Chapter 1
Quince años antes.
Fleur contempla a su futuro esposo con la sonrisa más radiante del mundo entero. Bajo las miles de luces que adornan la carpa y arropada por su familia y amigos, siente que hay esperanza. Oye al mago soltar su discurso, Bill tiene la postura tensa y le sonríe de vuelta nervioso. Ella también está nerviosa.
Sus manos se entrelazan, frío y suavidad contra sudor caliente. Le ama, porque su hombre es valiente y sacrificado, una humilde persona. No existe nada en él de lo que no estar orgullosa y las cicatrices de su rostro lo demuestran. Ahora por fin sabe lo que el resto experimenta al contemplarla, es como se siente ella frente a Bill. Le duelen tanto las mejillas que retiene su felicidad, el cordel los une y sus magias refulgen. Está tan entusiasmada pese al temor de la guerra que simplemente no se da cuenta. Que su ahora marido la besa y es breve, que su magia destella a penas unos segundos y que sus labios no paran de reír mientras bailan y no, no es sólo alegría sino histerismo.
Pero Fleur es una mujer enamorada que lo da todo por su hombre valiente. Su corazón, su alma y por qué no, su sangre.
Actualidad.
Se contempló en el espejo ovalado cansada y drenada de toda intención saludable. Se desvistió poco a poco, consciente del hecho de que aún era muy hermosa. ¿Y para qué? Realizó su rutina nocturna con las cremas y el aseo. Se peinó la larga cabellera e hidrató sus resecos labios. Un truquito inocente para las inmensas bolsas bajo los ojos y empinó la botella mirándose en el tocador. Una dama de belleza exultante bebiendo como tabernero. Sus ojos enrojecidos fueron testigos de sus penas más profundas.
Hoy era el último día, está hecho.
Fleur se había divorciado de su hombre valiente: que ni era tan humilde ni era valiente.
Le dio otro trago a la botella y la tapó escondiéndola en un cajón. Deseó ahogar la desdicha en alcohol, pero su hijo pequeño dormía en la habitación de al lado y sería muy irresponsable. Suspiró contemplando su imagen, se tocó la piel y el cabello, los senos y la curva de su hombro izquierdo. Aún recordaba el rostro de su exmarido, todo llanto y mocos confesando que tenía una aventura.
—No eges tú, soy yo... —murmuró frente al espejo como una extraña repitiendo el discurso balbuceante de Bill—. Has sido una excelente compañega y madge.
Fleur se rió deshecha, sin creerse tantas tonterías sobre lo hermosa y perfecta que era. A ojos de Weasley, era prácticamente una diosa, pero por lo visto le faltaba pene, medir dos metros y tener el aliento pútrido.
Sus ojos se aguaron y el solo reflejo la indujo a dejarse llevar y derrumbarse. Quince años viviendo una mentira, años tirados por la borda al descubrir que su marido se veía a escondidas de la familia con Greyback. Quince años de besos traicioneros, te quieros vacíos y abrazos efímeros. Su gran amor, su primer amor por el que había dejado su país y su familia, por el que había luchado en tierra extranjera exponiendo su vida y por quién había renunciado a una vida de lujo para trabajar en Gringotts y cuidar en el refugio de sus tres hijos.
Fleur lloró devastada, toda una vida de amor y expectativas borradas de la noche a la mañana. Bill le prometió una quimera, y tuvo la desfachatez de mantenerla en la estupidez el día de su boda. Como veela, hubo de hacer caso a las señales. El ataque y los campos quemados fueron un aviso, la sonrisa articulada de Bill también y el destello paupérrimo en el momento de la alianza también. Su matrimonio se convirtió en una mentira, y los esfuerzos empleados por años; energía inútil. Se limpió los mocos y lavó su rostro enrojecido.
*
Alguien llamó a la puerta y Fleur dedujo que sería algún Weasley, la vergüenza de un hijo que se fuga con un licántropo criminal es aliciente suficiente para no dejarla en paz. Louis estaba con sus padres, lo había decidido hacía varios días por el bien del niño. Su pequeño no merecía ver a su madre así. Abrió la puerta encontrándose con Ginny apoyada en el marco en actitud descuidada. Su cabello había crecido desde que se había divorciado de Potter hacía dos años, otro escándalo sonado.
