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Tomb Raider: El Sello Áureo

By Meldelen

Adventure / Action

La carta de Werner


Un canto fúnebre llenaba el aire. Era lo único que se escuchaba en el monasterio, mientras los primeros centelleos del alba despuntaban en el horizonte.

Kyrie eleison...

Xristos eleison...

Kyrie eleison…

Lara salió por la trampilla. Esta vez era Minos quien la ayudaba a caminar, porque aún estaba mareada por la experiencia mística. Al ver al grupo de monjes arrodillados en el centro del claustro, cuyas paredes y plantas estaban carbonizadas como si hubiera habido un incendio, frunció el ceño.

- ¿Qué estáis haciendo?

- Rezamos el oficio de los muertos. – explicó Nikos, levantándose – Hemos perdido al guerrero Lux Veritatis.

Minos soltó un grito de consternación.

- ¡No puede ser! ¡El ritual se cumplió! La señorita Croft…

- ¿Qué ha ocurrido? – interrumpió ella con voz autoritaria.

Nikos la miró, dubitativo.

- Él dio muerte al Nephilim. Le hundió el puñal en el corazón. Pero ese demonio aprovechó sus últimos estertores para arrastrarlo consigo.- señaló hacia la ventana, aún con salpicaduras de sangre albina – Ambos cayeron al vacío.

Lara dio media vuelta y se alejó a grandes trancos.

- ¿Adónde vas? – dijo Minos.

- A buscarle.

Los monjes se miraron.

- ¡Se ha vuelto loca! – dijo uno - ¡Nadie sobrevive a esa caída!

- Él puede hacerlo.- insistió Lara con voz fría y serena.

Nikos y el abad fueron tras ella.

- Hija mía.- le dijo Minos dulcemente – Compréndelo. No llegaste a tiempo. Todo lo que has hecho ha sido muy noble y muy valiente, pero es mejor dejar reposar a los muertos.

Lara se giró bruscamente y clavó sus ojos en él. Minos retrocedió, intimidado. La mujer estaba tranquila, sosegada, iluminada. Algo le dijo al abad que tenía razón, que no estaba loca después de todo.

- Tanto si os gusta como si no, voy a buscarle.- dijo Lara con determinación – Si está muerto le enterraré. Nadie está obligado a seguirme.

Y se alejó rápidamente, en dirección a la salida. Allí se despojó del hábito (llevaba debajo sus ropas de exploradora) y empezó a descender por la roca.

Nadie intentó detenerla.


Le pareció que el descenso duraba horas, pero al final llegó al fondo de la sima. Allí, entre agudas piedras, encontró el cadáver de Karel, destrozado por el impacto. La empuñadura del Fragmento aún sobresalía de su pecho.

Y allí, a su lado, yacía Kurtis. Intacto.

Lara se inclinó sobre él. Extendió una mano temblorosa y comprobó su pulso.

Respiraba. Estaba vivo.

Soltando un suspiro de alivio, Lara se sentó sobre sus talones. Luego se fijó en que una quemadura le había deshecho el tatuaje del hombro. El símbolo de Lux Veritatis estaba distorsionado. Le apartó el cabello de la frente y le acarició el pómulo. Luego bajó la mano y recorrió su cuello, para acabar deslizando su mano por un brazo sucio de una mezcla de sangre roja y blanca.

- No es ético abusar de un herido.- oyó que decía una voz.

Lara retiró bruscamente la mano. Kurtis había abierto los ojos y sonreía con aquella mueca cínica tan suya.

- ¿Estás bien?

Él se sentó y estiró la espalda.

- Sobreviviré. Eso sí, tengo que pedir un aumento. Me he superado a mí mismo. Veinte metros de altura… papá estaría orgulloso de mí.- concluyó con socarronería.

- ¿Cómo lo has hecho?

- Se llama suspensión mental. Caes a toda velocidad en el vacío, y debes convencer en pocos segundos a tu mente de que tu cuerpo no pesa, de que no va a estrellarse contra el suelo. Es algo muy difícil de lograr, y desde luego no esperaba conseguirlo.

- ¿Entonces realmente puedes volar?

