Parte 1
Londres, UK.
Verano, 1965.
Louis; acalorado y juvenil, con piel levemente bronceada gracias a los primeros días soleados cerca del lago. Un espejo de cuerpo completo estaba enfrente, donde apreciaba su cuerpo ya más desarrollado. Palmeando sus abultados glúteos, acabando masajeando su cintura, fina y pequeña.
Sentía tanto orgullo de sí mismo en aquel momento, con los nervios estancados en su garganta. Debía verse lo mejor posible esa noche, examinando su cuerpo luego de humectar su piel con cremas.
Depilado y desnudo, buscó en su closet alguna prenda ni demasiado obscena ni muy abrigada. Quizás una falda y un suéter con cuello de tortuga sería apropiado. Desgraciadamente cuando salió de su habitación en busca del maquillaje de su madre, esta lo detuvo al ver su vestimenta.
— No llevarás esa falda, Louis—. La mujer con arrugas en la frente declaró planchando su corto cabello.
— ¿Qué? ¿Por qué?— se atrevió a reclamar el joven tomando polvo y un bálsamo labial.
— Esta noche es importante, debes ir más elegante. Ponte un pantalón por favor, es un restaurante de alto rango.
El adolescente rodó los ojos, sin responder marchándose a su aposento. Simplemente tomó un pantalón y una correa negra para cambiar su imagen. Con una brocha untó levemente polvo por su rostro, para después dejar sus labios brillantes y suaves con el bálsamo.
Peinado y perfumado, madre e hijo salieron de casa en el automóvil de la mayor. El sol ya no estaba, dejando a la luna menguante ser el centro de atención. Para ser verano, Louis sabía tolerar con perfección el calor usando un suéter de lana hasta el cuello. Prefería verse bien.
Y se sintió bendecido al ser abofeteado por una ola de frío justo al entrar al esclarecido lugar. Las personas apenas hablaban en murmullos, bastante discretas metidas en lo suyo, también se escuchaban tintineos de copas y botellas. El ambiente era verdaderamente hermoso, con una alfombra roja y candelabros en el techo dando luz amarillenta.
Su madre conversó con una mujer bien vestida que los llevó hasta el fondo del salón, donde estaba su mesa. Louis arregló su cabello discretamente y se aseguró de oler bien alisando su ropa.
Y oh, ahí estaba; sentado junto con otro hombre y una mujer, discutiendo quien sabe qué con un vaso de seguramente whiskey en su grande mano con un anillo en su dedo meñique. Louis tragó saliva y caminó lo mejor recto posible al igual que su cabeza, meneando los hombros con delicadeza; justo cómo lo hacía su ídolo Marilyn Monroe.
Supo que lo hacía bien al tener varias miradas desde otras mesas sobre él, claramente se lo comían con la mirada. Pero Louis siempre miró al frente, hacia su objetivo, que reía roncamente y le devolvía la mirada cuando se acercaron lo suficiente.
Louis botó el aire y sonrió de la forma más amigable que pudo, no sólo al magnate sino a los demás invitados.
— Buenas noche señores. Señor Styles, ¿cómo está?— su madre estrechó la mano con cada uno en la mesa— Les presento a mi único hijo; Louis.
— Buenas noches— se aseguró de hablar con claridad sin llegar a alzar la voz, sin quitar su sonrisa. Sus ojos se detuvieron en los verdes obscuros que lo observaba desde que había llegado.
— Por favor, tomen asiento— habló él sin quitarle los ojos encima, y Louis podía chillar hasta romper cada copa de cristal en aquel restaurante. Los tres adultos se hicieron a un lado; La madre de Louis sentándose a un lado de la otra mujer, y Louis por supuesto no desaprovechó y tomó asiento al lado del maduro ricachón.
La cosa iba así; Louis había tenido la dicha de ver una fotografía del jefe de su madre, que por cierto tuvo un enamoramiento al instante. Soñaba y deliraba con el señor más guapo que había visto en su vida, y para colmo jefe de su madre. Dueño de varias empresas exitosas, siendo el soltero codiciado de todo Londres y tal vez el Reino Unido.
Grace; madre de Louis, tenía capacidad de llegar hasta las oficinas de mayor rango del señor Styles, toda una mujer instruida. Y esa noche celebraban el ascenso de ella como contadora. Claro que presentaría a Louis en una noche tan especial.
Pero la mentalidad de Louis iba hacia otro lado, fijándose sólo en el hombre con anchos hombros cubiertos por una camisa blanca, con su saco detrás de su silla. Al tomar asiento, desgraciadamente no alcanzó a inhalar algún tipo de olor, y recordó la maldita regla de la empresa sobre usar reguladores de olor, para así no tener mal entendidos, una mierda así.
No se atrevió a dejar salir su aroma más de la cuenta, pero tenía el conocimiento suficiente para intentar engatusar lentamente. Si al señor Styles no le agradaba, vomitaría de la vergüenza, para después saltar por un puente.
— Mesero— llamó el otro hombre levantado su mano, bajándola segundos después corriendo su atención a los recién llegados— Bienvenido, Louis. Mi nombre es Dorian— alargó su palma hasta el menor, pidiéndole la mano y dejando un corto beso en esta.
— Yo soy Neville, un gusto cariño— habló ahora la mujer desconocida guiñándole un ojo antes de tomar un sorbo desde su copa. Su cabello era rojo y recogido.
— Me presento ahora— Louis iba a gemir a la cuenta de tres— Harry Styles, para lo que necesites— Oh, carajo.
Louis balbuceó un gusto conocerte en tanto el mayor tomaba una de sus delicadas manos que descansaban en su regazo, para besar el dorso unos maravillosos dos segundos. Sintió en su piel la crecida barba y Louis mordió su labio inferior cerrando sus piernas por instinto.
Harry; con una ardiente mirada de iris verdosos y labios hidratados vivamente hechos de cereza. Rudas y bonitas manos haciendo gesto y llevando el vaso hasta sus labios. Giraba a mirar al que hablaba exponiendo ese musculoso cuello moviendo uno que otro rizo castaño oscuro. Louis aún no creía que esa situación fuera real, había pasado días desbordando alegría sabiendo que cenaría con el jefe de su madre, y ahora lo tenía a un lado.
No sabía que hacer, se había quedado mudo y estático, no pudiendo quitarle la mirada al señor de nariz levemente ancha. Necesitaba actuar y aún seguía embobado, pero para su salvación un mesero llegó para tomar la orden de todos en la mesa. Louis apenas había dado unos vistazos al menú por estar clavando los ojos en otro lugar.
Pensó algo rápido y terminó pidiendo puré de patatas y pollo horneado. Bebería simplemente agua.
— ¿Sólo agua? ¿Estás seguro?— Cuestionó Neville sirviéndose otra copa. Harry se giró para mirarlo, acodado son soltar el vaso de sus dedos.
Frunció el ceño, dejando ver dos pequeñas arrugas entre sus cejas, acelerando el corazón de Louis hasta hacerlo mover una pierna ansiosamente.
— ¿No se te apetece una limonada al menos?— parecía ser suave con sus palabras, pero su voz tan severamente masculina le daba otro sentido. Louis sentía cada una de sus palabras palpitándole en el vientre.
— Oh, bueno. Sí, estaría bien una limonada— totalmente sumiso aceptó lo que Harry opinó, ¿cómo iba a negar una propuesta de tal ser celestial?
— Cuéntanos, Louis. ¿Que edad tienes? ¿Estás estudiando?— Neville acunaba su mentón con esa sonrisa cubierta de lápiz labial, mismo color que el vino; tinto.
— Sí, me queda un último año para entrar a la universidad. Y tengo dieciséis, los cumplí hace varios meses— antes de hablar había mejorado su postura, pasando sus uñas por uno de sus hombros, como una caricia.
— ¿Y qué piensas estudiar al acabar la preparatoria?— ahora fue turno de Dorian para cuestionar. Fumaba un cigarrillo sin apuro.
— Quiero irme por alguna rama del crimen. No estoy seguro, me gustaría ciencias forenses. No me he decidido.
