Capítulo 1
Capítulo 1:
La nevada cumbre de Calisa Motta son divisable desde cualquier punto del pequeño pueblo de similar nombre, incluso desde la apartada taberna justo al final del camino.
Nunca sabré explicar por qué mirar aquella blanquecina cima me causa tanto placer de ver. Quizás sea porque me luce como un sitio inaccesible para la mayoría de los hombres o porque tener una cabaña allí sería la quintaesencia de lo que yo llamo paz.
Cambiaría mi casita aquí en la ciudad por irme a vivir sola ahí arriba, mucho más cerca de las estrellas que de los hombres. Es difícil que un astro te lastime o te rompa el corazón, están muy lejos para ello, aunque quizás sí se hagan daño entre sí. No lo sé, no soy una estrella. En cambio, el hombre es una mezquina máquina trituradora dispuesta a destruir a otros con el único fin de lograr sus objetivos. ¿A qué es capaz de llegar el ser humano cuando se propone una meta?
Retiro la vista de Calisa Motta y me fijo como Julia prepara esos tragos misteriosos que solo ella conoce para todos los presentes. Creo que es la única amiga que alguna vez llegué a tener. No soy una persona sociable ni mucho menos alguien que catalogue a la primera a los demás como amigos, lo mío es tener conocidos intensos y si alguno decide quedarse entonces ya sube de posición. Por ese motivo solo se quedó Julia.
Lava los vasos mientras agita su cabeza para acomodar sus cabellos rizados y rubios mientras ese mechón púrpura que se hizo en un acto de rebeldía se llena de jabón para vajilla. Nunca comprenderé por qué decide en regresar a los años en los que era una adolescente llena de sueños y dueña de una guitarra con la que prometía cambiar el mundo.
Al final, casi fue un alivio saber que vendría a cuidar a una tía a este sitio. Cuando se tienen dieciséis años uno siente que el universo se someterá a los caprichos que se nos antojen, pero al final nadie vino a esta tierra a cambiar a otro ser humano. Eso es pura mentira literaria y yo lo sé mejor que nadie.
En la radio suena Blinding lights a un volumen lo bastante bajo como para que los hombres de la última mesa, junto a la cabeza de reno, sean capaces de sostener una conversación de baseball que solo los emociona a ellos, pero este es un bar con temática variada y, mientras los dos chicos de la puerta conversan sobre cómo saltarse el examen de Química de mañana, los del final murmuran improperios hacia el equipo local.
Las únicas dos mujeres en el sitio somos Julia y yo, algo tradicional y típico de aquí.
Todos nos conocemos porque es un pueblo de tres mil habitantes, no más, no menos y según últimas estadísticas puede que menos. No muchos son los que se atreven a soportar estos fríos.
Julia me pasa un trago blanco del que no me sé el nombre. Mi cultura en armas de fuego y mi cultura etílica son las dos igualmente malas, aunque he de reconocer que el trago me ayuda a mantenerme caliente. Agradezco con la cabeza y me lo tomo de un sorbo, sé que me lo prepara casi sin ron, pero el efecto que tiene es automático. Otra vez mis ojos van a la ventana por la que observaba hace unos minutos.
¿Qué se hace cuando quiere huir de todos?
Te vas a un pueblo perdido en la nada.
¿Qué haces cuando quieres escapar de tu familia?
Destruyes tu celular y te olvidas de las redes sociales.
Pero, ¿qué se hace cuando solo se quiere escapar de uno mismo? ¿Cuándo lo único que deseas es que tu memoria sea un disco externo de laptop y poder resetear los últimos diez años de información?
Supongo que eso es algo que los científicos investigan en la actualidad.
—¿Te preparo otro? —La voz de Julia me saca de mis pensamientos.
—No, voy a trabajar ¿recuerdas? —pregunto, tocando los bordes de mi vaso, justo donde dejé las marcas de labial al beberlo—. Tengo que ganarme mi sustento.
Julia se seca las manos en el delantal. A veces pienso que lo hace más por vicio que por tenerlas realmente húmedas, es algo así como una muletilla personal. Sus ojos denotan un cansancio y un hastío de todo que le rodea, algo que se volvió propio de ella.
—Sabes que de hambre no te vas a morir aquí —aclara y se inclina sobre la barra—, puede que mueras de frío, por el ataque de un oso o por asesinato, pero de hambre no.
—Pues eso me tranquiliza mucho, Julia —digo, negando con la cabeza y en mi mejor tono sarcástico.
Ella hace una media sonrisa antes de señalarme la parte trasera de la barra.
