No es como se empieza, si no como se acaba
Soy Danielle Cursalez y tengo 16 años. Imagínate a la chica más popular del colegio: alta, con buen pecho, culo, caderas, cara bonita, pelo largo y sedoso... Y ahora imagina a la persona más nerd que pueda existir: bajita, regordita, empollona, con gafas, fea, mal cuerpo... Bueno pues ahora quiero que hagas una mezcla de esas dos personas. El resultado es alguien con una vida corriente, sin grandes riquezas pero sin problemas. Su cuerpo suele ser, principalmente, buen culo pero poco pecho, caderas y pelo intermedios, la mayoría de las veces liso u ondulado, la cara no es fea pero tampoco en bonita, es decir, tiene algún defecto como los labios resecos por ejemplo. También suelen usar lentillas. En su vida tiene suerte, no son malcriadas y además tiene recursos. Sus calificaciones son bastante buenas, pero no tanto como las de un pringado.
Vale. Ahora, memoriza a ese tipo de persona. Esa soy yo. No miento, de verdad, yo soy así. Lo único que resalta de mi es mi pelo pelirrojo deslizándose por el aire.
Está bien, ahora que has entendido más o menos un poco de todo, es hora de empezar por el principio de todo esto.
Yo acababa de pasar a primero de la ESO cuando esta historia dio su comienzo. Estaba muy asustada porque no conocía a absolutamente nadie. Las clases ya iban por la mitad del primer trimestre y te preguntarás el motivo. Básicamente, lo único que ocurrió fue que me mudé, y me mudé bien lejos porque tuve que dejar mi escuela, mis amigas y todo lo que me estuvo acompañando durante esos años en los que yo viví en Cityland, tenía un nombre cutre pero por dentro era muy guay, creedme. Haber, que me desvío. La conclusión es que yo llegué a clase y me senté donde pillé y al rato, llega un chico, enorme y sudoroso, y empieza a echarme la bronca de que sí porque me he sentado en su sitio y que la profesora luego le regañaba a él y no a mi, cómo se supone que tendría que ser. Después de eso, me levanté de la silla, cogí mis cosas y esperé contra la pared a que llegara mi profesora. Me llevé una sorpresa cuando descubrí que no era profesora si no profesor, ya que yo no había tenido nunca un profesor.
- Tú eres la nueva, ¿verdad? - me preguntó amablemente.
- Sí, soy yo. Veo que ya le han notificado mi presencia. Me llamo Danielle - . Me presenté mientras le tendía la mano.
- Oh, es usted muy educada señorita Danielle.
- Como debe ser – no me juzgues, intentaba parecer molona delante de toda mi nueva clase.
- Está bien. Siéntate donde más te apetezca.
- ¿Me puedo sentar aquí mismo? – pregunté, indicando el primer pupitre de todos, enfrente de la mesa del profesor. Todos empezaron a murmurar - ¿Qué pasa?¿He dicho algo malo?
- Jaja – al profesor le resultaba gracioso, también -. Es solo que no se quieren poner ahí nunca. Dicen que… está maldito – me susurró, intimidante.
- O sea que les das miedo – vacilé -. A mi no van esos cuentos – discursé ante la clase mientras depositaba mi mochila y me sentaba, orgullosa de mi misma.
La clase fue rápida. Estábamos estudiando matemáticas cuando sonó el timbre para salir al recreo. Antes de irme, una chica muy parecida a mí, pelirroja, con pecas y medio alta, con el pelo recogido en una bonita trenza, se me acercó.
- Has sido muy valiente al sentarte enfrente del profe. A la mayoría de la gente, bueno a mí también, nos da miedo. Dicen que pega a los alumnos – murmuró, intentando que el profesor no se diera cuenta.
- Bua. Yo no me trago esas tonterías – exclamé -. Si no, le hubiesen echado.
- Como quieras. Por cierto, yo soy Sarah. Encantada. Puedes pasar el recreo conmigo, incluso ser mi amiga. Soy una chica solitaria, así que a nadie le importará que vengas conmigo.
- Vale – respondí, mostrando cara de niña pequeña.
- Wow – se sobresaltó -. ¿Dónde están tus modales de hace unas horas?
- Perdidos por el universo – ella empezó a reír y yo también. Seguramente esa sería una amistad duradera.
Nos fuimos andando por los pasillos entre risitas, como si nos conociéramos de toda la vida.
[…]
- Te pareces a mí – me dijo al regresar a casa, después de las clases.
