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ūüĆīPassion On The Islandūüíē1 ||Kookmin||

CAPITULO 1

Park Jimin era hermoso y lo sabía.

Era muy consciente del aspecto que tenía, apoyado contra la baranda de la cubierta del Auna Creer, con la brisa que le revolvía el cabello y el sol poniente que convertía en una llama el esplendor dorado rojizo de ese cabello.

El aire puntante del mar le golpeaba las mejillas y los ojos azules chispeaban.

S√≥lo ten√≠a diecisiete a√Īos y durante toda su breve vida lo consintieron y protegieron.

La madre hab√≠a muerto diez a√Īos antes y fue criado por una ni√Īera y una sucesi√≥n de gobernantes cuyo √ļnico deber era ense√Īar al joven pupila las cosas que, en 1842, eran importantes para un joven: tocar el arpa y el piano, pintar acuarelas ins√≠pidas, hablar franc√©s tan bien como la lengua nativa, parecer dulce, tontuelo e infantil todo el tiempo.

En este √ļltimo aspecto, los institutrices s√≥lo lo lograban en parte, pues si bien Jimin era capaz de cumplir el papel de joven bien educado cuando le conven√≠a, en caso contrario era un verdadero marimacho.

Más de un gobernante había huido hecho un mar de lágrimas por sus explosiones, jurando no volver, lo que en opinión de Jimin daba igual.

No deseaba aprender nada de lo que contenían los libros.

¡Quería vivir la vida, no leer acerca de él!

‚ÄĒ¬°Ese muchacho es un ignorante! ‚ÄĒhab√≠a bufado el padre, indignado, en una ocasi√≥n, sin faltar un √°pice a la verdad.

Jimin manten√≠a una suprema indiferencia ante los reiterados esfuerzos de los dis√ľntos institutrices para meter alg√ļn rudimento de educaci√≥n en esa cabecita impertinente.

El sufrido padre, al descubrir que en lo √ļnico que aplicaba lo aprendido era.

Al conocer esos planes Jimin lloró y pataleó, pero cuando el padre se decidía era tan terco como él.

Al fin, el muchacho se cans√≥ y el padre, con ayuda del ni√Īera, logr√≥ convencerlo de la conveniencia del plan.

Era cierto: le encantar√≠a ser presentado a la reina Victoria, quien en el quinto a√Īo de reinado ten√≠a veintitr√©s a√Īos y, por lo tanto, no era mucho mayor que el propio Jimin.

Pero Inglaterra estaba muy lejos y ya hac√≠a casi siete a√Īos que se hab√≠an marchado.

¬ŅY si los hombres no lo encontraban atractivo?

Tal vez en Londres la moda fuesen los morenos y no los rubios encantadores.

El padre y el ni√Īera, cada uno a su modo, le aseguraron que su belleza fuera de lo com√ļn saldr√≠a airoso de cualquier comparaci√≥n y Jimin se dej√≥ convencer.

Desde el principio de la adolescencia era una beldad famosa y ni se le pasaba por la imaginaci√≥n que alg√ļn hombre no lo admirase.

Una vez capeado el temporal de las objeciones, el conde suspiró aliviado y se dijo que cuando se reuniese con su hijo en Inglaterra tendría que ocuparse de corregir sus caprichos.

Después se concentró en hacer los arreglos para el viaje del muchacho, cosa nada fácil en esas épocas turbulentas.

En los √ļltimos tiempos se hablaba mucho de una banda de piratas que asolaba las aguas portuguesas y hac√≠a presa de los buques que no iban armados.

El conde se estremecía ante la idea de que su hijo cayese en manos de sujetos que no tendrían contemplaciones por la inocencia y la posición elevada del joven.

Cuando el conde oyó mencionar a un amigo que el Anna Creer zarparía pronto hacia Inglaterra, le pareció una respuesta á sus plegarias.

El Anna Creer, en préstamo de Inglaterra a la Armada portuguesa, estaba blindado y con artillería.

¬°Ning√ļn pirata se atrever√≠a a atacar un buque tan formidable!

Fue asombrosamente fácil disponer del pasaje de Jimin abordó.

Formó parte de un reducido grupo de pasajeros del barco que, hasta ese viaje sólo realizaba operaciones militares.

Ni el conde ni el hijo se preguntaron por qué, de pronto, al Anna Creer se le permitía transportar civiles.

Llegado el momento, Jimin se separ√≥ del padre casi sin escr√ļpulos: ya estaba muy entusiasmado ante la perspectiva de tomar por asalto la sociedad londinense como para entristecerse por dejar a un padre al que, de todos modos, ve√≠a bastante poco.

Además, ya lo vería en Inglaterra; además, sir Thomas le aseguró que adoraría a la tía Elizabeth en cuanto la conociera.

Qued√≥ claro, desde el principio, que Martha acompa√Īar√≠a al joven amo.

Con √©l, Jimin no sentir√≠a a√Īoranzas del hogar y el conde estaba seguro de que lo dejaba en buenas manos.

Dos semanas después, con el Auna Creer ya en altamar, Jimin maldecía el día en que había aceptado hacer ese viaje: estaba tan aburrido que se le saltaban las lágrimas.

Los otros pasajeros eran piezas de museo y al capitán le interesaba más la navegación del buque que coquetear con el joven más bello de abordó.

Jimin había probado sus encantos con varios miembros de la tripulación, algunos bastante atractivos a su modo, pero Martha siempre estaba cerca para estropearle la diversión.

Jimin suspiró, apoyó la barbilla en las manos y miró desconsolado por encima de la baranda.

¬°Si al menos pasara algo, cualquier cosa que aliviase ese aburrimiento espantoso!

El sol hizo brillar un hilo del traje, azul como la cola de un pavo real, y Jimin lo contempló, distraído.

"En verdad", pens√≥, "es un bello traje", y alis√≥ la manga admirando la elegancia con que la cascada de encajes de los pu√Īos le ca√≠a sobre las manos.

