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Tomb Raider: El Despertar

By Meldelen

Fantasy / Adventure

Blurb

La guerrilla se ha alzado en contra del gobierno de Sri Lanka y Lara Croft se encuentra atrapada, junto con Anna, en una área de templos rodeada de jungla. La única vía de escape es la huida, pero entonces sucede un terrible altercado que desatará, de forma imprevista, una fuerza latente. Post El Cetro de Lilith. LCxKT. Presentando a Anna Croft.

Un helicóptero prestado



El coronel Matthew Kendricks acabó de impartir unas instrucciones secas y subió de tres en tres los escalones que separaban el barracón donde tenía su despacho del resto del campamento. Se dio la vuelta y oteó rápidamente el panorama. A lo lejos, podía divisar las columnas de humo y el lejano estallido de las bombas, así como la atenuada ráfaga de las armas de fuego.

Se estaban quedando sin tiempo.

Hacía tres días que había estallado el conflicto en aquel rincón olvidado de la mano de Dios, el extremo selvático de Sri Lanka. En realidad, no es que hubiese sido demasiado pacífica -de ahí la presencia de aquel regimiento de la Legión- pero esta vez se había ido todo al carajo. Los rebeldes se habían alzado en armas, el Gobierno estaba pasivo, y como de costumbre, la ONU se negaba a intervenir. Sin la aprobación internacional no se podían enviar refuerzos, y en aquel momento carecían de logística para enfrentarlos. Debían salir pitando y abandonar el campo a su suerte.

Para qué narices habían ido allí, entonces. Tres años de escaramuzas con la guerrilla local y el asqueroso clima selvático, para acabar huyendo como cobardes.

Lanzó una última mirada a los camiones cargados de soldados que abandonaban el campo y se apresuró a entrar en su despacho. Se había pasado las últimas horas quemando documentos, no porque hubiese cosas que ocultar -que también-, sino porque era imposible llevárselos consigo. Tan sólo tenía que coger sus cosas y...

Un jeep embarrado se detuvo frente al barracón con un frenazo violento. Aquello llamó la atención de Kendricks, que inmediatamente cogió el rifle y salió hacia la puerta. ¿Qué narices estaban haciendo? Había dado órdenes clarísimas de evacuar el campo.

- ¿¡Pero qué demonios...!? - se quedó boquiabierto al ver al hombre que saltaba del asiento e iba dando grandes zancadas hacia él - ¡No me jod...!

De repente, una bomba estalló a tan sólo unos metros de la entrada del campo y vio saltar por los aires un barracón. Kendrick soltó un juramento y se tambaleó. El hombre que había salido del jeep lo sostuvo, agarrándolo por el cuello de la casaca, y lo arrastró dentro del barracón.

- ¡La madre que me parió! - exclamó el coronel, festivo, como si el mundo no se estuviese derrumbado a su alrededor, y palmeó entusiasmado el brazo la espalda del otro - ¡Pero si es el maldito Kurtis Trent! ¿Qué diablos estás haciendo aquí?

Como si estuviese en su maldita casa, el ex-legionario dio unas zancadas hacia el armario de los rifles, abrió de un tirón la puerta, sacó una AK-47 y empezó a cargarla a toda velocidad.

- Necesito un helicóptero.- dijo por toda respuesta.

Kendrick parpadeó, atónito.

- ¿Estás de broma, verdad? - se pasó la mano por el pelo cortado al uno - ¿Cuántos años hace que no te veo? ¿Diez, quince?

- Veinte.- respondió secamente el otro, y se colgó la Kalashnikov al hombro. Iba vestido de camuflaje y tenía una enorme pistola enfundada bajo la axila. Volvió a meter la mano en el armario y empezó a sacar granadas.

- ¡Veinte años! Desapareciste sin dejar rastro. ¡Deserción! Te podrían haber fusilado. De hecho – se rascó detrás de la oreja, distraído – te creía muerto, la verdad. ¿Qué has estado haciendo? ¿Y ese corte de pelo?

- ¿Tienes el maldito helicóptero o no? - masculló Kurtis, que seguía saqueando el armario de la munición como si fuera la alacena de la cocina - ¡No tengo tiempo para charlas, Matt!

- Coronel Kendrick, gilipollas. - Matt se tocó las insignias de la chaqueta, molesto – He ascendido mucho desde que se te tragara la tierra. ¿Y qué diablos crees que estás haciendo? ¡No puedes presentarte aquí y empezar a robar armamento y a pedir transporte!