- Ya quisiera yo. Sólo he frenado la velocidad de caída.

Miró a un lado y observó en silencio los despojos de Karel. Luego volvió a mirar a Lara.

- Lo has conseguido.- murmuró, lleno de admiración y respeto.

- Claro que lo he conseguido.- dijo ella con orgullo - ¿Es que aún lo dudabas?

- Nunca he albergado la menor duda, milady.- respondió, y esta vez fue él quien acercó su rostro al de ella y la besó. Lara le echó los brazos al cuello y se abandonó al beso.

Unas voces irritantes, molestas, se oyeron en lo alto.

- ¡No vayas a tragártela, hombre!

- Si persistís en comportaros así, más vale que abandonéis este valle sagrado.

Lara miró hacia arriba y dijo:

- Propongo meter a todos los monjes dentro de la red y dejarlos colgados.

- Estoy de acuerdo.- corroboró Kurtis, antes de atraerla de nuevo hacia él.


Abandonaron el monasterio a los dos días, apenas Kurtis se repuso de las quemaduras. Lara dejó allí el Orbe, sobre el altar del Oráculo. Si aquella prodigiosa esfera pertenecía a algún lugar, sin duda era a aquél. Sólo Nikos y Minos salieron a despedirles, para gran alivio de ambos. El abad abrazó con fuerza a los dos y los bendijo.

Ambos monjes observaron en silencio cómo descendían por la roca, lenta y pacientemente.

- ¿Cree que les volveremos ver, patéras?- dijo Nikos, con los brazos cruzados dentro de las mangas.

- No lo creo. Yo desde luego no. Pero me alegro de haberles conocido. Deben ser con mucho las dos personas más extraordinarias que hay en este mundo.

Nikos guardó un rato de silencio, al cabo del cual dijo:

- ¿Cómo cree que logró el guerrero Lux Veritatis sobrevivir a la caída?

El abad sonrió, y al cabo de unos segundos le respondió con una cita del Evangelio de Mateo, tomado de los Salmos:

A sus ángeles le encomendó y en sus palmas le llevarán

para evitar que su pie tropiece con piedra alguna.


El inspector Köhler corrió hacia el edificio, acalorado. No hacía ni cinco minutos que le habían comunicado que la sospechosa acababa de entregarse pacíficamente a la policía.

Le encontró sentada y rodeada de agentes. Ella, empero, parecía serena y segura de sí misma.

- ¿Señorita Croft?

- La misma.- respondió ella con una sonrisa encantadora – Perdone si no le estrecho la mano.

En su voz captó una fina ironía. Tenía las manos esposadas.

- Bien, señorita.- le dijo el inspector – Supongo que sabrá que está usted metida en un buen lío. Más vale que se busque un buen abogado, porque se le acusa de crímenes y atrocidades de todo tipo y su continua actitud fugitiva no contribuye a poner la razón de su bando.

- Lo sé.- dijo ella – Pero tenía asuntos que resolver mucho más importantes que este asunto.

Kohler le miró, estupefacto. Tiene huevos la chica. ¿Se estará burlando de mí?

- Compórtese. Se está enfrentando a una larga pena de prisión. Si estuviera en Estados Unidos hubiera ido de cabeza a la silla eléctrica. Le esperan largos meses de juicios, y mientras duren permanecerá arrestada.

Cualquier mujer se hubiera derrumbado o hubiera estallado en sollozos al oír aquello. Pero Lara se limitó a suspirar y dijo:

Cuando antes arreglemos esto, mejor. Adelante, inspector. Estoy en sus manos.


Tal y como había afirmado el inspector alemán, los juicios duraron meses. Era la primera vez que alguien tan célebre como Lara Croft se enfrentaba a acusaciones tan graves, y la opinión pública se disparó. Como siempre, había desde quienes la juzgaban culpable y digna de cadena perpetua hasta quienes creían que había caído en una trampa.

Si aquel largo proceso resultó un calvario, ella no lo dejó traslucir en su rostro. Se mantuvo siempre serena y segura de lo que decía. Los hechos estaban aparentemente en su contra, pero contó con el apoyo de testimonios como el de Jean, el de Selma y el de Ivanoff, y sobretodo el de Kurtis, una vez que él se libró de su papel de sospechoso y colaborador.

