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El fin del mundo y el cofre de Davy Jones -KM-

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En algún lugar del sur de Asia, 16 de Junio de 1543

Las cadenas resonaban por el frío piso de piedra, húmedo por la reciente lluvia. El sabor a sal en sus bocas, recordándoles la gloria del océano los distraía de su cercano destino. La fila se mantenía en movimiento mientras los rostros de los presos reflejaban seriedad.

La noche abrazaba la capital. Y mientras las estrellas brillaban en su punto más alto, en el cielo, observando, los terrestres se aproximaban a su muerte. Las llamas de antorchas cegando sus ojos cuando algún soldado del gobierno se acercaba lo suficiente como para dejarles en claro su actual posición.

A unos metros, la horca esperaba. Ansiosa por alimentar su sed de sangre disfrazada de justicia. Porque nadie que se haga llamar pirata merece seguir deambulando por las calles de la capital.

Y cuidado. No pronuncies el canto como si de algo vago se tratara. No te hagas llamar pirata si no estas dispuesto a pagar el precio de su título.

Teme. Teme por tu vida. Porque los piratas serán perseguidos hasta el final de las eras. Hasta que sean completamente eliminados y su carne sirva para hacerle botas al ministro. Erradicar su existencia hasta que el último suspiro sea escuchado, aplastado y olvidado en las tinieblas de una tumba sin nombre.

—¡Muévanse! Malditos piratas— Mientras latigazos llegaban a sus espaldas, un hombre observaba ansioso los alrededores. El miedo llenando su cuerpo desde la punta de sus pies hasta la cabeza. Sintiendo la fría brisa de la costa erizar la piel de su cuello.

—Ya viene— Exclamó. El soldado furioso le propició un latigazo en su espalda, haciéndolo caer al piso.

—¡Dije muévanse!— Antes de que pudiera decir algo más, una brisa empapó sus sentidos. El puerto llenándose de niebla y el sonido de unas botas caminando por la arena.

Ese olor, distinto a todos. Era él. No había duda. Un aroma inconfundible que solo es capaz de impregnarse al pasar tanto tiempo en el mar. La tripulación rodeando el lugar y los gritos no hicieron falta.

Los soldados olvidaron sus obligaciones y prefirieron abandonar a los presos, los cuales aprovecharon para huir de un cruel destino.

Aquella tripulación los perseguía y asesinaba, haciéndolos parte de ellos, fusionándolos a su barco y atándolos a una vida en el mar.

El Holandés Errante, atrapado a una vida de 10 años en el mar y un día en tierra, arrastrando a su capitán con él. Davy Jones, el demonio del mar.

El hombre temeroso se puso de pie y desató las sogas de sus manos. Corriendo con un solo objetivo en mente. Salvar a su familia.

Apretando el doblón que colgaba en su cuello corrió en dirección al taller donde había ocultado a su familia. La ciudad era un caos total frente a sus ojos. Las personas corriendo desamparadas por todos lados esperando poder escapar de una cruel muerte.

Sus huellas perseguidas por los demonios del mar, agitando su respiración y rezando a Neptuno por su salvación.

Abrió las puertas de madera frente a él, entrando desesperado al lugar, buscando por todas partes como un loco. Su vista se cruzó con un armario gigante donde el herrero guardaba sus herramientas. Se acercó a paso rápido ignorando los gritos y llantos que se escuchaban afuera.

Abrió de par en par las puertas, y su mirada bajó, topándose con su mujer abrazada a su hijo de 6 años que cargaba a un bebé de 3 meses. Ambos lo vieron. La mujer notando su incertidumbre y tratando de que su hijo no fuera testigo de lo que sucedía afuera.

—Me encontró— Fue lo único que dijo, para después reventar en llanto frente a su esposa, que llevaba el vestido roto y los cabellos enredados.

—No podemos dejarlos— Habló, con esa voz que había enamorado al hombre pero que ahora sonaba tan diferente por el miedo.

—Los asesinará si los encuentra— La mujer sucumbió al llanto. Tomó a su hijo más grande por los hombros —el cual no entendía porque sus padres lloraban y encontró solución en hacerlo también— y lo abrazó con cuidado de no lastimar a su hermano. Besó la frente de ambos niños y se apartó con una mirada triste.