El que fuera su compañero de regimiento giró sobre sus talones y blandió un enorme cuchillo ante él.

- Kabul, 1996. Creo que me debes un favor.

Kendricks suspiró.

- Sí, me salvaste el culo. Esos talibán iban a joderme vivo. Pero dejarte birlar un helicóptero y armamento de un campo puede hacer que me fusilen.

- ¿Y quemar documentos no? - Kurtis blandió el cuchillo hacia el barril metálico tiznado de negro y lleno de cenizas – Esto es una evacuación. Nadie está haciendo inventario ahora mismo.

Otra explosión sonó a lo lejos. El coronel suspiró.

- Está bien. Dime para qué quieres el helicóptero.

El ex-legionario tomó un mapa de la isla, lo desplegó de un manotazo y, sin más explicaciones, la clavó en el extremo norte de la isla. Kendricks resopló.

- Es imposible aterrizar ahí. Ese sitio es todo jungla, no se ve casi el suelo.

- Yo sí puedo. Soy el mejor piloto que habéis tenido nunca.

- Se me había olvidado que no tienes abuela. ¿Y para qué quieres ir ahí? Sólo hay ruinas, ruinas de templos, tumbas y muertos, muchos muertos.

- Ahí es donde voy. Extracción de dos civiles.

Había seguido armándose hasta los dientes mientras hablaba con frases cortas, secas y rápidas. Parecía un Rambo poseído por el baile de San Vito.

- ¿Extracción de dos civiles? ¿Todo este lío por dos civiles? ¿Estás loco?

- Siempre he sido un sentimental.

Ah, vaya, ahora encima se ponía sarcástico.

- Dime la verdad y te ayudaré, te lo prometo.

Kurtis se giró, enervado, y arrancó el cuchillo del mapa.

- ¡No necesito tu maldita ayuda! ¡Necesito un maldito helicóptero! ¡Ya!

Otra explosión sonó más cerca. La lámpara del techo osciló y una fina capa de polvo cayó sobre ellos.

Kendrick se cuadró.

- Soy un maldito coronel, y tú, un ex-soldado raso, un desertor. Esto te viene grand...

- No serías coronel si hubieses muerto en Kabul, y estás vivo gracias a este ex-soldado raso desertor.- Kurtis se apuntó al pecho con la punta del cuchillo, desafiante. Pero entonces, cedió – Tengo que sacar a una mujer y a una niña de allí. Occidentales. Y tengo que hacerlo ya.

El coronel se quedó boquiabierto.

- ¿Qué diablos hacen una mujer y una niñ...? - al encontrarse con la mirada furiosa del otro, se interrumpió – Es demasiado tarde. El norte de la isla está en manos de los rebeldes. Antes de unas horas las habrán violado, degollado y tirado en una cuneta.

- ¡Sí, si sigo aquí plantado oyendo tu estúpida verborrea! - el ex-legionario dio un puñetazo contra la mesa – Es mi hija, Matt. Y su madre. ¡Dame de una vez el puto helicóptero y lárgate!

Kendricks volvió a quedarse boquiabierto. Luego saltó de la silla:

- Joder, haber empezado por ahí.

Siempre había sido un poco lento para leer entre líneas.

Tres minutos después, Kurtis saltaba sobre el asiento del piloto y encendía frenéticamente los mandos. Sí, había sido uno de los mejores pilotos de la Legión, pero hacía veinte años que no sabía nada de él y nadie en su sano juicio pensaría siquiera en aterrizar en una jungla. Por suerte, en sus recientes misiones había podido familiarizarse con los modelos más modernos.

Kendricks hubiese querido ir con él. A pesar de gritos, insultos y aspavientos, habían sido compañeros y sí, estaba vivo gracias a él. Por eso le permitía hacer aquello, lo que en una cadena de mando militar lógica y ordenada, en cualquier otro contexto que no fuese aquel caos, hubiese supuesto un consejo de guerra con funesto pronóstico.

- Estás como un maldito cencerro, ¿lo sabías? - le gritó desde el suelo, agarrándose la boina contra la cabeza. - ¿Y desde cuándo tienes una familia?

Pero ya no le oía. El sonido de las hélices era ensordecedor.


Estaba mal. Por más veces que lo intentara, estaba mal. Apretó el lápiz entre las manos, luego apretó los dientes, y finalmente lo tiró sobre el montón de bocetos.

