The hell of your body, Is my paradise, OS Larry Stylinson

Sinopsis

Louis es un demonio, que es enviado a la tierra. Conocerá a Harry, sin saber quién es realmente. Quedará enamorado de su piel y todo su ser, pero son más distintos de lo que parece. ¿Podrán estar juntos?

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Kintsukuroi
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

Un consejo de Lucifer

Himo estaba aburrido. Las cosas estaban cambiando muy rápidamente y su vida de demonio ya no era tan divertida como antes. Sus compañeros pensaban igual. Pasaban los días, los meses, los años y las décadas jugando a las cartas, y torturando de vez en cuando a algún alma que lograban encontrar vacía por ahí; pero hasta eso había cambiado desde que el jefe máximo había entrado en conversaciones con el loco santurrón ese llamado Dios.

Era todo muy extraño, pero no podían preguntar. El último demonio que osó atreverse, terminó sus días martirizado por sus propios compañeros en una gran hoguera, durante días.

Lucifer andaba de mejor humor. A Himo le había tocado escoltarlo en algunas reuniones, y vaya, por lo menos era bastante agradable el clima allá arriba. Los ángeles también estaban bastante bien, demasiado en realidad. Le salía su lado más diablillo cuando veía esas llamativas y contorneadas piernas bajo esas blancas y puras túnicas vaporosas, pero jamás podría resultarle un plan en ese ambiente. Lo identificaban inmediatamente. Era él, Himo, reconocido fácilmente por el calor que emanaba de su piel y su nada tímida personalidad.

Si la gente supiera que ni los demonios de su estirpe ni los ángeles tenían permitido el sexo, su reputación sería una basura. Los besos estaban bien, y algunas metidas de mano, mejor. Pero no poder llegar más lejos, era frustrante. Cuando estaba a punto de avanzar, la escena desaparecía y era devuelto al infierno mágicamente.

Era peor en su caso, ya que era bastante caliente. Bueno, era un demonio y su nombre significa literalmente lujuria. El calor era lo suyo, lo pasional, lo intenso, lo fuerte y lo vital, por eso también era conocido en su grupo de errantes. El diablo, personalmente, le tenía una adoración especial. Era su favorito, porque era tan jodidamente molestoso como él.

Por ese motivo le tenía un regalo. Aun sabiendo lo que iba a pasar, porque claro que él ya lo sabía, era tiempo de que el destino hiciera lo suyo.

—Himo, veo que estás apagándote en este lugar lleno de lenguas de fuego. Voy a dejar que una vez más habites el mundo de los humanos para que te diviertas un poco.

La sonrisa de Himo era enorme. Ya estaba pensando en perversidades, cuando escuchó:

—Pero, sabes que hay reglas. —Y al demonio se le desvaneció la alegría. —Nada de sexo, ni de enamorarse Himo. Tampoco maldades, si no, habrá consecuencias.

—Así qué chiste, —se quejó. —¿Para qué me das este tipo de regalos si me limitas tanto?

—Vamos, será divertido. Cuando despiertes mañana, tendrás una nueva forma humana, y una vida. Disfrútala mientras la tengas y evita meterte en problemas. Recuerda también que ver las cosas no es lo mismo que hacerlas. No creo que sea necesario recordarte lo que pasó la última vez. Los humanos utilizan aparatos que te pueden parecer raros, y no vas a tener tanta ayuda como antes. Ahora vete.

Caminó por los largos pasadizos, mientras escuchaba los lamentos de las pocas almas que quedaban en el purgatorio. Mientras vagaba por los largos pasajes y bajaba por las oscuras escaleras, pensaba en todas las veces que le tocó ir al mundo de los humanos.

Siempre fue acompañado, porque había cosas raras que él no sabía manejar. Para empezar el tema del cuerpo. Cada vez le dieron una apariencia distinta, y nunca estuvo satisfecho: había sido rubio, crespo, muy alto, muy gordo, muy musculoso, con una gran barba, incluso pelirrojo. Nada de eso parecía tener que ver con su personalidad, por lo que había vuelto reclamando hasta que se cansaba de molestar al diablo, quien prometía hacerlo mejor para la próxima vez.

Sus misiones eran intentar corromper las almas puras que encontrara, pero era ridículo intentarlo si no podía llevarlas a la cama. ¿Hacerlos mentir? Fácil, ¿robar? Fácil. Pero él quería poder tener sexo, y realmente no había tenido la oportunidad.

Siempre le tocaban almas demasiado pequeñas, como niños, adolescentes o adultos muy viejitos. Y no eran su tipo, por muy demonio que fuera. ¿Sería distinto esta vez? Seguramente no. Lucifer no era precisamente alguien en quien se pudiera confiar. Cerró los ojos y se dejó envolver por el calor propio de su cuerpo y poco a poco se sintió desvanecer.

Cuando despertó, le extrañó sentir frío. Estaba desnudo, arriba de una cama. Por un segundo le extrañó ver tanta claridad, y paredes blancas. Se sentó, y miró alrededor, debía confesar que esta vez, el diablo le puso empeño, el lugar era bastante moderno. Caminó hasta lo que parecía el baño y dio un grito. Se asustó al ver una figura extraña, y luego se estuvo riendo dos minutos completos al darse cuenta de que era él mismo.

Su nueva imagen le gustaba mucho. No era muy alto, pero lo demás, lo compensaba: su pelo era castaño y liso, mandíbula definida, una nariz muy bonita, labios delgados, pero atrayentes y sus ojos eran azules, realmente lindos. Piernas tonificadas, trasero tallado a mano y una cintura pequeña, quizás demasiado delicada, pero lo importante es que tenía un miembro impresionante. Debería poder auto follarse. Lo intentó, pero no le resultó. Para la próxima lo hablaría con el demonio mayor, era una gran idea, sobre todo si les andaban prohibiendo el sexo con los demás.

Tenía las mejores ideas, deberían ascenderlo, se lo merecía.

Se demoró casi diez minutos en entender el sistema de la ducha, pero cuando lo logró estuvo cerca de media hora metido ahí dentro. Le encantaba el agua caliente, y esa cosa llamada jabón que olía tan frutal. No es que fuera difícil usarla, sólo que no ponía cuidado a esos detalles.

Entiéndanlo, había cosas más divertidas de qué preocuparse, pero ahora tenía que poner atención. O intentarlo.

Se vistió con la ropa que encontró, y que le gustó bastante. Era cómoda, ligera y se puso unas zapatillas que amarró como pudo. Encontró una lista de cosas que eran importantes de saber y que leyó mientras mordía una roja manzana. Cosas básicas, como el uso de llaves, recordar la dirección, apagar las luces, bañarse, comer, dormir y comportarse, y otras más, que realmente no le importaron en lo más mínimo. Ya habría tiempo, siempre había tiempo. Era un demonio.

Trató de peinarse, y salió a caminar. Era consciente de su atractivo, correspondía las miradas que recibía con bellas sonrisas, la timidez no era lo suyo. Su andar era seguro, se movía con soltura. Iba dejando suspiros de hombres y mujeres por igual, sin que nadie lograra llamar su atención.

Vio a alguien fumar, y se le antojó. Encontró algo de dinero y, con un poco de dificultad, en un kiosco compró unos cigarros. Se atoró la primera vez, pero a partir de la segunda inhalación, era un experto. Estaba en eso, disfrutándolo, en una esquina, cuando notó algo ligeramente hogareño en el ambiente.

Era Oburluk, el demonio de la gula y compañero errante, que también estaba probando el mundo de los humanos.

Le costó reconocerlo. Tenía el pelo amarillo, mal pintado, pero debía aceptar que se veía bastante bien. Como siempre, estaba muy sonriente.

—Te invito a comer Himo, —le dijo alegre.

—Soy Louis, idiota.

