Colisión

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Sinopsis

En un viaje rutinario la Calypso, nave insignia del Gobierno Federal Unificado, es advertida de una posible colisión a alta velocidad con una nube de desechos. Sin tiempo para eludir la nube de escombros, la inmensa nave de la flota deberá soportar la dureza del impacto y la tripulación enfrenta su posible aniquilación. Ralph Bowen, el astronauta y piloto más joven del grupo, junto con la experimentada Teniente Ivanova, enfrentan juntos uno de los más temibles peligros del espacio.

Genero:
Scifi/Humor
Autor/a:
rodriaccopen
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Calypso

Brenda Ivanova de treinta y nueve años, se distraía plácidamente en la butaca del centro de mando mientras canturreaba alegremente una melodía de su niñez. El panel frontal del monitor principal le mostraba una magnífica vista del espacio desde la cámara exterior de la Calypso, su nave insignia.

El centro de mando de la nave era espacioso, equipado con cómodas butacas de cuero negro que, en la soledad de su guardia, invitaban al relajamiento y al ocio.

Acababa de nadar en la piscina de la zona de servicios. Ahora disfrutaba de una taza de excelente café, mientras las innumerables luces de control centelleaban silenciosamente en una danza irregular. Las observaba imaginándolas al compás de una melodía que recordaba vagamente y que era interpretada por alguna orquesta sinfónica que en ese momento no podía traer a su mente.

Como era su costumbre, estaba de buen humor. Para relajarse después de una jornada rutinaria, buscaba en los archivos de la biblioteca alguna película, un libro narrado o algún cuento para entretenerse hasta la cena. Canturreaba por lo bajo mientras observaba el gran listado de títulos tratando de encontrar alguna joya, algún relato inédito y entretenido en el ejercicio de adivinación que es la lectura de títulos. El reloj de la nave estaba por entrar en el período nocturno.

Nocturno era un modo de expresar el lapso de tiempo entre las 2100 y la 0700 horas de la nave. La Calypso, por motivos prácticos, se regía por el tiempo del reloj local, evitando la utilización del tiempo galáctico.

Cerca del control de mando, estaba la sala de esparcimiento, que no era más grande que la sala de control, pero carecía de las consolas, los instrumentos de navegación, las computadoras de protección y las múltiples pantallas que ahora parecían aprisionarla en un espacio que la acurrucaba mientras olía el delicioso aroma de la taza que tenía en sus manos.

No faltaba mucho para las fiestas de fin de año, y como era costumbre, probablemente en un par de semanas dedicaría parte de su tiempo de ocio a adornar las salas que los miembros de la tripulación solían usar para relajarse, socializar y ocuparse de sus hobbies preferidos.

En esta guardia realmente la estaba pasando bien. El término aburrido no era precisamente una mala palabra en el espacio. La rutina y el aburrimiento eran una garantía de un viaje sin contratiempos ni conflictos. Hacía más de una semana que había despertado de su hibernación junto a Ralph, el astronauta más joven e inexperto del grupo. Tres compañeros más dormían el “sueño profundo”, tal como le decían a la hibernación, en la sala de criopreservación del tercer nivel.

La temperatura estaba regulada a unos exquisitos 28 grados centígrados, lo que les permitía vestir ropa liviana. Ralph, el inexperto piloto de unos veintitrés años, se había equipado para su jornada con el traje de mantenimiento básico, formado por un conjunto de pantalones grises y chaqueta de botones y cierres. El joven intentaba dejar una buena imagen en su primera experiencia espacial. Brenda, teniente de abordo y sin nada que demostrar, vestía un conjunto civil más relajado y liviano, compuesto de un breve top, un short ajustado y unas sandalias.

Ivanova había terminado su trabajo diario, que incluía rondas de control y un reporte grabado en la bitácora de abordo, mientras el novato aún debía concluir algunos pasos de control en las bahías de carga de los niveles inferiores.

CIO2, la computadora central de la nave que nunca dormía, cada tanto les enviaba información y novedades a través del sistema de altavoces mientras hacía vibrar una pulsera-reloj que los tripulantes portaban. El instrumento permitía controlar los signos vitales y aseguraba la comunicación aún en condiciones de ruido extremo.

Las pulseras eran muy útiles cuando por ejemplo, las rondas de control llevaban a la tripulación a las cámaras de los ruidosos generadores de energía, que aprovisionaban a la Calypso.

