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Wicket

Summary

Jikook. Fluff

Genre:
Romance
Author:
AYiyi
Status:
Complete
Chapters:
17
Rating:
5.0 2 reviews
Age Rating:
18+

1

Al necesitar un cambio de panorama, Jeon Jungkook se muda de Daegu a Busan para comenzar un nuevo trabajo.

La hermosa arena blanca, el océano de color aguamarina, el cielo azul y la brisa de verano son todo lo que anhela. Lo que encuentra es un perro cubierto de barro, perdido y hambriento, con una placa y un número de teléfono.

Park Jimin está atrapado en Jeju en una conferencia de trabajo de una semana de duración cuando recibe una llamada de su madre angustiada. Su perro, su bebé peludo,Wicket, se ha escapado. Incapaz de irse y sintiéndose indefenso y miserable, recibe un mensaje de texto de un hombre.

“Creo que encontré a tu perro...”

Jimin y Jungkook comienzan a hablar, y Jungkook acepta cuidar a Wicket hasta que Jimin pueda recogerlo.

Con unos pocos días libres, antes de que comience su nuevo trabajo, Jungkook lleva a Wicket a aventuras costeras y le envía fotos a Jimin de su diversión, y así el comienzo de algo nuevo y maravilloso inicia.

Puede que Jungkook se haya trasladado a Busan en busca de una nueva vida, pero lo que encuentra es mucho más. Lo que pueda conservar podría necesitar algo de ayuda de cuatro patas.

***

Adaptación sin fines de lucro


Jeon Jungkook

Mudarse de Daegu a Busan no fue exactamente una dificultad. Quiero decir, en Busan estaba Haeundae Beach, lo que significaba playas tropicales, brisas cálidas y tipos surfistas sexys para comerse con los ojos. Y eso era mientras estaba en el trabajo.

Esperaba que mis días libres fueran muy parecidos.

Rompí con mi novio, Yoongi, hace seis meses. Fue una separación amistosa; habíamos sido los mejores amigos desde siempre y nos habíamos zambullido en el territorio de los novios, y en algún momento de nuestros dos años juntos, nuestra chispa se había convertido en nada más que un cálido y amistoso resplandor.

Y él seguía siendo mi amigo, pero ahora había un vacío donde alguna vez había estado nuestra relación. Tenía un picor que no podía alcanzar. Pero no fue solo Yoongi. Fue todo.

A los veinticuatro años, nuestro círculo de amigos se centraba en las carreras, y nuestras vidas sociales se habían reducido a conseguir reunirnos una o dos veces al mes.

Todos estábamos sobrecargados de trabajo y mal pagados, demasiado cansados o sin dinero para salir a tomar algo, todo mientras intentamos ahorrar cada centavo que ganábamos con poca o ninguna esperanza de entrar al mercado inmobiliario.

Había bromas sobre los Millennials y las tostadas de aguacate, pero les digo. Esa mierda es real.

Mi trabajo en la recepción del Stamford Plaza en Daegu era muy bueno, no me malinterpretes. Pero, en la ciudad, no era suficiente para seguir adelante. Me encantaba mi trabajo y, bajo la supervisión de Ludo, había sido un curso intensivo de excelencia y de los más altos estándares.

Ludo era un belga de mediana edad con un bigote estilo Dalí y ojos de águila que, por razones que no podía explicar, me habían tomado cariño. Tal vez fue porque era un buen profesional; tal vez vio algo en mí. Tal vez fue porque éramos los únicos dos hombres gays en la recepción.

Cualquiera que fuera la razón, estaba agradecido.

Me había enseñado bien. Tan bien, de hecho, que superé a mis compañeros de trabajo para aterrizar en la administración. Ludo había dicho que mi comportamiento y etiqueta les recordaban a esas películas de la época victoriana, y yo, como un cortesano, trataba a todos los huéspedes del hotel como si fueran de la realeza. No de una manera sórdida como otros hacían, sino de una manera genuina. Y era esa integridad honesta, dijo, la que me llevaría lejos.

