No te impliques

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Summary

Kathleen es una joven volcada en su trabajo. La muerte de sus padres siendo una niña y más tarde la de su abuela no sólo la han dejado huérfana, sino que tiene una sensación de vacío que sólo cuidar de los bebés más frágiles logra mitigar. En permanente conflicto por su extrema implicación con ellos, cuando sabe que no debería ser así, su vida dará un vuelco tras la llegada de una niña prematura a la que no dan esperanzas de vida. ¿Podrá evitar que la inmediata conexión que siente con ella se extienda al padre? En su vida, Alexander no ha sido jamás afortunado. Justo cuando creía que podría encontrar la felicidad, el destino parece querer arrebatársela. ¿Podrá sobrevivir su hija a pesar de las escasas esperanzas que le dan? ¿Encontrará, sin contar con ello, un remanso de paz en los verdes ojos de una enfermera que parece adorar a su pequeña?

Genre:
Romance / Action
Author:
Sonia López Souto
Status:
Complete
Chapters:
24
Rating:
4.9 32 reviews
Age Rating:
16+

CAPÍTULO 1

La premisa más importante en nuestro trabajo es no implicarse nunca. Nos la han repetido hasta la saciedad a lo largo de los cuatro años que duran los estudios. Dos años después, todavía la recito frente al espejo antes de acudir al hospital.

Pero es difícil no hacerlo cuando a quien has de cuidar depende totalmente de ti. Los bebés son delicados, pero los prematuros todavía más. Su lucha constante por la supervivencia cuando a veces no abultan más que la palma de tu mano te llega al corazón y es imposible no volcarte en ellos. Te alegras cuando superan sus problemas y regresan a casa y lloras en silencio la pérdida de los que se quedan por el camino. Es duro pero no lo cambiaría por nada.

―Buenas noches, Anna ―saludo a una de mis compañeras del turno de tarde.

―Buenas noches, Kathleen.

―¿Cómo fue la tarde?

―Tranquila ―me sonríe.

―Eso es bueno ―asiento.

Me cambio de ropa en el vestuario y enlazo como puedo mi largo cabello rojo en un moño. Suelo llevarlo en una coleta o simplemente suelto en mi rutina diaria, pero para el trabajo necesito mantenerlo bajo control. Las medidas de higiene son extremas en un lugar como este.

―Ha vuelto Logan de su excedencia ―me informa Anna mientras se pone su ropa de calle.

―¿Cómo está?

―Yo lo he visto bien. Más delgado, pero supongo que es normal.

―Ha sido un año duro para él.

No me gusta hablar de Logan, pero Anna parece no notarlo. Antes de su excedencia, Logan había intentado tener algo conmigo. Es un hombre agradable y muy guapo. Tiene un cuerpo de infarto, producto del gimnasio, y unos hermosos ojos azules que resaltan sobre el rubio de sus cabellos. Su sonrisa es tan atrayente como su varonil voz. Estoy segura de que será un gran novio para alguien, pero yo no quiero ese tipo de complicaciones en mi vida. Me gusta tal y como es.

Logan decidió ignorar ese hecho y convirtió sus intentos por conseguir una cita en algo más parecido al acoso. No un acoso que te plantees denunciar, jamás llegaría a tanto, pero sí lo suficientemente agobiante como para terminar peleándonos por ello. Las últimas semanas antes de que su madre enfermase y él se tuviese que ir para cuidarla, apenas nos hablábamos.

―Su madre murió ―al parecer Anna ha seguido hablando y yo ni la he escuchado.

―Eso he oído ―me obligo a prestar más atención.

Fui al entierro, por supuesto. Puede que estuviésemos enfrentados, pero su madre era una mujer maravillosa que me había acogido con cariño en su casa cuando su hijo y yo éramos amigos. Se merecía que fuese a despedirla aún cuando Logan y yo no nos hablásemos. Sin embargo, decidí mantenerme al margen, apartada de todos, tratando de pasar desapercibida porque no quería que Logan malinterpretase mis acciones.

