Una cazadora
Odette
Vivo en una aldea de apenas mil personas. Nuestras casas son frágiles y están hechas de madera. Al menos así son las de los que no somos tan ricos como la pequeña clase comerciante. A pesar de esto, tuve una infancia muy bonita.
Mi padre y mi madre siempre nos dieron de todo. No recuerdo un solo día en que pasáramos hambre o nos faltara algo. Ahora me doy cuenta de que aquello no era lo normal.
Cuando mi padre murió, mi madre se hizo cargo de todo ella sola y le fue muy bien. Era famosa en todo el pueblo por su talento como costurera. Sus precios eran justos y eso hacía que cualquiera fuera un cliente potencial. Gracias a eso vivíamos tranquilas y no nos faltaba el pan.
Por desgracia, la vida nos puso otra prueba cuando mi madre se enfermó. No sabemos qué tiene porque, como ella ya no trabaja, no nos alcanza para un médico. Solo sabemos que está demasiado débil para levantarse de la cama. Por eso, ahora me toca a mí traer la comida a casa.
A los veinte años, esto no sería un problema si mi madre me hubiera enseñado su oficio. Pero siempre tenía tanto trabajo que nunca pudo sentarse a explicarme con calma. Aprendí lo básico por mi cuenta, pero no tengo esa destreza que la hace tan buena. Creo que nunca hemos vendido nada de lo que han hecho mis manos.
Con esto en mente, no me puse exigente con el tipo de trabajo. Estaba dispuesta a limpiar bacinicas con tal de traer comida y ahorrar para el doctor. Pero en un pueblo tan chico, esos puestos ya están ocupados y hay mucha gente esperando. Ver a un mendigo con hambre es algo común en nuestras calles. Cuando la enfermedad de mi madre me obligó a buscar ayuda, yo solo fui una más en el montón.
Mirando hacia atrás, me doy cuenta de la suerte que tengo. Mi padre tenía un oficio que se aprende más fácil por cuenta propia: era cazador. Aunque suene sencillo, un cazador es muy necesario en un pueblo como el nuestro. Somos gente supersticiosa y siempre le hemos tenido miedo al bosque. En las fogatas siempre se cuentan historias de terror sobre vampiros, hombres lobo y otros demonios.
Por eso, solo unos pocos valientes se atreven a salir de la seguridad de la aldea para entrar al bosque. Mi padre lo hacía, pero él también creía en esas cosas. Sé que nunca quiso ese destino para mí, pero ahora no me queda de otra.
Empecé a cazar hace poco más de un año. Pasé mucho tiempo practicando mi puntería con el arco y aprendiendo a poner trampas. Apenas ahora domino el arte de mantener nuestro hogar con comida. Quizás algún día pueda mejorar y ganar el dinero y el respeto que tenía mi padre. Pero por ahora, solo se trata de sobrevivir.
Apenas está amaneciendo cuando me acerco al bosque. El arco se siente frío y duro en mi mano por haber estado guardado toda la noche. Mis botas están tan gastadas que mis dedos quedan al aire mientras camino. Espero terminar rápido esta mañana para volver con mi madre lo antes posible. Pasó una mala noche y empiezo a dudar de cuánto tiempo más podemos esperar para ver al doctor.
La escarcha del suelo cruje bajo mis pies hasta que me desvío hacia una zona de musgo más suave. Quiero moverme en silencio mientras busco nuestra próxima comida. Los conejos que suelo cazar tienen un oído muy agudo. Para ser sincera, tampoco quiero llamar la atención. Uno nunca sabe qué hay escondido por ahí. O mejor dicho, sí lo sé, si es que las historias que cuentan en la capilla son ciertas. Ese es el problema.
Saco de mi mente la idea de demonios empapados en sangre y dejo que mi lado cazador tome el control. Esta parte de mí es feroz, fuerte y decidida. Es todo lo que me gustaría ser en realidad. Me ayuda imaginar que es otra persona y no solo una actuación.
Los pájaros cantan en lo alto de los árboles. Una vez que me distraigo del miedo, descubro que puedo disfrutar de su canto. Suenan tan felices allá arriba hablando entre ellos. Seguro ninguno tiene hambre, miedo o preocupaciones. La vida sería mucho más fácil siendo un pájaro.
Un arbusto a mi izquierda se mueve y doy gracias al cielo por esta oportunidad. Sale un conejo y me niego a pensar en lo bonito e inocente que se ve mientras suelto la flecha. Esto nos asegura comida para las próximas veinticuatro horas. Es una bendición que no siempre tengo cuando vengo por aquí. Guardo al conejo en la bolsa que cuelga de mi cinturón. Luego voy a buscar hongos para acompañarlo y cebollas silvestres para el dolor de mi madre.
Mi ánimo mejora al instante ahora que me he quitado este peso de encima. Pienso si vale la pena quedarme un rato más para no tener que volver mañana. Pero no, eso sería ser ambiciosa y mi madre necesita su medicina lo antes posible. Quizás mañana tenga la oportunidad de juntar más provisiones, pero hoy no.
La luz del sol empieza a colarse entre las hojas de los árboles. Si tuviera tiempo, me quedaría un segundo a apreciar la belleza del paisaje, pero no puedo. Me enderezo con el peso de la caza en mi cinturón y emprendo el camino de regreso.
El ruido de las ramas al romperse no es raro, pero esta sensación en mi nuca sí lo es. Siempre me doy cuenta cuando alguien me observa y se me pone la piel de gallina. Conozco el horario de los otros cazadores y esto me extraña. Suelo venir temprano para evitar estos encuentros. No es que sea tímida, pero no tengo tiempo para perderlo platicando. Eso asusta a las presas y, como decía mi padre, al que madruga, Dios lo ayuda.
¿Quién será? Normalmente ya me habrían saludado, por mucho que me moleste la idea. Ver a una mujer joven cazando en el bosque es algo muy raro. Los que me han encontrado suelen aprovechar para quedarse viéndome en acción.
Vuelve a crujir una rama. No sé en qué momento dejaron de cantar los pájaros, pero este silencio de tumba me cala hasta los huesos. Doy media vuelta sobre mis talones, tratando de ver algo entre los rayos del sol que me deslumbran. Una sombra se mueve más rápido de lo que creía posible. Antes de que pueda correr, una cara aparece entre los árboles.
Es un hombre. Uno que no he visto nunca en mi vida.