Y tuvo razón. Me llevó al Busan Emporium, un complejo de cinco estrellas en Haeundae Beach.

Mi nuevo trabajo era el siguiente paso para mí, y fue la recomendación profesional de Ludo la que selló mi solicitud. La verdad era que, si él no se deshacía de mí, yo era, con toda probabilidad, el próximo en la fila para su trabajo.

Así que, cuando solicité una promoción en otro lugar, él hizo lo que cualquier persona egoísta y protectora de su trabajo haría. Me recomendó para el empleo, no para mi beneficio, sino para el suyo. No lo culpé ni un poco.

Porque pronto descubrí dónde estaba ese picor.

Tenía picazón en los pies.

Y no estoy hablando de una gran infección de hongos en el pie. Era un picor metafórico que solo un cambio radical podía rascar.

Yo quería más. Quería una nueva vida. Necesitaba un cambio. Necesitaba seguir adelante, empezar de nuevo en algún lugar donde el sol no estuviera tapado por los rascacielos y la congestión del tráfico.

Mis días de discotecas y de rollos de una noche estaban bien detrás de mí.

Ya no estaba interesado en eso. Quería café en cafeterías tranquilas y amigables, caminatas en las montañas, puestas de sol sobre la playa.

Así que cuando apareció el puesto de recepción, dirección de segundo nivel en Busan, lo agarré con ambas manos.

Empaqueté mi pequeño apartamento en un camión de mudanzas, cargué mi automóvil y me dirigí al norte. Encontré un lugar de un dormitorio en Busan, encima de la casa de una anciana.

Aparentemente, una vez fue una gran casa, construida con un apartamento independiente en el segundo piso para los padres del dueño. Tenía una sala de estar abierta, una pequeña cocina y baño, y mi propia zona de colada. Incluso había un balcón que daba al interior.

En algún momento, se cerró al resto de la casa, probablemente cuando los nuevos propietarios se dieron cuenta de que el piso de arriba podría alquilarse para ayudar a completar su préstamo hipotecario.

Pero había un patio, un garaje cerrado, los árboles más verdes que había visto que impedían a todos los vecinos la vista, y sin duda que era como vivir en un complejo de apartamentos.

El alquiler era lo suficientemente barato, dados los términos de mi contrato de alquiler: por una renta semanal reducida, todo lo que tenía que hacer era ayudar a la anciana de abajo cortando el césped una vez a la semana. ¿Cómo de difícil podría ser? Quiero decir, había segado el césped de mis padres todas las semanas desde que era un niño.

El cortacésped se suministraba. Había visto el patio en mi inspección de alquiler cuando firmé el contrato. Me llevaría treinta minutos, como máximo.

Pan comido.

Así que me mudé a mi nuevo lugar y lo desempaqué todo el primer día. Conocí a mi casera de la planta baja por primera vez cuando los dos voluminosos chicos de la mudanza estaban arrastrando mi cama escaleras arriba. Yo estaba en la parte inferior de la escalera mirándolos, sin comérmelos con los ojos por completo, cuando una pequeña mujer de metro y medio de altura se colocó a mi lado.

No dijo nada durante un rato, solo se quedó mirando a los hombres que se afanaban en subir el tramo de la escalera de madera.

Todavía sin mirarme, ella tarareó:

—Buen culo.

Casi me atraganté con mi sorbo de agua.

–Eh...

—No me digas que no estabas mirando. Puede que sea un poco dura de oído, pero no estoy ciega.

En ese mismo momento tendí mi mano.

—Me llamo Jeon Jungkook.

Me estrechó la mano, y su duro y firme apretón me sorprendió. Ella se veía algo frágil al principio, pero luego noté sus tatuajes. Todo su brazo derecho era ahora una masa moteada y arrugada de tinta azul y de colores sobre la piel bronceada por el sol. Dado que parecía tener más de setenta años, debió haberse hecho la manga completa hace cuarenta o cincuenta años.

Jesús.

—Ahn Hye-Jin.

