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La poesía más romántica

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Sinopsis

Todos buscan el amor, y ella lo encontró por mera casualidad. Sin saber sobre conquistas, terminó cautivándolo. Sin el corazón roto, quiso querer bien. Y él le dedicó cada poesía que tuvo en sus manos. El chico escritor, la chica casi, una lectora.

Genero:
Romance/Humor
Autor/a:
Feli 𐙚 ̊
Estado:
Completado
Capítulos:
22
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
16+

1 | Llovizna


La brisa ya no es brisa, mi cuerpo no coopera. Con tus faroles me has devuelto, lo poco que me queda”.


—Anónimo.


El tiempo no debía de terminar así esa noche. No justo cuando no tenía medio de transporte y un taxi era la única alternativa para volver a casa. De haberlo sabido, podría haber llevado un paraguas en mi bolso y así  evitaría la pérdida de un tramo del dinero que había ganado.


Bonita forma de terminar la semana.


El camino fue ameno mientras observaba el recorrido de las gotas sobre la ventanilla del carro. Pero una sensación de disgusto me recorrió cuando tuve que salir del vehículo y mis pobres zapatillas se ensuciaron. Estaba a unos metros de mi departamento. Se trataba de un edificio con un extenso patio delantero, y un camino de escaleras que se elevaba hasta el pequeño reparo que poseía la construcción.


Apresurada me encaminé hacia allí, sintiendo las gotas sobre las zonas descubiertas de mi cuerpo. Me estaba helando. Mi vista se clavaba en el suelo para no pisar charcos y mi cabello comenzaba a adherirse a mi rostro. No sé en qué momento, ni cómo era posible que eso me sucediera. Pero de repente, tropecé con algo, o más bien, con alguien.


Fue tal mi asombro que me aferré a ese pecho y un sonido de lo que parecían ser huesos me atemorizó. Al levantar la mirada pude verlo. Estaba sobre su ropa mojada, llevaba una chaqueta que poco lo abrigaba y su cabello imitaba al mío. Lo analicé en silencio, intentando reconocerlo pero no obtuve resultados, era un simple extraño que en ese instante, se encontraba interrogante debajo de mis torpes brazos. Sus ojos me incriminaban, eran de un color azul intenso, como el mar, y sus pupilas parecían dilatarse junto a su ceño fruncido.


No pude reaccionar, estaba paralizada. Solo sacudía mi cabeza y como si fuera un acto de supervivencia —que no comprendo de dónde salió—, logré levantarme lentamente y alejarme de él, dejándole espacio para que pudiera reincorporarse. Por su expresión creí que me insultarla. Como yo lo haría si fuera a la inversa. Pero lejos de hacer todo lo que mi mente nerviosa estaba suponiendo, se quedó callado, coincidiendo conmigo, dejando ser a la lluvia que, recorría sus facciones humectándolas sin pena alguna.


Cuando quise hablar ya era tarde, pude verlo voltear con seriedad y marcharse de mi lado. Me quedé ahí, sin tener en cuenta que estaba empapada y ya no me importaba lo suficiente como para seguir con mis pasos hacia la entrada del edificio.


Estaba hipnotizada, solo veía su espalda y su serenidad, dejándome con intriga y preguntas. Que no me dejaron dormir por varios minutos cuando me hallé sobre el colchón.

Y regresaban justamente al verlo de nuevo, esa tarde, en los concurridos pasillos de la universidad.


Estaba allí, de pie junto a un grupo de jóvenes, con una sonrisa ligera y sus manos escondidas en los bolsillos de su sudadera. Y noté que lo estaba devorando cuando unos golpes sobre mi hombro me despistaron y desvié mi atención.


—Hoy estás muy distraída, ¿se puede saber por qué? —preguntó mi querida amiga, viéndome con suma curiosidad.


—Nada, no he dormido bien, eso es todo.


—¿Estás muy cansada? ¿Demasiado?


Sabia que si utilizaba ese tono de voz era porque quería decirme algo. Así es Amanda, intenta siempre convencerme para que la acompañe a lugares a los que no se atreve a ir sola y yo termino cediendo para no arruinar sus planes. Aunque a veces no me apetezca.


