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A primera vista

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2. Náuseas

Silver.

—¡Silver!

Me detengo a medio camino de llegar a mi habitación. La rabia me lleva a voltear y tomarla por el cuello.

—¡A la próxima no mandes a los hombres de tu padre a buscarme como si yo fuera el enemigo!

La suelto, porque más que hacerle daño, la asfixia es algo que asocia al sexo y le encanta demasiado.

—¡Soy tu esposa! —me recuerda, como si pudiera olvidarlo.

—Y yo soy el que manda —esclarezco.

Nunca tuve la opción de escoger una esposa, mi padre me la impuso por la paz entre los bandos, pero cada día me convenzo más de la pésima decisión que tomó.

—Hueles a mujer... —musita, con rabia.

La muchacha de pelo negro aparece en mis pensamientos, estaba demasiado borracho y ella muy dispuesta a todo, o tal vez era al revés...

—Deja tus celos a un lado...

—¿Quién es? —inquiere. —¿Con quién me engañas?

Jun, solo balbuceó su nombre una vez y soy incapaz de arrancarla de mi cabeza, luego vino la sorpresa de su virginidad...

—Con nadie, deja de buscar problemas donde no los hay.

Intento alejarme, pero de pronto escucho el clic de la pistola que se posa sobre mi nuca.

»Si me disparas, mis hombres te matarán —la advierto.

Hinca la punta de la pistola en mi nuca, casi siento como el metal intenta atravesar mi piel, pero la acaba retirando con rabia.

—Se acabó esta mierda, Silver. No pienso aguantar ni un minuto más tus humillaciones.

Solo espero que esta vez sea cierto, no celebro la marcha hasta que la vea cruzando el umbral de la salida.

—Si te vas, no vuelvas.

—Ahora conocerás quién soy realmente, y te arrepentirás todos los días de tu miserable vida.

La dejo despotricar todo lo que quiera, al fin y al cabo, es el despecho quien la hace hablar. De no ser por quién es, seguramente; le daría un tiro en la sien.

Dos de mis hombres se acercan cuando todavía la detectan con la pistola en la mano, les doy el alto, no quiero derramar sangre que me lleve una guerra, no ahora.

—Buena suerte —le digo, volteando a ella.

—Buscaré a esa puta y la mataré —me asegura.

—Buena suerte con eso también —le sonrío.

Ni siquiera yo sé quién es, ella menos.

—Te la traeré a trocitos —sonríe.

No sé por qué me tenso, no debería importarme, pero eso ya no me resulta gracioso. Debo encontrar a la chica, antes de que me la traiga en mal estado.

Voltea, se larga a la habitación, la escucho remover las cosas de un lado a otro, mantengo mis impulsos a raya, la dejo destrozar todo lo que se le pone por delante, eso le lleva un par de horas. Finalmente, no se lleva nada, solo lo ha destrozado todo para fastidiar.

Una vez que la veo marchar con su coche, doy el aviso de no dejarla entrar nunca más.

Lo primero que hago al día siguiente, es contactar a mi abogado para empezar el trámite del divorcio, es algo de vital importancia, solo así me sentiré libre y podré empezar de nuevo a vivir mi vida.

Mando a algunos guardias a averiguar sobre Jun, el resto del día organizo una fiesta para celebrar el mejor día de mi vida.

Jun.

Al no recordar absolutamente nada, tomo el consejo de Sabin, si no me acuerdo; no ha pasado.

La vuelta a nuestro pequeño pueblo es lo mejor del fin de semana. Nos despedimos todas a la vez, porque no solo tenemos la misma edad, hemos ido al mismo colegio y trabajamos en el mismo restaurante: también somos vecinas.

—¡Mamá, ya estoy en casa!

Dejo la pequeña maleta en la entrada, sigo el dulce aroma a pastel de carne hasta llegar a la cocina.

—¡Mi pequeña! ¡No te he oído llegar!

Miento, lo mejor del fin de semana es llegar a casa y abrazar a mi madre. La cual me cuesta soltar...

—Te he echado de menos.

—Y yo a ti... Pero cuéntame, ¿cómo ha ido todo?

De la nada, la imagen del tipo que estaba a mi lado inunda mi cabeza, su tez, el tatuaje del pecho, lo poco que pude detallar de él... Su erección.

—¡Genial! Pero me he dado cuenta de que no me gusta la ciudad.

—A tu abuelo tampoco le gustaba —murmura con nostalgia.

Indaga sobre lo que hemos hecho, le cuento por encima y le enseño fotos que he tomado con mis amigas. Con eso, comemos, me cuenta su fin de semana y se marcha a trabajar.

Quedarme a solas me lleva a echar de menos a Megan y a Sabin, lo unidas que hemos estado estos dos días y lo afortunada que me siento de tenerlas. Recojo la maleta para llevarla hasta mi habitación, empiezo a desempacar y doy con el sobre de billetes...

