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El Problema de Lena 1( Enamorándome de tí)

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Summary

Lena sabe perfectamente como hacerle un regate a un chico en el campo de futbol, o cómo hacer que se ría a carcajadas. Pero a la hora de enamorarlos se siente totalmente insegura. Cuando aparece Alex, esas inseguridades se vuelven un problema. A Lena se le ocurre pedirle a sus amigas que le busquen a un chico de confianza para que le enseñe a seducir a un hombre tan popular como Alex. Un profesor, unas cuantas lecciones y voilá... sus problemas solucionados. Porque...¿qué puede salir mal con un plan así? ADVERTENCIA: Esta novela produce severos efectos secundarios, como carcajadas espontáneas, mariposas en el estómago y enamoramiento grave por personaje ficticio. ¡Estas advertida!

Genre:
Romance / Erotica
Author:
Beca Aberdeen
Status:
Complete
Chapters:
12
Rating:
4.8 2 reviews
Age Rating:
18+

1

—Genial, Lena —me dije a mí misma en tono irónico—. Necesitas terapia para ir a terapia.

Esa fue la conclusión a la que llegué frente al despacho del psicólogo de mi instituto. No cerca de la entrada para que se percatara de mi presencia cuando saliera su último paciente, sino a seis metros, sujetando la puerta hacia la escalera de incendios con la espalda. Acababa de descubrir que me daba pánico ir a terapia. Sentarme frente a un desconocido y que me contemplara fijamente mientras yo le explicaba todo lo que estaba roto dentro de mí. Solo de pensarlo me entraban náuseas.

Había ido hasta allí con la firme intención de mejorar mis inseguridades, pero una vez dentro de la sala de espera, me asaltaron las dudas. ¿Qué iba a pensar de mí cuando se diera cuenta de que me temblaba la voz y de que estaba nerviosa? Creería que era rara y que me pasaba algo, aunque esa era la razón por la que la gente iba a terapia ¿no? Imaginar a otra persona hablando con su psicólogo me parecía tan normal como ir al médico por un resfriado. Sin embargo, cuando se trataba de mí, sentía que había algo intrínsecamente erróneo con mi forma de ser. ¿Y si era así? ¿Y si el terapeuta me señalaba y decía algo como: “Eres un bicho raro, Lena. Lo tuyo no tiene solución”? Entonces lo sabría seguro y ya no podría fantasear con la idea de ser normal.

Aquello era demasiado estresante.

Me escurrí de vuelta al rellano de las escaleras de incendios y dejé que la puerta se cerrara detrás de mí.

Suspiré profundamente y me prometí que lo haría más adelante. Cuando fuera más fuerte. Esa idea me tranquilizó y me aferré a ella como a un clavo ardiendo. Tampoco estaba tan mal, al fin y al cabo. No me hacía cortes en las piernas como esas chicas en las películas. Era insegura, sí, pero ¿quién no lo era en plena adolescencia?

En vista de mi fracaso, me fui directamente a la biblioteca del centro para estudiar y aprovechar que había ido hasta allí. Tenía un par de exámenes en enero, uno de ellos era una recuperación del año anterior: Historia del arte. El profesor Hodgkin era el típico amargado que odiaba el mundo y trataba de joderle la vida a todos sus estudiantes como catarsis personal. El ochenta y cinco por ciento de la clase había suspendido su asignatura, lo que suponía un porcentaje sospechoso, pero la junta no quiso meter mano en los exámenes de fin de curso, Según los rumores, se habían limitado a sugerirle a Hodgkin que fuera más generoso en la recuperación de enero. Debían creerse muy generosos con esa decisión, pero a nosotros nos obligaban a volver a estudiar todo el temario antes de empezar el curso, cuando aún hacía calor y seguíamos metidos en la rutina hedonista del verano.

En la biblioteca me encontré con mi amiga Alisa acompañada de Toni, un chico de otra clase, que también tenía a Hodgkin de profesor. Pasamos la tarde de calor encerrados, quejándonos de la crueldad de la vida y analizando fotos de cuadros y de columnas de edificios clásicos que tenían la misma apariencia, pero con algún detallito rococó que les cambiaba el nombre por completo. Era una fan de la asignatura de historia, pero la rama del arte me parecía insufrible.

—A nadie le interesan los nombres de la fachada —protesté, estrellando el bolígrafo contra mi cuaderno. Llevábamos allí cinco horas y aún no había llegado al final de los apuntes. El cansancio y el estrés me estaban poniendo de muy mal humor.

