Peaches

Summary

Jungkook es un prisionero problemático que sin querer se enamora de su profesor Park Jimin, aquel niño que un día salvo hacía años atras. Sabía que su amor estaba prohibido pero era mucho más fuerte que cualquier cosa. Adaptación de una libra de carne, hecha sin fines de lucro

Genre:
Romance
Author:
Alexandra
Status:
Ongoing
Chapters:
2
Rating:
n/a
Age Rating:
16+

Chapter 1

Prólogo





El apresurado sonido de sus pasos sobre la acera armonizaba con el frenético latido de su corazón. Su padre le sujetaba la mano con tanta fuerza que casi le hacía daño. Sus piernecitas de niño de nueve años se afanaban para seguirle el ritmo. Más que caminar, corría, y tropezaba de vez en cuando. Nunca había visto a su padre con la mandíbula tan apretada, y sus ojos, que solían mirarle brillantes y despreocupados, estaban tan oscuros y tormentosos como el cielo que se cernía sobre sus cabezas. Le vinieron unas ganas absurdas de echarse a llorar.

Un sonido a su espalda hizo que se volviera a mirar. De una callejuela salieron furtivamente cinco hombres encapuchados. A pesar de que iban con la cabeza agachada, no tuvieron dificultad en seguir el paso de su padre. Los estaban acechando como animales salvajes.

Tal vez su padre pronunciase algunas palabras para tranquilizarle, para calmar el miedo que le erizaba el vello, pero no las oyó porque algo duro y muy rápido lo alcanzó en la espalda, haciendo que cayera de bruces en la acera, arrastrándolo en su caída. Desorientado, con las rodillas ardiendo por el roce del hormigón, alzó la cara y vio que un bate de béisbol golpeaba dos veces la espalda de su padre, haciendo un nauseabundo ruido seco.



No vio de dónde vino la mano que lo abofeteó con fuerza. Mientras caía dando vueltas a la calzada, vio las estrellas y oyó los gritos furiosos de su padre. Este se puso en pie, tambaleándose, y se lanzó contra uno de los atacantes. Jimin vio horrorizado cómo se vengaban dándole puñetazos, patadas y golpes con el bate.

Por encima de la cacofonía de gritos exigiendo que les diera la Jungkooka y de la barricada de cuerpos que lo rodeaban, le llegaron los gritos de su padre pidiéndole que se fuera de allí corriendo. Le rogó y le suplicó que se marchara, pero el estaba paralizado y no podía moverse. ¿Cómo podía pedirle algo así? ¡Tenía que ayudarlo, tenía que salvarlo! Las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. Un grito brutal le desgarró la garganta.

Su padre soltó un gruñido agónico cuando otro puñetazo lo alcanzó en la sien. Jimin trató de acercarse mientras él caía de rodillas al suelo, pero alguien la agarró del brazo y lo arrastró en dirección contraria. Soltó un gemido aliviado, creyendo que era un policía o un agente de seguridad de su padre, pero era alguien no mucho más alto ni mayor que él, vestido con una sudadera con capucha, negra y sucia.

Gritó con fuerza cuando él trató de apartarlo de donde estaban dándole la paliza a su padre. Lo golpeó con los puños y le gritó que lo soltaro, pero él lo hizo callar siseando con fuerza bajo la capucha. ¿Acaso aquel chico no se daba cuenta de que su padre lo necesario, de que probablemente moriría si no lo ayudaba? Él siguió tirando de él hasta llegar a la puerta de un edificio abandonado, a unas dos calles de donde un terrible sonido de disparos resonó en la noche.



Jimin llamó a su padre a gritos, se soltó bruscamente y echó a correr en dirección a los asaltantes. Sin embargo, no avanzó demasiado, porque unas manos fuertes lo empujaron, haciéndolo caer al suelo, y lo mantuvieron clavado a la acera. Él siguió gritando bajo el cuerpo de su rescatador, resistiéndose con todas sus fuerzas, pero pronto el agotamiento hizo que los músculos le pesaran de manera insoportable y sus gritos se convirtieron en sollozos entrecortados que rebotaban contra el frío suelo que tenía bajo la frente.