Mierda, ¿cómo se le ocurre dejarlo ahí? Luego recuerdo que es Sabin y de no ser ella: seguramente se lo habría quedado.

Empiezo a contar los billetes, llego hasta cinco mil dólares y la cantidad me asusta, me asombra, me hace sentir sucia y humillada.

Lo acabo guardando debajo del colchón, con la certeza de que mi madre no lo va a encontrar nunca, porque tampoco sabré explicarle de dónde lo he sacado.

El lunes me despierto temprano para ir a trabajar, Sabi y Megan no hablan sobre el tema, así que yo tampoco lo menciono... Nadie lo hace el resto de la semana.

El sábado es cuando mamá descansa, y nosotras tenemos la media mañana libre, desde pequeñas hemos hecho un almuerzo en conjunto, lo que hoy en día es casi como una tradición.

Los domingos los tengo libres, pero mamá trabaja, así que nos vemos poco.

Sabi y Megan me recogen para ir al lago, es lo más cercano que tenemos de estar en una playa. Me quito la ropa para lucir el nuevo bikini que me he comprado a costa de mi virginidad...

—¡Te queda genial! —halaga Megan.

—Cierto —secunda Sabi.

Nos bañamos, tomamos unas cervezas y pasamos la tarde charlando del nuevo ligue de Sabina, al parecer las cosas no han ido bien con el vigilante de la discoteca, cosa que me alegra; así no volveremos a tocar el tema.

De pronto, las risas sonoras de varios chicos nos llaman la atención, son antiguos compañeros de instinto.

—Es como si cada fueran más feos —se burla Sabin.

Megan y yo contenemos la risa, porque esta vez Sabina tiene razón.

—Los sigo viendo cómo bebés.

—No fastidies, tenemos la misma edad.

—Lo sé, pero me gusta más...

Cómo el tipo de la cama, más hombres, más maduros, más varoniles, más...

—¿Más guapos? —indaga Sabin.

—Menos feos —le sigo el juego.

Lo de la ciudad va quedando en una anécdota, lo que me hace sentir cada día mejor con el paso de las semanas. Hasta que llega el almuerzo del sábado y el olor a barbacoa me empieza a remover las tripas.

No contengo la arcada que me doblega en el jardín de casa, y me lleva de rodillas contra el suelo. Mamá se altera creyendo que estoy enferma, empieza a repetir una y otra vez lo mal que como.

Intento meterme en la casa, cuando otra arcada me detiene en la entrada.

—¡Está bien! —grita Sabin para informar a nuestras madres.

Megan es la que me lleva hasta el interior, mamá entra a prepararme una manzanilla mientras me echa el cuento de que el agua del lago ya no está para baños en estos tiempos, pero la realidad es que todavía hace calor.

—Seguro que es de comer en el restaurante, el otro día también vomité la ensaladilla que me comí.

El comentario de Sabin me tranquiliza, aunque últimamente he tenido ganas de vomitar en varias ocasiones.

El malestar se me pasa con la manzanilla milagrosa de mi madre, almuerzo poquito, ya que noto el olor a barbacoa demasiado fuerte, y luego nos toca ir a trabajar.

El domingo las chicas vuelven a recogerme para ir al lago, nos volvemos a encontrar al grupo de chicos sentados en el puesto que solemos ocupar nosotras, lo que hace que Sabin se ponga junto al lado de ellos.

Nos quitamos la ropa, cuando veo que ambas se quedan mirándome.

—¿Qué? Es el mismo bañador que he llevado en los tres últimos domingos...

—¿Has engordado?

—¡Sabina! —la regaña Megan.

—¿He engordado? —frunzo el ceño. Yo me veo igual que siempre.

Me inspecciona detenidamente, Megan niega moviendo la cabeza.

—No le hagas ni puto caso.

Dejamos el tema del físico aparcado, nos bañamos, lo que me hace pensar en que mamá se va a enfadar, y salgo del agua. Sabina me secunda, saca un par de cervezas, las destapa y brindamos.

—¡Esperad!

Esperamos a Megan, prepara su cerveza, el calor me hace darle un largo trago, y en cuanto el líquido desciende por mi garganta, vuelve a subir en la arcada que me impulsa a apartar el rostro hacia el grupo de chicos...

Empiezo a vomitar entre retortijones... Últimamente, no hago más que vomitar o intentarlo, quiero creer que sigo enferma.

—¿Estás bien? —se preocupa Megan.

Todo parece una estupidez, un virus estomacal duradero hasta que...

—¿Te tomaste la pastilla del día después?

La pregunta de Sabina dispara todas mis alarmas, y me lleva a vomitar con más intensidad.
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