—Hola. —Sonrió y le enseñó una botella haciendo bailar los dedos sobre el vidrio—. La he robado de casa de George, para cobrarme los años de daños y perjuicios.
—¿Me estás invitando a emboggachagme? —Se hizo a un lado dejándole paso y se adentró en busca de dos copas.
—Sí, hay que celebrar.
Fleur le levantó una ceja, no veía el divertimento por ningún lado. Ginny la ignoró plantando la botella en medio de la mesa y se acomodó cruzando las piernas. Era una mujer hermosa, de rostro tostado y muchas pecas debido al deporte bajo el sol. Su cabello oscilaba hasta la cintura como una cortina de fuego y su silueta, aunque fibrosa y definida, poseía gracia felina con cierta fuerza vibrando bajo los músculos. Fleur suspiró envidiosa y se aproximó con dos copas. Su cuñada era muy hermosa, pero lo que más admiraba de ella era su fuerza y carácter. No por nada había actuado como una reina cuando Harry le confesó que se veía con Draco desde hacía tiempo. ¿Qué les pasaba a los hombres?
—Pog la mitad pog favog.
Ginny le sonrió llenando la copa hasta el borde y empujándola hacia sus dedos.
—Brindemos —se rellenó la suya y la alzó exultante—, por la libertad.
—Y por dejag de seg unas idiotas.
—Por nuestro corazón, más altruista y entregado.
—Pog... —Fleur suspiró observando su copa.
—Por el amor —completó la pelirroja seria—. Que éste nos sea devuelto con creces.
Chocaron el cristal haciéndolo tintinear y bebieron el contenido de un sólo trago.
(...)
—Por lo visto era más tiempo de lo que creí.
Ginny se sirvió otra copa y pestañeó, sus reflejos lentos y la pesadez de la cabeza le pasaron factura.
—¿Cuánto más? —Fleur no era tan fuerte frente al alcohol y sus ojos se cerraron de sueño casi golpeando la copa con el dorso de la mano.
—Oficialmente, cuatro años después de tener a Lily. En mi opinión... Toda la cochina vida.
—Lo siento mucho.
Un dolor lacerante ocupó su pecho pese a la liviandad y notó el escozor de sus ojos. Ginny bufó desencantada y bebió, sus ojos castaños no la abandonaron en ningún momento. Fleur decidió acompañarla pese al mareo, una mujer con mal de amores no se merecía languidecer en alcohol sola, aún eran familia.
—No lo sientas, si no me van a querer bien, mejor que no lo hagan en absoluto.
—Crétin —escupió la rubia indignada.
Para Fleur, Harry era un auténtico cretino, no por desear a un hombre, sino por los años y años de falso amor. El engaño por parte de los cónyuges parecía una enfermedad extendida ¿Qué tan difícil era ser honestos? Romperían igualmente el corazón, pero al menos evitarían el despreciable sentimiento gratuito de sentirse utilizadas.
Observó a su excuñada a través de sus pestañas y la bruma etílica. Ginny tenía una piel plagada de pecas preciosas, las de la nariz formaban un gracioso puente hasta los pómulos. Sus pestañas eran más claras y rizadas, el óvalo de su rostro poseía equilibrio y simetría. Su sonrisa abierta rodeada de labios oscurecidos por la bebida le provocó un calorcillo placentero y se relamió los propios. Ginny alzó la vista y sus miradas conectaron, tan directo e intenso que se sintió desnuda.
—¿Eso es un insulto?
—Oui. ¿Le amas todavía?
La pelirroja se tomó su buen tiempo en meditar la pregunta, sus ojos se perdieron en el fondo de una copa vacía y luego la contempló a ella, con la misma intensidad arrebatadora y escalofriante que hacía unos segundos.
—No. —Hubo seguridad en su tono, y un brillo especial en su repentina sonrisa iluminando su rostro—. ¿Y tú? ¿Aún amas a mi hermano?
Fleur retiró la vista avergonzada, montañas de dolor no habían enterrado aún su amor por Bill. Detestaba ese sentimiento moribundo que luchaba por no extinguirse, ojalá pudiera sofocarlo como una llama ahogada por el leve soplo de unos labios firmes.
—Está bien —continuó la pelirroja forzando una sonrisa—. No tienes que responderme.