- ¡A la mierda! - masculló. Casi al instante se arrepintió. Se encogió y miró a su alrededor rápidamente. Pero su madre no estaba por allí.

Menos mal, porque odiaba oírla decir tacos. Lara Croft era muy estricta en cuanto a esa “jerga de legionario que has aprendido de tu padre”y por más que se esforzaba en controlarla, siempre acababa brotándole cuando se enfurecía.

No había manera de que aquel dibujo le saliese bien. Estaba frustrada.

Moviéndose nerviosamente en la banqueta de madera, Anna se puso el lápiz entre la nariz y el labio superior e hizo morros mientras seguía examinando el boceto. Luego cogió el artefacto que su madre había recuperado de la zona del templo mayor dos días antes, y lo hizo girar entre sus manos. Una preciosa pieza de ámbar, semejante a una gota, esculpida con miles de líneas onduladas y zigzagueantes. La Lágrima de Brahma.

Había intentado dibujarla desde todos los ángulos posibles pero no acababa de salirle bien. Y eso era frustrante porque ella era realmente buena dibujando. Otra cosa que había aprendido de su padre, quien siempre había tenido un talento innato para ello, y además era algo de lo que, para variar, su madre no se quejaba.

Si al menos él estuviera allí para ayudarla. Anna se quedaba boquiabierta cada vez que Kurtis cogía un lápiz y, con unos breves y rápidos gestos, en pocos instantes creaba un mundo. Ella era ya muy buena para su edad, pero soñaba con llegar algún día a su nivel.

Eso sí, no iba a llegar como siguiera haciendo aquellas chapuzas.

Arrancó la hoja, la arrugó haciendo una bola y la tiró por encima de la pila de trastos que Lara había sacado del templo. Luego se replegó en el asiento hasta quedarse en cuclillas, enfurruñada.

- Qué perdida de tiempo.- masculló entre dientes, otro vicio heredado por vía paterna.

De pronto, le pareció oír un rumor sordo a lo lejos. Agudizó el oído.

Se había desvanecido. Qué raro, había sonado como una...

Ahí estaba. Otra vez. Y ahora no cabía duda.

Era una explosión. Una bomba, o una mina antipersona.

Pero... ¿allí?

Saltó inmediatamente del banco y salió corriendo hacia un árbol. Casi inmediatamente se dio la vuelta y volvió corriendo, agarró la Lágrima de Brahma, la metió a empujones en su bolsa de bandolera, se la colgó al hombro, volvió hacia el árbol y empezó a trepar.

Entre las muchas cosas que estaba aprendiendo rápidamente desde que, al cumplir doce años, empezara a acompañar a su madre en algunos de sus viajes, era que nunca, nunca se dejaba un artefacto atrás, por las razones que fuera. La mayoría de veces era ya demasiado arriesgado recuperarlo, como para perderlo por una tontería. De hecho, el que Lara lo hubiese dejado allí, con ella, respondía a algo más que ella practicara su dibujo documentando su aspecto y distintas formas.

Su madre la estaba poniendo a prueba. Y Anna no tenía intención de decepcionarla.

Siguió trepando, jadeante, agarrándose al tronco y pasando de rama en rama. Afortunadamente, los enormes árboles de la jungla eran fáciles de escalar, llenos de follaje y agarraderas por las que fácilmente cualquiera con un mínimo de forma física podía moverse.

Desafortunadamente, el árbol era enorme, inmenso, altísimo, por lo que tardó varios minutos en alcanzar la copa. Se dejó caer, sudorosa, jadeante, en la última rama segura, y después de comprobar su firmeza pateándola, sacó la cabeza por encima de la maraña de hojas.

Lo que vio la dejó boquiabierta.

- ¡Oh, no! - gritó. Una bandada de loros salió volando y chillando a pocos metros de ella, alterados por su voz.

Había una columna de humo ascendiendo por el horizonte. Humo negro. Gasolina ardiendo, si es que recordaba bien. Ahora oía mejor en la distancia, atenuados un poco los sonidos naturales de la jungla.

Tiros. Ráfaga de metralla. Y aún más lejos, el lejano rumor de los motores.

Y entonces creyó distinguir una sombra que se acercaba. La observó atentamente. El sonido traqueteante y amortiguado le llegó antes de que lograra distinguir bien qué era.