―Ya me gustaría a mí consolarlo ―Anna suspira y mi mente regresa al presente una vez más.

―Inténtalo ―la miro esperanzada.

Bueno, no sé si la obsesión de Logan por mí ha remitido, tal vez pero lanzar a Anna a sus brazos puede resultar beneficioso para todos. Desde luego, a él le vendría bien que alguien le cuide. En el entierro se veía muy desmejorado, lo que quiere decir que no ha mirado por su propia salud mientras ayudaba a su madre.

―Dicen que le gusta alguien del hospital ―me confiesa entre susurros.

―¿Quién? ―me incomoda hablar de ello. Sobre todo porque esa soy yo. O lo era antes de que se fuese.

―No sé. Es un hombre discreto.

Y atento, detallista, divertido, vivaz, y muchos otros epítetos que parecen convertirlo en el hombre perfecto, pero si algo he aprendido en esta vida es que la perfección no existe.

―No pierdes nada con intentarlo ―intento fingir desinterés mientras intento alentarla y parece que lo consigo porque Anna no sospecha de mi insistencia.

―Tal vez lo haga ―una risa tonta sale de su garganta y yo me muerdo el labio para no reír también. Parece una colegiala entusiasmada con su primer amor.

Anna es una chica sencilla y agradable. Un tanto insegura a veces, pero con un gran corazón. Tiene un rostro angelical y unos bellos ojos azules que encajan a la perfección con su cabello rubio. Haría una bonita pareja con Logan.

―Tengo que entrar ―me excuso.

―Claro. Que tengas una buena noche.

―Gracias. Eso espero.

En cuanto traspaso la puerta de acceso a la sala de neonatales, el ambiente cambia completamente. El silencio solo es interrumpido por los pitidos de las máquinas que controlan los signos vitales de estos pequeños seres que han decidido venir al mundo antes de tiempo. Su lucha por la supervivencia queda plasmada en los monitores con cada bip que se escucha. Mientras suenen, todo estará bien.

―Llegas pronto ―me dice Adelaide, la jefa de enfermeras.

Es una mujer que supera por poco los cincuenta años pero con un cuerpo envidiable y una sonrisa permanente en la cara. Emana amor por todos los poros de su piel y eso, para el lugar donde trabajamos, es muy bueno.

―¿Cuándo no lo hago? ―replico yo.

―Deberías tener vida propia ―sonríe.

―La tengo ―me encojo de hombros― y mi trabajo forma parte de ella.

―Gran parte de ella. Casi toda ella ―concreta.

―A mí me gusta así.

―Eso es lo que me preocupa, Kat.

Adelaide es lo más parecido a una madre que tengo hoy, tanto dentro como fuera del hospital. Mis padres fallecieron cuando apenas contaba diez años y mi abuela se hizo cargo de mí, pero la pobre mujer estaba muy enferma ya por aquel entonces y acabé cuidándola yo a ella. Fue así como descubrí mi vocación.

Por suerte para ambas, mi abuela siempre fue una mujer precavida con sus ahorros y jamás nos faltó de nada a pesar de que ninguna de las dos trabajaba. Tras su muerte, a mis 19 años, heredé todos sus bienes y descubrí que tenía un fondo bastante generoso para mis estudios. Aún así trabajé para no gastarlo todo y poder mantener un colchón financiero para emergencias.

Pero a pesar de todo el amor que sentía por ella y el que ella me profesaba, siempre anhelé el cariño de una madre. Adelaide parece haber suplido esa falta desde que nos conocimos.

―No debería hacerlo. Estoy bien ―le insisto.

―Logan ha vuelto.

Un gesto de disgusto cruza mi rostro en esta ocasión. Ella es la única que sabe toda la historia y no tengo que fingir que no me preocupa su regreso.

―Me lo ha dicho Anna.

―¿Qué vas a hacer?