— Yo podría ayudarte a entrar a una buena universidad, acabarías siendo un respetable médico forense. Si te parece, por supuesto— Harry hablaba calmado, lleno de amabilidad y profesionalismo en cada palabra y gesto.
— Eso estaría de maravilla— le apoyó su madre, Grace, sobando uno de sus hombros con una iluminadora sonrisa.
— Sí. Lo pensaré— acabó diciendo, quitando un mechón liso de su rostro con las mejillas adornadas de un matiz rosa, como el chicle.
— Cuando te decidas, puedes contactarme y te daré bastantes opciones. Podemos incluso visitar todas ellas. Pediré tu cupo con mis influencias cuando escojas la que más te agrade— Asintió tomando el atrevimiento de posar su pequeña mano en la más grande de Harry, dándole un tierno apretón.
— Le agradezco mucho, Señor Styles. Es muy significativo para mí, es usted una gran persona— Claro que lo era.
Relamió sus labios y valoró el apretón más fuerte que le dio el mayor a su mano, haciéndolo tragar duro. Después de todo se vio obligado a soltar su poderosa mano, no queriendo ser demasiado lanzado con su madre ahí.
Las bebidas llegaron pronto, y Louis se permitió dar un sorbo teniendo en cuenta de los ojos curiosos que lo observaban relamiéndose los labios, y por descaro puro, pasó su pulgar por sus comisuras fingiendo limpiar inocentemente. Logró escuchar un bajito bufido y se acomodó en su asiento.
Cada cierto tiempo algún adulto de la mesa le hacía algún tipo de pregunta, no dejándolo atrás en la aburrida conversación que llevaban sobre la empresa.
— ¿Que tal van tus calificaciones?
— En todas súper bien, nada difícil. Aunque sí en física, es… torturante— murmuró tragando la grosería que estuvo a punto de dejar salir.
— Oh, yo también odiaba esa materia. También ciencias de la naturaleza, era tremendamente aburrido— apoyó la mujer de cabello rojizo y lunar en una mejilla.
— ¿Cuál es tu favorita?— se giró encontrándose con el rostro inclinado de su dios mitológico. Podría bailar con un solo pie, porque Harry demostraba cierto interés en él. Bien podría poner cara de pocos amigos y discutir sobre números o alguna otra maldita cosa aburrida.
— Creo que historia, e idiomas— su rostro estaba caliente, sobando sus palmas sudadas en sus muslos voluminosos— ¿A ti cuál te gustaba más?
Harry dejó de mirarle batiendo su vaso lleno de hielos semi descongelados, sonriendo con picardía haciendo un terrible efecto en el adolescente.
— Matemáticas.
— Debí imaginármelo— resopló ahora siendo él quien sobaba su bebida en los labios. Nuevamente cambiaron de tema.
Louis se recostó en su asiento, siendo presa del aburrimiento. Ciertamente una cena con personas maduras y entregadas a su trabajo no era absolutamente emocionante. Aún así las miradas que le dedicaba Harry lo hacían tener una lluvia de estrellas en su abdomen, y con cada palabra que emitía el Alfa se sentía tan afortunado de tenerlo a un lado y oír su bajos gruñidos, ver sus cortos asentamientos y muecas.
Al llegar los platos, posiblemente fue hora de iniciar un coqueteo discreto. Oh, claro que se podía jugar con la comida.
Todo empezó con Harry ayudándole con algo que Louis podía hacer por si solo; poner una servilleta en sus muslos. Louis nunca supo para qué servía aquello, pero la tomaba para limpiar sus labios lo más delicado posible antes de beber de su vaso. Llevó a su boca porciones pequeñas levantando la mirada para encontrarse con la de Harry, que también le observaba con una ceja levantada.
Y Louis sólo hacía lo que su mente creía sexy; lamer sus labios sin ser tan expresivo, deslizar con lentitud el tenedor en su boca. Estaba frustrado por no coquetear de una mejor manera, ya que era severamente difícil con tres personas más y su madre en ellas. Deseaba con todas sus fuerzas un momento de atención absoluta de Harry hacia él sin tantas personas.
— ¿No se te antoja probarlo?— oyó un susurró demasiado cerca de su oreja, por poco dio un salto en la silla, pero manejó la situación y sólo pasó saliva dirigiéndole sus iris azulados al hombre influyente.
Y claro, sólo se refería a su salmón. ¿Qué otra cosa había imaginado la sucia mente de Louis?. Apretó los labios descubriendo que la atención no estaba en ellos dos, así que asintió lentamente con el temblor en sus muslos de vuelta.
Harry tomó un pequeño trozo con su propio tenedor, devolviese al adolescente tomándolo con sus dedos por el mentón, Louis captó y abrió su boca sólo un centímetro. Recibió el pescado aún con los ojos de Harry encima de él, ahora obscuros, intimidando al castaño.
Regresaron al diálogo con los demás pronto, ya cuando se llevaron los platos y copas vacías, la madre de Louis se disculpó y fue hasta el baño en compañía de Neville.
— Casi pega el grito al cielo, me disculpé pero aún así…— hablaba Dorian con Harry, ambos en una burbuja que Louis no lograba entender. Pero el hombre fue interrumpido por su teléfono móvil, frunciendo el ceño— Me disculpan…
El individuo se levantó y partió quien sabe dónde atendiendo su móvil, posiblemente era su esposa la que llamaba. Louis exhaló sin ruido, sintiéndose tímido luego de tratar toda la cena en parecer atractivo. Bien ahora no sabía que decir, no podía siquiera levantar su rostro y enfrentar los obscuros iris que le miraban desde arriba.
— ¿Alguna vez haz probado un buen vino, Louis?— se irguió el castaño aún sin mirar hacia arriba.
— Creo… c-creo que no, señor Styles.
— Enhorabuena, aquí lo tienes— su enorme mano acercó una copa a medio beber, y Louis además de su curiosidad por el alcohol, no le negaría nada al guapo provecto.
Cogió la copa y dio sólo un sorbo de al menos segundos; bueno, no tan pequeño sorbo en realidad. La risa ronca del magnate brotó un corto tiempo, recibiendo el envase de vuelta.
— ¿Que es tan gracioso?— Louis no se permitió sonreír, mostrándose ofendido relamiendo sus ebrios y jóvenes labios.
— Te dejaste ver un buen entusiasta por el licor, o al menos por el vino añejo. ¿También fumas, Louis?
— No, es desagradable el sabor de la nicotina— arrugó la nariz saboreando la dulce uva en su lengua dormida.
Hablar con Harry se sentía bien, era dichoso de charlar con él y no simplemente tener respuestas vagas. Louis deducía que sus hechos en aquella cena habían dado justo en el clavo, evidentemente porque Harry no lo ignoraba. Se sentía vigilado por un halcón, pequeña mente intimidado y seducido.
Tal vez si hubiese llevado la falda que su madre le prohibió usar, el coqueteo habría terminado más descarado y efectuoso.
— Comprendo. Cuéntame, ¿cuál es tu fecha de cumpleaños?— rascó distraídamente su barba.
— Diciembre, veinticuatro. ¿Por qué? Si se puede saber.
— Curiosidad— Era la primera persona que no se sorprendía por el hecho de haber nacido en navidad— Espero que no te ofendas, pero quiero decirte que te ves sumamente bien esta noche. Descubrí que llevas varias miradas sobre ti.
— Bueno, gracias. Ciertamente estoy a gusto con sólo la suya— debió pensar antes de abrir la boca.
Ahora se encontraba rojo hasta las orejas, convenciendo a su mente de que aquello que había dicho no era tan malo o atrevido. ¿Verdad?
— Lo he notado— y con eso inclinó mucho más su rostro, Louis por poco sintiendo la nariz ajena rozar su hombro.
Se quedó inmóvil y solo se dedicó a agudizar su oído, cerca de soltar un jadeo cuando el Alfa inhaló tan fuerte, aspirando tu aroma sin vergüenza alguna, tragando el olor y alejándose lentamente con un gruñido a medio sacar.
Louis tragó el montón de saliva acumulada y viajó sus ojos al cuello del rizado, ya sin importarle mucho si éste lo pillaba observando su cuello grueso como un cachorrito hambriento.