Era uno de sus preferidos.

El profundo azul verdoso de la tela hacía que sus ojos pareciesen oscuros y misteriosos como el mar, y que el traje entallado acentuara la estrechez de la cintura.

No era de extra√Īar que atrajese la atenci√≥n de casi todos los marineros atareados en cubierta con diversas tareas.

Impaciente, Jimin golpeteó el pie contra la cubierta, comenzó abalancearse arriba y abajo al ritmo del golpeteo.

Un marinero rubio y robusto que estaba enrollando una cuerda cerca de él interrumpió la tarea y contempló, embelesado, el espectáculo.

Jimin lo vio por el rabillo del ojo y se dio la vuelta, lanzando una risita gorjeante.

Le sonrió, con provocativas chispas en los ojos azules y empezó a hablar.

Pero antes de que pudiese decir una palabra, una mano rolliza le tiró de la manga:

‚ÄĒVamos, se√Īorito Jimin, no tiene que hablar con los rudos marineros.

Silenciosa como un gato, Martha había aparecido tras él.

‚ÄĒ¬ŅQu√© dir√° su pap√°? Adem√°s, usted mismo sabe que no tiene nada que ver con ellos. Se casar√° con un duque o un conde rico, o algo as√≠, cuando lleguemos a Inglaterra.

‚ÄĒ¬°Oh, Martha, c√°llate! ‚ÄĒrega√Ī√≥ Jimin a la anciana de cabello gris que se le colgaba con tanto empe√Īo del brazo‚ÄĒ. Hablar√© con quien me d√© la gana. Adem√°s, s√≥lo pensaba preguntarle a este muchacho cu√°nto falta para llegar a Inglaterra.

‚ÄĒFalta al menos una semana, se√Īor ‚ÄĒdijo el marinero, sonriendo a Jimin e ignorando el entrecejo de Martha.

‚ÄĒ¬°Otra semana! ‚ÄĒsuspir√≥ Jimin, bajando con recato las pesta√Īas oscuras y haciendo que aparecieran sus hoyuelos‚ÄĒ. ¬°Parece eterno! ¬°Y los viajes por mar son tan aburridos...! Quisiera que hubiese algo en qu√© ocupar el tiempo.

Sonrió al marinero, quien a su vez le retribuyó con otra sonrisa descarada.

‚ÄĒ¬°Vamos, se√Īorito Jimin, deje de hablar as√≠! ‚ÄĒexclam√≥ Martha, escandalizada por el comportamiento atrevido de su pupila.

Tomó con firmeza el brazo del muchacho e intentó alejarlo, pero Jimin se resistió indignado y, en su desesperación, Martha se volvió hacia el sonriente marinero.

‚ÄĒY usted, marinero, si no se ocupa de lo suyo y deja de molestar a j√≥venes inocentes, se lo dir√© al capit√°n. ¬°Eso har√©!

El marinero le hizo una mueca y abrió la boca para decir lo que sin duda, a juicio de Jimin, sería una réplica airosa.

Lamentablemente, un grito lo interrumpió;

‚ÄĒ¬°Barco a la vista! ‚ÄĒdijo una voz de hombre, desde arriba.

‚ÄĒ¬ŅD√≥nde? ‚ÄĒpregunt√≥ al unisono un coro de voces.

‚ÄĒ¬°A la altura de la proa de babor! ‚ÄĒretumb√≥ la respuesta; de inmediato, todos los que estaban en cubierta miraron a la izquierda, a trav√©s del mar abierto.

Jimin se puso de puntillas y forzó la vista para divisar el buque que se aproximaba.

No pudo ver más que una extensión interminable de agua, sólo quebrada por las crestas espumosas de las olas suaves.

El horizonte, encendido por el sol poniente, ten√≠a un intenso color naranja y Jimin se convenci√≥ de que no hab√≠a ning√ļn barco a la vista.

‚ÄĒEs un error ‚ÄĒle dijo a Martha, decepcionada‚ÄĒ. No hay nada. Veo hasta el horizonte y no hay nada en absoluto.

El marinero rubio se volvió hacia ella y le sonrió.

‚ÄĒEs dif√≠cil que pueda ver algo, se√Īora, pues ese barco est√° muy lejos. Pero si Dave lo dice, all√° hay un barco. Est√° mucho m√°s alto que nosotros y tiene un catalejo. No creo que nosotros lo divisemos hasta ma√Īana por la ma√Īana, si es que viene hacia aqu√≠.

Al parecer, tenía razón.

Jimin se quedó en cubierta hasta mucho después de que oscureció, con la esperanza de divisar el barco, pero no vio nada.

Por fin, el frío y la insistencia de Martha lo hicieron entrar en el camarote.

All√≠ se envolvi√≥ con una manta y se acurruc√≥ temblando sobre la litera, mientras Martha le preparaba el ba√Īo.

Bajo la mirada desaprobadora de la anciana, roci√≥ abundantes sales de ba√Īo rosadas y luego se sumergi√≥, con deleite, para quitarse el fr√≠o con el ba√Īo caliente.

Mientras √©l se ba√Īaba, Martha iba de un lado a otro del camarote, recogiendo la ropa que Jimin hab√≠a dejado tirada y orden√°ndola, sin dejar de refunfu√Īar en voz alta, rega√Ī√°ndolo por su atrevimiento al dirigirse a un simple marinero de un modo tan familiar.

‚ÄĒLos dos sabemos que s√≥lo una clase de mujer actuar√≠a as√≠‚ÄĒdijo Martha suspirando y agreg√≥‚ÄĒ: Su pobre madre se agitar√≠a en la tumba si viese al hijo comportarse de ese modo.

Ante el rega√Īo, Jimin sonri√≥ apenas, cerr√≥ los ojos y se hundi√≥ en el agua.

