Chapter 1
POV Draco Malfoy.
Draco releyó el artículo sensacionalista de la prensa por tercera vez impactado, tomando a sorbos silenciosos su taza de té mañanera y refugiado en la privacidad de su despacho. Sobre la mesa de escritorio, desperdigados sin orden ni concierto se visualizaban periódicos y revistas diversas que habían proliferado tras la guerra. Otro sorbo de té calmó apenas sus celos infundados e indignación, Harry Potter encabezaba la primera plana como personaje del momento, siendo culpable principal de los escándalos amorosos y escenas indecentes en clubs nada recomendables, pero la palma se lo llevaba este artículo en concreto que había sobrepasado cualquier estándar de rectitud y moralidad. El maldito Potter sabía vivir de la fama adquirida y de su atractivo inexistente, consiguiendo ligues de ambos sexos casi cada semana.
Era un bastardo sin escrúpulos, declaró para sí mismo más tranquilo por el insulto. Se terminó el té y removió la lengua paladeando el poso amargo, lo mismo que su estómago delicado. Guardó los periódicos en un cajón incluyendo el del día y lo cerró con llave, hechizo, doble hechizo y sellado de sangre. Era su pequeño secreto, uno tan abominable, sucio y culposo que se avergonzaba de sí mismo tanto o más que gritar a los cuatro vientos que seguía los pasos del Salvador como un fanático admirador de esos que tanto abundaba. Él no sumaría su maravilloso cuerpo a la masa gregaria de mentes estúpidas que componían su grupo de admiradores. Como mucho... Se informaría en secreto de sus escándalos bochornosos, para permitirse chirriar los dientes y ahogar la irritación en cantidades ingentes de té, whisky y pelotas de papel formando montañas en la papelera. Tan modosito y bobo que parecía en el colegio, y ahora se había transformado en un libertino follador incapaz de controlar su polla y boca. Draco chasqueó la lengua y giró hacia el ventanal frotando con rabia sus perfectas uñas. Ese esperpento vividor no descansaba ni los domingos. Rascó sus uñas pulidas formando pequeños surcos y levantando padrastros con sangre, le tocaría pedir cita urgente con el esteticista una vez más.
En el ministerio, el muy traidor ni le dirigía un saludo o mirada al cruzarse por los pasillos. Tanto arrebato y ardor al defenderlo ante el Wizengamot, para luego ni obtener un triste saludo de mirada rápida. Se creía demasiado importante e inalcanzable por lo visto, igual era hasta necesario pedir cita y cumplimentar una encuesta para poder estar en su cama o mantener una conversación informal. Draco Malfoy no mendigaría atención de ningún tipo nunca y a nadie, antes muerto que rebajarse. Además, él no necesitaba ni la atención, conversación o encuentros sexuales del vagabundo y simplón de Potter. Quien crece sin dinero, siempre será pobre de mente y corazón, es una actitud más que una cuestión materialista, y Harry no sabía ser rico. El bicho ese vestía andrajoso, reía escandaloso y caminaba sin elegancia, carecía de modales, vocabulario extenso y actitud apropiada frente a personas ilustres, por ende, pregonaba pobreza a los cuatro vientos. Draco jamás se juntaría, mejor dicho; jamás se rebajaría a ser visto en compañía de semejante insulto personificado. Tenía una reputación que mantener, un estatus que conquistar y un trabajo que cultivar, no podía ni debía juntarse con semejante chusma, siempre rodeado de aduladores ambiciosos y magos o brujas fáciles sin criterio. Él nunca sería uno de tantos.
*
Tenía cita en el ministerio a las ocho, lo suficientemente temprano para que el zángano de Potter ni hubiese cruzado las chimeneas fluu o el ascensor. Caminó por el atrio rumbo al departamento de aduanas admirando su manicura restaurada, atreverse a expandir su empresa requería de ese tipo de citas cada quincena desde hacía cinco años, cuando se hizo cargo de los negocios familiares. Las famosas revisiones no eran sino una tapadera para controlar sus finanzas, que no se fuera del país sin advertir a las autoridades y mantener las narices dentro de su familia lo más posible en caso de reincidir en la traición. Unos pocos le saludaron al pasar, pero los más le giraron la cara evitándole, era el gesto más amable que obtendría de ellos, en respuesta levantó la nariz y la ceja sonriendo sardónico.
"Mierda no..."
Ahí estaba el asqueroso de Potter, todo desaliñado saliendo del ascensor que él iba a tomar. Por lo visto su turno nocturno fue muy duro y pesado, o dura y pesada su polla empotrando contra un sucio muro a una pobre persona de dudosa legalidad que le admiraba desde hacía tiempo y tras el polvo, se despojaría de su cuerpo como de su sonrisa con tal descaro que incluso se estremeció al imaginarlo. La rabia bulló en su pecho y apretó los dientes tensando su cuerpo, se dijo por enésima vez que hoy sería el día en que quemaría ese cajón y lo mandaría todo a la mierda. Pasó por su lado en automático, sus ojos grises clavados al frente y manteniendo la distancia subliminal de respeto. No le saludó, ni le miró ni le respiró siquiera, pese a intuir que de su boca pecadora salían palabras en tono grave. Draco se concentró en la tarea de entrar en el ascensor y apretar el botón correspondiente, ignorando todo cuanto acontecía a su alrededor. Justo antes de cerrar las puertas, sus ojos coincidieron sin pretenderlo con el hijo de puta malnacido, creído de mierda, insensible y asqueroso. Le regaló tal mirada de desprecio helado imitando a su venerable madre, que los ojos verdes parpadearon conmocionados y se giraron rápidamente huyendo de su espacio vital. Se sintió francamente bien, una cucharada de humildad no le vendría mal a ese imbécil que se creía el ombligo del mundo. Inspiró hondo y sonrió.
Su odio por Potter comenzó en el colegio, un sentimiento que fluctuó por épocas y años según las circunstancias o el estado anímico, pero su aversión real apareció poco después de los juicios. El sentimiento de gratitud por su elaborado discurso de defensa lo convirtió en un amasijo de incomodidad y expectación, una bomba a punto de estallar con la frase tirante de "Gracias Potter, una cena en nuestra mansión no será suficiente, pero por algo se empieza" le costó sangre y dolor verbalizar ese gesto de reconciliación pese al sufrimiento y agotamiento psicológico. Harry sonrió en respuesta y aceptó con un "Claro" escueto, asegurando su asistencia en cuanto recibiera una lechuza para citar día y hora. Un mes y medio después y noches de indecisión e insomnio, Draco se decidió a invitarlo por fin a la mansión. ¿Su respuesta?
Gracias, pero no.