— ¡Perdonen la tardanza!— era Grace y Neville llegando a la mesa nuevamente, tomando asintiendo donde anteriormente estaban. Louis exhaló frustrado y bebió el último sorbo de su limonada.
— ¿Todo bien?— Cuestionó muy grato el señor.
— Sí, sí. Nada de qué preocuparse.
— ¿Y Dorian?— interrogó Neville con sus cejas fruncidas.
— ¡Aquí estoy, aquí estoy!— caminó rápido hasta su puesto con una sonrisa, negando con su canosa cabeza— Cosas del hogar— le restó importancia con un pequeño gesto.
Los adultos conversaron aproximadamente veinte minutos más, hasta dar final a la especial y tremendamente tediosa cena. Desocuparon la mesa, y marcharon en grupo hasta el parqueadero del lugar. Neville y Dorian se despidieron primero, al parecer se irían juntos.
Louis no dijo nada, fingiendo estar distraído. Su madre simplemente se dio la mano con el señor Styles, y cuando fue turno de Louis para despedirse, podría decir que se estaba quedando sin aire.
Grace tomó la delantera, en busca de su automóvil con la mirada, en tanto Louis se acercaba al maduro empresario, que dobló sus rodillas, llevó su anillada mano hasta las caderas crecientes del adolescente apretándolo más cerca de sí. Podrían decir que sólo era una despedida de beso en la mejilla, sino fuera por el señor Styles besando la mandíbula del menor, húmedo y rudo. Louis estaría seguro de que había dejado su aroma manchado en el cuello y camisa del Alfa, pero a este mostraba algo que lo hacía parecer satisfecho.
Louis por poco lloraba al no percibir olor alguno en el mayor; y ahora tenía una nueva meta. Ya lo había conocido, seducido y tocado sutilmente, pero llenarse los pulmones con el seguro picantoso y fuerte aroma que debía poseer el rizado, era una misión la cual acudir.
Su madre había encontrado el auto, y el señor Styles ya había subido al suyo que no se encontraba lejos. Debía cerrar la noche con broche de oro.
Se encaminó como un gato ladrón hasta el auto del Alfa, y al estar parado al lado de la puerta del piloto, donde el magnate se giraba dejando de buscar quien sabe qué al percibir una sombra; Louis agachó unos centímetros su cuerpo, mirando fijamente los iris intimidadores que poseía el señor. Pegó sus labios con escaso bálsamo al vidrio limpio.
Bastaron dos segundos del picoteo en la ventanilla para alejarse sabiendo mover las caderas al caminar, aún en su mente la mandíbula tensa y ojos oscureciéndose del señor Styles.
No lo había dejado impresionado o asustado, sino algo mejor; hecho una fiera enjaulada.
(…)
Día 1
El timbre había sonado. Louis freía un huevo para su desayuno, vestido con una bata de dormir sin nada más cubriendo por debajo.
Para ser ya las dos de la tarde, aún tenía el leve efecto de embriaguez en su sistema. Las ojeras pintando su añiñado rostro le daba un aspecto de cadaver, y todo por una miserable trasnochada dedicada a la lectura y licor.
Caminó perezosamente en busca de su caja de cigarrillos en el sofá, sostuvo uno con sus labios y lo encendió camino a la puerta.
La abrió y exhaló el humo, recostando su cuerpo en el marco de la puerta. No era más que un chico con un gigantesco ramo de flores… ¿Qué demonios?
— Buenas tardes. ¿Usted es Louis Tomlinson?— el adolescente asintió con la boca levemente abierta— Esta entrega es para usted.
No, por supuesto que no. Quizás lo más probable sería que ese enorme montón de flores cuidadas eran dirigidas para su madre, y hubo un error con el nombre. Claro.
— ¿Puedo pasar para bajar esto? Está pesado— dijo el empleado visiblemente cansado de cargar con la canasta.
Louis parpadeó y se echó para atrás lentamente, ordenando sus pensamientos. ¿Quien le había enviado eso? O quien le había enviado eso a su madre.
— Firme aquí por favor— una tabla con un papel y un bolígrafo aparecieron cerca de su rostro. Él lo tomó aún dudoso.
— ¿Está seguro? Debe ser un error.
— No lo creo. Louis Tomlinson, Calle MayFlower, casa mil doscientos trece.
— ¿Quien lo ha enviado?— balbuceó. El trabajador estaba fuera de la casa desde hacia minutos, sin interrumpir más en la morada.
— Fue anónimo. Aunque puede leer la tarjeta. ¿Puede firmar, por favor?— insistió el joven refiriéndose a la tabla en sus manos.
Louis rodó los ojos, firmando la patética hoja, con una bola de ansiedad aplastándolo por leer la tarjeta entre las flores. Entregó la tabla y cerró la puerta al instante. Se giró y contempló el ramo sobre la isla de la cocina.
Tulipanes rojos y freesias blancas, ordenadas a la perfección inundando la habitación de un fresco y floral aroma. Una mediana tarjeta negra estaba en medio de las flores, sin siquiera pensarlo la tomó. Estaba elegantemente doblada a la mitad, escrita con letra cursiva y tinta blanca.
Jamás en la historia existirá flor alguna que desprenda un aroma más delicioso que el tuyo. Sería completamente erróneo.
Disfrútalas, mi amor. Porque ninguna de ellas tampoco se compara con tu belleza, estás en la punta de la pirámide entre todas ellas.
H.S
Día 2
El joven castaño mordía su labio inferior recostado en el sofá, observando fijamente las flores intactas en la mesa ratona. Había ocultado la tarjeta negra en alguna parte de su habitación antes de que su madre llegara a casa.
La mujer por supuesto lo había interrogado, sin imaginarse jamás de quien realmente venían aquellas preciosas plantas. Fue tan fácil engañarla cómo abrir una cerveza.
Era Domingo y Louis no tenía absolutamente nada que hacer, simplemente encerrado en su hermosa morada.
Se paseó por los pasillos de su hogar en ropa interior, cantando a todo pulmón I wanna be loved by you creyéndose una estrella seductora. Quizás en otra vida pudo serlo.
Buscó el bronceador por cada rincón de su habitación, y justamente al bajar las escaleras oyó el timbre aún con la música resonando en la sala. Detuvo el toca discos memorizando las botellas de vino que quedaban en la bodega, quien sabe si aún habría de su favorito.
Tomó la bata de baño que yacía en un sillón y abrió la puerta. Era el mismo jodido chico de entregas que había estado en su casa la tarde anterior.
— Entrega para Louis Tomlinson.
— ¿Quién lo ha enviado?— dijo secamente en referencia a la caja mediana que cargaba el hombre.
— Fue anónimo, necesito que firme una hoja.
— Por supuesto—. Bufó dejando al empleado dejar la caja en el suelo para después firmar sin siquiera mirar la hoja. Agradeció y cerró la puerta, pensando que podría estar dentro del cartón.
Fue en busca de una tijera casi a tropezones. Ya abierta la caja, sacó todo el contenido de ella; un diario negro y de tapa dura, un bolígrafo de seguramente edición limitada, post-it de al menos ocho colores, cientos de colores en una caja más pequeña, y más bolígrafos con lápices. Al estar la caja vacía, descubrió la pequeña tarjeta negra que yacía al fondo.
Apretó los labios, esperando algún otro poema, tal vez relacionado con la literatura o la preparatoria. No estaba tan equivocado. Cruzó la piernas aún sentado en el suelo, apretando la goma de su cigarrillo en los labios.
Oxford tendrá al ángel caído más espectacular que haya existido en sus pasillos.
H.S
Su espalda cayó dolorosamente al suelo de granito. Pestañeó una y miles de veces más. Quería gritar y volar a los cielos más altos de felicidad pura.
Expulsó el aire lentamente, guardando el grito de emoción que estaba por explotar en su interior. No deseaba asustar a sus vecinos. Maduramente tomó un cojín del sillón y soltó gravemente un chillido de al menos minutos.
Día 3
Ya era entre semana, y Louis había decidido hacer algo productivo ese verano. Aprender a jugar tenis. Se vería grandiosamente sexy con el uniforme y una ligera capa de sudor por su cuerpo.