Las protestas de Martha no lo inquietaban en lo más mínimo, estaba acostumbrada a ellas.

Ignoró los murmullos indignados y concentró los pensamientos en lo que se pondría al día siguiente.

Quería lucir lo mejor posible.

Le había gustado conversar ese día con el marinero y ver la admiración en sus ojos.

Al día siguiente, tenía la intención de embrujarlo por completo.

Tal vez se pondría el traje de color prímula...

Se quedó dormido haciendo planes.

Con un traje de seda amarillo claro y los rizos dorado rojizos en la cabeza, Jimin rivalizaba con el sol de la ma√Īana siguiente.

En cuanto terminó su tocado, se apresuró a salir a cubierta para ver si veía aproximarse el barco y lo vio al llegar a la baranda.

Tenia una bella apariencia, a diferencia del navio simple en que ellas viajaban.

A toda vela, la alta proa de la otra embarcación, graciosa como un pájaro, surcaba las olas con facilidad.

Jimin la veía agrandarse y la observaba embelesado, comprendiendo que se acercaba con vertiginosa velocidad al Atina Creer.

‚ÄĒ¬°Es... tan hermoso! ‚ÄĒmurmur√≥, cuando el marinero rubio de la noche anterior se acerc√≥ a √©l.

‚ÄĒAs√≠ es ‚ÄĒdijo el joven‚ÄĒ. Pero el capit√°n Hogg... Bueno, no recuerda que los franchutes tengan un buque como √©se, que navega con bandera francesa. M√°s bien, se parece a esos nuevos cl√≠per tan veloces, de Nueva Inglaterra, en las colonias. El capit√°n pide que las damas y jovenes se refugien en los camarotes hasta que estemos seguros. Por las dudas, ¬Ņsabe?

Cuando Jimin se volvió a mirarlo, se encogió, incómodo.

‚ÄĒ¬ŅQu√© significa "por las dudas"? ¬ŅQu√© piensa que es el capit√°n Hogg? ¬°No ser√°n... piratas!, ¬Ņno?

La voz del muchacho se elev√≥ en la √ļltima palabra y el marinero lo mir√≥, alarmado.

Ante la posibilidad de un ataque pirata, lo √ļl√ļmo que necesitaban era un joven hist√©rico.

Tragó saliva y se apresuró a decir

‚ÄĒNo, se√Īor, tal vez no. El capit√°n s√≥lo quiere cerciorarse... por las dudas... ¬Ņsabe? Lo m√°s probable es que sea un buque nuevo que no conocemos. Pero hasta que nos aseguremos, ser√≠a conveniente que las se√Īoras y jovenes se recluyesen en el camarote.

Se volvió hacia Martha, que acababa de subir a cubierta y repitió la advertencia.

Luego, en respuesta a una orden del timonel, se alejó de prisa.

‚ÄĒ¬°Se√Īorito Jimin, tenemos que bajar de inmediato! ‚ÄĒdijo Martha, aferrando el brazo de Jimin y tratando de alejarlo a la fuerza de la borda.

‚ÄĒ¬°Martha, no me ir√© a ning√ļn lado, de modo que d√©jame! ‚ÄĒgrit√≥ apartando decidido la mano de Martha‚ÄĒ. Quiero estar en cubierta para ver qu√© sucede. T√ļ sabes que los dos nos volver√≠amos locos en el camarote, sin saber qu√© pasa o si es un barco pirata. No, si empiezan los problemas habr√° tiempo suficiente para bajar.

Sacudió la cabeza y Martha, bien familiarizada con la terquedad de su pupilo, desistió.

"Sir MinGyu tendr√≠a que haber hecho algo respecto de los caprichos de Jimin muchos a√Īos antes", pens√≥.

"¬°Ahora, parece que quiere que nos maten a los dos!"

Murmurando indignada, Martha se quedó junto a Jimin.

El barco estaba muy cerca cuando Jimin logró por fin leer el nombre, Marfaríta, pintado en letras negras a través de la proa.

Ve√≠a a hombres peque√Īos como hormigas desliz√°ndose por la cubierta.

En el alcázar, una figura solitaria e inmóvil observaba al Anua Creer por el catalejo.

Bajo la mirada de Jimin, el cuadrado de seda que flotaba en el mástil del Margarita bajó lentamente.

En su lugar izaron una bandera negra que, sin lugar a dudas, era el emblema que le habían descrito en los tranquilos tés de la tarde.

Cuando oy√≥ hablar de la bandera negra y de lo que significaba, Jimin hab√≠a dicho, orgulloso, que nunca temer√≠a a ning√ļn pirata y que, por el contrario, le encantar√≠a conocer a alguno.

En ese instante, el temor era como una banda de hierro que le oprimía la garganta, quitándole el aliento.

‚ÄĒ¬°Se√Īorito Jimin, son piratas! ¬°Piratas! ¬°Oh, que Jes√ļs y todos los santos nos amparen! ¬ŅQu√© haremos? ‚ÄĒLa mano de Martha, helada de miedo, le tiraba de la mu√Īeca‚ÄĒ. ¬°Tenemos que bajar, se√Īorito Jimin! ¬°Aqu√≠ habr√° lucha!

‚ÄĒEspera un minuto, Martha. Tengo que ver... quiz√° no peleen.

Mientras hablaba, rugi√≥ el ca√Ī√≥n, un proyectil negro y redondo se elev√≥ en el aire y cay√≥ al agua con estr√©pito.

‚ÄĒ¬°Quieren que nos rindamos! ‚ÄĒgritaron desde la atalaya.

‚ÄĒ¬°Si lo hacemos, que los peces se ceben con mis huesos!‚ÄĒrugi√≥ el capit√°n Hogg‚ÄĒ. ¬°Si quieren pelea, la tendr√°n!

Baj√≥ del alc√°zar y se encamin√≥ furioso hacia el ca√Īonero de proa, vociferando √≥rdenes urgentes a sus hombres.