- Yo también lo pensé. ¿Sabes que todos tenemos 6 o 7 personas en el mundo iguales a nosotros?
- ¿Y si nosotras somos una de esas personas? – me preguntó, emocionada.
- No lo creo, tampoco somos tan iguales – le agüé la fiesta -. Tú tienes pecas y yo no, tu pelo es liso y el mío no, tus ojos son alargados y los míos no.
- En fin, la esperanza es lo último que se pierde. ¿No es así?
- Exactamente – le di un abrazo como de si mi hermana se tratase y cada una se fue a su casa. Resulta que vivía enfrente mía.
Fueron pasando los días y Sarah y yo nos hicimos muy amigas. Un sábado por la tarde, yo me aburría en mi casa así que fui a la casa de Sarah para preguntar si podía quedar un rato en el parque. Su madre salió a la puerta.
- Hola. ¿Quién eres? – preguntó.
- Soy Danielle, la amiga de Sarah. ¿Está en casa? Quisiera salir un rato con ella, si es posible.
- Sí, si que está en casa. Espera la llamó – se volteó y grito hacia el interior -. ¡Sarah! ¡Sarah ha venido tu amiga a buscarte!
- Si, sí. Ya voy. Sólo un segundo, que me cambio el camisón.
Un minuto más tarde, Sarah bajó las escaleras con un nuevo vestido. No era habitual que una chica llevase pantalones.
- Que bonito – alabé.
- Gracias. Estaba roto y ayer terminé de coserlo.
- Me alegro que lo hayas arreglado.
- ¿A dónde vamos? – preguntó.
- Al parque. ¿Te parece bien? Es que me aburría y me apetecía quedar contigo – respondí, mostrando algo de inocencia frente a su madre.
Caminamos a paso rápido, pues teníamos que recorrer un largo camino para llegar al parque, que se encontraba en el otro extremo del pueblo. Por suerte, es una civilización pequeña.
Llegamos a nuestro destino cerca de las 6:00, empezaba a atardecer, pero no lo hacía por completo. Hablamos de cualquier cosa y dimos unos cuantos paseos, olvidando la moral del tiempo. Una hora más tarde, ya había oscurecido. Queríamos echar una carrera alrededor de todo el abundante bosque que allí se encontraba. Y eso hicimos. 3… 2… 1… ¡Ya!; Gritamos por todo lo alto.
Yo iba en cabeza por muy poco, Sarah corría bastante y me lo estaba poniendo difícil. Me adelantó en un pequeño momento en el que un pajarito emitió un pequeño silbido que me distrajo, provocando que disminuyera la marcha. Yo estaba dispuesta a ganar así que, me levanté la falda con una mano y empecé a correr como nunca. Estaba cansada pero me sentía libre, me sentía muy feliz. Conseguí pillarle el ritmo cuando tropecé con una de las ramas, me caí al suelo de una forma totalmente seca, provocando que, Sarah, que me pisaba los talones, también tropezase y se cállese justo encima de mí. Giré poco a poco hasta quedar cara a cara con ella. Fue entonces cuando encontré un brillo en sus ojos, y estoy segura de que ella también lo vio en los míos. En ese momento puse en duda la posibilidad de que me estuviera enamorando de ella.
Se levantó rápidamente, nerviosa.
- P-perdóname – me dijo, arrepentida -. Iba demasiado pegada a ti.
- No pasa nada, soy yo la que hizo que te derrumbaras – me disculpé, intentando evitar el posible enrojecimiento de mis mofletes -. Vamos a casa, ya es tarde.
No me respondió, pero supe que estaba de acuerdo. Caminamos igual que lo habíamos hecho al ir, pero en la dirección contraria: a paso ligero y fluido. Logramos llegar a casa más pronto de lo planeado.
- ¿Qué tal con tu amiga? – me preguntó mi madre. No quería entretenerme y le dí una respuesta alegoría.
- Muy bien – me fui a mi cuarto.
Me senté en mi cama, me puse mi camisón, crucé mis piernas y comencé a meditar sobre todo lo que había sucedido esa tarde. Lo encontraba extraño porque yo solo me he enamorado de chicos y ya tuve hace un tiempo un novio que duró bastante. Además, en la mayoría de los casos, la sexualidad se identifica entre los seis y los ocho años. Lo único por lo que rezaba era que no me hubiera enamorado de verdad, porque me perseguirían hasta la muerte. No estaba bien visto que una persona fuera LGBT+. Creo que no soy capaz de aceptarlo.
