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Tomb Raider: El Sello Áureo

By Meldelen

Adventure / Action

El tapiz


Lara y Kurtis, enfundados en ajustadas ropas negras, efectuaron su plan en silencio, pues era vital evitar cualquier tipo de escándalo. Habían estudiado durante el día los sistemas de seguridad del castillo, que eran ridículos: las puertas estaban protegidas mediante dispositivos de alarma, pero las ventanas no, porque, ¿quién iba a poder colarse por aberturas tan altas y estrechas?
Pues Lara Croft.
Ella se deslizó con sigilo a la parte trasera del castillo, a los pies del acantilado. Oculta entre la frondosa vegetación, sacó una pistola garfio y disparó hacia el tejado de la torre. La cuerda quedó fijada y colgando hasta el suelo.
Lara se agarró y empezó a escalar el acantilado, hasta llegar a la base de la torre. Allí examinó las ventanas que estaban a su alcance y eligió la que le pareció más ancha. Se colocó ante ella e, impulsándose, la pateó con fuerza. Pero las trancas estaban bien cerradas. Había que cargárselas.
Se balanceó varias veces para coger impulso, y por último se lanzó contra la ventana con todas sus fuerzas. La madera envejecida cedió a sus patadas y se rompió, al tiempo que soltaba la cuerda y caía dentro de la estancia, afortunadamente, sobre un mullido sofá del siglo XVIII que amortiguó el impacto.
Se levantó, retiró la cuerda y bajó las escaleras. Le llevó escasos minutos desconectar las alarmas (viva la tecnología de alta montaña), y abrió la puerta a Kurtis.
- ¿Ese estruendo lo has armado tú?- le dijo- ¿Qué has roto esta vez?
Antes de que Lara pudiera replicar, de repente, una figura surgió de la oscuridad y se encaró hacia ellos. Era el profesor Ivanoff, que esgrimía una ridícula navaja suiza.
- ¡Lo sabía!- gritó triunfante- ¡Ladrones y terroristas! ¡No os llevaréis nada de aquí!
Lara y Kurtis se quedaron mirando fijamente la pequeña hoja... y entonces Ivanoff cayó en la cuenta de que Kurtis tenía una pistola bajo el brazo... por no hablar de las dos pistolas enfundadas en las caderas, el machete en el muslo y la metralladora colgada del hombro que llevaba Lara.
No importa, se animó el profesor, yo cuento con el factor sorpresa.
Pero algo iba mal. No es que parecieran muy sorprendidos. De hecho, Lara desvió de nuevo su atención a Kurtis y le dijo:
- Pásame la linterna. Ya sabes, yo voy a estudiar el tapiz y tú exploras las galerías que hay bajo el patio...
- ¿Estáis ignorándome?- chilló el profesor, furioso.
Lara miró de nuevo al erudito y sonrió con paciencia:
- Profesor, deje de hacer aspavimentos con esa peladora de frutas o se hará daño.
La sonrisa burlona de Kurtis ya fue demasiado. Fuera de sus casillas, Ivanoff empezó a dar varias estocadas desordenadas hacia delante:
- ¡Ya está bien! ¡Atrás! ¡Atrás! ¡Tengo una arma blanca y no dudaré en usarla!
- Perdona...- dijo Kurtis- ¿Cómo has dicho? ¿Una arma blanca?
El hombre se plantó ante el profesor y, llevándose la mano al cinturón con deliberada lentitud, sacó un extraño disco de metal, que puso a la altura de sus ojos. Como por arte del diablo, de aquel disco surgieron cinco cuchillas afiladas que se abrieron con un chasquido, una de las cuales se detuvo a escasos centímetros de la nariz del profesor.
- Esto es un arma blanca.- espetó Kurtis.
A Ivanoff se le cayó la navaja de la mano.
- Basta ya.- suspiró Lara, exasperada – Nos está haciendo perder el tiempo. Deshazte de él.
El profesor soltó un alarido de terror cuando Kurtis lo asió por el cuello de la camisa y lo arrastró por el pasillo, hasta un viejo armario. Lo abrió de golpe y arrojó al hombrecillo dentro haciendo caso omiso de sus protestas.
- Y como te oiga armar el menor escándalo- le dijo señalándolo con el Chirugai- vendré a hacerte una demostración con esto.
Cerró de un portazo y giró la llave. Luego la tiró por la ventana. Ya podía intentar salir.