Hoy no me apetece sentarme a cobrar mientras ella despacha a todos los clientes, que sea buena con matemáticas no quiere decir que le vaya a servir de contable. La última vez me quedé hasta las tres de la mañana ayudándola a cuadrar la caja registradora y yo necesito mis horas de sueño.
—No te pido que cobres el dinero, te pregunto si te apetece algo de comer —pregunta con cara de fastidio.
—¿Contrataste a alguien para la cocina? —inquiero la mar de sorprendida.
Las últimas semanas no paraba de quejarse de que todo lo que tenía para ofrecer era comida enlatada que compraba en grandes cantidades y que cualquiera podía adquirir en el supermercado del pueblo. Hemos buscado a varias personas para que trabajen como cocineros y nadie quiere porque, en este sitio, ya cada uno tiene su oficio. Con excepción mía. Ni siquiera sé si estoy de pasada o este será mi lugar de retiro para siempre. No sé, hay mucho que tengo que meditar todavía.
—Ya me gustaría —musita con un mohín de enfado—. Lo decía por si querías cocinarte algo.
—No lo hago en casa y piensas que lo haré aquí —respondo con un deje de risa en mi voz.
Es cierto, ni siquiera yo sé cómo me mantengo en pie. Como una o dos veces cada varios días y si no he muerto es gracias a las barritas energéticas, al café y a mis buenas dosis de palitos de vegetales. La comida no me sabe a nada hace meses y, como todo me da tan igual, es algo que no me quita el sueño de forma profunda. El poco comer ha tenido su lado positivo porque he reducido tres tallas de pantalón y me veo exactamente igual de delgada que hace diez años.
Julia suspira y asiente con la cabeza. Por suerte ella no es la típica amiga que me obliga a comer, tampoco me insistió cuando dejé de ducharme por estar deprimida y muchos menos protestó al verme tomar una guitarra y subir al pequeño escenario que hay en su establecimiento y cantar esa canción que tanto me identifica. Mi música atrae clientela que jamás ha entrado aquí y con eso gana más dinero.
Por eso tampoco protesté cuando me habló de cantar a dúo. Ambas fuimos a la misma escuela elemental de música y luego se nos ocurrió la brillante idea de estudiar una carrera sin futuro, no relacionada con la música y para la que no teníamos ninguna aptitud.
La puerta del fondo del bar se abre y ya ni me molesto en mirar quién es. Siempre son las mismas personas, así que no será nadie diferente a los que siempre vienen.
—Oh déu meu! Qui és aquest home? —susurra con cara semiorgásmica mi amiga en dirección a la puerta.
A veces olvido el dominio del catalán que tiene Julia. Hicimos algunos semestres en la universidad, pero el mío está a salvo en un cajón y nunca más lo haré salir.
Mis ojos van en dirección a la puerta para ver qué fue lo que causó el enorme espaviento en mi amiga. Lo primero que diviso es a Mikel nuestro amigo. La historia de Mikel es tan sencilla como: nació en este pueblo, es leñador y vive casi en las faldas de Calisa Motta. Sé que hizo una carrera, pero luego regresó aquí.
Apenas Julia se mudó a este pueblo ha hecho hasta lo imposible por salir con ella, pero mi amiga está negada a cualquier tipo de relación sexual o sentimental con alguien.
Hay heridas que Julia no curará jamás.
Junto a Mikel va lo que parece ser alguien nuevo para este sitio. Un alguien que no está nada mal. De seguro, por su fenotipo, es un leñador igual que su amigo. La cliché camisa a cuadros y los vaqueros ajustados lo delatan. Lo de talar árboles se le debe dar muy bien porque la tela de la parte superior de su vestimenta está bastante tensa. Quizás lo único que me resulta extraño son sus largos cabellos color caoba rubiancos que le caen en los hombros. No es propio de aquí.
Por un instante los ojos del hombre y los míos se encuentran. Una pequeña sonrisa hace que ladee la cabeza y regrese a mi amiga. Conozco esa mirada de playboy mezclado con niñato poco crecido, cerebralmente hablando.
—¡Te acaba de sonreír! ¡El rubio te acaba de sonreír a ti! —espeta mi amiga tan pletórica de felicidad que no me queda de otra que negar como reproche.
—Lo estaba mirando, esperaba que me devolviera la vista —confieso. Las miradas pesan—. Prepara el escenario, vamos a cantar porque quiero volver a casa temprano.
Julia no dice absolutamente nada, solo asiente y se dispone a montar su batería. Nos especializamos en instrumentos diferentes, pero en esta canción combinan a la perfección.