Todo transcurría plácidamente, pero de pronto Brenda frunció el ceño y masculló una maldición. La luz indicadora se iluminó de repente mientras vibraba su pulsera. Se abrió la comunicación sin darle tiempo para otra cosa. Vestía de civil y, si bien las regulaciones no exigían el uniforme durante las comunicaciones, a la teniente le gustaba dar una imagen de riguroso porte militar. Ahora, eso no sería posible.

Cuando la pantalla se iluminó, la figura del Comandante Ronald Bert apareció de la nada, apoyado sobre el sillón de su escritorio mientras tamborilleaba nerviosamente los dedos de sus manos, tenía los codos apoyados en el escritorio y su cuerpo reclinado hacia adelante. Su aspecto era preocupado y, por el gesto de su rostro, no se avizoraba una comunicación simple.

Brenda dejó a un lado su taza de café, mientras intentaba sentarse recta ajustando la butaca de mando en la que se relajaba segundos antes. Intentó repasar mentalmente todo lo acontecido en su guardia pero no pudo recordar nada que fuera digno de una reprimenda. Hasta ahora, todo había sido rutinario y el tiempo transcurría lenta y armoniosamente.

En la pantalla aparecieron varios rostros, algunos conocidos y otros que la teniente veía por primera vez. La reunión parecía ser lo suficientemente importante como para convocar una videoconferencia.

-Hola Brenda, me alegra verle bien. - Comentó el comandante Bert a modo de saludo sin rigor militar. Al mirar a la teniente, su rostro se relajó levemente ante la imagen de la mujer. -Veo que estamos todos. No hay tiempo que perder ¡Señores tenemos una pequeña crisis! - Comentó.

-Brenda,-Se enfocó en la oficial rusa- se dirige hacia ustedes una nube de desechos a alta velocidad. Estimamos que existe la posibilidad que una parte de la nube atraviese el trayecto de la Calypso.- Lanzó sin preámbulos. El comandante nunca daba vueltas ante ningún tema.

Se produjo un breve silencio mientras Brenda puedo sentir una ligera agitación. Las nubes de desechos cósmicos no eran comunes en el espacio profundo, pero constituían uno de los peligros que exigían una cuidadosa planificación debido al alto riesgo de los micrometeoritos que portaban.

-¿Podemos esquivarla, señor? - Lo primero que vino a la mente de la teniente rusa fue esquivar la nube. Lo segundo, activar el sistema de protección de la nave. -Activaré los escudos, mientras intento eludirla, señor.-

-Lamentablemente ya no hay tiempo para desviar a la Calypso, Ivanova. - Respondió Bert.- Aún durante el máximo desvío los desechos les impactarán. La nube es muy pequeña para nuestros sistemas de detección y no pudimos avisarles antes. Le ordenamos mantener el curso actual. Active los sistemas de protección y siga los procedimientos adecuados para estos casos.- El comandante hizo una breve pausa.- No estamos muy seguros de la efectividad del campo electromagnético porque la nube lleva restos muy pequeños para ser interceptados por los escudos. Pero confiamos en el blindaje metálico de la Calypso. -

La teniente iba a contestar pero el comandante la interrumpió disparando una orden:

-Quiero que usted y Ralph suspendan toda la actividad actual y se aíslen en el puente de mando hasta que haya pasado la nube. Es una orden.- Así lo indicaba el manual de procedimientos.

-Así lo haremos, comandante.- Respondió Ivanova.

Los presentes expresaron sus buenos deseos a la Calypso, luego de lo cual el comandante Bert cortó la comunicación. Ivanova recorrió mentalmente a la nave en busca de posibles puntos débiles.

La Calypso era enorme y su distribución en cuatro niveles recordaba a un edificio terráqueo. El puente de mando estaba en el cuarto nivel, el más elevado.

En el cuarto piso estaban además los dormitorios, las salas de esparcimiento y las instalaciones de servicios. Por debajo de él, en el tercer nivel, se encontraban los alojamientos crio-génicos y las salas de mantenimiento. Los dos niveles inferiores albergaban las gigantescas bodegas de carga. Cuando la nave no estaba transportando tropas o equipamiento militar, se usaba para transporte de carga estratégica.

A partir de la alerta actual, Brenda y Ralph deberían recluirse en el nivel superior.

El control del funcionamiento cotidiano de la nave, la minuciosa programación de ejercicios diarios, las órdenes prioritarias del día y las comunicaciones eran responsabilidad del personal de turno.

La mayor parte de la tarea pesada era realizada por un ejército de pequeños robots controlados por CIO2, la computadora central de abordo. Los astronautas se ocupaban de tareas rutinarias y cada tanto, como en esta ocasión, debían estar disponibles para emergencias imprevistas.