—Perdón Louis idiota... Es broma, se me olvida. Yo soy... Nil, Neil, Niall, eso, Niall.

—Entremos ahí, se ve bien y huele increíble, —dijo Louis, cautivado por un aroma que pensaba era a comida.

Estaba muy equivocado.

El lugar era bastante ruidoso, aunque no estaba muy lleno. No era la hora más concurrida, pero poco a poco se llenaba de gente. Encontraron una mesa, alejada de la barra y pidieron un par de sándwiches y unas cervezas, la música estaba bien. Cualquier cosa era mejor que los gritos y lamentos, incluso que las risas tétricas de sus compañeros demonios.

Estaban esperando, compartiendo impresiones de esas primeras horas en el dominio de los humanos, cuando Louis sintió algo especial. Una especie de sensación, llamado, ¿pálpito? No sabría explicarlo.

Buscó con la mirada, fijándose en cada persona que estaba en el lugar, hasta que lo encontró.

Divisó al hombre más hermoso de la tierra, del infierno, del cielo y de cualquier otro planeta. Ni siquiera podía verlo de frente, apenas de lado, pero no necesitaba más. Apenas podía ver su rostro y nada de su cuerpo, porque llevaba un largo abrigo negro. Alcanzaba a ver unas brillantes botas con tacón por abajo, y por arriba, labios que pedían ser besados, pelo largo y rizado, tomado desordenadamente en un moño alto. Una piel pálida y suave.

No podía dejar de mirarlo y admirarlo.

—Cierra la boca, —le dijo Niall a Louis. —Recuerda las reglas.

—¿A quién?

—Las reglas.

—A la mierda, que se jodan, —le contestó.

Y en ese momento, ese hombre perfecto lo miró. Y algo pasó en ellos.

Un sentimiento extraño, como si se conocieran, como si ya se hubieran visto, como si en otra vida hubiesen compartido momentos. Y al mismo tiempo, esa sensación de novedad, sorpresa, inquietud e incluso temor.

La imaginación de Louis comenzó a trabajar. ¿Qué habría debajo del abrigo? Quería saberlo y ya tenía un plan. Caminó, cerca de este hombre fascinante, sintiendo en su propia piel el calor. Apenas un minuto después, vio esas hermosas mejillas colorearse de un hermoso rosa, y la frente volverse brillante de sudor. Y si Louis no se excitó frente a esa inocente imagen, estaría mintiendo.

Todos estaban ahogándose ante la repentina alza de temperatura, por lo que empezaron a despojarse de sus abrigos.

Y Louis sonrió satisfecho, sobre todo al mirar unos ultra ajustados jeans que marcaban de manera exquisita las largas y bien tonificadas piernas y un trasero firme. Una camisa suelta, que le dejaba ver un poco de piel, y un cuello delicado. Estaba ardiendo. Necesitaba el alivio carnal en ese cuerpo perfecto que se le presentaba como el mayor de los pecados. Y él era un pecador tan fiel y dedicado, que podría hacer un maravilloso trabajo ahí.

Además, como dijimos, Louis no era precisamente tímido. Dejó a Niall sentado y a cargo de su comida y caminó decidido hacia este chico. Cuando estaba a punto de hablarle, Niall lo tomó del brazo, y lo llevó de vuelta a la mesa.

—Llegó un mensaje. Nos tenemos que juntar con alguien más, pero no dijeron quién es, debajo del gran reloj en diez minutos. Tenemos que irnos, —le dijo atorándose con la comida.

—Maldito Lucifer, —gruñó. —Más le vale que vuelva a verlo.

Salieron del lugar, y se desocuparon demasiado tarde para volver al bar. Louis se sentía profundamente frustrado.

Tal como estaba, se tiró en la cama y se durmió. Cerca del mediodía despertó y comió un pan medio duro que encontró. Se preparó algo para almorzar, y luego releyó la lista a la que no le prestó tanta atención el día anterior. Recorrió el departamento y aprendió a usar la mayoría de las cosas.

Se le pasó la tarde volando. Cerca de las ocho, se bañó, y se puso un buzo gris, bastante cómodo y abrigado. Se demoró un poco con los cordones, pero lo logró, un poco de perfume, su pelo ordenadamente desordenado, sus cigarros, las llaves, y sus documentos. También su teléfono. Necesitaba aprender a usarlo bien, aunque ya sabía lo básico. Llegó al bar, y Niall ya estaba allí. Le sorprendió eso.

Se acercó y se sentó junto a él.

—¿Qué haces acá? —preguntó.

—La comida es increíble, y tengo órdenes de no dejarte solo, —contestó con una gran sonrisa.

—Infeliz diablo de pacotilla, —dijo Louis molesto.

Todo su enojo cambió cuando vio entrar a su hombre perfecto. El mismo peinado del día anterior, el mismo abrigo también. Hoy no iba a dejarlo ir, pasara lo que pasara.

Apenas tomó lugar cerca de la barra con sus amigos, Louis se acercó. Ya estaba con su cuerpo encendido, solo de verlo. Jamás le pasó algo así y más se exaltó cuando vio al hermoso hombre subir una escalera y desaparecer detrás de una puerta misteriosa.

¿Quería escapar?

Subió los veinte escalones y empujó suavemente, esperando encontrar un baño o algo así. Pero no. Era una especie de desván, con un gran ventanal donde entraba lentamente la luz de la luna. Un sofá, unos muebles antiguos de madera. Era un lugar especial, acogedor, extrañamente cálido.

—Hola, soy Louis, —dijo acercándose sin titubear.

—Hola, soy Harry, —contestó sonriendo, mostrando sus hoyuelos.

—¿Vienes muy seguido por aquí?, —Preguntó el demonio.

—La verdad, es segunda vez, —respondió Harry. —Vine ayer y me gustó.

—Qué coincidencia, a mí me gustaste tú.

Y Harry se rió con ganas, de una manera tan genuina, que Louis quería escucharlo para siempre. Era refrescante, gracioso, delicado. ¿Lo dejarían llevárselo al infierno?

—¿Te gusté? ¿Tiempo pasado? —Preguntó ahora con un fingido puchero que enloqueció al demonio.

—Me vas a matar, —gruñó. —Me gustas, —susurró sin poder evitarlo mientras lo miraba fijamente.

—¿Lo suficiente para besarme? —contestó Harry coquetamente, mientras pasaba su dedo por su boca.

—No hagas eso, que muerdo, —dijo Louis, acercándose, y cercándolo, no dándole espacio, apenas y para respirar. —Me gustas como para besarte por mil milenios.

Los labios fuertes de Louis encontraron reposo en la dulce boca de Harry. Y sin dudas, su lengua encontró su dominio. La de Harry era extremadamente dócil, suave, y a la vez, juguetona y hábil.

Todo en ellos era encantadoramente distinto: el olor del cuerpo de Harry tenía salivando a Louis de manera obscena, y el aroma de Louis era el mejor afrodisiaco para Harry. Sus manos comenzaron a tocar, a palpar, a buscar de dónde agarrar.

Después de una rápida inspección, y mientras besaba ese cuello largo, elegante y exquisito, Louis los movió hasta el sofá. Necesitaba disfrutar de ese cuerpo a como diera lugar. Harry se dejó llevar y hacer. Ese hombre que lo estaba devorando, le provocaba eso, ganas de dejarse hacer y por ahora, disfrutaría.

¿Le gustaba a él también? Por supuesto.

Se sacó él mismo el abrigo, dejándolo tirado en el piso, como una invitación.

Poco a poco sentía cómo las manos de Louis soltaban los botones de su azul camisa, hasta desabrocharla por completo. Sus hombros, y sus pezones fueron mordidos y lamidos sin piedad, y sin perder el tiempo, el demonio se perdió en sus costillas y en su ombligo. Louis estaba extraviado en la suavidad y el color tan pálido de su piel, disfrutando de cada momento y de cada espacio que se presentaba bajo sus manos.

