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CAPÍTULO 2

―No vas a volver hasta dentro de dos días como mínimo, Kathleen ―Adelaide está realmente enfadada conmigo y no puedo culparla. Me merezco cada palabra que me diga―. Esto que has hecho es una auténtica locura. Has podido poner en peligro a los bebés. Estás agotada y eso merma tus capacidades.

Decido escucharla en silencio porque, en el fondo, sé que tiene razón. Además estoy tan cansada que mis párpados se cierran solos y necesito concentrarme para que no lo note. Podría caerme dormida en el suelo en cualquier momento y eso la molestaría todavía más.

―Te creía más responsable, Kat.

―Lo soy― ya no puedo callarme por más tiempo. Eso me ha ofendido.

―Pues no lo parece en este momento.

―Me preocupaba que no cuidasen adecuadamente a la niña ―confieso―. Desde el momento en que ingresó ya la dieron por perdida, Adelaide. ¿Qué querías que hiciese? ¿Qué la dejase a su suerte? Ya sabes cómo son algunas por aquí. Se centran en los que tienen más posibilidades. Yo jamás podré entenderlo y mucho menos apoyarlo. Todos tienen el mismo derecho a vivir.

―No debes implicarte tanto, cielo ―noto que su enfado se disipa un poco.

―La niña no tiene a nadie. Ni siquiera su padre ha venido a verla ―puedo notar el rencor impregnando cada una de mis palabras.

―Ha estado organizando un entierro ―me informa aún cuando no tiene por qué hacerlo―, pero ha llamado cada día preguntando por ella.

―¿En serio? ―me alivia saber que la niña no está tan sola como creía.

―Hoy mismo vendrá a verla, pero tú no estarás aquí ―continua al ver la alegría en mis ojos―. Y si te lo encuentras en tus turnos, no le hablarás ni te encargarás de su hija.

―¿Por qué?

―Has creado un vínculo muy fuerte con esa pequeña y no quiero que se extienda al padre de ninguna de las maneras. Debes permanecer lejos de ambos cuando estén juntos.

―Entiendo ―bajo mi rostro apenada. Sé que tiene razón, como siempre, pero eso no lo hará más fácil.

―Es por el bien de todos, Kat ―me acaricia un brazo y sonríe con cariño―. Ahora ve a casa y duerme un poco. Lo necesitas.

―Quiero volver mañana por la noche, en mi turno ―le ruego y esto no lo hago por la niña. Adelaide lo sabe.

Quedarme demasiado tiempo en casa con mis recuerdos, me hace daño. Siempre procuro pasar el menor tiempo posible en casa, lo justo para comer y dormir. Y si no puedo salir, procuro estar entretenida. A pesar de que ya hace 5 años que mi abuela se fue, todavía me duele recordarla. Sus últimos años fueron los peores. Sé que debería vender la casa y terminar con mi pasado de una vez, pero no me siento con fuerzas. Todavía no.

―Solo si me prometes dormir hasta entonces. Llevas tres días sin descansar adecuadamente ―me regaña.

Aunque sabía que evitar sus turnos no sería suficiente para que Adelaide no me descubriese, me permití tener esperanzas cuando terminé mi tercer turno doble sin que ella lo supiese. Pero aquí las enfermeras hablan demasiado y ella siempre tiene los oídos prestos a captar los rumores. No me arrepiento de lo que he hecho, pero tal vez ahora no lo habría intentado. Adelaide tiene razón, he sido una insensata y mi aventura podría haber terminado muy mal.

―Te lo prometo ―realmente dormir es lo que más deseo ahora mismo así que no será difícil cumplir. Y aunque mis ojos amenazan con cerrarse de un momento a otro, logro esgrimir una sonrisa bastante convincente.

―Toma un taxi ―me advierte.

―Lo haré ―incluso yo sé que no debo conducir hasta haber dormido unas cuantas horas. De hecho, los tres últimos días he usado el transporte público para desplazarme hasta el hospital.

Podría haberme quedado a dormir en el hospital, pero corría el riesgo de que Adelaide me descubriese sin proponérselo. Además, con Logan de vuelta, prefiero no tentar a mi suerte. No después de nuestro primer y único encuentro.

Me cambio rápidamente y salgo fuera. Aunque podría regresar en bus, prefiero llamar a mi vecino Tom en esta ocasión. Tengo miedo de quedarme dormida y saltarme la parada. Camino con la vista fija en mi teléfono y estoy tan concentrada buscando su número, que no veo que alguien se acerca a mí hasta que lo tengo encima y chocamos.

