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NUEVE REINOS

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Summary

TRES ELFOS Y UNA HUMANA: UNA COMBINACIÓN APOCALÍPTICA Siracusa es la primera humana que viaja al reino de los elfos para estudiar medicina. Su carácter confiado y su descaro natural la ayudaran a hacer frente a sus nuevos y estirados amigos elfos, en especial a Tálah quien se cree un regalo de los Dioses. Con sus dosis de humor censurable y su determinación, Siracusa se ve capaz de afrontar la vida en ese reino élfico lleno de mágia y seres peligrosos, e incluso de plantarle cara al fin del mundo. Una historia a lo Tolkien pero contada en la actualidad, con humor, leyendas, aventuras y romances insospechados.

Genre:
Fantasy / Romance
Author:
Beca Aberdeen
Status:
Complete
Chapters:
8
Rating:
4.8
Age Rating:
16+

Capítulo 1: Alfheim, el reino de los elfos.

Me apreté la chaqueta de lana contra el pecho al salir del aeropuerto de Alfheim. No llovía, pero el encapotado cielo parecía estar mucho más cerca del suelo que el de Midgard, casi como si se tratara de un cúpula cerrada sobre mi cabeza, y no debía de haber más de doce grados de temperatura.

Suspiré, ignorando la piel erizada de mis brazos. Me tomaría tiempo, pero acabaría acostumbrándome al clima húmedo y grisáceo de Alfheim.

El autobús era completamente distinto a los de Midgard, mucho más alto para albergar a los esbeltos elfos, pero con pasillos estrechos, pues la obesidad era desconocida en esa tierra.

Oteé el paisaje a través de la ventana del autobús con una apremiante sensación de excitación en el cuello de mi estómago. Todo era significativamente distinto a mi reino.

Las carreteras estaban circundadas por campos con una hierba tan densa y verdosa que alimentaban los ojos de una belleza exuberante. Nada que ver con las cunetas secas por el fuerte sol e intercaladas con almacenes y fabricas de Midgard.

Las zonas urbanas estaban compuestas por tiendas con formas de casitas o de castillos que rememoraban otra época, pero actualizadas por carteles publicitarios y colores modernos. Si una era rosa, la siguiente era de un verde lima, salpicadas de colores que nada tenían que ver entre sí. También abusaban de flores, de un sinfín de colores, colocándolas por todas partes en la fachada y por la calle. Era pintorescamente hermoso.

Utilicé mi Iphone para hacerle fotos a las partes más curiosas y poder compartir aquella experiencia con mis seres queridos.

―Facultad de medicina ―anunció el conductor en un aburrido alarido. No estaba segura de qué se trataba, pues nunca había visto a nadie de su especie. Su piel era grisácea y sus ojos tenían membranas laterales que se plegaban intermitentes como la cortina de un teatro. Le di las gracias antes de apearme, pues era lo que habían hecho los demás viajeros, y me dio la impresión de que me había guiñado un ojo. ¿Pero cómo saberlo con seguridad si parecía una rana humanoide? Por esa razón me limité a responder con una sonrisa, intentando disimular que me daba grima.

Esta vez sí que estaba lloviendo. Una lluvia fina, apenas perceptible pero igual de molesta, porque humedecía mi rostro, provocando que el viento resultara gélido.

Tiré de mis dos maletas de ruedas, deteniéndome cada vez que una decidía perder el balance y darse la vuelta. Me dolían los brazos por su peso, pero había sido incapaz de reducir más mi equipaje, preocupada con pasar frío o cualquier tipo de necesidad en esas tierras remotas. Mi madre me había llenado la maleta facturada de embutido envasado al vacío, recordándome que los elfos solo comían pasto como las vacas. Cosa que no era verdad, sino uno más de los prejuicios entre razas.

La facultad de medicina se trataba de un edificio antiguo, hecho de piedra grisácea que se tornaba aun más lóbrego con la lluvia. En ese momento entendí a la perfección porque las casas estaban pintadas de colores chillones, como si quisieran compensar la falta de sol de esa manera.