—¿Qué quieres? —Fruncí el ceño.


—Hay una fiesta a la que quiero asistir…


—Y espero que te lo pases bien.


Dicho aquello sonreí exageradamente sin dejarla finalizar y comencé a caminar hacia mi aula, oyendo sus reproches y mi nombre en la distancia. Quedaban solo unos minutos para que la clase comenzara y me gustaba elegir un asiento cercano a la pizarra. Por ello no le había dejado chance para que me comentara acerca de ese evento, ya tendría tiempo para sofocarme en el descanso.


Además, ella estaba acostumbrada a mis huidas cuando no me sentía cómoda o simplemente no me apetecía seguir una conversación.


No oí sus pasos detrás de mi y disfruté de mi victoria, pero lejos de triunfar, casi tropiezo por segunda vez con alguien. El libro que llevaba en mis manos sonó sobre el suelo de baldosas, y al alzar la mirada me apené más de lo que debería. Se trataba de un chico más alto que yo, con buen semblante y mirada penetrante con la cual me estaba aniquilando en esa esquina del pasillo.


—Lo siento —dije al bajar la mirada, evitando ese color avellana.


Pensé que se alejaría e ignorarla completamente mis disculpas, pero no fue así para mí mala fortuna.


—Ten cuidado a la próxima, niña.


Su voz era tan grave y poco amigable que me estremeció. ¿Quién era y por qué me estaba hablando de esa manera?


—Ya he dicho que lo siento —dictaminé—, y no habrá próxima vez.


Escuché murmullos por parte de los alumnos que se mantenían expectantes, incluso de sus amigos.


Pude verlo alzar sus comisuras y cruzarse de brazos para encararme, y yo no iba a retroceder. Era pan comido.


—No acepto tus disculpas de todos modos.


Suspiré y oprimí mis labios, ya que estaba llegando tarde por su culpa y eso me sacaba de quicio.


—Me rompes el corazón, ¿sabes? —ironicé.


Que tipo tan arrogante, no me hacía falta conocerlo para saber que era un idiota.


Intentó replicar, pero otra persona lo interrumpió, y cuando lo reconocí sentí cierta incomodidad.


Él se acercó y se posó delante de su colega o eso supuse que eran por la forma en que se dirigía hacia él.


Siendo sincera no pude entender qué decía ya que estaba sumida en mis pensamientos.

Solo vi como se arrodillaba para tomar el desahuciado libro que seguía en el suelo y me lo otorgaba con una mueca que lograba desconcertarme por no saber descifrarla.


—¿Es tuyo? Su timbre era áspero, una voz suave y a la vez profunda.


—Sí, gracias. —Fue lo único que pude decir.


Se quedó mirándome atentamente, mis mejillas comenzaron a arder, además, todos parecían disfrutar del espectáculo y solo quería que la tierra me tragase.


—¿Te conozco? —interrogó ladeando la cabeza.


No pude responder. Y no porque no me salieran las palabras —Que también era el caso—, sino por el sonido del timbre. Como respuesta mostré una sonrisa muy peculiar en mí por caracterizar mi fingida seguridad ante cualquier situación, y que, en ese caso era mi salvación más cobarde.


•••


No recuerdo en qué momento acepté, pero me encuentro frente al espejo de mi habitación probándome diferentes prendas para ir a esa fiesta.


Mientras Amanda parlotea a mis espaldas sobre las personas que estarán allí. Al optar por una blusa color turquesa, tomé mi bolso y junto a mi amiga me encaminé hacia la calle en donde un taxi nos esperaba.


Me entretuve con mi móvil hasta que noté como el vehículo se detuvo delante de una casa bastante grande, de dos pisos y un bonito patio delantero. Podía divisar a varias personas charlando y tonteando, lo que me dio indicios de que algunos ya habían abusado del alcohol.


Era algo que nunca comprendí, cómo la gente cree que puede pasarla mejor bebiendo. Yo nunca lo hago y me divierto como una niña. Quizás no todos tienen esa posibilidad o solo buscan pretextos para embriagarse y olvidarse de lo malo por un rato.