―Lo siento ―las palabras salen de forma automática de mi boca.

Cuando levanto la cara de mis manos, me encuentro con unos impresionantes ojos azules y aunque sé que estoy siendo demasiado grosera con él, no puedo dejar de mirarlos.

―Culpa mía ―me dice con voz rota.

Entonces me fijo en el resto de su anatomía. Rostro demacrado, ojeras oscuras, postura derrotada, todo en él clama que está sufriendo. Y aún así no puedo dejar de admirar su apostura. Seguramente en mejores condiciones será un hombre atractivo. Al menos yo lo vislumbro bajo la capa de pesar que lo cubre.

―Últimamente no sé ni cómo logro moverme, mucho menos ver por dónde voy ―añade a modo de disculpa.

―Tampoco yo le prestaba demasiada atención al camino ―intento quitarle la culpa ya que, por lo que veo, tiene suficientes cosas encima.

―Culpa de los dos, entonces ―me sorprende con una sonrisa genuina. Preciosa, he de añadir, aunque dura tan solo un suspiro.

Nos quedamos en silencio por un momento, observándonos casi sin pestañear hasta que comienzo a sentirme incómoda con la situación y enfoco mi vista en cualquier cosa menos en él. Muevo mis pies, inquieta, al hablar de nuevo.

―Bueno, yo... ―estoy muy nerviosa ahora y no sé por qué―, me tengo que ir ya. Siento lo del golpe.

―Yo también lo siento ―hace un amago de sonrisa antes de continuar hablando―. Y también me tengo que ir.

―Estamos de acuerdo en eso también, entonces ―me doy una bofetada mental por la estupidez que acabo de decir. El sueño no me está haciendo ningún favor ahora mismo, pero tampoco soy capaz de callarme.

―Parece que sí ―me alivia ver que él ríe un poco. Al menos he mejorado algo su día, aunque sea de una manera tan tonta.

―Adiós ―le sonrío―. Suerte en... lo que vayas a hacer.

Debería dejar de hablar si no hago otra cosa que decir tonterías como esa. ¿Suerte con lo que vaya a hacer? Si se ve a las claras que va de camino al hospital. Simplemente debería haberle deseado un buen día y haberme marchado. Habría sido lo menos vergonzoso.

―Adiós ―me devuelve la sonrisa, aunque con poco entusiasmo, antes de marcharse.

Esto ha sido muy extraño. Lo más extraño que me ha pasado en la vida. Me quedo parada en el sitio mientras lo veo entrar con prisas en el hospital, lo que reafirma mi idea de que tiene allí a alguien importante para él. La preocupación era palpable en su rostro.

Suspiro sintiendo lástima por esa persona a quien ni siquiera conozco y regreso mi atención al teléfono para llamar a Tom antes de que me quede dormida de pie. Necesito con urgencia una cama.

―¿Te llevo, Leen? ―esa voz tan familiar para mí, suena a mis espaldas.

Cierro los ojos un segundo, realmente disgustada por habérmelo topado justo ahora, y después levanto mi vista de la pantalla del teléfono hacia él. Logan me observa con atención y siento que me voy a desmayar en cualquier momento. Entre el sueño y la tensión por tenerlo enfrente, estoy a punto de colapsar.

―No hace falta, llamaré a Tom. Pero gracias de todas formas, Logan.

―Vamos, Leen ―tuerce el gesto y sé que está molesto conmigo―. No es necesario que me rehúyas más, sé captar las indirectas.

―Logan, yo... ―en realidad no sé qué decirle.

―Intentemos ser amigos de nuevo, por favor ―me ruega―. Al menos concédeme eso. Por los viejos tiempos. Te echo de menos.

―Está bien ―le digo después de pensármelo un tiempo que sé que a él le ha parecido excesivo porque lo veo en su cara. Siempre me resultó sencillo leer su rostro.

―Vamos ―me indica el camino con una mano―. Tengo el coche cerca.

―¿No lo dejas en el aparcamiento del hospital?

―Hoy no pude, no había sitio cuando llegué. Parece como si toda la ciudad se hubiese enfermado de golpe esta noche.

Guardo silencio y me limito a sonreírle. Aunque ha intentado hacerse el gracioso con su comentario, la tensión entre nosotros es evidente y no resulta todo lo bien que esperaba. La complicidad que teníamos antes de confesarme lo que sentía por mí ha desaparecido hace tiempo, justo después de que iniciara su asedio a mi persona tras mi rechazo. Temo que darnos una nueva oportunidad sea una equivocación, pero yo también echo de menos a mi mejor amigo y me gustaría recuperarlo.