―Nada. Esperaré a ver qué pasa. Puede que este año separados le haya hecho olvidarse de mí.

―Te tienes es muy poca estima, Kat.

―Tengo esperanza en que sea así ―sonrío―. No tiene nada que ver con la estima.

Cuando Adelaide cambia de tema, respiro aliviada. Me explica qué han dejado hecho y qué debemos acabar en el turno de noche, me habla de un niño que ha ingresado esa mañana, me muestra los historiales de algunos de los que ya llevan varias semanas con nosotros, todo con una sonrisa en los labios, pero una profesionalidad que obliga a tomar en serio cada una de sus indicaciones.

―Nos vemos mañana por la mañana ―se despide de mí en cuanto da por finalizada la explicación―. Ya te encargas tú de asignar las tareas a las demás.

No soy la enfermera con más experiencia de la planta, pero por alguna extraña razón que no logro entender, cada cosa que digo se hace sin rechistar. Adelaide lo ha visto y ha sabido aprovecharlo en su beneficio. Yo no tomo las decisiones, por supuesto, solo me limito a exponer lo que Adelaide me indica, pero para ella es suficiente.

Mis compañeras no tardan en llegar y les voy asignando tareas según las directrices de Adelaide. Ninguna protesta y las primeras horas de la noche pasan rápidas y sin ningún percance. Solo cuando mis compañeras me dicen que irán a tomar un café, comprendo que ya estamos a mitad de turno.

―¿No te importa quedarte sola? ―somos tres por la noche y ellas parecen tener ganas de hablar en privado, algo que no me extraña pues ambas son muy buenas amigas.

―Para nada ―les sonrío para dar más énfasis a mis palabras―. Id juntas, pero procurad no tardar mucho.

―Serán solo diez minutos, prometido.

Sé que sus diez minutos de descanso se convertirán en veinte, pero por el momento no me importa porque la noche está siendo tranquila. Creo que podré con todo yo sola hasta que regresen, siempre que lo hagan a tiempo para la toma de las cuatro.

De repente, las puertas se abren con gran estruendo y me sobresalto. Veo entrar a una de las matronas, Rachel creo recordar, seguida de un par de enfermeras. Trae a un bebé extremadamente pequeño en brazos y parece preocupada. El ginecólogo aparece poco después y los veo trabajar con celeridad con el pequeño. En menos de un minuto ya está en una incubadora y un nuevo bip se une a los que ya tenemos aquí.

Me acerco a ellos en cuanto se calma la situación. Mi mirada se fija en el vendaje que sujeta la vía y que casi abulta tanto como el bebé. Es realmente pequeño y me hace pensar en que sacarlo adelante será difícil. Sin embargo, en lugar de desanimarme, eso solo me motiva más.

―¿Qué tiempo tiene?

―Demasiado pequeña ―murmura Rachel mirándola a través del cristal.

Los demás abandonan la sala poco a poco y sin decir nada. Yo espero a que Rachel me dé indicaciones, pero en lugar de eso, se desahoga conmigo. Es otro de mis dones, si es que se le puede llamar así. La gente, no sé muy bien por qué, termina contándome sus problemas aunque yo no les pregunte por ellos. Y en un lugar donde los problemas son el pan de cada día, situaciones como esta se suceden con demasiada frecuencia. Es por eso que me debo repetir cada día que no he de implicarme.

―La madre sufrió un accidente de tráfico hace unas horas ―creo que ni siquiera sabe que me está hablando―. Un borracho chocó su coche contra el de ella al saltarse un semáforo. Tuvimos que sacar a la niña para no perderla también.

Mi corazón se oprime al escucharla. Sacar adelante a un bebé prematuro es difícil, pero si le falta el cariño de una madre o de un padre es doblemente complicado. Está demostrado que arrullarlos y hablarles ayuda en su crecimiento. Esta niña necesitará muchos cuidados extras y saber que su madre no estará con ella, me entristece.

