Cross The Ages - Grimorio Cromado

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Summary

Imagínate... Imagina un mundo bañado en magia omnipotente y tecnología ultraconectada, ambas cosas a la vez. Cross the Ages es un universo en el que la fantasía y la ciencia ficción comparten un mismo continente, separado por una franja de tierra devastada por el último conflicto entre ambos. Al oeste se encuentra Arkhante, donde reinan los señores de la invocación y los hechizos. Con la magia pueden domar dragones, manipular el fuego o crear tormentas, viajar en las sombras o volverse más majestuosos que los dioses. Es un imperio oscuro y épico de magia y maravilla. Al este se encuentra Mantris, una ciudad-continente sin fronteras y hogar de un pueblo ultraconectado. Los implantes cibernéticos, los robots avanzados, la optimización genética, los superfármacos y la inteligencia artificial son ya una realidad. Con su tecnología, Mantris ha doblegado la naturaleza a su voluntad. Estas dos superpotencias están enfrentadas a distancia, librando una guerra fría salpicada de crisis en la que la magia y la tecnología tienen la misma fuerza. Pero la balanza puede inclinarse rápidamente a favor de uno u otro bando...

Genre:
Fantasy / Scifi
Author:
Cross The Ages
Status:
Ongoing
Chapters:
17
Rating:
5.0 1 review
Age Rating:
18+

Capitulo 1

1

Appologium

«Bienvenidos al… ¡Appologium!»

La voz ronca del alguacilillo, árbitro de los combates, se ahoga entre el clamor del estadio enardecido.

Del lado de Arkhante, los gritos del gentío se ven amplificados por los olifantes mágicos cuyos ecos resuenan gradualmente a lo largo de los arcos de piedra esculpida. Los arkhanos mágicos rivalizan en virtuosismo al expresarse, desde las bengalas efímeras del Fuego hasta las sacudidas acompasadas de la Tierra, pasando por las floraciones coreografiadas de los Magos de la Naturaleza. El Aire y el Agua combinan su talento para enjuagar las gradas de vientos vivos y húmedos que dispersan los alaridos extáticos.

Enfrente, del lado de Mantris, los vítores se transforman en destellos hipnóticos y danzantes. Los drones barren las gradas buscando a los espectadores más hologénicos para sacarlos en pantallas en tres dimensiones a cuatro metros de altura. Ya sean cibernéticos, bioxtasiados de adrenalina o tecnicamentos, magnificados por la genética o escoltados por robots, los afortunados se regocijan al ver su holograma apareciendo sobre la arquitectura aérea que firma la elegancia de su bando.

El alguacilillo se esfuerza en por remarcar su presencia en este impresionante espectáculo de luces y sonidos. Perdido en el centro de la arena donde se encuentra solo, su silueta se funde con demasiada facilidad con la alegre fosforescencia, tanto que confía en su abrumadora voz para emerger, explotando la más mínima resaca en la marea sónica del entusiasmo colectivo. .

«¡Bienvenidos nuestros amigos de la ciudad-continente de Mantris!»

Como si hubieran estado esperando a esa señal, un enjambre de drones se eleva sobre la zona este del Appologium para dar comienzo a una coreografía de luces. Con movimientos milimétricos, el ballet de luciérnagas mecánicas dibuja figuras y logos para mayor gloria de los cuatro tecnoestilos de la megápolis. Los cibernéticos se divierten mucho cambiando de color sobre la marcha, cuando no están bloqueando los motores magnéticos de los drones, mientras que los Robóticos hacen todo lo posible para que sigan volando; los Genéticos observan el resultado hace todo lo posible para que sigan volando; los Genéticos observan el resultado lamentando el abigarramiento o, por el contrario, elogiando los hallazgos combinatorios, mientras los ojos chispeantes de los Meditécnicos no se pierden un píxel.

«¡Bienvenidos nuestros amigos de los territorios mágicos de Arkhante!»