Aunque tampoco voy a negar que a veces la bebida puede formar parte de un buen plan, sin excesos claro.


Al ingresar a la vivienda puedo percibir un aroma no muy agradable. Parece que algunos no respetan la regla de no fumar en lugares cerrados. Me escabullí entre la multitud aún tomando la mano de mi amiga que, parecía que se había olvidado de mi presencia ya que saludaba a muchos en el camino sin pensar en que yo debía mantenerme estática, fingiendo no ver a nadie. No sé por qué conocía a tantas personas, bueno, en realidad sí.


Será porque a ella sí se le da bien eso de ser sociable y simpática cuando yo miro a todos con cara de poco amigos.


Pasamos un rato en la cocina hasta que una canción de electrónica comenzó a sonar, los gritos no tardaron en presentarse y mi compañera agitó sus manos divertida. Intentó llevarme consigo pero algo que nunca me gustó hacer fue bailar, por lo tanto, la animé a que se marchara para encontrarme sola en ese lugar en un santiamén.


Observé a cada adolescente que ingresaba, dejaba su vaso sobre la mesa, se servía algo para beber y se retiraba dedicándome una sonrisa.


Esa secuencia se repetía una y otra vez. Era absurdo, pero divertido.


¿Debería salir y divertirme? Tal vez. ¿Me apetece? No mucho, la verdad.


Eso es, ¡el alma de la fiesta!


Medité un momento, las voces en mi cabeza divagaban, y comencé a sentir mi garganta algo seca. Decidí también portar mi vaso de plástico, era tan fino que podría romperse y me lamentaría, pero lo dejé a la mitad de lleno y casi todo en el era hielo, así que me despreocupé y lo apoyé sobre mi pecho mientras buscaba una salida para ir al exterior.


Sentí la brisa fresca sobre mi frente al pisar el césped. No había mucha gente afuera, claramente, todos se concentraban en la pista, nadie preferiría estar al aire libre, en soledad.


Solo tú, y me arrastras a mí.


Sí, me gusta hablar con mi conciencia.


Me quedé de pie, recostando mi hombro en un poste debajo del pequeño porche de la vivienda. Le di un sorbo al dulce líquido pero al levantar mi vista recibí un empujón que me tomó por sorpresa.


Sentí un codo en mi espalda, provocando que perdiera el equilibrio y diera dos pasos hacia adelante. Cuando estaba preparándome para caer sin remedio sobre el suelo y su humedad, noté como un brazo me rodeó la cintura, y una mano firme redirigió mi cuerpo hacia atrás. Chocando con un torso, sintiendo un suspiro en mi nuca.


—¿Estás bien?


Esa voz, otra vez.


Volteé y lo vi; vestido con una camisa blanca, alrededor de su muñeca yacía un hilo rojo, en su cuello un collar con un crucifijo.


Me observaba sereno, como si no hubiera sucedido nada mientras que yo hiperventilaba llena de nervios. A sus espaldas permanecían cuatro chicos que sonreían y me miraban con cierta burla.


—Va demasiado borracha, déjala —dijo uno de ellos agitando su cabeza para luego regresar al interior.


El chico delante de mí negó con la cabeza y alzó sus comisuras sin dejar de mirarme.


—Lo siento, mis colegas estaban molestando.


Su forma de verme era tan intensa que no sabía en dónde meterme para huir de sus ojos. Solo pude asentir y sin balbuceos —increíblemente—, intenté sonar amable.


—No te preocupes.


Volví al lugar en donde estaba pero sentía su mirada sobre mí, y eso me alteraba.

Me senté y dejé mi bebida a un lado, de todos modos la pobre ya no existía, se había derramado, y una parte de ella se lucía sobre mi ropa. Resoplé algo harta de esa noche, ya quería volver a mi departamento y dormir hasta cansarme. Recordé que tenía a un chico delante y quise disculparme por haberlo evadido con mi mal humor pero al levantar la vista me di cuenta de que ya no estaba.


Tengo que mejorar mis reflejos, eso seguro.


—Amanda, me debes una y…


—¿Maldiciendo a alguien? —preguntó divertido, sentándose a mi lado.


