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Siempre contigo

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Summary

He pasado toda mi vida oculta del mundo en la casa que mi padre fortificó para protegernos a mi madre y a mí de sus enemigos. Pero yo quiero vivir plenamente. Quiero aprender a equivocarme, a confiar, a levantarme cuando caiga y a reparar un corazón roto. Quiero ser libre de decidir a dónde ir y con quién estar. Sin embargo, no todos los deseos cumplidos son como uno lo espera. Sobre todo cuando tu vida resulta no ser más que toda una maraña de mentiras tan bien orquestadas, que ya no sabes en quién puedes o no confiar.

Genre:
Romance / Action
Author:
Sonia López Souto
Status:
Complete
Chapters:
22
Rating:
4.7
Age Rating:
16+

CAPÍTULO 1

Siempre tuve profesores particulares, los mejores en su campo. Mi padre jamás escatimó en gastos ni en mi educación, ni en cualquier otra cosa que le pidiese. Nos veíamos muy poco, una o dos veces al mes al principio y cuatro o cinco al año al crecer yo, así que solía comprarme con caprichos para que no le reclamase por ello. Y si lo hacía, siempre ponía la excusa de su miedo a que nos descubriesen y tratasen de usarnos para llegar hasta él.

Mi padre tiene muchos enemigos por culpa de esos negocios tan turbios que dirige. Y aunque para mí es un buen padre, a pesar de sus ausencias, no diré que nunca tuve mis dudas con respecto a su trabajo o que no me rebelé en mi adolescencia, porque lo hice. Yo quería un padre normal para llevar una vida normal con él. Quería poder salir de casa y conocer gente. Quería amigos y, tal vez, un novio.

Quería que mi padre acudiese a las obras de teatro del colegio o a verme animar al equipo del instituto. Quería todo lo que veía en las películas y que nunca pude vivir. Pero sobre todo, quería a mi padre a mi lado. Y poder presumir de él delante de los demás. Lamentablemente, que tu padre sea el mayor contrabandista de armas del mundo no es algo de lo que estar orgullosa.

Con el tiempo, me resigné a verlo cada vez menos y aprendí a tomar lo que me daba, pasando por alto que solo eran sobornos de un padre culpable. Aprendí a no esperar más de lo que tenía y a no juzgarlo por todo lo que su negocio destruía en el mundo.

Me conformé con verlo como un padre ausente de los que viajan mucho, pero que quieren a su familia y siempre vuelven con ella. Me conformé con una vida entre cuatro paredes, solo para que mi padre estuviese tranquilo.

Pero hoy es mi vigésimo cuarto cumpleaños y siento cómo estas mismas cuatro paredes se ciernen sobre mí, asfixiándome. Y sé que si no salgo de aquí pronto, acabaré consumida por la rabia y la impotencia. Siento que el que fue mi hogar por tantos años, es ahora una prisión. Porque vaya a donde vaya en la casa, siempre hay hombres armados vigilando mis pasos. Y si salgo al jardín es todavía peor. No puedo moverme sin que estén encima de mí, buscando, incluso debajo de las piedras, una amenaza que en 24 años no se ha presentado ni una sola vez.

Hoy, más que nunca, siento que moriré aquí encerrada, sin saber lo que es vivir de verdad. Sin disfrutar del amor verdadero o la amistad sincera; y sí, por qué no, también los desengaños y los corazones rotos. Moriré sin haber podido vivir plenamente. Y no quiero guardarle rencor a mi padre por obligarme a esto, pero hoy no puedo pensar en otra cosa más que en echárselo en cara.

―Estás muy callada, Charlotte ―mi madre me mira, preocupada, y aunque quiera disimular, la sonrisa me sale forzada.

―No tengo nada que decir.

―¿Y por qué tengo la sensación de que es justo todo lo contrario? ―me pregunta.

Estamos cenando solas, como un día cualquiera. No porque sea mi cumpleaños haremos algo especial, salvo quizá por el pastel con la vela que me hará soplar mi madre después. Mi padre no siempre puede venir a felicitarme en persona y hoy parece uno de esos días, lo que lo hace más opresivo. Aunque puede que lo mejor sea no verlo, para no caer en la tentación de decirle todo lo que se me está pasando por la cabeza o acabaría complicando todavía más las cosas.

―No tengo nada que decir ―repito y esta vez, mi sonrisa parece más sincera porque mi madre deja de preguntar. Sin embargo, cuando me dice que pida un deseo para soplar la vela, no puedo evitar que una lágrima solitaria moje mi mejilla derecha.

―¿Qué ocurre, mi vida? ―me abraza y ya no puedo contenerme.

―Quiero una vida normal, mamá ―sollozo―. Quiero salir de aquí. Esto es una maldita prisión.

―Es por nuestro bien, Charlotte. Por nuestra seguridad.

―Es por el bien de papá ―me separo de ella con rabia―. Para que él esté tranquilo mientras vende armas al mejor postor. O puede que hasta a ambos bandos para que se maten entre ellos y así pueda seguir vendiendo armas a los que los sucedan. Nos tiene aquí encerradas para no tener que preocuparse de que alguien nos secuestre e intente usarnos contra él. Viene cuando quiere y se va cuando se cansa de jugar a la familia feliz con nosotras.