Dos días más tarde, en el instituto, en uno de los recreos, le hice a Sarah una pregunta que no se esperaba:
- ¿Lo notaste?
- ¿El qué? – respondió a mí pregunta con otra. Eso no es jugar limpio.
- A lo del otro día, lo del sábado – le recordé
- ¿Qué pasó el sábado? – preguntó el chismoso de la clase.
- Nada que te interese – le espanté
- Hay hija mía – continúo -. Tú sabes que a mí me importa todo, pero si tanto insistes … Adiós.
- Bueno a lo que íbamos. ¿Te acuerdas o no?
- Si, sí que me acuerdo – respondió -. Creo que… yo también lo noté. Y no me gustó nada, que lo sepas.
- Ni a mi – le advertí que yo también estaba asustada.
- Sabes – prosiguió contando -, yo ya lo sabía desde antes, lo de que soy ya sabes qué. Lo he mantenido en secreto desde entonces. Mi familia tampoco sabe nada.
Di unos pasos y nos hundimos en un profundo abrazo.
- Uhhhhh – exclamó Ángel, un compañero de clase, por detrás nuestra. Le saqué el dedo y el a mi la lengua, pero no me importó. Seguí abrazada.
Eso que dijo Sarah sí que no me lo esperaba, sinceramente. Decidí ignorarlo frente al público, pero cuando estábamos solas, nos apoyábamos mutuamente, como buenas mejores amigas que éramos.
El resto de los días continuaron pasando como si nada hubiese pasado, igual que antes de la quedada del parque.
Ya era verano, finales del último trimestre, y unos de los chicos de cuarto decidieron montar una fiesta a lo grande, con discoteca casera, parejas y chupitos. El resto de cursos también estaba invitado, incluido el nuestro. La fiesta era el 17 de junio, faltaban dos semanas, y en dos semanas pueden ocurrir muchas cosas.
Para empezar, en la primera semana caía el cumpleaños de mi hermanita, que cumplía 3 años. Yo hacia los 13 en octubre y todavía faltaba para el mío, por eso celebró el suyo por todo lo alto. Antes, también tenía un hermano pequeño, dos años menor que yo, que se murió hace cuatro años. Cada cumpleaños de Alexia (se llama así en honor a mi hermano), mi hermana, le cuento la historia de Álex, mi hermano, para que sepa de su existencia, ya que ella no le llegó a conocer. Este cumpleaños fue diferente, parecía que ella era la que me redactaba la historia con pelos y señales, mi esfuerzo estaba dando sus frutos.
No es que hiciésemos mucho en el cumpleaños, lo de siempre: contar la historia, jugar a lo loco, comer el dulce, abrir los regalos y seguir pasándolo bien. Éramos mis padres, mi hermana, obviamente, unos amigos suyos del colegio y yo. Todos saltábamos como grillos hasta que, de un momento a otro, ocurrió la desgracia que tanto presentía. Alexia estaba corriendo y se le enganchó la dichosa falda en un hierro. Cayó de boca contra algo duro que había allí y le empezó a sangrar la nariz, ella empezó a llorar y los otros niños también lloraron porque se asustaron. Pobrecita, que mala suerte. Se cae en su cumpleaños. Se la llevaron al hospital porque por aquel entonces, a la mínima te podía pasar algo. A mí me tocó hacer de niñera y mandar al resto de niños a sus casas. Mi madre y mi hermana volvieron a casa cerca de media noche. Mamá llevaba. Alexia en brazos, se había dormido.
- Ya está bien – me susurró. Yo levanté los pulgares, afirmando.
Me fui a dormir un rato, un largo rato.
Me levanté a las 12:03. Mi madre me llamaba desde abajo para que fuera a desayunar, como todos los días, mi vaso de leche. Me sentó realmente. Eso es lo más indiferente que pude notar hasta entonces. El día continuó como si nada, igual que los demás, hasta llegar al miércoles de la segunda semana, cinco días antes de la fiesta.
Me apetecía salir a dar una vuelta: hacia sol, buena temperatura, no tenía nada que hacer y solo estábamos la naturaleza y yo. O al menos durante los primeros 6 minutos, porque me caí. Mi familia tiene fama de torpes. Me caí y me hice mucho daño en la muñeca, estaba morada. Pasé del asunto y seguí caminando, pero eso cada vez se ponía más y más oscuro. Me empecé a preocupar y di media vuelta a mi casa.
- Mamá – llamé -. ¿Tú sabes cómo curar esto?