‚ÄĒ¬°En posici√≥n! ¬°Cargar ese ca√Ī√≥n! ¬°Despu√©s de esta pelea, esos canallas lamentar√°n no haberse quedado en casa, recogiendo la cosecha!

El capitán vio a Jimin y a Martha en cubierta, como paralizados, y lanzó un rotundo juramento.

Fue a zancadas hasta ellos y los observó un instante, en silencio.

Cuando habló, fue evidente el esfuerzo que hacía para ser cortés:

‚ÄĒ¬°Park Jimin, se√Īorita Jameson, deben bajar de inmediato! ‚ÄĒDe s√ļbito, perdi√≥ el control‚ÄĒ. ¬°Maldici√≥n, aqu√≠ habr√° una batalla de verdad, con ca√Īones y munici√≥n! ¬ŅAcaso no ten√©is sentido com√ļn? ¬°Bajad y encerraos en el camarote!

Giró sobre los talones, pues ya no confiaba en mantener la calma.

Martha tir√≥ fren√©tica de la mano de Jimin, al mismo tiempo que resonaba otro ca√Īonazo del barco pirata.

‚ÄĒ¬°Se√Īorito Jimin, tenemos que bajar! ¬°Ya oy√≥ al capit√°n Hogg! ¬°Y comenzaron a disparar! ¬°Por favor, se√Īorito Jimin!

Martha estaba aterrada y Jimin la entendió: él mismo estaba muerto de miedo; dejó que lo arrastrara por la portezuela abierta.

Cuando llegaron a la abertura, los ca√Īones de los dos buques sonaron al unisono.

Jimin ahogó un sollozo.

Seria un relato maravilloso para contar en un salón londinense, adoptando un aire modesto con respecto a su propia valentía, pero...

¬ŅY si los piratas lograban capturar el barco?

¬ŅLos matar√≠an a todos, o quiz√°s algo peor...?

Últimamente, la crueldad sádica de los piratas hacia los pasajeros de los barcos capturados era el tema preferido de conversación entre las damas y jóvenes de la sociedad portuguesa.

Se referían a mujeres o jóvenes a los que se desnudaba y eran violados por una tripulación entera de piratas.

Si eran jóvenes y bonitos, los piratas les permitían vivir hasta que llegaban a un puerto y las dejaban marcharse.

O los tiraban por la borda, después de haberse satisfecho con ellos.

Al oír esos relatos, Jimin sentía que un agradable estremecimiento le recorría la espalda.

Pero ahora... ¡podía sucederle a él!

De pronto, la perspectiva no le pareció excitante... sino aterradora.

‚ÄĒDios querido ‚ÄĒor√≥‚ÄĒ. ¬°Por favor, ay√ļdame! Si me ayudas, ser√© el m√°s bueno. Aunque no ganar√°n, por supuesto ‚ÄĒse consol√≥.

Por primera vez agradeció al padre por haber insistido en ponerlo abordó de un buque militar como el Anna Creer.

Sin duda sería imposible que esa tripulación de piratas capturara un navio tan fuertemente armado...

Martha, nerviosa, condujo a Jimin al interior del peque√Īo camarote que compart√≠an.

Jimin lo cruzó y se sentó sobre una de las literas, mientras Martha se atareaba corriendo el cerrojo y apilando todos los muebles que podía contra la puerta.

Jimin rió a carcajadas: ¡era tan gracioso el espectáculo de los muebles amontonados contra la puerta...!

Martha lo miró con severidad.

‚ÄĒSe√Īorito Jimin, no se pondr√° hist√©rico conmigo, ¬Ņverdad? No hay por qu√© asustarse. Es imposible que esos demonios pongan un pie en este barco.

Mientras Martha hablaba, el ruido de maderas entrechocándose la desmintió: ¡los piratas trataban de abordar el barco!

Se oían gritos roncos y el golpear de los aceros, al tiempo que los piratas lanzaban ganchos de abordaje para sujetar la presa y juntaban en un solo grupo a la tripulación del Anua Greer.

El rugido del ca√Ī√≥n sacudi√≥ a los dos navios y Jimin sinti√≥ que el Alina Creer enfilaba hacia el puerto al mismo tiempo que una bala de ca√Ī√≥n daba en el costado.

Luego se oyó un ruido como de lluvia sobre un tejado de hojalata cuando las esquirlas de metal cayeron como granizo sobre la cubierta del Anna Greer.

Los alaridos de los moribundos hicieron palidecer a Jimin y Martha se apresuró a taparle los oídos con las manos.

‚ÄĒAhora no escuches, mi tesoro. No escuches ‚ÄĒlo arrull√≥, acunando al aterrorizado muchacho entre sus brazos.

El estrépito de la batalla que se libraba arriba se hizo más tremendo.

Jimin estall√≥ en l√°grimas y se aferrr√≥ a Martha con desesperaci√≥n, ocultando la cabeza en el amplio pecho de la mujer y sollozando como si tuviera siete a√Īos, en lugar de diecisiete.

Martha lo estrech√≥ con fuerza y Jimin sinti√≥ un absurdo consuelo pensando en que, si estaba con la ni√Īera, nada podr√≠a sucederle.

Pareció que la lucha duraba horas.

En los estrechos confines del camarote, Jimin y Martha perdieron toda noción del tiempo.

Los gritos roncos y el tableteo de las armas las obligaron a meter las cabezas bajo las almohadas.

Por fin, de s√ļbito, se hizo silencio.

‚ÄĘ;¬ę!. Tras un prolongado momento de agon√≠a en el que las dos personas se esforzaron por o√≠r algo que les indicara el resultado de la batalla, Jimin se levant√≥ de un salto, abriendo y cerrando los pu√Īos.

Tenía que saber.

No soportaba la incertidumbre.