—A Hodgkin sí —me contradijo Toni, abriendo una lata de Coca-Cola tan fría que pequeñas gotas de condensación se escurrían por la superficie.

—Ya, bueno… a nadie normal, quería decir —esclarecí. Al profesor Hodgkin no solo le interesaba, sino que lo vivía. Hablaba del arte arquitectónico en medio de una ensoñación, poseído, salivando en ocasiones durante descripciones apasionadas—. Pero solo a él, a nadie más le importa. Porque es tedioso, soporífero, momificante… de hecho, estoy segura que las gárgolas de las catedrales son estudiantes de historia de arte que se petrificaron durante una lección, de puro aburrimiento.

Alisa y Toni rieron como si mi teoría fuera una broma cuando, en realidad, tenía mucho sentido.

A las once de la noche, despegamos las piernas sudadas de las sillas, porque el aire acondicionado de la sala estaba roto, y volvimos a nuestras respectivas casas con la cabeza como un bombo y la suerte echada.

Si había algo de lo que me sentía orgullosa, era de no haberle preguntado a Toni por su amigo Alex, el estudiante nuevo que había llegado el año pasado desde Brasil para revolucionarnos las hormonas a todas.

Llevaba todo el verano sin saber de él y sin poder alimentar mis ojos con su belleza exótica. Alex había aprobado todos sus exámenes el curso anterior, así que me imaginaba que habría dedicado su verano a ligar, nadar y a ponerse aún más moreno. Iniciaría el curso como un pan recién horneado y listo para hacer babear a todas las que estábamos a dieta. A dieta de él, claro.

Al día siguiente, sobrevivimos al examen más aburrido de la historia y nunca mejor dicho. Lauren y yo salimos antes de que terminara el tiempo máximo para completar la prueba. Ninguna de las dos era de quedarse a darle vueltas a las preguntas. Solíamos ser de las primeras en salir de los exámenes. Si me lo sabía me lo sabía; rara vez me llegaba la inspiración después de llevar una hora mirando hojas en blanco.

Nos sentamos en las escaleras debatiendo algunas de las respuestas mientras Lauren rebuscaba en sus apuntes. No me molesté en hacer lo mismo. ¿Para qué? La suerte ya estaba echada y, habiendo dormido tan poco, revisar las respuestas me llevaría una energía que no me quedaba.

—Acertaste con el Renacimiento italiano y la pintura barroca, Lena —se emocionó Toni al salir del aula. Se inclinó y me plantó un beso exageradamente sonoro en la frente. La tarde anterior, en la biblioteca, les había asegurado a ambos qué Hodgkin haría preguntas sobre esos dos temas—. ¿Cómo haces para adivinar siempre las preguntas del examen?

—Es fácil. Solo tienes que fijarte con qué temas se ponen más cachondos los profesores —expliqué mi método con la seriedad de una científica y escuché una carcajada detrás de mí. Cuando miré por encima de mi hombro, vi que provenía de Alex. Estaba apoyado en la barandilla de las escaleras con los tobillos cruzados. Llevaba una camiseta de algodón blanca que en cualquier mortal no hubiera tenido ninguna gracia, pero en él, resaltaba el tono dorado de su piel de verano y la forma atlética de sus hombros. No llevaba nada encima, ni apuntes, ni mochila, ni un simple bolígrafo, algo muy típico de él. Era una especie de Dios que caminaba por los pasillos con lo puesto, para no verse importunado con pertenencias como el resto de mortales.

La mirada que me devolvió, aun con la sombra de una sonrisa, me hizo sonrojar. Me giré rápido, dándole la espalda para que no lo notara.

—Alex Fabri, cuánto tiempo —saludé con una calma fingida—. ¿Qué tal el verano?

Sentí sus ojos clavados en mi nuca y el silencio que precedió a su respuesta fue como una caricia real.

—Echándote de menos.

Sus palabras hicieron que se me acelerara el pulso, a pesar de saber que no significaba nada. Tontear era su deporte favorito y la naturaleza creaba a tipos como él para eso. «Respira Lena, aún queda mucho curso por delante», me dije a mí misma. Normalmente, lograba mantener controladas mis constantes vitales en presencia de Alex, pero llevaba meses sin verlo. Tenía las defensas bajas y por eso me latía el corazón tan rápido.

Por suerte, Toni me salvó de tener que responder.

—Alex, vámonos —dijo, comprobando la hora en la pantalla de su teléfono—. Tengo que comprar calzoncillos.

—¿No es algo que un hombre debe hacer por sí mismo? —bromeó Alex, cruzándose de brazos.

—Necesito que me acerques al centro comercial —insistió Toni con el ceño fruncido—. Ya te lo dije antes.