No era tan malo para ser sinceros, ignorando a las adolescentes restantes con el cabello recogido y los labios llenos de labial rojo. Louis se concentró en sí mismo antes de apenarse y salir corriendo. No arruinaría su progreso.
Hizo equipo con otros chicos. Louis se regañó a sí mismo al sentirse bien por el hecho de que aquellos Alfas estaban a su lado por seguramente su aroma delicado… o cuerpo dotado.
Su cambio desde el verano pasado era bastante, ahora seguro de que ningún otro Alfa se acercaría para reírse en su cara por su falta de atributos. Malditos todos.
No dejó que la vergüenza lo tocara en ese momento, cada que fallaba al devolver la pelota. Lo hacía bien cada cierto tiempo. El punto era demostrarse interesante y no tan inútil.
El calor lo hizo ruborizarse rápidamente, con el salado sudor bajando por su pecho. Aunque de pronto tuvo la sospecha de que no se veía tan bien como pensaba. Pero la práctica dio final y pudo coger su bolso y desaparecer con su buen practicado contoneo de caderas.
Llegó a la salida, bufando ante el ardiente sol que golpeaba su cabeza, sabiendo que tendría que caminar dos kilómetros hasta su jodida casa. Esto antes de quedarse de pie, inmóvil con la vista fija en el caro y pulcro auto rojo, con el señor Styles recostado en él leyendo una revista.
Llevaba zapatos elegantes, como todo él. Pantalones Gucci y una simple camisa de tirantes. Se veía tan afectado por el calor como Louis, con las mejillas sutilmente coloradas y sus brazos brillosos por el sudor. Cubría sus ojos con unas oscuras gafas de sol, y Louis avanzaba hacia él sin pensarlo mucho.
Se recostó a su lado mordiendo la uña de su dedo pulgar— ¿Buscabas a alguien?
La revista fue cerrada y Louis observó al mayor desde abajo. Serio y condenadamente sexy como suponía todos los días. El rizado canoso limpió el sudor de sus comisuras, relamiéndose el labio inferior.
— Entra—. Si eso era algún tipo de secuestro, estaba absolutamente entregado. El señor Styles abrió la puerta del copiloto, haciéndole una seña con la cabeza— Puede darte una insolación, yo te llevo a casa.
Asintió y entró sin prisa, la puerta fue cerrada y cayó recostado en el asiento al ser enjaulado por el aroma más divino que haya inhalado en su vida. ¿Ese era el olor del Señor Styles?. Porque si era así, no soportaría no restregarse en su fuerte y sudado cuello, haciendo un intento por tatuar dicho olor tan magnifico en su piel.
El rizado entró acomodando sus gafas en su camiseta y encendió el auto, y con ello el aire acondicionado. Louis suspiró satisfecho con la frescura de ese automóvil. Inclinó ligeramente la cabeza cuando el individuo mayor hacía los cambios en la palanca, y de nuevo sus hermosos dedos estaban en el volante.
— ¿Cómo sabía que estaba aquí?— le fue imposible no interrogarlo. Elevó una de sus cejas abrochándose el cinturón de seguridad.
— Me halaga que me hables en término ‘usted’. Pero no es necesario— Un desvío de tema que hizo torcer el gesto al castaño.
— Le hice una pregunta.
Harry lo miró un segundo, negando con la cabeza. Estaba mascando chicle y Louis no lo había notado.
— Me lo dijo mi jefe de seguridad.
¿Qué?
— ¿Cómo? ¿Que demonios? ¿Haz estado espiándome?
— Tranquilízate— Louis cambió su expresión, pasando saliva— Vigilándote no. Protegiéndote— Corrigió y Louis bufó.
— Claro, sí.
— ¿Te molesta tanto?
Abrió y cerró la boca, de brazos cruzados sin mover sus ojos de la ventanilla— ¿Sabes qué? Me da igual.
— Mírame.
Obviamente lo hizo. Y ahora se sentía como un conejo entre la pared y una hiena. El señor Styles lo miraba con los iris negros, mandíbula y cuello tensos. Louis por un segundo creyó que lo tomaría en ese mismo momento, pero el rizado giró su cabeza volviéndose a concentrar en el camino.
— Hace calor, ¿No te gustaría pasar por una malteada primero?
La propuesta no se oía tan mala, podría lamer el helado con sus ojos fijos en el magnate. Se irguió en el asiento e inhaló el frío aire para posar una de sus pequeñas manos en el grueso muslo del adulto.
— Gracias por el diario.
Lo sintió tensarse ligeramente, cambiando de carril de pronto con sus cuerdas bucales a punto de producir un gruñido.
— ¿Que tal las flores?
Bueno, Louis descartó la idea de que fueran para su madre. Aunque no lo creyera muy posible y era obvio, nunca se sabía.
— No más lindas que yo— recordó la nota que descansaba al fondo del cajón de su ropa interior. El señor Styles sonrió con todo y hoyuelos, asintiendo.
— Pues lo siento, no hay en el mundo una que logre tal cosa.
Atrevido o no, posó ahora ambas de sus manos en el muslo ajeno, levantando su torso luego de deshacerse del cinturón de seguridad, sólo con la intención de besar la mejilla levemente velluda del Alfa. Y ahora sin dudas lo hizo gruñir sin pena alguna.
— ¿Te molesta tanto?— repitió las viejas palabras del hombre, besando por segunda vez la mejilla hasta rozar sus comisuras, donde dejó un beso más profundo y húmedo por estarse relamiendo los labios.
Sintió como el auto fue bajando la velocidad y un gigantesco brazo se enrollaba en la chiquita cintura que tanto le costó formar. Rió en un tatareó juguetón siguiendo sus picoteos lentos y coquetos en la misma zona.
El auto se detuvo y pudo comprender que estaban frente a una bella cafetería. Dejó de mirar la hermosa estación al ser tomado bruscamente de las mejillas. El señor Styles besaba y lamía perezosamente su mentón, ahora tirando de los cabellos en la nuca del menor con firmeza arqueando el cuello de su presa. Louis gimoteó en tanto chupeteaban su piel, con una levemente áspera lengua, como la de un gato saboreando donde su vena aorta se posaba.
Sin embargo fue soltado, con las mejillas más que rosadas y los ojos brillosos, y el maldito Alfa lo miraba casi con burla, pero con las mismas ganas de ir más allá con su lengua por el cuerpo de Louis. Este gruñó bajito bajando el automóvil en conjunto con el señor. Por supuesto que entró primero en vísperas de lucir fabuloso aún en una cafetería.
Louis jamás esperó que el señor Styles lo tomara de las caderas en camino a una mesa al fondo, y calladamente chilló endulzado de euforia. Invitó al señor a sentarse a su lado en un asiento largo pegado a la pared.
Una jovencita se acercó apenas tomaron asiento con una libreta. Su cabello rubio estaba recogido en cardado, maquillada con polvo blanco y labial púrpura.
— Buenas tardes. ¿En qué les puedo servir?— tintineó con su vocecita.
— Una malteada por favor. Bastante fría— notificó Harry, y Louis se le unió.
— Con mucho chocolate, y dos esferas de helado de vainilla. Sin dulce de leche y lluvia de colores. Gracias.
Harry elevó sus comisuras, girando su cuello rápidamente para apreciar al joven con indicios de travieso en lo que sonría abiertamente. Deseaba robarle un jugoso beso.
— ¿Algo más? ¿Que hay de usted, señor? ¿Una limonada?
— No. muchas gracias, querida.
Ya con eso se marchó dejando a ambos nuevamente solos. Harry recostó su largo y fuerte brazo en el asiento sobre los hombros de Louis. El castaño mecía sus piernas lampiñas silbando distraídamente, como si no estuviera siendo vigilado por la verdosa mirada del rizado.
— Te ves bien hoy— le anunció con el rostro recostado en el hombro, fanatico del adolescente.
— Lo sé, usted también, señor Styles— sin mover alguna extremidad de su cuello o rostro, alzó los ojos hasta los contrarios, regresando la cosquillosa sonrisa.
