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Tomb Raider: El Sello Áureo

By Meldelen

Adventure / Action

La Verdadera Opción


- ¡Minos! ¡Minos Axiotis!

El abad salió de su ensoñación. Se hallaba rezando en un pequeño altar consagrado a San Esteban, el patrón del monasterio, que casualmente se encontraba junto a la entrada de la cripta. Vio llegar a Lara corriendo en un revoloteo de faldas. Tenía las mejillas arreboladas y respiraba agitadamente.

- ¿Qué sucede, hija?

- ¡Rápido! – ordenó ella, imperiosa - ¡Abre la cripta!

En ese momento, una figura encapuchada apareció en el claustro. El supuesto monje se echó la capucha atrás y apareció un rostro frío y sereno, un hombre pálido, de cabellos rubios y ojos azules. Minos no lo había visto nunca, pero lo reconoció.

No hizo falta más para alarmarlo. Dando un salto, se abalanzó sobre la cerrada trampilla y la abrió a una velocidad de vértigo.

Karel se elevó ligeramente en el aire y se lanzó hacia ellos. Ahora su rostro había cambiado y se había mostrado tal como era. Vio al rechoncho abad retroceder aterrado, pero lo que realmente lo enfureció fue ver a Lara plantándole cara y retándolo con una mirada desafiante.

- El orgullo te ha vuelto estúpida.- dijo, parándose y quedándose suspendido en el aire – Antes por lo menos tenías el decoro de temerme.

- ¿Qué vas a hacer, Karel? – dijo ella a voz en grito. Extendió el Orbe hacia él - ¿Me vas a impedir bajar a la cripta e invocar el Oráculo?

El Nephilim no contestó. Le arrojó un rayo de energía, que ella esquivó saltando hacia un lado.

- Yo te responderé.- continuó ella, implacable - ¡No puedes impedírmelo! ¡Tu vida depende ahora de mí! ¡Mátame y no tendrás esperanza alguna!

Entre las arcadas del claustro apareció Kurtis, que avanzó lentamente hacia Karel. Éste le vio y se elevó un poco más.

- Definitivamente, la soberbia te corrompe, necia mortal.- dijo rechinando los dientes– No me queda duda de cuál será tu elección. ¿Crees que puedes chantajearme con eso? ¡Nadie amenaza a un Nephilim!

- Dime que opción te queda.- continuó Lara, distrayéndolo mientras Kurtis seguía avanzando con el Chirugai en mano – Nunca volverás a tocarme, puerco. Estoy fuera de tu alcance.

- Puede.- concedió Karel, de nuevo sereno – Pero no llegarás a tiempo. Admítelo, Amazona, has fracasado. Voy a matarle.- dijo mirando de reojo al impasible Kurtis – No podrás hacer nada útil. Yo en tu lugar me quedaría a disfrutar del espectáculo.

Durante un momento, pareció que su amenaza hacía mella. Pero pronto se sobrepuso - ¡nadie engaña a Lara Croft! – y se dejó caer por la trampilla. El abad la siguió y atrancó la trampilla tras él.

Kurtis y Karel se quedaron solos en el claustro. El Nephilim apretó los labios, furioso.

- ¿Y ahora qué? – dijo Kurtis burlonamente – Me da la impresión de que se te han acabado los recursos. Has jugado tu última carta y has perdido.

Karel giró sus blancas pupilas hacia él.

- ¿Qué sentido tiene que nos enfrentemos? ¿Por qué sacrificar tu vida inútilmente? Mi causa no era malvada. Sólo quise la supervivencia de mi gente, que tu Orden aniquiló sin piedad.

Kurtis se estremeció de rabia, como si le hubieran soltado una descarga eléctrica.

- No tienes vergüenza. ¡Tú hablas de supervivencia, tú que ya no sabes ni cuánta gente has matado! Soy mortal, pero no imbécil. Y tú te has vuelto tan cobarde y mentiroso como los mortales con que te has codeado, y a los que tanto desprecias.

- ¿Quieres morir? Adelante - siseó Karel-. Piénsalo bien, porque el que sobreviva sufrirá una lenta agonía hasta apagarse. Quizá sea mejor que te dejes matar. Tu padre fue lo suficientemente idiota como para luchar... eso sólo le reportó más sufrimiento.