Sin explicaciones o excusas baratas con las que escudarse para amilanar el hiriente rechazo, solo una nota breve de trazo descuidado y caligrafía mala que no esperó respuesta. Una semana después apareció en primera plana el salvador y su posible amante, tomando una copa juntos y entrando en un hotel a pasar la noche. Draco no admitiría jamás que su esófago ardió por el goteo incesante del ácido, solo le había invitado a una cena formal en su casa para agradecer y nada de lo que hiciera Potter obstaculizaba su inocente intención de ser amable. En el ministerio se lo encontró al poco rodeado de aduladores que le palmeaban la espalda, Draco se sumó por primera y última vez a la jauría y bromeó sobre su conquista y los titulares, nada a lo que no estuvieran acostumbrados ambos en su manera de relacionarse, Harry sin embargo le asestó una puñalada al corazón con su mirada más furiosa, o molesta y herida, nunca se sabía con el moreno. Por lo visto, todo el mundo tenía el derecho de bromear o comentar sobre el artículo excepto él, que rápidamente fue apartado de la conversación cerrando el corro de borregos en torno al héroe trasnochado. ¿Con esas íbamos? pues bien, con esas irían a partir de ahora.
Luego de eso pasaron a los saludos respetuosos, a los obligados y a los cabeceos rápidos, que dieron paso a la indiferencia absoluta tras un año. Incluso si decaía en su orgullo de cruzarse y darle un saludo mañanero con sonrisa incluida, Harry apenas le prestaba atención pese a dar constancia de haberlo escuchado y notar su presencia al pasar. Luego de varios intentos infructuosos más hirientes que otra cosa, desistió de mostrarse accesible y comenzó su desprecio palpable de mirada distante y sonrisa engreída. Una noche hace dos años, coincidieron en la fiesta anual del ministerio, y cual no fue su sorpresa al vislumbrar en el reflejo del espejo de los baños mientras se lavaba las manos salir a Potter y a Seamus de un cubículo, acalorados y con signos inequívocos de haber mantenido sexo. Sus miradas se encontraron, la de Harry abierta y asombrada, casi aturdida mientras parpadeaba repetidamente, la de Draco fría e intensa, destilando odio con cara poro de su piel y expresiones. Le sonrió al espejo saludando a Seamus en tono pomposo, haciendo notar su indiscutible presencia y sonriendo ladino. Al día siguiente y relamiéndose las heridas, leyó en primera plana el artículo sobre el escándalo sexual de Potter con un antiguo compañero de colegio en nada más y nada menos que una fiesta del ministerio. Fue un discurso demoledor sobre el comportamiento nada adecuado del salvador y durante un tiempo desapareció de la vida pública. Coleccionar ejemplares comenzó como una coincidencia cuando acumuló varios en donde se regodeaba de su vida privada expuesta en los titulares. Le satisfacía juzgar a Potter y lo que decían de él, valorando cuán hondo había caído esta vez con el frenesí de la juventud y la fama. Nada, absolutamente nada escapaba a su escrutinio y censura, incluyendo la ropa, el lugar de encuentro o la pareja y su aspecto.
Lo que comenzó como un pasatiempo se convirtió en una obsesión, y el cajón en un saco profundo de secretos inconfesables de odio y desprecio. Era hora de dejar todo eso atrás, era el momento de desprenderse de ese vicioso vínculo inexistente y proyectar todos sus esfuerzos en labrarse un futuro. Draco sacó por última vez los periódicos y releyó algunos titulares, pese al extraño sentimiento de agitación y molestia, prevaleció la tristeza y el anhelo. Tocaba cerrar una etapa que solo le había perjudicado.
A la mañana siguiente de su encuentro en el ascensor le llegó una lechuza con El Profeta, en primera plana y sin guardar el decoro hacia la víctima, aparecía la imagen de Harry Potter siendo transportado al Hospital San Mungo herido de gravedad. Pronóstico reservado, circunstancias desconocidas y declaraciones nulas por parte de sus amigos y allegados. La taza de té tembló en sus dedos y la dejó sobre el platillo de porcelana repasando el artículo. Harry no era ya su asunto, ese maldito esperpento que vivía de la fama regalada y que rechazaba invitaciones a cenar o saludos no se merecía que estuviese ahora paralizado, con el corazón en la boca y el pecho hundido de preocupación. Potter tenía su vida y él la suya, sus caminos nunca se cruzaron realmente y tampoco es como si se mirasen de soslayo por el ministerio deseando entablar una conversación más madura y tranquila. No, Harry ya había hecho su elección por segunda vez y despreciado su acercamiento, lo que tuviera que pasarle no le incumbía en absoluto. Eso se dijo esa mañana, y a la otra, y la otra y la siguiente, sin detenerse a pensar en que compraba puntual cada periódico por si publicaban más sobre él. El silencio en el mundo mágico era ensordecedor, relatando teorías conspirativas a mansalva, cada cual más rocambolesca sobre su situación. Las uñas de Draco quedaron en pequeñas lunas descascarilladas y mordidas, sus dedos repletos de padrastros ensangrentados y la licorera a rebosar de nuevas bebidas tras dos semanas de silencio. En el ministerio todos hablaban de que si fue el escándalo de la denuncia y su depravación, un amante despechado, un admirador obsesionado, un detractor que le tenía inquina, una enfermedad que ocultó hasta ahora, un estallido de magia producto de los traumas de la guerra e incluso que el héroe no lidiaba bien con su vida y se le había ido del todo la cabeza. A la gente le encantaba opinar, Draco se maldijo porque él era el primero en hacerlo sin remordimientos ni contención. Se insufló de valor para ir en busca de la sangre sucia y obtener noticias veraces, esta sin embargo se ausentaba cada dos días y hoy era uno de esos en que la puerta de su despacho le devolvió el eco de los toques de sus nudillos nerviosos. No podía ir al hospital, no creía tener tanta suerte como para que le permitieran una visita. Intentó informarse a través de sus compañeros de trabajo, tragándose las miradas desconfiadas, los insultos velados y las sonrisas de suficiencia cuando se acercó a ellos en actitud amistosa.