―Cielo, no es así. Ya sabes que...

―Es así, mamá ―la interrumpo―. Somos solo su punto débil y nos protege para no ser vulnerable.

―Aquí estamos a salvo.

―Pero yo quiero salir fuera ―insisto―. Quiero conocer a gente que no lleve armas, ni auricular en su oreja. Quiero ganar y quiero perder. Quiero caerme y levantarme sola. Quiero aprender todo lo bueno y lo malo de la vida por mí misma. Quiero descubrir el mundo con mis propios ojos y no a través de imágenes y videos. Quiero experimentar. Quiero equivocarme y rectificar después si es posible o lamentarlo si no lo es. Quiero reír y quiero llorar. Y quiero llegar a vieja sintiendo que ha merecido la pena, mamá.

―Charlotte...

Mi madre mira detrás de mí al pronunciar mi nombre y algo en su mirada me dice que no debería darme la vuelta, pero lo hago. Mi padre está en la puerta, con un regalo en la mano y dolor en sus ojos. Un dolor que le he causado con mis palabras, pero hoy estoy tan harta de todo, que no me siento mal por ello.

―¿Desde cuándo piensas así? ―me pregunta.

Pone el paquete en la mesa y se acerca a mí, después de hacerle una señal a mi madre para que nos deje solos. Y yo me pongo nerviosa porque esta será la primera vez que hable con mi padre de todas mis inquietudes, de lo que significa vivir encerrada para mí.

―Pregunta mejor desde cuándo no lo hago.

―Sé que os pido demasiado ―me dice, tras un tenso silencio―. Sé que esta no es la vida que os merecéis, pero también sé que esta es la única forma que tengo para manteneros a salvo. Para que conservéis la vida. Ahí fuera hay mucha gente deseando haceros daño solo para hacérmelo a mí. No quiero arriesgarme a que os ocurra algo malo.

―Y encerrándonos aquí te aseguras de que no nos ocurra nada de nada, papá ―digo, con resentimiento―. Absolutamente nada.

―Este no es el peor lugar en el que podríais acabar, Charlotte.

―No conozco ningún otro ―me encojo de hombros―. Ni bueno ni malo.

―Aquí estás a salvo. Y no lo hago por egoísmo como has dicho, lo hago por amor. Tu madre y tú sois lo único que me importa en este mundo. Si os llegase a pasar algo malo no me lo perdonaría nunca.

―Búscate otro medio de vida ―le pido a sabiendas de que no hará eso―. Algo que no sea ilegal, que nos permita ser una verdadera familia.

―Ya es tarde para eso, hija. No me lo permitirían.

―Di más bien que no quieres, papá ―le grito―. Eres un hombre de recursos, si quisieras podrías conseguirnos una nueva identidad. Podríamos empezar de cero.

―No es tan sencillo.

―Por supuesto que no ―digo, decepcionada―. Es mucho más fácil tenernos encerradas.

―Estáis a salvo.

―¿De qué? ¿De quién? Papá, esto no es vida. Si no fuese por... ―guardo silencio porque estoy a punto de delatarme. Y de delatar a la única persona en esta casa que me ayudó a vivir un poco.

Andrew llegó a mi vida para darle color, para arrancarme de la monotonía de mis días grises e iguales. Él me hizo experimentar la emoción de la amistad y de los secretos compartidos. Me dio valor para ser rebelde e ir por lo que quería. Me dio escapadas nocturnas para observar las estrellas, baños en la piscina cuando nadie nos veía y besos robados, escondidos en cualquier cuarto de la casa. Andrew fue mi primer amor y mi primera vez, pero ya no está. Mi padre se lo llevó en su última visita y no he vuelto a verlo ni a saber de él. Y todo el rencor que siento ahora por la vida que mi padre nos ha obligado a llevar, viene del desánimo y la impotencia que me invadió al perder a la única persona que le dio un giro a mi rutina y me dio motivos para querer vivir más y mejor.

―Si no fuese por, ¿qué?

―Déjalo ―me acerco a la mesa y abro el regalo que me ha traído―. Es precioso, papá. Gracias.

Otra joya, como si fuese a tener ocasión de usarla o presumirla ante alguien. Le sonrío lo mejor que me sale y trato de salir del comedor.

―¿Todo esto es por él? ―me pregunta, deteniendo mis pasos.

―¿Qué?

―¿Estás así por él? ¿Porque me lo llevé?

―No sé de qué me hablas ―endurezco mi expresión.

―Andrew no te conviene, Charlotte. Estuvo bien como lo que fue, una aventura, pero no es el hombre adecuado para ti.

―¿Y tú que sabes, papá? ―lo encaro―. Si me mantienes encerrada y rodeada de hombres que me doblan la edad.

―Precisamente por eso, hija. Él fue el único que envié con la edad adecuada para interesarte. Lo que crees que sientes por él no es real y lo habrías sentido por cualquier otro que hubiese venido en su lugar. Es la afinidad de la edad, la atracción al conocer a un joven que comparte tus mismos intereses.

―No tienes ni idea de lo que yo siento o dejo de sentir ―arremeto contra él, herida por sus palabras―. Ni si te ocurra decirme que lo enviaste a propósito, papá. Ni se te ocurra estropear lo único bonito que me ha pasado hasta ahora.