―Seis meses ―continúa Rachel―. Muy poco tiempo. No sé si sobrevivirá.

―Haremos que sobreviva ―hablo a su lado por primera vez y se sobresalta, como si se hubiese olvidado de que estaba allí con ella.

―Me tengo que ir ―su actitud de profesional se ha hecho cargo de la situación ya―. Mi turno no ha terminado todavía y hay varias parturientas en planta que debo controlar. Vigila sus constantes vitales y avisa si surge algún imprevisto. Las primeras horas serán cruciales.

Asiento y la veo salir decidida por la puerta por donde minutos antes hizo su aparición. En cuanto me quedo sola, fijo mi vista en la niña. Es tan pequeña que no puedo evitar pensar como Rachel por un segundo. No será fácil sacarla adelante, pero haré todo lo posible por ella. Ese es mi trabajo, después de todo.

Me dispongo a recolocarla en la incubadora y cuando mi mano roza la suya, se aferra a ella con fuerza. Me quedo petrificada durante unos segundos. Es la primera vez que un bebé tan pequeño responde a un estímulo de esa forma. Finalmente sonrío hacia ella y la extraña conexión que siento con los niños se asienta en mí. Sin embargo, esta vez presiento que será diferente y no me decido entre si eso es bueno o malo.

Estoy en la cafetería del hospital intentando despejar un poco mi mente después de los quince minutos más agobiantes de toda mi vida. Segundos después de que la niña soltase mi mano, tuvo una pequeña crisis y casi la pierdo. Apoyo los codos en la mesa y descanso la cabeza en mis manos. Me duelen los ojos de intentar retener las lágrimas, así que los cierro y trato de descansar un poco.

Cuando mis compañeras de turno aparecieron media hora después de haberse ido, parecía que no llevaban prisa alguna por reincorporarse a su puesto y yo estaba tan alterada por lo que había pasado con la niña, que lo pagué con ellas. Si hubiesen vuelto a los diez minutos, tal y como prometieron, todo habría sido más sencillo y la pequeña no hubiese sufrido tanto antes de estabilizarla. Así que, después de echarles la bronca, las he cargado con suficiente trabajo para que se mantengan ocupadas al menos por tres horas. Sé que debería haber sido más dura con ellas porque no es la primera vez que alargan su descanso cuando están en el mismo turno, pero mi preocupación principal es la niña.

Ahora solo necesito relajarme un poco antes de volver al trabajo. Por suerte para mí, la cafetería está silenciosa a esta hora porque apenas hay gente en ella. Solo un par de compañeros charlando en voz baja al fondo. Esta es una de las razones por las que me gustan los turnos de noche, todo está más tranquilo. No hay gente por los pasillos ni se colas en la cafetería, no se escuchan cientos de conversaciones al mismo tiempo ni hay familiares tratando de llamar tu atención para obtener algo de información extra sobre sus parientes. Por la noche solo estáis tú y el silencio.

―Hola, Leen ―solo una persona me llama así y gimo cuando lo escucho. Este no es el mejor momento para enfrentarlo. No esta noche. No ahora mismo.

―Hola, Logan ―levanto mi cabeza lentamente para mirarlo.

Está más delgado, Anna tiene razón, y lleva el cabello más largo y descuidado, como si mantenerlo impecable ya no fuese su prioridad. Ni siquiera su rubio parece tan rubio ahora. Sus ojos azules se ven apagados, sin brillo y me miran con apatía. Tampoco es que me sorprenda su aspecto porque ha pasado un año muy duro. Habrá tenido cosas más importantes en las que pensar.

―¿Puedo sentarme? ―señala la silla frente a mí y asiento.

―¿Cómo estás? ―sé que mi pregunta no es nada del otro mundo y que hoy estará harto de escucharla, pero no se me ocurre nada más que decir.

―Intentando volver a la normalidad ―sonríe, más por costumbre que porque lo sienta de verdad. Puedo ver su dolor en sus ojos y me apena que tenga que pasar por todo esto. Tal vez nuestra amistad se haya estropeado, pero nunca le desearía ningún mal.

