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Fantasias Navideñas

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Summary

Sinead Walsh anhela con todo su corazón regresar a Malahide, Irlanda, para reunirse con su familia en Navidad después de dos largos años de ausencia. Sin embargo, su emocionado regreso da un giro inesperado cuando se encuentra con Rian O'Niell, el exasperante mejor amigo de su hermano, como su compañero de vuelo. Lo que comienza como un encuentro incómodo se convierte en una propuesta fuera de lo común cuando Rian desafía a Sinead a recrear las escenas más apasionadas de sus novelas románticas favoritas. ¿Puede la magia de la Navidad hacer que esto sea posible? Sinead se sorprende al verse atraída por el encantador, arrogante y terriblemente atractivo Rian, a pesar de ser el inalcanzable mejor amigo de su hermano con una novia en su vida. Pero detrás de la fachada de Rian hay secretos y sorpresas que una nueva chismosa del pueblo está ansiosa por revelar en su crónica social. Mientras se sumergen en la temporada navideña, entre la elaboración de galletas y el eco de villancicos, Sinead y Rian se encuentran en un torbellino de romance, fantasía y emociones intensas que desafían las expectativas. Una Navidad inolvidable está en juego, y con ella, la posibilidad de que los sueños se conviertan en realidad en el ambiente mágico que solo esta época del año puede brindar.

Genre:
Romance / Mystery
Author:
Beca Aberdeen
Status:
Ongoing
Chapters:
24
Rating:
5.0 4 reviews
Age Rating:
16+

Capítulo 1

Rian O’Neill acaba de irrumpir en mi cuarto.

Parpadeo al leer a escondidas el mensaje de mi reloj inteligente.

Uno de los protas de tus libros ha venido a verte. Es irlandes, creo que te conoce. Me lo acaba de envíar mi compañera de habitación, Louise.

No debería preocuparme por eso en este momento, sino por rellenar los folios que tengo enfrente, que contienen las preguntas de un examen que debimos haber hecho el jueves pasado. El profesor Roberts cayó enfermo, una especie de virus infantil que provoca fiebre alta y llagas en la boca, un bonito obsequio de la guardería de su hijo que le impidió venir a examinarnos. Al parecer, decidió posponer la prueba para hoy, el primer día de las vacaciones de Navidad. Sin embargo, no me enteré de ese cambio hasta esta misma mañana, cuando un mensaje de una compañera de clase me hizo sospechar que me estaba perdiendo algo.

Pero lo hago. Miro el examen y no veo las letras sino el desastre que dejé atrás cuando salí corriendo. Ropa sucia enredada en un rincón de la habitación, prendas recién recogidas arrojadas sin orden sobre la cama. Ambos montones incluyen bragas y sujetadores en exceso, porque una no se va de vacaciones con ropa intima vieja e intentaba decidir cuál me llevo. Los restos de mi desayuno reposan en la bandeja que he dejado encima de mi escritorio. Los cabellos que se me han caído al lavarme la cabeza y peinarme en la ducha esa mañana, están pegados en la baldosa y, con un gesto de dolor, temo haber dejado el envoltorio de una salvaslip sobre la tapa de la cisterna. Anhelo con todas mis fuerzas que Rian que no entre en el baño, aunque es poco probable, considerando que me esperará allí durante horas.

Muero de vergüenza imaginando lo que debe estar pensando de mí. Procuro volver a leer las preguntas del examen, pero estoy demasiado agitada. No debería, es muy buen amigo de mi hermano, no tanto mío. Solo le hace el favor de recogerme y llevarme hasta el aeropuerto. Puede que compartamos coche en Dublín también, no lo tengo claro. Lo que sé es que no había planeado cruzar la frontera de aguantar su erizada personalidad durante diez horas a que me conozca íntimamente. Y ser juzgada, porque Rian juzga mucho.

Ahora tengo que dejar de imaginarlo entre mis cosas y concentrarme en el examen. Respiro hondo, alejo la imagen mental de Rian a un rincón recóndito de mi mente y leo la primera pregunta del test.

“El en transporte aéreo internacional, el CMC (Crew Member Certificate) es usado por la tripulación para identificarse: A) y solo válido cuando se muestra con la licencia de tripulación correspondiente. B) y solo es válido cuando se muestra un pasaporte en regla. C) y solo válido en su aeródromo base.