Silencio. Ese mismo que le acompañó el resto del día y los siguientes como un manto pesado sobre sus hombros decaídos. Leyó los artículos de cinco años no como una excusa para regodearse, sino como una manera de tenerlo a su lado y saber de él pese a los escándalos amarillistas y de la prensa sensacionalista. Mal o bien, hablaban de Potter, de donde había estado, con quién, qué hacía, cuando y hasta porqué. Era horrible, ahora que prestaba atención global, ver tu vida íntima retratada palabra a palabra por agentes externos que se inmiscuían sin tu permiso y exponían de ti sin tu consentimiento. Cada letra incluso de alabanza se transformaba en un puñal, porque incluso en los artículos bondadosos se reflejaba el exhaustivo trabajo de los periodistas para acosar a Harry cuando quería pasar una velada con alguien o en familia. Años largos y ni una noticia inocente y simple, solo debates radicales sobre su estilo de vida, su vocación, su edad, lo que decía o callaba, lo que debería o no hacer y con quién y porqué. El mundo opinaba dentro y fuera de sus mentes sin ser conscientes del poder de las palabras, Draco incluido, y por eso sacó pergamino y pluma para comenzar a escribir. Si su carta era rechazada o lanzada al fuego, eso ya dependería de Harry, pero no le guardaría rencor, cada uno tenía sus motivos para hacer las cosas y nunca se sabía qué ocurría dentro del corazón de las personas.
*
POV Harry Potter.
La vida simplemente fue en picado para él, Harry creyó que tras derrotar a Voldemort ya todo estaba hecho, pero se equivocó.
Aún recuerda ese día gris cuando se presentó ante el Wizengamot para defender a los Malfoy. Estaba en juego sus vidas y pese a desconfiar de Lucius, el resultado fue favorable ya que Draco se salvaría del beso del Dementor y de Azkaban. Aceptó su invitación sintiendo una gran alegría y mariposas en el estómago, esas sensaciones extrañas y desconocidas hasta ahora que le hicieron desprenderse de la tupida venda que cegaba sus ojos con respecto a lo que deseaba en su vida. En apenas poco más de un mes el mundo giró demasiado rápido para su gusto; La conversación con Ginny fue demoledora, incómoda y llena de un sentimiento de culpabilidad que casi le hace caer en el error de retomar lo suyo. Tras la debacle se sintió tremendamente solo, apoyado nada mas que por Hermione para no ahogarse en el temor de haberse quedado sin familia. Era duro porque el recuerdo de Fred permanecía fresco en su memoria, así como tantos compañeros caídos que ya nunca volverían para compartir una palabra o sonrisa. A ese extraño hundimiento de ánimo se sumó el titular sensacionalista de los rumores de compromiso entre Draco Malfoy y Astoria Greengrass. Harry no supo cómo sentirse al respecto, sobre todo cuando recibió al fin una invitación para cenar posiblemente en compañía de su prometida. Se sentía desganado, alicaído y en ocasiones irritable, no era una buena compañía para nadie y menos en presencia de los Malfoy. Nunca supo dar excusas plausibles, así que se aferró a lo breve, anticipándose al descontento que justo ahora no le importaba demasiado aunque debería.
Luego de eso el mundo se hizo grande, exigente y cruel. Su momento de valentía para probar la sexualidad se transformó en una pesadilla de terror en donde aparecías desnudo y todos te señalan con el dedo mientras ocultas tus partes íntimas. Fue traicionado y la historia vendida a los periódicos por quien dos noches atrás le estaba besando en la habitación de hotel y hundiéndole el miembro atravesando sus entrañas. Su primera vez con un hombre, con un compañero de colegio en quién confió lo necesario como para dar ese paso y sacar esa espinilla del recuerdo molesto de Draco y su compromiso. Lo suficientemente importante como para aventurarse, darse un respiro de la vida y tratar de seguir adelante adquiriendo experiencias nuevas. Esa mañana Harry se hundió un poco más porque eran sus compañeros, sus superiores y no podía descontrolarse en un estallido de magia furibunda pues no quería quedarse sin trabajo, así que soportó los comentarios, las bromas subidas de tono y las preguntas que desde luego no respondió dispuesto a irse de un momento a otro. Pero lo peor fue Draco, su mirada altiva, su sonrisa socarrona y sus palabras hirientes de tono helado lo dejaron devastado. Draco debería saber cuánto mal hacían las palabras y la fama en boca de otros, cuánto de mentira abría en cada artículo que solo buscaba galeones a su costa. Él debería saber, pero se sumó a la muchedumbre ofreciendo su parte de escupitajo y presunción. Harry no sabía enfrentarse a las personas, a los problemas y a los asuntos pendientes, por ello se refugiaba en su casa, en su despacho y con el tiempo en su familia, que lo aceptó de nuevo admitiendo su culpa por el horrible comportamiento hacia él. Tras la enorme desilusión vino el remanso de paz falsa, ese espejismo de esperanza cuando parece que todo empieza a irte bien. Mejoró en su trabajo, ascendió, comenzó a ser respetado y tenido en cuenta. Se sentía amado por sus amigos, apoyado por los Weasley e incluso pensó que con el tiempo encontraría a alguien después de explorar el mundo un poco y divertirse. La prensa comía a su costa con cada encuentro casual, inocente o no, exagerando o inventando hechos y detalles inexistentes. Teorizando sobre sus pensamientos y emociones como si fuesen un oráculo y obstaculizando sus incipientes relaciones. Cada publicación sensacionalista era una pala de tierra excavada de su alma a la fuerza, y aunque luego se recuperaba, nunca volvía a ser igual. Sin embargo, cada vez que se topaba con Draco y su mirada de indiferencia, la sombra de la inseguridad se cernía sobre él devolviéndole a una época de sufrimiento y desolación, en donde siempre era juzgado e incomprendido. Los saludos que tanto le animaban el día cuando se cruzaban fueron menguando hasta no ser nada, el rubio huía de él lo mismo que la gente se le pegaba como una lapa ansiosa masticando fama e influencias. A veces, era el mismo Harry quién no tenía fuerzas para enfrentarse a su mirada, a veces, simplemente le devolvía el saludo incómodo o se quedaba con los labios despegados esperando por algo que ya rara vez llegaba.
