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El Ángel en la Casa

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Summary

¿Y si ellos fueran el sexo débil? En una Inglaterra Victoriana alternativa los hombres han perdido el poder. Infectados por una bacteria que los deja dóciles y sin voluntad, son repartidos como siervos personales. En la ceremonia anual, Amanda Fairfax se decide por Callum, pues sus ojos la atrapan como los de ningún otro. Pronto se da cuenta de que, en efecto, él no es como los demás. Callum es el primer hombre normal en décadas. Un peligro para la sociedad dominada por las mujeres. Un peligro para ella. Amanda tiene poco tiempo para satisfacer su curiosidad antes de denunciarlo, pero ese breve lapso junto a él es suficiente para que ponga en duda todas las enseñanzas que ha recibido durante su vida. ¿Se habrá infectado Amanda?

Genre:
Scifi / Humor
Author:
Beca Aberdeen
Status:
Ongoing
Chapters:
32
Rating:
5.0 1 review
Age Rating:
16+

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Inglaterra, 7 de mayo de 1.892.

Amanda examinó su reflejo en el gran espejo del vestíbulo de la posada George. El brocado de su vestido plateado se ceñía en su corpiño y descendía por la amplia falda. Era la primera vez que llevaba un vestido y por esa razón aún no se había acostumbra- do a la sensación de moverse en la extraña prenda. Acarició la hermosa tela mientras se balanceaba para jugar con el cancán.

Ese año, Amanda había cumplido 18 años. Era la úni- ca ocasión en la que una dama abandonaba la practicidad de los pantalones para volver a los vestidos que las mujeres de antaño habían soportado. Vestidos pesados e incómodos que, como les decían en la escuela, habían representado una jaula para las mujeres. En los tiempos de Amanda llevaban pantalones y prendas prácticas con las que poder trabajar. A excepción de esa única ocasión: la ceremonia de conversión a la edad adulta, cuando una dama escogía al hombre que la acompañaría y serviría durante toda su vida.

Era una celebración de gran importancia, que se desarrollaba en la mayor posada del centro de Crawley. Sucedía anual- mente, cada 7 de mayo, para las jóvenes que habían cumplido o cumplirían 18 durante ese año. La celebración comenzaba a medianoche y duraba hasta el alba, y por primera vez a las cumpleañeras se les permitía beber vino.

Amanda contempló la copa del dulce líquido rojo que aca- baba de depositar sobre el mueble, culpándolo por su sopor. Las imágenes le llegaban a trompicones, como si se trataran de estáticos cuadros. Se prometió que ni una sola gota más tocaría sus labios enrojecidos por el tinte del vino. No quería que el alcohol entorpeciera su elección.

Pronto abandonarían el salón del George, donde habían comido y bebido durante toda la noche, para dirigirse al An- drónicus y comenzar la esperada ceremonia de selección.

El Andrónicus era la residencia de todo hombre menor de 18 años. Allí, los criaban y entrenaban para servir a sus amas.

—¿Estás preparada? —preguntó Jane, a su espalda.

Miró a su amiga a través del espejo. Jane era una de las jó- venes más hermosas de Crawley. Su larga cabellera negra caía en una cascada de rizos de su moño alto. Amanda siempre había envidiado el cabello azabache de su amiga, fortalecido gracias a la pomada de Henkel & Cie. El suyo era rubio y ano- dino como el de otras tantas jóvenes en Inglaterra que solían disimular los escasos atributos de sus melenas con peinados bouffant o pompadour fortalecidos con acondicionares para el cabello como el aceite de masacar, preparado a base de flores ylang-ylang traídas de La India. Al menos tenía la suerte de poder llevarlo suelto siempre que se le antojara. La obliga- ción de recogérselo para encuentros sociales había pasado de moda. Quizá porque ya no quedaban hombres que considera- ran el cabello suelto una provocación.

—¿Estás nerviosa?

—Lo estaba —respondió Amanda—. El vino ha ayudado a disipar los nervios, pero aún estoy preocupada. Mi madre dice que escoja al joven más fuerte; tú, al que más me atraiga. Ni siquiera sé qué significa eso.

Jane era un año mayor que ella, por lo que ya había pasado por la ceremonia de selección. Desde entonces, siempre iba acompañada de William, un hermoso muchacho de cabello rojizo y unos ojos verdes y vivaces.

—En realidad, tiene que ser una combinación de ambas cosas. Quieres que sea fuerte para que pueda ayudarte con tu trabajo, pero piensa que lo tendrás a tu lado a todas horas; no querrás escoger a alguien que te parezca repulsivo. Ten en cuenta que tendrás descendencia con esa persona.