El edificio era fino y alargado con forma de muralla, solo que esta no albergaba un castillo sino que rodeaba un bosque frondoso, lleno de luces intercaladas entre sus copas y por el perímetro. Al agudizar la vista me di cuenta de que esas luces procedían de pequeñas cabañas ancladas, a varios metros del suelo, en los troncos de los gigantescos árboles. Supuse que se trataba de los dormitorios de los estudiantes.

El elfo que estaba en la recepción del edificio, con un brillante pelo de color rojo, que caía como una lengua de fuego por su espalda, me miró de arriba abajo, como preguntándose de donde había salido y me indicó el número de mi habitación, entregándome las llaves.

Si sentía curiosidad por mí, no lo expresó, pero resultaba fácil leer en su rostro que no opinaba que perteneciera a ese lugar.

Estaba segura de que era la única estudiante no elfa de todo el recinto. Pero no me importaba, pues la nueva ley me amparaba y me otorgaba el derecho a estar allí, les gustara a sus majestades o no. Así que sin amilanarme le pregunté que si había algún evento para entretenerme esa noche.

―Justo enfrente de nuestro edificio hay una tetería ―me informó con gestos controlados y una voz neutra y suave―. Esta noche a las seis, representan La Tempestad de Shakespeare.

“¿Noche a las seis?” Pensé horrorizada mientras me estremecía en mi ropa húmeda. En mi reino la noche no era tal hasta por lo menos pasadas las ocho.

Los dormitorios de los estudiantes se encontraban en el bosque que había en el interior del edificio amurallado. Cada cabaña estaba atravesada por el largo y robusto tronco de un pino, que le servía de pilar central. Para llegar hasta mi cabaña, tuve que tomar una primitiva escalera de caracol alrededor de un árbol central hasta una plataforma de madera con un varadilla poco fiable, de la que partían varios puentes colgantes a las distintas cabañas. Las trepaderas y el musgo que cubrían la estructura de madera me hizo sospechar del escaso mantenimiento de esta.

El puente colgante se balanceó bajo mi peso, mientras avanzaba por su estrecho pasillo con mis dos maletas. Procuré no mirar hacia el suelo, que debía estar a casi diez metros de distancia y rogué que la humedecida cuerda que lo sostenía no decidiera ceder ante el paso del tiempo justo en ese momento.

Cuando llegué al suelo sólido del rellano de mi cabaña me sentí como equilibrista sin red que ha burlado la muerte tras una función.

La limpieza de la cabaña era decente y de algún modo el interior parecía repeler la humedad y el frío de fuera. Solté las maletas en cualquier sitio y suspiré aliviada. Quizá fuera a jugarme la vida para subir y bajar de mi habitación, pero al menos no me moría de frío en su interior.

La estancia era encantadora pero simple. Una cama con doseles, cubierta por un tejido de gasa blanca que se abría en los pies para enroscarse en los postes, estaba colocada en un rincón escoltada por una cajonera alta y un armario de dos puertas.

Al otro lado había un pequeño sofá frente a un televisor que me sorprendió por su modernidad. El aparato de última generación, contrastaba con las ventanas estrechas y alargadas cuyo dintel superior se retorcía en un baile de ramas que me recordaban a las ventanas de las princesas de cuentos de hadas.

Contra la pared de enfrente había una estantería de libros junto a un escritorio con un precioso jarrón de flores silvestres. Estaban tan frescas que debían de haberse cortado ese mismo día.

Deshice mis maletas, lamentándome por lo arrugada que salieron mis camisas pero no tenía ni idea de dónde podría conseguir una plancha en aquel lugar. Tal vez pudiera pedir una prestada en la recepción. Colgué la ropa en el armario como estaba, ya me encargaría más tarde de ella, y guardé el resto de mis pertenencias en los cajones de madera. Coloqué los pocos libros que me habían cabido en las estanterías y mi laptop en el escritorio junto a las flores que emanaban un delicioso aroma que se extendía por toda la habitación. Tenían unos colores tan vivos que no recordaba haber visto flores tan sanas en Midgard.

