Capítulo 1 - Rose
Me columpiaba cada vez más alto, sintiendo el viento en mi cabello rubio. Este era mi parque favorito. Nunca hay otros niños aquí. Puedo jugar en lo que yo quiera y no tengo que compartir. Mamá dice que soy egoísta, pero no me importa. Ya comparto demasiado en la escuela.
Al echar las piernas hacia atrás, sentí un tirón dentro de mí. Dejé de columpiarme y arrastré los pies por el suelo hasta detenerme. El corazón me latía con fuerza en el pecho. Había alguien a quien debía conocer. Y estaba cerca. Busqué por todo el parque, pero la única persona ahí era mi mamá, con la nariz metida en un libro.
Cerré los ojos y dejé que mis piernas me guiaran. Sabía que no me fallarían. Oía a mi mamá gritando mi nombre, pero no me importaba. Nada más contaba. Abrí los ojos y caminé dando saltitos hacia la canción que mi corazón marcaba. Fue entonces cuando los vi: unos ojos grises y brillantes. Apenas se veían bajo la sombra de un árbol gigante, pero estaban allí.
Eché a correr, deseando ser tan rápida como el viento. ¡Estaba tan cerca!
Justo cuando iba a saltar el tronco al final del parque, mi madre me agarró de un tirón.
—¿Pero qué te pasa? ¿Qué crees que estás haciendo? —gritó—. ¡Llevo rato llamándote y haces como si no existiera!
—Pero mamá… —dije yo.
—No quiero oír ni una palabra. Nos vamos ahora mismo. —Me arrastró detrás de ella, refunfuñando mientras cruzábamos el parque.
—Mamá, es que hay alguien a quien tengo que conocer —intenté explicarle.
—Ay, no seas ridícula —respondió ella—. Aquí nunca hay nadie.
¿Me creería? Había alguien ahí para mí. Vi esos ojos. Me estaban mirando directamente.
—Mamá, quiero quedarme a jugar —lloriqueé, esperando que se calmara—. ¿No quieres terminar tu libro de amor antes de irnos a casa?
Ella se detuvo y se cruzó de brazos. —¿Y tú qué sabes de estos libros, eh? —preguntó con una sonrisita.
—Solo sé que no los lees cuando papá está cerca —respondí—. Solo lo haces cuando venimos aquí.
Me miró de arriba abajo. —Está bien —suspiró—. Pero nada de salir corriendo otra vez. —Me dio la mano y volvimos juntas a nuestro lugar favorito.
Aún sentía esos ojos grises sobre mí, vigilando cada uno de mis movimientos. «Mmm», pensé. «¿Cómo puedo escaparme de ella?». Miré hacia atrás y saludé con la mano cuando los ojos de mi madre se cruzaron con los míos.
Sabía que era imposible, pero de verdad quería ver esos ojos grises. No me importaba si me metía en problemas.
Me senté en el cajón de arena que estaba más cerca del bosque. Sabía que los ojos seguían mirándome. La arena estaba tibia contra mis pies mientras movía los dedos. «Puedo dejarle un mensaje secreto a los ojos grises», pensé. «¿Pero qué debería decirles?».
Me dejé caer al suelo, molesta porque no se me ocurría nada. De pronto, solté una risita al darme cuenta de qué era lo perfecto para escribir.
—Rose —llamó mi mamá—. Es hora de irnos.
—¡Ya voy! —grité de vuelta. Me puse de pie riéndome de lo que había escrito en la arena. Me puse las sandalias y corrí hacia mi mamá, que estaba al otro lado del parque.
—¿Te divertiste? —preguntó ella.
—Sí —respondí.
—¿Por qué corrías hacia el bosque hace un rato? —me preguntó mientras subíamos al coche.
—Quería ver los ojos grises —contesté.
Ella se giró hacia mí. —¿Los ojos grises? ¿De qué estás hablando?
—De los ojos grises que me estaban mirando.
Mi mamá se me quedó viendo con la boca abierta. —¿Había alguien vigilándote? —preguntó con voz severa.
—Sí —dije—. Me estaban llamando. Como si quisieran que estuviera con ellos. Me sentí muy feliz mientras estaban allí.
—Rose, no entiendo nada —dijo mi mamá—. ¿Me estás diciendo que alguien te llamaba desde el bosque? ¿Por qué no dijiste nada?
«¿Por qué está enojada?», pensé. «Esos ojos no me iban a hacer nada».
—Mami, ¿por qué estás enojada? —pregunté.
—No estoy enojada —respondió—. Estoy preocupada. No volveremos a ese parque.
—¡NO! —grité.
—No me levantes la voz, jovencita. No vamos a ir a un parque donde alguien te observa mientras juegas.
—Pero mamá, los ojos grises no me iban a hacer daño —dije—. Querían que estuviera con ellos.
—¡Basta, Rose! —gritó ella—. No vamos a volver. Y tu padre se va a enterar de esto.
Las lágrimas me rodaron por la cara. No quería que me prohibieran ir a mi parque. Era mi favorito. Era todo mío. Y era el único lugar donde estaban los ojos grises. Me gustaba no tener que compartir el espacio ni los juguetes. Ahora, si mamá se lo contaba a papá, nunca podría regresar.
Me giré para ver cómo el parque desaparecía a lo lejos. Miré hacia el cajón de arena y vi a un niño parado justo donde yo había estado.