No eres tú, siempre he sido yo.

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

—Déjame hacerte una pregunta sobria, ¿Te emborrachaste para besarme o me besaste porque estabas borracha? Ninguna esperaba nada de lo que pasó esa noche, pero ya sabes lo que dicen que cuándo algo es para ti, ni aunque te quites. Erin siempre ha sido un manojo de nervios en movimiento, tímida y un poco torpe, pero con un corazón tan blandito como el de un pollito. La primera vez que se vieron fue un encuentro casual, demasiado bueno para ser verdad que Erin creyó que le iban a robar su cartera de ranita, sin embargo, el destino le tiene una serie de eventos inesperados.

Genero:
Romance
Autor/a:
JevN
Estado:
En proceso
Capítulos:
8
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

1. ¿Te acuerdas de mí?

Era un lunes, lo recuerdo bien porque soy algo maniática con los detalles de este tipo. Era entrada la noche y aún se veían algunas personas caminando por ahí. Aquel día salí un poco más tarde del trabajo, y me encontraba esperando mi autobús para regresar a casa.


Pasó un rato, y varios autobuses fueron pasando, pero ninguno era el que esperaba. Eventualmente, me quedé sola en la parada. A pesar de que era de noche, no iba a asustarme. Conozco mi mente y sé que podría empezar a maquinar un sinfín de situaciones negativas, así que traté de calmarme pensando en cualquier otra cosa. Unos minutos después, llegó una chica. Estaba concentrada en su celular. Yo, por precaución, tenía el mío guardado en mi bolso; no quería que algún "inspector de billeteras" me preguntara la hora y terminar entregando cartera y celular.


Ella seguía mirando su celular, tarareando bajito una canción. La observé por un breve momento desde donde estaba sentada. Me pareció bonita. Era alta, con el cabello lacio y pelirrojo; su piel clara tenía algunas pecas en el rostro. Llevaba un cárdigan blanco bordado que le quedaba un poco grande, unos jeans deslavados y unas zapatillas Converse. Me giré rápidamente antes de que notara que la estaba mirando. De reojo, vi cómo guardaba su celular y se volteaba hacia mí con una pequeña sonrisa, una de esas sonrisas de cortesía que se devuelven en silencios incómodos.


—Es raro que tarden tanto —dijo, refiriéndose a los autobuses.


—Sí, ya es un poco tarde, pero no debe tardar en pasar alguno —respondí, intentando no trabarme al hablar, ya que me ponía nerviosa hablar con extraños.


No dijo nada más después de eso. Se puso de pie, y me sorprendió que se acercara más a mí. Cuando la tuve frente a mí, solo pude pensar: ¡Ya valió, me van a robar! ¡Bien, ahí se acabó mi suerte! —si es que alguna vez tuve algo de suerte.


—Puede parecer extraño lo que voy a decir. Sé que no nos conocemos, y no quiero que pienses que soy rara o que me taches de intensa —tomó aire—. ¿Me podrías pasar tu Instagram? —preguntó mientras sonreía y jugaba con sus manos.


Borré la loca idea de que me iban a robar; mi cartera de ranita de Naruto suspiró aliviada. Entonces llegué a una nueva conclusión, más descabellada que la anterior —al menos así la vería más tarde—: ¿¡Quería robarme los órganos!? Tenía que ser eso. Analicé mis opciones: ¿por qué alguien como ella le pediría a alguien como yo, que parecía un personaje secundario de una película de terror, mi Instagram?


Pero dejando de lado mi dramatismo mental, que se elevaba al cuadrado, noté que seguía mirándome, esperando a que dijera algo.


—¿M-m-mi Instagram, y-y-yo? —me señalé torpemente con el dedo índice—. Claro, mi Instagram es...


Le di mi usuario de Instagram, pero seguía sin saber siquiera su nombre, ni le pregunté el suyo. Para cuando reuní el valor para hacerlo, ya había llegado su autobús.


—Me llamo Eliza, olvidé presentarme —dijo con una sonrisa antes de que las puertas de su autobús se cerraran.


Me quedé ahí de pie, sin decir palabra, moviendo la mano en señal de despedida, tratando de procesar lo que acababa de pasar.


La semana se pasó lentamente y no volví a saber nada de Eliza. Ni siquiera le pude decir mi nombre; era obvio que no me llamaba TrixiePixie como decía mi perfil de Instagram. Ya nada podía hacer para cambiar lo que ya fue. Como solía decir mi profesor de Literatura:


"El hubiera no existe, pero se conjuga".