Apenas arranca el coche, la vibración del mismo y el ruido del motor me acunan hasta que me quedo dormida, tan profundamente que ni me entero de cuando llegamos a mi casa. Solo al sentir la ingravidez en mi cuerpo me despejo lo suficiente como para ver que Logan me está cargando en brazos.

―¿Qué haces? ―intento bajarme y me lo permite.

―Llevarte a tu casa.

―¿En brazos? ¿Y cómo pensabas entrar? ―coloco mi ropa en su sitio para evitar mirarlo a la cara. Me siento incómoda ahora mismo.

Tal vez esté siendo demasiado susceptible con esto, pero ya no tengo la confianza de antaño en él y me resulta un tanto violento que se tome tantas libertades. No creo que fuese a aprovecharse de la situación, pero prefiero mantener las distancias con él hasta que me demuestre que es cierto que solo busca recuperar nuestra amistad.

―Habría buscado las llaves en tu bolso ―se encoge de hombros y yo lo fulmino con la mirada porque me enfada que lo diga como si no tuviese la menor importancia.

―Es de mala educación revolver las pertenencias de los demás.

―Solo quería dejarte dormir, Leen ―se queja y me siento fatal al momento por haber sido tan dramática. Él solo intenta ser amable y yo no se lo estoy poniendo fácil.

Odio todo esto. Odio desconfiar de quien fue mi mejor amigo hasta no hace tanto y quisiera tenerlo de vuelta. Extraño al hombre que siempre sabía cómo animarme, al que me hacía reír con cualquier tontería, al que conté cosas que jamás compartiría con nadie. Aquel que me habló de la enfermedad de su madre con lágrimas en los ojos, sin que le importase mostrarse vulnerable ante mí porque sabía que yo lo apoyaría y le ayudaría en todo lo que estuviese en mi mano. Quiero de regreso a la persona con la que conectaba sin necesidad de palabras.

―Perdona ―me disculpo. No sé qué más decirle y eso también lo odio. Antes no era así de difícil.

Busco las llaves en mi bolso y abro la puerta de mi casa antes de girarme hacia él y bloquearla con mi cuerpo. Aunque sé que necesitamos hablar sobre el tema, este no es el mejor momento y espero que lo capte sin necesidad de decirlo explícitamente.

―Gracias por traerme, Logan. Ya nos veremos por el hospital.

―Ya veo ―la decepción en su voz es evidente, pero no me arrepiento de haberlo echado porque necesito desesperadamente dormir un poco―. No vemos, Leen. Tal vez algún día quieras hablar.

―Llevo tres días haciendo turnos dobles, Logan ―le digo con fastidio. El sueño me hace ser más brusca de lo que quiero, pero no puedo evitarlo―. Tal vez te suene egoísta, pero necesito dormir. Y a menos que quieras verme en el suelo, me dejarás entrar sola en casa y me desearás un buen descanso.

―Ya sabes dónde encontrarme cuando te decidas ―me dice sin dejar de caminar hacia su coche. Por la forma de moverse sé que está enfadado y aunque me gustaría replicarle que fue idea suya lo de intentar ser amigos de nuevo, decido que es mejor dejarlo estar. No quiero iniciar una discusión con él en este momento y mucho menos que todo el vecindario la escuche. Ya buscaré el momento adecuado para hablar con él cuando esté completamente descansada.

Después de doce horas seguidas de sueño, siento que he recuperado toda mi energía y me levanto dispuesta a meter algo en mi estómago vacío. Ni siquiera me detuve en la cocina antes de acostarme porque las ganas de dormir eran mayores que las de comer y ahora siento cómo mis tripas protestan sonoramente por la falta de alimento.

El contestador parpadea y pulso el botón para escuchar los mensajes mientras busco en la nevera algo que llevarme a la boca. En cuanto la abro, el rico olor que desprende inunda mis fosas nasales y gruño por el hambre que siento.

―Hola, cielo. Acabo de salir de mi turno y llamaba para comprobar que has llegado bien a casa. Si no contestas es de suponer que me has hecho caso y que estás durmiendo. Llámame en cuanto despiertes. Un beso.

Sonrío al escuchar a Adelaide, realmente es como una madre para mí. Se preocupa tanto como si lo fuese, a veces incluso de más, pero no voy a quejarme porque es una de las pocas personas que conozco que se ha molestado en saber, por genuino interés, sobre mí y sobre mi vida. Y de las pocas que tiene mi más absoluta confianza.

El contestador pita anunciando el inicio de un nuevo mensaje y me tenso nada más escuchar las primeras palabras.