Era la primera vez que su esencia de demonio no frenaba su camino en otro cuerpo, y estaba al borde de estallar. ¿Todo eso se había perdido? Ahora entendía por qué se lo habían negado. Si hubiese podido, hubiera estado las 24 horas sobre el cuerpo de alguien más, de Harry preferentemente, desde ahora de ser posible.

Cuando bajó sus pantalones y se encontró frente a frente con su miembro, casi se desmaya. Era impresionante, pero tan apetecible. Con algo de temor, pasó su lengua sobre la cabeza húmeda, recibiendo a cambio, un firme tirón en su pelo, que lo excitó más aún. Lo enterró en su boca, y comenzó a mover su cabeza, y a meter y sacarlo mientras su lengua no dejaba de moverse. La saliva corría hasta mojar los testículos que se resbalaban entre sus manos. Los apretaba sin dudar, con la fuerza justa, y luego estrechaba esos muslos diseñados para ser mordidos y marcados por sus dientes hambrientos.

—Vas a ser mío. Sólo mío, —dijo Louis, con una voz demasiado gutural, que no llamó la atención de Harry, porque estaba perdido en un mar de gemidos. No lo dejó terminar con su boca, quería hacerlo con él dentro.

—Quiero montarte, —alcanzó a susurrar Harry. ¿Porqué se estaba comportando así? Él no era de esa manera.

Louis se acomodó, y Harry lo desvistió. Intentó devolver las caricias en el cuerpo de Louis, pero las manos fuertes y decididas del demonio, lo llevaron directamente entre sus piernas. Cuando estuvo ahí, no pudo evitar darle una buena chupada. Era lo mínimo después del excelente servicio que había recibido.

—Me encanta tu sabor, —decía en medio de sus lamidas.

Pero Louis no escuchaba. Los labios gruesos de Harry lo tenían en el cielo. Un momento, eso no estaba bien. ¿O sí? Daba igual, ya no estaba soportando.

—Ya no puedo más Harry, —gimió. Y se detuvo, tampoco lo dejaría acabar así.

Antes de que Harry se acomodara, Louis se acordó de algo.

—Lo lamento, olvidé el lubricante y los condones.

Buscaron en unos cajones, hasta que encontraron. Saber usarlos era otra cosa, pero evitaron pensar mucho o hacer preguntas incómodas. Louis abrió la botella con el gel, y se lo puso en su erecto miembro. Pero Harry le recordó que debía ponerse el condón primero. Estuvieron un rato en eso, y la verdad, se divirtieron mucho. Olvidaron sus nervios y disfrutaron incluso de no saber qué hacer.

—Oh por Dios, —dijo casi inconsciente Harry cuando lo tuvo por completo dentro.

—Maldita entrada al Infierno, —contestó Louis un segundo después.

Harry comenzó a moverse, sintiendo esa gran masa de carne abrirlo sin piedad. Y así estuvieron por largos minutos, cada uno en su propio mundo, sin escuchar al otro realmente. Harry jamás podría olvidar cómo las manos de Louis lo mantenían firmemente agarrado de sus caderas, ayudándolo a impulsarse, mientras sentía sus dedos enterrarse en su piel, haciéndolo volar de placer. Y Louis siempre recordaría las piernas de Harry apretando las suyas, para darse apoyo y sus dedos jugando con sus pezones de una manera tan dulce, que resultaba dolorosamente atrayente.

—No puedo creer que te muevas así, —dijo Louis, a punto de acabar.

—Ni yo que me tomes de esta forma... —contestó Harry al borde de un precipicio.

El rizado fue el primero en acabar, tirando su semen de un bonito color perlado sobre el vientre tonificado de Louis, quien hizo lo propio unos segundos más tarde, con un semen agradablemente caliente. Instintivamente, Harry buscó los brazos de Louis cuando todo terminó. Y fue recibido con gusto, y acariciado con una ternura que no sabía que le gustaba y necesitaba tanto.

Pero no podía quedarse. Se limpió como pudo, se vistió rápidamente, y se acercó a la puerta, pasando a recoger su abrigo. Pero antes de poder salir, fue detenido.

—No te puedes ir así, necesito volver a verte Harry, —pidió Louis.

—Mañana a la una, afuera de este mismo lugar. —Y le sonrió.

Pero Louis no se conformó. Lo tomó de la cintura, esa que ya le pertenecía y lo volvió a besar.

—Sólo recuerda una cosa. Eres mío, —le advirtió con un pequeño mordisco.

Y Harry salió, buscando a sus amigos, aún era temprano. Pensaba que ya era prácticamente de día, pero la verdad es que apenas había estado un par de horas con Louis.

Louis, ¡Dios! Solo su recuerdo le erizaba la piel. No podía esperar para volver a verlo y restregarse contra él.

Y mirar sus ojitos bellos.

Y escucharlo hablar con esa manera tan directa.

Y acariciar su pelo.

Y perderse en sus brazos.

Y sentir su olor.

Y solo estar con él.

¿Qué le estaba pasando?

Sus amigos lo vieron volver, y no le hicieron preguntas. No necesitaban saber lo que era obvio para ellos. Se quedaron conversando, porque el lugar era realmente agradable, sin embargo, le dieron un gran sermón. El comportamiento de su amigo era totalmente cuestionable.

Niall por su parte, pronto volvió a tener la compañía de Louis, no así su atención. Desde donde estaban sentados, los ojos del castaño no se separaban de su rizado. Tenía que estar atento a cualquier extraño que quisiera acercarse. Y por Satanás, ¿no había más hombres en el lugar? ¿Acaso todos tenían ojos sólo para Harry? Ocho. Los contó. Ocho tipejos, malditos y horribles (no tan horribles realmente) se acercaron a ofrecerle un trago a su hermoso hombre. Porque era suyo, de eso no tenía dudas.

Y al parecer, Harry tampoco las tenía, porque, así como se acercaron, así se devolvieron. Rechazados y humillados.

—Sabes que estás jugando con fuego, —advirtió Niall. —Sé que no te importa Louis, pero las reglas están ahí por algo. ¿Vivir de errantes no ha sido suficiente castigo?

—No tengo miedo de quemarme si es por él. El maldito Lucifer sabe lo que hace, —le contestó.

—No vale la pena, es solo un humano.

—Es distinto, no lo entenderías, —confirmó. —Por algo tuve que conocerlo, de eso estoy seguro. O es para terminar de hundirme o es mi salvación. Lo que sea, lo tomo.

Y Harry sentía como una mirada de fuego lo recorría por completo, desnudándolo nuevamente, y estaba a punto de ponerse a gemir en medio de todos. ¿Es que Louis no podía comportarse?

Decidió ir al baño a mojarse un poco la cara, el calor lo estaba sofocando. Llegó frente al lavamanos, y se soltó el pelo para humedecerlo. Estaba con los ojos cerrados, con sus manos mojadas en el cuello, respirando profundamente, cuando unos dedos traviesos se metieron por debajo de su camisa, rasgando con sus uñas la piel de su espalda.

—Santo cielo Lou, ¿no puedes calmarte? —Preguntó gimiendo.

—No contigo, necesito tocarte y mirarte, —explicó. —Por los cuernos de Satanás, que hermoso te ves con el pelo suelto, —le dijo sin poder cerrar la boca y la imagen en su cabeza de Harry hincado frente a él, le hizo doler su erección que ya era notoria.

—Tengo que irme Lou, me están esperando. Nos vemos mañana, ¿sí?

—No, no me hagas esto. Me duele, es por ti, ayúdame, —suplicó, frotándose contra él.