Llevaba una camiseta sin mangas y una falda con vuelo. Después de una inspección más cercana, se veía como una hippie a la que la paz, el amor y el tiempo olvidaron. Su rostro también había visto demasiado sol, arrugado y curtido, aunque imaginé que una vez habría sido increíblemente hermosa.

Sus ojos azules todavía tenían chispa, su pelo largo, una vez rubio, ahora era gris ceniza.

—Ven conmigo, —dijo, girando sobre sus talones y caminando hacia la puerta enrollable.

Cuando se volvió, noté su brazo izquierdo. Viejos, tatuajes azules moteados llegaban a su codo, así como dos cicatrices que parecían rayos. Parecían quirúrgicas y mi primer pensamiento fue la reconstrucción del hombro, pero luego noté que una cicatriz le corría por debajo de la camiseta y el cuello.

Giró el pestillo de la puerta enrollable y, usando solo su brazo derecho, levantó la puerta para revisar un espacio de almacenamiento. Dentro había una cortadora de césped, una carretilla y algunas herramientas de jardinería.

Ah, cierto. Yo era el cortador de césped residente.

—Lo haría yo misma, —dijo. —Pero el viejo brazo no funciona como solía hacerlo. —Levantó el brazo izquierdo rígidamente.

No colgaba inútil pero definitivamente había movimiento restringido.

—Está bien, —dije. —No me importa cortar el césped en absoluto. Mis fines de semana serán lunes y martes, no sábados y domingos. ¿Si te parece bien?

—Está bien. No importa mucho qué día los hagas. —Asintió para sí misma. —La última inquilina era una buena chica. Empezó con buenas intenciones, e iba a hacer todo tipo de cosas para ayudarme, pero eso no duró mucho. —Hye-Jin me miró y se quedó observando durante un largo minuto. —No eres del tipo de iglesia, ¿verdad?

—Eh...

—No me importa si lo eres, simplemente no quiero ofrecerte uno de mis brownies especiales y que me molestes totalmente y empieces a murmurar mierda bíblica cada vez que me veas.

Luché contra una sonrisa y perdí, e intenté no reírme, pero tampoco pude evitarlo.

—Nada bíblico. No en ese sentido, de todos modos. A menos que consideres mi anterior mirada al culo de ese tipo una religión. En cuanto a los brownies especiales, no he tenido ninguno durante un tiempo. No desde la universidad, de todos modos.

Hye-Jin sonrió y asintió lentamente.

—Entonces sabes a qué me refiero cuando digo brownie especial. No como la última pobre niña que pensó que era la receta especial de mi abuela o alguna mierda. —Ella negó con la cabeza lentamente. —No sé en qué estaba pensando. ¿Me parezco a Betty Jodida Crocker?

*Betty Crocker es un personaje ficticio utilizado en campañas publicitarias de comida y recetas.

Solté una carcajada y ahora estaba bastante seguro de saber por qué la recepcionista de la agencia inmobiliaria me había hecho una mueca de disculpa cuando me dio las llaves y me ofreció un débil: “Buena suerte”.

—No, no lo haces. Pero creo que tú y yo nos llevaremos bien.

—Bien, bien. —Hye-Jin cerró la puerta enrollable y me dio los detalles sobre los días de recogida de basura, qué vecino era agradable, y cuál era un imbécil. Ella no tenía ningún problema con la música, siempre y cuando no me importara a mí tampoco.

A ella no le importaban una mierda -sus palabras, no las mías- las mascotas, siempre y cuando limpiara detrás de ellas, y siempre y cuando no cocinara metanfetamina o con demasiado ajo, nos llevaríamos bien.

Me gustó de inmediato.

Le conté cómo me había mudado de Daegu y que tenía una semana antes de comenzar en mi nuevo trabajo. Le expliqué que quería conocer el área primero y encontrar los mejores lugares a lo largo de la playa para nadar y hacer senderismo, y ella me dijo: “He estado aquí durante cuarenta años”.