―Claro que no lo envié para seducirte ―me abraza para que no pueda seguir golpeándolo― y claro que me lo llevé por haberlo hecho. Y si no lo maté fue por el amor que siento por ti, hija. No debió tocarte. Eres mi niña.

―Pero es que ya no soy una niña ―me separo de él, ofendida por sus palabras―. Si piensas que te voy a agradecer que no lo hayas matado, estás muy equivocado, porque alejarlo de mí es casi lo mismo. Si no puedo verlo o hablar con él, es como si estuviese muerto para mí. Es como si le hubieses quitado la vida, papá. No hay diferencia alguna para mí.

―No te conviene ese joven, Charlotte ―me da una dura mirada―. Llegado el momento, yo te presentaré a los candidatos ideales. Podrás...

―¿Elegir? ―lo interrumpo― ¿Como si se tratase de un menú? ¿Me darás una lista de sus virtudes y elegiré en base a ellas? ¿O quizá en base a sus contactos en el mundo del crimen, que es lo que a ti te convendría más?

―Hago lo que puedo para manteneros a salvo a ti y a tu madre ―me reprocha―. Y haré lo que pueda para darte el mejor marido. Uno que pueda protegerte y hacerte feliz.

―Andrew puede hacer eso.

―Andrew no es más que un muchacho de clase baja al que pago por un trabajo. Sin mi dinero, no duraríais ni una semana en el mundo real.

―Yo no necesito lujos para ser feliz.

―Pero necesitas protección para que mis enemigos no vayan por ti. Andrew no puede asegurar tu bienestar, no tiene los recursos suficientes.

―Pero me ama.

―¿Amor? ―su risa crispa mis nervios―. No te equivoques, hija mía, él no te ama. Ama lo que cree que le darás si se casa contigo.

―¿Por qué haces esto? ―mis ojos se nublan por las lágrimas― ¿Por qué intentas estropearlo?

―Porque es todo mentira.

―No ―me niego a escucharlo.

―Sé que ahora no te lo parece, pero algún día verás la verdad de todo esto y me lo agradecerás.

―No cuentes con ello ―le aseguro y giro sobre mis talones para irme. No puedo seguir escuchándolo, me duelen sus palabras.

Me encierro en mi habitación y me paso los siguientes cinco días saliendo únicamente para buscar comida. Sé que mi madre está preocupada, pero no me siento con fuerzas para enfrentarla. No después de las duras palabras que he tenido con mi padre. Estoy segura de que se lo habrá contado y no me veo capaz de hablar de Andrew con nadie más por el momento.

Pero lo peor de todo es que mi padre ha sembrado la duda en mí y está germinando. Cada día que pasa, pongo en duda cada una de las palabras de Andrew, cada uno de sus actos. Y me odio por ser tan fácil de manipular. Por él, si es cierto; y por mi padre, si no lo es. Pero sobre todo, me odio por no tener más experiencia para saber distinguir las verdades de las mentiras.

―Cariño ―mi madre me acorrala en la cocina―, no puedes seguir así. Acabarás enfermando si no te cuidas más.

―Estoy bien, mamá ―trato de tranquilizarla.

―No lo estás ―intenta tomarme de las manos―. Tienes el corazón roto. Déjame ayudarte a sanarlo.

Las lágrimas corren libres por mi cara y los brazos de mi madre me rodean. Hay tanto amor en ese gesto, que me derrumbo y lloro durante horas mientras mi madre me consuela con caricias y dulces palabras. Pero nada de lo que dice me ayuda a sentirme mejor. Las dudas ya se han instalado en mi corazón y no puedo alejarlas.

―Todo se solucionará ―me dice finalmente―. Ya lo verás.

Días más tarde, mi padre nos llama para anunciarnos que irá a vernos y llevará invitados. Mi madre está nerviosa por su llegada y yo solo puedo pensar en que va a cumplir su promesa y me va a exponer delante de un montón de desconocidos como si fuese un trofeo al que aspirar, para después tener que elegir al que me desagrade menos, para convertirme en su esposa. Y me gustaría huir lejos de aquí, pero aunque supiese cómo hacerlo, mi padre decide aumentar la seguridad tras su llamada y vienen nuevos guardaespaldas, lo que hace que, como una estúpida, los estudie por si me encuentro a Andrew entre ellos. Algo que no pasará, porque mi padre jamás lo permitiría.

―Te he echado de menos ―el susurro llega después de que tomen mi cintura en un fuerte abrazo y tapen mi boca para que no grite mientras me meten en uno de los cuartos de invitados que no se usan nunca, pues nadie viene a visitarnos. Reconocería su voz en cualquier parte.

―Andrew ―suspiro al verlo― ¿Qué haces aquí?

―Me he colado dentro aprovechando el movimiento de efectivos ―acaricia mi mejilla―, pero no puedo quedarme mucho tiempo o me meteré en un lío. Se supone que debo esperar en el coche y si no me ven allí cuando vayan, sabrán que he entrado.

―Me alegro tanto de verte ―le sonrío.