El mayor acercó su angelical rostro hasta el de él con sus dedos en su mentón— Llámame Harry— estuvo tan cerca de besar los suaves labios. Pero Louis se adelantó, lamiendo los labios carnosos del líder empresario, tomándolo por sorpresa.
Pudo presenciar su sensual ronroneo de Alfa, mientras lamía por segunda vez ahora sus comisuras. Un juego obsceno que se llevaba la paciencia del mayor con el pasar de los segundos. Louis, juvenil y tentador delineó con su lengua el borde de sus labios, mojando el vello de su barba a medio crecer, dándole fin a su jueguito con una tierna mordida en su labio inferior.
Y ahora lo escuchaba reír como si nada, sonrojado a pesar de haber aire acondicionado en la estancia. Sus iris azules lucían brillantes y obscuros a su vez. Perdería la cabeza la cabeza si aquel mocoso seguía de coqueto como si fuera una personalidad. Bueno, sí lo era. Solamente de Louis.
La malteada estuvo frente al joven, fría y dulce. Harry dio una muy buena propina a la empleada, y maldició bendecido al girar su rostro hasta castaño, que no halló mejor forma de la crema batida que a lametones. ¿Acaso jamás dejaría de coquetear tan inocente y vulgarmente a la vez?.
Era como una señal. Bésalo, lame su lengua fría y azucadara, tómalo del cuello e impídele inhalar correctamente. Gime y déjame comerte la boca. Déjame, déjame.
Chupa como el experto que muestras ser hasta hacerme anudar esos rojizos labios.
— ¿Harry?— el mencionado agitó su cabeza, parpadeando levemente perdido. Se giró de nuevo hasta el castaño burlón a su lado, ya con medio envase vacío— ¿Estás bien?
— Todo en orden— para nada— ¿Que tal estuvo tu entrenamiento hoy?
Para Louis aún era extraño el que lo siguieran a todos lados, y que el señor Styles supiera lo que hacía o no durante el día. Suspiró sin tomarle importancia; si lo hacía, sería estúpido.
— Aburrido. El tenis no es como creí que era. Posiblemente me cambie a natación.
— Bueno… cualquier deporte está bien. Mejor que quedarse en casa sin hacer nada— asintió.
— ¿Y usted no debería estar en el trabajo ahora?— irguió sus hombros, con el sorbete entre sus labios.
Él se encogió de hombros— Soy el jefe, no tengo un horario fijo— Oh, esa clásica respuesta.
— Por supuesto— escupió con ironía. Harry lo tomó del mentón nuevamente con cierta fuerza. Parecía molestarle su sarcasmo o cualquier otro comportamiento rebelde. Pero Louis estaba en plena adolescencia, demonios— ¿Qué?
— Deja esa manera de ser altanera que tienes. No me gusta.
— Sólo debe gustarme a mí— pegó sus labios helados al dedo índice que sobaba su mejilla casi con gentileza.
— Malcriado.
— Tanto como para que me guste un señor como usted. ¿Pero y tú qué eres? Que te fijas en cachorros como yo…
— No eres un cachorro— apretó su puño en la ropa del castaño— Pero si te comportas como uno.
— ¿Y no te gusta?— estaban tan cerca el uno del otro, que pudo lamer nuevamente los labios contrarios, haciendo gruñir a su dueño.
— Todo es parte de tu rebeldía, se pasa con el tiempo.
— No lo creo. No hables como si tuvieras sesenta años— frunció el ceño, recibiendo muy cortos picoteos en sus labios con ambas delicadas manos sobre los grandes y sutilmente velludos pectorales de Harry, aferrándose a su piel.
— No me creas un jovencito— rio tan roncamente, como un canto de ángeles para el muchacho hormonal pegado a su cuerpo.
— Jamás haría algo así.
Harry no respondió, se alejó y bebió el resto de la bebida que quedaba en el envase de vidrio. Louis no protestó y fue pisándole los talones de vuelta al auto.
— ¡Por Dios! Enciende ese aire acondicionado, me derrito— chilló Louis casi quemándose la piel al meterse en la nave.
— Como el chocolate que eres— susurró Harry, pasando la llave y obedeciendo a su Rey del Nilo.
— ¿Vas a llevarme a casa ahora?— Cuestionó en tono caprichoso, puchereando estirando sus largas piernas. Harry no lo había visto quitarse los zapatos, pero ahora los pequeños pies sobando sus muslos sería una enorme distracción mientras conducía.
— Demonios, sí.
— Oh, ¿así es como te quieres deshacer de mí?— lleno de indignación mordió con suavidad la uña de su pulgar derecho.
— Antes de que me hagas chocar contra otro auto o posted.
— Si chocas y salgo herido mi madre va a demandarte.
— Esa no es la manera en la que te quiero herido— balbuceó sin pensar.
— ¿Disculpa?
— He dicho que eso no sucederá.
Louis rodó los ojos, sin ningún interés por seguir moviendo sus pies. Se concentró en el camino con temprano sueño rellenándolo.
— ¿Seguirás enviándome cosas?
Estaban frente a la quinta del menor, con este sujetando sus tenis en la mano y su bolso en el hombro, aún sin salir del auto. Harry rio escandalosamente.
— No pienses que soy algún tipo de materialista. Simplemente es demasiado lindo cuando lo haces. N-no… no lo sé.
Harry sonreía aún, con un hoyuelo derecho a la vista, un rizo canoso cayendo por su frente— No tienes que preguntar eso. No vuelvas a hacerlo.
— Pero…
— Ven aquí— demandó y Louis acató, siendo tomado por las mejillas— déjame besarte. Por favor…
Louis entrecerró sus párpados sin quitar la pequeña sonrisa— ¿Que hacías realmente fuera del instituto?
— Quería verte. Al adonis reencarnado.
Y como no besarlo, si no había persona en el mundo que resistiera tener al Señor Styles tan cerca y no hacer algo; con su barba suave y nariz perfilada, lamentablemente su aroma no esta lo suficientemente presente, pero tenía una idea de cómo podría ser.
Pero fue un húmedo picoteo, lento y no tan suave, seguido de otro y otro último. Louis bajó del automóvil orgulloso de sí mismo, porque podría decirse que tenía al soltero codiciado de todo Londres besando su mano y cuello.
Gruñendo por tenerlo cerca y a su Merced, y por mucho que Louis estuviera de acuerdo, jamás se convertiría en esos que se dejaban tomar el mismo día de haberse conocido.
Bueno, eso intentaba, hasta ahora lo estaba llevando bien.
(…)
Día 4
Era un buen día para nadar en la piscina de su casa, y como el alma en libertad que era; no buscó ningún bañador. Usaría su pantie del día sin nada en la parte superior. Dejó escurrir el bronceador por sus pezones descubiertos y hombros. Cuando estuviera recostado terminaría de broncearse desnudo, y ya al tomar suficiente sol se daría una zambullida.
Gruñó al escuchar el timbre sonar, ya con la piel aceitosa y caliente. Buscó su bata y la ató antes de abrir la puerta. Louis ya le conocía la cara a aquel empleado, que no fue necesario decir algo y simplemente firmó la hoja delante de él. Tomó la caja misteriosamente mediana y empujó la puerta cerrándola con llave. Oh, ese chico desde la primera vez que tocó la puerta sólo lo ha visto usando bata. Bueno, daba igual para el castaño.
El obsequio de hoy era bastante o no diferente a los demás; vino. El mismo que había tomado el señor Styles la cena de celebración hacia su madre. Louis elevó las cejas sin sorprenderse del todo, sintiéndose raramente sediento de repente.
Su madre estaba lejos de saber que su jefe enviaba diariamente regalos a su hijo, que había desarrollado un extraño rechazo hacia los jóvenes de su edad, poniendo el ojo en el trabajador maduro y más guapo de la ciudad. Tal vez en el fondo no podía culparlo, era imposible que alguien negara la belleza del señor Styles.
Aún no se acostumbraba a nombrarlo por su primer nombre, quizás necesitaba verlo unas cuentas veces más para practicar ese tipo de confianza. Aunque era estúpido ya que había probado sus labios con gentileza, sin ser morreos aún. Pero no faltarían en llegar cuando tuviera la oportunidad.
