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El club

By GoomyGoom All Rights Reserved ©

Romance / Mystery

Sinopsis + Capítulo 1

Sinopsis

El club, aunque secreto, es conocido por muchos en la ciudad. La opinión, no obstante, varía dependiendo de si preguntas a la señora mayor que vive en el segundo o al jefe de los carteristas de la zona. Una te dirá que ayudaron a su hija a deshacerse de un ex-novio peligroso, y que harían lo mismo por todo el que se lo pidiera, el otro te dirá que vayas con mucho cuidado, porque sus influencias siempre llegan más allá de lo puedas imaginar. Una cosa es común: Nadie sabe cuantos son, nadie sabe como son y nadie sabe todo lo que hacen. 

Alicia, una chica aburrida de la monotonía que le produce no haber encontrado su 'life motive' pero con ciertas habilidades que ella nunca habría creído especiales llama la atención del club y se ve envuelta en él.Acompañada por Olivia, la jefa, se moverá por los lugares más peligrosos de su cuidad y conocerá a gente que, en otras circunstancias ni siquiera habría sabido que existían. Llegará el momento, pero, en el que una sospecha que ha mantenido en tensión a Olivia durante los últimos nueve años le será revelada. Tendrá que investigar a todos los miembros y compañeros del club con la única ayuda de Héctor, el hijo adoptivo de Olivia, sin ser descubierta, porqué cualquier paso en falso despertaría a alguien que asesinó por última vez casi una década atrás, y eso significaría la muerte.


Capítulo 1

Cuando era una niña Alicia solía soñar con su futuro. Qué estudiaría, en qué trabajaría y en todas aquellas cosas que la mayoría de edad le permitiría hacer. Su vida sería como la típica serie de televisión, con las medidas justas de drama, amor, aventura... y lo pasaría genial junto a sus amigas de toda la vida. Con los años, no obstante, se había dado cuenta de que aquellos pequeños e inocentes sueños permanecerían para siempre en su imaginación y la rueda de la fortuna era más caprichosa y tergiversada de lo que quería dejarse ver.

A lo largo de su vida había tomado ciertas decisiones y a los diecinueve años se encontraba siguiendo el que creía que era su camino. Si tenía que estar meses haciendo poco de productivo, dedicándose principalmente a pensar en lo que quería hacer con el resto de su vida mientras buscaba trabajo, lo haría. En aquél momento, pero, sólo quedaba un residuo de aquella esperanza que le pedía seguir buscando su vocación y al paso que iba, pensaba, probablemente se conformaría con cualquier cosa que le llamara la atención.

Aquél miércoles se levantó a las 9 de la mañana y, como de costumbre, no había nadie en casa. Ambos padres fuera trabajando y su hermana pequeña supuestamente en clase. Era en aquellos momentos de silencio en los que se podía permitir el lujo de reflexionar en más profundidad sobre su situación y recordaba que aquél trato al que había llegado con sus padres no duraría para siempre.

"Hasta que encuentres un trabajo o algo que quieras estudiar te encargarás de la casa..."

Y se lo repetían cada día sin falta, durante la comida, durante la cena, como un reloj.

Así que Alicia se levantaba a las 9 de la mañana, se duchaba y mientras desayunaba empezaba a buscar trabajo desde su ordenador. Cuando había acabado con las ofertas volvía a mirar la listas de carreras y grados superiores que existían y se las replanteaba una tras otra mientras veía la televisión. Lo único que había cambiado desde que había empezado aquella rutina era las ganas de buscar. La falta de positivismo habitual hacía mella en su autoestima cada vez que acababa de mirar la lista llena de tachones, la cual había adquirido un tacto de pergamino gastado que daba la impresión de que iba a desintegrarse en cualquier momento.

Cuando acababa con todo aquello empezaba con las varias tareas del día. La lista que su padre, vigilante constante, le había dejado escrita en un bloc de notas imantado a la puerta de la nevera la avisaba de que tenía que poner una lavadora y hacer la compra. Iría al mercado que había calle abajo, un lugar con el que había empezado a familiarizarse desde que se ocupaba de los recados de la casa.


Olivia abría la tienda cada día a las nueve y media después de rellenar y mover algunos de los sacos que se habían vaciado el día anterior y hacerse un café con leche con los restos del día anterior en la cafetera del sótano. Echaba leche en una de las tazas, la metía en el microondas y cuando estaba bien caliente le añadía el café y una cucharada de azúcar. Cogía un libro de la estantería, se lo colocaba bajo el brazo y lo llevaba todo escaleras arriba mientras hacia un pequeño remolino en el centro con la ayuda de una cucharilla. Lo volvía a dejar todo en una pequeña mesa que había colocado hacía años, detrás de la encimera donde estaba la balanza y la caja registradora, y caminaba entre sacos de diferentes tipos de legumbres y frutos secos hasta la puerta, la abría, colocaba una maceta delante de ésta para que no volviera a cerrarse y volvía a su lugar detrás del mostrador. Siempre la misma rutina.