―Leen, soy Logan. Yo... solo llamaba para pedirte perdón por lo de esta mañana. Me comporté como un estúpido y lo siento mucho. Hablaba en serio cuando te dije que quería recuperar nuestra amistad ―silencio―. Si todavía tengo alguna oportunidad. Sé que me he comportado como un cretino y que fui un egoísta, pero realmente necesito que lo arreglemos todo. Lo siento mucho, Leen. Llámame cuando escuches el mensaje, por favor.

Cierro los ojos disgustada por la situación. No entiendo cómo ha podido complicarse de ese modo. Logan era un buen amigo, el mejor que he tenido en años, de hecho. Me conoce muy bien, mejor que nadie. Admito que tuvo que insistir mucho antes de que yo lo dejase entrar en mi burbuja de protección, esa que he levantado en torno a mí para que nadie me dañe después de toda una vida sintiéndome vulnerable, pero se lo ganó a pulso.

Tengo muchos conocidos, de esos con los que mantienes conversaciones de cortesía si te los encuentras por la calle. Fueron amigos en su momento, pero el tiempo, y puede que también mi falta de interés por mantener el contacto, se encargó de distanciarnos. Demasiado hermética, me dijo una vez el amago de novio que tuve en la universidad. Y tenía razón. Muy pocas personas han podido acceder a mí del modo en que Adelaide o Logan lo han hecho.

No sé si fue precisamente esa confianza y esa complicidad lo que hizo que Logan viese algo más que amistad en nuestra relación. O tal vez yo lo alenté a traspasar la línea de algún modo sin saberlo. Lo que sí sé es que lo estropeó todo. Podría haberse detenido después de decirle que nunca lo había visto de ese modo y que nunca lo haría, pero siguió insistiendo, convencido de que también podría traspasar esa barrera. Le rogué que se detuviese, pero no me escuchó y lo único que consiguió fue alejarnos.

Y ahora, después de escuchar su mensaje, mis ganas de recuperar a mi amigo luchan contra el miedo a que solo sea una más de sus tretas. Decido no llamarlo, pero le envío un mensaje prometiéndole que quedaremos un día para hablar con calma. Extraño tanto a mi amigo que estoy dispuesta a correr el riesgo. Tendremos esa charla y si resulta un fracaso, al menos lo habremos intentado.

Después de comer llamo a Adelaide para asegurarle que estoy bien y que he dormido tal y como ella me pidió. Hablamos al menos una hora sobre trivialidades y acaba por convencerme de que cene con ella y con Alan este sábado por la noche. No sé cómo lo hace, pero siempre consigue de mí todo lo que quiere.

Como no tengo sueño después de doce horas seguidas de sueño y a pesar de ser casi medianoche, elijo una de las muchas películas que he ido acumulando en casa a lo largo de los años y me dispongo a verla. Me cuesta encontrar una que no haya visto ya, lo que me recuerda que llevo varias semanas sin pasar por la tienda de Sally. Se va a creer que la he abandonado. O peor, que le soy infiel.

Sonrío inconscientemente al pensar en ella. Es encantadora aunque un tanto inquieta, pero sabe ganarse a la gente con una simple sonrisa y ese aire de inocencia que tiene. Está totalmente obsesionada con todo lo que tenga relación con el cine, así que no es de extrañar que posea una videoteca. Es, tal vez, un par de años menor que yo, pero eso no le impidió montar su propio negocio en cuanto terminó sus estudios. Claro que sus padres le ayudaron, después de que los bombardease con datos y estadísticas durante meses.

Y no es que sepa todo esto porque se lo haya preguntado, sino porque ella misma me lo contó en mis múltiples visitas a su local. Sally es otra de esas personas a las que podría llegar a considerar una buena amiga si pasásemos el tiempo suficiente juntas. Aunque, como siempre, nunca he hecho el esfuerzo de quedar con ella después del trabajo para tomar algo o tal vez salir de fiesta un sábado por la noche.

Ahora que lo pienso, llevo un tiempo sin hacer ninguna de las dos cosas. Debo admitir que Adelaide tiene razón al decir que últimamente mi vida gira en torno a mi trabajo. Pero ese es un entorno que controlo, en el que me siento cómoda y protegida, y ahora mismo es lo que necesito. El fiasco con Logan me ha hecho más daño del que estoy dispuesta a admitir y, después de un año, todavía estoy lamiendo mis heridas.