Me decepcioné al ver que mi baño no era más que un aseo. Me congelaría cada día al salir de las duchas comunales de vuelta a mi habitación, pero para ser justas tenía que reconocer que la cabaña era de lo más acogedora.

Una ducha de agua caliente en los baños comunales, que estaban dentro del edificio principal, me ayudó a reconsiderar las cosas desde una perspectiva más optimista. Me sequé el pelo con el secador que había en los lavabos y me tomó una hora eliminar toda la humedad con mi peine redondo. No me encontré con nadie durante todo el proceso por lo que hice una nota mental de ese horario para ir a las duchas y tener algo de privacidad.

Para cuando estuve lista ya eran las cinco y media de la tarde, por lo que salí del campus con la intención de dar una vuelta por la manzana y familiarizarme con las tiendas. Tuve que echarme a la carrera hacia la tetería, pues la lluvia se había vuelto insistente y lo último que quería, ahora que estaba limpia y seca, era ver la obra empapada.

Como bien había dicho el elfo de la recepción, la tetería estaba justo al cruzar la calle a la salida del campus, y en el corto trayecto no dio tiempo a que me mojara. El problema era que el jersey que me había puesto, era demasiado cálido para la temperatura y como consecuencia llegue a la tetería sudando. Al parecer la norma en aquella tierra iba a ser estar mojada, sin importar la razón.

El interior era oscuro y sus escasos ventanales tenían cristales verdosos que obstaculizaban la entrada de la poca luz que quedaba. Había mesas de maderas de distintas alturas y formas repartidas de forma caótica por toda la tetería. Cada mesa estaba adornada por un jarrón con las mismas flores intensas que había en mi habitación. No entendía como se mantenían tan vivaces con aquella oscuridad. Su única iluminación eran lámparas con forma de antorchas antiguas que colgaban del techo y pequeñas velas con la cera medio derretida sobre las mesas.

Escogí asiento en primera fila del pequeño escenario de madera y me quité el jersey. Cuando la temperatura de mi cuerpo bajó, uní mis manos a la humeante taza de té disfrutando de su calor. El local estaba prácticamente vacío y una suave pero rítmica música de violines y flautas terminó por meterme en el ambiente de cuento de hadas.

Estaba empezando a disfrutar del momento cuando entraron tres elfos que aparentaban tener mi edad, pero que seguramente la doblaran. Dos de sexo masculino y una fémina. Se sentaron dos mesas por detrás de mí. Pero aun así podía escuchar su conversación con total claridad y me alegré de que fueran a entretenerme con ella.

―¿Y ese sueño tuyo también revelaba la dirección exacta? ―preguntó uno de ellos. Su tono parecía contener toda la burla de la que su raza era capaz.

Era una pena que los tuviera a mi espalda y tuviera que conformarme con escucharlos.

―No, pero vamos a descubrirlo en las redes sociales ―contestó el otro chico. Su voz tenía un deje de frialdad y altivez, exagerada incluso para un elfo ―.Y la visitaremos este fin de semana.

―Ni si quiera sabes usar una de esas… cosas sociales.

Sabía que aquella conversación me haría gracia.

―Redes sociales ―lo corrigió el altanero.

Aunque ese fuera el nombre correcto, presenciar como gente que aparentaba mi edad lo llamaba de esa forma tan formal, me pareció desternillante.

―¿Qué es ese hedor? ―preguntó la elfa, hablando por primera vez.

El que tenía voz de creerse un dios en la Tierra, contestó sin molestarse en bajar el volumen.

―Sudor. De la humana que está sentada dos mesas más adelante.

―¿Una humana viva? ¿Aquí? ―exclamó la joven aun más alto―. ¿Es que ahora los diseccionamos con vida?

Por lo visto, también eran estudiantes de medicina.

―Me temo que eso sería considerado asesinato ―intervino el del tono burlón. Sin duda el más bromista de los tres.

Me hundí en la silla y me incliné sobre mí misma, para oler la zona más cercana a mis axilas, sin que se notara por detrás que lo estaba haciendo. Vale, estaba sudando, pero era sudor fresco, recién producido tras mi ducha y lo único a lo que olía era al detergente de mi camiseta y al suave desodorante Dove, que por cierto, nunca me fallaba.