Nada como opciones tan similares para hacer que tu mente deje de divagar. Pero ni eso me salva.

Él está estudiando magisterio en Providence, su Universidad queda a menos de una hora de mi academia en Boston, recuerdo. A pesar de la cercanía, nunca nos vemos. Nuestras familias están muy unidas desde que nuestros padres se conocieron trabajando en el restaurante de Trinity College en Dublín y se hicieron amigos inseparables. De nuevo, eso no significa que Rian y yo tengamos que ser inseparables. De hecho, nunca ha sugerido que quedemos para vernos ni aun estando los dos tan lejos de casa y tan cerca el uno del otro.

Me froto las sienes y suspiro.

Que se quede con su ego, decido. Me da igual lo que piense de mí. Aprieto los dientes y regreso al examen.

Me cuesta casi dos horas acabarlo. En el camino de vuelta al piso repaso las respuestas que he dado para convencerme de que el test está aprobado y podré disfrutar con tranquilidad de las vacaciones. A pesar del estrés de haber tenido que salir corriendo para hacerlo, me alegro de que no lo hayan dejado para la vuelta porque dos semanas son suficientes para olvidar una buena parte de lo aprendido.

Para mi sorpresa, al entrar encuentro a Louise tirada en el sofá del rellano que comparten nuestras habitaciones. Me había imaginado a Rian sentado ahí con el móvil entre las manos y cara de estar muy aburrido. Frunzo el ceño al ver que está sola.

―¿Se ha ido? ―deduzco, y mi compañera de cuarto levanta la vista de su libro.

―¿Quién?

―El tipo al que has dejado entrar… ―explico lo obvio. Respiro aliviada al pensar que se ha cansado de esperar y se ha ido a dar una vuelta.

―Ah, no ―responde ella con una expresión extraña.

―¿No me digas que se ha marchado al aeropuerto sin mí? ―Suelto un bufido―. Si nuestro vuelo no sale hasta las seis y cuarto. ―Será capullo. Contaba con ir hasta el aeropuerto en su coche. Ahora voy a tener que llamar un taxi y moverme como Flash para recoger todo y terminar la maleta a tiempo―. Joder, menudo día. Para que se ofrece si luego me deja tirada ―me quejo, corriendo hacia mi cuarto.

Voy a priorizar la maleta, dejar el desastre por último y rezar para que me dé tiempo a dejar mi habitación medio decente. Estoy tan absorta en mi estresado plan que no escucho la advertencia de Louise hasta que es demasiado tarde y me encuentro con el panorama de frente.

Rian no se ha marchado. Está acomodado sobre mi cama, con la novela que estoy leyendo entre las manos. Parece encontrarse en su elemento, cómodo y satisfecho.

Demasiado cómodo. Muy satisfecho.

Mis ojos se agrandan al posarse sobre la portada, una sugerente ilustración de un musculoso hombre con el pecho descubierto, agarrando por la cintura a una chica con un vestido escotado.

Horror.

Louise no alucinaba cuando lo describió como uno de los protagonistas de las novelas que leo. Se parece muchísimo a uno, como está tendido en mi cama, con una mano bajo la cabeza y la otra sosteniendo el libro, los músculos flexionados, visibles a pesar de estar relajado. El borde de la camiseta está levantado y descubre unos centímetros de su abdomen.

―¿Qué estás haciendo con eso? ―le interrogo.

Ni hola, ni qué tal estás, ni gracias por venir a recogerme. Rian O´Niell ha pisado mi territorio.

―Sinead Walsh ―dice. Deja el libro en su pecho y se estira, antes de levantarse con él en la mano―. Qué bueno volver a verte. ¿Cuánto ha pasado?

―No demasiado ―farfullo. Creo que llevamos unos tres años sin vernos, justo antes de que yo empezara la universidad. Me había olvidado de que era tan alto, imponente. Decido que no me dejaré intimidar y estiro la mano―. Dame eso.

―Ah… ―él baja la vista a la portada y me encojo de vergüenza. Después me lo ofrece―. He pensado que querrías llevarlo contigo para terminarlo durante el vuelo. No quería que se te olvidara con las prisas.