Un helicóptero. Y venía hacia allí.

- Maldita sea.- masculló. Bueno, no era momento para preocuparse por las palabrotas.

Se ajustó la bandolera en torno al cuerpo y empezó a descender rápidamente por el árbol, intentado recordar donde había pisado. Pero descendía tan deprisa y atolondrada que al poco rato dio un paso en falso, perdió pie y empezó a caer sin control, dándose de tortazos contra hojas y ramas. Por suerte había lianas de sobra, se agarró a una para frenar su caída y siguió descendiendo con más cuidado, mascullando más palabrotas entre dientes.

Definitivamente aquél no era su día.


Aquel piloto estaba realmente tentando su suerte. Y eso que ella había hecho auténticas locuras no sólo con helicópteros, aviones, motocicletas, coches y todo tipo de vehículos. Pero descender entre la masa de follaje blanda e inestable que cubría la parte superior de la jungla era una estupidez que ni ella estaba tan loca como para probar.

Se iba a matar, sin duda.

Lara se encogió de hombros, se apartó la trenza de un manotazo y acabó de salir al pequeño claro donde las dos tenían su campamento. No le sorprendió demasiado no ver a Anna allí. No había manera de que se estuviese quieta. Aunque no la hubiera dejado sola más que media hora.

Echó un vistazo rápido a los borradores amontonados y a la bola de papel arrugada tirada a cierta distancia. Sonrió. Casi la podía oír refunfuñando, arrugando la nariz mientras intentaba plasmar el artefacto desde distintos ángulos, y soltando alguna que otra palabrota de soldado.

De hecho, la estaba oyendo.

Se acercó a uno de los grandes árboles que circundaban el claro a tiempo de verla dejarse caer, sudada y roja como un tomate, desde las últimas ramas hasta el suelo. Casi sonrió de nuevo al verla aterrizar con toda elegancia, pero entonces reparó en la expresión de su cara.

- ¡Mamá! - gritó, y se paró unos momentos a recobrar el aliento. Lara frunció el ceño. Catorce años, y no acababa de acostumbrarse a aquella palabra. - ¡Hay una guerra ahí fuera!

Se lo había temido. Así que eso significaba aquel caos lejano que, inexorablemente, avanzaba hacia allí.

No, se dijo, sintiendo, muy a su pesar, que un estremecimiento la sacudía de arriba abajo. No. Este maldito lugar era seguro.

Pero ya no lo era.

Sin decir palabra, entró en la tienda y corrió hacia la mesa donde tenía la radio. Quizá podía contactar con la base de los arqueólogos que la habían contratado para que recuperara la Lágrima de Brahma. Ellos las habían llevado hasta allí con su jeep, aunque se lo habían llevado de nuevo. Sólo tenían aquel vehículo... malditos recortes a las subvenciones gubernamentales.

Con el micrófono en la mano, dudó unos instantes. Luego, lo volvió a dejar. No, era demasiado peligroso. Si realmente los rebeldes se habían alzado justo ahora -¿no podrían haberse esperado unas horas? ¡Sólo unas malditas horas más!- la frecuencia podría estar intervenida.

Estaban atrapadas en medio de la jungla, en unas ruinas, en una zona de conflicto bélico.

- Genial.- suspiró – Simplemente fantástico.

Tardó un momento en darse cuenta de que su hija la estaba mirando fijamente, allí de pie, cubierta de tierra, ramitas y rasguños en cara, brazos y piernas. No era normal que Lara no supiese qué hacer, debía estar pensando, mientras la mirada con sus impactantes ojos azules.

Tenía que darle algo en lo que ocuparse.

- Recoge el campamento.- le dijo, y la niña asintió, frenética – Sólo lo imprescindible, ya lo sabes. Vamos a ir hacia el centro.

- Pero...

- Todo va a ir bien. Mantén la calma.- y entonces le sonrió – Tú llevas el artefacto.

Anna sonrió entonces y pareció tranquilizarse.

- ¡Sí! - dijo, palmeó la bolsa de bandolera distraídamente, y dio media vuelta para empezar a recoger cosas. Casi distraídamente, se metió la bola de papel en el bolsillo. No es que fuera algo imprescindible, pero quizá pudiera enseñársela a su padre para ver qué narices estaba haciendo mal.

Si es que lo volvían a ver, pensó siniestramente, decidida a no volver a asustarse de nuevo. Al menos de momento.

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