El peso que lo mantenía clavado al suelo desapareció y unas manos la levantaron y volvieron a meterlo en el portal congelado. Jimin se dejó caer contra él y gimió de dolor. Necesitaba volver con su padre. Tenía que asegurar de que estaba bien. Pero cuando el chico le rodeó los hombros con un brazo y le puso una mano helada en la mejilla, acabó de derribar sus defensas y él se apretó un poco más contra su rescatador desconocido.


No sabía cuánto tiempo estuvo así; tal vez horas. Probablemente se durmió, porque lo siguiente que recordaba era que un hombre con barba la llevaba en brazos hacia una ambulancia. Abrió los ojos hinchados por las lágrimas y vio a un grupo de policías y paramédicos rodeados por un mar de luces intermitentes rojas y azules.



Las expresiones de sus caras, que lo atormentarían durante el resto de su vida, le dijeron que su padre no lo arroparía cuando se acostara esa noche.


Ni ninguna otra noche.





Capítulo 1





Jeon Jungkook, recluso de la institución penitenciaria Arthur Kill, dirigió una sonrisa socarrona al guardia de prisiones que llevaba diez minutos pidiéndole su número de preso. Decir que el comportamiento insolente y la expresión divertida de Jungkook estaban poniendo nervioso al guardia calvo y con sobrepeso era quedarse muy corto. El tipo casi sacaba espuma por la boca.



Era viernes y pasaban cinco minutos de la hora de salida del guardia. Razón de más para comportarse como un cabrón.

El hombre se pasó la mano por la nuca rechoncha con impaciencia y lo miró entornando sus ojos cansados.


—Escucha —le advirtió en un tono de voz amenazador, que sin duda era tan eficaz como un cuchillo en el cuello para otros reclusos—, es muy sencillo. Tú me dices el número, yo lo anoto en el formulario que tengo que completar para el psicólogo y me voy a mi casa.

Jungkook alzó una ceja, desafiante, y se quedó mirando a aquel tipo asqueroso.


Sin prestarle atención, el guardia se echó hacia atrás en la silla giratoria y siguió hablando.


—Si no me das el número, mi mujer se cabreará. Y entonces yo tendré que explicarle que un pringado me ha hecho esperar. Entonces se enfadará aún más y me gritará que los desgraciados como tú estáis aquí a pan y cuchillo gracias a nuestros impuestos. —Se echó hacia delante y agregó—: Así que, por última vez: el número.



Jungkook miró con indiferencia la mano del guardia, que había empezado a apretar la porra que llevaba colgada del cinturón, y soltó el aire en un suspiro largo y aburrido. Si hubiera sido otro día, no le habría importado que el capullo lo intentara. Habría recibido la paliza con una sonrisa en los labios. Pero ese día no estaba de humor.


—Cero ocho uno cero cinco seis —respondió indiferente, aunque no pudo resistirse a guiñarle un ojo al final.


El guardia frunció el cejo con rabia y anotó el número en el formulario. Luego se desplazó sin levantarse de la silla y se lo entregó a una joven auxiliar administrativa rubia. El gordo de mierda era demasiado perezoso hasta para levantar el culo y dar seis pasos.

Jungkook esperó mientras la rubita tecleaba el número que llevaba siendo su sobrenombre durante los últimos diecinueve meses. Sabía lo que apareceía cuando se abriera su historial: robo de coches, posesión de armas peligrosas, posesión de drogas, alteración del orden público por ir borracho ..., entre otras cosas. Contrariamente a lo que se creía por ahí, Jungkook no estaba orgulloso de esa lista de delitos y faltas que ocupaba dos pantallas llenas. Sin embargo, le daba una identidad propia, algo que había estado buscando a ciegas durante sus veintisiete años de vida. De hecho, seguía buscándola y, hasta que no la encontrara, esa lista era lo único que tenía.


Al carajo.

Se pasó la mano por el pelo rapado. Estaba harto de pensar en ello.