Garotas —se despidió Alex en portugués. No tenía ni idea de qué significaba, pero sonaba cálido y sensual en sus labios.

Se alejaron por el pasillo y suspiré mientras observaba lo bien que sus vaqueros se ajustaban a ciertas partes de su anatomía.

—¿Te has dormido? —le preguntó Lauren a Alisa, quien estaba recostada contra la pared con los ojos cerrados.

—Creo que está meditando —intervine yo.

Alisa siseó.

—Estoy imaginando a esos dos, probándose calzoncillos.

—Puaj... ¿En qué tiendas dejan probarse la ropa interior? —se preocupó Lauren.

—Mis fantasías sexuales no necesitan tener un argumento sólido, ¿vale? —respondió Alisa—. Son como el porno.

Me reí y me levanté de las escaleras, recordando que en alguna ocasión permanecer sentada sobre un suelo frío me había provocado una cistitis.

—Ey, ¿qué tal si merendamos tortitas? —propuso Lauren, entusiasmada mientras nos poníamos en marcha. Siempre quería toritas, estaba obsesionada con ellas.

—Prefiero espiar a Alex y a Toni en el centro comercial —se opuso Alisa—. Mucho más saludable.

Lauren soltó un bufido. Ella no vivía preocupada por contar calorías como Alisa y yo. Con su metro ochenta de estatura y su constitución, le importaba poco lo que marcara la balanza. Tenía el pelo rubio y largo hasta la cintura, ojos azules, la piel rosada y un aspecto adorable de granjera holandesa. Podía imaginarla con una falda tricolor hasta los pies, dos trenzas y zuecos.

—Acepto merendar si vamos caminando —propuse con neutralidad suiza.

Lauren puso los ojos en blanco.

—Estáis obsesionadas con el físico.

—Necesito moverme ahora que nos hemos quitado esa pesadilla de examen de encima—. Me estiré, notando tensión en la espalda y en el cuello.

—¿Por qué me habré buscado amigas deportistas? —se quejó Lauren más para sí misma. Llevaba unas sandalias con algo de tacón que, supuse, eran la razón por la que se negaba a dar un paseo.

No era un problema para mí. Jamás me ponía otra cosa aparte de zapatillas de deporte. Tal vez por eso los chicos tendían a verme más como una colega que como una mujer.

«Echándote de menos».

Sí, estaba segura de que Alex Fabri me había echado mucho de menos durante el verano. Seguro que se había acordado de mi existencia entre fiesta y fiesta, entre porro y porro y, sobre todo, entre chica y chica.

El problema de que un tipo guapo tonteara contigo era que, aunque supieras que para él no significaba nada, no podías borrarlo de tu memoria. Tu maldito cerebro traidor y programado para reproducirse con el ejemplar masculino más sano, no paraba de molestar, repitiendo la escena en bucle.

Desde el punto de vista científico, lo que ocurría en el cuerpo de una mujer tras escuchar las provocativas palabras de un guaperas, era lo siguiente:

Mi cerebro: ¡Con él!¡Con él! Lena, reprodúcete con él.

Yo: Calla, no ves que me va a romper el corazón.

Mi corazón: Por mí no lo evites, eh. Solo recuerdo que estoy vivo cuando veo al señor Fabri. O cuando tienes esos sueños en los que caes al vacío.

Yo: Ya, eso dices ahora…

Mi vagina: Damas y caballeros, abrimos el negocio.

Yo: Mira... tú ni te metas.

Mi vagina: Eso, Lena… tú sigue fingiendo que no existo.

Vale, quizá no fuera una explicación rigurosamente científica, pero en mi opinión era una descripción bastante acertada.

Las tortitas me supieron el triple de buenas porque me acababa de quitar un examen de encima. El curso se sentía tan joven y la tarde tan cálida que mi cerebro aún tenía puesto el filtro de vacaciones de verano.

Rebañé el plato en un reto personal por aprovechar la mayor parte de Nutella posible, mientras Alisa nos contaba que el tratamiento de su gato estaba funcionando. Hacía unos meses le habían diagnosticado un problema cardíaco y las previsiones no habían sido buenas. Pocas veces había visto a mi amiga tan abatida, pero el tratamiento con pastillas y el cambio de dieta habían hecho maravillas en la recuperación de Botón. Lo había bautizado así porque tenía la nariz tan aplastada que parecía un botón.

Tras unos segundos de silencio, Alisa cambió de tema con voz de telediario.

—Y en otro orden de cosas: El cumpleaños de Lena. Es la semana que viene ¿Qué te gustaría hacer?