Comenzó a avanzar hacia la puerta como un sonámbulo; Martha se tambaleó tras él y lo sujetó por la cintura, tratando de arrastrarlo otra vez hacia la seguridad de la litera.

‚ÄĒ¬°D√©jame ir! ‚ÄĒgrit√≥ Jimin‚ÄĒ. ¬°Tengo que salir de aqu√≠! ¬°No puedo soportarlo! ¬°Por favor, d√©jame ir!

Trató de soltarse, pero Martha se aferró a él.

Se oyeron pasos en el pasillo, fuera del camarote.

Los dos se paralizaron, con los ojos y los oídos dirigidos hacia la puerta.

En ambas cabezas surgi√≥ la misma pregunta: ¬Ņqui√©n habr√≠a ganado, la tripulaci√≥n de! y lima Creer o los piratas?

Alguien intentaba abrir, haciendo resonar el cerrojo.

‚ÄĒ¬°Eh, Quincey, est√° cerrado! ¬°Aqu√≠! ‚ÄĒdijo una voz ronca de excitaci√≥n.

Jimin tragó con dificultad y de pronto se le aflojaron las rodillas.

Se dejó caer en la litera, aferrándose a Martha en procura de apoyo.

Por cierto, esa extra√Īa voz nasal no pertenec√≠a a ninguno de los miembros de la tripulaci√≥n del Anua Creer.

¡Los piratas habían tomado el barco!

‚ÄĒTodo saldr√° bien, se√Īorito Jimin ‚ÄĒmurmur√≥ Martha, con tono decidido‚ÄĒ. El buen Se√Īor se ocupar√° de ello. Usted qu√©dese callado y esc√≥ndase en el guardarropas. Martha los mantendr√° alejados.

Jimin protestó llorando, pero Martha lo arrastró hasta el alto guardarropas de roble y lo metió dentro.

Jimin se tambaleó y cayó en la oscuridad sofocante: apenas había lugar para estar depie.

Martha cerró el guadarropas y Jimin oyó el chasquido de la cerradura.

Gimió como un animalito asustado y Martha lo tranquilizó en susurros, desde el otro lado de la puerta de madera.

‚ÄĒTodo saldr√° bien, mi tesoro. Ya ver√°. Usted lim√≠tese a quedarse callado y a ocuparse de s√≠ mismo. Martha lo cuidar√°.

Jimin oyó que los pasos de Martha se alejaban del guardarropas.

Solo, en ese espacio estrecho, se sintió aterradi.

Tembló de miedo y tuvo que apretar las manos contra la boca para ahogar los sollozos.

El corazón le latía con tal fuerza que pensó que se le escaparía del pecho en cualquier instante.

Oyó que los piratas en el pasillo empezaban a golpear con fuerza la puerta del camarote.

‚ÄĒ¬°Abran aqu√≠! ‚ÄĒgrit√≥ una voz con denso acento.

‚ÄĒ¬°Abran o tiraremos la puerta abajo!

Un fuerte crujido hizo temblar todo el camarote y Jimin sintió que se le detenía el corazón: ¡los piratas romperían la puerta!

Se dejó caer de rodillas, sintiendo las piernas como si fuesen de trapo.

Los dientes le casta√Īeteaban de miedo.

‚ÄĒ¬°Por favor. Dios! ‚ÄĒor√≥, desesperado‚ÄĒ. ¬°Oh, por favor, por favor!

Otro crujido sacudió el camarote.

Luego otro.

Y otro.

Cuando un √ļltimo crujido anunci√≥ que la puerta ced√≠a, Jimin crey√≥ que se desmayar√≠a.

Lo √ļnico que lo mantuvo consciente fue la idea de lo que suceder√≠a si quedaba indefenso en manos de los salvajes.

Le rodaron lágrimas por las mejillas y tuvo que meterse la manga del saco en la boca para ahogar el ruido de su respiración agitada.

"Debo conservar la calma" se dijo, con firmeza.

"Si hago ruido, me encontrar√°n."

Desde el otro lado de la divisi√≥n, Jimin oy√≥ gru√Īidos y el resonar de los pasos pesados de los piratas que entraban en la habitaci√≥n.

Oy√≥ la voz de Martha, aguda de temor, que rega√Īaba a los piratas.

‚ÄĒ¬°Fuera de aqu√≠, salvajes! ‚ÄĒchill√≥ Martha‚ÄĒ. ¬°El buen Dios los atravesar√° con la espada por lo que hicieron hoy!

Las palabras de Martha terminaron en un gorgoteo.

Se oyó un golpe y luego el sonido sordo de un cuerpo al caer al suelo.

‚ÄĒ¬°Oh, Dios, no! ‚ÄĒgimi√≥ Jimin, deseando correr en auxilio de la ni√Īera, aunque sab√≠a que no har√≠a m√°s que empeorar las cosas.

Aunque Jimin se esforzó por oír, Martha no emitió un solo sonido más.

Mientras los piratas destrozaban el camarote, Jimin escuchó, indefenso y aterrorizado.

No dejaron nada sano en busca de objetos valiosos; comprendió que sólo era cuestión de tiempo que miraran dentro del guardarropas.

Se escondió lo mejor que pudo entre la ropa colgada, pero supo que cualquiera que abriese la puerta lo vería de inmediato.

Oyó pasos que se aproximaban y trató de juntar valor.

La puerta se abrió de golpe y entró la luz.

La cara enrojecida y barbuda de un sujeto lo bastante viejo para ser su abuelo parpadeó asombrado al verlo.

Los dientes, que exhibía en una amplia sonrisa, estaban reducidos a tocones negros.

Jimin se estremeci√≥, tratando de refugiarse lo m√°s posible dentro del mueble, pero cuando el pirata cerr√≥ una mano mugrienta sobre su mu√Īeca y lo arrastr√≥ fuera del escondite lanz√≥ un grito.

El viejo ri√≥ entre dientes al o√≠rlo gritar y tir√≥ con fuerza de √©l tratando de posar la boca h√ļmeda sobre los labios de Jimin.