Todos los presentes dejan lo que hacen para prestar atención al jaleo encima del escenario, sobre todo cuando yo subo a posicionar mi silla y el micrófono. Mi guitarra se ha hecho un espacio al fondo del escenario, nadie la toca porque nadie la entiende como yo. Ella conserva el espíritu indomable de mis años buenos. Incluso las últimas dos adquisiciones se quedan fijas mientras mi amiga y yo nos preparamos.
—Cuando estés lista, Julia —murmuro a mi amiga que asiente.
El sonido de su batería inicia con nuestra canción.
—My ex hung the watch that I bought him on a tree branch and shot it with a rifle —comienza mi amiga con la voz raposa y profunda que la vida le dio.
—My ex said the preacher's daughter, she was just a good friend and swore it on the bible —continúo yo ese fragmento que tantas veces me ha dolido cantar ya.
Sin darme cuenta del motivo, mis ojos se dirigen al asiento donde están Mikel y el desconocido. Los dos está absortos en lo que cantamos, sobre todo el segundo. Somos un dúo espectacular, lo sabemos.
—Did he cheat? Did hi lie? Did he love to make you cry and call you crazy? Was he drunk? Was he drama? And mean to his mama? And call your best friend baby? When it comes to him, I know, I'm gonna win. Nobody's ever done bad better. I've got the best worst ex ever.
Mi guitarra resuena contra las maderas del pequeño establecimiento con una fuerza que todavía no aprendo a controlar. Sigo cantando y cada una de las palabras me raspa la garganta igual que un cáncer a un fumador. Me iré de este lugar el día que logre dejar de sentir que la respiración se me corta con esta maldita canción.
No dura mucho, solo dos minutos porque creo que en ese tiempo se concentra la suficiente cantidad de veneno como para hacerla más larga. Al final del último acorde recibimos los mismos aplausos cansados de siempre y sonreímos en agradecimiento.
Me bajo del escenario con la misma naturalidad que un camionero lo haría de su camión y regreso a mi posición en la barra llevándome a mi guitarra conmigo.
—¿Merengue de fresa tiene algo? —inquiere mi amiga, ocupando de nuevo su posición detrás de la barra.
Le puse Merengue de fresa a mi guitarra hace más de veinte años, cuando me la regalaron. Aún hoy le sigo diciendo así, aunque me parezca algo estúpido. No lo sé, la capacidad de sentir empatía por las cosas se fue perdiendo a la par que desaparecía todo lo demás.
—No sé —murmuro porque la verdad ni yo entiendo para qué la he tomado—. Hoy se me hizo poco el tiempo con ella.
—Siempre podemos subir a tocar: Aunque no sea conmigo —murmura Julia y justo entonces alguien detrás de nosotros pide un trago.
—Juramos no cantarla nunca más —aseguro, también me conozco la historia de esa canción—. No te haré pasar por eso.
Julia se apresura a llevar los tragos a cualquier mesa que lo haya solicitado y me puedo quedar unos segundos a sola.
Las cuerdas de Merengue de fresa tocan pequeños acordes de una canción de la que ni siquiera recuerdo el nombre, pero me gusta como suena. Nadie me prestará atención.
—El tiempo se fue y con él mi fe en tu corazón (mucha la distancia) y ahora estás aquí diciendo que sí, pidiendo perdón (pero en mí no hay ansias). ¿Cómo quieres qué, yo reviva lo que ya se murió…? —La voz de Julia a mis espaldas me hace recordar la letra de la canción y sonrío.
—Envidio tu memoria musical —digo, deteniendo las cuerdas.
—No es un gran don —suelta, restándole importancia. Bordea la barra y entra—. Una pregunta, ¿la piña colada a ti te gusta con alcohol o sin alcohol?
—Sin alcohol, ¿por qué? —La pregunta se impone ante el repentino cambio de conversación.
—Ah, sin algún motivo. —Mi amiga se encoge de hombros y niega con la cabeza—. Es solo que el señor fornido que vino con Mikel quiere invitar a la chica de la guitarra a un trago.
No me inmuto con lo que dice mi amiga. La verdad es que hace meses nada me mueve a consciencia. Ese tipo no es el primero que me invita a un trago con el objetivo de llevarme a la cama, tampoco será el último porque en este pueblo se sobran los salidos.
—No rechazaré una bebida gratis, pero eso no cambia nada de mi política actual —digo a mi amiga, encogiéndome de hombros—. Los hombres son todos iguales.