Poco antes de las diez empezaba a entrar la clientela, normalmente señoras y señores mayores a quienes les gustaba comprar a granel, ver el género y charlar. Con el tiempo, Olivia había aprendido a identificar los diferentes tipos de personas que entraban en su tienda: Estaba el cliente que entraría un día curioseando, compraría menos de 200g de unas de las mezclas de té de la casa y tal vez una pequeña bolsa de frutos secos y no volvería a aparecer. El cliente sutil, que no intentaría hacer amistad con ella ni preguntarle por su vida privada (como hacían constantemente las señoras y señores que frecuentaban la tienda por la mañana), ése tipo de cliente vendría por la tarde, se quedaría mirando el género durante un rato sin hacer mucho ruido, distraído con sus propios pensamientos y al final siempre compraría lo mismo, fuese lo que fuese, y no esperaría más que una sonrisa sincera y un"gracias". Ése era, de lejos, su tipo de cliente favorito. Probablemente porque apenas tenía que despegar la mirada del libro y no requería más esfuerzo del necesario. Luego estaban todos los demás: personas del barrio que comparaban allí desde siempre, cuyas vidas había empezado a aprender años atrás.

La calle donde estaba la tienda era bastante concurrida, estaba llena de diferentes establecimientos: una pequeña joyería, un frutería al otro lado, una notaría al lado de un supermercado en la acera de enfrente... La gente se paraba para observar por la ventana, curiosa ,porque a pesar de haber estado ahí desde hacía muchísimos años, la tienda había permanecido, como sus diferentes dueños a lo largo del tiempo, oculta a la vista de todo el mundo, allí mismo, sin llamarla atención.

La silla detrás del mostrador donde estaba sentada también la había colocado ella, haría unos doce años, la semana después a que Isabel le pidiera por primera vez que se quedara detrás del mostrador. Había observado que existían huecos de dos horas durante las cuales no entraba absolutamente nadie y probablemente el ingenio ,despertado por la vagancia, hizo que años después pusiera también una mesa. Con la espalda pegada al respaldo, la mano derecha aguantando Amfitrio por la página donde había encontrado el punta y la mano izquierda sujetando la taza llena de café con leche humeante Olivia parecía en paz, feliz incluso. No obstante, el esfuerzo que le había supuesto mantenerse firme los últimos nueve años hacían mella en ella en forma de pequeñas arrugas que, a sus 36 años, empezaban a preocuparla. 

Hacía ya casi una década de la muerte de Isabel y Javier, el matrimonio por excelencia, los jefes, los mejores en lo que hacían: vender legumbres... E investigar. Tenían una capacidad de observación casi detestable. Recordaba haber reído ante la similitud que tenían con el Matrimonio de sabuesos de Agatha Chrisite, imaginando, entonces, que ella sería la equivalente a Alfred. Pero tal vez había sido ése don que habían compartido el que los había llevado a la tumba. O no. Probablemente nunca tendría la oportunidad, ni el valor suficiente para despejar aquella duda que, después de tanto tiempo, de vez en cuando la desvelaba.

Al fin y al cabo, Héctor, quien había perdido a sus padres a los trece años, no tenía la necesidad de sufrir de nuevo.

Olivia, a los veintisiete años había pasado a ser simple ayudante adueña de una tienda y tutora de un adolescente al que había visto aprender a hablar y que acababa de perder a sus padres. Para bien o para mal, al menos, todos los miembros del club, sin excepción, habían estado allí para Héctor y para ella a la vez que llevaban su propia pérdida. Aún así, no podía evitar sentirse reticente a poner todo su corazón para confiar en ellos. 


"CERRADO POR ASUNTOS FAMILIARES" Era lo que, en letras negras, se leía en el cartel enganchado en la persiana bajada de la parada del mercado donde solía comprar las legumbres.

Recordaba que había otra parada y paseó por los pasillos del lugar hasta encontrarla. La cola que tendría que hacer, observó, era inmensa, y prefirió salir a la calle y buscar un supermercado cercano.

Caminó arrastrando el carro de la compra detrás suyo, preguntándose cual sería el establecimiento con las legumbres más baratas de la zona. Había comprado de todo un poco, sardinas, dorada, pechuga de pollo y huevos. Lo único que faltaba de la lista eran los garbanzos, que no podían faltar nunca, y las lentejas, que se habían terminado el fin de semana pasado.