Recogió la copa de vino que Amanda había abandonado sobre el chifonier con ribetes dorados que había bajo el espejo y le dio un sorbo.

—Lo sé —asintió Amanda—. Pero mi madre ha insistido tanto en que escogiera al más fuerte y al que me pareciera más inteligente. Ella tiene más años de experiencia en esto que nosotras.

―¿Al más inteligente? ―repitió Jane mientras reía.

―A mí también me resultó extraño. Nunca antes oí hablar de la inteligencia de un hombre.

Jane cruzó los brazos sobre su pecho.

―¡Qué tontería! Todos los hombres son iguales, no hay unos más inteligentes que otros. Todos portan la bacteria en su cerebro.

No supo qué decir, y Jane la sostuvo del hombro para darle la vuelta y situarla justo frente a ella.

—Amanda, no te preocupes. Cuando le veas, lo sabrás.

—Eso me preocupa incluso más. ¿Y si alguien me lo roba?

Su amiga le cogió la mano y tiró de ella de vuelta al salón principal, donde las demás jóvenes charlaban y bebían anima- damente la última cosecha que les había llegado de la bodega Ridge View. Una alegre tuna de violines y arpas resonaba en la sala.

Amanda recogió otra copa de Port de las mesas dispuestas junto a la pared este del salón. Se trataba de un vino fortifica- do con brandy que había sido muy popular entre los hombres. Quizá por esa razón lo servían aquella noche.

—Ya sabes cómo funciona la ceremonia, y te he explicado todos los trucos posibles. Respira hondo, tranquilízate y todo irá bien.

Apenas un cuarto de hora más tarde, la partida abandonó la posada para dirigirse al Andrónicus.

La inesperada luz la obligó a pestañear varias veces, dejando que sus ojos se ajustaran al cambio y que su mente registrara la presencia del nuevo día.

Fue un paseo corto, pues ninguna de las jóvenes deseaba retrasar el momento con distracciones.

Solo las mujeres de Crawley que cumplían años y selec- cionarían a su siervo aquella mañana podían pasar al salón principal, donde los muchachos aguardaban por ser elegidos. Las damas que se habían unido a la celebración tuvieron que decidir entre esperar en otra estancia o marcharse a sus casas.

Amanda respiró hondo al entrar en la sala de selección. Sus nervios habían regresado con tres veces más fuerza, y temió que, unidos a la falta de sueño, le ocasionaran un desmayo que no podía permitirse. Ni siquiera en las pruebas de la es- cuela había necesitado estar más alerta para la decisión que estaba a punto de tomar.

Se tranquilizó un tanto cuando al vislumbrar la célebre sala de elección del Andrónicus se la encontró sin hombres. Solo veía a las muchachas que emanaban como hormigas de las puertas dobles y rompían el silencio del salón con el eco de sus voces.

El incipiente sol de la mañana entraba con energía por las miles de cristaleras que rodeaban la estancia. Cortinas rosadas de terciopelo adornaban los lados de los ventanales y varias sillas ribeteadas en detalles blancos y salmón daban la vuelta a la sala, dejando prácticamente todo el espacio central dispo- nible. Un cuadro inmenso cubría gran parte de la pared con una dama del siglo pasado que llevaba un precioso vestido blanco y abombado. No tenía idea de quién lo había pinta- do, pero su estilo le recordaba al de Jan Vermeer, con colores intensos y un gran contraste entre luces y sombras. Debía tra- tarse de la antepasada de una familia importante en la historia de Crawley. Amanda se quedó absorta en sus ojos afables y su sonrisa plácida. Aquella mujer había vivido entre hombres, tiranizada por estos, pero se la veía conforme dentro de su incómodo vestido.

Sus reflexiones se vieron interrumpidas por la llegada de una mujer de mediana edad y formas redondeadas, que emer- gió de una puerta al otro extremo de la sala y carraspeó para hacerse notar. Las voces de las jóvenes se apagaron de forma paulatina hasta extinguirse por completo.

—Buenos días y bienvenidas a la sala de selección del Andrónicus —exclamó la mujer con tono firme y claro—. A continuación van a conocer a la camada de hombres nacidos en el año 1.874. Todos ellos cumplen la mayoría de edad este año y han sido convenientemente entrenados durante este tiempo en las distintas disciplinas que por decreto real son de esperar en un siervo. Como ya saben, estas disciplinas inclu- yen: lectura, canto, baile, instrumentos de música, labores de aguja, actividades físicas varias y lengua inglesa. Por lo que no deberían tener ningún problema de compresión a la hora de obedecer las instrucciones de su ama. Recuerden, a su vez, que su majestad la Reina Victoria, señala como delito castiga- ble cualquier petición a un siervo que esté fuera de la ley. Esto es maltratar o dañar a los siervos a través de vuestras órdenes. Deben velar siempre por la salud de su siervo y tener en cuen- ta que se trata de un ser vivo con sentimientos y necesidades similares a las de cualquier mujer.