Extraño, siempre extraño e irreconocible era ese sentimiento incapaz de ubicar correctamente. Su corazón se aceleraba cada que sus ojos chocaban, eran de un color tan claro y hermoso como metalizado. Sentía el odio de Malfoy destilar en oleadas enormes, un desprecio notable que lo confundía demasiado sin atinar a comprender el porqué. Muchas fueron las ocasiones en las que fantaseó con rectificar esa invitación y decirle; "Oye, ¿Te apetece que cenemos juntos? te lo debo, porque verás..." luego retrocedía visiblemente al tenerlo presente a punto de cruzarse por el ministerio. Ni una mirada, sonrisa amable o saludo, solo cejas arqueadas, barbillas altivas y portes regias dejando en claro su opinión sobre él. De Draco supo tiempo después que nunca llegó a casarse con Astoria, algo que le sorprendió y hasta alegró. Nada de eso le animó a dar el paso para... intentar cualquier tipo de acercamiento aunque fuese de amistad, ya no, pese a la insistencia de Hermione. Harry prefería mantenerse a una buena distancia emocional, era más seguro y menos probable que te hiciesen daño. Así que los ligues pasaron a ser encuentros más selectivos, previo acuerdo mágico de no divulgar la noticia de sus citas privadas a otras personas o a los periódicos. Pese a ello el mundo se abría camino a través de su intimidad, despojándolo de la oportunidad de encontrar a alguien. Cada titular un puñal, cada rumor una maldición asesina y cada mirada un bofetón. Los encuentros dejaron de ser citas para convertirse solo en sexo, en breves momentos esporádicos de desahogo con el temor subconsciente de ser traicionado. Harry se sentía perseguido, juzgado y manipulado constantemente, vendido al mejor postor y ambicionado como un personaje de novela cuyo único atractivo era lo que representaba. Así pues dejó a un lado los encuentros anónimos, pero ni con esas la prensa dejó de publicar e inventar barbaridades de una simple quedada de amigos, un abrazo, una sonrisa inocente o un choque casual de manos.
Ahora su vida transcurría entre el trabajo, su sofá, los recuerdos agridulces del colegio y su familia a la que esquivaba de vez en cuando.
—Deja de ver a ese psicólogo del ministerio y pide cita con el nuestro Harry.
Le aconsejó por enésima vez Hermione acompañada de un Ron avergonzado de mirada huidiza.
—Ya tengo al mío y me ayuda.
—No te ayuda, solo vas dos veces al mes y es casi un control de rutina impuesto al que no le haces caso ni te implicas.
Tenía razón, era impuesto y mejor así. Él no colaboraba en las sesiones y el mago en cuestión solo hacía que hablar de sí mismo y pregonar orgulloso que atendía al gran Salvador del mundo mágico. Sus estallidos de magia empeoraron, así como los episodios de rabia, altibajos emocionales, tics, inseguridades, manía persecutoria y estados de tristeza severa. Su salud variaba en función de vete tú a saber qué, el cambio de tiempo, heridas de guerra, la cicatriz, las pesadillas, el insomnio, la inapetencia, el cansancio, la falta de hierro, el asma, la asfixia... etc. Él lo sabía, pero más terror le tenía a lo desconocido. No podía entregarse a otro desconocido que estuviera dispuesto a escuchar sus problemas, o a otro sanador que realmente quisiera averiguar el porqué de sus recaídas a nivel de salud. Harry prefería la constancia, lo seguro y conocido aunque fuese malo. Hizo caso omiso de sus consejos, incluso de los espontáneos comentarios de otros miembros de la familia, de los abrazos chantajistas de Molly rogándole que cambiase de terapeuta y médico, de las conversaciones de Arthur, los sermones de Bill o Charlie, las miradas silenciosas de George cargadas de significado e incluso una palabra de Percy en el momento menos oportuno. Hizo oídos sordos a los reclamos de Luna y Neville, se sintió tan presionado que se aisló en la quietud de su hogar para descansar del agobio general. No necesitaba sermones ni reproches, solo un abrazo de apoyo y unas palabras de aliento diciéndole que todo mejoraría. Fue una mala época, pero sorprendentemente mejoró por sí sola. Las denuncias que ponía se tomaron más en cuenta y la prensa rebajó el ritmo de sus publicaciones, la gente le respetaba más y le juzgaba menos, se sentía cobijado, protegido y aceptado hasta el punto de sentir que por fin sacaba la cabeza fuera del agua.
Una noche en la fiesta del ministerio Harry se deshizo de los nervios al ver a Draco. Tan alto, guapo, elegante y educado que casi relucía por sí solo sin necesidad de hechizo. Hubieron de compartir saludos y presentaciones, y en donde él le sonreía esperando por enésima vez una respuesta más amable, el rubio le estrechó la mano flojo y la apartó visiblemente ante la atónita mirada de todos poniéndolo en ridículo. El rechazo, la censura, el desprecio, la soberbia y su sonrisa ladina le revolvieron el estómago hasta sentir que le faltaba aire. Harry tragó pesado y tras una breve disculpa se alejó por el resto de la noche.
—Harry ¿Qué te ocurre?
Ese era Seamus encontrándolo en los lavabos a punto de estallar de ansiedad. Confiaba en él, en su lealtad y en su discreción, así que se encerraron en el baño para desahogar la tensión. Harry para huir de esos sentimientos peligrosos y Seamus para superar una ruptura reciente. No debió, nunca debió ni pensarlo, pero el momento de necesidad era tan acuciante que solo se dejó llevar. Al salir y oír la voz de Draco disparando un saludo burlón, el corazón se le congeló dentro del pecho. Esa mirada de prepotencia, de supremacía moral como si hubiese hecho algo repugnante, esa sonrisa ladeada, cargada de desprecio y su pose de superioridad le hundieron un poco más. Una pala más que excavar entre las miles de palas ajenas que lo intentaban a diario pese a sus esfuerzos. Al día siguiente y en primera plana se desató el escándalo de su encuentro en la fiesta del ministerio. Se tragó un sermón de su jefe, del Ministro de magia y los rumores que perduraron largo tiempo, además de la suspensión de empleo y sueldo por un mes. Seamus no fue, ni tampoco nadie que pudiera adivinar lo que había pasado si antes de salir se aplicaron hechizos de limpieza y arreglo de ropa.
Malfoy, tuvo que ser él el que vendió la noticia a los periódicos. Era el único que los vio salir del compartimento de esa guisa tan delatora. Investigó la fuente del artículo, pero ni su poder e influencias consiguieron hacerse con el nombre del chivato o chivata. Así que no tenía pruebas para denunciar a Draco, y si se aventuraba, se enfrentaba a un escarnio público por falsa denuncia y difamación revolviendo de nuevo la mierda de su escarceo ante el mundo mágico. Se tragó la rabia, la impotencia y la desilusión de saber que Draco era como los demás o peor.
*
El sanador le recomendó poción para dormir sin sueños en grandes dosis, una receta muy peligrosa por su adicción no solo física sino psicológica en los pacientes. Hermione estalló en cólera por la mala praxis y tal fue su grito de indignación y lágrimas que Harry por una vez le hizo caso y exigió un cambio de médico.