Y Harry sonrió. No necesitaba invitación y el deseo de Louis se hizo realidad. El hombre más hermoso del mundo, arrodillado frente a él, desatando el cordón de su pantalón y dejándolo caer. Bajando con cuidando su ropa interior, y liberando su miembro tan, tan caliente y tan grande, con esas venas marcadas y palpitantes, esa cabeza hinchada que parecía una fruta jugosa al perderse en la boca sedienta y traviesa que lo mordisqueaba con suavidad y luego lo devoraba intensamente. Las manos de Louis en ese pelo largo, suave, con olor a sandía, olvidándose de respirar, de ver y de oír. Sólo sentía un remolino de emociones, tan intensas que podría gritar si recordara cómo hacerlo.

—No, no puedo más... —gimió.

Y Harry sólo intensificó sus movimientos y aceleró el vaivén salivoso, hasta que pudo deleitarse con ese manjar de los dioses: era como un néctar, caliente, espeso, un poco alicorado. Delicioso. Sintió su cuerpo reconfortarse, quería beberlo siempre. Una vez y se hizo adicto.

—Mañana, ¿puede ser a las nueve? —Preguntó apenas Louis.

—A las nueve Lou, no llegues tarde. —Le dio un beso que encerraba todo su deseo contenido y que dejó encendido nuevamente al demonio.


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Harry estaba en esa cama extraña, en esa habitación extraña, que compartía en ese departamento extraño, con su amigo y también ángel, Liam. Llevaba dos días como humano y las cosas no estaban saliendo como las imaginó.

Hace una semana fue llamado por Dios, junto a otros nueve ángeles de la guarda. Se les dio la tarea de bajar y convivir con los humanos y conocerlos para saber por qué estaban perdiendo la fe. Y él, se había dedicado a conocer los placeres carnales de la mano y el cuerpo del hombre más perfecto que habitaba este planeta y cualquier otro.

Debería haber vuelto de una vez al cielo, y pedido una reunión urgente para confesarse, asumir su castigo y olvidar todas esas horas. Pero no lo hizo y lo peor, es que no se arrepentía. Sólo quería estar con Louis, no separarse más y saber que eso no podría suceder le estaba doliendo desde ya. Cuánto tiempo tendría, tampoco lo sabía, por eso, lo iba a provechar.

Ya se manejaba bastante bien en este mundo, porque había tenido muchas misiones, pero jamás le había pasado esto. Era extraño sentir tantas emociones “humanas” o “pasionales”. Si bien era un ángel, en ellos era todo muy calmado, nada de sobresaltos ni intensidades.

De tanto pensar, no se dio cuenta cuando ya eran las siete de la mañana. Se duchó, se vistió y comió algo ligero. Salió a esa hora y aunque caminó para no llegar tan temprano, llegó antes de las ocho. No le sorprendió ver a Louis ya esperándolo.

Se sonrieron, y se abrazaron, como si no se hubiesen visto en años. Se besaron como si no lo hubieran hecho en décadas. Dedicaron quizás veinte minutos a mirarse y mimarse, en un acto tan tierno que los dejó suspirando.

La fría mañana los invitaba a encerrarse frente a una chimenea, entre mantas suaves y caricias. Pero ellos estaban ávidos de algo más, de otro tipo de cercanía, de conocerse un poco más allá, de empezar a leerse. Y caminaron. Caminaron tomados de las manos, y conversaron de lo que podían, evitando temas, disfrazando otros, comentando lo que veían, y sobre todo mirándose.

Y así Louis descubrió cómo se veía el cabello de Harry cuando se movía al viento o cómo pasaba de un tema serio a reírse en un segundo o como lo empujaba suavemente si le hacía una broma. Y Harry descubrió las arruguitas primorosas de Louis cuando se reía, y cómo sus ojos parecían de cristal cuando el sol se reflejaba en ellos. También que le gustaba tocarlo siempre, aunque estuviera muy cerca, necesitaba tener su mano en alguna parte de su cuerpo.

No se dieron cuenta de que anduvieron cerca de cuatro horas por una cantidad de lugares que, jamás pensaron que existían.

—¿Piensas que esto que nos pasa es extraño? —preguntó Harry.

—Sí, sé que lo es, —respondió Louis con una ligera tristeza.

Él también había pasado la noche pensando, y tenía miedo de tener poco tiempo. ¿Miedo un demonio?

—Quiero aprovechar lo que más pueda el tiempo contigo, —dijo Harry, tratando de sonreír.

—También yo. ¿Vamos a mi departamento? —sugirió.

—Me encantaría.

Y en ese momento, Louis se felicitó por haber preparado todo para recibir a su precioso rizado. Cuando llegaron, no demoraron en desnudarse. Louis llevó muy suavemente a Harry a su cama, y lo acostó entre sus sábanas. Una música sensual sonaba de fondo, y la temperatura era perfecta. Se estaban besando, tocando, oliendo, frotándose, restregándose, conociéndose y reconociéndose.

Amándose.

—Me enloqueces, me gustas, —dijo Harry gimiendo.

—Eres hermoso, te quiero tener siempre aquí, —contestó Louis, logrando que Harry se sonrojara y que su corazón se apretara.

Estaban entregándose al placer, cuando en medio de un abrazo, Harry vio una imagen de una rosa blanca en el techo.

—¡Dios! —Exclamó asustado.

—¿Qué pasa? —Preguntó Louis descolocado.

—Tengo que irme. Olvidé que tenía que entregar un reporte en el trabajo, —dijo muy nervioso.

Louis no dijo nada. Lo miró vestirse en silencio, con la duda en su mente. Sabía que Harry mentía. ¿Tendría a alguien más? ¿Qué estaba pasando? Podría entender muchas razones, pero pensar en otra persona junto a su Harry, le provocaba deseos de muerte.

También se vistió. —No te preocupes, son cosas que pasan. ¿A las ocho en el bar? —preguntó.

—Seguro.

Un pequeño beso fue su despedida.

Harry salió rápidamente, y estaba tan nervioso, que, en vez de esperar llegar a su departamento, se metió en un callejón vacío. Ahí poco a poco comenzó su ropa a desaparecer y sus alas a tomar su lugar en su espalda. En cosa de segundos se evaporó, ante la mirada atónita de Louis que lo espiaba detrás de unos contenedores gigantes.

—Jodido Satanás —dijo sintiendo la lujuria en cada poro de su piel. —Un ángel

En el cielo, Harry caminaba preocupado. ¿Estaba Dios molesto? Claro que no. Tenía muy claro lo que iba a pasar. La llamada a su ángel tenía que ver con cosas técnicas, pero intentar un poco de reflexión era su trabajo.

—Mi querido Lux Dei, qué gusto tenerte aquí, —le dijo en un pequeño abrazo.

—Gracias Mi Señor, —contestó.

—¿Cómo estás? ¿Has podido avanzar con lo que te pedí? —preguntó.

—No mi Señor. Me disculpo, pero me enamoré y he disfrutado de los placeres carnales y lujuriosos. Perdón. Perdón por no arrepentirme, perdón por no cumplir mi trabajo, perdón por no ser lo que esperaba, —admitió avergonzado.

Dios abrió tremendos ojos. No esperaba la confesión tan sincera de su ángel, pero estaba orgulloso.

—Bien, te daré otra oportunidad. Volverás y tendrás que alejarte de esa persona. De lo contrario, cuando vuelvas serás un ángel errante y sabes que si eso pasa, tu alma pertenecerá a los demonios.

—Agradezco la benevolencia y la confianza, —contestó.

—Volverás de inmediato a la tierra. Espero que decidas correctamente Hijo Mío.

Un último abrazo, y Harry apareció en su departamento. Si tenía que decidir, su resolución sólo podía ser una.

Louis ya estaba en el bar, acompañado nuevamente de Niall. No podía esperar para volver a ver a su hermoso hombre, para decirle que ya sabía su secreto, para revelarle que él también tenía algo para contar. Pero la hora pasaba y no aparecía.