No habían muchas cosas que el cerebro artificial de la nave no pudiera resolver por sí mismo, pero justamente un problema que exigía la intervención de los soldados era precisamente una posible perforación de casco.

-Hey… que ha pasado con la comunicación, Brenda.- Preguntó su colega Ralph a través del reloj-pulsera mientras se acercaba al nivel del puesto central subiendo por el ascensor.

Brenda explicó brevemente la conversación y los términos del alerta. El joven e inexperto piloto descendió del transporte y se encaminó con pasos ligeros al centro de mando para prepararse.

La preparación, si bien importante, era bastante simple. Debían activar el programa de protección para poner en línea los escudos de la nave mientras todo el personal en estado de vigilia como Ralph y Brenda, debían enfundarse trajes presurizados con cascos ante un posible impacto de micrometeoritos.

Dependiendo del lugar del posible impacto, las acciones podían tomar diferentes derroteros. Brenda tenía la agitación normal propia de una alerta, pero en el fondo no se preocupaba demasiado. La experiencia de varios incidentes le precedía. El exterior de la Calypso tenía una formidable coraza que blindaba su estructura y preservaba las zonas comunes de la tripulación así como el habitáculo de criopreservación.

Ante una eventual descompresión, CIO2 cerraría herméticamente la sala afectada después de haber evacuado a todo el personal. Una vez contenido el problema, le correspondería al personal humano sellar la perforación. La esperanza era que nunca tuviera que tomarse tal medida.

La mayor parte de la basura espacial contenía en más o menos grado, metales en su interior. Los escudos electromagnéticos de alta intensidad podían repeler cualquier escombro que contuviera en su interior alguna concentración de hasta un cero coma dos por ciento de metal. Aquellas rocas que no eran repelidas por los campos magnéticos eras pulverizadas por los cañones de plasma guiados por la formidable puntería de la computadora.

Brenda había activado los escudos y CIO2 controlaba las defensas de plasma cuando Ralph arribó al centro de control.

-Anda, cámbiate, querido.- Le sonrió relajada Ivanova cuando vio el joven rostro con signos de un nerviosismo incipiente. La rutina de las tripulaciones incluía que los veteranos bajaran la ansiedad de los novatos aún en situaciones extremas como ésta. Por algún motivo inexplicable, Ralph despertaba el instinto maternal de Ivanova.

La rubia teniente se despojó del top que vestía frente a Ralph y dejó ver sus pechos sin tapujos ni inhibiciones. La situación no permitía demora alguna. Se quitó el short y las sandalias para calzarse el traje de protección completamente desnuda a excepción de un diminuto bikini.

Ralph observaba el cuerpo de Brenda algo abrumado por la contundencia de las imágenes que veían sus ojos, pero apegándose al procedimiento militar de emergencia, se desnudó a su vez para calzarse su propio traje. Brenda le miraba de reojo.

Los trajes contaban con cuatro microtanques de aire comprimido para brindar una autonomía de ciento veinte minutos, lo que ayudaba a la tripulación en el caso hipotético de no tener acceso a una vía respirable. Los cascos debían fijarse al traje de inmediato porque en caso de descompresión explosiva no habría tiempo para salvarse por ningún medio.

Ambos tripulantes terminaron fijando los seguros de las mangueras usando las válvulas automáticas de los cascos para quedar conectados al sistema de aire respirable. Eran monitorizados en todo momento a través de sus pulseras-reloj.

Sólo quedaba aguardar en una tensa calma mientras controlaban las consolas de la interfaz de navegación y esperaban lo mejor. Silenciosamente, CIO2 había procedido a resguardar los tanques de criopreservación con sendos escudos de aleación que los encapsulaban hasta que terminara la crisis.

Los compañeros de guardia tenían personalidades muy diferentes.

El joven piloto Ralph era nervioso. Parecía tener una gran carga de ansiedad y sentía una necesidad de aprobación casi permanente. La naturaleza de novato y su escasa trayectoria en la flota le jugaban en contra durante esta ocasión. Los condicionamientos automáticos implantados en su entrenamiento no le servirían para esta experiencia, por lo que sufría de un modo particularmente estresante.

Muy diferente era la energía y la vitalidad de Ivanova, así como su permanente buen humor. La teniente era poco afín a la rigurosidad diaria de la vida militar. En muchísimas ocasiones su peculiar sentido del humor le hacían destacar entre sus colegas y hacían apreciar sanamente su buena compañía. Tenía una inclinación natural a proteger a los miembros débiles e inseguros de su tripulación.