- A ver, déjame que lo vea – me respondió, agarrándome del brazo. Su cara era un poema, pero preferí no decir nada -. Mira, esto se soluciona rápido – prosiguió contando, mientras agarraba un cacho de venda y un esparadrapo.
Mi brazo era a medias rojo, a medias blanco y a medias carne. Parecía un arcoíris. Según mi madre, eso se tendría que quedar una semana, pero no podía esperar una semana entera, tenía la fiesta, pero ella no lo sabía. Mi madre pensaba que me iba con Sarah de paseo o algo así.
[…]
El transcurso del tiempo fue lento, pero continuo. Era el gran día. Por fin iba a asistir a mi primera fiesta. Dejé una blusa blanca y una falda a rayas sobre la silla, para ponérmelo más tarde, al volver de clases.
- ¿Cómo está tu muñeca? – me preguntó Sarah.
- Regular, pero no pienso ir a la fiesta con esto. Me arruinaría la vestimenta.
- Vale… - se quedó pensativa -. Sé que está mal que me meta en tus asuntos, pero te recomiendo no hacerlo. Si no, no curará igual.
- No quiero perder mi reputación – dije, bajando mi apenada voz –. Así que lo haré – subí el ánimo y permanecí igual durante todo el día.
Ya había terminado el instituto y era hora de pasarlo en grande. Tenía que salir de casa sin que mi madre notara nada. Me puse ropa de diario y eché la otra en mi bolsa, para cambiarme durante el camino. Me acordé de que tenía que cambiarme cuando casi habíamos llegado. Nos metimos esquina de la calle.
- ¿Segura que te lo vas a quitar? – me preguntó Sarah.
- Ya te he dicho que sí, pesada. Te preocupas demasiado.
Terminé de vestirme y me quedé todas las vendas de tal manera para que luego volvieran a quedar como antes. A continuación, entramos al interior de la casa. El segurata nos dejó entrar sin problemas en cuanto vio la tarjeta de entrada.
- Pasad, pasad – nos invitó.
No había mucha gente: los organizadores con sus colegas, unos chicos mayores que no conocía, alguna chica, que sería de segundo o tercero, y ni una sola persona de nuestra clase. Estábamos solas. A pesar de que, poco a poco, el lugar se fue llenando, no llegó ningún conocido, solo Ángel.
- Vámonos a otra parte antes de que nos vea - advertí a Sarah.
- Sí, será lo mejor.
Nos apartamos a una esquina, detrás de la cortina de un pequeño escenario que habían montado para tocar cuando la cosa se empezara a llenar de gente.
Era muy aburrido estar allí parada, tan aburrido que a veces, mi cabeza viajaba a otro mundo, uno en el que todos éramos libres, tan aburrido que me entraron ganas de no haber ido, tan aburrido que preferiría mil veces contar granos de arena, tan aburrido que me apetecía correr y no parar nunca, tan aburrido que quería... quería besar a alguien. No lo había hecho nunca, pero sabía que eso me excitaría o me subiría el ánimo, que eliminaría mi aburrimiento. Solo se encontraba una persona conmigo en ese momento, una que se moría de ganas de hacer algo interesante...
- Estoy decidida, voy a hacerlo - murmuré demasiado alto.
- ¿Qué es lo que vas a hacer? - preguntó Sarah -. Con tal de divertirme, yo me apunto. Sea lo que sea.
- ¿Sea lo que sea?
- Sea lo que sea - afirmó ella.
No respondí con palabras, si no con acciones. Era mi hora de poner en práctica la prueba del triángulo: primero, miré su ojo derecho, luego el izquierdo...
- ¿Qué estás haciendo? - estaba preocupada, pero no le di tiempo a estarlo más.
… y, por último, la boca. Me incliné hacia delante y ella me siguió el ritmo. Nos agarramos mutuamente de las manos y nos dimos un beso. Me separé de ella para decirle:
- Te amo
- Yo también te quiero a ti – me respondió mientras se volvía a acercar.
Estábamos en nuestro momento de paz, nuestro primer beso. Seguíamos besándonos cuando alguien subió al escenario y gritó a pleno pulmón:
- ¡ES LA HORA DE LA MÚSICA DE VERDAD!
Volteó su cuerpo para dirigirse a agarrar los instrumentos. Sólo existía un problema del que nosotras no nos habíamos percatado: para llegar a los instrumentos, tenía que pasar por la cortina en la que estábamos escondidas. Tampoco nos dimos cuenta de que el telar se movía lentamente, estábamos demasiado sumidas en nuestro perfecto beso cuando de repente...