―Un poco de rutina en tu vida te vendrá bien ―me siento un tanto torpe ahora mismo y quisiera desaparecer. Nunca se me ha dado bien consolar a la gente.

―Supongo ―encoge los hombros―. Quedarme en casa sin hacer nada tampoco es que ayude demasiado.

Guardo silencio porque no tengo palabras de ánimo para él y todo lo que digo parece ser tonterías que creo que solo empeoran la situación. O la hacen más incómoda.

―Te vi en el entierro ―me dice él, llenando el silencio. Hubiera preferido que no lo hiciese, al menos no con ese tema. Después de la mirada que me lanzó aquel día, no creo que vaya a agradecerme el gesto.

―Quise despedirme de tu madre ―bajo la mirada porque no soporto ver el reproche en sus ojos.

Aquel día no me acerqué a él para ofrecer mis condolencias cuando me descubrió. No me vi capaz de presentarle mis respetos con media docena de palabras estandarizadas que realmente no consuelan ni significan nada. Y si a eso le sumamos el modo en que nos despedimos antes de su baja laboral, me habría sentido una hipócrita si lo hubiese hecho. Pero eso es algo que no me apetece explicarle en este momento. De hecho, ni siquiera debería tener que hacerlo. Una vez fuimos grandes amigos y se supone que me conoce bien. Tendría que saber por qué me mantuve al margen.

―Gracias ―dice al fin.

―No tienes por qué darlas. Lo hice por ella ―me arrepiento nada más pronunciar esas palabras―. Lo siento, Logan. No quise decir eso.

―Sí querías, Leen ―tuerce el gesto―. Tranquila, te entiendo.

―No me malinterpretes, Logan. También fui por ti ―intento arreglarlo, pero el daño ya está hecho―. Pero tu madre era especial.

―Lo era ―me interrumpe―. Mejor persona que yo.

―Eres buena persona ―busco su mirada, pero me rehúye―. Logan, tú eres bueno.

―Y por eso me rechazaste ―logro captar su mirada ahora, aunque hubiera preferido no hacerlo. No me gusta lo que veo en ella.

―Por favor, no hagas esto. No quiero hablar de eso aquí ―frunzo el ceño disgustada.

―Di mejor que no quieres hablar de eso y punto.

―Logan ―ruego.

―Tengo que volver al trabajo. Tienes mi número. Para tu información, sigue siendo el mismo ―se levanta y me mira―, aunque ambos sabemos que no lo usarás.

Se aleja con rapidez, dejándome mal sabor de boca. Adiós a mi descanso para despejar la mente. Cuando regreso a neonatales, estoy peor que cuando me fui.

―Por fin llegas ―me asalta Becka nada más verme. Hay cierto reproche en su voz, pero lo paso por alto porque no quiero discutir más―. Se le ha soltado la sonda al de la 3 y no logramos ponérsela de nuevo. Cada vez que lo intentamos, el niño llora y se la arranca.

Suspiro y me acerco a la incubadora para colocar la sonda, algo que aprendemos ya en las prácticas. Pero antes de intentarlo, tranquilizo al niño. Mientras esté llorando y se mueva tanto, no habrá forma de hacerlo bien. Aquí casi todos los bebés necesitan sonda al principio y no puedo entender que, después de tantos años en Neonatales, todavía se les resistan. Sin embargo, me abstengo de comentar nada porque con el humor que tengo ahora mismo, soy capaz de decir cosas de las que luego podría arrepentirme.

―Ya está ―digo en cuanto el niño está relajado y con la sonda colocada en su sitio―. No es tan difícil.

A pesar de todo, no puedo evitar que mis palabras estén cargadas de ácido. Me siento mal después de la conversación con Logan y su ineptitud me sobrepasa. Si hubiese sido un caso aislado, ni siquiera me habría molestado, pero no es la primera vez que les ocurre. Me alejo de ellas y compruebo los monitores para verificar que todo ha ido bien en mi ausencia. Mejor eso que soltar todo lo que llevo dentro ahora mismo.