El sábado llegó más rápido de lo esperado. Ese día me reuní con uno de mis amigos, necesitaba distraerme un rato, y qué mejor que pasar el tiempo con el buen Henry.


Después de caminar un rato, llegamos a una pizzería pequeña, con un ambiente agradable y tranquilo. La decoración era alusiva a distintos deportes, pero sin exagerar. Elegimos una mesa y, después de hojear el menú, nos decidimos por una pizza mitad hawaiana y mitad carnes frías. De beber, un tarro de cerveza oscura para mí; Henry prefirió una cerveza de raíz. Cuando llegaron nuestras bebidas, pensé que sería un buen momento para contarle lo que me había ocurrido el lunes.


—Y eso fue lo que pasó —dije, terminando de contarle todos los detalles del lunes—. Quería contárselo a alguien porque... —no terminé de hablar, ya que fui interrumpida.


—Perdón por lo que voy a decir —dijo antes de dar un sorbo a su cerveza de raíz—, pero has estado chingue, chingue, chingue, chingue, y chingue durante los últimos tres, no espera, durante los últimos cuatro años con que quieres tu momento de protagonista, y ahora que te pasa algo tan obvio como esto, te sorprendes. Tú, la que cree en las runas nórdicas, debiste estar más que sorprendida de que el universo te respondiera —agregó con evidente sarcasmo.


—Pues sigue siendo algo raro, ¿no crees que es demasiado pronto para que me pase algo así justo ahora? —dije, fingiendo estar ofendida—. Además, el dichoso "universo" siempre termina haciéndome quedar como payaso.


—Cuatro años, cuatro años son los que has estado así, cincuenta por ciento como payaso que da risa y cincuenta por ciento como payaso que da pena ajena. El Pagliacci que se la pasa "manifestando" cosas al universo. Pero lo que no entiendo, ¿cómo diablos supusiste que te iban a robar? —se estaba riendo de mí.


—Ahora soy yo quien bebe de su tarro, levantando la mano y con el dedo índice le digo que espere, retardando mi respuesta—. Chica alta y atractiva me habla de noche, en un sitio solitario, no lo sé, esas eran mis opciones más realistas, o que me invitaría a salir por una apuesta que hizo con sus amigos, como en Betty la fea —y decían que las telenovelas no enseñaban nada.


—Por eso sigues soltera —dijo, tratando de sonar serio, para después reírse—. Pero repasemos: solo te pidió tu Instagram y luego no supiste nada más de ella. Es algo sospechoso; si no te conociera, diría que te lo inventaste todo.


—Poco me duró ser protagonista, y de nuevo vuelvo a ser un espectador más... —me quejé—. Un momento, ¿por qué iba yo a inventarme algo así? Mi etapa de romance adolescente ya pasó hace mucho.


—Pero ve el lado bueno de esta situación.


—¿Y cuál se supone que es el lado bueno? —pregunté con genuino interés.


—No tengo la menor idea —dijo, encogiéndose de hombros—, por eso tú lo debes ver, no yo.


—Eres un idiota —no pude evitar reírme.


—Somos —me guiñó un ojo—, pero quién sabe, con suerte puede que la vuelvas a ver.


—Mi suerte es un chiste malo del que nadie se ríe. Pero si la vuelvo a ver, fingiré estar enojada con ella en modo diva —dije, bromeando.


—Y yo estaré ahí para recordarte esas palabras —dijo convencido, como si de verdad fuera a suceder.


No había ninguna posibilidad de que eso ocurriera, aunque como dicen:


"Siempre espera lo inesperado, quién sabe si la vida decide que no es suficiente circo lo que te pasa".


Después de terminar de comer, fuimos al cine. Ese fin de semana había buenos títulos en cartelera. Para mi decepción, la película que acabábamos de ver resultó ser bastante mala; eso siempre pasaba cuando dejaba a Henry elegir las películas.


Al salir de la sala del cine, mientras comentábamos la película y me quejaba de lo aburrida que había sido, caminaba algo distraída, por lo que tropecé con una chica y terminé tirándole sus palomitas de maíz. Traté de no reírme, pero la situación me parecía divertida.


—Una disculpa, no estaba mirando por dónde iba... ¿Estás bien? —me apresuré a preguntar—. Déjame ayudarte.


—Estoy bien —respondió en un tono cortante, aunque cambió cuando nos miramos—. Oh... Eres tú.


—Hola, ¿te acuerdas de mí?










Siguiente Capítulo