#1
Hora de regresar.
Dana Bennett y Liam Carter eran una joven pareja que vivía en Europa. Cuando se conocieron ambos tenían 19 años y estudiaban para ser médicos. Ella era una chica hermosa, delgada, alta, de piel blanca y ojos verdes. Era extrovertida, sociable y agradable. Él era atractivo, alto, fornido, de piel blanca, castaño y ojos cafés. Era introvertido, serio y no le gustaba mucho relacionarse con nadie. A pesar de sus diferencias, se gustaron al instante de verse, y posteriormente se enamoraron.
A los 3 años de relación, justo en la graduación de la universidad, Liam le propuso matrimonio a Dana porque quería compartir el resto de su vida a su lado. Dana aceptó la propuesta con total alegría y emoción. Ella también quería estar con su amado por el resto de la eternidad.
A los pocos meses se casarían, pero mientras eso ocurría, fueron buscando un lugar en donde vivir una vez que estuviesen casados. Su plan a futuro era formar una hermosa familia, querían tener hijos y mascotas, así que necesitaban una casa amplia para que cada quien tuviera su propio espacio, y un jardín amplio en donde pudieran jugar sin problemas. De tanto buscar, al fin encontraron una casa que se adaptaba perfecto para todo lo que necesitaban, y lo mejor de todo: A las afueras de la ciudad.
El día tan esperado llegó. Todo estaba listo: La iglesia, el cura, los padrinos, los invitados, el salón de fiestas, la comida, la música… Sólo faltaba algo, mejor dicho: alguien; la novia. Dana no llegaba a la iglesia, algo que hizo preocupar a Liam, quien le llamó varias veces, pero ella no respondía. No sabía qué pasaba con su prometida, y empezó a preocuparse. Entonces recibió una llamada. Sin dar explicaciones, salió corriendo de la iglesia y llegó tan rápido como pudo hasta su auto. Con angustia, miedo y lágrimas en los ojos, manejó por las carreteras, estaba tan nervioso que casi chocaba contra otros autos.
Llegó a un hospital, preguntando desesperadamente por su prometida, quien había sido ingresada de urgencia debido a un accidente automovilístico. Nadie le daba respuesta alguna, lo que lo hacía desesperar más. Un doctor se le acercó y le preguntó si era familiar de Dana Bennet, a lo que Liam respondió que era su prometida.
—Hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance, pero lamentablemente no pudimos hacer nada. Lo siento.
Esas palabras fueron las peores que Liam había escuchado en toda su corta vida. No podía creerlo, simplemente no quería creerlo. Corrió a urgencias, en donde por medio de una cortina que estaba entre abierta, miró en una cama a su joven y hermosa prometida, aun con su vestido blanco de novia puesto, pero manchado casi por completo de sangre. Se arrodilló en el suelo y tomó su mano. Llorando le pedía que regresara, que no lo dejara, que era su boda, que ella no podía morir, ella no.
—¡No me dejes solo, mi amor! —pedía llorando—. ¡¡Quédate eternamente a mi lado, Dana!! —no importaba qué dijera o cuento llorara; Dana estaba muerta.
Meses después, Liam, aun con el dolor de haber perdido al amor de su vida, se fue a vivir a la casa en la que pensaba compartir con ella. Día con día iba a llevarle flores a su tumba, sin falta. Le prometió que la amaría eternamente, que jamás se enamoraría de otra mujer que no fuera ella, porque como ella no existía ni existirá nunca alguien igual.
—Algún día volveremos a estar juntos, Dana. Yo me encargaré de que regreses y seremos felices juntos, tal como siempre lo planeamos. Es una promesa —decía frente a su tumba.
Con el pasar de los años, Liam logró convertirse en un médico exitoso, de los mejores de su país. Pero desde que Dana falleció, él se volvió una persona fría, amargada y reservada. Aún visitaba la tumba de Dana y, aunque ya habían pasado bastantes años, Liam seguía enamorado de ella.
Liam había salido con varias mujeres, pero nunca algo formal. Hasta que conoció a Valentina Scott, una reconocida médico. Se hicieron muy amigos, pero con el tiempo las cosas fueron tomando otro rumbo. Valentina era una mujer hermosa, alegre, positiva y llena de vida. Gracias a su encantadora personalidad, Liam volvía a recuperar la alegría, dejó la tristeza, la amargura y la soledad a un lado. Con el tiempo se hicieron pareja. Tan solo en 5 meses de relación, Liam decidió que ya era tiempo de dar el segundo paso.
—¿Te quieres casar conmigo? —dijo acondicionado ante ella y con un anillo.
—¿No crees que esto es algo apresurado, Liam?
—Yo estoy seguro de que te amo y de que te necesito, Valentina.
—Yo también te amo y también te necesito, Liam. Sí me quiero casar contigo.
Su boda fue perfecta: Llena de arreglos de flores por doquier. Un pastel de 5 pisos, lleno de detalles hermosos. Con música lenta, ideal para bailar con tu ser amado. Fue el sueño de cualquier pareja enamorada.
Después de la luna de miel, Liam llevó a su ahora esposa a la casa que había comprado hace años con Dana. Luego de años de vivir ahí, años de soledad y tristeza, al fin tenía a alguien con quien compartirla; una mujer viva.