La vida seguía, el trabajo también y los días buenos o momentos malos según. Harry parecía recuperarse, tenía menos problemas de salud y dormía mejor. Controlaba su magia y ya casi nunca estallaba en rabia o llanto. Sonreía más, disfrutaba de salir con los amigos e incluso le sacaba partido a su condición consiguiéndose un ligue casual o experimentando otros tipos de encuentros más plurales. Se sentía bien, los de su alrededor también y aunque los problemas no se disipaban, parecía que esta vez por fin sacaba la cabeza fuera del agua. Su trabajo se convirtió en su vocación, sus compañeros en amigos fiables y su casa en un hogar de verdad. Todo era perfecto excepto sus momentos con Draco, esos cruces por el atrio o el ascensor en donde fingían no conocerse. La espinita de la traición se le clavaba hondo queriendo odiarlo, y lo hacía, pero ya no con tanta fuerza. Perduraba ese extraño sentimiento de pérdida y anhelo, esa sensación fantasma de algo no vivido que te susurra al oído un secreto importante que no alcanzas a oír. Se habían acostumbrado a ignorarse, a rozar los hombros como dos extraños que nunca compartieron nada, ni siquiera escuela. Le escrutaba cuando no era visto y se giraba si Draco hacía el amago de girarse para cambiar de dirección. Mejor no recibir sus expresiones de odio infinito. ¿Pero por qué? eso le carcomía. ¿Por rechazar su invitación a cenar? podría ser, el rubio era tremendamente rencoroso y visceral, aunque ahora ya llegaban tarde las explicaciones.
Las cosas siempre parecen ir bien hasta que van mal, y esto sucedió con otro escándalo sexual, que no debió de serlo ya que se suponía que era mayor de edad y lo aparentaba con creces. Pero resulta que la persona mintió, Harry se confió y el hechizo de privacidad no funcionó, luego todo lo demás es historia de cómo vende a la prensa su cita con Harry Potter y detalla los hechos acaecidos sin dejarse ni una coma. ¿Lo bueno? que cumplió años una semana después ¿Lo malo? que en el momento de lo sucedido era menor de edad y ahora Harry se enfrentaba a un juicio y denuncia por parte de la familia. Tenía el apoyo de sus amigos, de su familia y de unos cuantos conocidos incondicionales que creían en su versión de los hechos. Pese a ello se aisló todo el fin de semana desbordado por la situación que se le había ido de las manos. No sería encarcelado muy posiblemente porque buscaban dinero, y por ello ya se había fijado una cifra para llegar a un acuerdo económico incluso antes del juicio. Hundió la cabeza entre los hombros y marcó el ritmo con los talones intentando tranquilizarse. Esto pasaría, le habían utilizado y traicionado, pero lo superaría como todo lo demás; Con apoyo, paciencia y mucha fuerza de voluntad. Por un momento pensó en su psicólogo y las lejanas palabras de Hermione, necesitaba desahogarse y confiar en un profesional de verdad. Así que por primera vez en cinco años, se cuestionó su decisión de mantenerse inamovible y decidió que le pediría a su amiga una cita de prueba para obtener otra opinión.
Antes de terminar el sábado fue citado por el jefe de Aurores y el Ministro para acudir el lunes a las siete y media de la mañana, esquivando así a la prensa o a posibles curiosos. Esa noche no durmió, ni aceptó la compañía de sus amigos cerrando la chimenea.
(...)
—¿Despedido? —inquirió aturdido— ¿Y la presunción de inocencia?
—Harry, te creemos, pero era menor de edad y ni tu apellido ni lo que hiciste por el mundo mágico te exonera de la grave situación. No podemos mantenerte en plantilla, lo siento.
Era injusto, terriblemente injusto ser la víctima de una trampa ambiciosa y que te señalasen como el culpable. Se sintió impotente, solo y desprotegido. Incluso entre la gente de confianza no obtuvo el apoyo esperado, ni que decir de sus supuestos compañeros de trabajo que desde lo ocurrido le miraban de arriba abajo chismorreando a sus espaldas. Era injusto y se sentía impotente, a punto de colapsar por el miedo y ese algo desconocido que le apretaba el pecho generándole episodios de ansiedad y estallidos de magia. No podía ocurrirle esto, ahora sería recordado como un pedófilo degenerado libertino sin escrúpulos. Tenía unas inmensas ganas de llorar y esconderse en el rincón más oscuro de la tierra para no levantar la cabeza nunca más.
Al salir del ascensor se topó con Draco, esta vez pareció que ni se había fijado en él.
—Buenos días Malfoy, oye, si has leído lo del artículo te aseguro que no es exactamente así...
Estaba diciendo y excusándose porque lo necesitaba desesperadamente, porque en alguna parte recóndita de su corazón mantuvo la vana esperanza de que no se creyera a pies juntillas lo que la prensa había pregonado y lo que esa maldita persona había relatado cambiando palabras y hechos a su beneficio. Pero la figura de Draco pasó por su lado como una exhalación y entró en el ascensor ignorándolo, luego sus miradas se encontraron y esa pala excavó demasiado hondo, tanto como para soportar más. Sí que había notado su presencia, sí que le había escuchado y le miraba de frente consciente y altivo esta vez sin sonreír engreído. Le despreciaba, le aborrecía y le condenaba en silencio con tanta intensidad que se sintió como un puñal afilado desgarrándole el corazón.
Luego de Draco, la familia carroñera acordó una cifra y una disculpa publica que se veía obligado a aceptar o muy posiblemente entraría en Azkaban. Fue demasiado y esa noche estalló por completo.
*
Harry dormitó gracias a la sedación, de lo contrario, su magia se descontrolaría por quinta vez y su salud se perjudicaría severamente. No sabía cuánto tiempo llevaba en San Mungo, tal vez semanas, lo que sí sabía era que no estaba solo. Sus amigos se turnaban para cuidarlo y acompañarle día y noche, su familia incluso dejaba los deberes de lado para visitarlo y más de las veces la señora Weasley se quedaba apostada como una torre frente a la puerta para evitar visitas indeseadas de la prensa que lograba sortear la seguridad. El mundo seguía siendo cruel, frío y duro, pese a ello, lograba ver la luz en contadas ocasiones, como aquella mañana cuando firmó los papeles para pagar la fianza y olvidarse de la denuncia y el triste suceso. O cuando algunos compañeros de trabajo le visitaron avergonzados por su actitud pidiendo disculpas. Las personas no era malas en general, solo ignorantes y prejuiciosas dejándose llevar por la opinión popular. Nadie borraría que se acostó con un menor, pero al menos su versión de los hechos se tenía en cuenta y para ello hizo falta que estuviera al borde de la muerte.
"La gente suele cambiar drásticamente de opinión ante la muerte" dijo un día Luna haciéndole compañía por la tarde. "Es tan dolorosa e inevitable que nos aturde, nos descoloca hasta el punto de revisar todas nuestras presunciones sobre esa persona. A veces, tristemente ya es demasiado tarde para enmendar errores o corregir palabras, para retractarse de actitudes o esforzarse en recuperar lo perdido. La gente cree que tiene todo el tiempo del mundo y alarga situaciones hasta romper la cuerda, se olvida de que todo tiene un fin y hoy estás aquí y mañana no. Al final... siempre es demasiado tarde."