Al girar la esquina y cruzar una plaza se adentró en una concurrida calle donde imperaban los ancianos y personas de mediana edad, caminando de un lado a otro, haciendo las compras del día o paseando. Observaba, con los auriculares puestos pero sin ninguna música, sin ser vista, los diferentes quehaceres de los que se ocupaba la gente:

Una de las dependientas de una tienda de electrodomésticos salía a fumarse un cigarro cuando creía que su jefe no la veía, una pareja de ancianos caminaba a su propio ritmo cogidos del brazo, en silencio, y una mujer con el pelo recogido en un moño despeinado firmaba algo para el repartidor, quién le entregaba dos cajas, una encima de la otra. Miró el letrero de la tienda donde acababa de entrar la mujer y sonrió.

 – Mira tú que suerte. – Se dijo en voz alta, buscando un paso de peatones para cruzar.


Alicia entró en la tienda arrastrando su carro por la pequeña rampa que la unía con la calle. El local estaba inundado en tonos tierra y grises y la luz, entrando por la única ventana del local, iluminaba la tienda. El lugar en sí le recordaba a la cafetería de una serie ambientada en los 60 que veía su madre. Podía percibir, de hecho, el olor a café.

Se quitó los auriculares, los colgó de su cuello y pidió la tanda. Observó ,entonces, como la mujer que había visto recoger las cajas las dejaba detrás del mostrador sin abrirlas, se disculpaba esbozando una amplia sonrisa y acababa de atender a la clienta que había dejado colgada. Ante la siguiente persona; una señora de mediana edad a la que rodeaba un aura de inquietud y nerviosismo, cambió su expresión y esbozó una sonrisa compasiva.

– Ponme doscientos gramos de orégano, – dijo. – ¿Te han llegado las especias que te pedí el otro día?

Después de pesar la bolsa que la mujer había pedido le dijo el precio y miró algo detrás del mostrador.

 – No... Todavía no me han llegado. – Explicó. – Pero pásate ésta misma tarde a eso de las seis, que es sobre la hora a la que llega el repartidor.

 – A las seis, – repitió dándole las monedas justas. – Vale, gracias.

Era, entonces, el turno del señor que iba delante de Alicia.

Una señora de unos sesenta años entró por la puerta y pidió la tanda, Alicia le dijo que iba detrás suyo la mujer asintió, después se dirigió a la mujer de detrás del mostrador.

 – Hola Olivia – Saludó.

 – Hola Señora Toñi, ¿Que tal su hija? ¿Mejor del resfriado?

 – Sí guapa, gracias a vosotros, – sonrió la mujer. – porque no había manera de que... Ya sabes, tomase ninguna medicina.

Alicia se percató del uso del plural y buscó, en vano, a otra persona que trabajara en la tienda.

– Bueno, a algunas nos van mejor las infusiones... – le dirigió una sonrisa, terminando la conversación, y volvió al señor.– ¿Medio quilito de carillas me ha dicho? ¿No? –se acercó al saco con una bolsa pequeña de papel sin esperar respuesta–  Mi abuela las llamaba "niños con camiseta" – rió.

Poco después el señor, cargando con la bolsa de la compra, se marchó del lugar despidiéndose de todo el mundo. Era, entonces, el turno de Alicia.

– ¿Qué necesitas guapa? – se dirigió a ella.

– Ehm... Ponme dos quilos de lentejas...

Olivia salió del mostrador cogiendo, a la vez, dos bolsas grandes de papel, y se dirigió a los sacos.

– ¿Pardina o Reina? – pala en mano señaló dos sacos diferentes y Alicia le indicó el que más se parecía a las que había visto cocinar en casa. Olivia asintió. – ¿Cuánto me has dicho? ¿Dos quilos? –  Volvió a preguntar mientras comenzaba a echar lentejas en las bolsas.

Alicia asintió.

– Y dos de garbanzos también,– Miró los sacos en busca del que quería,– Castellano. – Leyó el cartel.

Olivia murmuró, haciéndola entender que la había escuchado, y cuando tuvo ambas bolsas hasta arriba las llevó hasta el mostrador para pesarlas. Se pasaban por muy poco de los dos quilos pero lo dio por bueno y las cerró, plegando con maña la parte de arriba, sellándolas con una tira de celo. Las metió en una bolsa de plástico y se dirigió a los sacos de garbanzos con otras dos bolsas.

– Castellano...–  Dijo para sí misma, y rápidamente repitió el procedimiento que había seguido con las otras legumbres.

Habiendo metido toda la compra en la bolsa de plástico calculó el precio y se lo dijo a Alicia, quien rebuscó en el monedero el dinero justo y se lo entregó, recibiendo la bolsa y el recibo a cambio. Dio las gracias, metió la bolsa en el carro y, despidiéndose en voz baja de los otros clientes de la tienda, se marchó.

Cuando volvió a la calle tuvo la sensación de que había estado dentro de aquella tienda mucho más tiempo del que había pasado en realidad. Apartando ése pensamiento de su mente volvió a ponerse los auriculares y a empujar el carro hasta casa. Tenía que guardarla compra y ver cuánto tiempo le faltaba a la lavadora.

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