¿Y si no volvía? ¿Y si fue llamado y castigado por andar pecando junto a un demonio como él?

Un sentimiento nuevo y horrible comenzó a cobijarse en su pecho, una sensación desconocida, un temblor de su cuerpo, un vacío en sus manos, un frío en su espalda. Miedo. Miedo a perder eso que recién había conseguido, a naufragar sin rumbo otra vez, a extraviar el camino, a reencontrarse con la soledad.

Dejó a Niall solo otra vez, y caminó hacia el desván. Si Harry no iba a volver, él viviría ahí hasta que su cuerpo se convirtiera en polvo.

Porque en ese lugar aún se respiraba su olor, aún podía ver su figura y escuchar su risa... Podía recordar cada segundo de lo que descubrió en su rostro y en su piel, porque se había quedado tallado en sus manos y en sus labios.

Se acercó a la ventana y vio a la luna tímida acompañarlo. Prendió un cigarro y le contó su pena al humo que iniciaba su viaje sin retorno, tal vez como su rizado hermoso... Una cristalina lágrima alcanzó a asomarse, pero no siguió su camino, porque el ruido de la manilla de la puerta lo desconcentró de sus pensamientos.

—Por favor —pidió sin darse vuelta. —Quiero estar solo.

Y Harry sonrió, porque sabía que ese mensaje era para todos, menos para él. Cerró la puerta, y sin hacer ruido, se acercó.

—Te extrañé Lou, —dijo rozando su oreja, y luego pasando su lengua por el lóbulo, dejando una pequeña mordida.

—Harry, Harry volviste... —Se giró y prácticamente lo atacó.

Atacó sus labios, su cuello y sus caderas que había aprendido a amar. Incluso Harry estaba sorprendido de lo posesivo que estaba siendo Louis, pero de ninguna manera se estaba quejando. Por el contrario, sabía que su decisión había sido la correcta, no dudó ni un solo segundo. No le importaba errar por millones de años, si eso significaba un solo beso de su bonito castaño, tan especial, que lo había cautivado y lo tenía enamorado.

No tuvo mucho tiempo de pensar en nada, menos en cosas románticas, porque Louis prácticamente rasgó su ropa. Parecía apurado y ansioso. Cuando lo tuvo desnudo, se desnudó también de una vez, y colocó a Harry acostado en el sofá, con el estómago tocando la suave manta que había allí.

Harry se sentía extrañamente nervioso, como si supiera que algo diferente fuera a pasar. Pronto se sintió desfallecer. Estaba siendo consumido y absorbido con insolencia en su lugar más privado, dónde jamás imaginó que alguien pudiera y quisiera llegar. Eso se sentía mejor que el cielo, tenía que confesarlo, pero las palabras se borraron de su cerebro nublado y boscoso.

Estaba con su cabeza enterrada en un cojín, ahogándose, disfrutando más que nunca, sintiéndose más vivo y más al borde de la muerte que en cualquier otro momento. Por favor Dios, si iba a ser así, quería errar por siempre.

Antes de que Harry acabara, Louis tomó su pene con su boca. Quería probarlo, conocer su sabor y no se demoró en saberlo. Ligero, suave, cremoso.

Como naranjas.

Fresco, increíble, rico.

El miembro de Louis a punto de estallar, entrando lentamente con ayuda del lubricante. Adaptando las paredes apretadas a su grosor y a su calor, que a cada momento era mayor. Sus manos acariciando los hombros y la bella espalda de Harry y su boca dejando besos pequeños en su cuello. Cuando estuvo por completo dentro, y empezó a moverse y a encontrar su ritmo, habló muy despacio:

—Eres como un ángel, imagino tus alas... —Y sus propias palabras lo llevaban al límite.

Harry no sabía si era parte del juego de la cama, o había verdad allí, pero lo calentaba demasiado.

—¿Me vas a follar angelito? Quiero que me folles duro...

—Voy a hacerlo, te lo juro... —Y sonó como una promesa.

Y fue suficiente para Harry, para volver a acabar. Louis le provocaba demasiado disfrute. Todo él, lo que decía, hacía, hasta como respiraba. Todo lo encendía.

Y para Louis, ver el cuerpo desplomado de Harry bajo sus embestidas, era tan irreal y jodidamente perfecto, que tenía que vaciarse en su interior, llenándolo con su semen caliente, marcándolo también por dentro.

Louis salió con cuidado, y limpió como pudo el desastre que tenían. Luego se acomodó con Harry sobre él, abrazándolo. Un delicioso silencio los cobijó, solo interrumpido por sus sincronizadas respiraciones intentando volver a la normalidad y sus mentes recuperando la cordura.

¿Deberían hablar? ¿Era el momento?

—Lou, ¿puedo preguntarte algo?

—Siempre hermoso, nunca lo dudes, —contestó sabiendo a dónde iba esa conversación.

—Lo que dijiste sobre verme como un ángel... —No se sentía capaz de hacerlo.

—Te vi Harry, sé tú secreto. Sé que eres un ángel, —le dijo acariciando su mejilla.

—¿Por qué no te asustaste? —Preguntó.

—Porque yo también tengo un secreto. Soy un demonio, —confesó.

Y Harry asintió. Cerró los ojos y todo tuvo sentido. Si en algún momento tuvo una mínima esperanza de vivir un poco más de su amor con Louis, ahora sabía que estaban condenados al fracaso y a la separación. Y un ardor en su pecho comenzó a crecer y a doler.

Cuando tantas veces le tocó compartir con humanos, vio gente sufrir por distintos problemas y distintas heridas de amor. De pareja, de hijos, de padres, de mascotas, de amigos. Pero no podía entenderlos en su totalidad, porque su corazón estaba protegido. Por eso era un ángel.

Pero ahora, esa coraza se había diluido entre caricias y miradas, y a cada segundo se volvía más sensible, porque todas las emociones eran nuevas y no sabía cómo enfrentarlas. Amargas lágrimas corrían por sus hermosas mejillas y su cuerpo comenzó a sacudirse, mientras un Louis completamente horrorizado no sabía qué estaba sucediendo.

—Harry, ¿qué pasa amor?

—¿No sientes miedo Lou? ¿No sientes miedo de qué esto acabe? Yo no quiero perderte, —dijo aferrándose con fuerza a ese cuerpo desnudo que lo recibía con gusto.

Y sí, claro que tenía miedo. Sólo que no quería decirlo.

—Vamos a solucionarlo Harry, no lo dudes. Pero por favor no llores, no sé qué hacer.

Y era tanta la seguridad en su voz, que el ángel le creyó. Necesitaba creerle. Y sonrió. Amaba la sinceridad de Louis, sobre todo en esas cosas tan cotidianas.

El demonio decidió volver al infierno, necesitaba respuestas y las tendría. Harry haría lo propio en el cielo. Quedaron de verse al día siguiente en el mismo bar.


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—Necesito hablar contigo” —le dijo a Lucifer, sin ninguna vacilación.

—Te escucho Himo” —contestó divertido. Quería saber hasta dónde llegaría.

—Ya sabes, no te hagas el santo. Me enamoré de un ángel, literalmente. Habla con el Dios ese, dime qué puedo hacer para no perderlo” —Pidió. “—Por favor”

—Vaya, me sorprendes, creí que te demorarías un poco más. Sabes que está prohibido este tipo de conductas, y te advertí que anduvieras haciendo estas cosas” —le dijo reprimiéndolo, mientras por dentro estaba divertido.

“—No empieces. Si sabes como soy para que me mandas. No estoy para sermones y dime luego, que ya extraño a Harry” —apuró.

Y Lucifer se largó a reír.

—Podría eliminarte en un segundo, pero sería como matar una parte de mí. Harry y tú están destinados, tienes razón. Dios y yo lo sabemos y pueden quedarse juntos, pero hay cosas a las que tienen que poner atención.