Como respuesta, la parte oeste del Appologium entona una sinfonía atronadora. Los litófonos aportan un bajo rítmico y profundo de percusión sobre el cual se asienta una proliferación melódica de instrumentos de cuerda, compuestos por mil maderas y crines diferentes. Podría ser solo agradable si los estallidos metálicos de gaitas y trompetas no realzasen la melodía, dándole una plenitud tonal única. Rápidamente, el himno gana en poderío y emoción, hasta que un improbable órgano de fuego incendia literalmente esa interpretación polifónica.

«¡Eso es lo que yo llamo quedarse ojiplático, y orejiplático!», triunfa el regidor, dejándose llevar por la vibración prodigiosa del conjunto. ¡Solo la abalición, nuestra competición reina, puede provocar tal fervor! ¡Y solo el Appologium ofrecerle un anfiteatro a su altura!»

Desde la tribuna real, Solis se deleita con un placer casi culpable el entusiasmo popular de los dos bandos. Vibra con el diapasón de ese alborozo que desentona, fruto de un rechazo recíproco entre Arkhane y Mantris, y se sorprende al apreciar las inesperadas armonías que se desprenden.

Para esta apertura del Appologium, nada más lejos de este conjunto vibrante con el que sueña.. Y sin embargo: algo secretamente común resuena en el recinto, bajo la furia de las invectivas y el choque evidente de las dos culturas. .

El alguacilillo aprovecha una ligera calma para encender las primeras mechas:

«Bueno, para aquellos que viven en lo más profundo de las grutas montañosas de la Acongua...»

Risas burlonas estallan del lado de Mantris.

«…y para aquellos que no ven el mundo más que a través del halo rosa de su metaverso...»

Los sarcasmos se encienden en el lado de Arkhante.

«…he aquí un breve recordatorio de las reglas de la abalición.»

Esta vez, el rumor retumba a los dos lados del Appologium: la impaciencia por ir al meollo de la cuestión es palpable. Pero el alguacilillo lo sabe: por muy protocolarias que sean estas presentaciones, proyectadas sobre las pantallas mágicas y tecnológicas que salpican el complejo, forman parte integrante del espectáculo. Son ellas las que construyen el suspense y la tensión. La escucha ya es más densa, más centrada:

«Los combates se juegan en cuatro mangas ganadoras. Por cada manga, cuatro equipos. En cada equipo, un tándem. En cada tándem, un arkhante y un mantrés, unidos por una cadena. Un atrapador en la muñeca derecha para uno; un despejador en el brazo izquierdo para el otro. Por lo demás...»

El árbitro deja flotar su voz unos segundos, acompañando la espera con un gesto de la mano...

« …¡las armas son libres!» grita el gentío en una catársis brutal.

Las pantallas muestran un par de combatientes, uno esgrime un guante muy alargado, el otro un imponente escudo en forma de pavés. Los compañeros visten una gruesa coraza; la de aquel que lleva el guante va equipada con tres dianas situadas sobre el hombro izquierdo, el torso y la espalda.

Las capas de personalización mantresas y los sortilegios arkhantes permiten a cada expectador personalizar la apariencia, origen, sexo y colores de cada miembro del dúo. En cualquiera de los casos, hay una constante que se mantiene: atacante y defensor salen obligatoriamente de los dos bandos. A través de la cadena de su muñeca, mantrés y arkhante están unidos para lo mejor. ¡Y sobre todo para lo peor!

Con el público enardecido, el regidor disfruta de un astuto placer al extenderse en las explicaciones.

«El principio es simple: para el atrapador, consiste en alcanzar las tres dianas del atacante contrario para eliminar a la pareja. Para el defensor, consiste en proteger a su compañero. No es una cuestión de ganas o de la ley del más fuerte, como creen los más cándidos, es una cuestión...»

«…¡de vida o muerte!» acaba la multitud, interrumpiendo las palabras rituales del alguacilillo.

Sumergida en el ambiente, Solis querría olvidar que el Appologium conmemora la Guerra de los Héroes, un conflicto entre Arkhante y Mantris que acabó con un alto el fuego ambiguo. E infinitamente discutido.