El sonido de alguien rasgando el papel que salía de la vieja impresora lo devolvió a la realidad.

—Bien, señor Jungkook ofrece el guardia, suspirando—, parece que va a quedarse con nosotros diecisiete meses más. Es lo que pasa cuando te pescan con cocaína.


—No era mía —replicó él sin emoción.

El guardia le dirigió una mirada de falsa compasión antes de echarse a reír.


—Qué pena.

Jungkook no respondió. No valía la pena. Si no metía la pata, obtendría la libertad condicional en semanas. Con brusquedad, le arrebató el formulario de la mano.

Acompañado por otro guardia de aspecto severo, Jungkook recorrió el pasillo largo y estrecho que llevaba hasta una puerta blanca, que abrió de una palmada. La habitación que había al otro lado era claustrofóbica y desnuda; olía a confesiones. A pesar de las muchas horas que había pasado en ese lugar dejado de la mano de Dios, todavía se ponía nervioso. El corazón le latía desbocado y le sudaban las palmas de las manos.

Con la espalda muy recta y los hombros agarrotados, se dirigió hacia la barata mesa de madera donde una especie de orangután sonrió al verlo aparecer.



—Kook —lo saludó Kim Seokjin, el psicólogo de la institución—. Me alegro de verte. Siéntate, por favor.


Jungkook se metió las manos en los bolsillos del mono carcelario y se dejó caer con desgana en la silla. Jin era la única persona que lo llamaba por su nombre de pila.

Todos los demás lo llamaban Jungkook. Pero él insistía. Decía que era una buena manera de empezar a construir una relación basada en la confianza.

Jungkook opinaba que aquello era una chorrada.



—¿Tienes un pitillo? —Preguntó, mirando despectivamente al guardia que lo vigilaba desde la otra punta de la habitación.



—Claro. —Jin tiró la cajetilla de Camel y las cerillas sobre la mesa.

Los dedos largos y pálidos de Jungkook forcejearon con el envoltorio. Llevaba dos días sin dar ni una calada, estaba desesperado. Tras dos cerillas rotas y varias maldiciones, pudo inhalar el denso y delicioso humo. Cerró los ojos, contuvo el aliento y, por un instante, se sintió en paz con el mundo.



—¿Mejor? —Preguntó Jin con una astuta sonrisa. Soltando el humo en su dirección, Jungkook asintió.


Se sintió impresionado al ver que Jin resistía el impulso de apartarse el humo de la cara. Ambos sabían que eso sólo serviría para que Jungkook lo repitiera con más ganas. Este se aferraba a cualquier signo de debilidad o de irritación con la tenacidad de un terrier.


Al parecer, se trataba de un mecanismo de defensa. Lo discutido durante una de sus primeras sesiones. Jungkook lo tenía tan bien integrado en su conducta que los demás lo percibían como una persona fuerte, dominante y —casi todos los reclusos y miembros del personal de Arthur Kill estarían de acuerdo— intimidante de la hostia.



Jin sacó del maletín un expediente de más de quince centímetros de grosor, lo abrió y hojeó los numerosos informes de expertos, jueces y testigos que, a lo largo de los años, describían al recluso como una amenaza para la sociedad, un tipo de carácter fuerte y un individuo inteligente que carecía de la confianza suficiente para canalizar ese don de manera correcta.


Ya, pues vale.



Jungkook estaba harto de oír que tenía mucho potencial. Sí, era inteligente, y también leal hasta la muerte con la gente que le importaba, pero no recordaba haber encontrado en toda su vida un lugar donde encajara. Siempre se había dejado arrastrar por la corriente. Nunca se sintió bienvenido ni cómodo en ninguna parte durante mucho tiempo. Además tenía que lidiar con los tarados de su familia y con sus amigos, que montaban un número cada cinco minutos.

Al menos, mientras estaba encerrado las cosas eran más sencillas. Los problemas de la vida cotidiana eran como leyendas urbanas que contaban los que venían de visita de vez en cuando. Aunque la verdad era que solo tenía visitas.