La peli acaba sin que me haya enterado ni de la mitad, pero no importa. El objetivo era mantener la mente ocupada y no pensar en que estoy sola en casa. Desde la muerte de mi abuela hace cinco años, nada ha vuelto a ser igual. Noto su ausencia en cada rincón de la casa. He intentado ponerla a la venta en varias ocasiones, pero hay tantos recuerdos acumulados en ella que siempre me echo atrás. Aunque me duele vivir aquí, todavía no me siento preparada para dejarla.

Subo a mi cuarto e intento dormir otro poco aunque todavía no tenga sueño. Le debo unas cuantas horas más de descanso a mi cuerpo después de todo lo que le he exigido en los tres últimos días. Sobre todo porque mañana me espera turno de noche y eso ya es de por sí matador.

Como cabía esperar, me despierto muy temprano esta mañana, así que salgo a correr nada más levantarme. Debido a mis horarios en el hospital, mis comidas no son todo lo regulares ni todo lo sanas que deberían y el deporte diario me ayuda a mantener un peso adecuado y un cuerpo medianamente sano.

En mis años universitarios también acudía al gimnasio con algunos de mis compañeros, pero ahora me conformo con correr por el barrio. Recuerdo que también me apunté a clases de defensa personal después del intento frustrado de robo que sufrí regresando de la facultad. Quería saber protegerme a mí misma si algo parecido sucedía de nuevo. En aquella ocasión tuve la inmensa suerte de que pasaban por allí un par de chicos que acudieron en mi auxilio y que me acompañaron a casa después.

Uno de ellos fue uno de mis tantos fracasos como novia de alguien. El mismo que me dijo que debería aprender a abrirme a los demás si quería llegar a tener una relación duradera y real.

―Eres fantástica, Kat, pero no permites que nadie se acerque lo suficiente a ti. Algún día te arrepentirás de eso y solo espero que no sea demasiado tarde.

Creo que esperaba que le pidiese otra oportunidad, pero no supe reaccionar a tiempo. O tal vez no quise hacerlo.

Regreso a casa agotada, pero con la mente despejada. Me doy una más que merecida ducha antes de vestirme con lo primero que encuentro en mi armario. En menos de media hora ya estoy fuera de nuevo.

―Buenos días, Sally ―le sonrío nada más entrar.

―Hasta que te dignas a aparecer ―ríe ella al verme―. Ya creía que te habían abducido los extraterrestres o que te había raptado un hombre―lobo que se había imprimado de ti.

La obsesión de Sally por el cine queda patente en la mayoría de sus conversaciones. Yo me limito a sonreír, sin saber muy bien qué contestarle. La conozco lo suficiente como para saber que no se ofenderá si permanezco en silencio y que no tardará en hablar de nuevo.

―¿Demasiado trabajo como para dignarte a visitar a tu cinéfila favorita? ―me pregunta en tono jocoso.

Su entusiasmo es contagioso y antes de que me dé cuenta, ya estoy sonriendo con ella. En cierto modo, venir a verla es como una terapia para mí porque a su lado es fácil desechar los pensamientos negativos. Sally es pura energía positiva.

―Un poco sí, la verdad ―suspiro, pero cambio de tema antes de que me pregunte sobre ello― ¿Alguna recomendación?

Supongo que esto es a lo que se refería Will cuando decía que soy hermética. Siempre doy lo justo, intentando mantener al margen ciertos aspectos de mi vida. Me siento cómoda con aquellos que saben verlo y respetan mi mutismo. Al resto, de un modo u otro, siempre termino alejándolos. Sé que Sally siente curiosidad, pero nunca insiste y es por eso que me cae tan bien.

―Para ti, cualquiera de la sección de novedades ―ríe de nuevo.

No es difícil contentarme en cuanto a cine se refiere porque me gusta prácticamente cualquier género, mientras la película sea coherente con el argumento y esté bien planteada. Terror, romántica, comedia, suspense, drama, todo me sirve. Y es por eso que cuando llego a casa, llevo la cartera vacía y una bolsa llena de películas con las que tengo intención de entretenerme hasta que tenga que entrar a trabajar.

Y aunque me digo a mí misma que lo hago para no pensar en mi abuela, como en las demás ocasiones, lo cierto es que tiene mucho más que ver con la niña prematura y mi necesidad de saber que está bien. Le habría preguntado a Adelaide si no tuviese miedo de que descubra hasta qué punto me he implicado esta vez con ella. Por supuesto que ya sospecha, por algo me ha prohibido acercarme cuando su padre esté de visita, pero si llegase a confirmarlo, me enviaría de vacaciones anticipadas solo para que el vínculo que he creado con ella se rompa antes de que sea demasiado tarde.

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