Becka y Christine no son las más competentes del grupo, sobre todo si están juntas. Su falta de interés en el trabajo no las convierte en las personas más adecuadas para un puesto de tanta responsabilidad como este. Si de mi dependiese, jamás las colocaría en el mismo turno. De hecho, ni siquiera las tendría en Neonatales porque me da miedo que un día cometan un error que le cueste la vida a uno de los niños. Pero yo no soy quien manda y no puedo hacer nada al respecto salvo suplir sus faltas cargándome con más trabajo a mí misma.

Inconscientemente, dejo para el final a la recién ingresada. No sé cuánto tiempo me quedo mirando para ella fijamente, pero verla dormir me hace tanto bien que no me molesto en parar. Es increíble como alguien tan pequeño y a quien no conozco de nada me da la paz que mi alma ansía en ese momento.

―Seguramente no pase de esta noche ―escucho a Christine a mi lado―. Pobrecilla, es tan pequeña.

―Es fuerte ―replico―. Saldrá adelante.

―Necesita cuidados continuos.

―Entonces es una suerte que esté aquí ―la interrumpo con fastidio―. Después de todo ese es nuestro trabajo, ¿no?

Christine se aleja y la veo negar con la cabeza mientras se reúne con Becka. Sé que hablan de mí, pero trato de ignorarlas porque no quiero más enfrentamientos con nadie. Al menos no hoy, con todo lo que ha pasado ya.

Miro de nuevo hacia la niña, que duerme profundamente. Me molesta que ya hayan decidido que no merece la pena luchar por ella solo porque es tan pequeña. Si piensan así, está claro que no sobrevivirá porque ocuparán su tiempo en atender a otros niños a los que vean con más posibilidades y eso me enfurece.

Tal vez porque compartir turno con ellas me desespera o quizá porque estoy teniendo una noche de pena, tomo una decisión que de cualquier otro modo jamás se me habría pasado por la cabeza. Reviso los turnos de las siguientes 72 horas y anoto los nombres de mis compañeras para llamarlas más tarde. Me propongo hacer turnos dobles para cuidarla durante sus primeros días y demostrarles así que se equivocan respecto a ella. La pequeña saldrá adelante con mi ayuda y poco me importa que Adelaide se enfade conmigo si se entera de que me estoy implicando tanto. No puedo dejarla luchar sola por su vida. No está en mi naturaleza.

Me siento mejor al pensar que estaré junto a ella los próximos días y que podré vigilar sus progresos personalmente. Incluso mi dolor de cabeza parece remitir poco a poco una vez tomada la decisión.

Escucho las risas sofocadas de mis compañeras e inspiro profundamente para no alterarme de nuevo. Tenemos mucho trabajo por delante y no voy a consentir que se escaqueen por más tiempo, pero tampoco quiero discutir más con ellas.

―Ya casi son las cuatro, empezad con los biberones ―les digo con voz firme―. No estáis aquí para hablar entre vosotras sino para cuidar de los bebés.

Las veo saltar impresionadas por mi tono, pero hacen lo que les pido sin rechistar. Por suerte para todas, el resto de la noche transcurre con normalidad.

A las ocho de la mañana me encuentro ya en una de las duchas, dejando que el agua golpee con fuerza mis hombros para intentar relajarlos. Ha sido una noche muy larga y dura. Y no solo me refiero al trabajo, sino a la carga emocional que he sufrido. Necesito recuperar la calma porque en seis horas estaré de vuelta en el hospital, si Eleanor acepta el cambio. Sé que Adelaide me comerá viva si se entera de lo que me propongo, pero creo que la niña merece que corra ese riesgo. Y tal vez, con suerte, si consigo esquivar sus turnos, pueda ocultárselo. Después de todo, solo serán tres días.

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