Fue hace veinte años —y el tiempo no ha apaciguado los rencores. A día de hoy, el Appologium es una pervivencia de la guerra transformada en deporte popular, un cementerio susurrante, lleno de celebridades pasadas por las armas, que vienen a visitar por nostalgia soñando con la grandeza.

Situada sobre las gradas de ese cementerio, frente al enemigo mantrés, a Solis le encantaría ver en ese cementerio sangrante menos un pozo —de cadáveres— que un puente. Un puente lanzado entre los antiguos adversarios, sobre la guerra latente que incuba.

Una oportunidad de reconciliar por fin a los dos pueblos.

La candidez de sus pensamientos congela su sonrisa. Ella lo sabe: de ella se espera un comportamiento digno de la Malkah de Arkhante, ya no puede mostrarse optimista, y menos aún sentimental. Es cierto, el Trono esculpido es suyo solo desde hace una estación, pero qué importa: como el Malek, su padre súbitamente desaparecido, era un dinasta duro y tajante como un filo, ella nunca tendrá el lujo de poder manifestar debilidad. Al igua que un mago no puede pasar de improviso de la Sombra a la Luz, Arkhante debe continuar mostrándose firme para con Mantris, su enemigo intemporal. Sean las circunstancias que sea.

Y sean las que sean sus convicciones personales.

Alisa su larga trenza para disimular su turbación. Distraída, va contando los siete anillos trenzados en su cabello de un negro profundo, uno por cada uno de los siete arkhanos mágicos. Tantea con la lengua el anillo de oro y ónice que atraviesa su labio inferior. Se abstiene de morderlo.

Opta finalmente por dejar su cabello y los anillos tranquilos, no quiere parecer nerviosa. Para deshacerse de la tensión que aún tiene, se incorpora y trata discretamente de encontrar una postura más principesca. Non, más regia.

Sentados en semicírculo detrás de ella, los dinastas territoriales de Arkhante se agitan. Solis querría creer que no hacen más que estirarse para ver mejor el espectáculo, salvo porque ella siente el campo de vibraciones que emana de sus cuerpos y la sacude, con una intensidad que la hace temblar. Es difícil leerlas con precisión, aumentan y decrecen, las ondas exhalan la personalidad de su emisor, pero la sensación general es la de un violín desafinado que los dinastas tocaran sin ton ni son.

Lanza una mirada de soslayo para disipar su malestar. No se atreve a girar ostensiblemente la cabeza, no quiere que Hannibal, de pie a su derecha, vigilante y en guardia, se percate.

Superando sobradamente los cuatro codos de altura, es imponente con sus musculosos brazos cruzados sobre su pecho y sus pectorales prominentes. Su piel oscura brilla como el bronce a la luz de ese caluroso día de verano, su cráneo liso y calvo está recorrido por reflejos bruñidos. El martillo voluminoso y el hacha enorme que se cruzan en su espalda recalcan la anchura poderosa de su espalda. Esas armas están hechas para manejarse con dos manos, pero Hannibal las utiliza a la vez cuando combate.

Semejante constitución es inusitada entre los magos: ¿de qué sirve levantar hierro fundido cuando un hechizo puede partir una losa o enterrar a tu oponente bajo un desprendimiento de rocas?

Aunque ella conoce la respuesta a esa pregunta, Solis elige evocar un recuerdo que ha compartido cien veces con Hannibal con la esperanza de apaciguar las inquietas vibraciones que escapan de su piel de mármol. Además es una buena excusa para observar a hurtadillas a los dinastas.

«Dime, mi querido Hannibal...»

Medio girada, pero con la mano sobre el apoyabrazos para mantener su posicion regia, mira fijamente al mago guerrero, lo cual sitúa a la mitad de los nobles dentro de su campo visual.

«¿Qué edad tenías, exactamente, cuando ganaste en el Appologium?»

A Hannibal se ve impactado una vez más por la metamorfosis de Solis: la niña que él había visto crecer, año tras año, había ganado en prestancia. Su mayor atributo era el ardor de su mirada violeta: brilla con una fuerza tranquila que disimula la profunda delicadeza de su alma.

