su novia.

Una vez limpia, Lara se curó y vendó las muñecas y los tobillos. Luego se extendió una pomada sobre la mejilla amoratada. La verdad, era poco comparado con lo que se había llevado Gunderson. Tras ponerse ropa limpia, salió del baño y se dejó caer cuan larga era sobre la única cama del estrecho cuarto.

Kurtis, silencioso como de costumbre, estaba sentado en el suelo junto a la puerta, afilando las cuchillas del Chirugai como si nada más tuviera que ver con él.

- ¿Vas a quedarte ahí toda la noche? – preguntó Lara, soñolienta.

- Me daría una ducha, pero no estoy seguro de poderlo hacer sin que cierta exploradora me espíe detrás de la puerta.

Lara le sacó la lengua por toda respuesta. A los pocos minutos estaba dormida.

Kurtis permaneció sentado en la oscuridad. Su propósito era permanecer cerca de Lara por si a cierto individuo de raza angélica le daba por aparecer. Pero él mismo estaba tan agotado que no tardó en dormirse.


A la mañana siguiente, Kurtis despertó con la sensación de que le había pisoteado un tractor. Se desperezó, y al notar unas dolorosas punzadas en la espalda, refunfuñó:

- Odio este trabajo. Todo problemas y pocas satisfacciones.

- ¿En serio? – contestó una voz melosa.

Él abrió los ojos. Lara, vestida con tejanos y cazadora, estaba tumbada boca abajo, con los codos apoyados en el colchón y el mentón reclinado en la palma de una mano, mientras que con la otra se retorcía la trenza.

- Buenos días, mi fiel centinela.- dijo con una sonrisa socarrona.

Desde luego, a veces valía la pena despertarse con los huesos molidos si ello iba acompañado de tan encantadora visión.

Lara bajó de nuevo la vista y se concentró en el papel que se traía entre manos. Por supuesto, no había estado ociosa, de nuevo estaba estudiando los símbolos del Orbe. Ella era así: esforzada y constante.

- Debes estar ya aburrida de tanto símbolo.- dijo Kurtis, levantándose y desperezándose de nuevo.

- Nunca. Esto es mi trabajo, y no hay nada más fascinante que un acertijo que no logro resolver. Voy a tener que empezar a descartar símbolos. Rouzic supuso, al igual que yo, que el Orbe es más antiguo que todas las religiones representadas.

- Eso no tiene ningún sentido. ¿Cómo van a aparecer símbolos de religiones a las que les quedaban siglos por nacer?

- Eso es lo que estoy tratando de averiguar. Pero no hay duda de que es anterior a todas esas religiones. Puede que alguien lo esculpiera poco a poco, y fuera añadiendo los símbolos… o puede que los símbolos se añadieran solos. Todo es posible en un artefacto que no se rompe.

De repente, alguien golpeó a la puerta:

- ¡Abrid! – gritó una voz imperiosa.

Ambos se quedaron paralizados. Intercambiaron una mirada alarmada. Un solo pensamiento cruzó sus mentes en aquel momento: los habían encontrado. Habían caído en manos de la policía.

Lara saltó de la cama como impulsada por un resorte. Miró a su alrededor, buscando una vía de escape. La ventana, que por suerte no estaba a mucha altura.

Kurtis le lanzó el cilindro de cartón con los documentos y el fardo con el Orbe y los puñales. Lara se lo cargó todo a la espalda y se agarró al marco de la ventana mientras la puerta empezaba a estremecerse por varios y repetidos golpes.

Saltó en el momento en que se abría.

Al aterrizar en el suelo, Lara miró hacia arriba y gritó:

- ¡Kurtis!

Pero él no respondió. No saltó tras ella.

Oyó que una persona entraba en el cuarto.

- Kaliméra, señor Trent.- dijo la voz desconocida, que hablaba en griego – Llevo mucho tiempo buscándoles.


Kurtis seguía con la pistola enarbolada, apuntando directamente a la cara de aquel individuo que no pareció alterarse lo más mínimo.

No era un policía, eso estaba claro. Era un hombre joven de tez pálida y ojos oscuros. Iba vestido con una túnica y capucha negras que le conferían un rígido aire de austeridad.

- Puede bajar el arma.- dijo el hombre, sin perder la calma – No pienso hacerle el menor daño, ni a usted ni a su escurridiza amiga.

- ¿Quién te dice que puedo entenderte?

- Sabe hablar griego perfectamente, señor Trent. Su padre le enseñó muy bien. Y tuvo oportunidad de demostrarlo cuando se enfrentó a Karolis en el barco.

- ¿Cómo sabes tanto de mí? – replicó Kurtis, hablando ahora en griego.

- Sé muchas cosas de usted. – respondió el otro, y entonces sacó un pequeño objeto del bolsillo y lo balanceó ante sus ojos - ¿Reconoce esto?

Kurtis vio algo que reconoció enseguida, pero cuya presencia allí no acertaba a comprender. Se trataba de un pequeño amuleto indio, de la factura propia de la tribu navaja. Conocía la lisura del aro de madera, los hilos entrelazados y la suavidad de las diminutas plumas que colgaban del amuleto. Conocía cada recoveco de aquel objeto porque lo había acariciado a menudo, hacía muchos años, durante su infancia…


Marie Cornel se apartó la hermosa cabellera negra de los hombros y descolgó de su cuello el pequeño colgante. Luego, lo balanceó traviesamente ante los ojos de su hijo.