Después de 6 meses de vivir en aquella casa, las cosas se pusieron muy raras, al menos sí para Valentina… Primero se escucharon pasos, luego murmullos y golpes. Se caían las cosas sin explicación alguna, desaparecían objetos o se movían de lugar. Se abrían las puertas y ventanas. Se abrían o se cerraban por sí solos los grifos de la casa. Todo esto cuando Valentina estaba sola. Valentina le contó todo a su esposo, pero él sólo le decía que era producto de su imaginación. Valentina era una mujer de ciencia, escéptica a todo lo paranormal y espiritual, pero desde que comenzó a experimentar este tipo de situaciones, sus pensamientos cambiaron totalmente. No sabía exactamente qué era, pero sabía que algo no estaba bien en esa casa. Aun así quiso hacerse creer a sí misma que no era nada, que tal vez su esposo tenía razón y sólo era producto de su imaginación.
La carrera de medicina es muy agotadora, hay noches que no duermo bien por quedarme hasta tarde atendiendo pacientes. Quizá es eso. Sí, quizá solo son alucinaciones mías. Necesito descansar más.
Pero esos pensamientos se esfumaron cuando ya no solo eran objetos cayéndose, desapareciendo o moviéndose, o puertas y ventanas que se cerraban y abrían solas. Ahora veía una sombra, una sombra que no importaba si era de día o de noche, igual aparecía.
—Todo está en la mente, carajo. Todo está en la mente —repetía Valentina una y otra vez con los ojos cerrados, cada que la sombra aparecía justo en el marco de la puerta de su dormitorio. Pero ella sabía que no era así, sabía que algo no estaba bien.
—Vengo cansado del trabajo, y tú todavía con tus estúpidas historias de fantasmas. ¡Ya te dije que esas mierdas no existen! —le decía Liam con cierto enojo cada que Valentina le contaba lo que sucedía.
Los meses pasaban, y Valentina no dejaba de escuchar y presenciar todo lo que ocurría en su casa, tampoco dejaba de ver aquella extraña silueta, que cada vez aparecía con mayor frecuencia. Ella ya estaba harta, quería salir pronto de esa casa, pero Liam seguía en negación, por alguna razón él no quería irse de aquel lugar.
Un día, Valentina no lo soportó más, así que metió todas sus cosas en una maleta. Estaba totalmente decidida a irse a casa de su madre. Cuando estaba a punto de salir de la habitación, la puerta se cerró de golpe. Valentina intentó abrirla, pero esta estaba trabada. La golpeó varias veces, pero era inútil, no había nadie en la casa... o al menos no alguien vivo. De repente todo en la habitación empezó a caerse, cada objeto, cada cuadro de fotos, todo.
—¡¡Ya déjame en paz!! ¡¡Yo no te hice nada, mierda!! —le gritó desesperada.
—Te casaste con el hombre que amo y te viniste a vivir a mi casa. ¿Te parece poco?
Con mucho miedo y las piernas temblando, Valentina giró lentamente, encontrándose así con una imagen escalofriante: una mujer joven de cabello negro y largo, con un vestido de novia puesto y completamente manchado de sangre, su piel era entre verde y amarilla y sus ojos daban escalofríos solo de verlos, esa mujer miraba a Valentina con odio, como nunca antes nadie la habia mirado. Valentina iba a correr y saltar por la ventana, no le importaba que estuviera en el segundo piso, ella solo quería huir de ahí. Pero la mujer se lo impidió, tomándola del cuello y levantándola del suelo con una fuerza descomunal.
—¡Ahora vas a morir!
Valentina se estaba quedando sin aire, cada vez le era más difícil respirar. Entonces la puerta se abrió de golpe.
—Dana… —dijo Liam.
—Al fin vamos a estar juntos, mi amor —le sonrió—. Como la promesa que me hiciste —decía sin soltar el cuello de Valentina.
—Te prometo que vamos a estar juntos, pero suéltala.
Dana la soltó, provocando que Valentina cayera al suelo. Se tocaba la garganta mientras tosía y recuperaba aire. Dana se desvaneció y con ella se fue la vibra que se sentía en aquella habitación.
—Vámonos, Liam, ¡por favor vámonos de esta casa de mierda —Valentina tomó la mano de su esposo y comenzó a correr, jalandolo hasta la salida. Se subieron al auto, Liam en el asiento de conductor y Valentina en el del copiloto—. Podemos ir a casa de mi mamá, ella nos recibirá, te lo aseguro —decía apurada. Liam se quedó inmóvil, solo viendo por el parabrisas—. Liam, ¡date prisa! ¡Debemos irnos de aquí ya!
—Valentina —la miro a lo ojos—, en los últimos años tuve muchas novias, pero ninguna le agradó a Dana tanto como tú.
Valentina se quedó confundida. Liam continuó.
—Perdoname, yo te amo a ti también, pero ella es el amor de mi vida.
Valentina, asustada, trató de salir del vehículo, pero unas manos frías y verdes la agarraron por detrás del cuello: era Dana, quien con una voz escalofriante, le dijo al oído:
—Llegó la hora de regresar.