Jin llegó a la última página del expediente y escribió la fecha en la parte de arriba de una página en blanco. Luego apretó el botón de grabar de la pequeña grabadora que había entre los dos.

—Sesión sesenta y cuatro. Jeon Jungkook, recluso número cero ocho uno cero cinco seis oferta Jin en tono monótono—. ¿Cómo estás hoy?


—Chachi —respondió él, apagando el cigarrillo y encendiendo otro.


—Bien. - Jin escribió algo en la hoja de papel—. Bueno, ayer fui a una reunión. Hablamos sobre la posibilidad de que asistieras a un par de clases aquí, en la institución. —Jungkook puso los ojos en blanco, pero Jin lo pasó por alto—. Sé lo que opinas, pero es importante que hagas cosas que supongan un reto mientras estés aquí dentro.



Jungkook echó la cabeza hacia atrás y se quedó mirando el techo. ¿Un reto? Todo en la cárcel era un jodido reto. Era un auténtico desafío pasar un día entero sin partirle la cara a alguno de los gilipollas que había por allí.



—Hay unas cuantas opciones —siguió diciendo Jin—. Literatura inglesa, Filosofía, Sociología. Le dije al señor Min ya los especialistas en educación, que, aunque había tenido problemas con algunos de tus tutores en el pasado, ya no eras el chaval de diecisiete años que dejó los estudios a medias, ¿verdad?

Jungkook lo miró con escepticismo.

Jin juntó las manos y apoyó la barbilla en la punta de los dedos.



—¿Qué te gustaría estudiar ?.



—Me da igual. —Jungkook se encogió de hombros—. Sólo quiero que me dejen en paz, joder.



—Es uno de los requisitos para poder conseguir la condicional. Tienes que demostrar que estás progresando en tu rehabilitación. Y si para lograrlo tienes que asistir a un par de clases, pues les sigues la corriente.

Jungkook sabía que tenía razón y eso lo sacaba de quicio. Desde los quince años se lo he estado pasando de mano en mano: de un abogado a un supervisor de la condicional, de un terapeuta a otro, y vuelta a empezar. A ninguno de ellos le importaba si hacía algo de provecho con su vida. Aunque Jungkook no tenía ni puñetera idea de lo que significaba «de provecho».

Sin embargo, tras diecinueve meses encerrado en Kill, empezaba a pensar que la idea de pasar el resto de su vida entre rejas no era tan atractiva como le había parecido en un principio.

Como adolescente descarriado y arrogante que era, le había gustado que lo admiraran por su reputación. Pero la excitación del momento ya se había desvanecido.

Ya tenía muy vistos los tribunales, los calabozos y las cárceles. Se estaba hartando del sistema penitenciario en general. Si no hacía algo para remediarlo, se iba a encontrar con treinta y tantos preguntándose qué coño había hecho con su vida.

Jin se aclaró la garganta.



—¿Has tenido alguna visita últimamente?



—Paul vino la semana pasada. Yoongi vendrá el lunes que viene.



—Kook— Jin se quitó las gafas y suspiró—, tienes que ir con cuidado. La compañía de Yoongi no te conviene. Furioso, Jungkook dio una palmada en la mesa.



—¿Quién coño te crees que eres para decirme eso?

Jungkook sabía que Jin consideraba a Min Yoongi una especie de plaga capaz de contagiar a todos los que lo rodeaban con sus problemas con las drogas, su larguísimo historial criminal y su capacidad para hacer que sus amigos se metieran en líos. La presencia de Jungkook en Kill era una prueba de que tenía razón, pero le debía a Yoongi un favor muy grande. Su estancia en la cárcel era simplemente su manera de pagárselo y no se arrepentía. Volvería a hacerlo sin dudar.



—Nadie. - Jin lo tranquilizó—. No tengo ningún derecho a hablarte así, ya lo sé, pero…


—Pues me alegro de que lo reconozcas —lo interrumpió Jungkook—, porque no sabes por lo que ha tenido que pasar en su vida. Por lo que sigue pasando. No tienes ni idea.

Dio una profunda calada al cigarrillo, observando a Jin por encima de la brasa encendida.