Sirvió la copa casi hasta el tope y le dio un trago encaminándose al patio con la botella en mano. Embriagarse con The Rolling Stones, fumar en ropa interior sonriéndole tontamente al espejo, dejándole uno que otro beso. Bailaría toda la tarde, hasta que el sol bajara por completo y la luna apareciera entre las nubes, y cómo la fiera que era, se masturbaría frente al mismo espejo de su habitación, el cual si pudiera hablar… demonios.
Cayó sobre la cama, con la botella vacía debajo de su cama, con el cuerpo ya seco y sin cubrir con alguna prenda. Una sábana lo cubría a la perfección y su madre no notaría nada fuera de lo normal al cruzar la puerta.
Día 5
Nathaniel; así se llama el chico beta que tocaba su puerta desde hacia al menos media semana. Hoy había llegado más temprano de lo normal, mientras Louis se servía su desayuno, milagrosamente vestido con ropa casual.
El señor Styles mágicamente había adivinado que hoy sería su primer día en el curso de natación. Louis sabía nadar, pero no era un experto y no tenía tanta resistencia como quería, además era un buen amante a estar metido en el agua.
Eran al menos diecisiete modelos de bañadores, la mayoría de colores obscuros que hacían resaltar su piel blanca. Algunos con lunares y otros con líneas en zigzag. Pocos eran de dos partes, que tapaban desde su ombligo hasta el comienzo de sus muslos, y la parte superior cubría todo su pequeño pecho y pectorales. Por supuesto que el magnate no enviaría algo que enseñara demasiado, tratándose de alguien a quien ya evidentemente celaba.
Y estaban los de cuerpo completo; que igualmente tapaban sus glúteos pero si dejaban a la vista sus hombros. Nada mal.
Como obsequio extra unas gafas de sol, negras y de diseñador, al igual que cada uno de los bañadores. Luciría como un ricachón en una simple práctica de natación.
Louis se preguntaba por las noches si se estaba convirtiendo en uno de esos chicos que simplemente gustan del dinero de sus novios mayores. Algo que se estaba volviendo bastante popular. Y el no quería eso, malditamente no.
No podía decir que no le gustaban los obsequios, porque dudaba que existiera alguna persona en el mundo que despreciara tal cosa. Pero con cada día que pasaba se arrepentía de haberle dicho al señor Styles si seguiría enviándole regalos. Tal vez fue una excusa rápida que encontró para aún mantener un simple contacto con el empresario, y vaya que era una mierda.
¿Cómo hacerle saber al señor Styles que no era un interesado caprichoso? Louis se identificaba de otra manera bastante diferente; pasar de ser un jovencito rebelde y calenturiento a un Omega marcado, siendo besado en la mejilla por su Alfa emperador, emplatando huevos revueltos y tocino para el desayuno, mimado y adorado por su esposo rizado, masajeando su vientre de veintidós semanas.
El adolescente narraría aquella meta de vida. Existiría simplemente en su mente sin salir de sus labios.
A decir verdad tenía el suficiente tiempo para planear y accionar; ser más que un posible amante consentido con dinero.
Día 6
— ¡Hey, Lou!
A horas vespertinas, Louis trotaba al rededor de su urbanización, con shorts, tenis y una camisa de tirantes húmeda debajo de las axilas y cuello. Sin nada que hacer en casa, y con la tarde particularmente pacífica, se atrevió a salir a correr.
En medio de jadeos se dio la vuelta deteniéndose, encarando a una de sus buenas amigas; Nora. Beta con ojos verdes y cabello castaño y lacio. Rostro delicado con pecas en la nariz.
— ¿Qué tal?— se acercó haciendo un intento por bajar su ritmo cardíaco.
— Bien bien. ¿Quieres acompañarme a una fiesta mañana por la noche?
Empezaron a caminar lentamente ambos, la chica haciendo rodar su bicicleta con las manos en los grips.
— ¿Donde será?
— En casa de Malcolm— elevó ambas cejas. La vivienda del chico estaba a unos seis kilómetros de distancia. La chica notó su desaprobación de inmediato— Si la lejanía es lo que te preocupa, mi hermano nos llevará y traerá.
— Bien, le diré a mi madre. ¿Hay algún protocolo de vestimenta?
— No. Toca mi puerta a las siete si te dejan. Nos vemos.
— Adiós.
Ver el auto de su madre en el parqueadero luego extraño, y un poco preocupante. Mordió su labio inferior rezando porque no fuera lo que pensaba que era.
Abrió la puerta y buscó con la mirada a la Omega, que apareció recién salida de la ducha.
— Hola. Llegaste temprano hoy.
Sencillamente habría dicho algo menos sospechoso.
— Oh, sí— no sonaba para nada molesta— En unas horas es el baby shower de la esposa de Dorian. ¿Lo recuerdas?
— Hm, sí. Entonces por eso saliste temprano.
— ¿Quieres ir? No quiero que te quedes solo hasta tan tarde, cariño.
— No, no. Estoy cansado, pero Gracias— se acercó hasta la mujer que adornaba sus orejas con sortijas. La besó en la mejilla y se alejó de nuevo— Iré a ducharme.
Y justo al subir el primer escalón, el timbre se escuchó. Louis por supuesto se ofreció rápidamente para abrir la puerta, dejando que su madre no atendiera en toalla.
Y un escalofrío lo recorrió por toda su pequeña anatomía, al tener al frente a Nathaniel, el repartidor de cada obsequio que le enviaba el señor Styles. Sintió su rostro palidecer, con las manos extrañamente frías.
— ¡Hola! Esto es para t-…
— ¡Sh!— lo cortó Louis, tapando su boca con una de sus manos blancas. El chico frunció el ceño, incomprendido— ¿No podías venir a otra hora del día?— Nathaniel abrió y cerró la boca, inclinando la caja sobre sus brazos sin saber que otra cosa decir.
— Para ti. ¿Puedes firmar?— murmuró.
— Lo haré, y quiero que salgas corriendo de aquí una vez lo haga— tomó el paquete lo más silenciosamente. Con su otra mano firmó un garabato— Sal de mi campo de visión— Y cerró la puerta.
— ¡¿Quien era?!— interrogó Grace desde el baño de su habitación.
— ¡Testigos de Jehová!— caminaba con rapidez, y nuevamente al tocar el primer escalón en huida hasta su habitación, la voz de la Omega mayor lo detuvo.
— ¿Qué traes ahí?— aún con el cabello enrollado en una toalla sobre su cabeza, descalza y vestida con vestido azul pastel, tenía los brazos en jarra observando a su hijo a un lado de las escaleras.
— S-son… biblias. Las llevaré a mi habitación para… donarlas mañana.
— Oh, está bien— sin cuestionar más, se dio la vuelta y regresó a su habitación en busca de zapatos.
Louis exhaló todo el aire retenido, subiendo cada escalón perezosamente. La maldita caja no era para nada liviana, y terminó lanzándola sin tanta fuerza al colchón. Buscó una tijera entre sus útiles escolares y descubrió el porqué del peso de la caja.
Lencería y una cámara instantánea.
Se quedó de pie allí unos segundos, con el aire atorado en sus pulmones y el calor subiendo por su cuello. Se sentó a un lado de la caja y examinó las prendas vulgares… y sensuales.
Rosa, negro, púrpura, vino tinto. Y un color beige casi tan igual al de su piel. Por supuesto, con aquello puesto a una distancia no tan cerca podría aparentar su desnudez. La cámara instantánea seguramente vendría de Norte América.
Quiso tomar una primera foto, pero estaba con ropa maloliente, su cabello era un desastre y ni hablar de su rostro aún pálido.
El plan fue poner cada prenda sobre la cama, buscar un bonito bálsamo labial y rubor. Dejaría que su cabello se seque y despediría a su madre con una bata de baño puesta.
Culminado el plan, bajó las escaleras con las pestañas aún húmedas al igual que su cabello. Grace rebuscaba en su bolso de mano con el ceño fruncido— ¿Estás seguro de que no quieres ir?
— No te preocupes por mi. Cenaré algo y jugaré cartas antes de dormir. Mi día ha finalizado— se acercó hasta ella para besar su mejilla— Te ves muy bella.