Al ver la cara de Louis, continuó.

—No, Harry no podrá follarte como ángel. Por el infierno Himo, concéntrate. ¿Es lo único que te importa? Tendrán que tener un trabajo y todas esas ridiculeces de humanos, ya sabes. No deben tener hijos, porque llevan los genes de demonio y ángel, y sería peligroso intentarlo. En todo caso, dudo que quieras que alguien te quite la atención de ese hombre. Vaya que te tiene dominado.

—Ni hables, que te escuché gimiendo diosito hazme el milagro la otra noche con el santurrón ese, no te vengas a hacer el macho tampoco.

Y se largaron a reír. Por eso se llevaban bien. Eran tan parecidos, que chocaban, pero se atraían al mismo tiempo.

Finalmente, Louis logró que Lucifer le consiguiera mucho dinero. Quería un trabajo también, pero le dijo que no iba a ser necesario.

—Si aceptas un consejo, intenta no ser tan bestia Himo. Estás dejando todo por un ángel, hazlo bien. No es el consejo de Lucifer el que te estoy dando, es el de alguien que quiere algo bueno para ti. Ahora lárgate.

Y aunque no fue correspondido, Louis abrazó ese cuerpo que ardía literalmente. Después pasó a despedirse de sus hermanos errantes. Dio un último paseo por el lugar y volvió a su forma humana en el que sería su departamento.

Harry en cambio, tenía una conversación un poco más íntima con Dios.

—Nunca pensé que el miedo y el amor se sintieran así, —dijo Harry.

—Lo sé, pero debes confiar en ustedes y en lo que están construyendo. También en mí.

—Lo haré. ¿Es esta la última vez?

—No, puedes volver cuando quieras, incluso puedes traerlo. Pero necesito pedirte una cosa: nunca pienses que no estoy orgulloso, o que no te mereces ser feliz. Tú destino estaba marcado así, sólo llegaste a él de una manera distinta.

—¿Pero podremos ser felices juntos? —preguntó mirando los ojos color cielo.

—Depende de ustedes, y tu corazón tiene la respuesta. Ahora ve con él, vaya que es impaciente.

Y Lux Dei sonrió, pensando en su dulce demonio.


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Resultó ser que Harry tenía grandes habilidades para las artes de todo tipo. Cocina, pintura, diseño. Louis compró el bar donde se conocieron y le dieron un nuevo concepto. El desván lo dejaron privado, sólo para ellos.

Pero el espacio para el público, era utilizado para distintos espectáculos, y pronto fue solicitado para los mejores estrenos de moda, música o gastronomía. Cuando no era usado para fines privados, seguía siendo un bar.

El único problema, es que Harry no daba abasto con todo, y necesitaba un asistente. Publicó un aviso, y eligió a seis candidatos para una entrevista final. Louis los desechó a todos: Uno a uno, y en sus caras, les dijo que eran unos aprovechados y sucios trepadores.

Harry estaba totalmente sorprendido. Y más aún, cuando Louis decidió unánimemente, que él sería su asistente, era el trabajo que andaba buscando. Así podría espantar a cualquier idiota que quisiera acercarse a su ángel.

Bueno, a Harry no le molestaba realmente, hasta que los problemas comenzaron. Los contratos comenzaron a bajar notablemente, y ya casi nadie quería trabajar con él. Los pedidos eran pocos, y el tiempo libre era cada vez más. Harry llamó a Louis a una reunión formal en su oficina.

—¿Qué está pasando con el espacio del bar que ya no se está rentando como antes?

—Lo que pasa amor, es que todos quieren citas directamente contigo, y como no se puede, pues buscan otro lado, —contestó Louis muy cuidadosamente.

—¿Por qué no pueden hablar conmigo?

—Porque quieren llevarte a cenar y eso es para seducirte, y yo no lo voy a permitir.

—Louis, tienes que entender que esto es trabajo. No todos los hombres que se me acercan quieren conquistarme. O cambias de actitud, o estás despedido.

Y Louis se indignó. Se levantó y se fue.

Harry suspiró cansado. Los problemas comenzaban recién, y eso que apenas llevaban dos semanas en la tierra después de sus conversaciones con sus respectivos Jefes.

Ni siquiera vivían juntos, tampoco habían definido si eran novios. Nada parecía tener un orden con ellos y ya no estaba seguro de querer vivir así. Quizás eso mismo lo estaba afectando, no sentir tan cerca a Louis.

Elevó una pequeña plegaria a Dios, y se sintió mejor. Hizo un par de llamadas, y salió a buscar a su endemoniado amor. Lo encontró sentado en una banca de una plaza, al frente del bar.

—Lou, necesitamos hablar. ¿Podemos ir al desván? —Le pidió.

No recibió contestación, pero el demonio caminó en silencio. Cuando llegaron al bar, que estaba vacío y en silencio, subieron las escaleras, y entraron al lugar. Harry encendió una pequeña chimenea que habían instalado. Louis se sentó en el sofá, y Harry comenzó a desnudarse.

Louis estaba feliz. Pensaba que era la mejor manera de solucionar cualquier problema. Se levantó para desnudarse también, pero la voz fuerte y golpeada de Harry lo asustó:

—Quédate quieto.

Cuando la última prenda fue sacada de su cuerpo, se puso frente a Louis, y le dijo:

—Quiero que cuentes cada una de las mordidas, moretones, rasguños y marcas que me has hecho.

Muchos minutos estuvo contando el castaño, hasta que por fin habló:

—Treinta mordidas, quince rasguños y diez moretones, —dijo orgulloso.

Harry se colocó una bata y se sentó a su lado, mirándolo.

—55 marcas en total Louis. ¿Y así dudas de que soy tuyo? —Preguntó casi con rabia.

—Lo siento, sé que actué mal, pero estoy aprendiendo, —se justificó. —Además que esos hombres...

—Nada Lou. Esos hombres ni siquiera saben quién soy. Mira, tenemos un buen negocio, nos puede ir muy bien. Has mis citas, y acompáñame a ellas, si eso te hace sentir más seguro.

—¿Y ahora te puedo sacar esa bata?

—Lou, estamos hablando de algo importante. ¿Qué te parece si te invito a cenar?

—Cuando se te borren esas marcas, ¿Puedo romper mi récord?

Y Harry se agarraba la cabeza.

—Es broma amor. Llévame a cenar, pero ¿puedes ser el postre?

Y Harry tomó su ropa y comenzó a vestirse. Cuando tomó sus pantalones, una cajita salió disparada, cayendo a los pies de Louis. Intentó tomarla, pero no lo dejaron.

—¿Y esto?

—No es tuyo, devuélvemelo, —pidió Harry.

—No, —contestó Louis, quien se había contagiado del mal humor.

—Has lo que quieras, dijo Harry, poniéndose las botas y saliendo del desván con la polera en la mano.

Louis suspirando, prendió un cigarro. Caminó hacia el ventanal, y se sentó en el suelo. Miró la cajita un par de minutos, pero no la abrió.

Cuando sólo era un demonio, era todo más fácil, pero tener que convivir con los demás humanos era desgastante. Además, ¿Por qué tuvo que fijarse en alguien tan atractivo como Harry? Apenas se había ido y ya lo extrañaba.

En una muy mala decisión, llamó a Niall, y organizaron lo que se suponía era una pequeña velada en el bar. Pero a los diez minutos, Louis decidió que lo correcto era ir a buscar a Harry, así que dejó a cargo su amigo.

Si fue la peor idea del mundo, lo fue totalmente. Niall fue llamado a otro lado, por lo que dejó el lugar a cargo de nada más y nada menos, que, del recién llegado demonio del caos y desastre Hörmung, cuyo nombre humano era Zayn. Su última visita al mundo humano, dejó cien autos en el mar, dos incendios y más de mil personas detenidas. Estaba más calmado, pero siempre era un buen momento para un poco de desorden, ¿O no?