No me pude aguantar y me giré hacia ellos.

―Es totalmente imposible que oláis mi sudor desde ahí. Acabo de ducharme ―les espeté con vehemencia.

―¿Puedes oler a un caballo cuando lo tienes a dos metros? ―me preguntó el elfo arrogante. Su tono contenía indiferencia e incluso algo de condescendencia.

―Sí, claro ―admití un tanto confusa―, pero yo no soy un ca…

―¿Crees que el caballo es consciente de que huele a caballo? ―me interrumpió.

Guarde silencio por unos segundos.

―Supongo que no ―admití al fin, masticando las palabras y dándome la vuelta para volver a centrarme en mi taza de té―. Imbécil.

No lo había dicho tan alto como para que me escuchara, pero aun así di un salto y solté un grito al encontrarme con alguien parado a mi lado. Se trataba de la elfa y no podía creer que se hubiera movido tan sigilosa.

―Mi nombre es Buncrana. De la familia Ennis, de las tierras que colindan con las montañas del norte del río Lify ―declaró, levantando el mentón con orgullo y con tono solemne, como si estuviera recitando un poema épico. Incluso me pregunte si formaría parte del espectáculo.

―Mi nombre es Siracusa ―dije repitiendo su actitud pero con cierta mofa―. De la familia Nola, del 4ºB, escalera izquierda. Del portal que colinda con la panadería y la ferretería.

Buncrana me observó con seriedad por unos segundos, que me parecieron eternos. Justo cuando comencé a preocuparme de que mi humor sarcástico no fuera a caerle bien, sonrió. Una sonrisa relajada, como una madre que observa a sus hijos corretear por el jardín. Pero al menos había sonreído.

―¿Por qué estas tan lejos de tu reino, Siracusa? ―me preguntó con suavidad.

―No seas obtusa, Buncrana ―interrumpió el insolente desde su sitio―. La nueva ley ha liberado las profesiones y esta humana ha venido a aprender medicina.

―¿Enserio? ―exclamó ella con toda la vibración que puede transmitir un elfo―. Que emocionante. Eres toda una aventurera.

“¿Eres toda una aventurera?“, repetí en mi cabeza. ¿Es que alguien les escribía guiones a esa gente?

―Gracias ―dije, en lugar de eso. Bajé el tono antes de proseguir―. ¿Qué le pasa al listillo ese?

―¿Te refieres a Tálah, de la familia Letterkenny? ―exclamó ella sin molestarse en bajar la voz.

Arrugué los ojos, apuntándome como nota mental la falta de discreción de mi nueva amiga.

―El que lo acompaña es Eslaigo, de la familia Límerik ―prosiguió ella en presentación oficial. Me habían insultado, lo último que quería era que me los presentara. ¿Tendría algún tipo de autismo que explicara su dificultad para leer situaciones sociales?

La cortesía me obligó a girarme y saludarlos con un ligero movimiento de cabeza. ¿Qué necesidad tenía la naturaleza de hacer a todos los elfos bellos? Y es que esa era la palabra perfecta para describirlos. No guapos, sino bellos. Con sus facciones finas y delicadas, en sus esbeltos cuerpos. Bueno, quizá el tal Tálah, de la familia de los pedantes, fuera la excepción a esa regla, ya que sus labios carnosos y su mentón pronunciado, se salían de la acostumbrada finura de la raza élfica. Llevaba el pelo rubio corto, a diferencia de la mayoría de los elfos. Con un flequillo despuntado hacia un lado y las puntas levantadas por la nuca. Podría haber pasado por el miembro de una banda de rock humana. No tenía problemas para imaginarme a las fans histéricas chillando por él y lanzándole sujetadores a la cara.

El otro joven, Eslaigo, tenía el pelo castaño oscuro, un poco más largo y lacio, mechones despuntados sobre su frente y sus ojos verdes combinaban con su indumentaria. Había algo especial en su rostro, pero no estaba segura de si me parecía agradable o no. Al menos su carácter afable lo era.

