Historias incómodas

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

En estos capítulos, he reunido una serie de diferentes relatos, todos de mi autoría, en los que pretendo retratar la faceta más oscura del ser humano. Debo decir que muchos de estos relatos son gráficos y bastante obscenos, por lo que te suplico toda la discreción posible.

Estado:
En proceso
Capítulos:
12
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Estocolmo

—Sí, mamá —respondí.

Caminaba por los jardines del campus hacia mi última clase del viernes y con aquel best seller abrazado a mi pecho.

—Sí —respondí largo y tendido.

Me detuve a la entrada del edificio.

—Claro que iré a verte —afirmé—. Sí, mañana.

Crucé la puerta.

—Tengo que colgar, te llamo después. Te quiero. ¡Bye!

Ésos fueron mis últimos recuerdos antes de mi secuestro. Desperté de un sobresalto, en un sitio completamente desconocido, y al intentar moverme de la incomodísima postura en la que me encontraba, con mi trasero al aire que casi podía verlo por completo, mi nuca contra el asiento, soportando todo el peso de mi cuerpo, mis pechos cayendo sobre mi barbilla, mis tobillos fijos a los brazos del catre a ambos lados de mi cabeza y mis muñecas aseguradas al respaldo del mismo, supe que me habían atado.

Me encontraba desnuda: tenía puestos sólo unas sandalias negras de tacón con plataforma, que no eran mías, y me habían depilado el vello púbico. Comencé a forcejear contra las correas de cuero, tratando de liberar mis muñecas y tobillos. Lloré y grité, pero nadie vino en mi auxilio.

Fue entonces cuando me percaté de que había alguien más en aquel sitio. Estaba oscuro, salvo por la pequeña ventana del rincón que proyectaba una iluminación escasa. Entonces el sujeto comenzó a caminar, infundiéndome un terror indescriptible. En ese instante transcurrieron frente a mí todos los años de mi vida. Recordé a mamá; le había prometido verla el sábado con motivo de mi decimoctavo cumpleaños. Iba a hacerme un pastel.

Sin embargo, no se dirigió hacia mí, sino al par de lámparas de grabación que había situadas a pocos metros de mi camastro. Un intenso resplandor me cegó en ese momento, pero fui recuperando la visión a medida que mis ojos se adaptaban al cambio. No obstante, el contraste entre la luz que apuntaba directamente a mi rostro y la penumbra que reinaba en el resto del recinto me hacía difícil distinguir con claridad lo que sucedía más allá. El sujeto además llevaba gafas oscuras, haciéndome imposible cualquier forma de reconocimiento facial.

Encendió también una cámara de video, colocada sobre un tripie que, al igual que las lámparas, se hallaba apuntando directamente hacia mí.

—Estás asustada —observó en un tono amable y dulce—. ¿Será porque no soy un millonario atractivo?

Había estado hojeando mi libro como pude notar. Lo dejó en una mesita junto a mi bolso, y vino a sentarse junto a mí; deslizó con suavidad su dedo por los contornos de mi rostro, mis labios, mi cuello, mis pechos…

—Eres muy linda —me dijo.

Luego se levantó hasta una lavadora y una secadora cercanas donde preparó lo que sonaba como instrumental quirúrgico sobre una charola metálica.

—¿Vas a matarme? —titubeé.

—Eso no lo sé —respondió sin quitar la vista de su improvisada mesa—. Todo dependerá de ti…

Daba la impresión de ser un buen tipo, de una personalidad tranquila y relajada; me habría parecido el más bueno y sincero de todos los chicos si lo hubiera conocido en cualquier otra situación.

—…y no te preocupes por tu madre —agregó—. Ya le envié un mensaje para decirle que estás bien.

La verdad era que no había dejado de pensar en mamá desde que desperté; no sabía qué día o qué hora eran, pero supuse que ella estaría muy preocupada por mí. Por otro lado, el hecho de que el sujeto supiera acerca de mi madre hacía que me preguntara qué otras cosas sabía sobre mí.

—¿Vas a violarme? —le pregunté a continuación.

—Sí —respondió.

Se había colocado unos guantes de látex, blancos como los que usábamos en las prácticas de laboratorio de la facultad.

—¿Por qué? —le pregunté.

En ese momento dejó todo lo que se encontraba haciendo y se dio la vuelta hacia mí:

—Porque eres bonita —confesó.

—Pero existen otras maneras —expliqué—. Si te gusta una chica puedes comprarle algo lindo, o invitarla a salir. No puedes forzar el cariño de las personas.

El hombre dejó ir una tenue carcajada, como si se apiadara de mí.

—No es tu cariño lo que quiero, preciosa —señaló—, sino tu miedo, tu dolor, tu odio:

Me explicó que todos tenemos pulsiones, deseos oscuros, inapropiados para nuestra «sociedad civilizada»:

—Lo pude haber buscado en Internet —agregó—, pero ese tipo de contenido, además de ser difícil de encontrar está muy censurado… o muy mal actuado. En nuestra sociedad la violencia se exhibe sin tapujos. Leemos homicidios en nuestras novelas y cómics, vemos terrorismo en nuestras salas de cine y en nuestras series de televisión, jugamos a la guerra en nuestros videojuegos; pero nos aterra la idea de una jovencita sometida al acto sexual. ¿Sabes cómo se le llama a eso? Tabú. Si hubiera encontrado en Internet lo que buscaba, tal vez tú no estarías aquí.

Luego miró en su reloj:

—Ya es hora —me dijo.