— Gracias, cachorro. No te duermas tarde, por favor.
— Y tú no bebas de más— se cruzó de brazos en camino hasta la puerta.
— Tranquilízate, debo trabajar mañana. No voy a enloquecerme— Louis negó con la cabeza rodando los ojos, y sin poder resistirse le besó la pequeña nariz. Salió de la vivienda y cerró la puerta.
Louis subió hasta su habitación, aún sin mirar lo que había dejado sobre la cama. Espió por la ventana al auto de su madre, hasta que cruzó la esquina y desapareció.
El show podía dar inicio.
Bajó a la primera planta de nuevo, hurgando entre el montón de discos que habían guardados. Connie Francis no estaba mal para la ocasión. Subió el volumen apenas la primera canción se oyó y pudo regresar a su habitación más ambientado.
Probó primeramente con el negro. Le quedaba justo en su talla. Había pensado en no tomar ninguna foto en el espejo que mostrara su cuerpo completo. Eso no se vería tan sofisticado. La mayoría resultaron a modo de selfie, mostrando su pecho y abdomen, otras fueron simplemente sus muslos con la tela delgada encima.
Exactamente no sabía cómo capturar sus glúteos y agregarlos a la pila de fotos que yacían sobre una butaca.
El rosa se le veía extraño, aunque adorable. Además le quedaba un poco grande. Vino tinto y púrpura estaban a la perfección como el negro. Y el beige… simplemente le iluminó la mente.
Dejó atrás la lencería, dejando su cuerpo al desnudo, ya bastante cómodo al estar así. De rodillas y con la cámara sobre el colchón, tuvo una excelente toma de sus pezones delicados. Y ya que no tuvo suficiente con eso, los pellizcó hasta que se endurecieron, presionando el botón unas cuentas veces. Regresó a la cama sentado para fotografiar desde su vientre hasta sus clavículas.
Quizás si se arrodillaba frente al espejo, alzaba su trasero con el pecho al suelo, quedaría en una buena pose para lucir sus glúteos. Lo hizo; y no fue necesario mostrar el rostro o brazos, ya que sólo se apreciaba el final de su abdomen, trasero y piernas.
La sesión fotográfica estaba finalizada.
Ya con el pijama puesto, escogió las fotos más sexis según él. Las de negro, y vino tinto, y por supuesto que todas al desnudo. Buscó en sus cajones un sobre, donde guardó las fotografías que algún día le enviaría al señor Styles.
Ese día no estaba tan lejos.
(…)
Día 7
Grace había llegado a casa de madrugada, sobria pero tremendamente agotada. La mujer en gestación a la que se le había celebrado anoche trabajaba en el mismo edificio que el de su madre. Por lo tanto si llegaba al trabajo al mediodía no sería tanto problema. El señor Styles no era un grano en el culo como jefe.
Madre e hijo disfrutaron el desayuno juntos, compartiendo un poco de tiempo juntos al rededor de tanto ajetreo. Para la Omega no había sido sencillo mantener una quinta en pie con un cachorro dentro de ella. Y hasta el día de hoy lo había logrado, Louis comprendía el sacrificio, ella debía estar trabajando para así darle la buena vida que merecía.
De todos modos no se quejaba estando solo, no era precisamente un niño ya y el tiempo a solas siempre era bien gastado como el adolescente que era. Exactamente uno ingenuo en algunas ocasiones, inseguro e ilusionado.
Pero como su madre decía; de los golpes se aprendía, y no había más que hacer.
— Oye, sabes que ayer mientras me ejercitaba, me encontré con Nora.
— Hum.
— Me dijo que hoy habrá una fiesta por la noche… y me pidió que la acompañara.
— ¿Dónde?— mordió su tostada, dejando atrás su intento de delineado perfecto.
— Casa de Malcolm. Nos llevará el hermano de Nora, y nos traerá de vuelta, por si eso es lo que te preocupa.
— No conozco a ese tal Malcolm— arrugó la frente soplando su taza de té.
— Si lo conoces, sólo que no lo recuerdas. No es malo, estaremos bien. Te llamaré si eso te tranquiliza un poco.
— Ni se te ocurra aceptar drogas, Louis William. ¿Me oyes?
Y el menor no pudo evitar dejar ir una corta carcajada— Iré a charlar y bailar, y sentirme bien. Drogarse es para dormirse en un sillón y dar vergüenza— masculló hipócritamente.
— No olvides el gas pimienta. Te quiero aquí antes del amanecer— apuntó con seriedad hacia el castaño con su lápiz labial.
— Seguro.
La mujer partió al mediodía, y Louis aprovechó para que le diera un aventón hasta la piscina privada donde tomaba sus clases. Decidió usar uno de sus bañadores nuevos, sintiéndose más seguro de sí mismo que días anteriores.
Pudo lucirse en el agua, sin sufrir demasiado. Y ya al terminar, al salir a la calle, descubrió al hombre de sus sueños allí; esperándolo.
Esta vez en una camioneta, vestido un poco más elegante sin gafas de sol— Sube, cariño.
Louis lo hizo, con una estúpida sonrisa y sus manos sudando. Sin abrocharse el cinturón y el auto encendido, pudo echarse a los brazos del rizado, encantado y hambriento repentinamente de esos rellenos labios rosas.
Harry correspondió cada picoteo, sabiendo que Louis aún no se atrevía a descubrir las maravillas que podían hacer sus lenguas juntas. Le daría tiempo para hacerlo, y por el momento humedecería sus labios y los pegaría con los mas delgados pero desgraciadamente suaves de Louis.
Gruñía por el Omega de personalidad atrevida y a su vez tímida.
Apretó sus gentiles caderas en todo momento, bebiendo de su olor cautivador, sintiendo sus cabellos húmedos hacerse costillas en las mejillas. Y cuando fue suficiente, o no realmente, se separaron.
— ¿Que tal te fue?
— Muy normal. Me gusta nadar, así que no es complicado. ¿De nuevo querías ver a tu ‘adonis’?
— Siempre quiero hacerlo— se sinceró, grabando cada detalle del rostro más joven. Su nariz pequeña e iris como el cielo; el único al que quería ir.
Louis se acomodó en el regazo acogedor, abrazando los hombros anchos con uno de sus brazos y con el otro ocupado, acariciando la mandíbula con la yema de sus dedos— Te ves bien hoy— balbuceó sonrojado.
— Sí, bueno. Aunque jamás lograré alcanzarte en términos de belleza— bufó con decepción fingida, alegremente recibiendo un besito— ¿Qué tal el obsequio de ayer?
Al instante el rostro de Louis se pintó de rojo, tragando saliva más difícil de lo que era. Mordió su labio dejando de observar los iris contrarios, dándole al mayor la confirmación de que le había agradado.
— ¿Te quedaron bien todos?
Su tono había cambiado de un momento a otro, haciendo sentir al menor su cuello caliente de pura presión y timidez. Asintió inseguro— El rosa me quedó un poco grande. Pero los demás estaban bien… Y-y tomé muchas fotos.
— Oh— como si aquello no hubiera sido su propósito. Louis iba a chillar deseoso en cuanto el magnate besó su hombro y cuello, quejándose en su tierna oreja— Me alegra que te hayan quedado bien.
— ¿Quieres verlas?— con el peso de su respiración, sobó una de sus manos sudadas en su muslo, haciendo un intento por calmar su metabolismo. Sería una vergüenza si el Alfa alcanzaba a olfatear las gotas que empezaban a bajarle.
— Sólo si me lo permites— Louis asintió eufórico, cerrando sus ojos ante el masaje en su vientre que le regalaba el Alfa.
— Llévame a casa— fue una orden en ronroneo, acompañada de un último beso antes de devolverse a su asiento, inhalando profundamente, enfriando su cuerpo tibio.
No compartieron tantas palabras durante el camino. El corazón de Louis jamás dejó de latir rápidamente, queriendo saltar sobre el Alfa, exactamente no sabía que podía decirle, ya que Louis sólo deseaba que lo comiera de pies a cabeza. Ser suyo.