Pero Kurtis no respondió. No iba a dejar que su palabrería lo distrajera. Se agazapó y empuñó el Chirugai con una mano y el Fragmento con la otra. De nuevo notó aquellas insoportables punzadas en el hombro. Pero ahora el dolor ya no importaba. Nada importaba. Todo se había acabado para él. Suspiró y aguardó el ataque del Nephilim.

Karel no se hizo esperar.


La Amazona corría por los oscuros y húmedos túneles plagados de calaveras sonrientes, mientras Minos, antorcha en mano, trataba de seguirla.

Pero no pudo hacerlo, porque Lara corrió como nunca había corrido. Corrió todavía más deprisa que cuando su vida estaba en peligro. Corrió hasta que los pulmones le estallaron y el Orbe en sus manos se hizo más pesado que una roca. Pero ni siquiera entonces se detuvo.

Vamos, niña. La voz de Werner, desde las brumas de un recuerdo lejano, resonó en su mente. Demuéstrale al mundo de qué pasta estás hecha.

Las faldas del hábito se le enredaban en las piernas. ¿Por qué aquel maldito corredor nunca se acababa? Una bifurcación, y otra, y otra... ¡condenado laberinto!

Y de repente, el Oráculo apareció ante sus ojos.

Lara frenó de golpe y se apoyó en la pared, jadeando pesadamente. Le dolían las piernas y tenía las ropas pegadas al cuerpo del sudor.

- ¡Minos! – bramó -¡Necesito luz!

El pobre abad llegó tras ella, resoplando como un buey, y cayó de rodillas. No estaba en su forma ni tenía edad para aquellos trotes.

Lara avanzó hacia el altar y colocó el Orbe en el hueco. Luego retrocedió un par de pasos y empezó a escribir los símbolos restantes en el polvo que cubría los escalones, mientras los iba citando uno por uno...

- Uranos…Gea…Aphrodite…Poseidon…Helios…

Minos la observó en silencio, sujetando la antorcha con manos temblorosas. Se sentía inclinado a protestar: ¿cómo un Oráculo celestial iba a aceptar un símbolo que representaba a dioses paganos? Con todo, decidió no interrumpirla.

Lara se levantó de nuevo y fijó su vista en el fresco. El ángel la observaba implacable, con el gesto de bendecir al mundo. A un lado y a otro, el Alfa y la Omega, símbolos del principio y el fin de todo.

Se adelantó y colocó ambas manos sobre el Orbe. De repente, la esfera empezó a emitir una luz azulada. El abad reprimió un grito. Al mismo tiempo, el Alfa y la Omega del fresco empezaron a resplandecer a su vez.

- ¡Ángeles! – gritó Lara entonces - ¡Oíd mi voz! ¡La Amazona os llama!


Los monjes huían en desbandada. Unos corrían hacia el elevador y se amontonaban intentando salvarse. Otros bajaban por la pared, y los más fanáticos y desesperados se arrojaban al vacío, perdiéndose en las profundidades del valle.

Sólo unos pocos, entre ellos Nikos, se quedaron. La razón de la huida era que una salvaje batalla estaba teniendo lugar en el claustro. Pero no podían acercarse. Una amplia barrera luminosa rodeaba el lugar y los repelía ni se aproximaban demasiado.

A través de la nebulosa, Nikos apenas si distinguió dos figuras que se ensañaban la una con la otra. Una despedía un profundo resplandor anaranjado, como si de una llama ardiendo se tratara. La otra emanaba una luz verde intensa, y parecía flotar en el aire como un frío iceberg. Los contrastes luminosos eran tan violentos que resultaba imposible distinguir nada más. Fuera de aquel campo luminoso no llegaba ningún sonido, aunque la energía que despedía vibraba en el aire.

- ¿Hay algo que podamos hacer?- dijo un monje, arrebatado de furia ante la presencia del Mal en aquel monasterio.

- Sólo una.- suspiró Nikos – Rezar.


Una luz áurea se derramó por la sala circular. Minos se postró de rodillas, temblando de emoción. Lara permaneció firme, sujetando el Orbe.

Nos has llamado, Amazona.

Estas palabras sonaron en la mente de Lara. Sólo ella las oyó. Miró a su alrededor, pero nada vio salvo aquella luz etérea.

Hace miles de años hicimos un juramento, y hemos acudido a cumplirlo.

No era una voz sola. Parecía que miles, millones de voces hablaran al mismo tiempo, pausada y rítmicamente. Voces masculinas y femeninas, voces infantiles, jóvenes, adultas y ancianas. Voces sobrenaturales que la rodeaban.