—Número uno, todos tus tragos aquí son gratis —aclara Julia, en lo que me hace mi piña colada—. Lo segundo es que Lasso debe estar muy orgulloso de tu comentario y lo último es que no creo que este sujeto te ofrezca un trago para llevarte a la cama.
No hago el más mínimo gesto. Si su intención es pagarme de esa manera por los dos minutos de canción que siempre hago pues bienvenida sea la contribución.
—Toma —dice, tendiéndome lo que me preparó—, y no hagas ningún movimiento brusco, pero viene hacia aquí.
Mi amiga decide lanzarse al otro lado de la barra y dejarme sola. Los hombres no me dan miedo, ni siquiera luego de todos mis traumas, pero la verdad es que hace tanto que no rechazo elegantemente a alguien que no sé qué tan arisca pueda llegar a ser.
Lo dice como si se aproximara un oso pardo.
El leñador no tarda nada en sentarse a mi lado y le hace una mueca a Julia para que le prepare lo mismo que bebo yo. Menudo chascarrillo se va a llevar cuando descubra que no me gusta el alcohol.
Ninguno de los dos dice una palabra, él es varias veces superior a mí en tamaño y tiene bonitas manos. Siempre me fijo en las uñas de un hombre, si las tienen limpias todo lo demás lo poseen igual, dicho por mi abuelo que fue albañil durante treinta y cinco años.
—Pensé que la gente de Calisa Motta era un poco más educada —comenta el leñador algo típico de alguien que intenta ligar—. Aunque, para ser honesto, tampoco esperé encontrarme con tan buena música en vivo.
—La vida te da sorpresas. —Es lo único que digo, sin despegar los ojos de mi trago-no trago.
Julia le sirve uno igual a él.
—No eres de por aquí, ¿verdad? —pregunta en su afán de desarrollar una conversación.
—No y tú tampoco —completo lo que vendrá después.
—Asumo que no te interesará saber de dónde vengo.
—No. —Su manera directa de ser me deja un poco perpleja, pero nada que no pueda manejar.
—Mi nombre, mis apellidos, mi edad, la talla de zapatos que uso, ¿algo de eso te es relevante? —pregunta con tono divertido.
—Ni siquiera me interesa estar teniendo esta conversación —murmuro, aunque sería interesante ver a dónde me lleva esto.
Sigo sin levantar mis ojos del trago, pero no tomo más. Prefiero evitar el contacto visual.
—Eres tan cliché —murmura el desconocido y da un largo trago a su bebida.
—¿Cliché? —La pregunta se me sale antes de poder contenerla. Debo parecer desinteresada.
—Sí, me suenas a la típica muchacha que huye de su ciudad porque algo le va como el culo y viene a escogerse a este quinto infierno. No follas hace meses y ahora que un tipo en la barra se te acerca te pones a la defensiva.
Muestro los dientes. Genial, el amigo de Mikel tiene que ser psicólogo porque ha acertado a más cosas bien de las que lo hizo mi mejor amiga la primera vez que le conté sobre toda la mierda que acontecía en mi vida. Tengo suerte para la gente como el sujeto que tengo a mi lado. Se piensan que soy una radiografía y que pueden ver a través de mi dolor. Quizás yo sea muy fácil de mirar o tal vez mis penas están escritas en mi cara.
—Vaya, psicólogo asumo —digo con aires de superioridad.
—No creo que te importe mucho mi profesión.
Y es ahí, por primera vez en toda la charla que nos miramos. Tiene unos hermosos ojos color azul que te calan hasta el alma.
Es un azul frío y sin ninguna vivacidad. Me sorprende que no sea el típico sujeto de la montaña que con una mirada te hipnotiza. Él no está mal, de hecho, no está para nada mal, pero sigue sin ser el tipo de sujetos al que le dedicaría la primera mirada en una disco.
—Es interesante ver hasta qué punto pueden llegar dos personas sin preguntarse el nombre —comenta el sujeto, alejando sus ojos de mí.
—Me llamo…
—Tampoco creo que importe mucho. —Me interrumpe—. Esta noche soy Jason Momoa.
Opto por mirarlo raro. En otra época habría estallado en carcajadas por ese comentario —se le parece, a decir verdad—, pero no puedo hacer eso, ya ni siquiera me acuerdo cómo se reía. Ha sido mucho y algo en mi ama quedó roto para siempre.
—¿Qué celebridad quieres ser esta noche? —continúa Jason, llamando a Julia por otra bebida.
Supongo que yo también podría tomarme una copita de cualquier cosa.
—Vale, si vamos a jugar a esto, entonces quiero ser Salma Hayek.