Cuando la conmoción general pasara, la prensa hablaría, la gente retomaría los rumores y sobre su espalda colgarían varios carteles, porque la gente también olvidaba rápido y eso Harry ya lo sabía y se estaba preparando. Cuando le rebajaron la dosis de sedante y decretaron que su magia no era peligrosa, Hermione voló literal para concertar cita con la que sería su nueva psicóloga, la cual ya se había coordinado con su sanador de cabecera para estar al corriente de sus problemas de salud subyacentes en cuanto Harry diera su permiso firmado. Esperó la típica sesión de película con preguntas difíciles y encuestas desnuda almas, pero la bruja solo se sentó a su lado y conversaron de temas intrascendentes e incluso bromearon. Tomó su café sin anotar nada y hasta cotilleó su cuarto de baño relatando todo lo que había dentro. Harry se sintió extraño y desubicado, porque parecía más una conversación informal entre dos personas que se están conociendo y no la de un psicólogo y su paciente. Al despedirse y preguntarle si quería verle al lunes siguiente, Harry contestó que sí y con ello empezó su nueva etapa. También Hermione abanderó la necesidad de denunciar a su antiguo sanador por mala praxis y abandono de su responsabilidad para con su salud, Harry no tenía fuerzas para enfrentarse de nuevo a otro gran problema, así que pese a la boca apretada de la bruja y sus ojos centelleantes, declinó su oferta insistente. Pese a ello, supo que ella no se quedaría de brazos cruzados y sonrió quedo al ver su espesa mata de cabello castaño desaparecer por la puerta en dirección al despacho del Sanador jefe del Hospital. Miró al techo y suspiró, aún le quedaban fuerzas para continuar, aún estaba a tiempo de ponerse en serio a controlar sus estallidos de ira y dolor, su magia descontrolada y su salud olvidada. Se había hecho mucho daño así mismo con cada gesto de descuido o restándole importancia a cada síntoma. La vida ya te ponía a prueba demasiadas veces como para ayudarla en su inocente labor de hundirte. Sacaría fuerzas de debajo de las piedras porque no concebía otra opción que luchar, esta vez en serio y sin excusas.
Hoy era un día malo, de los que se despertaba sin apetito y con ganas de llorar y olvidarse de todo. Él mismo pidió no ser molestado para no pagar con el resto su mal humor injustificado, sabía que que las palabras hirientes podían matar más y mejor que cualquier hechizo. También era cierto que la gente, por más amor que le tuviese, no sabía siempre lidiar con su situación tan particular. El insomnio y las pesadillas le agriaban el carácter, así como lo hacía la anemia creándole apatía y desgana. Era un círculo vicioso que no se sabía dónde comenzaba uno y terminaba el otro, o qué fue primero, si lo físico o lo emocional. Lo único seguro es que pese a lo que pudiera parecer, Harry por fin se sentía en buenas manos.
—Harry —Neville entró titubeante por la puerta pese a saber que no quería ser molestado—, tienes una carta de Malfoy. —aclaró incrédulo enseñándole el escudo familiar— Lo han revisado abajo y aquí por los aurores y no parece falso o peligroso ¿Quieres que me deshaga de ella?
Harry parpadeó confundido ¿Una carta de Malfoy? ¿A cuento de qué y ahora? Sus ganas de lanzarlo al fuego y olvidarse eran poderosas, pero la curiosidad insana heredada de su padre le hizo retractarse en el último momento y alargó la mano tocando el sobre y la riqueza exquisita del tacto del papel. Neville abandonó la habitación para otorgarle intimidad y desplegó el pergamino. Era un mensaje breve, de trazo elegante y caligrafía pulcra.
"
Hola Potter, deseo que hablemos. Sin trampas, engaños o segundas intenciones, solo poder hablar y saber cómo estás. ¿Crees que podría visitarte?
Atte; Draco. L. Malfoy. "
*
Draco caminó por los pasillos de San Mungo una semana después de enviar la lechuza, aprobó la inspección por partida doble de los aurores y el personal de seguridad para finalmente tocar a la puerta con los nudillos, al entrar lo primero que vio fue a Hermione y a Ron en le sofá como dos suricatos con los dedos aferrados al mango de sus respectivas varitas. Se guardó un comentario mordaz y saludó reservado, desviando su atención al paciente encamado que se mostraba bien despierto y reposando la espalda en los cojines blancos. Tras una breve y significativa mirada entre los tres amigos, la sangre sucia y la comadreja abandonaron la habitación no sin antes asestar miradas de soslayo que prometían crucius muy intensos. Draco cerró la puerta y se quedó plantado ahí en medio sin saber qué hacer, miró en derredor bastante nervioso y apretó los labios reprochándose esa actitud tan desvaída e insegura.
—Hola Malfoy. —comenzó Harry con el ceño fruncido.
—Hola Potter.
No se acercó, no se atrevía, pero el verlo consciente y visiblemente recuperado de sus graves heridas le alivió enormemente. Un peso fantasma desapareció de sus hombros y respiró tranquilo.
—¿Y bien? ¿De qué querías hablar? —inquirió en tono duro.
Bien, esa iba a ser la actitud de Potter por lo visto. Se tragó la decepción y la incomodidad, avanzando lentamente hasta sentarse en la silla de visitas casuales.
—Nada importante, solo saber cómo estás.
El silencio se expandió entre ellos denso, alargando la incomodidad y las miradas de desconfianza de años de distancia. No era así cómo se imaginó su encuentro, pero Draco aprendería a lidiar con los cambios y aceptar que ya nada sería igual o cercano a sus deseos.
—Mejor, dentro de poco me darán el alta.
—Me alegro.
Ante su respuesta, Harry levantó una ceja incrédulo y se removió en la cama. Draco se removió en la silla huyendo de su escrutinio y centrando la vista en el armario, los detalles de la larga estancia hospitalaria y los regalos de los fans que abarrotaban la repisa de la ventana.
—Pues... ¿Has venido a husmear mi habitación para venderlo al Profeta?
—¿Cómo? —preguntó atónito el rubio devolviéndole la mirada—. No.
Algo había allí, entre ellos como una gran brecha imposible de subsanar. Ambos lo intuían por sus expresiones faciales y las respuestas cortas. Harry se miró las manos e inspiró hondo, percatándose de la mirada perdida de Malfoy ante su pregunta.