En un nuevo récord, de sólo nueve minutos, logró emborrachar a las doscientas personas que, de alguna extraña manera, estaban en el bar. Y no contento con eso, los exaltó, y el hermoso mobiliario que Harry eligió con tanto detalle y cuidado, fue roto, quebrado, quemado, destrozado, desaparecido, robado, rayado, mojado, orinado, y otras cosas más, en medio de gritos, cantos y alaridos.

Niall llegó en el último minuto, y deseó con toda su maldita alma, morir en ese momento. Llamó a Louis y le pidió volar al bar. Sabía que habría consecuencias.

Louis apenas llevaba diez minutos intentando hablar con Harry, y ni siquiera empezaban a discutir tranquilos, cuando tuvieron que salir apurados.

Cuando llegaron y vieron el desastre, estaban muy molestos, pero no dijeron nada. Sólo veían como las autoridades sacaban y sacaban gente desde el local. Cuando terminaron, y pudieron ver lo que quedó del local, Harry no pudo evitar llorar. Pero miró hacia la escalera, y la puerta hacia el desván. Estaban intactas, subió y revisó que todo estuviera a salvo.

Hizo unas llamadas, y se quedó tranquilo. Louis lo miraba sin entender muy bien. Él estaba demasiado molesto con Niall, hasta que vio a Zayn en una esquina, muy divertido.

—¿Qué mierda haces aquí Hörmung? —preguntó.

—Me dieron permiso también querido Himo, —contestó. —Pero no pensé encontrarte por acá, ¿conocías este lugar?

—Es mío y de Harry, —dijo.

—¿Harry? ¿Él? —Indicó hacia el rizado.

—Sí, él.

—Es hermoso.

—No lo mires, es mío.

—¿Seguro? —Una sonrisa malvada apareció en sus labios. —Te lo quito en menos de un minuto.

Y sin esperar respuesta, fue a la caza de Harry. Y así como fue de rápido, volvió.

—Lo tienes loco, —le dijo. —Ni siquiera pude coquetearle, ¿qué le hiciste?

—Ni yo lo sé, —dijo un orgulloso Louis sonriendo feliz.

Niall, Zayn y Louis pudieron ver una mancha de sangre en la pared, por lo que debían presentarse en el infierno de manera inmediata.

—Amor, debo irme. Vuelvo apenas pueda, —dijo Louis muy despacio.

—Está bien, tenemos una conversación pendiente, —contestó Harry con una sonrisa.

—Por Lucifer que voy a pecar contigo esta noche, —aseguró el demonio perdido en esos hoyuelos.

Y se fue, antes de tomarlo en medio de todos.

Lucifer estaba molesto. A pesar de saber el resultado de sus experimentos, esperaba que a veces, lo sorprendieran y Zayn siempre lo hacía, pero de la peor manera.

—Te superaste, debo reconocerlo, pero rompiste una regla, y lo pagarás. Oburluk, debías cuidar a este demonio, y lo dejaste por ir detrás de más comida, también lo pagarás. Himo, tú has sido el afectado, decidirás el castigo.

Y Himo no podía creerlo.

—¿Por qué tengo que hacer tu trabajo? Tú sabes perfectamente las burradas que haces mandando a este allá abajo, —indicando a Hörmung. —Y este otro, sólo se ríe todo el día. A mi déjame tranquilo con mi rizado, y a estos mándales un novio o novia y un montón de hijos para que sepan lo que es bueno, —dijo sin medir sus palabras.

Y Lucifer se sobó las manos. Era exactamente lo que tenía que suceder.

—Bien. Van a volver a la tierra y espero no verlos por acá. ¿Pueden venir? Sí. ¿Quiero verlos? No. Váyanse.

Y los tres volvieron al bar. Y encontraron a Harry muy tranquilo terminando de anotar en una libreta unos números, mientras conversaba con Liam y con una bonita chica llamada Beth, ángel también. Revisaban los seguros y esas cosas legales.

Hablaron entre los seis, y pasaron muchas cosas.

Zayn estaba extrañamente atraído por Liam, pero este, que sabía bien quien era ese demonio, estaba aterrado. Le había tocado consolar a muchas de sus víctimas, por lo que sabía de su historia, y nunca pensó conocerlo en persona, menos en su forma humana, y tampoco, que fuera tan atractivo. Sentía la inclinación a acercarse, pero sabía que era un arma de doble filo.

Niall por su parte, ni miró a Beth, preocupado de comer, hasta que ella sacó sus propias galletas y no le quiso convidar. Ahí se miraron y por primera vez, se les quitó el apetito.

Afortunadamente, los seguros cubrirían parte de los daños, y Zayn junto a Niall, se comprometieron a ayudar con mano de obra y tiempo en lo que hiciera falta. Harry quedó satisfecho y dio por terminada la reunión, pidiéndoles reunirse en dos días para empezar a trabajar.

Liam se fue a regañadientes con Zayn, porque le pidió una guía para saber cómo ayudar a esa gente que había perjudicado con sus acciones. ¿Estaba siendo sincero? No lo sabemos, pero Liam iba a intentar darle un nuevo punto de vista de las cosas.

Beth le dijo a Niall que tenía tres docenas de galletas en su casa, y podía darle una para llevar. Se fueron juntos, mientras conversaban sobre recetas, sabores, comidas y mezclas.

Harry y Louis se quedaron solos.

—Lamento haber actuado tan tontamente. No soporto pensar en alguien más cerca de ti, pero es que te miro y eres tan jodidamente... —y no pudo seguir hablando, porque se perdió en la figura insuperable que estaba de pie frente a él. —Eres irreal Harry, lo siento, intentaré hacerlo mejor.

—Lo sé Lou, estamos aprendiendo. ¿Crees que yo no me pongo celoso? Lo hago, y es terrible. No te das cuenta de cómo te miran cuando caminas o cuando te ríes o cuando solo respiras. Pero estoy aprendiendo a sentirme orgulloso, porque me elegiste a mí, —explicó acercándose, y dándole un beso intenso.

Antes de que sus caricias se volvieran una llamarada, Louis volvió a hablar:

—Toma. Perdón también por esto, —dijo entregándole la cajita misteriosa.

Y Harry sonrió.

—Es para ti, —Le contestó. —Ábrela.

Lo primero que vio, fue una pequeña nota. La tomó y la abrió. Leyó:

“Somos distintos, lo que tenemos es inusual...

Pese a todo, estamos juntos.

Eres el más bello milagro de mi vida,

quien me ha hecho conocer la maravilla de existir

y ha dado color a mis días.

¿Quieres ser mi novio?”

Y un bonito anillo, sencillo, con un grabado que los representaba: Un par de alas y un par de cuernitos.

—Quiero ser tu novio, —dijo besándolo en la mano. —Me jodidamente encanta mi regalo. Te voy a tener que agradecer a mi manera ahora, —murmuró sobre su pelo, acariciando su cuello y llevándolo hacia la escalera.

Y Harry sintió que su dulce demonio le retribuyó con creces. Si no, pregúntenles a las 78 marcas que quedaron en su cuerpo, y que Louis admiró orgulloso al día siguiente.

Finalmente, Liam encontró una manera para que Zayn ayudara, pero a la vez, pensaba que era la peor idea del mundo. Había un orfanato que recibió a muchos de los hijos de sus víctimas de accidentes y lamentablemente, estaba muy olvidado y sus necesidades eran muchas. Lo peor, es que la mayoría de los niños, eran bastantes pequeños. Eran 12 niños y niñas, entre 5 y 9 años.

Sin embargo, cuando le planteó la idea, y lo llevó al lugar, sencillamente, se enamoró. La mirada tan turbia de Zayn se calmó y su energía se volvió paternal y acogedora. Conectó de inmediato con ellos y supo que había encontrado su lugar.