No puede ser, trae consigo dos vasos y me está ofreciendo uno.

¿En qué momento…?


—Me sabía mal no reponer tu vaso así que aquí tienes.


Estamos a mano. Reí por lo bajo, si que era extraña esa situación. Me estaba sorprendiendo.


—Gracias.


Le di un sorbo y sentí lo amargo invadir mi boca, hice una mueca y pareció notarlo porque frunció el ceño al instante.


—¿Qué es esto? —pregunté confundida. Sabia lo que era pero necesitaba comprobarlo.


—Cerveza… ¿No era eso lo que estabas tomando?


—No, era jugo de manzana —solté con un tono acusatorio.


Oprimió sus labios, intentando ahogar una carcajada, cerró sus ojos y frotó su rostro.


—Bueno, es del mismo color —concluyó.


No puedo creerlo. No lo está tomando con seriedad. ¡No es el mismo tono! Se cree gracioso el niño.


—Entonces podría decir que en lugar de beber vodka, estas bebiendo agua porque son del mismo color.


—Estarías en lo correcto.


Lo miré con una ceja alzada. ¿Me estaba tomando el pelo?


—Es verdad, no bebo alcohol. Puedes comprobarlo.


Con desconfianza mojé mis labios con su trago. Y efectivamente, era agua, muy fría además. Esbozó una sonrisa sin mostrar su dentadura, y acomodó su cabello que descansaba sobre su frente. Me detuve a mirarlo bien, su rostro estaba lleno de pequeñas pecas, sus labios rosados brillaban, ese azul en sus iris se oscurecía por la noche. Era atractivo.


—¿Qué haces por aquí si no estás disfrutando de la fiesta? —cuestionó con interés.


Me escogí de hombros, restándole importancia.


—Solo vine para acompañar a una amiga.


—¿Aunque no te gusten este tipo de lugares?


—¿Y cómo sabes que no me gustan? —interrogué intentando sonar desafiante.


Me vería ridícula, sí, pero tenía que entretenerme con alguien un rato para luego poder irme con o sin la compañía de Amanda. Solo para decir que había estado allí y no me había notado. Y luego, tomarlo como excusa para no caer en su juego nuevamente. Como toda una quejica que soy.


—Por tu actitud. Bien, me había pillado.


—Tal vez solo sea una mala noche.


—¿Y todas se convierten en malas noches cuando…?


—Bien, entiendo tu forma de verlo —lo interrumpí, rodando los ojos.


—No deberías estar aquí si no te sientes a gusto.


Buen punto. Gran punto.


Desconocido uno, Levana cero.


—Tienes razón… —Arrugué mi nariz, quería referirme a él pero olvidé que no sabía su nombre— ¿Cómo te llamas?


—¿Cómo crees que me llamo? —Jugueteó mirando hacia el cielo.


Lo pensé. Una respuesta ingeniosa surgió en mi mente:


—¿Chico de las respuestas coherentes?


Lo oí reír y al instante sentí mis mejillas arder. Tenia una risa muy bonita, pero parecía no dejarla salir muy seguido.


—Podría ser, ¿así es como me describirías?


Se levantó de repente, y por inercia lo imité. Escondí mis manos en los bolsillos traseros de mi pantalón.


—No lo sé, solo es mi primera impresión —respondí con simpleza.


—¿Y tú como te llamas? —Ladeó la cabeza, viéndome con una ceja alzada.


—¿Debería decírtelo?


Intenté analizarlo, parecía divertirle la situación, sin embargo, algo en él me decía que no estaba viviendo al completo como yo ese momento. Y no me reconfortaba admitirlo, pero me había salvado de esa noche posiblemente abrumadora y aburrida.


—Depende de ti.


Silencio.


Solo lo observé mientras daba pasos serenos que marcaban una distancia abrupta entre ambos. Supuse que para él había terminado la conversación, y creo que para mí también. Acomodé mi chaqueta y bajé la mirada hacia mis botas, respiré profundamente antes de seguir sus pisadas y perderme de vista pero su voz contuvo mi atención.


—Mi nombre es Pierre, chica de la lluvia.

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