—Debes cuidar a tu hermano y velar por ambos ¿entiendes?— El niño asintió. —Todavía no puede comer, así que debes buscar leche para darle 3 veces al día. Tu también debes encontrar comida para ti y puedas estar fuerte para protegerte a ti y a tu hermano— El niño volvió a asentir.

La mujer sonrió triste y, dando un último beso a sus hijos, se apartó.

El pequeño niño ahora estaba frente a su padre, que se acercó y abrazó a los pequeños, dejando un beso en sus frentes al igual que su mujer.

Arrancó el collar de su cuello, del cual colgaba el doblón al que hace unos momentos tanto se aferraba.

—Pequeño, mi hijo— Sollozó. —Debes prometerme que sobrevivirás, llevarás está marca de ahora en adelante. Esta marca que te identificará como el legítimo capitán. 'El fin del mundo' es tuyo — Le colocó el collar. —Júrame que velarás siempre por el bien y no negarás tu ayuda a los necesitados. Protegerás a tu familia y cuando llegue el momento liberarás nuestras almas—

—Papi, no entiendo que pasa— Habló el niño con su temblorosa voz. Las lágrimas rodando por sus mejillas.

—¡Júralo!— Exclamó el hombre. El pequeño sorbió su nariz y asintió.

—Lo juro— El hombre sonrió orgulloso con las traicioneras lagrimas resbalándose por sus mejillas.

Abrazó a su hijo y susurró palabras inaudibles para la mujer e inentendibles para el bebé. Algo que solo el niño necesitaba saber. Después cerró la puerta del armario y corrió con su mujer en dirección a la salida.

Las personas seguían corriendo despavoridas por todas partes.

Entre el bullicio llegaron a la orilla del mar, no cayendo en el engaño de una falsa libertad conseguida. Se vieron mutuamente y, tras un último besó con un te amo escrito en el, metieron sus pies en el agua.

Pocos momentos después presenciaron a lo lejos, a través de la niebla en el horizonte, un barco. Un enorme barco que se aproximaba en la oscuridad de la noche.

Ahí, frente a ellos, estaba presente su destino. El destino del que tanto habían estado huyendo.

El cuerpo de un hombre bajando de la embarcación. El sonido de sus botas y su espada, arrastrándose por la arena. Su tripulación detrás de él, intimidando a los dos presentes.

—Al parecer has decidido enfrentar tu destino— Habló aquel hombre. El hombre del que todos buscan huir. —Dime algo, capitán ¿Temes morir?—

—Creo que el estar aquí contesta su pregunta, capitán Jones— El hombre sonrió. Dando una señal, su tripulación se abalanzó sobre la pareja. Dándole fin a sus vidas y siguiendo el plan del hombre al pie de la letra.

Un plan del que no tenía idea.

Uno donde distraía a los demonios y le daba tiempo a su hijo de escapar con su hermano en brazos. Garantizándole un futuro.

En la ciudad, un niño corría en dirección a la cabaña del bosque donde su padre le dijo que esperara por un día. El tiempo suficiente para que las cosas se calmaran un poco y pudiera salir sin peligro. El tiempo suficiente para poder ser libre de navegar por mar por 10 años más.

Llegó a su destino sin contratiempos. Abriendo la puerta de la cabaña y tras entras asegurarla. Revisó a su hermano y al darse cuenta que se mantenía dormido, sonrió. Caminó en dirección a la única habitación del lugar. Acomodando como pudo una almohada de plumas sobre la cama que más que cama era un trozo de madera cubierto con sábanas.

Sobre la suave almohada —la cual no lo era demasiado, pero si lo suficiente— colocó el cuerpo de su hermano, envolviéndolo con una manta que encontró en la silla de la cocina. Cubriéndolo del frío de la noche.

Se recostó a su lado, sabiendo que de ahora en adelante debía ser fuerte para su pequeño hermano.

Sabiendo que sus padres no volverían, se quedó dormido.

Con las últimas palabras que le dedicó su padre en mente. Aferrándose a la vida, por ellos, por su hermano. Por él.

“Tu historia comienza aquí, mi pequeño. Una historia que te cambiará la vida. No lo olvides. No olvides nunca quien eres...

...Capitán Jeon Jeongguk”

A.R~

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