- ¿Qué ves, Kurtis?

El niño parpadeó y extendió su mano para rozar las cuentas y las plumas que colgaban del amuleto.

- Veo una tela de araña.

Marie se echó a reír, y su risa era como una fuente cantarina. Dijera lo que dijera, ella siempre reía. Ni la incertidumbre ni la difícil situación en la que se veían obligados a vivir conseguían borrar de su alegre rostro aquella perenne sonrisa.

- Es un amuleto de protección. Un dreamcatcher. Mi pueblo lo colgaba sobre las cunas de sus bebés para que filtraran sus sueños. Así los mantenían protegidos de malos espíritus, porque el dreamcatcher sólo permite el paso de lo que es bueno.

Lo depositó en las manos de su hijo.

- Éste estuvo colgado sobre tu cuna, y antes lo estuvo sobre la mía, y la de tu abuelo. Por desgracia, sólo podrá protegerte mientras seas niño.

- ¿Es cierto que filtra los sueños? – dijo él, colgándoselo del cuello.

La madre volvió a sonreír. Sus alegres ojos negros, tan llenos de vida y contrastes, centellearon como dos estrellas.

- Nada tiene poder por sí mismo, Kurtis. Somos nosotros los que damos poder a las cosas.

- Entonces... ¿para qué necesitamos los amuletos?

- Algún día lo entenderás.


El brazo le cayó a un lado del cuerpo de manera inconsciente. De repente, la Boran le parecía más pesada de lo normal. Estaba confuso, de repente se sentía de nuevo como un niño.

- ¿De dónde lo has sacado? – exigió más que preguntó, con la voz trémula por la emoción.

El hombre seguía balanceando el dreamcatcher.

- Ella nos lo dio. No de buen grado, por supuesto…

- Como le hayáis hecho el menor daño… - murmuró Kurtis con los dientes apretados.

Bien por lo que había sugerido o por lo amenazadoras que sonaron sus palabras, el hombre retrocedió y negó con la cabeza, horrorizado.

- ¡Por Dios, no! No hacemos daño a nadie, va en contra de nuestra fe. Pero ella nos aseguró que si usted lo veía, accedería a confiar en nosotros. Le dolió desprenderse de él, pero claro, era nuestra única garantía.

A Kurtis le zumbaban los oídos. Nada de aquello tenía sentido. Todo era una locura.

- ¡Dámelo! – dijo bruscamente, extendiendo la mano – No es tuyo.

El hombre se lo entregó y luego retrocedió rápidamente, como si temiera que Kurtis le diera un mordisco. Éste se apresuró a guardarlo en un bolsillo del pantalón.

- ¿Confiará ahora en nosotros?

- Eso si sé quiénes sois.

- Los que le salvaron la vida.

- ¿Crees que no me he dado cuenta? Empieza por decirme quién demonios eres tú.

Aquel tipo había irrumpido en el cuarto como un agente policial, pero ya no estaba tan seguro de sí mismo. Tragó saliva y dijo con toda la firmeza que pudo:

- Vengo en calidad de representante de Minos Axiotis, el abad del monasterio de Ayios Stéfanos, en Meteora.


Lara se preguntó qué hacer. Tenía los documentos y los artefactos. Podía huir... pero, ¿sería tan mezquina como para dejar en la estacada a quien había cruzado el mar para encontrarla?

Estaba dudando si volver a entrar en el motel, cuando vio salir a Kurtis seguido de uns silenciosa sombra encapuchada. Lara se acercó con cautela, sin perder de vista al extraño.

- Nos vamos a Grecia.- dijo Kurtis.

- ¿Quién es éste? – dijo ella, señalando descaradamente el monje.

Éste inclinó la cabeza a modo de saludo y dijo sonriendo:

- Soy el hermano Nikos Kavafis. Me ha enviado el abad para conducirles a Meteora.

- ¿Y por qué deberíamos fiarnos de él? – dijo Lara, mirando a Kurtis.

- Luego te lo explico.- susurró él.

Lara se volvió hacia el monje. Puede que Kurtis tuviera sus motivos, pero ella no iba a ser tan fácil de convencer.

- Estamos cerca de la frontera de dos países en el corazón de Europa. Lo tenemos feo para llegar hasta Grecia sin que nos encuentren algunos de nuestros perseguidores, entre los que destacaré la policía o un Nephilim. ¿Te parece poco?

El monje pareció no captar el sarcasmo y dijo asintiendo gravemente:

- En efecto, su situación es insostenible.

- Explícame entonces cómo un monje encapuchado nos va a llevar hasta Grecia sin levantar la menor sospecha.

Nikos no contestó. Empezó a andar silenciosamente, y ellos no tuvieron más remedio que seguirle. Se alejaron un tanto del lugar, y cuando Lara ya estaba pensando en darle unas cuantas sacudidas, señaló hacia delante:

- Con esta banalidad de los tiempos modernos llegaremos hasta Atenas. A partir de ahí, el resto tendrá que ser por carretera.

Lara y Kurtis se miraron estupefactos. Allí, sobre la explanada, había un helicóptero esperando. ¿Qué tipo de orden monástica tenía a su disposición vehículos como aquél?

- No se preocupen.- sonrió Nikos, recuperada su confianza- Todas sus dudas serán satisfechas en su debido momento. El abad Minos está ansioso por conocerles.

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