―No podía estar tan cerca de ti y no buscarte ―me dice, antes de besarme. Cuánto he extrañado su contacto, su voz, su presencia. Todas las dudas desaparecen con cada beso que me da. Andrew me ama. Sé que lo hace.

―¿No podré verte más? ―la esperanza en mi voz tal vez sea lo que le da el valor para hacerme su petición.

―Escápate conmigo ―me ruega―. Esta noche volveré para traer a los invitados de tu padre. Escápate conmigo.

―Hay demasiada vigilancia ―niego―. Me verán.

―¿Es que ya has olvidado todo lo que te enseñé? ―su boca busca la mía y antes de continuar me besa―. Sé que puedes llegar a los coches sin que te vean. Te amo, Charlotte. No quiero separarme otra vez de ti. En cuanto te cases, ya no podremos vernos nunca más.

―Aunque lográsemos escapar, acabarían encontrándonos ―tengo miedo y no quiero admitirlo―. Mi padre no dejará de buscarme hasta que dé con nosotros.

―No podrán encontrarnos. Te lo prometo.

Nos observamos durante largo tiempo, en silencio, él esperando mi respuesta y yo pensando en qué decirle. Y al final, dejo que el corazón gobierne a mi mente.

―Sí ―sonrío al ver su sonrisa―. Me iré contigo, Andrew. Te amo tanto.

―Me has hecho un hombre feliz, Charlotte.

Me besa durante unos minutos más, antes de volver a su puesto para que nadie sepa que estuvo en la casa. Y aunque le prometí actuar de forma natural para que nadie sospeche, las siguientes horas se me hacen eternas y no dejo de pasearme de un lado a otro. Por suerte, mi madre achaca mis nervios al hecho de que mi padre va a traer invitados y le dejo creer que es eso. Prefiero no mentirle, aunque eso me impida despedirme de ella como es debido.

Unas horas antes de la cena, preparo una bolsa con algo de ropa para mí y todo el dinero que puedo reunir sin que se detecte su falta inmediatamente. Mi intención es estar fuera antes de que los coches de los invitados empiecen a llegar porque después los guardaespaldas estarán más atentos a cualquier movimiento en los alrededores.

―Te ayudo, hija ―se ofrece mi madre cuando le digo que subo ya a vestirme.

―No es necesario ―le sonrío para que no sospeche―. Deberías ir a prepararte tú también, mamá. No podemos hacer esperar a los invitados.

―Está bien ―sonríe de vuelta―, pero si necesitas ayuda, avísame.

―Lo haré ―la abrazo en un impulso―. Te quiero, mamá.

―Yo también te quiero, mi vida.

Sonó tanto a despedida, que por un momento temo que lo haya notado, pero me devuelve el abrazo y me deja ir sin preguntar. Y yo hago tiempo en mi cuarto hasta asegurarme de que nadie me verá si salgo fuera porque es ahora cuando empieza la verdadera prueba: eludir las cámaras de seguridad, tal y como Andrew me enseñó cuando nos veíamos a escondidas.

―Lo has logrado, mi amor ―Andrew me abraza cuando llego hasta él y me besa―. Sabía que podías hacerlo.

Me mete en un coche de cristales tintados y espera a que todos hayan entrado para ponerse al volante y dirigirse a la salida con calma. Aunque lo detienen en la puerta para un pequeño control rutinario, mantiene esa tranquilidad que lo caracteriza mientras habla con ellos y lo dejan salir sin problemas. Si por mí fuese, mi corazón nos habría delatado porque amenaza con escapar de mi pecho, incluso ahora que hemos logrado escapar y que Andrew me dice que ya puedo pasarme al asiento del copiloto.

Sin embargo, al mirarlo a los ojos y ver la sonrisa que me dedica, comprendo la magnitud de lo que acabamos de hacer. De lo que he hecho. Porque he huido de mi familia y de la seguridad de mi casa, para estar con el hombre al que amo. Y aunque no quiera, las palabras de mi padre resuenan en mi mente como una muda advertencia.

―¿Estás bien? ―posa su mano en la mía y su toque me tranquiliza.

―Un poco nerviosa ―admito a medias.

―No esperaría otra cosa ―sonríe con ternura―. Has desafiado a tu padre; lo hemos desafiado, y no estará muy contento cuando lo descubra.

―¿Y si nos encuentra? ―mi corazón late desbocado una vez más.

―No lo hará, Charlotte ―aprieta su agarre sobre mi mano―. Te lo juro. Te mantendré a salvo.

Y durante dos semanas, nos trasladamos de un lugar a otro para evitar que nos localicen. El dinero que traje conmigo nos ayuda a pasar desapercibidos, pero no durará eternamente, así que esta estrategia no será factible por mucho tiempo.

―¿Qué haremos cuando se nos acabe el dinero? ―le pregunto.

Estamos en un hotel de mala muerte, muy lejos de la que fue mi casa durante toda mi vida, y aunque no me gusta el lugar, no me arrepiento de haber huido con Andrew, porque nuestro amor se fortalece con el paso de los días y mis dudas menguan a pasos agigantados.

―Pronto estaremos lo suficientemente lejos para establecernos al fin. Al menos durante un tiempo ―acaricia mi costado desnudo―. Buscaré trabajo y alquilaremos una casa pequeña para nosotros. No será nada lujoso, pero estaremos bien.

