Prólogo
El frío atraviesa mi piel. Me siento confusa y cansada, no puedo moverme, no puedo gritar. Aunque, de todos modos, ¿de qué serviría? Nadie me escuchará. Estoy atrapada, me han dejado aquí para que muera congelada y nada menos que la persona que menos esperaba. No hay nada más doloroso para el alma que la traición. Siempre surge de las personas en las que confiamos y queremos. Es una de las experiencias más dolorosas y devastadoras que podemos experimentar, y es tan jodido. Intento moverme una vez más, pero es inútil. Mis huesos no responden. Estoy condenada, voy a morir. En estos momentos, vienen a mi mente tantas cosas. Mi familia, mis amigos, él. Massimo Salvatore, el hombre del que me enamoré, sí, ya puedo decirlo. Este corazón que está a punto de congelarse pertenece al hombre que me llenó de vida pero también me ha llevado a la muerte. Es curioso, es la primera vez que me admito a mí misma que lo amo, aunque de nada vale ya. Jamás podré decírselo a no ser que ocurra un milagro.
¡Cómo se ha torcido todo por Dios! Jamás imaginé que el viaje que pensé que cambiaría mi vida para bien, acabaría de esta manera.
La vida es una constante sucesión de decisiones. Desde qué comer en el desayuno hasta casarse o quedarse soltero. Algunas, en teoría, son más importantes que otras, se toman con mayor o menor meditación, haciendo caso o no a nuestros prejuicios y emociones. Sea como fuere, somos capaces de discernir lo que tenemos entre manos, y cada elección marca de una manera u otra nuestro rumbo de forma temporal o para siempre.
Hay quien dice que nuestras vidas se rigen por nuestras elecciones. Quizá tenga razón, porque quizás si no hubiera elegido tomar ese avión aquel día, hoy mi mundo no estaría literalmente a punto de congelarse.