—Necesito saber una cosa —retomó el moreno rebajando el tono beligerante, la verdad, fuese cual fuese, siempre era necesaria y bienvenida—. Y necesito que seas sincero —con cada palabra Draco frunció extrañado más el ceño—, no te denunciaré, solo quiero la verdad.
Malfoy pestañeó al escuchar la palabra denuncia ¿De dónde sacaría Potter que no iba a denunciarle? ¿Por qué? Su primer instinto fue enfadarse y ponerse a la defensiva, largarse de allí y abandonar su nefasto intento de recuperar una ilusión que se truncó a los once años. Él dijo de hablar, sin tapujos y sin engaños, así que lo que quisiera saber Harry debía responder y ser paciente sin asumir nada.
—Adelante.
—¿Fuiste tú el que le vendió la historia a la prensa sobre mi escarceo con Finnigan en los baños del ministerio? ¿en aquella fiesta?
Pese a sentirse terriblemente ofendido respondió de inmediato.
—No, Potter. Jamás le iría con el chisme a la prensa, ni he ido ni lo haré porque yo no soy así, no me rebajo a vender secretos por unos pocos galeones. Es muy vulgar e innecesario.
Le creía, no podía ser de otra manera si se fiaba de sus instintos al observar a Malfoy.
—Bien...
—Espera ¿Creíste que fui yo el que os delató?
—Lo sospeché —confesó culpable—. Me pareció por entonces muy plausible... lo siento.
Draco refugió la mirada en su regazo, descubriendo que ya se estaba descascarillando la manicura de las uñas.
—Pues te equivocaste, Potter.
—Lo reconozco...
Hubo otro silencio tan incómodo que perduró por un minuto entero, sin coincidir sus miradas o respiraciones.
—¿Por eso me... —continuó Draco algo inseguro— me tienes aversión?
Harry pestañeó esta vez confuso, detallando la expresión del rubio y los rascones que se hacía en los dedos enrojecidos.
—No, es decir, no, no es eso. —balbuceó agitado, el ambiente había cambiado de pronto a uno más inestable y frágil— Eres tú el que me odia.
—Pues parece lo contrario. —insistió pese a la negativa de su mentón girando en silencio.
Tampoco era mentira, al menos en parte y según los titulares de la prensa un día le odia y otro le aborrecía. ¿Por Qué Potter se mostraba tan inquieto y dubitativo? ¿Más vulnerable, lejos de esa imagen prepotente y vividora que le había caracterizado por años? En ese momento la pregunta acudió como un relámpago a su mente y la formó en los labios antes de arrepentirse, necesitaba despejar las dudas por más que la verdad doliera.
—¿Porqué rechazaste mi invitación a cenar? solo era para agradecerte lo del juicio.
Responder suponía desnudar ciertos secretos enterrados en lo profundo de su alma, pero se merecía una explicación ya que le aseguró que aceptaba esa invitación. Se insufló de aire y frotó la cicatriz nervioso.
—Llegado el momento no me sentí con ánimos de estar en compañía de tus padres y prometida, acababa de cortar con Ginny, discutir con mi mejor amigo y romper lazos con los Weasley. Me sentía solo y abandonado, no tenía fuerzas de nada y pensé que una cena formal como esa sería muy incómodo para todos, así que lo rechacé.
—Entiendo —cabeceó lento mordiéndose el labio inferior—. De mi padre lo entiendo, pero mi madre y yo sí que teníamos ganas de esa cena. Y a lo de Astoria... —rechazó de plano la estúpida idea de que Harry no se sintiera cómodo con la noticia de su compromiso, era un pensamiento loco que avivaba el fuego convertido en ascuas de su bajo vientre revoltoso— la prensa mintió. Sacaron de contexto un encuentro entre nuestras familias y dieron por hecho un compromiso que si bien se habló, no llegó a término porque me negué.
—Vaya... yo pensé que fue mucho después cuando rompisteis.
—Nunca comenzamos nada.
—Entiendo.
Otra vez el silencio imperó en la habitación, Draco recordó la sensación de angustia y desazón por su posible muerte y las palabras pugnaron por salir de la garganta, pero a veces, eran trampas despiadadas que sepultaban el verdadero motivo oculto tras ellas. Lo tenía aquí, de cuerpo presente y disipando las dudas que alimentaron rencores infundados por años. Nada se reconstruía de la noche a la mañana, pero al mirarlo sus hombros se hundieron rendidos por la atracción gravitacional de los hechos vividos, compartidos en paralelo en aquella terrible guerra de bandos enfrentados.
—Sí te odié —dijo de pronto en un arranque de sinceridad—, te juzgué y desprecié por todo lo que leía en la prensa.
Harry apretó la boca abultando la mandíbula, sus ojos verdes repasando las sábanas de la cama para no tener que mirarle.
—No es como si todo fuese mentira, pero tampoco era la verdad.
—Lo de esa chica que te denunció-
—Me acosté con ella —le cortó Potter con el tono tirante y a la defensiva—, solo que me mintió diciendo que tenía veintidós y no los dieciséis que realmente tenía —cerró los ojos avergonzado— Parecía más mayor y yo, estúpido de mí no lo comprobé y me fie. Eso es culpa mía.
—Quieren dinero —adivinó Draco sintiendo un enorme alivio por sus palabras—, por eso te han denunciado y la bruja vendió la historia a la prensa.
—Sí, ya les he pagado.
—Deberías ir a juicio y demostrar que-
—No, nada de juicios, Draco—le cortó vehemente— me han despedido del trabajo y el mundo entero me lapida, la creen a ella y pese a todo, tengo también culpa por ser tan crédulo e indiferente, por no preocuparme de con quién me meto en la cama. No he sido responsable.
Draco quiso replicarle, pero Harry ya parecía cansado de una conversación que por lo visto había mantenido con medio mundo. Quiso decirle tantas cosas, recordarle y reprocharle tantos encuentros, miradas esquivas, frases no terminadas o pensamientos oprimidos que la garganta se le cerró. Deseaba vomitarle seis años de rencor mal llevado y cinco de insana obsesión enfermiza, porque no era otra cosa que eso y lo reconoció al ser consciente de cuán diferente sentía y vivían las experiencias. Quiso tanto y tan fuerte que el pecho le dolió y los ojos le picaron por el remordimiento, las inseguridades afloraron como viejos cadáveres reanimados y hasta la bilis subió rememorando viejas heridas que no sanaban. No era bueno para Harry, pero necesitaba desesperadamente demostrarle que tampoco era del todo malo, y que se arrepentía de pensamientos aún no confesados. Parpadeó poniendo los ojos en blanco para reprimir las lágrimas traicioneras.