- ¿Qué jurasteis? – dijo Lara, curiosa a pesar de la urgencia de la situación.

Juramos reparar el error que cometimos al permitir que nuestros hermanos bajaran a la Tierra y engendraran a los semi-ángeles: los que servían al Bien, los Lux Veritatis, los que servían al Mal, los Nephilim. Una mujer los engendró, una mujer los destruirá. Dinos la Verdadera Opción, Amazona, y la elección será tuya.

Aquella voz múltiple calló y aguardó una respuesta. Lara titubeó. Estaba prácticamente segura de qué debía decir, pero la magnanimidad de aquella presencia la turbó. ¿Y si se equivocaba?

Apresúrate, mujer. Para nosotros nada significa el tiempo, pero para ellos el tiempo se acaba. Dinos a quién adoraron primero los mortales, a qué divinidad consagraron su primer altar. Traza el símbolo con tu sangre para que podamos leerlo.

Lara inspiró profundamente. Tomando el Fragmento del Orbe, se hizo un corte en la mano y se tiñó los dedos de rojo. Luego trazó lentamente el símbolo sobre el altar, mezclando su sangre con el polvo.

- Ésta es la Verdadera Opción.- dijo Lara, y su voz resonó firme y segura en la penumbra de la Cripta.- ¡Gea! ¡Gaia! ¡Geb! ¡Tierra! La Madre de todos los mortales. La primera diosa a la que adoraron. La Tierra. Ella fue la primera, antes de que nacieran las divinidades masculinas, las divinidades celestiales. Antes que todas las religiones, ella fue la venerada.

El símbolo quedó grabado. Una circunferencia partida en cuatro sectores. El símbolo más antiguo del planeta. La Tierra. El origen de todas las religiones.

Durante un momento, el mundo pareció contener el aliento. Entonces, la voz múltiple habló de nuevo.

Ésa es la Verdadera Opción.


Karel se desplomó en el suelo. La herida del costado se le había reabierto, sin tener en cuenta las múltiples heridas que surcaban su cuerpo. Ya no tenía fuerzas para volar.

La nebulosa aislante se disolvió a su alrededor. Vio a varios monjes contemplando horrorizados la escena. Que disfrutaran mientras pudieran.

Una ola de energía lo golpeó y lo mandó contra la pared, junto a una ventana que daba al vacío.

Tiene fuerza el Lux Veritatis. Estúpido, no sabe lo que le aguarda.

Se levantó a trompicones, justo para ver cómo Kurtis se acercaba lentamente, con el puñal en ristre. Él también estaba herido (tenía diversas quemaduras provocadas por los rayos de Karel) pero parecía dispuesto a aguantar hasta el final.

Gorgoteando por la sangre que le llenaba la boca, Karel dijo:

- ¡Idiota! Morirás lentamente y de mala manera. ¿Quieres matarme? ¡Adelante! Yo acabaré enseguida mientras que tú aún tendrás mucho que soportar.

Se relamió y escupió a un lado. Kurtis se arrojó sobre él y lo acorraló sobre el alféizar de la ventana.

- Esto es por mi padre.- dijo con los dientes apretados – Por Lara y por Loanna. Por todos los que has asesinado, tú y tu Cábala. Púdrete en el infierno, demonio.

El Nephilim le sujetó el brazo para retener el puñal, pero estaba resbaladizo por la sangre y se le escapó. La hoja se hundió en el corazón. Karel soltó un alarido de rabia y derrota y, con sus últimas fuerzas, le agarró el cuello con ambas manos y tiró de él mientras caía hacia atrás.


Has triunfado, Amazona. Haz tu elección.

Lara no lo pensó dos veces.

- ¡Elijo a Kurtis Trent! – gritó - ¡Elijo la Luz! ¡Elijo la Verdad! Una vida por una vida. Al igual que él, quiero la venganza para los que han muerto por culpa de los Nephilim.

La voz múltiple calló por unos segundos, y luego afirmó con solemnidad.

Una vida por una vida. La venganza para los inocentes. Sea como tú dices.

La luz áurea danzó violentamente en torno del altar y Lara se sintió absorbida y transportada. Vaciló, perdió pie… y se desplomó inconsciente a los pies del ara.

La luz centelleó y se apagó. Minos, tembloroso y boquiabierto, contempló a aquella mujer extraordinaria y se santiguó.

De nuevo reinaba el silencio en la cripta. El silencio y la oscuridad.

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