Cap. 1 El encuentro con La Tienda Ambulante

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Sinopsis

¿Existen las brujas? Hasta ese momento era una pregunta que la joven Genevieve siempre se hacía; sin embargo, la llegada de los Kent al pueblo alterará todo su mundo y la adentrará en un mundo de aventuras, sociedades secretas y misterios.

Genero:
Adventure/Mystery
Autor/a:
LaPluma
Estado:
En proceso
Capítulos:
4
Rating
5.0 2 reseñas
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

“Todo pasa porque tiene que suceder y cuando sucede ya nada vuelve a ser como era antes”.

Patrick Carter, buscaba en su radio una emisora cuando salió la voz exaltada de un hombre diciendo: «¡En Castor Blake, acaban de ver a una sirena! Es el quinto avistamiento de estas criaturas míticas en un mes». Cambio la emisora y llegó a una con música country, un poco de aquel ritmo le vendría bien en su ruta, ya que era camionero del aserradero y transportaba enormes troncos hacia los puntos que le pidiesen.

Hasta ese momento Patrick consideraba que tenía una vida común, sencilla y sin sobresaltos, había sido bendecido con una bella esposa a la que adoraba y una hija, su pequeña luz en medio de la oscuridad… Ah, y olvidaba a su perro, tenía un pequeño labrador color negro. Su vida era buena y se sentía agradecido por eso, aunque siempre esperaba conseguir algo más, porque él daba para más. Lo que Patrick ignoraba era que sus deseos iban pronto hacerse realidad.

El viaje le resultaba tedioso para eso del medio día, revisaba por el retrovisor la carga y todo estaba bien. Era un viaje común de traslados de troncos y él era una persona común que en esos momentos tenía hambre y cuando vio el parador de Mamá Rose, decidió recargar fuerzas.

Todo camionero o viajero tenía la opción del comedor de «Mamá Rose», era el sitio ideal para comer un desayuno, almuerzo, pan recién salido del horno, café o chocolate caliente. Cuando bajó del auto comenzó a llover, tuvo que cubrir la carga con la pesada lona, además de que eso volvía los caminos resbaladizos y peligrosos, cuando pasó por la puerta se escuchó la tradicional campanilla, todos alzaron la mirada, era costumbre ver quién entraba y algunos lo saludaron, pues eran amigos o conocidos de ruta; allí convergían camioneros o gente de paso. Tomó una mesa y mamá Rose llegó a él, era una anciana que usaba el cabello rosado, un uniforme de mesera rosado y que tenía buen cuerpo para sus años, los lentes que usaba tenían forma de ojos de gato.

—Hola, guapo, ¿qué te sirves?

—Un desayuno-almuerzo, café y pie de manzana… Y si tienes pan relleno alístame uno de queso, jamón, carne y pollo.

—Tú mandas, nene.

Necesitaba algo caliente y comida, otra camarera le sirvió el café en un jarro, esta era joven y bonita, pero muy callada. Mamá Rose llegó con un gran plato de papas fritas, un filete jugoso, 2 huevos, tocino y ensalada de col. Se veía buenísimo y cuando tomó los cubiertos se escuchó el timbre, alzó la mirada por costumbre y vio… Rayos, no supo si era real o una locura: lo que entró fue un sujeto, alto y corpulento, su ropa consistía en una gabardina vieja llena de todo tipo de artilugios como llaveros, prendedores, anzuelos; eran tantos que sonaban al caminar y su sombrero de ala ancha estaba igual, lleno de cosas raras y cargaba un saco enorme, era una especie de ropavejero, miró a todos lados y muchos se incomodaron, nadie quería algo como él en su mesa, su barba era espesa y se veía cansado del camino.

Su mesa tenía espacio, ni como disimular, y el sujeto fue directo a él y con voz ronca preguntó:

—¿Puedo?

—Cla… claro.

El sujeto se sentó e hizo un sonido de pesar al quitarse el saco de encima, por lo que supuso que pesaba lo suyo y miró su plato muy interesado y comentó:

—Se ve bueno.

Mamá Rose salió y lo miró como si fuera un bicho y le dijo:

—¿Tienes dinero? Porque incomodas a mis clientes.

El sujeto se hurgó los bolsillos y dijo:

—Sé que tengo dinero… Lo sé.

—Vete, no molestes —dijo ella de mal humor.

—Hoy no es mi día… —murmuró él.

Patrick entonces le dijo a Mamá Rose:

—Descuida, yo lo invito.