Tenía el aliento fétido y a Jimin se le revolvió el estómago.

Se resistió con fiereza, en silencio, demasiado asustado hasta para gritar.

El viejo resopló, disfrutando de la resistencia del muchacho y lo sujetó a distancia mientras lo examinaba de pies a cabeza.

‚ÄĒ¬°Vaya si es bonito! ‚ÄĒdijo por encima del hombro, y Jimin vio que hab√≠a otro hombre, inclinado sobre el cuerpo inerte de Martha.

Al o√≠r al compa√Īero, este sujeto se irgui√≥ y contempl√≥ a Jimin con indisimulado deseo.

‚ÄĒ¬°Por Dios, Quincy, lo es! ¬°Ser√° mejor que nos demos prisa a turnarnos con √©l, antes de que el capit√°n le ponga la mano encima! ¬°Despu√©s no tendremos oportunidad!

‚ÄĒ¬°Eso mismo pienso yo! ‚ÄĒri√≥ Quincy entre dientes y solt√≥ el brazo de Jimin, para aterrarle el cuello del vestido y tirar hacia abajo con toda su fuerza.

La fina seda se desgarró, lo mismo que la camisa: Jimin quedó desnudo casi hasta la cintura.

Miró a los dos lascivos sujetos con horror creciente.

¡Era verdad lo que les sucedía a los jovenes prisioneros de los piratas!

La mano torpe de Quincy, que le manoseaba el torso, interrumpió sus pensamientos.

Al contacto, Jimin gritó enloquecido y se debatió condesesperación.

El hombre ri√≥, ya enardecido, y el compa√Īero solt√≥ una carcajada, inst√°ndolo a apresurarse.

Quincy lo atrajo con brusquedad hacia él y le sujetó las manos a la espalda mientras le manoseaba el pecho.

Otra vez intent√≥ besarlo dejando un rastro h√ļmedo en su rostro y Jimin crey√≥ que iba a vomitar.

‚ÄĒ¬°Por el amor de Dios, termina con eso! ‚ÄĒlo urgi√≥ el otro, con tono ronco, lami√©ndose los labios mientras contemplaba el pecho desnudo de Jimin.

Quincy comenzó a empujarlo hacia la litera y Jimin luchó contra él con una fuerza que nacía del terror.

Le hundi√≥ los dientes en la mano y cuando el sujeto salt√≥ hacia atr√°s, se las ingeni√≥ para soltar una mano y clavarle las u√Īas en la cara.

El hombre solt√≥ una maldici√≥n y enarbol√≥ el pu√Īo, dispuesto a desmayarlo de un pu√Īetazo y a dar por terminada la pelea; Jimin grit√≥ otra vez, desesperado.

‚ÄĒPor todos los diablos, ¬Ņqu√© pasa aqu√≠? ‚ÄĒpregunt√≥ con aspereza otra voz varonil.

‚ÄĒ¬°Por Dios, Quincy, es el capit√°n! ‚ÄĒexclam√≥ el que observaba, con voz ahogada, dejando caer a Jimin como si de pronto la carne del muchacho le quemara.

Con un sollozo ultrajado, Jimin contuvo el aliento y balanceó la mano en un amplio arco, que aterrizó bajo la oreja de Quincy.

El viejo aulló, saltó hacia atrás y Jimin corrió tras él para volver a atacarlo.

Pero alguien le sujetó las manos desde atrás con un apretón de hierro; el muchacho pateó y forcejeó, ciego de pánico ante el nuevo captor.

‚ÄĒ¬°Basta! ‚ÄĒgrit√≥ el hombre a sus espaldas y las manos que lo sujetaban lo sacudieron con tanta fuerza, que crey√≥ que se le desprender√≠a la cabeza.

Cuando al fin se quedó quieto, las sacudidas cesaron; Jimin levantó la vista y se topó con los ojos más helados y despiadados que había visto en la vida: grises y duros como el acero, de expresión amenazadora, como el rostro al que pertenecían.

Jimin tembló bajo su severa mirada.

Cuando el hombre comprobó que el ya no se movía, pasó esa mirada enervante hacia los hombres.

Jimin siguió mirándolo, transfigurado.

Tenía el cabello negro como el azabache, ondulado, y la piel oscura contrastaba con esos helados ojos grises.

La nariz era larga y arrogante, la boca delgada, una simple línea.

Aparentaba unos treinta a√Īos y Jimin percibi√≥ su fuerza tremenda en el apret√≥n con que le sujetaba las manos.

Los brazos y los hombros se hinchaban de m√ļsculos y era muy alto.

Además, era el hombre más apuesto que había visto en la vida.

Los dos marineros se encogieron bajo la mirada del hombre cuando los observó con calma aterradora.

Quincy iba a hablar, pero calló al ver que la mirada del capitán se oscurecía.

Poco después, los duros ojos grises se volvieron hacia Jimin, que se apresuró a bajar la vista.

El hombre entrecerró los ojos al percibir por primera vez su belleza y se demoró en la contemplación del pecho desnudo y agitado.

Al comprender dónde se posaba esa mirada, el muchacho enrojeció, pero como no tenía modo de cubrirse no pudo hacer nada.

Tras un largo momento, el hombre apartó la mirada.

‚ÄĒQuincv, 0'Halloran, he dado √≥rdenes de que trataran con consideraci√≥n a todos los prisioneros. La "consideraci√≥n" no incluye la violaci√≥n ni la violencia f√≠sica contra una anciana ‚ÄĒa√Īadi√≥, cuando un gemido de Martha atrajo su atenci√≥n hacia ella por primera vez.

Jimin se solt√≥ y corri√≥ hacia la ni√Īera.

El capitán le echó un vistazo breve y luego se concentró otra vez en los hombres.