Buncrana era hermosa, aparte de bella. Su rostro conservaba la redondez de la niñez, dándole un aspecto inofensivo. Sus ojos ovalados y azules no sorprendían. Era la forma de corazón de su boca y los dos lunares que tenía cerca de los labios lo que le daban un toque especial, atrayendo la atención hacia estos. Su cabello, también rubio, se recogía a un lado en una trenza y dejaba al descubierto sus puntiagudas orejas. No podía haber lucido mejor sin estas, eran el complemento perfecto a su aspecto.

Me sentí tan humanamente ordinaria al observarlos, que tuve ganas de correr de vuelta hacia Midgard.

Buncrana se sentó junto a mí.

―¿Qué le ha ocurrido a tu cabello? ―inquirió observándome sin expresión alguna. No obstante, al ver mi confusión, concretó la pregunta―. Tu cabello está… ―. Hizo un movimiento ondulante con la mano―, y tu pantalones están embarrados.

―Me he alisado el pelo antes de salir. Pero luego me ha llovido por el camino y el viento, ya sabes cómo se bufa el… ―me detuve al ver la perfecta y domada cabellera de la joven, que me observaba con la cabeza inclinada y ni una pizca de comprensión, como un perro cuando le cantas una canción. Obviamente no conocía el concepto de cabello rebelde, ni se había levantado nunca con una mata de león.

Volvió a sonreírme y bajó su mirada por toda mi indumentaria.

―Destilas humanidad por los poros ―declaró, contradiciendo el insulto con un tono de fascinación.

Arrugué los ojos, sin estar segura de cuál eran los sentimientos de la chica hacia los humanos. Me daban escalofríos al pensar que se asimilaban a mis sentimientos por los cerdos. Si veía uno vivo me repugnaría olerlo, pero estaba deseando tenerlo destripado y humeante en mi plato. Y esa parecía ser la forma en la que Buncrana me miraba. Con repulsión e interés.

―Gracias…supongo.

Una pausa me hizo sentirme incómoda. Nunca antes me había incomodado un silencio pero aquellos elfos me ponían nerviosa.

―¿Cuál de ellos es tu novio? ―le pregunté, sin saber qué más podría decirle.

―Nuestras relaciones se basan en la amistad y el compañerismo ―se limitó a decir Buncrana, como si la frase encajara con perfecta normalidad en una conversación entre chicas.

―Y en el interés común por la verborrea ―bromeé con toda la seriedad que pude conjurar.

―Nuestra forma de hablar te causa conmoción ―adivinó ella, de nuevo con la sonrisa insulsa.

Buena deducción. No era tonta, solo lo parecía.

―Es que nosotros, los humanos, estamos más relajados a la hora de hablar. Ya sabes, muletillas, frases sin acabar, palabras comodín, pobreza expresiva…simplemente relajados.

―¿Por qué renunciar al poder que te otorga el lenguaje? ―debatió ella―. Esta noche has acudido a este lugar para escuchar las palabras de un hombre que vivió hace cuatrocientos años, Siracusa. Nunca subestimes el poder de las palabras.

Y fue así como Buncrana me dejó boquiabierta. Yo era una máquina de respuestas ingeniosas e irónicas, algo que me había metido en líos con mis padres y profesores. Pero no se me ocurrió nada burlón que responder ante eso.

Un hombre con los cuernos retorcidos de una cabra saliendo de su cabellera negra y rizada salió al escenario, mientras varios niños de aparente aspecto normal colocaban antorchas alrededor de este para iluminarlo.

―Bienvenidos, bienvenidos, bienvenidos ―repitió el cornudo tres veces por alguna razón.

―Da buena suerte a la función ―me explicó Buncrana a mi lado, leyéndome el pensamiento.

El hombre tenía el torso delgado pero fibroso al desnudo y los párpados pintados de purpurina dorada.

―Es hermoso ―me descubrí diciendo. Hermoso, bello, no eran palabras que yo soliera usar, pero no había otra forma de describirlos.