Al sujeto se le iluminó el rostro y dijo contento.

—Bendito seas, quiero lo mismo que él, pero al doble —sonrió.

—Está bien.

Se retiró murmurando. El sujeto miró a Patrick curioso y Patrick otro tanto y le dijo:

—No siempre se encuentra en los caminos alguien generoso que le da de comer a uno.

Patrick, interesado en su oficio, le preguntó.

—¿Qué se supone que eres tú?

—Soy una tienda ambulante —dijo con orgullo—, tengo todo lo que alguien puede necesitar… Desde papel higiénico, hasta pasta dental, pilas, cargadores de teléfono, muñecos, llaveros, anzuelos, linternas… De todo.

—Oh, muy completo.

—Uno nunca sabe lo que pueden necesitar las personas, un día un tipo necesitaba con urgencia papel higiénico y pagó bastante por él.

Patrick sonrió, le cayó bien el tipo, no era un salvaje como se veía, hasta tenía modos educados. Le trajeron el abundante plato y el sujeto comentó:

—Me quedará para llevar…

Lo vio comer con ganas y él le dijo:

—Parece que no hubieras comido en días.

—Hay días buenos y malos, hoy es un día excelente —entonces como si recordara algo le comentó—, tengo algo especial para ti…

Inmediatamente Patrick lo detuvo.

—Descuida… No es necesario.

—Claro que sí… —hurgó en su bolso y sacó una caja larga—. ¿Tienes hijos?

—Una nena… Se llama Genevieve.

—Entonces esto es para ella.

Le dio la caja y cuando la abrió quedó sorprendido, ante sus ojos azules estaba un dije en forma de gota de color rojo, con un colgante de fino material y solo pudo decir:

—Es… hermoso —lo miró—, pero no puedo aceptarlo.

—Claro que puedes… Tienes buen corazón, nadie me da comida… —se metía un gran bocado en la boca—, es… tiuyo…. Tuyo.

—Esto vale más que un almuerzo desayuno.

—La generosidad no tiene precio.

No sabía qué decir y cuando miró por el ventanal de cristal llovía con más ganas, faltaba una hora para llegar a Monte Blair, tenía que andarse con cuidado con la carga de madera que llevaba.

—Gracias, por el obsequio, mi hija me ha estado pidiendo uno de estos…

—Es un placer… —dijo mirando por el ventanal—, tengo que ir a Monte Blair y llueve.

Patrick preguntó curioso.

—¿Qué vas a hacer a Monte Blair?

—Es temporada de fiestas, tengo chucherías, fuegos artificiales.

Patrick se rio al escuchar aquello, parecía una tienda con pies, cuando terminó pagó y recibió sus panes envueltos y vio al sujeto metiendo en un recipiente lo que le sobraba.

La lluvia había amainado y solo pensó en irse cuanto antes, entonces vio al sujeto colocarse el pesado saco, ni lo pensó mucho y de repente se escuchó decir.

—Voy a Monte Blair, te puedo llevar.

Al sujeto se le iluminó el rostro de nuevo y se subió al camión:

—Te has convertido en mi ángel salvador.

Patrick sonrió, no se veía como un ángel, solo era un tipo que trataba de hacer lo correcto. Cuando divisaron Monte Blair, el sujeto le dijo:

—Me llamo Jack.

—Patrick Carter

—Eres un buen hombre Patrick Carter, por eso quiero darte algo especial.

—Oye, no lo hago por algo a cambio…

Lo vio hurgar en el bolso y lo vio rebuscar hasta que dio con lo que tanto buscaba y sacó una pequeña caja de terciopelo, la contempló un instante parecía que le traía recuerdos, entonces sacudió su cabeza y fijo sus ojos grises en Patrick y aclaró su garganta con nerviosismo.

—Lo sé; pero, siempre premio la hospitalidad, nadie desea tratos con un vagabundo cuya profesión es vender chucherías —la pequeña caja parecía una pulga en su mano y se la dio—, es para ti.

—Ya te dije que…

—Solo tómala, es un misterio, ¿te gustan los misterios? —vio su desconcierto— Pues, esta pieza tiene uno y cuando encuentres la otra parte, descubrirás algo sorprendente que cambiará tu vida para siempre.

Eso sonaba a locura.

—¿Es en serio?