―No necesito lujos, Andrew ―le aclaro, porque parece que eso le agobia un poco―, solo a ti.

―Me tendrás ―su cuerpo cubre el mío―. Me tienes, Charlotte. Me tienes.

Hacemos el amor lentamente, demostrándonos sin palabras que lo que sentimos el uno por el otro es real y duradero. Andrew es el hombre de mi vida y haría cualquier cosa por él.

Salimos al amanecer, rumbo a un pequeño pueblo perdido entre montañas, donde Andrew cree que estaremos a salvo un tiempo y donde le resultará fácil encontrar trabajo. Con mi padre detrás, ningún sitio podrá ser el definitivo, pero eso no nos impedirá ser felices, lo sé.

―¿Qué te parece? ―Andrew me observa con atención para ver mi reacción a la pequeña casa que ha alquilado para nosotros. No es gran cosa, pero me gusta porque estaremos juntos en ella.

Tiene una habitación bastante amplia, una cocina, un salón y un baño. Es coqueta y tiene unas vistas increíbles de las montañas. Para mí es suficiente.

―Me encanta ―le digo, sonriendo, y lo abrazo. Él me corresponde con un beso abrasador que me recuerda cuánto me ama.

Andrew ha conseguido un trabajo en la serrería del pueblo y nos quedaremos por aquí tanto como podamos. Al estar tan lejos de todo, será más fácil pasar desapercibidos, así que es optimista y dice que tal vez aguantemos un par de años.

Las primeras semanas son duras para mí, porque me toca hacer las labores del hogar, mientras Andrew está fuera, y nunca había tenido que hacerlo, pero poco a poco me voy a acostumbrando. Además, en el proceso, he descubierto que es gratificante y que me hace sentirme útil por primera vez en mi vida. Tres semanas después, ya siento que lo he estado haciendo toda mi vida.

―Estoy en la cocina ―le digo cuando lo escucho entrar―. Creo que hoy me he lucido con la comida. Cada día se me da mejor esto.

Entonces y sin previo aviso, siento cómo alguien me sostiene por la espalda y coloca un paño impregnado en algo de fuerte olor en mi nariz y boca. Es imposible respirar sin que el líquido entre por mis fosas nasales y aunque intento soltarme de mi atacante, en pocos segundos siento cómo mi resistencia se vuelve menos consistente. Mi último pensamiento, antes de sucumbir, es para mi padre. ¿Acaso nos ha encontrado?

Cuando me despierto, estoy totalmente rodeada de oscuridad y siento algo blando debajo de mí; lo palpo hasta comprender que se trata de un colchón, puesto en el suelo. Las paredes parecen de piedra y noto humedad en ellas. Me estremezco de miedo. Si nos hubiese encontrado mi padre no estaría aquí encerrada, así que me temo que es mucho peor y cada una de sus advertencias sobre esos supuestos enemigos que tiene pasan por mi cabeza. Tantas veces me negué a escucharlo o a creerlo, alegando que exageraba para mantenernos encerradas; tantos días resentida por no poder llevar la vida que quería, fuera de lo que comencé a ver como una cárcel y ahora me encuentro justamente donde mi padre no quería, en manos de sus enemigos y sin conocer sus intenciones, pero segura de que no me traerá nada bueno. No me secuestrarían si no quisiesen algo de mí… o de mi padre.

Reprimo un sollozo al pensar en Andrew. ¿Lo habrán capturado también? ¿Estará muerto? Cierro los ojos con fuerza, suplicando por que siga con vida y a salvo. Si tengo que morir, al menos que nadie más se vea arrastrado conmigo.

De repente, escucho un fuerte ruido en el otro extremo, donde supongo que estará la puerta de mi celda, y me encojo sobre el colchón, contra la pared, como si así pudiese hacerme invisible a sus ojos. Sin embargo, nadie se acerca a mí, sino que lanzan algo dentro. Oigo el chirriar de los goznes de la puerta al cerrarse tras ellos y luego el más absoluto de los silencios.

―Charlotte ―suena en un susurro, pero lo escucho con claridad.

―¿Andrew? ―mi voz sale estrangulada por el miedo. Miedo a que sea él, pero miedo también a que no lo sea.

―¿Estás bien, cariño? ―responde y un nuevo sollozo escapa de mi garganta mientras lo busco en la oscuridad.

Al encontrarnos, nos abrazamos y siento su boca sobre la mía en un beso que sabe a sangre. Me separo inmediatamente, odiando no poder verlo.

―¿Qué te han hecho? ―pregunto palpando su rostro. Tiene un ojo hinchado y el labio parece partido porque se queja cuando se lo toco. Me duele saber que por mi culpa le están haciendo daño. Y odio un poco más a mi padre por sus negocios.

―No te preocupes por mí ―dice, arrastrándonos hasta el colchón, la única protección contra el suelo frío―. Lo importante es que tú estés bien. ¿Te han tocado? Si lo han hecho...

―No me han hecho nada ―lo interrumpo, antes de que se altere―. Apenas me acabo de despertar.

―No permitiré que te hagan daño, Charlotte ―me promete.

―¿Qué es lo que quieren?