Trago saliva, preguntándome si ha leído algo y por eso tiene un brillo malicioso en los ojos, o le basta con la portada para imaginarse todo el salseo picante que contiene.

―¿Lo estabas leyendo? ―No puedo evitar sonar acusadora, mientras se lo quito de las manos.

Él pone una mueca de inocencia y niega con la cabeza, pero no puedo estar imaginándome la sombra de diversión que trata de ocultar. Me percato de que tiene el pelo oscuro alborotado, pero también más corto de cómo solía llevarlo y el corte nuevo descubre su frente y destaca la mirada azul eléctrica. No debería dejarme impresionada por una mirada, todos los irlandeses tenemos una, con la cual hemos nacido. Yo mismo tengo una, toda mi familia tiene una. Pero parece que acabo de descubrir la de Rian, y la sonrisa torcida que me dedica me inquieta.

Carraspeó y guardo la novela en el maletín de mi portátil, que va enganchado a la asa de mi equipaje de mano. Y me quedo helada.

Paseo mi vista por la estancia con la boca abierta. Todo está en orden. La cama está hecha, la ropa limpia está doblada y organizada sobre la colcha. Los restos de comida han desaparecido. La sopa sucia está mojada y colgada en el tendedero de resina que normalmente guardo plegado contra el armario y la pared.

―Pero… ¿qué?…

Me giro y vuelvo a estudiar el cuarto.

―No te he hecho la maleta porque no tengo ni idea de qué quieres llevar ―explica Rian.

Alzo la barbilla hacia él y pestañeo perpleja.

―¿Tu… tu has… ―Mi dedo da varias vueltas en el aire.

―Lousie me ha explicado lo de tu examen sorpresa ―me interrumpe en vista de que me cuesta ponerle palabras a lo ocurrido―. Así que he aprovechado el tiempo.

Suelto una especie de risa bufido.

―Has recogido y has hecho la colada ―repito solo para aclarar que no hay un malentendido ni alucino.

―No es para tanto. ―Él se frota el cuello, quitándole importancia. Parece incómodo ahora que me ve alborotada―. Espero que no te moleste.

Suelto otra risotada incrédula.

―Gracias ―recuerdo decir.

Él asiente y mira para otro lado. Creo que nunca habíamos sido tan civilizados el uno con el otro. Tal vez hayamos madurado en esos tres años sin vernos.

―¿Qué tal el examen?

―Bien, teniendo en cuenta que casi no he dormido y que no había mirado la teoría desde el jueves.

―¿Por qué no has dormido? ―finge interesarse, pero en realidad está mirando la hora en su reloj de muñeca.

―Mi plan era estar muy cansada hoy para dormir en el avión.

Vuelve a mirarme y esboza una sonrisa ladeada que conozco bien. Estoy segura de que se la ha enseñado el mismo demonio en persona.

―¿Dormir? Con semejante compañero de vuelo. ―Se señala a sí mismo y sé que bromea. Ha sido cortesía de mi hermano que viajemos los dos juntos. Compró los billetes a la vez, creyendo que sería buena idea que pasaramos siete horas juntos en un espacio cerrado. “Así no os aburrís”, me dijo, aunque sabe que su amiguito no es santo de mi devoción.

―Justamente por mi compañero de vuelo ―murmuro, y sacudo mis auriculares en el aire antes de guardarlos en el bolso de mano.

Rian hace una mueca de ofensa fingida.

―Innecesario, a chara ―responde, pronunciando las palabras irlandesas en un acento impecable que suena como “ajara”. Sé que significan “mi amiga” y es de las pocas cosas que entiendo en gaélico―. Soy perfectamente capaz de aburrirte hasta que te duermas.