—Sé que es tu mejor amigo —comentó éste tras unos momentos de silencio tenso.


-Si. —Jungkook asintió secamente—. Lo es.

Y por lo que le ha contado los que estado ido a visitarlo, Yoongi lo necesita más que nunca.




******




Incluso cuando dormía, el mundo que rodeaba a Park Jimin era tan sombrío y opresivo que impregnaba sus sueños, llenándolos de miedo. Con sus manos menudas retorcía las sábanas con desesperación. Apretaba la mandíbula y cerraba los ojos con fuerza, mientras echaba la cabeza hacia atrás, hundiéndola entre las almohadas. Tenía la espalda muy tensa y los pies se le movían, ya que soñaba que estaba corriendo, aterrorizado, por un oscuro callejón.


Un sollozo salió de su boca, atrapada como estaba en un pase de diapositivas infinito de la noche que había cambiado su vida, hacía ya casi dieciséis años.



—Por favor —gimió en la oscuridad.

Pero nadie acudió a salvarlo de los cinco hombres sin rostro que lo perseguían. De un salto, se sentó en la cama, gritando, sudado y sin aliento. Miró alrededor en la oscuridad y, al darse cuenta de que se encontró en su habitación, cerró los ojos y se cubrió la cara con las manos. Respiró por la garganta dolorida y se secó las lágrimas, tratando de calmarse inspirando hondo y soltando el aire con lentitud.


Llevaba dos semanas despertándose de la misma manera y el dolor que sintió cada vez que abría los ojos le resultaba muy familiar. Negó con la cabeza, exhausta.

El médico le había dicho que no dejara las pastillas para dormir de golpe; que fuera bajando la dosis gradualmente. Jimin no le había hecho caso, decidido a dormir una noche entera sin ayuda de medicamentos. Pero al parecer su decisión no había servido de nada. Dio un puñetazo a la cama, frustrado, y luego encendió la lámpara de la mesita de noche. Ni siquiera la luz sirvió para conjurar el miedo y la impotencia que las pesadillas le provocaban.

Con un suspiro de rendición, se levantó y se dirigió al baño. Al encender la luz, entornó los ojos, deslumbrado. Se miró al espejo con el cejo fruncido. Joder, parecía que tuviera más de veinticuatro años. Se la veía demacrado, con los ojos verdes apagados y sin vida. Se resiguió con un dedo la línea de las ojeras y luego se pasó la mano por el pelo. En vez de su voluminosa mata de pelo castaño rojizo, el cabello le caía seco y sin volumen sobre sus oidos.



Su madre le había dicho que había perdido peso, pero el no le había hecho caso. Su madre siempre tenía algo que decir.

Jimin no estaba en absoluto esquelético —siempre había sido un hombre menudo—, pero últimamente los vaqueros de la talla cuarenta empezado a bailarle.

Abrió el armarito del baño y sacó el bote de pastillas para dormir. Deseaba que llegara el día en que no las necesitara. Tampoco es que durmiera como un tronco cuando las tomaba, pero al menos el dolor que nunca lo abandonaba se amortiguaba un poco. Se tomó dos cápsulas azules y volvió a la cama caminando sin hacer ruido sobre el suelo de madera.

Jimin había descubierto hacía ya muchos años que no existía un sueño lo bastante profundo como para permitirle escapar de sus pesadillas. Éstas estaban muy arraigadas; formaban parte de su esencia y nunca se libraría de ellas. Sabía que no existía ninguna pastilla ni ninguna terapia que pudiera borrar la oscuridad y el dolor que la atenazaban. Y ese dolor la había convertido en un hombre temperamental y muy decidido. Ocultarse detrás de una lengua afilada para disimular el miedo y la desesperación había resultado ser una manera muy eficaz de mantener alejada a la gente.


Volvió a apoyar la cabeza en las almohadas de plumas. ¿Mejorarían las cosas alguna vez?

No lo sabía. Trató de centrarse en que pronto llegaría un nuevo amanecer y eso supondría un nuevo día; cada vez un poco más alejado del pasado.






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