Cuando se reunió de nuevo con Lara, ésta había desplegado un mapa del castillo en el suelo, y lo observaba a la luz de la linterna.
- Ya está.- dijo Kurtis- Ése no molestará de momento.
Lara sonrió mientras plegaba el mapa.
- Te has pasado un poco, pobre hombre.
- Bah, si no le he hecho nada.
Se separaron y fue cada uno por su camino, perdiéndose en la oscuridad.


El patio interior estaba iluminado por la tenue luz de la luna. Tal y como Kurtis esperaba, el pozo estaba sellado, pero no tuvo problema en hacer saltar la cerradura de un disparo y apartar la tapa de madera de un empujón. Se metió en la abertura y descendió lentamente a la oscuridad, aferrándose a las anillas de hierro que hacían las veces de escalera en aquel pozo seco.
Al fondo, pisó un suelo húmedo y fangoso. Encendió la linterna y avanzó medio encorvado por el estrecho túnel. Como los pasadizos se bifurcaban a menudo, Kurtis se guió por la lógica de escoger siempre el lado izquierdo, ya que los Nephilim siempre se habían guíado por ese criterio y el conde Drakul no era una expcepción.
El pasillo acabó bruscamente en una puerta de madera podrida por la humedad. Con un solo empujón se soltó de sus goznes y cayó al suelo.
Estaba en una cámara de tortura.
La celda era estrecha y desprendía un horrible hedor. Había diversos instrumentos, igual de podridos, entre los que Kurtis reconoció el potro, la rueda de cuchillas y la strappade.
¿Por qué Vlad Tepes, que siempre se había enorgullecido de mostrar su sadismo en público, había aparejado un sitio así en aquel recóndito escondrijo?
Entonces, de repente, Kurtis tuvo un pálpito. Miró a su alrededor, y sintió que la cámara quería hablarle y revelarle los terribles hechos que allí habían tenido lugar.
Se sentó en el suelo fangoso, adoptó la posición del loto y apoyó las manos en las rodillas. Inspiró profundamente y agachó la cabeza.
Lo que iba a hacer era peligroso, y lo sabía. Su mente podía extraviarse y convertirse en un cuerpo vacío, sin voluntad. Pero era ese don el que lo había convertido en Lux Veritatis. Demasiado tiempo se había negado a asumirlo.
Cerró los ojos, y envió a su mente más allá del cuerpo, propulsándola siglos atrás, retrocediendo en el tiempo...


Al cabo de un momento, Lara se encontró ante el magnífico tapiz. Lo cierto es que era una belleza, pero lo que representaba era cruel, y le provocaba repulsión.
La Amazona, con las ropas destrozadas, tenía la cara desfigurada en una expresión de rabia e impotencia, mientras el Nephilim (con el rostro de Vlad Tepes) la asía por la cabellera. En un rincón, el Lux Veritatis, derrotado, estaba de rodillas y con la cabeza gacha. Sin embargo, en su atavío de caballero resplandecía una luz misteriosa.
Como si estuviera vencido, pero no acabado.
Sobre las cabezas de los personajes, junto a un reloj de arena y una guadaña, había una insripción en latín. A Lara ya le había soprendido la primera vez, pues no había esperado ver la lengua de Lux Veritatis en un tapiz hecho para glorificación de los Nephilim. La frase rezaba:

OMNIA VULNERANT, ULTIMA NECAT

Lara la conocía. Era un célebre y antiguo refrán muy usado entre los romanos. Se traducía por “Todas hieren, la última mata” refiriéndose a las horas de existencia de una persona... era una visión muy pesimista de la vida.
Aquella frase tenía poco que ver con el tema representado, pero Lara estaba segura de que había algo más. Se acercó al tapiz (saltando el cordón de terciopelo) y acarició la excelente manufactura.
¿Y si hubiera algo dentro del tapiz?
Tanteó los bordes. Era una gran pieza cuadrada, con un grosor considerable. Perfectamente se podía ocultar algo en la madera que servía de soporte.
Lara sacó el machete, dispuesta a hacer un corte lateral y examinar el interior.
Una voz conocida la detuvo.
- Tenga cuidado, señorita Croft.- dijo Gunderson – Ese tapiz tiene más de quinientos años.

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