Se detuvo para echar un vistazo a la puerta de la que había salido y Amanda pensó que había acabado con su discurso y que llamaría a los jóvenes. En realidad, todo aquello era innecesario pues en la escuela las formaban en cuanto a las normas de lo que estaba permitido ordenarle a un siervo y en los cuidados hacia este. Además, habían crecido, viendo a sus familiares y conocidas tratarlos a diario.

Pero la mujer aún no había terminado de hablar.

—Una vez que conozcan a los muchachos podrán relacio- narse con ellos y decidirse por varios candidatos. Háganlo cuanto antes, pues dentro de la siguiente hora la campana puede sonar en cualquier momento. A veces, incluso, la tocamos tras solo veinte minutos. Una vez suene la campana deben unir el cordón de su cinturón al del joven que hayan elegido. Por favor, les ruego que eviten las disputas ya que no atenderemos a ninguna queja. El muchacho pertenecerá de forma definitiva e inapelable a la dama cuyo cinturón esté unido al suyo.

Amanda exhaló un suspiro, mientras apretaba su mano en un puño sobre el enganche de su cinturón que colgaba sobre su vientre. El hecho de no saber en qué momento iba a sonar la campana la llenaba de nerviosismo e incertidumbre.

Miró al resto de chicas a su alrededor. Algunas lucían tan asustadas como ella. Otras parecían dispuestas a matar por el objeto de sus deseos.

A pesar de las advertencias de la cuidadora del Andróni- cus, siempre había disputas entre las jóvenes para elegir a los candidatos más atractivos y fuertes. Era parte de la diversión y existían ciertas normas para evitar que las riñas y la compe- titividad entre las muchachas se convirtiera en un problema.

Ella conocía bien las normas. Había estado preparándose para aquel momento durante años, e incluso había memoriza- do los consejos de todas sus amigas que ya habían cumplido la mayoría de edad.

Tenían, como mucho, una hora para observar a los mu- chachos de la sala, para pedirles que efectuaran tareas como levantar cosas pesadas, masajear un músculo dolorido e, in- cluso, en ocasiones, se forzaban peleas entre ellos para loca- lizar a los más fuertes y ágiles. Aunque esto último no estaba muy bien visto y podría conllevar una sanción por parte de las cuidadoras del Andrónicus. Después de dieciocho años encargadas de la crianza y formación de los muchachos, era común y entendible que estuvieran encariñadas con ellos.

Durante esa hora, nadie podía escoger a su siervo. Por lo que las jóvenes comenzaban el juego del despiste. Comentando, entre sí, cuáles eran los mejores, alabando ciertas cualidades que aseguraban haber visto en alguno de los candidatos e, in- cluso, señalando abiertamente cuál era su favorito.

El problema era que en la mayor parte de los casos estaban mintiendo, intentando confundir a las demás chicas y apartar la atención de su verdadero punto de interés. Otras veces lo decían en serio. Era imposible saberlo con certeza.

Amanda no era la más segura de las chicas. Desde pequeña había dudado de su buen criterio para todo, y siempre había buscado una segunda opinión antes de decidirse a hacer algo. Su amiga Jane era su guía y su vara para medirlo todo. Pero ahora la muchacha no podía acompañarla.

La decisión más importante de su vida tendría que tomarla sola y rodeada de competidoras.

Le preocupaba que no le dieran siquiera la oportunidad de elegir. Ser demasiado lenta y torpe, o tener mala suerte. ¿Qué pasaría si cuando sonara la campana tuviera que conformarse con algún muchacho que no le gustara? Nadie la había prepa- rado para esa posibilidad.

Se frotó las sudorosas palmas de las manos contra el vesti- do, y la tela de encaje raspó la tierna piel con la crueldad del momento que estaba viviendo.

La cuidadora del Andrónicus se aproximó a la puerta doble que contenía a los muchachos y la abrió de par en par.

—Avanzad —les ordenó, apartándose a un lado para darles paso.