―Información sobre tu padre.

―¿Qué te han preguntado? ¿Les has dicho algo? ―me encuentro en una encrucijada de sentimientos ahora mismo. Temo que les haya dicho algo de mi padre, pero sufro porque lo han torturado para conseguirlo. No quiero que le pase nada a ninguno.

―No me han sacado nada ―responde con rotundidad―. Aunque la verdad es que no podrían. Tu padre es un hombre meticuloso en cuanto a seguridad. Nunca hace negocios dos veces en el mismo lugar y no habla con nadie de sus planes hasta que tenemos que ejecutarlos. Además, tiene en nómina a los mejores hackers del mundo para proteger sus bases de datos y hacer que sus cuentas sean irrastreables. No confía en nadie.

―¿Se lo has dicho?

―No me creen. Piensan que tú sabes algo y por ende yo también ―noto sus manos en mis brazos―. Si no consiguen la información de mí, irán a por ti, Charlotte.

―Oh, Dios ―me aferro a él, asustada. Yo no tengo su aguante.

―Te protegeré cuanto pueda ―me promete―, pero me temo que si no les doy algo con lo que trabajar, acabarán yendo por ti.

―Yo... ―dudo―. Mi padre no hablaba de sus negocios conmigo.

No lo digo en alto, por miedo a parecer insensible, pero tampoco me siento bien con la idea de traicionarlo. Puede que haya sido asfixiante con toda la protección que nos dio a mi madre y a mí, pero estoy comprobando que no era sin razón.

―No te preocupes ―me dice Andrew―. Resistiremos.

―Tal vez mi padre nos encuentre pronto ―aventuro esperanzada, porque no quiero pensar lo contrario.

―Tal vez ―susurra él.

―Duerme un poco, Andrew ―le obligo a recostarse en el colchón―. Necesitas reponer fuerzas.

No quiero hablar de sus heridas o de lo que le hayan hecho y me siento un poco egoísta por eso. Aunque me duele saber que esto es por mi culpa y que Andrew está sufriendo solo porque me fijé en él. Quererme es una maldición.

―No vayas por ahí ―me susurra al escuchar mis sollozos―. Sé qué estás pensando y no es así. No cambiaría ni uno solo de los días que pasamos juntos por verme libre de este lío. No pienses que me arrepiento, porque no es así.

―Pero es mi culpa.

―Es culpa de tu padre y de sus negocios. Él es quien te puso en el punto de mira de sus enemigos. Tú no tienes la culpa de haber nacido de él. Charlotte, tú eres luz. Él es oscuridad.

Pero es mi padre y solo ha intentado protegerme toda mi vida. Y ahora es mi turno de corresponderle. Intentaré aguantar cuanto pueda sin hablar. Al menos hasta que nos rescate, porque sé que lo hará. Mi padre removerá cielo y tierra hasta encontrarme.

Andrew se duerme, con mis piernas como almohada, mientras le acaricio el pelo. Necesito verle para asegurarme de que no está tan mal como imagino, no soporto la idea de saberlo lastimado por mi culpa. Da igual lo que diga, esto lo provoqué yo por creer que mi padre exageraba con la seguridad, por confiarme en que estaríamos bien sin su protección y por enamorarme de Andrew. No me arrepiento de eso, pero lamento haberlo arrastrado al día de hoy, a esta situación. Solo espero que nos dejen en paz hasta que se recupere de los golpes.

En un lugar como este es muy fácil perder la noción del tiempo. No sé si es de día o de noche o si han pasado horas o días, pero cuando abren la puerta, me siento tan cansada que imagino que no han sido más que unas pocas horas lo que nos han permitido dormir. Cubro mis ojos con el brazo para evitar que la luz de la linterna con la que me apuntan, los dañe. Bajo la mirada hacia Andrew y veo por fin lo que le han hecho. Jadeo al descubrir que tiene el rostro cubierto de golpes y cortes; su ojo derecho está oculto bajo una gran inflamación y hay sangre reseca en su boca, justo donde intuía que le habían partido el labio. Está siento tan valiente por mí, que me siento mal por verlo así.

―Hora de charlar otro poco, Andrew ―dice alguien con sorna.

―No ―me aferro a él para impedir que se lo lleven, pero Andrew se remueve para separarnos―. No.

―Mejor yo que tú ―me susurra contra los labios, antes de darme un beso―. Aguanta.

¿Que aguante yo? Es a él a quien torturarán por una información que no tiene. Me levanto dispuesta a luchar por él, pero siento un fuerte impacto en mi estómago que me dobla por la mitad. Andrew intenta llegar a mí, al verme caer, pero dos personas lo retienen mientras una tercera, el que me golpeó con la culata de su arma, ríe por la escena.

―No llores, belleza ―me dice―. Si no habla, vendremos por ti. Tú y yo pasaremos un rato agradable juntos, ya lo creo que sí.

Su mano toma un mechón de mi pelo mientras habla y me alejo, asqueada. Andrew es golpeado cuando intenta atacar al hombre y se lo llevan a rastras. En cuanto me quedo sola de nuevo, lloro. Por Andrew. Por mí. Por mi padre. Porque si no aparece pronto, hablaré para evitar que sigan dañando a Andrew.