Me dijo dónde nadaban los locales, qué sitios evitaban. Me dijo qué supermercado era el mejor, qué cafetería tenía el mejor café y los mejores camareros, y qué bares evitar durante la temporada alta de turismo. Me contó todo lo que podría haberme llevado más de una semana para descubrir todo por mí mismo. Acababa de obtener la exclusiva local en cinco minutos.

Todavía pasé los siguientes días revisándolo todo. Quería familiarizarme con todo. No solo por mí, sino por todos los huéspedes del hotel que hacían preguntas turísticas. Me encontré en el centro de información turística, haciendo una docena de preguntas y cogiendo dos docenas de folletos. Conduje por toda Haeundae Beach, visitando cada rincón, caminando por las calles y sintiendo la vida costera.

El código de vestimenta estándar de Busan parecía ser pantalones cortos, camisetas y chancletas. Era una ciudad costera en modo vacaciones permanentes. Los niños montaban bicicletas o monopatines sosteniendo tablas de surf, con la piel bañada por el sol y el cabello aclarado por el exceso de tiempo afuera.

Incluso los profesionales, como los agentes de bienes raíces y los dueños de negocios, parecían hacer cosas durante las vacaciones. Los veranos eran más húmedos que en Daegu pero la brisa costera lo hacía soportable.

Las palmeras y los helechos crecían en cada espacio disponible y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía respirar.

Esto era exactamente lo que necesitaba.

Tres días antes de comenzar mi nuevo trabajo, conduje hasta el Parque Nacional Busan y me detuve en un lugar. Agarré la gorra y la mochila, comprobé dos veces que tenía dos botellas de agua y me volví a aplicar repelente de insectos rápidamente, cerré mi automóvil y me puse en camino.

No había nada como caminar en una selva tropical. Solo los sonidos eran sorprendentes: cigarras y pájaros compitiendo en una especie de sinfonía. Y el olor a sal y tierra húmeda era estimulante.

Según los folletos e Internet, el paseo comienza bastante fácil, pero a medida que la caminata comienza a subir al Monte Jangsan, se vuelve bastante intensa. Y no estaban equivocados. La pista era desigual y empinada, el esfuerzo ardía en mis piernas y pulmones. Pasé junto a personas que bajaban mientras yo subía, todos sonriendo o con un “hola” o “buen día”, y después de un kilómetro más o menos, llegué a la cumbre.

La vista era espectacular.

Tenía una vista de 360º de la costa y el interior, a lo largo de kilómetros. Tomé un montón de fotos y selfies, y luego se las envié a mis padres y amigos en Daegu, e incluso le envié una a mi hermana.

Y antes de que mi camisa empapada de sudor pudiera secarse bajo el sofocante sol, volví a bajar. Llegué al aparcamiento, jadeando y sonriendo para mí, y senté mi trasero sobre la mesa de picnic de madera a la sombra, no lejos de mi coche, para recobrar el aliento y dejar que mis piernas se recuperaran.

Un pequeño perro parduzco se acercó y se sentó frente a mí. Era mono y tenía una cara feliz. Su lengua rosada colgaba de su boca, y se quedó allí sentado y mirando fijamente. Miré alrededor del aparcamiento, pero nadie parecía estar prestando atención.

—Eh, —le dije.

Estoy seguro de que sonrió.

—¿Dónde están tus padres? —Pregunté, y luego me di cuenta de que estaba hablando con un perro como si fuera un niño perdido.

Simplemente se quedó sentado allí, sonriendo, con la lengua colgando. Tomé un largo trago de mi última botella de agua, y el perro se acercó un poco más y se pasó la lengua por los labios.

—¿Tienes sed? —Le pregunté.

Volví a mirar el aparcamiento y pensé que nadie se enfadaría si le daba agua a su perro. Así que ahuequé una mano frente a su cara y vertí lo que quedaba de mi agua en ella, y el perro lamió ansiosamente hasta que la botella se vació.

El pobre pequeño chico estaba sediento.