Por desgracia, él es de los pocos que conoce sus cualidades. Nobles y magos se quedan en las apariencias: las de una mujer insolentemente bella, una hermosa princesa que lleva una corona demasiado grande y pesada para su joven cabeza.

Su padre pudo y debió haberla preparado, de no haber sido el padre áspero e indiferente que fue. En lugar de creer en ella, privó a su hija de atención hasta el punto de dejar en ella una brecha en su confianza. No está preparada para reinar. Aún no, en todo caso. Necesitaría más firmeza y menos compasión. Él lo sabe, y lo siente.

En calidad de Mago de la Tierra, percibe la menor vibración de su entorno. Un aprendiz perdería sus sentidos entre los pasos del público, el batir de la percusión, las oscilaciones erráticas de los gonfalones y las pantallas publicitarias agitadas por el viento. Un taumaturgo menos dotado que él no discerniría el pisoteo de los gladiadores que esperan ansiosamente en el subsuelo del Appologium, los choques obstinados de la cadena que rebota contra el portón que se abre sobre la arena, el galope furtivo de los roedores sobre la arena crujiente.

Hannibal, por su parte, percibe absolutamente todo, y con más facilidad lo que el público sobreexcitado ruge en todo el Appologium.

Incluso las pulsaciones del corazón febril de Solis, él las capta, como capta el arrastrar de sillas discreto pero nervioso de los dinastas, el rechinar de sus dientes y la crispación que tensa sus huesos. El palco real vibra como un puente sobre el agua por el que avanza con prudencia un ravix acechado por las fieras.

Hannibal adivina con precisión cuánto necesita Solis una victoria en el Appologium. Los miembros del Consejo de dinastas temen una derrota —¡a pesar de que la deseen secretamente en su fuero interno! Abotargados de riquezas pero desprovistos de magia, estos nobles tienen alma de carroñeros que vuelan en círculos sobre una presa fácil. Solis no debe mostrar ni el más mínimo atisbo de debilidad, pues podría acabar siendo asesinada.

Él hará todo cuanto esté en su mano para que eso no ocurra jamás.

Mientras él esté ahí para protegerla, nadie le pondrá la mano encima.

Hannibal no deja traslucir nada de lo que pasa por su mente: a imagen de los magos de la Tierra, desprende un poderío calmado que atenúa y absorbe las emociones, de forma que conserva esa reserva granítica que tan bien sirve a su rol de protector.

«Tenía diecisiete años, Malkah», acaba respondiéndole.

Hace ya ocho años.. En aquella época, el joven Hannibal aún no era el Mago de la Tierra que es a día de hoy. Como premio por su victoria, eligió entrar al servicio del Malek Tornhil, el padre de Solis. Como ya contaba con una guardia personal, el Malek le confió la protección de su hija. Desde aquel día, Solis y Hannibal no se han separado.

«Fue ya en la séptima y última manga que os impusisteis, con un solo martillazo, si no me equivoco.

—Así fue, Malkah.»

Solis sonríe, conmovida por esa historia que sin embargo había oído otras cien veces.

«¿Cuántas veces me habéis contado vuestra victoria en este mismo lugar? Todo lo que os dio. Todo lo que os costó. Ese lanzamiento de martillo desesperado que lo decidió todo.. Sin él, no estaríais aqui.. »

Solis deja escapar una risita, eco de una adolescencia que no ha acabado del todo. Continúa mirando fijamente a Hannibal. Le encantaría que él leyera en su mirada todo aquello que ella no sabe expresar en voz alta.

Si bien Hannibal impone un respeto temeroso a quienquiera que se cruce en su camino, ella no ve en él más que a su ángel guardián, su fiel protector.

Más que eso, en realidad: un hermano mayor que ha reemplazado a un padre ausente y frío. ¿Estaba el mago guerrero preparado en un principio para ese rol? Desde luego que no. Pero siempre se ha mantenido a su lado, ha sido para ella una roca de confianza a la que agarrarse y eso ya era bastante. Y eso lo era todo.

Sin que fuera una sorpresa, su esperanza se ve frustrada: a pesar de su buena voluntad, Hannibal tiene mucha más soltura con las armas que con los sentimientos.