Pasan horas, o eso creo, antes de que lo traigan de regreso. En ese tiempo he creído volverme loca de angustia imaginando las peores torturas. En más de una ocasión estuve tentada a golpear la puerta y gritar que les diría todo lo que quisiesen saber, pero el miedo a que luego nos maten, me contuvo. Supongo que he visto demasiadas películas de espías.

―Andrew ―corro a sujetarlo antes de que se caiga, aunque pesa demasiado para mí y golpeamos los dos el suelo con las rodillas. Por suerte no ha sido su cabeza.

Apenas tengo tiempo de verlo bien, antes de que nos encierren, pero está mucho más maltratado que la primera vez. Me cuesta un mundo llevarlo al colchón y cuando lo consigo, se desploma como un peso muerto. Lo llamo en varias ocasiones, sin obtener respuesta. Mis nervios están a flor de piel y tomo una decisión: si regresan a por él, no lo permitiré. Les diré todo cuanto sé, que no es ni la mitad de lo que esperan, pero no dejaré que lo maten a golpes.

―Es mi turno para protegerte, Andrew ―susurro, acurrucándome contra su cuerpo magullado―. No volverán a tocarte.

Me quedo dormida por puro agotamiento y solo me despierto al sentir un roce cuidadoso en mi mejilla. Parpadeo varias veces y aunque no puedo ver, sé que Andrew me está mirando. O sería así, si no estuviésemos en la más absoluta oscuridad.

―No voy a dejar que te golpeen más ―le digo, apoyando mi mano en la suya contra mi mejilla―. Les diré lo que sé.

―Si lo haces, es probable que nos maten.

―Si no lo hago, te matarán a ti y luego vendrán a por mí ―le digo―. El resultado será el mismo, pero al menos será rápido. Ninguno sufrirá más.

―¿Y si no lo es? ―su pregunta me asusta bastante, pero no voy a cambiar de opinión.

―No dejaré que te lleven de nuevo ―le aseguro, tirando de él para besarlo.

―Todo saldrá bien ―me promete entre besos y aunque sabemos que no será así, fingimos que sí. Que pronto seremos libres de la pesadilla en la que nos hayamos ahora.

Pasan unas cuantas horas, o eso creo, antes de que regresen. En cuanto abren la puerta, salto como un resorte y me pongo de pie para cubrir con mi cuerpo a Andrew. Esta vez me llevarán a mí.

―Hablaré ―digo con firmeza.

―Buena chica ―su sonrisa satisfecha me asquea, pero no permito que lo sepa.

Me llevan por un estrecho pasillo hasta una sala poco iluminada, donde hay una simple silla justo en medio, bajo la única lámpara que funciona. Me obligan a sentarme y después de prometerles que no me moveré, deciden no atarme.

―Bien ―el que me golpeó antes está frente a mí, observándome fijamente. Me pone nerviosa porque puedo ver algo en sus ojos que no tiene que ver con el interrogatorio: deseo― ¿Qué tienes para mí, belleza?

―Mi padre no me contaba demasiadas cosas sobre su trabajo ―le digo y eso no parece gustarle―, pero te diré todo cuanto sé si es lo que quieres.

―Empieza ―me grita impacientándose.

―A cambio ―esto le gusta menos― nos dejarás libres a Andrew y a mí.

―Si no hablas ya ―me amenaza acercándose tanto, que invade mi espacio vital― mataré a tu noviecito ante tus narices. Lo abriré en canal y le haré comer sus propias tripas antes de que muera.

Siento arcadas solo de imaginármelo, pero no puedo permitirme que me intimide, si quiero salir viva de aquí, así que finjo que no me afecta lo que ha dicho.

―Nuestra libertad a cambio de la información ―insisto. No puedo rendirme, si quiero que Andrew viva.

―Traed al prisionero ―grita, sin dejar de mirarme.

El pánico se apodera de mí con rapidez y para cuando llegan con Andrew a rastras, estoy llorando. Está inconsciente, o eso quiero creer, pero el hombre se acerca a él y lo sujeta por el pelo para levantarle la cabeza.

―¿Vas a hablar de una vez? ―me pregunta, colocando un cuchillo en su garganta― ¿O debo ser más explícito para que entiendas lo que quiero?

Cuando veo un hilo de sangre deslizarse por su piel, le digo todo cuanto sé. No es mucho, tan solo una mínima parte del extenso negocio de mi padre, pero parecen satisfechos. Por un momento me permito soñar con que nos dejarán libres.

―¿Segura que no te guardas nada para ti? ―su intensa mirada me asusta, pero no dejo que lo vea.

―Absolutamente segura ―mi mirada se centra en él para que vea en mis ojos la verdad de mis palabras. Acabo de traicionar a mi padre para salvarnos la vida y ni siquiera sé si lo habré logrado―. Te lo he contado todo.

Se escucha, entonces, una risa triunfal detrás de él y al buscar el origen, veo cómo Andrew se levanta con total tranquilidad y usa un pañuelo que alguien le pasa, para limpiarse.

―Te dije que lo acabaría confesando todo ―habla con el hombre que colocó el cuchillo en su garganta―. Solo había que apretar un poco.

