Prólogo
Fielan era un caso especial; de hecho, no existía nadie como ella en todas las tierras Fae.
Fue bendecida con tres almas, y digo «bendecida» por decir algo. Una de su madre humana y otra de su padre. Su madre había muerto al dar a luz en el mundo humano. Su padre, un guerrero Fae, se quitó la vida en el momento en que sintió que su amada moría. Ambas almas entraron en la bebé. Nadie supo si esto fue casualidad o algo deliberado.
La rescataron del mundo humano a toda prisa y creció en un orfanato. Si mirabas con atención, podías notar que no era una Fae por completo. Era más baja que el promedio y un poco más curvilínea. Sus alas eran ligeramente más pequeñas y sus ojos eran, sin duda, humanos.
Se hizo todo lo posible por extraer las otras almas, pero nada funcionó. Finalmente, se decidió que debían vigilarla con cuidado. La vida siguió su curso hasta que empezaron a reportarse sucesos extraños.
En ciertas áreas, los límites entre el mundo Fae y el humano comenzaron a desvanecerse. Los humanos empezaron a ver destellos de los Fae, lo que les daba acceso a una tierra donde no tenían nada que hacer.
El Rey había enviado hadas de todos los rincones para solucionar el problema, pero este persistía. La necesidad constante de magia de hadas para mantener las barreras en su lugar se volvió insostenible.
El Rey convocó a los Maestros del Saber, esperando hallar una solución. Encontraron un pergamino más antiguo que el tiempo mismo, donde estaba escrito que el mundo humano se fusionaría con el reino Fae si nacía un niño con un alma de cada reino.
El alma verdadera del niño debía ser despertada, y las otras destruidas. El Rey convocó a Fielan…