En realidad, es que él ha aprendido a enmascarar sus vibraciones más dulces: el coloso ha entendido de sobra lo que ella esperaba.

Le encantaría poder llevársela de inmediato a la biblioteca donde ella pasaba las horas. Adoraría poder contarle más historias de las gentes de granito, el clan de constructores en el seno del cual se crió él en las montañas de Acongua. Mataría por ceder de nuevo a sus caprichos rezongando más que de costumbre, para hacerla reir, para consolarla, para hacerla olvidar sus penas.

Salvo porque se lo tiene prohibido.

Comportarse así sería impedir que se proyectase hacia el futuro, el de ocupar plenamente el Trono esculpido. Solis ha de dejar de ser la pequeña niña que llevaba sobre sus hombros para convertirse en la Malkah que lleve a Arkhante sobre los suyos. Debe ayudarla a romper su crisálida, acompañarla solo hasta que ella emprenda su vuelo.

Su mirada se prolonga, el silencio también. Solis busca alargar un poco la conversación, busca el mismo calor que un campista aterido de unas brasas que se apagan. Susurra para que no la escuchen los dinastas.

«Me cuesta acostumbrarme a ello.

— ¿A qué, Malkah?

— A eso precisamente: a que os dirijáis a mí por mi título.»

Hannibal aprieta la mandíbula, lo cual lo vuelve más intimidante todavía.

«Los tiempos cambian. Ahora tú reinas.»

El coloso apoya sus palabras en una mirada sin sutileza alguna dirigida a los dinastas.

Solis no se deja engañar, Hannibal no percibe la evoución de la situación. Es bien sabido: el arkhano de la Tierra lleva el conservadurismo en la sangre Para más inri, él la considera su hermana pequeña. Y como gran parte de los hermanos mayores,puede mostrarse receloso y torpe conforme ella se hace mayor.

Él sufre, por lo menos tanto como ella. No hay más que ver el desprecio con el que mira a los tres miembros de la guardia personal que la escolta desde la muerte de su padre. Por muy talentosos guerreros que sean, como han probado, Hannibal está convencido de ser más eficaz y mucho más competente que ellos.

Ella preferiría que se centrase un poco menos en ellos y un poco más en ella. ¿No es capaz de comprenderlo? A ella no le faltan pretendientes para protegerla, no: le faltan amigos en los que confiar.

Todo eso Solis renuncia a explicárselo. Se recoloca mirando a la arena para perderse en la contemplación del Appologium.

Como un eco de sus oscuros pensamientos, la luz se tamiza, parecería que el sol se ha puesto de forma precoz. L’Appologium se cubre de un techo temporal para transformarse en un vasto anfiteatro. Los asistentes contienen el aliento, lo que le permite al alguacilillo imponer su voz sin mucha resistencia.

«Hace veinte años, con todos sus días, en estas miemas tierras de la Fisura, dos leyendas se enfrentaron en un combate mortal. Un combate de tal poderío, tan desmesurado, que cambió la forma misma de nuestro continente.»

Cae un silencio plúmbeo. A continuación, dos cuerpos holográficos emergen de la propia arena.

Chaka y Faust.

El Genético y el Primus de la Sombra.

El parangón de Mantris y el campeón de Arkhante.

Con ocho metros de alto, los hologramas son visibles desde cualquier parte de la grada. La calidad de la imagen es tal que se distinguen las escarificaciones que recorren los desniveles de la piel de Chaka, heredadas del reptil con cuyo genoma fue hibridado. Con el torso desnudo y el pecho ceñido por una simple banda de tela, la Legendaria planta cara a Faust serenamente.

La silueta del Primus, por su parte, está devorada por un largo manto hecho de tinieblas, un tejido cuyas volutas caprichosas trazan una larga estela ondulante. Además, la nitidez de la proyección permite detallar las excrecencias óseas características de los invocadores de la Sombra, que deforman su cráneo y tensan la piel del rostro, a riesgo de agrietarla. Su piel pálida y sus órbitas y pómulos artificialmente salientes le dan un aspecto cadavérico. O, con más exactitud, de la personificación de la Muerte. Una Muerte terriblemente viva.