En cuanto llegaron frente a la vivienda, el Alfa estuvo indeciso en entrar, creyendo que podría ser indebido estar presente en un hogar ajeno sin la autorización de la Omega dueña.
— Ella no está, así que quien manda aquí soy yo por ahora. Sube conmigo— suplicó tomando el fuerte brazo del hombre, por poco arrastrándolo. Y por fin cedió, siguiendo al adolescente hasta la habitación de este.
Louis lo instaló en la cama, sentado. Ciertamente ya no le importaba lo que sucediera, porque tenía al ser supremo en su habitación y no gustaba negarle algo. Dejó su bolso en una butaca con una pequeña sonrisa sin poder eliminar. Deseaba tantas cosas en ese momento. Parecía ser perfecto.
En cuanto a Harry, se desmayaría complacido con las fuertes ráfagas del olor a Omega; por todos lados. A Louis, tan ligero y dulce, provocativo. Las paredes eran de un rosa pastel, con la cama matrimonial cubierta por edredones blancos, tenía un espejo de cuerpo completo y objetos de uso personal en un mueble. Revistas, un tocadiscos, y muchas más pertenencias de un típico joven.
Distraído, sintió un peso tibio subir a sus piernas, y por instinto lo atrajo con sus grandes manos en las caderas— Para ti…— tenía en su pequeña mano un sobre amarillo, visiblemente lleno. Lo tomó con cuidado, dejando al menor besarle la mandíbula en tanto se pensaba revisar el contenido del sobre ahí mismo o esperar a llegar a casa y hacerlo más personal.
Sin embargo ese preciso momento no era del todo malo, así que abrió el sobre y dejó caer las fotografías sobre el colchón. Sus ojos se oscurecieron en cuestión de segundos, yendo de una foto en otra.
Los gruesos muslos del Omega adornados con la tela negra. El pecho cubierto con un sujetador púrpura. En otras su curvilínea espalda con prendas vino tinto. Y oh, cristo. Se había atrevido a mostrar su celestial desnudez.
Su agarre se apretó en la cintura ajena, sin controlar un posesivo gruñido, con Louis besándolo detrás de su oreja como un gatito juguetón. El peso de sus glúteos se sentía tan delicioso, rodeando de su aroma, con la sangre caliente llenando por completo su erección, haciéndolo perder la cabeza.
Louis había mostrado sus protuberancias, pezones comestibles y erizados por él mismo. Su vientre levemente abultado y su lindo miembro erguido. Sintió el palpitar enloquecedor en su nudo con sus iris negros puestos en el redondo y donado trasero, mostrando su chiquita y virginal abertura. Sin dudas Louis había estado jugando consigo mismo la noche anterior, ya que la foto en particular lo delataba por el brilloso líquido que escurría por su botón exquisito.
El Omega terminó de tumbar su torso al colchón, tomando asiento en la carpa que adornaba sus pantalones de etiqueta. Lo escuchó jadear bajito, con los ojos brillosos e ilusionados.
— ¿Te gustó lo que viste?
Estaba controlando su ser interior de una manera anormal, con sus músculos tensos y sus cuerdas bucales sin tener ninguno de sus gruñidos satisfactorios.
— Ven aquí— iba a morir si no bebía de la suave boca del joven, con una de sus manos en su nuca, atrayéndolo hasta sus labios. Y el menor correspondió en todo momento, sumiso dejando al Alfa lamer su lengua y paladar, tomándose toda la saliva ajena como un moribundo sediento.
Y Louis también quería colaborar, con el rico palpitar de la hombría del Alfa bajo su trasero, se balanceó hacia adelante y hacia atrás con lentitud, alegre con los gruñidos que el dueño dejaba ir en medio de las mordidas de labios y chasquidos babosos. El cosquilleo en su vientre se hacía más intenso, con su entrada abundantemente húmeda rogando por el bulto con el que se sobaba.
El agarre de Harry era casi violento, probablemente dejándole recuerdos violáceos en su piel. Louis jamás contuvo ningún gimoteo, acalorado con los labios hinchados y su intimidad mojando los pantalones del empresario, sintiendo una grandiosa satisfacción al presionarse con la hombría del mayor; y esperaba sentir más o podría alcanzar a sollozar.
Agradeció a miles de santos cuando fue arrojado a la cama con un giro, ahora estando abajo, separando las piernas por inercia. El Alfa ahora tenía otro objetivo y era su cuello, sintiéndose tembloroso por los puntiagudos caninos que raspaban su tierna piel, seguramente dejándole rastros de sangre. Las manos del rizado ya no estaban en su pequeña cintura, encajadas en un mejor lugar haciéndolo retorcerse.
Una en su mama derecha, apretando el dulce pezón tan deliciosamente adolorido. La otra tomaba uno de sus glúteos con verdadera fuerza, acercando sus dedos hasta entre sus mejillas, tanteando la humedad sobre la ropa ligera, robándole a Louis un glorioso grito al presionar su índice y corazón en la flor mojada.
Quejándose por obtener más, el castaño subió su camisa hasta quitársela, exhibiendo sus inexplorados pechos pequeños. Sin decirlo en voz alta, tenía el gran deseo de alimentar a ese enorme Alfa sobre él.
Harry se detuvo de repente, ante un nuevo, dulzón y desconocido aroma. No era lubricante, pero era algo que lo llamaba a gritos, sintiendo su lengua seca y su Alfa rugir por consumirlo.
Alzó su cabeza dejando atrás los chupetones en el vientre del menor, descubriendo las dos fuentes vírgenes y repletas de alimento para su Alfa excitado. Podría arrodillarse clamando por obtener una sola gota, como un cristiano pidiendo por agua bendita.
— Déjame, por favor. Amor mío, déjame beberlo… por favor— Louis puchereó al oír la desesperada y ronca voz del hombre, con las manos a sus costados y ambas narices rozándose.
Asintió. Una y otra vez— S-Sí, sí. Hazlo, querido.
Y demonios, no tenía idea de cómo se sentiría, pero era lo más grandioso que había sentido a lo largo de su vida, completamente asegurado.
Su goteante pezón fue lamido suavemente un par de veces, sintiéndolas como corrientes eléctricas atrayendo más su orgasmo. Su Omega ronroneaba complacido, acunando al poderoso Alfa en su pecho. Y de pronto el rizado chupó, al principio siendo cuidadoso, oyéndolo gruñir de satisfacción, contento y domado.
Louis incontrolablemente gimió, con sus dedos en los rizos largos del Alfa, no queriendo que se alejase de su pecho. Lo sentía tan bien ahí, succionando cada segundo con más desesperación. Su pequeño miembro dolía, haciéndolo jadear con desesperación, y fue una señal para el Alfa, que con su mano anillada se encargó del estrés de su pequeño.
Se escabulló por los pantalones del joven, acariciando el falo caliente causándole gemidos tan ruidosos al dueño. Cerró su puño, y sin ser brusco subió y bajó tantas veces enloqueciendo al adolescente, que se arqueaba con los ojos cerrados. Harry frunció el ceño y gruñó insatisfecho al dejar de obtener líquido en el pezón usado, teniendo que tomar el derecho para acabar de saciar su sed.
Louis, sudado y al borde del muelle, se dejó caer al agua orgasmica, manchando su vientre y dedos del rizado canoso. Podría dejar salir su alma por los fuertes y últimos gimoteos, no logrando cerrar la boca, siendo una gran necesidad jadear hasta derramar la última gota de su esencia.
Y definitivamente quedó acabado sobre el edredón, con los pezones malditamente sensibles al igual que su miembro precoz. Sin una gota más llenando sus pechos, y con el Alfa de sus sueños totalmente saciado.
Su Omega se pavoneó internamente. Atrajo al hombre hasta su hombro con el instinto de besarlo por todo el rostro y mayormente en los labios. Cómo si de un cachorro enorme se tratase. El cual seguía ronroneando posesivamente sin soltar las cintura del castaño, visiblemente adormilado.
— Mío.
No había sido el Alfa quien murmuró aquello, sino el Omega, reclamando al adulto, esparciendo su olor por cada esquina de su cuerpo. Harry no lo contradijo, intentando cubrir el pequeño cuerpo en protección.