—Sí, es un reto para ti…

Entraban en ese momento a Monte Blair, la imagen de la vicealcaldesa Olimpia Hunt, toda bien puesta con su estilo tipo ejecutivo, les daba la bienvenida, las primeras casas pasaban y Jack le indicó:

—Me quedo aquí… Fue un placer, espero puedas resolver el misterio.

—Ok.

Miró la cajita con curiosidad y pensó que sería muy tonto creer que algo tan pequeño cambiara la vida de una persona para siempre. Aún le faltaba terminar su ruta y entregar la carga que llevaba, hacer el papeleo de entrega y cobrar su paga y que le asignaran su nuevo trabajo y así era la vida de un hombre común.


Justo en el lado oeste de Monte Blair, en la calle Setos y Girasoles, se alzaba una casa de dos pisos con un árbol de Cercis todavía mozo, sus hermosas hojas rosadas daban una alegre bienvenida, ese era el hogar de Genevieve Carter.


Genevieve era una niña de once años, y era lo que muchos llamaban socialmente un cero, su único bien preciado era su cachorro labrador negro que se llamaba Scotland Yard, sí, ese era su nombre, por alguna razón ella creyó que le daría prestancia y valor a su perro.

La pequeña era espigada, muy ágil, de ojos azules y cabello negro sedoso que siempre recogía en cola, le encantaba la lectura y seguir el portal #Todoloquedebesaber, que era un portal creado por el matemático del pueblo, el profesor Raves, creador del juego el tesoro de Monte Blair que siempre se jugaba en los días de fundación y consistía en resolver acertijos e ir recolectando pistas, el que más pistas resueltas tenía, ganaba el cofre del tesoro, que era una gran caja de cristal con toda clase de obsequios que los adinerados del pueblo, dueños de negocios, vecinos o cualquiera hubiera donado.

Ella tonteaba con jugar y ganar, aunque era muy difícil. Del lado derecho vivía su primo Raúl, Raulito así le decían y del otro lado su pequeño vecino de 7 años, Tomás.

Después venía la casa de la señora Bruguez, una venerable anciana, muy imaginativa y que cuando cuidaba de ella le hablaba de sociedades secretas y misterios, tenía de mascota una gata añosa llamada Caramelo.

La vida de Genevieve era muy sencilla, a veces carente de cosas; pero, el amor que tenía su familia valía por dos. Esa tarde había sido lluviosa y no había podido disfrutar de andar corriendo en el parque junto a sus amigos, bueno, no es que tuviera muchos, es decir, su primo le hablaba y fuera de él, su primo le hablaba… No tenía amigas entrañables, ni a nadie especial y en días de lluvia parecía todo más notorio y en esos momentos una buena lectura suplía carencias.

Su madre Jane estaba terminando la cena, para ese día, sabía que su esposo llegaría en cualquier momento y esperaba recibirlo como se debe.

—Genevieve ven a ayudarme.

—¡Ya voy!

Se escuchó su voz alta y clara.

—Quiero ver cómo resuelve la chica del libro su problema con el muchacho.

Jane meneó la cabeza, su hija y sus lecturas rosas. Recibió una notificación y vio que era de las Venerables Damas de Monte Blair, la convocaban a una reunión en el auditorio para tratar asuntos de interés.

—Olimpia y sus locuras —murmuro ella.

Vio bajar a su hija y le preguntó.

—¿Y bien?

—Lo dejó, dejó al chico perfecto, por el idiota abusivo y acosador, ¿qué nos pasa a las mujeres? —decía meneando la cabeza.

—Es lo que está de moda, quedarse con los malos —comentó su madre.

Genevieve miró su móvil.

—Recibiste un mensaje de parte de la Vicealcaldesa.

—Habrá reunión mañana a las cinco, veremos con que nos sale Olimpia ahora.

—El dije de gota que tiene Laurita es muy hermoso, cuesta entre 800 y 2000 dólares.

—Todo un lujo digno de Hunt, Harper y demás.

—Hay uno que es la gota roja, es especial, vale mucho 2500, es hermoso, viene con un colgante muy elegante… Me encantaría tener uno de esos.

—Y yo poder comprarte algo lindo, pero no se puede hija.

—Lo sé…

Scotland Yard comenzó a rodearla moviendo su cola como helicóptero y eso le sacaba sonrisas.

—Scotland Yard, perrito tonto —lo acariciaba.

Tal vez nunca tendría un colgante, pero tenía un perro y eso ya era un lujo, además de escuchar misterios de parte de la anciana Bruguez que encendían su imaginación.

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