Veinte años después, el combate entre Chaka y Faust aún no ha sido superado en términos de impacto. No es que sea de culto, es mítico. Lo ha ido siendo más cada año por haber marcado el final de la Guerra de los héroes.

Acorralados, Arkhante y Mantris se vieron abocados a utilizar los hechizos más corruptos y las armas más destructivas. La población de ambas partes temió por esa escalada y llevaron a los dirigentes a buscar una salida para el conflicto.

Se desconoce quién exactamente tuvo la idea, pero la solución que se adoptó finalmente se redujo a un combate de los campeones: Chaka contra Faust. La carismática guerrera de Mantris, una humanimal optimizada genéticamente, contra el tenebroso Primus de la Sombra.

Una elección extraña pero romántica, para una demostración extremadamente prometedora. El plebiscito fue inmediato.

Y el resultado catastrófico.

Aún hoy en día el desarrollo del combate sigue sujeto a infinitos debates. Una mitad de los historiadores afirma que Faust salió vencedor; la otra mitad defiende que Chaka se sacrificó para acabar con el Primus. Lo que sí está claro y en lo que todo el mundo está de acuerdo, por otra parte, es la forma en que acabó el duelo.

Con una inexplicable explosión, tan devastadora que arrasó el continente de Artellium de norte a sur y trazó una frontera clara entre ambas facciones: la célebre Fisura.

Esta Fisura se convirtió en una zona de desolación, una tierra de nadie con un horizonte tan plano como un océano, una cicatriz terrible con relieves pulidos por la erosión, una landa estéril y sin agua.. Una tierra-momia polvorienta preservada en un grito de agonía eterno.

Como consecución a este terrorífico cataclismo, el conflicto acabó con un confuso armisticio, sin un claro vencedor, sin haber dictado un veredicto definitivo. De esta frustración nació la necesidad de organizar el Appologium, cuyo estadio se construyó en plena Fisura, a la misma distancia de las fronteras arkhantes y mantresas.

La Malkah no comprendía en absoludo esa necesidad de conocer cueste lo que cueste el nombre del vencedor, y menos todavía que dicha obsesión se renovase con cada edición del Appologium. Según ella, más que buscar saber cómo acabó el conflicto, sería mejor trabajar para que jamás vuelva a ocurrir algo así entre las dos naciones.

Indiferentes a sus planteamientos, Chaka y Faust emprenden en la arena su combate legendario.

Revolotean en un ballet mortal de formas complejas, se desplazan con una velocidad sobrenatural que vuelve turbia la nitidez de las imágenes del principio.

Llega el primer momento crucial del combate. Faust lanza un diluvio de dagas con una cadencia tan intensa que parece tener tantos brazos como un kraken. Avasallada, Chaka zigzaguea divinamente entre las hojas con estelas de brumas, desvía las que no puede esquivar con sus brazos de cuero impenetrable.

Sin embargo, en el momento en que la lluvia de filos amaina, una última daga, salida del vacío, atraviesa su defensa como un rayo y se clava en el ojo, ahogando su rostro en una neblina negra.

El público lanza un grito de compasión. Solis se toca inconscientemente el pendiente.

Congelada un instante por el dolor, Chaka es incapaz de detener la segunda hoja que la ciega definitivamente. Trastabilla, va a desplomarse, es el fin...

Lógicamente el combate debería acabar.

Es ahí donde llega la segunda parte más intensa.

De un sobresalto transhumano, Chaka blande sus dos espadas con el filo lleno de muescas y se lanza sobre Faust. A pesar de su ceguera, conserva sus movimientos furtivos y reptilianos y su velocidad de serpiente. Sorprendido por una resiliencia tan fulgurante, el Primus pierde la fracción de segundo que habría necesitado para esquivar el asalto desesperado. Las espadas le atraviesan el pecho de lado a lado.

Si la tecnología ofrece a las imágenes una fluidez excepcional, la magia sonora de Arkhante refuerza la inmersión. Se ve todo, se oye todo, se siente todo. Mientras Faust es atravesado, el Appologium resuena en un desgarro de piel y un chasquido de filos con muescas que baten las costillas.