‚ÄĒPero capit√°n, s√≥lo est√°bamos... ‚ÄĒprotest√≥ Quincy, pero retrocedi√≥ al ver la furia desnuda en los ojos del capit√°n.

‚ÄĒ¬°C√°llate! ‚ÄĒdijo, con frialdad el capit√°n, dando una nueva orden‚ÄĒ: ¬°Harry! Un joven, impecablemente vestido con el atuendo de segundo oficial de la Armada brit√°nica, entr√≥ de prisa y salud√≥ con vivacidad.

‚ÄĒ¬ŅS√≠, se√Īor?

‚ÄĒAcompa√Īe a estos hombres de regreso al Margarita. Luego, decidir√© qu√© hacer con ellos.

‚ÄĒ¬°S√≠, se√Īor! ‚ÄĒvolvi√≥ a saludar Harry e hizo una se√Īal a Quincv v 0'Halloran, que lo siguieron con aire l√ļgubre a trav√©s de la puerta destrozada.

Jimin oyó los pasos que se alejaban, presi de sentimientos encontrados.

Claro que estaba contento de verse libre de Quincv y su amigo, pero no le gustaba quedar a merced de este hombre.

Tenía un aire de crueldad que no dejaba lugar a dudas: si él hubiese sido el atacante, nada ni nadie lo habría detenido.

‚ÄĒDebo pedirle perd√≥n por la conducta de mis hombres‚ÄĒdijo, volvi√©ndose hacia √©l que estaba arrodillado junto a Martha y haciendo una reverencia cort√©s‚ÄĒ. Capit√°n Jeon Jungkook, a su servicio.

‚ÄĒAcepto su disculpa, capit√°n ‚ÄĒrepuso Jimin con dignidad, al tiempo que se sujetaba la parte delantera del vestido y se pon√≠a de pie.

Miró al hombre con desconfianza: esa cortesía inesperada lo alarmaba.

Tuvo la impresi√≥n de que, de alg√ļn modo, estaba poni√©ndolo a prueba.

Pensó que lo mejor sería seguir su ejemplo y le tendió la mano.

‚ÄĒSoy Park Jimin, hijo del conde de Badstoke.

‚ÄĒMe honra conocerlo, se√Īor. ‚ÄĒLe tom√≥ la mano con el grado exacto de galanter√≠a y la llev√≥ a los labios.

La sensación de esa boca dura sobre el dorso de la mano hizo cosquillear la piel de Jimin.

Ante la aparente gentileza del individuo, algo del terror y la cólera disminuyeron y hasta se atrevió a emplear un tono algo imperioso:

‚ÄĒMi doncel fue herido por sus rufianes. Necesita atenci√≥n inmediata.

‚ÄĒEnseguida me ocupar√©, se√Īor‚ÄĒprometi√≥ el hombre, con seriedad, y luego lanz√≥ una carcajada, soltando la mano de Jimin‚ÄĒ. De modo que es "Joven", ¬Ņno es cierto? ‚ÄĒri√≥, examin√°ndolo de pies a cabeza.

Dio unos pasos hasta quedar frente a él, que tuvo que echar la cabeza atrás para poder mirarlo en los ojos.

‚ÄĒ¬ŅY cu√°ntos a√Īos tiene, Joven?

Con gesto juguetón, le tocó la barbilla con un dedo.

Los ojos de Jimin lanzaron chispas, ante lo cual el hombre rió otra vez, como si él fuese lo más divertido que hubiese visto jamás.

‚ÄĒSer√° conveniente que me conteste, precioso, si no quiere que imagine que es usted mayor de lo que parece y act√ļe en consecuencia.

El tono burl√≥n enfureci√≥ a la joven, que le lanz√≥ un puntapi√©, haciendo que su delicado calzado entrara en contacto con los m√ļsculos duros de la pantorrilla del hombre.

El capitán hizo una mueca y, aterrándolo de los hombros, lo apretó con fuerza contra sí.

Cuando Jimin intent√≥ clavarle las u√Īas, le sostuvo las manos sin dificultad con una de las propias y las sujet√≥ a su espalda.

Le sonrió burlón y, alzando la mano libre, acarició su pecho.

¡Jimin sintió fuego en la piel!

Bajo la íntima caricia, los pezones se endurecieron y la sensación física lo hizo jadear.

Se retorció, tratando de soltarse con todas sus fuerzas, pero el hombre lo sujetó sin dificultad.

Siguió acariciándole el pecho, mirándolo con un atisbo de sonrisa en los ojos.

‚ÄĒ¬ŅCu√°ntos a√Īos tienes, precioso? ‚ÄĒpregunt√≥ otra vez, m√°s intimamente.

Si bien el tono era suave, la diversión acentuaba los rasgos del rostro. Como

Jimin guardaba silencio, le pasó las yemas de los dedos con infinita suavidad por los pezones.

√Čl sinti√≥ casi un dolor en lo profundo del vientre: lo horroriz√≥ lo que estaba suce- di√©ndole.

Para un joven, virgen, hijo de una de las familias m√°s distinguidas de Inglaterra.

Y cuando ese animal, ese canalla, se atrevía a ponerle las manos sobre la piel desnuda, en lugar de gritar o desmayarse como sería propio de un joven...

¡Permanecía inmóvil frente a él!

Lo acome√ľ√≥ una oleada de verg√ľenza y furia m√°s intensa que cualquier cosa que hubiese sentido hasta entonces y, sin poder contenerse, le escupi√≥ el rostro burl√≥n.

Tras un instante de atónito silencio, el capitán unió las cejas en gesto amenazador y sus ojos comenzaron a resplandecer de un modo que asustó a Jimin.

Con lentitud, se enjugó el escupitajo.

La expresión de su rostro aterró al muchacho, tan perplejo como él por su propia acción.

"¡Oh, Dios querido, ahora me matará!", pensó.

El hombre lo contempló largo rato en silencio y Jimin sintió que lo abandonaba todo rastro de coraje.