Amanda se puso de puntillas y estiró el cuello para poder divisar la puerta entre las cabezas de las alborotadas mucha- chas, que, al igual que ella, se inclinaban para verlos salir. Intentó fijar su mirada en sus rostros y concentrarse en su apariencia para ir seleccionando a sus posibles favoritos. Un pinchazo de dolor atravesó su nuca por culpa de la contorsión, y mareada, no fue capaz de ver algo más allá de orejas, nucas y hombros ataviados con elegantes trajes de tarde, a pesar de la temprana hora.

Las demás chicas no parecían tolerar el estupor tan mal como ella, pues no tardaron más de dos minutos en comen- zar a examinar de cerca a los muchachos, a darles órdenes y a comentar entre ellas cuales les parecían interesantes.

Logró reaccionar tras varios minutos, cuando su respira- ción y sus pulsaciones se calmaron, dándole una tregua a su mente. Para entonces, el bloque de diez hombres se había des- hecho en grupitos o individuos rodeados a su vez de varias muchachas.

Por desgracia, a Amanda le interesaron especímenes de distintos grupos por lo que no supo a cuál de ellos dirigirse primero.

Después de veinte minutos de deambular por la sala, todas las chicas parecían haberse vuelto locas por uno de los mu- chachos. Este tenía un cabello rubio brillante, acompañado de unos grandes ojos verdes y labios carnosos. Su rostro era redondo y suave y a Amanda le pareció demasiado femenino y juvenil. Era sin duda el más guapo, pero dudaba que fuera el más varonil o fuerte.

No obstante, su presencia le convenía. Distraía a un buen grupo de chicas impidiendo que se percataran de las demás joyas de la colección. Y, sin duda, había varias a considerar.

Tres muchachos le llamaron la atención. Quizá no eran tan directamente llamativos como el rubio, pero Amanda prefería una cara más masculina, a la que ir apreciando poco a poco, que un rostro suave y perfecto del que se aburriría enseguida. Además, los tres muchachos tenían una constitución más for- nida que la del rubio. En especial uno de ellos, cuya robustez era evidente, incluso con el traje.

El problema era que Amanda no sabía por cuál de los tres decidirse. Dos eran los típicos caballeros ingleses con piel y ojos claros. Uno era pelirrojo, cosa que nunca había sido de su agrado, y el otro, el más corpulento de la sala, tenía un bonito pelo castaño medio. El tercer muchacho se salía de los parámetros ingleses de belleza. Tenía una piel morena admirable. Todo él era exuberantemente oscuro. Sus pestañas azabaches, espesas y largas, vestían unos ojos grandes y ligeramente ras- gados, como los de un árabe.

Su madre le había advertido que no se dejara cegar por la belleza y que escogiera al más fuerte, y que si dudaba entre dos, que escogiera al que le pareciera más inteligente. En eso último tenía que darle la razón a Jane. Los hombres estaban infestados por una bacteria invisible que vivía en el interior de sus cabezas y los mantenía en una especie de trance. Por esa razón no pensaban; eran seres irracionales. Buscar inteligen- cia en uno de ellos era una empresa abocada al fracaso.

Sin embargo, su madre le había asegurado que existía una gran diferencia entre las habilidades de unos y otros; y al- gunos habían dado señales mínimas de inteligencia, como rapidez a la hora de ejecutar una orden, buena localización espacial e, incluso, alguno que otro vestigio de pensamiento independiente en lo relativo a pequeñas decisiones como mo- ver una carga pesada o tareas domésticas.

Acabó por descartar al pelirrojo, quedándose con las otras dos opciones.

El primero hubiera sido la elección de su madre, el segun- do la de Jane. ¿Por qué le era tan complicado decidir por sí misma?

Miró al muchacho de aspecto latino sureño y se dirigió lentamente hacia él, esperando que fueran las razones correc- tas las que la habían llevado a seleccionarlo. El hecho de que también fuera fuerte y no solo la belleza de sus rasgos exóticos.

A su alrededor había varias chicas examinándolo, palpan- do sus brazos y su espalda. Se preguntó cómo iba a hacer para deshacerse de ellas.

Era difícil avanzar por la habitación abarrotada de gente y aún le quedaban dos yardas para llegar a su objetivo.

A su derecha, dos chicas comenzaron a reñir, atrayendo la atención de todas las presentes, incluida la suya. La trabajado- ra se acercó a ellas y le arrebató al joven por el que discutían para llevárselo a otra parte de la sala. Las belicosas mucha- chas le siguieron los pasos, quejándose por su intervención, pero la mujer no era fácil de amedrentar y las amenazó con expulsarlas de la sala. La amenaza las detuvo en seco, pues significaría quedarse con los dos últimos chicos que nadie es- cogiera.