Los labios de la veela temblaron, como pidiendo compasión por seguir enamorada pese a todo. Sus ojos terminaron de crear lágrimas y besaron la piel de sus mejillas rosadas. Sus hombros se hundieron vaticinando la debacle, inclinó la barbilla rozando su pecho y finalmente se derrumbó. Ginny se levantó provocando un ruido estrepitoso con la silla, la arrastró hasta donde Fleur y la abrazó.
La menor de los Weasley estaba seca por dentro, más al contemplar impotente a su excuñada devastada por el llanto y el dolor, se permitió resquebrajar su muro inquebrantable. Jadeó ahogada por el incipiente llanto apretado en su garganta y cerró los ojos. Harry Potter era un imbécil egoísta, su hermano Bill un loco sin conciencia y un cobarde, Malfoy un caprichoso oportunista y ellas unas ridículas que no volverían a ser vapuleadas de esa manera tan cruel.
Meses después.
Lo más difícil para Fleur era no pagar su frustración y pena con la única criatura que vivía con ella, Louis. A los hijos había que apartarlos a como diera lugar de los problemas maritales, sobre todo, si ello le exigía un soberano esfuerzo por componer una sonrisa ante las evidentes preguntas de dónde estaba su papá.
No quería que odiasen a Bill a pesar de su evidente abandono y desinterés. Un día, Ginny le sugirió dejar a los tres hijos en casa de los Weasley para que la acompañase a Ecuador, donde su trabajo como corresponsal deportiva la mantendría ocupada dos meses. Fleur ni se lo pensó, encantó con precisión magistral una maleta grande y se embarcó junto a la pelirroja en un viaje para desconectar. Ser la acompañante VIP de Ginny le otorgó la posibilidad de disfrutar de un hotel pintoresco, de saborear comida exótica que desafiaba su acostumbrado paladar y experimentar la excitación desbordante de miles de magos y brujas vitoreando en los partidos de Quidditch. La electrizante y agotadora rutina, repleta de presentaciones y autógrafos no le permitió decaer en la tristeza. Cada día era una aventura para ella, y gustaba de otear el horizonte desde las gradas para adivinar la cabeza pelirroja de Ginny. Podía ver los partidos desde el palco de prensa, pero decidió mezclarse con los fanáticos y contagiarse de la vibración descontrolada y la energía desbordante. Fleur disfrutó de esos dos meses como si fuesen un oasis en medio del desierto. Las innumerables noches de salida para beber y bailar le sacaron una sonrisa, hasta el punto de estirar de sus comisuras como si hubiesen sido hechizadas.
Batió las pestañas y le susurró al oído, ocultó una sonrisa coqueta tras el dorso de su mano y se mordió el labio. Se sentía tan libre y sin preocupaciones que lo encontró natural, se sacudió la cascada de pelo rubio y se pegó a ella. El efecto de su herencia veela actuó, pero mucho antes de eso, Ginny la observó con conocimiento de causa, ninguna mujer era desconocedora de la mirada de deseo en una persona. La pelirroja le rodeó la cintura y las luces del local se desparramaron por sus cuerpos como fuegos artificiales. La música golpeó sus costillas haciendo retumbar los corazones al son del ritmo, las voces del resto de personas motivaron su alegría liviana y el mundo dejó de arrastrarse con pena para girar vivaz. Las sombras formaron ecos misteriosos en sus rostros y siluetas, se sonrieron con tal entrega que no hubo miedo o reparo. La vida seguía, el mundo les debía ser felices y lo tomarían con sus propias manos si era necesario.
Fleur levantó la cabeza y Ginny se inclinó, sus labios se tocaron con suavidad, igual al roce de una mariposa. Sintió la respiración agitada de la otra, su vientre burbujeó con lo que creyó que ya estaba muerto y enterrado; ilusión y deseo. No hubo fuerza, brusquedad o imposición, tan sólo una mujer decidida a demostrarle que aún era bella, deseable e interesante. Se estremeció dentro del abrazo de la pelirroja y correspondió con más pasión y entrega. Su corazón voló tan alto y lejos que perdió centro y pie. Sus manos vagaron por el cabello de Ginny, leyó en silencio el movimiento de sus músculos y el idioma secreto del cuerpo. Sus ojos oscurecidos desfilaron por el rostro y se ruborizó al sentirse desnudada poco a poco, con cada parpadeo o reflejo de color. Se humedeció los labios temiendo que el encanto se hubiese roto, y ahí fue que descubrió lo que quería, a quién quería.