Mientras los minutos transcurrían, Ralph empezaba a sufrir visiblemente un pico de estrés. Su cara había empalidecido y trataba de disimularlo, pero Ivanova podía verle alterado a través del visor del casco y hasta se podría decir que entendía el miedo que le atravesaba.

Mientras aún estaban de pie, Brenda ordenó sellar la puerta de la cabina de mando e indicó un sillón a Ralph.

-Hora de quedarnos aislados, querido. Ocupa tu puesto.- Rió en tono jocoso mirando con ojos entrecerrados al joven piloto. No era su intención preocuparlo más de lo que estaba, sino confortarlo. Ralph le hacía recordar su primera experiencia en una colisión. Si el joven sólo tenía la décima parte del miedo que ella sintió aquella vez, aún así sería una experiencia terrorífica.

Los muebles de la cabina así como sus sillones estaban asegurados al piso y no podían arrancarse fácilmente durante una catástrofe.

- Dime, Brenda - comenzó a decir el nervioso Ralph en un ataque verborrágico- ¿se te ha ocurrido preguntarte alguna vez lo que ocurriría si hay una descompresión masiva? ¿Si hay un impacto directo? -

Ivanova se encogió de hombros. Le respondió mientras aseguraba los cinturones que fijaban el cuerpo de su compañero al sillón.

- Bien... - respondió – es poco probable que suceda algo así. La Calypso está proyectada para mantenernos con vida, tiene un diseño magnífico.- Dijo tranquila

- Sí, es verdad; pero lo que quiero decir es si en tu vida tienes proyectos además de ser soldado.-

- Supongo que todos tenemos sueños y aspiraciones.- Razonó la rusa.

- Claro, pero si ahora tuvieras que elegir ¿Volverías a ser soldado?-

Brenda luchó internamente para no insultar su falta de valor, evitando así herir el amor propio del joven piloto. De cierto modo, comprendía los sentimientos del novato ante la colisión que se avecinaba.

- No lo sé, probablemente sí - dijo sonriendo la teniente rusa- Simplemente me gusta la milicia. Quizá sea el riesgo de vivir en peligro. Tal vez la libertad de ser responsable sólo de mí misma. Francamente no lo sé, Ralph, pero en la armada el peligro es parte de todo lo que enfrentamos.-

Ralph lanzó una risita nerviosa.

- Bueno, la verdad es que no creí que yo lo tomaría tan mal. Estoy algo nervioso.- Se sinceró el joven.

La rubia se acercó con un gesto de condescendencia y, tomándole del brazo en un apretón breve, suave y amable, le dijo:

- No te alteres demasiado, Ralph, porque todo habrá pasado en un minuto o menos– dijo comprensiva – a poco que pase todo esto, si sobrevivimos, nos relajaremos juntos. Es una promesa ¿De acuerdo?-

El piloto asintió con un simple - Ok – mientras observaba con sus pupilas dilatadas a una Brenda que se apoltronaba serenamente en su butaca asegurando sus fijaciones. Secretamente envidió la calidez y tranquilidad de Ivanova. A estas alturas el joven no podía controlar muy bien sus emociones.

- Atención CIO2- Dijo Brenda mientras escribía en el panel de mando- Prepárate para impacto.-

Las luces centelleaban intensamente como en navidad. Las alarmas parecían atravesar el cerebro de Ralph. La escena era surreal y en su miedo percibía el tiempo transcurriendo lentamente. Sintió erizarse los cabellos de la nuca.

-Impacto en T menos diez- Gritó Brenda con seguridad mientras miraba a Ralph y le guiñaba un ojo.-¡Agárrate fuerte, precioso!- le ordenó mientras comenzaba el temblor en la cabina.

La intensa vibración atemorizó aún más a Ralph. Su primer viaje debutaba impactando una nube de escombros. Menuda suerte. Las alarmas parecían ulular a más no poder y había un sonido grave, que emergía de ultratumba y retumbaba en la coraza protectora. El bramor se hizo ensordecedor y comenzó a sentir cómo la nave vibraba junto con su pecho. La estructura de la Calypso temblaba intensamente. La taza de café que Brenda no había terminado, cayó al piso mientras el líquido humeante se derramaba en cámara lenta.

Vio un robot de servicio doméstico limpiar la infusión derramada. En ese momento el piloto envidió la irracionalidad de la máquina. El corazón le palpitaba fuerte. En un destello de terror y sintiendo sus propios gritos, perdió el conocimiento.