Un nuevo grito de dolor compartido.

Los dos adversarios se encuentran cara a cara, cuerpo a cuerpo, se vomitan sangre en plena cara...

Y desaparecen.

La grabación cesa brutalmente, exhalada por la explosión que arrasó Artellium para dejar la quemadura supurante de la Fisura.

Último grito del público, expresando su frustración esta vez. Después llega el silencio magnífico del respeto, que envuelve a los dos héroes y acompaña su desaparición de la arena.

Solis no presta ninguna atención a esas imágenes de archivo, vistas y vueltas a ver en cada edición del Appologium. Por muy inmersiva que sea, para ella a la retransmisión le falta la vibración de las presencias; por impresionante que sea, el combate no desprende más onda que los fotones producidos por las máquinas y el sonido conjurado.

Por contra, lo que le interesa en gran medida son los que le invaden y el rumor roto de emociones que atraviesa el público, ese espectro prodigioso de escalofríos, de gestos temblorosos, de miedo contenido y de catarsis eléctrica que acompasan a cada segundo el desarrollo revivido del combate. Es como si Solis percibiese la gama cromática con todos su matices y amplitud. Como si no pudiera evitar oir el la sangre en los corazones comprimidos, la fuerza del soplido entre los labios que se abren, sentir el vaho que sale y se arremolina, el fuego de repente en las mejillas y las manos. Quizás tiene destellos de prescencia, todo le llega, reverbera en ella, su caja torácica es una cada de resonancia, sus nervios crepitan como cuerdas de guitarra, su piel liba la extraña higrometría de la arena. Ella desearía tomarlo todo y repelerlo, lo padece todo y lo invoca. Se siente Primus de un arkhano que no existe, o no todavía, que habría inventado ella sola, un arkhano de orquesta que haría sonar el mundo de ondas en fecunda armonía.

Y de repente, tiene una visión, en pleno corazón del Appologium. Es más que una visión: es un acorde de arpa que tañe con un riff sus fibras y las hace rechinar. Su cuerpo entero se convierte en cada de resonancia, sin más. Cierra los ojos para sentir mejor, para entender mejor.

Allí, de repente, ve a Chaka aspirada, como engullida en el anverso de un lienzo inmenso que sería el cielo, ella siente que se da la vuelta como un guante. Siente también a Faust, delante, habitado por un silencio imperceptible, inmenso, que apaga hasta el crujir de la arena. Ha cesado de combatir, de eso está segura. Ha cesado deliberadamente. Deliberadamente.

Cuando vuelve en sí, la Malkah se da cuenta de que Hannibal la observa, inquieto pero sonriente. Le encantaría poder compartir lo que ha experimentado, ¿pero cómo decírselo? ¿Cómo traducir eso al único registro del infrasonido que hace vibrar la Tierra?

En el gigantesco estadio, el gentío permanece en suspense por la pregunta que estructura la existencia entera de ambos pueblos, una pregunta que comparte Hannibal desde siempre: ¿Quién es más fuerte, Mantris la tecnológica o la mágica Arkhante? ¿Quién se lo llevará?

Es por esa razón por la que el Appologium se celebra en la fecha del aniversario del combate mítico entre Chaka y Faust. Cada año, los gladiadores de las dos facciones reinterpretan el duelo de campeones para forzar el cerrojo de la Historia, en búsqueda de una respuesta que sea definitiva: ¿quién salió vencedor, Chaka la Genética o Faust el Primus de la Sombra?

Hannibal combatió aquí hace ocho años para saberlo. El antiguo Malek traía aquí a su hija cada año, por la misma razón.

Como por un fulgor inesperado cuya nitidez la ha conmocionado, Solis acaba de entender lo que hasta ahora no había llegado más que a entrever: ella tiene un poder, o quizás incluso un don. Siente vibraciones que nadie siente. Una duda, solo una, la atenaza mientras se prepara el primer combate: ¿y si, después de veinte años, tanto Arkhante como Mantris se hacían la pregunta equivocada?

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