Veo cómo, lo que yo creía que eran heridas, desaparecen de su rostro. Maquillaje, pienso al momento. Traición, pienso después. Ha sido un plan tan retorcido, que mis ojos se llenan de lágrimas. Me siento tan estúpida ahora mismo.

―Me engañaste ―lo acuso.

―Solo eras un trabajo para mí, Charlotte ―sus palabras duelen―. Aunque admito que ha sido uno de los más agradables que me han encargado nunca.

Mi corazón se rompe en mil pedazos y no comprendo cómo no pueden oírlo. El engaño, las mentiras, la traición abrasan mi piel. Me siento sucia, utilizada. Ninguneada. Me levanto de la silla de improviso y lo ataco con rabia. Solo tengo mis manos desnudas, pero lo araño antes de que pueda detenerme. Sin embargo, con un par de rápidos movimientos, me acorrala entre sus brazos y aprieta hasta que no puedo moverme. Puedo notar su aliento en mi cuello y esta vez me repugna. Lucho para liberarme y para no derramar más lágrimas por él. No le permitiré saber cuánto daño me ha hecho.

―Es una pena que se tenga que acabar ―me susurra―. Me habría gustado disfrutarte algo más. Siempre has sido tan complaciente conmigo.

―Basta ―le grito―. Si vas a matarme hazlo ya. No quiero oír ni una sola más de tus mentiras. Acaba de una vez.

―Tal vez me permitan conservarte durante un tiempo, antes de deshacerme de ti ―un escalofrío recorre mi cuerpo la oírlo. Si eso es lo que me espera, lucharé contra él con todas mis fuerzas―. Y podríamos seguir jugando a las parejas felices. ¿Qué me dices?―Vete al infierno ―le escupo.

―Sea pues ―dice, chasqueando la lengua, después de limpiarse la cara―. Pero tú te irás primero, Charlotte. Nos veremos allí.

Justo cuando termina, una fuerte explosión hace temblar hasta los cimientos del edificio. Andrew, que ya tenía un cuchillo en su mano, me suelta, tratando de evitar que los escombros golpeen su cabeza y aprovecho para huir hacia un extremo de la sala. El caos, se apodera del lugar. Los gritos y los disparos se suceden a mi alrededor y me oculto detrás de los restos de una pared caída para evitar que una bala perdida me alcance. Encojo mis piernas y las rodeo con mis brazos, apoyo mi cabeza en mi regazo para no ver lo que pasa. Comienzo a tararear la canción que mi madre siempre me cantaba de pequeña, intentando que mi cuerpo no tiemble a causa del pánico que siento ahora mismo.

―¿Charlotte? ―escuchar la voz de mi padre me activa. Levanto la cabeza y lo veo frente a mí. Hay preocupación en su mirada, y también desesperación y angustia, pero al tender la mano hacia él, puedo ver cómo deja paso al alivio. Un inmenso y profundo alivio por verme a salvo al fin.

―Papá ―me abrazo fuerte a él. Sabía que me encontraría.

―Jamás en mi vida he estado tan asustado, mi cielo ―me dice, sin soltarme todavía―. Si te hubiese pasado algo, me lo reprocharía toda mi vida.

―No fue culpa tuya, papá ―le respondo―. Yo me escapé.

―Fue culpa mía por no preverlo. Estabas al límite y te subestimé ―me mira con pena―. Ya no eres una niña que hace todo cuanto le pido y me disculpo por tratarte como tal.

―Ya no importa, papá ―lloro en sus brazos―. Tú tenías razón y yo estaba equivocada.

―Ya pasó ―que no se regodee en su victoria me hace sentir peor.

Me lleva fuera, después de envolverme en una manta, y aunque intenta ocultarme la masacre, veo igualmente los cuerpos de mis secuestradores desperdigados por el suelo, cosidos a balazos. Es imposible que alguno haya sobrevivido y siento que así es como lo ha querido mi padre. Mis ojos quedan prendidos en el cuerpo inerte de Andrew. Veo un único orificio de bala entre sus ojos y aunque no voy a preguntar, sé que mi padre lo ejecutó por todo lo que me ha hecho. Y aunque debería estar escandalizada, creo que siento alivio.

Mi corazón se recompone pedazo a pedazo mientras regresamos a casa y para cuando llegamos, se ha endurecido como una roca. Nadie volverá a dañarlo y esa es una promesa que me hago a mí misma. Haré lo que sea necesario para no volver a sentirme tan vulnerable nunca más. No seré más una víctima.

―Papá ―le digo, entrando en su despacho, horas después de que mi madre me prodigase todos los cuidados que creyó necesarios para asegurarse de que estaba bien―, necesito pedirte algo.

―Lo que quieras, mi vida ―mientras volvíamos a casa, le conté lo que le dije de sus negocios a aquellos hombres y ha estado aquí, desde entonces, supongo que tomando las medidas oportunas―. Sabes que no te negaré nada.

Sonrío satisfecha, porque sé que aunque al principio sea reacio a mi petición, acabará aceptando, solo para asegurarse de que no me vuelva a encontrar en una situación tan desesperada como la que acabo de vivir. Porque pase lo que pase, en un futuro, saldré de esta casa. Le guste o no a mi padre.

―Quiero aprender a defenderme.

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