—¿Morirme? —respondí en tono funesto.

—Suena divertido, cuéntame más.

Lauren me miró con el ceño fruncido.

—Es un poco pronto para odiar cumplir años, ¿no?

Suspiré, jugando con la servilleta arrugada que tenía al lado del plato. Era la última de mis amigas cercanas en cumplir los dieciocho. Mientras que para los demás parecía ser el gran acontecimiento, volverse adultos con todas las de la ley, yo llevaba un mes dándole vueltas a algo en la cabeza.

Me incliné un poco sobre la mesa para hablarles en voz baja.

—¿Creéis que aún hay gente en nuestra clase que todavía no ha… ya sabéis, hecho… eh, qui-quiero decir, que aún son vírgenes? —tartamudeé mortificada.

Mis amigas, que parecían haber estado esperando algo más grave, se relajaron.

—Oh, Lena… qué tontería. ¿A quién le importa la edad que tengas al perder la virginidad? —Lauren puso una mueca.

Siseé para que bajara la voz mientras miraba a nuestro alrededor con cierta paranoia.

—Cariño, puedes perderla cuando quieras —me recordó Alisa con discreción.

Ese era precisamente el problema. No me sentía nada cerca de dar ese paso. Los chicos de mí alrededor no me motivaban lo suficiente como para imaginarme haciéndolo con ellos. Solo tenía crushes en famosos que estaban fuera de mi alcance. Bueno, a excepción de Alex Fabri, claro, pero tenía más posibilidades con Shawn Mendes que con Alex, y eso que Mendes vivía en otro continente e ignoraba mi existencia.

No se trataba solo de sexo. Ni siquiera me había dado muchos besos con lengua. Tenía el cupo de horas practicadas a penas sin rellenar. Había tanto que desconocía. Durante mi adolescencia no me había preocupado, pero, de pronto, había abierto los ojos y boom, en unos días cumpliría dieciocho años, pero con la experiencia de un doceañero. Era extraño, ¿no? Y yo ya me sentía lo suficientemente diferente como para tener que agregar eso a mi currículum.

—Soy una atrasada sexual —murmuré con tono dramático.

Las chicas se rieron.

—En algunas culturas, la pureza se considera un rasgo positivo en una mujer —propuso Alisa en un intento de consolarme.

—¿Sí?, ojalá viviera en uno de esos lugares. —Hice un mohín.

—No digas eso, el machismo en esos lugares… no querrías vivir allí. —Lauren agitó las manos con una expresión de horror.

—¿Qué hay de Alex? —sugirió Alisa como si se le hubiera ocurrido la idea del siglo. Como si todas las mujeres entre trece años y el cementerio que se cruzaban con Alex no tuvieran la misma idea.

—¿Qué hay del Papa? —ironicé, fingiendo emoción—. ¿Cuál será el número del Vaticano?

Alisa rió, captando mi sarcasmo a la perfección.

—No me parece tan descabellado, te ha echado de menos todo el verano —recitó de forma sugerente.

Sentí un cosquilleo en el estómago ante el recordatorio.

—Sí… ¿A qué ha venido ese comentario? —intervino Lauren con los ojos entrecerrados.

—Estaba tonteando —las corté antes de que me organizaran la boda—. Eso es lo que hace Alex, coquetear con todo lo que se mueve, porque así es como los chicos como él esparcen momentos de felicidad por el mundo.

—A mí no me ha dicho nada —insistió Alisa, inclinando la cabeza. Miró a Lauren— ¿A ti te ha dicho algo sobre haberte echado de menos durante el verano?

—Nop —la apoyó Lauren.

Puse los ojos en blanco y suspiré.

—Tenemos que salir más —propuse, intentando desviar el tema de casos imposibles a algo más realista—. Debe haber algún chico en este planeta o en el sistema solar (no quiero cerrarme a nada) que pueda gustarme y a la vez gustarle yo, ¿verdad? Esas cosas pasan ¿no? Así es como nací yo.

—Así nacimos todos —admitió Alisa, asintiendo.

—Millones de años de evolución humana prueban que debe haber esperanza, incluso para alguien como yo.

—Ves, ese es tu problema… —se quejó Lauren, señalándome— ¿Por qué dices incluso para alguien como tú? Parece que tienes algún defecto de fábrica o algo así.Eres guapa, ingeniosa e inteligente, aunque no lo veas. Todos tenemos esa vocecita insegura dentro de nosotros, Lena, pero no tienes porque hacerle caso, ¿sabes?

Alisa asintió.

—Esa voz es una perra.

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