A su izquierda, tres muchachas comparaban el tamaño de un par de siervos que, atolondrados, obedecían cada petición. Había mucho movimiento por la sala; codos y espaldas la empujaban de un lado a otro. Cuando volvió a divisar a su objetivo entre varias cabezas, este se había desplazado otra yarda. Sarah Richardson, la joven más notoria de Crawley, estaba ahora colgada de su brazo. El corazón de Amanda se hundió al verlo. Si Sarah lo quería, entonces sería suyo; pues era la clase de mujer que siempre obtiene lo que desea.

La cabeza comenzó a darle vueltas. En cualquier momento sonaría la campana y las chicas se abalanzarían sobre su elec- ción. Su corazón palpitó, acelerándose con la emoción de la caza.

Apenas se encontraba a una yarda y media del ejemplar exótico. Un grupo de chicas se cruzó en su camino, obligán- dola a dar un giro sobre sí misma para buscar un hueco alter- nativo. Al terminar su grácil círculo, en lugar de encontrarse con el simple aire, se topó con algo sólido. Un pecho rígido como una roca y unas manos grandes que de pronto la sos- tenían evitando que el impacto la mandara directa al suelo. Las manos eran tan fuertes que la apretaban como si su dueño quisiera hacerla añicos.

Cuando alzó los ojos para comprobar quién se había inter- puesto en su camino, se encontró con un par de ojos verdes que le perforaron el alma desde su estatura superior.

Su pecho se encogió ante la devastadora mirada del mucha- cho, y, de pronto, ya no hubo espacio suficiente en su interior.

Aquellos ojos tenían algo más que belleza, tenían una inte- ligencia retratada en sus pupilas que solo había visto en otras mujeres, pero nunca jamás en un hombre.

La campana sonó y, sin saber muy bien de dónde venía la orden, su brazo se alzó con el enganche de la cadena que col- gaba de su vestido y lo unió al portador de aquellos ojos tan llenos de vida.

Las tres chicas que lo habían estado acosando durante todo el rato, la miraron con odio, pero enseguida se apresuraron en buscarse segundas opciones.

Suspiró con alivio al darse cuenta de que se trataba de uno de sus candidatos, aquel de cabello castaño que había desta- cado por ser el que mejor figura tenía de todos. Ella misma había comprobado su fuerza y sus reflejos al chocarse acci- dentalmente contra él.

Finalmente había cumplido con los deseos de su madre.

—¿Cómo te llamas, muchacho?

—Callum —respondió él. Y su voz le sonó agradable, mas- culina y perfecta para escucharlo leer por las noches.

Sus ojos también eran un tanto curvados aunque más gran- des que los del otro muchacho. Su rostro era completamen- te inglés, y aunque de primeras llamara menos la atención que el del joven exótico, Amanda descubrió que le encanta- ba la forma triangular de su barbilla y la discreta hendidura que la adornaba. Su cara era proporcionada y perfecta, como si los ángeles que fabrican narices, labios y ojos para Dios hubieran moldeado cada uno de sus rasgos con la intención de ponerlos juntos. Pero lo mejor de su rostro, sin contar con el color de sus ojos, eran sus labios. Aquellos labios tan masculinos estaban apretados en una línea severa mientras la contemplaba.

Pestañeó para recobrar la conciencia.

—Te vienes a casa conmigo, Callum —le dijo y tuvo que reprimir una sonrisa, por lo feliz que le hizo la idea.

El joven le devolvió una mirada tan llena de vida y tan rica que la hizo estremecerse. Era como si pudiera ver su alma a través de sus ojos.

Normalmente la mirada de un siervo, a causa de la bacteria, era como los ojos vacíos de un animal. Pero los de Callum no, y aquella anomalía le pareció un extra maravilloso.

Colgada de sus ojos verdes, como si fueran la puerta a un mundo nuevo o la portada de un gran libro aún por leer, enar- có los ojos y arrugó la frente con curiosidad preguntándose qué estaría ocurriendo en la mente del joven.

Sin embargo, en cuanto lo hizo. Callum apartó los ojos de ella y los perdió en el horizonte, inerte como cualquier otro siervo hubiera hecho.

Amanda suspiró, un tanto decepcionada. Habían sido ima- ginaciones suyas.

La bacteria se había extendido muchos años antes de que ella naciera, y jamás en su vida había visto o escuchado el caso de un hombre con cierto grado de conciencia. Callum no iba a ser distinto. Pero se conformaría con que de vez en cuando le regalara una mirada como aquella.

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