—Ginny, no te detengas, pog favog.
—Dímelo otra vez —susurró contra su oído íntimo—. Suplícamelo con dulzura, con ese acento tan bonito que tienes que me vuelve loca.
Si Fleur creyó no volver a ponerse nerviosa y vergonzosa nunca más, se equivocaba de pleno. El aliento de la pelirroja le provocó un estremecimiento severo y se sintió enrojecer de placer.
—Pog favog. Pog favog Déesse du feu. —Arrastró los exuberantes labios por la piel de la mujer y suspiró timbrando sus pestañas claras.
Ginny tragó perturbada por el efecto que ejercía la rubia de manera implacable, su respiración zozobró y se abalanzó contra ella desatada. La suavidad las abandonó dando paso al desenfreno, no era cuestión de ligereza o diversión, era tiempo de exigir lo dado, lo esperado y anhelado. Se envolvieron en un sofocante abrazo y la piel renació bajo el ardiente toque de sus caricias. Lo que lo hizo más especial, fue sin duda la confianza y la seguridad de saber que eran muestras verdaderas, entregadas libremente y sin subterfugios. Caricias deseadas que sólo pretendían dar placer y no distraer u ocultar.
Fleur decidió que de esa noche no pasaba, y Ginny respiró aliviada al poder saborear a la criatura más bella e ingeniosa del mundo entero.
Un año después.
Los labios de la francesa vibraron tras su último aliento retenido, el gemido se quedó atrapado y las cuerdas vocales escocieron. Tensó las piernas y curvó la espalda apretando los parpados, sus manos se empuñaron con fiereza reposadas en las caderas y se liberó por segunda vez esa tarde. Su sexo sensible fue besado con delicadeza, los labios de Ginny treparon por su vientre hasta llegar a la clavícula y morder el hueso.
—Tengo que comprarle a Albus otra corbata... verde —recalcó torciendo los labios—. ¿Me acompañas al callejón Diagon?
—Pog supuesto. —Se retiró el pelo desmadejado de la frente y relajó el cuerpo abrazando a la pelirroja.
Desde aquella noche, sus labios y manos se mantuvieron extremadamente cerca, también sus ojos. Nadie mejor que ellas entendían su lado oculto, aquel que las convertía en personas no tan pacientes, irascibles, vengativas o poco comprensibles. Pues por lo visto, por muy abandonada y dolida que estés, para ser una mujer íntegra y valorada, debías sonreír y cabecear como una estúpida ante cualquier muestra de afecto de tu exmarido y el amante. Porque si no aceptabas de pleno su nueva relación, parecía que te transformaban en una puta y una arpía que se entrometía en el amor verdadero. ¿Y su dolor? ¿Y sus años de engaños? Nadie les exigía tanto como a ellas, excepto a Bill, y porque su amante resultó ser un lobo criminal y asesino. Así pues, ambas se convirtieron en el refugio de la otra, el lugar seguro donde ser ellas mismas y sentirse libres y amadas sin condiciones.
No le pusieron etiqueta a su relación, tampoco lo ocultaron, antes muertas que llevar en secreto una conexión tan verdadera y afín que con sólo mirarse se entendían. Porque si el consuelo era importante, también tenía peso la lealtad y las muestras de afecto, la química de sus cuerpos no mentía; nada era forzado o realizado por aburrimiento y rutina, no. Cada una seguía viviendo en su casa, mantener la distancia con los hijos y el hogar era primordial para la aceptación y el entendimiento. Un año se les pasó volando y ansiaban más juntas.
Por despecho y rabia, fue lo que las malas lenguas dijeron al enterarse de su extraña relación no etiquetada. Y Ginny, que de poco se retenía y menos ahora, no desaprovechó la oportunidad para levantar dedos de en medio y responder a las provocaciones. Fleur era diametralmente opuesta; una mirada gélida, la barbilla levantada y una sacudida especialmente intensa de su cascada de cabello rubio. De una forma u otra, nadie se quedaba indiferente al paso de esas dos mujeres.