Harry le miró anonadado, sabiendo que Malfoy se esforzaba en vano por retener el llanto. ¿Porqué y a causa de qué? no lo sabía. Le dejó estupefacto esa muestra tan despampanante de emociones. No lidiaba bien con los sentimientos ajenos, menos si estos venían de la mano de un enemigo eterno que se convirtió en conocido y luego extraño. Pero a veces, solo bastaba ver a otra persona a punto de romper el dique para soltar amarras y llorar, porque el dolor compartido siempre era mejor que sufrirlo a solas. Harry lloró, Draco se asustó por el ruido y terminó sentándose en el borde de la cama pasando su brazo por los hombros.
No sabía porqué Harry lloraba, pero el verlo derrumbarse así eliminó por el momento cualquier rencilla o rencor del pasado. Se atrevió por primera vez y lo abrazó sin ser rechazado, sintió en su cuerpo el calor y la humedad de las lágrimas y aunque existía cierto grado de incomodidad, esta pronto se disipó con su llanto compartido. La vergüenza en compañía siempre se asumía mejor. Le tomó de la mano, dejando al descubierto sus uñas destrozadas y acariciando la piel reseca de los dedos de Harry.
Las palabras tenían el poder de destruirlo todo o de recomponerlo, de subsanar errores, perdonar y demostrar cuando aún estabas a tiempo. Los actos también, y ya que Draco y Harry se lo estaban demostrando con tanta crudeza, ahora tocaba dar uso a la boca.
—¿Podría visitarte cuando salgas del hospital? —preguntó Draco con la voz tomada.
—Eso mismo iba a preguntarte —respondió Harry sorbiendo por la nariz— Que si esto era una visita única o querrías darme la oportunidad de enmendar mi error e invitarte a una cena.
—No fue un error, tuviste tus motivos y los entiendo.
—Ya, pero siempre se me quedó la espinita clavada y no puse remedio.
—No es como si hubiese puesto de mi parte para alentarte a otro acercamiento. —reconoció el rubio algo culpable.
—Tampoco es que mi actitud te diera muestras de querer una invitación o entablar una amistad.
—Vamos a dejarlo o estaremos así por días, y me da pereza Potter.
Harry rio aguado, permitiéndose un descanso de la tensión acumulada y levantó la vista. Draco convirtió el abrazo reconfortante en un abrazo íntimo.
—Necesito un amigo, Draco. No es el momento...
¿Era demasiado presuntuoso creer que Draco aspiraba a algo más que amistad? no si leía las señales en su mirada anhelante y caricia unida de manos entrelazadas. Lo sentía en el alma, porque muy en el fondo era lo que llevaba por años deseando, pero no era el momento. Primero estaba su salud, reponer fuerzas y encauzar su vida, y para ello una relación en ciernes con ese pasado tortuoso solo daría pie a una ruptura aún más tumultuosa. Draco guardaba mucho de viejas heridas y reproches, detalles no pasados inadvertidos que requerían de esfuerzo y entendimiento.
—Un amigo de verdad y no un buitre ¿cierto? —declaró sin duda el rubio soportando la desilusión.
—Sí. Yo no estoy bien y lo que ha pasado-no pasado entre nosotros no se soluciona con una relación... eh...
—Amorosa —terminó por el moreno sintiéndose más recompuesto—. Lo sé.
Ambos lo deseaban, lo anhelaban y lo enterraron en el fondo de sus corazones por el bien común. Draco no estaba preparado para la prensa, los problemas de Harry y su círculo íntimo. No estaba preparado para tantos cambios y hasta le alivió dar nombre a su relación. Harry se negaba a estropear el vínculo con Draco, a cargarle de problemas y difamaciones que no le per tocaban. Era el momento de pensar en sí mismo y cultivar el amor de otra manera más sana. De aprender a vivir en soledad y en compañía, a no temerle a los enfrentamientos, los recuerdos y las inseguridades, a luchar por su futuro y saber apoyarse en los demás, a mirar por su salud y organizarse sin derrumbarse cada dos por tres. Y llegado el momento, cuando los días fueran más buenos que malos y si Draco aún estaba dispuesto y libre, se lanzaría sin dudarlo al terrible abismo del amor romántico. O puede que en el camino encontrase a otra persona que congeniase más con su personalidad y descubriera el amor en otros brazos, puede que ambos fuesen felices y compartiesen anécdotas y secretos de sus parejas, que fuesen grandes amigos y viviesen momentos especiales que nada tenían que envidiarles al resto de relaciones.
—¿Amigos? —se aventuró con el corazón en la boca presentando su mano.
—Amigos. —aceptó Draco estrechándole la mano con una sonrisa.
Hubo una cena, quedadas a solas y con amigos, discusiones, lejanía y seis meses de amistad rota. Hubo un perdón, un lo siento y un te echo de menos sincero entre lágrimas que derritió hasta el corazón más frío y orgulloso. La prensa comió de ellos hasta que el ministerio dijo basta tras otra recaída de Harry que acabó en el hospital. Hubo días, semanas y meses malos, miradas de reproche y distanciamiento. Pero de alguna manera volvían el uno al otro, cada vez más fuertes, sinceros y conocedores de sus limitaciones y debilidades. No eran perfectos, y en el camino descubrieron los celos reprimidos, las sonrisas falsas de todo está bien y los malos entendidos, hasta que las palabras tomaron poder para dar lugar y nombre a lo que nunca murió del todo. Las palabras sirvieron como puente entre ellos una vez más. A través de cartas expresaron sus miedos, anhelos y deseos retenidos. Porque en ocasiones hablar era un problema y las letras una salida digna para no sucumbir a la impulsividad del momento. Esta vez las palabras desnudaron su amor, ese guardado tras una falsa sonrisa o un gesto despreocupado por la nueva pareja o el ligue de turno. Y tres años después, Draco y Harry se lanzaron al abismo del amor sabiendo que con lo aprendido y compartido, ya nada les separaría... siempre y cuando vigilaran sus palabras y se sirvieran de ellas para construir y no derrumbar corazones, así como hacían los escritores con cada libro compartido. Y como tradición, cada dieciséis de octubre se escribían una carta no de amor, sino de confesión, sentimientos y secretos plasmados que durante el año no se atrevían a pronunciar. Era su manera de recordar ese día en el hospital, una ocasión para no olvidar y valorar a la gente. Esas cartas se convirtieron en la historia de su vida, un legado que sin pretenderlo les otorgaría la inmortalidad.
Fin.
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Me ha salido así, como me ha nacido y sin pensarlo. Ni siquiera hubo beso ni nada, tan impropio de mí como esclarecedor de cómo me siento en estos momentos.
Se despide, Sara.