Sonrío y continúo guardando artículos que creo que pueda necesitar. Los vuelos tan largos se me acaban haciendo eternos e insufribles porque no soy capaz de dormirme en cualquier lugar y posición. Normalmente hace un frío de muerte ahí arriba y la manta que te ofrecen no me resulta suficiente, así que añado unos calcetines gordos de esos con forro blanco por dentro y con un diseño navideño por fuera. Por el rabillo del ojo veo que Rian los estudia con una sonrisita condescendiente. Pongo los ojos en blanco y sigo con lo mío. Por supuesto, él es la clase de persona que no se pondría nada con lo que no pudiera desfilar por una pasarela. Ahora mismo lleva unos vaqueros negros y un jersey amarillo mostaza con pinta de ser muy suave al tacto. No es que yo quiera acariciarlo, claro. Aparto la vista al darme cuenta de que he estado observando su torso y me pregunto cómo de incómodos son esos vaqueros para afrontar un vuelo tan largo metido en ellos. Espero que mucho.

Hago un breve viaje al baño para coger mi cepillo de dientes y el neceser del maquillaje. Suspiro al ver que los cabellos siguen ahí y el envoltorio del salvaslip también. Por lo menos no ha cruzado esa raya. Eso es algo que uno solo debería hacer por su esposa tras muchos años de convivencia. Me doy prisa en recogerlo todo y al salir noto que me arden las mejillas.

―Siento lo del baño… ―me disculpo haciendo una mueca que espero que resulte graciosa―. Estaba tan aturdida que se me olvidó recogerlo.

―Es terrible ―responde él desde la pared en la que se ha apoyado para no estar en mi camino―. Nunca había visto nada igual.

Le echo una mirada ceñuda y se ríe, abandonado el tono de fatalidad.

―No he usado tu baño, a chara. He ido al del pasillo ―confiesa y suspiro aliviada―. Aunque ahora tengo curiosidad. ¿Hay un cadáver en la bañera?

―Si te lo dijera pasarías a ser el segundo cadáver, lo que me daría más trabajo.

―Si quieres te ayudo a deshacerte de él ―negocia, fingiendo que se siente amenazado―. Puedo levantar mucho peso.

―Estoy segura de ello ―replico mientras mis ojos se deslizan hacia sus bíceps.

Sigue siendo un fanfarrón.

―Ahora, deberías empezar a darte prisa ―me sugiere, mirando la hora de nuevo―. ¿Hay algo más en lo que pueda ayudarte?

Su pregunta me hace sospechar que ha recogido mi cuarto solo para evitar retrasos.

―Dame cinco minutos ―le prometo y me apresuro en ultimar los detalles, segura de que se me están olvidando cosas.

Voy a casa de mis padres, la que fue mi casa durante mucho tiempo y no hay nada que no pueda encontrar allí. Compruebo que llevo lo esencial, el pasaporte y mi teléfono con el billete electrónico, y trato de relajarme. Cuando miro mi escritorio veo una rana saltarina hecha de papel. Estoy segura de que no estaba allí antes, por lo que miro hacia Rian.

Se apresura a cogerla de mis manos.

―Perdona ―dice―, me aburría y me entretengo haciendo esas cosas.

Eso era antes de ordenar mi habitación, pienso, pero lo dejo pasar.

No logro cumplir mi promesa y no llegamos a su coche hasta un cuarto de hora más tarde. Vamos con tiempo de sobra pero él parece inconforme con el retraso, así que me siento en la obligación de disculparme.

―Tampoco sería el fin del mundo perder ese vuelo ―murmura con la vista fija en el agobiante tráfico de Boston.

Frunzo el ceño, sin entender a qué viene eso. En mi caso sería un desastre. Estoy deseando ver a todos y pasar unos días en familia.

―¿No quieres ir a casa por Navidad? ―indago, y él parece darse cuenta en ese momento de que lo he escuchado.

―Claro ―responde, pero hay algo en su expresión que no me parece del todo sincera.

Por suerte, el tráfico se despeja y llegamos al aeropuerto antes de que el reloj marque la hora que Rian ha determinado como crítica. Aparca su vehículo en uno de los aparcamientos externos que salen un poco más baratos que el del aeropuerto y tomamos un shuttle que nos lleva a nuestra terminal.

No hablamos mucho durante el trayecto porque está abarrotado de gente con maletas enormes. Pero no puedo evitar echarle miraditas de vez en cuando, preguntándome qué habrá sido de su vida en estos tres años y qué es lo que noto diferente. No me decido si quiero descubrirlo o no y si seis horas serán suficientes en el caso de querer darle otra oportunidad a Rian.

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