Finalmente, y en contra de todo pronóstico, Lara fue absuelta. Se demostró que los asesinatos y las fechorías habían sido cometidos por una secta llamada La Cábala. Se probó su inocencia y la liberaron. No se dijo nada acerca de Lux Veritatis o razas de ángeles caídos. Todo quedó en desvaríos místicos de unos supuestos científicos de aspiraciones neonazis.

El día en que salió del tribunal, radiante y rodeada de sus amigos, Lara vio a Winston esperándola a los pies de la escalinata. Sorprendida, corrió hacia él.

- ¡Qué raro que hayas venido tan lejos! – le dijo , abrazándolo con afecto.

- Sí, señorita.- suspiró él. Se notaba que los largos meses de encierro de su ahijada también le habían afectado, pues estaba más pálido y envejecido – He venido para recogerla y llevarla a casa de una vez. Y también para entregarle esto. Llegó un día después de que partiera hacia Turquía.

Y le dio un sobre de correo. Lara lo observó, paralizada. Era la letra de Werner, y el matasellos indicaba que había sido enviada el mismo día en que ella había acudido a París para hablar con él.

Rápidamente lo abrió y extrajo una carta. Todos los que la rodeaban – Selma, Ivanoff, Jean, Winston – se apretujaron para tratar de leerla con ella. Sólo Kurtis permaneció aparte, reclinado en su querida moto, esperando en silencio.

"Querida niña:

Supongo que te preguntarás por qué te llamo así, después de tantos años. Por qué ahora que te he llamado y te has resistido a venir todo lo que has podido, hasta que a regañadientes has aceptado venir a París, te escribo esta carta. La respuesta quizá es que ya estoy viejo y me arrepiento de todos los errores que he cometido. Quizá es que no voy a tener el valor de decirte esto a la cara.

Lara, mi mejor alumna, mi esforzada aprendiza. Desde el primer día en que te vi, sentada en tu pupitre y mirándome con esos ojos avasalladores, supe que la vida te deparaba mucho. Hice cuanto pude por convertirte en una buena arqueóloga, en una gran exploradora. Lo que no esperaba era que te convirtieras en la mejor arqueóloga, en una exploradora insuperable. Quizá por ello te traté con orgullo y condescendencia. No era más que un envidioso que pecaba mucho de soberbia. El accidente de Camboya, que me dejó lisiado de la pierna, me demostró que mi orgullo había sido desmesurado. Pero ni siquiera entonces abrí los ojos. Furioso, te eché la culpa a ti, que habías salido huyendo cuando el Iris se cerró sobre mí.

De maestro y alumna nos convertimos en acérrimos enemigos. Pero de nuevo en Egipto me demostraste que el orgullo me había corrompido y me había convertido en un ser execrable. Y cuando la pirámide se desplomó sobre ti, supe que me habías dado una gran lección. Por ello empleé todo mi tiempo, mi dinero y mis esfuerzos en rescatarte.

Lara, escúchame ahora, porque sé que no lo harás en cuanto me veas. Yo no te abandoné. Jamás te hubiera abandonado. Me obligaron a marcharme. El Gobierno estimó que la conservación de la pirámide era más valiosa que tu vida, y me retiraron el permiso de excavación. Me forzaron a dejarte sepultada viva. Me forzaron a darte por muerta.

En cuanto supe que estabas viva, que los beduinos te habían rescatado, intenté contactar contigo. Pero ay, niña, has heredado mi orgullo y terquedad, y no has querido escucharme. Estás furiosa y nunca perdonarás. Es lo justo: en Camboya te viste obligada a huir para salvar la vida, y yo entonces creí que me habías abandonado. Los papeles se intercambian.

Un gran peligro pesa sobre mi cabeza. Temo por mi vida. Espero ansiosamente tu llegada. Intentaré hablar contigo, pero ya sé que no querrás escuchar las balbuceantes excusas de un viejo lisiado. Al menos, te quedará esta carta.

De tu mentor, que al fin se siente orgulloso de ti.

Werner."

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