―Todos los X lo son. Están hechos para el espectáculo y para atraer el ojo ―concedió Buncrana a mi lado.

Asentí, dándome cuenta de que los niños también tenían aquella aureola de belleza teatral.

―Te dejaré disfrutar del espectáculo ―se despidió Buncrana con la sonrisa anodina y regresó a la mesa de sus amigos.

La siguiente hora fue de lo más peculiar. Cuanto más bebía de aquel delicioso té y más miraba la obra más encandilada y envuelta en magia me sentía. Llegué a un estado de conexión con el momento presente que no había vivido desde niña. Era como si el mundo a mi alrededor y fuera de aquel bar se hubiera desvanecido o detenido mientras mis ojos no se perdían un instante de los movimientos y aspavientos de aquellos seres teatrales. Los harapos que llevaban fluctuaban sobre el escenario al ritmo del harpa y el violín, y su danza me dejó extasiada. Sus magníficas voces recitando a Shakespeare contenían toda la emoción que debió sentir el escritor al ponerlas sobre el papel y a menudo me ponían la piel de gallina, me humedecían los ojos, me secaban la boca… y ahí tomaba más de aquel cálido y delicioso líquido de mi taza.

Cuando terminó la obra, fue como si despertara de un sueño. Me di cuenta entonces de varias cosas. El teatro era de lo más sencillo y no explicaba el fascinante espectáculo que acababa de asistir. Los actores se movían por el escenario y tras las cortinas para recoger las pocas cosas que habían utilizado y pude ver entonces que no había nada fascinante en sus ropas.

Me di cuenta de que mi té se había terminado, el último sorbo con la despedida de los actores, y miré mi tetera consciente de que era imposible que me hubiera durado todo ese tiempo, pero lo había hecho. Sin enfriarse. Además, me estaba meando como esas noches en el parking del centro comercial de Rohan bebiendo alcohol con mis amigos. No había pensado en ir al baño hasta ese momento y me dolía la vejiga por todo el té que había bebido de la aparentemente minúscula tetera.

Me dirigí al baño, notando que el local se había llenado y todas las mesas estaban cogidas. ¿En qué momento habían llegado todos esos seres?

Me mordí el labio mientras orinaba en vilo para no tocar el retrete del bar y me vejiga se vengaba de mi con latigazos de dolor.

―Ni siquiera me gusta el té ―solté para mí misma confusa.

Siempre había creído que la magia sería algo explosivo, algo evidente y palpable, como un jarrón flotando o algo por el estilo. Pero quizá la magia de aquel lugar fuera más sutil y natural.

Desde los servicios hasta la salida, tuve la sensación de que muchos me observaban, desacostumbrados a tener humanos por allí a esas horas de ocio.

Fuera era noche cerrada y la temperatura había descendido por lo que me coloqué mi jersey y me dirigí de vuelta al campus.

Al cruzar la muralla y vislumbrar el bosque de los dormitorios contuve la respiración. Las copas de los árboles estaban ahora iluminadas por millares de luces amarillas y la suave melodía de un violín romantizó el instante.

Sonreí maravillada por la belleza nocturna del campus mientras avanzaba hasta las escaleras que llevaban a mi dormitorio. Me detuve de golpe cuando pequeñas hadas de distintos colores me rodearon en su vuelo y escuché las risas de sus diminutas voces cuando una me levantó un mechón de pelo.

Nerviosas y llenas de energía se cansaron de mi al instante y prosiguieron con su vuelo alocado hasta perderse entre los árboles.

Antes de seguir subiendo las escaleras, oteé los alrededores preguntándome si se me acercaría más seres traviesos. Fue entonces cuando vislumbré unas sombras moviéndose entre los árboles y tuve la terrible sensación de que me habían estado siguiendo.

Subí corriendo las escaleras y atravesé el puente colgante hasta mi cabaña sin preocuparme esta vez de si iba a ceder bajo mi peso.

No fue hasta que cerré la puerta de mi dormitorio con llave que me sentí segura.

Quizá me había equivocado en venir a Alfheim. Quizá aquel reino era más de lo que yo podía soportar.

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