Capítulo 1: La búsqueda del tesoro
© 2023-2024. Valody Gruenthorn. Todos los derechos reservados.
Flores de cerezo, una brisa suave en mi cabello, mi vestido de flores ondeando con el viento... qué día tan perfecto. Mi mirada se pierde entre los diversos adornos, prendas y pilas de libros amontonados sobre las mesas en los coloridos puestos de nuestro mercado de primavera anual.
No busco nada en concreto. Por muy raro que suene, simplemente me encantan las cosas antiguas. Encontrar un libro con páginas amarillentas y quebradizas, o un vestido que parece haber estado olvidado en un desván durante cien años, me produce una sensación de nostalgia maravillosa. Pero, por favor, no me preguntes por mi pequeño apartamento, que está a punto de reventar por todos los tesoros aleatorios que colecciono en cada oportunidad.
“Parece la guarida de un mago chiflado”, fue el comentario sarcástico que hizo mi última cita. Lo que él no sabía es que me lo tomo como un cumplido. Obviamente, no lo dijo en ese sentido, ya que sintió la necesidad de fingir una llamada de emergencia después de haber logrado entrar en mi apartamento. Mejor así, digo yo. Esta “bruja” ya estaba obsesionada pensando qué hacer cuando el tipo se diera cuenta de que no recordaba su nombre. Sin rencores.
“¿Te puedo ayudar en algo?”. Una voz impactante interrumpe mi ensoñación, que no tenía la más mínima importancia, cuando me doy cuenta de que llevo un rato mirando fijamente una de las bolas de cristal del viejo. Sí, ya sé lo que estás pensando.
“Lo siento, estaba distraída”, digo restándole importancia cuando un collar de plata con un colgante iridiscente capta mi atención. Podrías decir que no tiene nada de especial en cuanto a material, pero el diseño es impresionante... casi imposible: el colgante parece un hilo brillante cosido formando una estrella esférica, pero está frío al tacto. Parece delicado, como si pudiera romperse en cualquier segundo, pero ninguna de las puntas se ve dañada a pesar de los elementos de plata oscurecida, lo que sugiere que debe haber sido usado durante mucho tiempo. Perdona por los detalles. Ya te avisé: me pierde todo lo antiguo.
“¿De dónde es esto?”, pregunto al notar que el anciano todavía me observa con una mirada curiosa.
El sol debe estar jugándome una mala pasada, porque juro que el color verde de sus ojos cambió momentáneamente a plateado. Sin embargo, el imponente roble que hay detrás del puesto da mucha sombra, así que adiós a esa teoría.
“Ah, una de nuestras piezas de Alvedar”. Tarda un poco más de lo normal en responder. “Impresionante, ¿verdad? La señorita tiene buen ojo”. Termina su frase con un guiño que me toma por sorpresa. No puedo evitar quedarme mirando al hombre, que no parece tan anciano como pensé en un principio.
“Alvedar... me suena. ¿Cuál es la historia detrás del colgante? ¿La forma significa algo?”. Ruedo la esfera, sorprendentemente ligera, entre mis dedos.
El vendedor frunce el ceño tan rápido que creo que me lo he imaginado. “Es todo lo que importa, querida. Unidad, destino, esperanza, inspiración”, responde con una sonrisa burlona. Haciendo un gesto con la mano como si le hubiera hecho una pregunta tonta, dirige mi atención hacia su extraño atuendo, que parece una túnica. Alguien es un poco excéntrico. Noto que no respondió a mi primera pregunta, pero empiezo a sentirme inquieta.
“Me lo llevo”, digo, olvidándome por completo de que debería estar regateando.
“Es tuyo”. Con una sonrisa misteriosa, me entrega el collar en una pequeña bolsa de papel, más rápido de lo que puedo parpadear. Casi parece como si supiera que me lo iba a llevar antes que yo misma. Perpleja, apenas logro darle las gracias y salgo pitando como un gato asustado.
Mientras camino a casa, no dejo de negar con la cabeza, riéndome en silencio por actuar como una loca. Apretando con fuerza el nuevo tesoro en mi gastado bolso, no puedo quitarme de encima la extraña sensación de aquel encuentro. No me doy cuenta de que conseguí el collar gratis hasta que estoy en los escalones de mi apartamento. Dios, hoy estoy realmente en las nubes.