La sonrisa de Liam era mejor que la brisa de otoño, pensaba Zayn, mirándolo a lo lejos. Caminó sin dudar hacia él, para ofrecerle una vida juntos, así, simple, sin ataduras, sin complicaciones. Pero olvidaba que el ángel no estaba acostumbrado a tanta informalidad, por lo que, aunque quería aceptar, no lo hizo.

—Podrías incluir a Niall. Me parece que podría hacerlo bien en la cocina, sobre todo con Beth, —dijo Liam, cambiando el tema drásticamente, a un molesto Zayn.

—Tienes razón. Seguramente ellos no me van a rechazar, —contestó dejándolo solo.

Y era exactamente la reacción que Liam esperaba y a lo que temía. Pero él no era alguien que dejara pasar las oportunidades así. Si estaban en esa situación, entonces sería con todo, se puso a trabajar de inmediato.

Una semana después, el orfanato era legalmente de los seis, aunque en partes diferentes, siendo la mayor porción, la de Zayn y Niall.

Liam preparó una pequeña, pero muy significativa inauguración de la nueva y remodelada Casa de Colores. Ya conocían a los y las pequeñas, arreglaron las instalaciones, buscaron nuevos profesores, les hicieron revisiones médicas, sicológicas. En fin, todo lo necesario para darles lo mejor. De hecho, Zayn y Niall vivían en el mismo lugar, con ellos. Zayn, además, les enseñaba a pintar y Niall a cocinar. Beth iba todos los días a ayudar también.

La noche de la celebración, Liam se acercó a Zayn, quien no le había vuelto a hablar desde su última interacción.

—Te quedó todo muy bien Liam. Gracias, —habló primero Zayn, siendo muy correcto.

—Es muy fácil cuando se trata de ti, —contestó coquetamente. Y la mirada dura que recibió, no lo cohibió. —Sé que estás molesto, y no te culpo, —continuó. —Pero quiero que entiendas, que jamás podría tener algo tan libre contigo, porque yo no funciono así. Necesito saber que eres mío Zayn,— dijo acercándose a un sorprendido demonio. —Quiero que me aceptes como novio, como futuro esposo, lo que sea, que me des un nombre”

—Mío, mi novio, mi futuro esposo, las tres, —corroboró Zayn, tomándolo fuertemente del cuello.

Y esa noche Liam entendió el poder del caos.

En cambio, Niall y Beth estaban en un mundo mucho más lento, más divertido, y más tranquilo. Mientras hubiera comida, estaba todo bien.

Louis había estado corriendo con los chicos detrás de una pelota por mucho tiempo, y Harry enseñando a un par a patinar, a otros a disfrazarse, a unos cuantos a hacer coreografías. Cuando terminaron, y después de dejarlos dormidos y arropados, pudieron irse también a descansar.

Harry tenía algo especial preparado para su dulce demonio. El departamento parecía una escena del cielo. Suaves sábanas blancas, cojines esponjosos, almohadas mullidas, un rico y suave olor a vainilla.

Harry miró a Louis, y tomó su preciosa cara en sus manos. Se acercó despacio, y lo besó. Cuando sintió la intensidad que buscaba, sus manos comenzaron a eliminar la molesta ropa que entorpecía su trabajo de acariciar la piel tierna y delicada que ansiaba tocar.

Al mismo tiempo que desnudaba a un impaciente Louis, hacía lo mismo con su propia ropa. Les urgía estar desnudos, para sentirse piel con piel.

Harry esta vez tomó el control, dejando a un complacido Louis debajo de su cuerpo. Lo recorrió completo, lo saboreó y lo degustó. Lo llenó de marcas y besos, hasta la planta de los pies.

Cuando la urgencia de ser uno solo los quemaba, Harry lo tomó en brazos. Con las piernas de Louis firmemente en sus caderas, lo llevó hasta un mueble donde había colocado un cojín sedoso y blando. Ahí lo apoyó, y mientras lo besaba, comenzó a sacar sus alas.

Cuando Louis lo miró, al sentir cómo Harry empezaba a penetrarlo, pudo ver al reflejo de la luz la impresionante imagen de su ángel alado, y se quedó sin respiración.

—Lucifer, Luzbel, Ángel Caído, Satanás, Serpiente, Gran Dragón Rojo, Satán, Enemigo, Belial, Samael, Belcebú, Ángel de las Tinieblas, Príncipe de la Potencia del Aire, Abaddhon, Jaldabaoth, Legión, Espíritu Impuro, Espíritu Inmundo, Ángel del Abismo, Espíritu Embustero, Tentador, Hijo del Amanecer, Belcebú, Baphomet, —recitó. Eran todos los nombres con los que conocía al demonio.

Y de pronto, lo que jamás pensó decir.

—Por Dios Harry... se siente increíble, —gimió. —¿Así es el cielo? —preguntó.

—No amor, —aseguró. —Tú eres mejor, —dijo en medio de duras embestidas que lo tenían sudando.

Una de las manos de Harry en el pecho jadeante de Louis, acariciando y dejando sus dedos marcados. La otra, en un vaivén entre su cintura, que lo enloquecía, y su cuello, que quería morder como si fuera un vampiro.

Louis echo un manojo de gemidos. Jamás había cedido el control, nunca. Y hacerlo en la intimidad, era algo que había dicho en broma. No pensó que se haría realidad, y menos que Harry se lo tomaría en serio, pero lo agradecía infinitamente.

Era distinto, tan diferente, se sentía tan expuesto y vulnerable, en una entrega tan privada. Se estaba desconociendo.

Su cuerpo totalmente rendido, era literalmente de fuego. Las caricias de Harry eran como brisa fresca sobre su piel. Vapor entre ellos, llenándolos de humedad resbalosa, escurridiza y suave. Largos minutos en que pudieron sentirse como uno sólo, en que prácticamente se derritieron, y volvieron a moldearse, en que se amaron con sus almas, esencias y conciencias.

Al llegar al clímax, el semen casi hirviendo de Louis dejó una pequeña cicatriz en el pecho de Harry, quien, a su vez, desbordó su semilla desenfadada en el interior de su dulce demonio. Y al volver a la cama, Harry se acurrucó entre los brazos fuertes de Louis, igual que siempre, buscando abrigo y caricias tiernas que le recordaran que todo estaba bien.

—Lou, —llamó Harry.

—Dime amor.

—Creo que te amo, —dijo despacito.

Y Louis lo miró fijamente. Esas palabras se sentían diferentes, como ninguna otra. Las sintió en cada parte de su cuerpo y sonrió.

—También creo que te amo amor, —susurró.

Y Harry sintió una pequeña lágrima por su mejilla. Jamás imaginó que el amor se percibía así, tan dulce y bonito. Y entendió tantas cosas, sobre todo el por qué la gente sufría tanto al perderlo.

Y se aferró como nunca al cuerpo de Louis. Y cerrando sus ojos se perdió en su calor, y sus manos viajaron por él, buscando su lugar hasta encontrarlo en su pecho. No necesitaban hablar más por esa noche, sabían lo necesario.

Cuando despertaron al día siguiente, tocaron a la puerta. Harry abrió, y vio un paquete junto a la pared, estaba a nombre de Louis. Cuando pudo abrirlo, no puedo evitar reír. Lo acompañaba una nota:

—Espero que no te vuelvas a reír de mí querido Himo, te va a hacer falta de vez en cuando. ¿O me vas a decir que no te gustó?

Lucifer

Era una silla de ruedas.

—Maldito hijo de puta, —dijo riéndose, tratando de no quejarse por el dolor en su espalda, y hundiendo su cabeza en los rizos de Harry, que no entendía nada. Ya habría tiempo de explicar. Tenían tiempo.