Se echó a temblar demiedo.

Al notarlo, los m√ļsculos de alrededor de la boca del hombre se relajaron un tanto y parte de la furia se esfum√≥ de su semblante.

‚ÄĒJoven, lo que t√ļ necesitas es educaci√≥n ‚ÄĒdijo, subrayando las palabras, mientras lo atra√≠a con rudeza hacia s√≠.

La boca del hombre se abatió sobre del muchacho, duro, cálido, exigente, y lo besó como nunca lo habían besado.

Los castos besos que recibiera una o dos veces no eran nada en comparación y de hecho le dejaron cierto desprecio por los chicos a los que esos besos redujeron a una temblorosa incoherencia.

En ese momento, el que lo besaba era un hombre, no un muchacho, y le tocó a Jimin quedar reducido a una temblorosa incoherencia.

La lengua del capitán separó los labios de Jimin y se hundió en su boca.

√Čl estuvo en un tris de desmayarse y sinti√≥ que un calor ardiente quemaba su boca.

En vano le empujó el pecho, sintiendo frío y calor al mismo tiempo.

El hombre enredó la mano en un mechón del pelo del muchacho y lo sujetó, tirando con crueldad cuando él se movía.

Por fin, Jimin se apoyó contra él y se sometió al abrazo.

El capitán le acarició el pecho tembloroso con manos expertas, cosquilleando los pezones con suavidad y él sintió que un calor ardiente subía desde lo más profundo de su ser.

Horrorizado, hizo un √ļltimo esfuerzo para escapar, pero el hombre dio un tir√≥n brutal y √©l grit√≥.

La boca del capitán le quitaba el aliento y sintió que se desmayaba.

El camarote comenzó a girar ante sus ojos en un remolino enloquecedor.

Los cerr√≥ y se apoy√≥ contra √©l como si fuese el √ļnico objeto s√≥lido en un mundo turbulento; cuando lo apret√≥ m√°s sinti√≥ la dureza entre las piernas del hombre.

El contacto, la cercan√≠a primitiva y viril, despertaron en √©l algo igual de primitivo: se sinti√≥ extra√Īo, distinto.

Lo odiaba y le temía, pero las manos del hombre sobre su cuerpo lo hicieron arder como si tuviese fiebre.

Se estremeció y, sin advertirlo, le rodeó el cuello con los brazos: estaba respondiendo al beso.

Cuando por fin él se apartó, Jimin temblaba con tal fuerza que no podía tenerse en pie.

El hombre la contempló con expresión inescrutable.

Jimin se ruborizó bajo esa mirada firme y se apresuró a bajar la vista.

‚ÄĒDe modo que no eres tan joven como pens√© ‚ÄĒdijo el hombre con lentitud y todo el cuerpo de Jimin ardi√≥ de verg√ľenza.

"Lo odio, lo odio", pensó, aturdido.

"¬ŅQu√© me hizo actuar as√≠?"

El hombre lo contempló un momento más y luego lo alzó en los brazos.

El movimiento fue tan inesperado que, por un instante, Jimin enmudeció.

El capitán ll sostuvo acurrucado contra su pecho y salió por lo que quedaba de la puerta del camarote.

En el corredor, Jimin vio el cuerpo inerte de quien había sido un miembro de la tripulación del Anua Creer.

Le habían cortado limpiamente la cabeza y yacía en un charco de sangre seca.

Jimin se estremeció y apartó la mirada del horrendo espectáculo.

Los brazos que lo rodeaban eran un extra√Īo consuelo.

"¡El lo hizo!", pensó, poniéndose rígido.

"¡Y ahora me lleva para hacer Dios sabe qué conmigo!"

Se debatió con violencia entre los brazos del hombre.

‚ÄĒ¬°B√°jeme, asesino! ‚ÄĒexclam√≥ entre dientes, intentando in√ļtilmente soltarse.

El hombre no hizo caso del forcejeo, que no lo desvió en lo más mínimo.

Desesperado, Jimin le clav√≥ las u√Īas en una mejilla, haciendo brotar gotitas de sangre.

La furia que ardió en los ojos del capitán lo hizo aflojarse de golpe entre sus brazos, pero él no intentó vengarse de su violencia.

Lo levant√≥ m√°s a√ļn y lo apoy√≥ sobre el hombro como si fuese un saco de harina.

Esa posición ignominiosa lo enfureció y gritó con toda la fuerza de sus pulmones.

El capitán le propinó una fuerte palmada en el trasero, que estaba en posición conveniente.

Jimin jadeó de dolor y sorpresa: ¡hasta entonces, nadie se había atrevido a hacer algo semejante!

Lo pateó con crueldad.

La punta dura del zapato dio de lleno en el estómago del hombre y Jimin sonrió complacido al oírlo gemir.

Al instante, la mano golpeó otra vez con fuerza el trasero del joven, haciendo que la primera palmada pareciese una mera caricia.

Se le escapó un gemido de dolor.

Se retorció, tratando de bajarse, pero el capitán lo golpeó otra vez.

Jimin gritó, insultándolo con todo el repertorio de maldiciones que conocía.

Cuando se qued√≥ sin aliento, empez√≥ a darle pu√Īetazos en la espalda.

El hombre le golpeó otra vez el trasero, con fuerza, y siguió haciéndolo mientras subían la angosta escalera.

Cuando llegaron a la cubierta principal, Jimin estaba echado, quieto, sobre el hombro del capit√°n.

Le corría un torrente de lágrimas por la cara y sentía el trasero como de fuego.

Cerró los ojos al ver los cuerpos mutilados, desparramados donde habían caído y, con tremendo esfuerzo, ahogó un sollozo.

Odiaba a ese hombre que le había hecho eso a él, a todos, con todas las fuerzas que le quedaban.

La mente de Jimin gir√≥ en un v√©rtigo de odio impotente, rabia y verg√ľenza.


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