Miré a mi alrededor de nuevo, esta vez preocupado. Quiero decir, hacía calor. Era verano. Él no debería haber sido dejado sin agua. Tal vez alguien no estaría enojado conmigo por darle agua a su perro, pero yo podría estar enfadado con su dueño por su negligencia al hacer lo mismo.

Pero no había nadie allí.

—¿Dónde está tu mamá o tu papá? —Le pregunté de nuevo, dándole una palmadita en la frente.

Él solo me sonrió.

—Eres una cosita linda, ¿verdad?

Su sonrisa se ensanchó.

Quería ir a la playa para dejar que mis músculos se empaparan en agua salada durante un rato, así que recogí mi bolsa y caminé hacia el automóvil.

El perro me siguió. Una vez más, miré alrededor para ver si alguien estaba mirando.

No pude ver a ninguna persona, pero había vehículos y tal vez sus dueños estaban de excursión. Quizás estarían de vuelta en cualquier momento.

Convenciéndome de que ese era el caso, me despedí de mi nuevo amigo de cuatro patas y subí a mi coche. Puse al máximo el aire acondicionado y salí y, cuando levanté la vista, vi que se había sentado, mirándome con cara triste mientras me alejaba.

Fruncí el ceño todo el camino a la playa. Pero tan pronto como aparecieron esas olas de color aguamarina, me olvidé del perro y caminé hacia el océano.

Nadé durante un rato y el agua fría calmó mi cuerpo y despejó mi mente. Seguro que había algo medicinal sobre el agua salada. Me sequé y volví a casa, muerto de hambre, y no dediqué a ese perro ni un pensamiento más hasta el día siguiente, cuando esperaba hacer la caminata de nuevo. Había llovido durante la noche y el camino hacia la cima del Monte Jangsan estaba cerrado.

Intransitable por el clima húmedo, decía el letrero, y recordé haber leído online que, después de la lluvia, el sendero era cerrado.

Me senté en mi coche preguntándome si debería encontrar otra ruta de senderismo o simplemente ir directamente a la playa cuando lo vi.

El pequeño perro parduzco ahora era mucho más marrón, desaliñado y mojado. Estaba sentado cerca de la mesa de picnic donde le había dado un trago de agua el día anterior, solo mirándome.

Abrí la puerta y salí. No sabía realmente lo que iba a hacer con él, pero seguro que no lo iba a dejar aquí. Claramente había pasado la noche bajo la lluvia, solo, sin comida, y muy probablemente asustado como el infierno. Pensé que iba a salir disparado, así que me agaché cerca de la puerta de mi coche abierto y palmeé mi rodilla.

—Aquí, chico, —dije, tratando de no sonar ni parecer amenazante.

Salió disparado, pero no para alejarse de mí. Corrió directamente hacia mí, se lanzó alrededor de mis piernas y saltó a mi coche.

—Ey, —dije, poniéndome de pie. No estaba sentado en el asiento del conductor. Se había subido al asiento del pasajero, simplemente sentado como si hubiera estado esperando que lo llevara. —¿Estás bien ahí?

Su lengua rosada salió de su sucia cara. Obviamente no era peligroso, y seguro que no parecía ir a ninguna parte. Me senté en mi asiento, cerré la puerta y miré a mi nuevo pasajero.

—Te ves como un Ewok.

Estoy seguro de que sonrió.

Y luego noté que su collar tenía una placa con su nombre. Extendí la mano lentamente, midiendo su respuesta, pero lamió mi dedo, así que asumí que estábamos bien. Levanté la placa con el nombre y tuve que frotar el barro para poder leerlo.

Wicket.

Su nombre era Wicket.

Me costó un segundo, pero lo entendí. Wicket era, de hecho, un Ewok de Star Wars. El pequeño y curioso que conoce a la princesa Leia.

—Bueno, Wicket, apuesto a que alguien te echa de menos.

Él me sonrió un poco más.

Le di la vuelta al nombre y encontré un número de teléfono móvil. Gracias a Dios. Saqué mi teléfono y marqué.


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