El “desorden” familiar con el que me encuentro reconforta mi alma. Dejo que mis dedos recorran el lomo de los viejos libros que llenan mis estanterías mientras camino hacia la cocina para preparar un café; tengo que poner las ideas en orden antes de decidir qué hacer con mi nueva posesión más preciada. Desenvolviendo el collar, lo coloco sobre la mesa de madera y lo inspecciono mientras bebo mi café negro hirviendo. Se ve irreal. Instintivamente, empiezo a rodar el colgante de un lado a otro entre mis dedos de nuevo. La forma en que refleja la luz hace que parezca que contiene todo el universo.
De repente, siento un leve zumbido, una vibración sutil que se vuelve más pronunciada a cada segundo. Frunciendo el ceño, dejo caer el collar sobre la mesa para mirar por la ventana, asumiendo que debe ser por algún camión grande o una obra nueva. Nada. Huelo el aire por si me hubiera tirado un pedo sin darme cuenta. Pues no, tampoco es eso. Observando el collar con recelo, tomo mi teléfono para buscar información sobre esta cosa.
La búsqueda sobre Alvedar es un callejón sin salida. ¿Por qué me resulta tan familiar? Me cuesta disimular mi decepción. Lo siguiente que quiero probar es una búsqueda de imagen inversa, pero cada vez que tomo una foto del collar, sale negra. Genial.
Como no se me ocurre nada más, decido volver al mercado para buscar al extraño vendedor; él debe saber algo. Sin embargo, cuando regreso al mercado, no lo encuentro. Mierda.
Recorro el mercado de arriba abajo durante lo que parecen horas, pero no aparece por ninguna parte. Y no solo él, todo el puesto ha desaparecido y ha sido reemplazado por uno que vende platos decorativos. Me froto los ojos, tratando de recordar si estoy en el lugar correcto, pero el gran roble es inconfundible.
A estas alturas, me estoy cuestionando mi cordura. Me acerco a la señora de aspecto amable que está en el puesto frente al roble. “Disculpe, ¿dónde está el puesto de los adornos antiguos de esta mañana?”.
Ella levanta las cejas, mirándome como si estuviera loca. “Lo siento, no sé a qué te refieres... He estado aquí toda la semana”. Su voz suena cargada de lástima.
Preguntándome si me está mintiendo, me fijo en cada rasgo y arruga de su cara, pero su mirada de ojos muy abiertos no revela nada. Suspiro.
“¿Quizás un poco más allá? El mercado es tan grande que es fácil perder el hilo de dónde está cada cosa”, ofrece con una risa.
Quiero señalar que recuerdo perfectamente el roble, pero como ella solo está siendo amable, lo dejo pasar y asiento: “Seguiré buscando, gracias”.
Preguntar a los comerciantes de los otros puestos cerca del roble gigante solo confirma la historia de la señora. Esto es ridículo. No puedo evitar molestarme. Al fin y al cabo, tengo el collar justo aquí en mi bolso. No queriendo rendirme todavía, camino un poco más, pero no hay suerte. ¿Habré terminado de alguna manera en un universo paralelo?
Mi mirada se siente atraída por el sol que se pone en el horizonte. Los tonos morados profundos me llenan de una nostalgia que no puedo explicar. Abrazándome a mí misma, tiemblo y regreso a casa. Ya en el apartamento, tiro mi bolso sobre la mesa y saco el collar. ¡Qué hallazgo! Me maravilla cada vez que lo miro.
Caminando hacia el espejo antiguo de mi dormitorio, me lo pongo al cuello. Las diminutas puntas redondeadas se sienten sorprendentemente agradables contra mi piel. De nuevo, siento la urgencia de rodar la esfera entre mis dedos y, lo juro, mis ojos cambian de color por un momento antes de que suelte el collar. Mis habituales ojos azules tomaron un tono morado. Pero eso no puede ser cierto, ¿verdad? Quizás debería ir al médico a que me revisen la cabeza.
Mientras me miro con incredulidad, mi respiración se vuelve errática; siento un vuelco en el corazón. Sé lo que vi. Repitiendo el movimiento anterior de mis dedos alrededor del colgante, esta vez ejerzo más presión. No solo el color de mis ojos vuelve a cambiar, sino que las vibraciones han vuelto, con toda su fuerza. Me zumban los oídos. Un hormigueo desconocido comienza en los dos dedos que sostienen el colgante y se extiende por todo mi cuerpo. Antes de que pueda soltar el colgante por la impresión de mis ojos, que ahora brillan con un tono morado intenso, me oigo gemir justo cuando todo se vuelve negro.