Volvió a su lavadora y a su secadora de donde trajo la charola sobre la que descansaba todo el instrumental que había preparado para mí. La colocó sobre la mesita, junto a mi bolso. De inmediato pude reconocer algunos de esos utensilios, como diversos tipos de escalpelos, dilatadores quirúrgicos, un abrebocas de acero, un espéculo vaginal y otro para el recto, además de otros objetos que no eran precisamente para uso médico, como una engrapadora de pistola, dildos de diversos tamaños, algunos de los cuales medían cerca de doce pulgadas de largo y unas dos pulgadas de grosor, entre otras cosas más.

—Sonríe para tu público —me indicó volviendo hasta la cámara, iniciando así la grabación de mi tortura.

—¡Púdrete! —le respondí.

Él se sentó de nuevo junto a mí y se fue acercando poco a poco. Las lágrimas no tardaron en brotar de nuevo de mis ojos. Lo que más me aterraba era que fuera a usar alguno de esos artilugios en mí. Sin embargo, al principio sólo se limitó a tocarme y a besarme; recorría con su boca mi cuello, mis pechos, mi vientre… mi sexo.

Un montón de cosas pasaron por mi mente en ese momento. Me acordé de mi novio, por ejemplo. Era un joven cristiano, como yo. Nos habíamos prometido una completa y absoluta castidad, hasta el día en que uniéramos nuestras vidas frente a Dios. Luego él se fue a estudiar a otro estado donde conoció a esa «amiguita» suya. Él lo negó todo. Yo nunca le creí. Sin embargo, tanto le amaba que le perdoné. Ahora yo tampoco iba a ser virgen, y esperaba que él me perdonara también.

—¿Qué ocurre? —me preguntó mi captor al ver que yo había cerrado los ojos y me encontraba rezando.

—¡Púdrete! —volví a decirle.

Él dejó ir otra de sus carcajadas compasivas.

—Si crees que una mujer vale más por tener su himen intacto, el misógino no soy yo…

—¡Púdrete! —reiteré—. ¡Te vas a ir al infierno, maldito cerdo!

—¡Eso, preciosa! —me felicitó—. ¡Que se vea que no quieres estar aquí!

Finalmente se sacó el miembro, dejándome apreciar aquella enorme cosa que estaba a punto de poner en mí. Pensé no tardaría en insertarlo en mi vagina; sin embargo, él sólo lo acercó a mi rostro, deslizándolo por mis labios y mejillas, provocándome una sensación inevitable de asco, por lo que traté lo más que pude de mantenerme alejada de su miembro.

Eso no me sirvió de mucho, pues mi captor no tuvo mayor problema con estirar su brazo hasta la mesita, de la que tomó el abrebocas de acero.

—¡Espera, no! —le imploré—. ¡Auxilio! ¡Por favor! ¡Alguien ayúdeme!

Giré la cabeza intentando escapar de sus manos, incluso traté de morderlo. Era todo lo que podía hacer. Él finalmente me tomó por la barbilla, inmovilizando mi cabeza, por lo que traté de mantener la boca lo más cerrada posible. Esto al principio resultó, hasta que él presionó mi nariz, obligándome a abrir la boca para respirar.

Una vez tuve aquel artefacto alrededor de la cabeza, me fue imposible cerrar la boca por más que quisiera. Ahora sólo quedaba mi lengua como única guardiana, la cual iba a ser insuficiente para detener el avance de su enorme miembro a través de mi garganta.

Él entonces sujetó mi cabeza con ambas manos y comenzó a entrar. Sin bien aquello me parecía repugnante, al cabo de unos instantes el asco era la menor de mis preocupaciones. Él metía su miembro hasta el fondo y lo dejaba ahí por unos segundos, obstruyendo completamente mi tráquea. Yo forcejeaba con las correas, desesperada por el aire que me faltaba.

Entonces ocurrió lo inevitable. La sensación de su miembro tocando mi garganta, los fluidos que éste despedía, el asco que me provocaba, todo eso me provocó unos impulsos irrefrenables de vomitar. Y, sumado a la posición en la que me encontraba, pronto comencé a broncoaspirar.

Él entonces me soltó las correas y me inclinó hacia adelante para que pudiera escupir y liberar mis vías respiratorias. Todo ocurrió en un instante, aunque a mí me pareció eterno. Fue entonces cuando me di cuenta de que me encontraba libre.

Seguí tosiendo para despistar a mi secuestrador al mismo tiempo que iba elaborando en mi mente un plan para escapar. Así lo derribé de un codazo en la nariz y me puse de pie. Todavía lo pateé un par de veces, antes de echar a correr hacia las escaleras que había en el fondo de la habitación.

Una vez arriba llegué hasta una puerta de madera, pero cuando quise abrirla, ésta se encontraba cerrada con llave. El hombre ya se estaba reponiendo, por lo que pronto vendría por mí para someterme y llevarme de regreso hasta el camastro. Yo no lo iba a permitir, por eso volví escaleras abajo, hasta donde se hallaba una escoba con la que me dispuse a enfrentar a mi secuestrador.

—Suelta eso —me dijo limpiándose la sangre de la nariz—, déjalo donde estaba.

—¡No! —respondí desafiante.

Su voz, que hasta hacía unos momentos era dulce y agradable comenzó a adquirir un tono más severo.

—Vas a dejar eso donde estaba y volverás a tu sitio, o te aseguro que algo muy desagradable te va a pasar.

—¡No! —insistí.

Él entonces metió la mano en su bolsillo. Creí que sacaría un arma, por lo que instintivamente me agaché procurando esquivar una posible bala. Sin embargo, lo que sacó fue sólo un pequeño control de color rosa, que cuando lo presionó, un repentino e intenso hormigueo se apoderó de su vientre, obligándome a caer. ¡Él había colocado uno de sus extraños juguetes en mí!